Hoy cumples cuatro años.
Muchos padres nos habían dicho que a los cuatro ves la luz al final del túnel, y es verdad. Ya juegas sola durante un buen rato, se puede razonar contigo y cuando vamos a un restaurante con zona de juegos, desapareces con tus amigos sin pedirnos que vayamos detrás.
Cuando me decían que todo esto ocurriría a los cuatro, yo pensaba que quedaba un montón de tiempo. Ahora me parece increíble lo deprisa que ha llegado.
Eres listísima. Hablas inglés y español, entiendes el griego a la perfección y también lo chapurreas. Te sabes decenas de canciones en los tres idiomas de principio a fin. Cuentas hasta treinta en inglés, hasta veinte en español y hasta veintinueve en griego (porque ninguno de los tres recuerda nunca cómo se dice «treinta» y después se nos olvida mirarlo).
Eres cursi como tú sola. Te vistes como si te hubiera vomitado encima un unicornio y solo quieres llevar faldas para poder twirl con ellas. Tienes cuatro «hijas» de peluche: una muñeca llamada Tatiana-Moana, una sirena, una Minnie y, por alguna razón, un pulpo. Las llevas de acá para allá y las pones a dormir en sus camas con un besito de buenas noches.
Tienes el pelo largo que te crece como una hierba, y entre tu canguro y yo cada día te lo peinamos con un modelé distinto. Tú protestas y yo amenazo con traer las tijeras de cocina, y después cambio de registro y te digo que en serio, que no pasa nada por llevar el pelo corto, pero que si lo quieres largo hay que peinarlo. Te pregunto de nuevo: «¿pelo corto, o largo»? «Largo, mamá», respondes tú, y aguantas estoica mientras te hago trenzas de raíz.
Te encanta comer todo lo que les encanta a los niños de tu edad: el pan, la pasta y los carbohidratos en general pero, por alguna razón, también eres fan del salmón a la plancha. Comes como una lima aunque todavía no te animes a probar muchas cosas. Duermes, en general, como un ceporro, porque Dios sabía que si me mandaba una niña que no durmiera, la cosa acabaría en infanticidio muy pronto.
Solo quieres que te acueste yo, y tu rutina de dormir incluye tres cuentos, un repaso de tu día, una canción, abrazos y masajes en los pies. No sé cómo te has apañado para recibir un masaje de pies diario, pero algo me dice que te va a ir bien en la vida. Cuando llega el momento de dar un abrazo a papá, lo llamas a gritos, te pones de pie en la cama y te preparas como la que se va a tirar a una piscina: después saltas sobre él y te cuelgas de su cuello como un pequeño koala.
Tu cosa favorita del mundo es pasar tiempo con nosotros haciendo lo que sea: jugar, saltar, pintar familias inmensas que incluyen a toda la gente a la que quieres. Por alguna razón, te fascinan las heridas, así que todos tus juegos incluyen que alguien se haga daño o necesite vendas. Te encantan las booboo stories en las que papá y yo te relatamos, con todo lujo de detalles, las heridas de nuestra infancia, precediendo el acontecimiento con: there I was, minding my own business, when... Esta frase la dijo papá un día y desde entonces, no paras de repetirla.
Odias los bichos y, como tu madre, sientes hacia los perros una mezcla de hastío e indiferencia. Te encantan las mariposas y los unicornios, y les has puesto nombre a todos los gatos del barrio: Naná, Nanabumba, Dámbara, Himly, Dimly y Gamka (los gatos del mismo color comparten nombre).
Nos haces mejores personas. Sin ti, seríamos dos seres maniáticos y solitarios que se acercarían a la mediana edad gruñendo por todo; contigo, no nos queda más remedio que ser pacientes y recordar las cosas importantes de la vida. Nadie nos desespera como tú y nadie nos hace reír como tú. Te queremos a reventar, y cuando te lo decimos, tú preguntas, con genuina curiosidad, «¿por qué?». Y cuando te respondemos: «porque eres lista, divertida, cariñosa, guapa... y porque eres nuestra nena», asientes muy seria, como si todo volviera a encajar en tu pequeño mundo.
Ayer estabas medio malita y, aunque tenemos preparada la tarta de Peppa Pig, la piñata y un montón de globos de helio, no sé si podremos celebrar tu fiesta. De momento, tenemos tus regalos en el sofá, esperando a que te despiertes: una casa de Sylvanian Families con su correspondiente familia de conejitos, una cámara de fotos y una muñeca que esperamos que sustituya a Tatiana-Moana, que se cae a pedazos. Espero que te gusten.
Escribo esto mientras te escucho respirar dormida a través de tus mocos y recuerdo cuando eras un bebé y yo vivía con pánico a la muerte súbita, y pensaba «tú sigue respirando, Alana. Sigue respirando, que nosotros nos ocupamos del resto».
Gracias por respirar.
Te quiero.
PD: Este post imita descaradamente el formato de los posts de cumpleaños de Molinos. I REGRET NOTHING.