massobreloslunes: Otro lunes
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lunes, 28 de enero de 2013

Comienzos y finales

Todo tiene un comienzo.

Mira a la gente de la calle y piensa que todos han sido bebés. Piénsalo de verdad. Imagínalos en el vientre de sus madres. Imagínalos como diminutos seres calvos que hacían pucheros, que se cagaban en el pañal y que recibían carantoñas y mimitos de la gente de alrededor. Todos. Rajoy. La Reina Sofía. Tu jefe. Boris Izaguirre.

Observa a las parejas que van cogidas de la mano y que toman café en los bares. Piensa que en algún punto aún no se conocían y después coincidieron en el tiempo y en el espacio. Imagina los primeros momentos de indecisión. El tonteo, las dudas, el miedo compartido. Quizá fue un rollo veloz y fulminante de una noche de discoteca que acabó llevando a algo más serio. Quizá estuvieron enamorados en secreto durante años, o él tenía una novia a la que dejó, o ella no quería salir con él porque su último amor la había dejado hecha polvo. Aun así, reunieron el valor para encontrarse.

Mira los objetos que tienes. Piensa en cuando los fabricaron. En el momento en que formaron parte de una cadena de montaje, en cómo se unieron las piezas, se remataron los bordes, se pintó la superficie. Imagínalos en cajas con otros muchos iguales como ellos, viajando hacia la tienda donde los compraste, transportados después en una bolsa hacia tu caja, tu armario o tu coche.


Todo tiene un final.

Imagina a esas mismas personas moribundas. Todas se irán algún día. Habrá un momento en que todos, absolutamente todos los que pisamos el planeta estaremos muertos. Imagínanos viejos, heridos, enfermos. Rotos en un accidente. Deteriorados en una cama.

Recuerda que el amor se termina. Imagina a esas parejas rompiendo por una infidelidad, divorciándose por cansancio, separándose después de un tiempo en la distancia. Piensa que uno de los dos morirá antes que el otro. Piensa en el viudo o la viuda que se quedará después, echando de menos en la cama el calor del cuerpo que ha pasado tantos años allí.

Ten presente que todos los objetos están ya rotos. Que, por muy caro que sea tu iPhone, por mucha garantía que te hayan ofrecido con tu ordenador, su destino final es acabar averiados o perdidos. Tu coche, tan precioso, tan querido, irá al desguace. Tu ropa la llevará otra gente o la triturará la basura.

Todo empieza. Todo termina. Aquí estamos nosotros, justo en medio, creyéndonos absurdamente eternos. A pesar de que sabemos todo lo anterior, no terminamos de entenderlo. Aun así, nos empeñamos en hacer las cosas bien. Porque hemos decidido que, como decía Woody Allen, esta experiencia, lo que hay entre el principio y del final, nos interesa. Es necesario, entonces, que seamos consecuentes. Es necesario que nos plantemos con firmeza entre esas dos incertidumbres. Y que justo antes del abismo, y hasta siendo conscientes de que nada importa nada, nos demos cuenta de que en realidad sí, en realidad todo importa muchísimo, y seamos capaces de vivir creyendo en eso.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Favores

He aquí mi verdad de hoy.

Mi verdad de hoy es que, en general, me encanta vivir sola, y que no tengo problemas con eso. Desde que empecé a seguir las reglas de vida de la nueva Marina y no fuerzo las cosas, ni lo intento con hombres de mi pasado a excepción de J. (que es en sí mismo una categoría aparte) ni mezclo a los hombres con el alcohol, ni utilizo el sexo como una forma de medir mi valía personal, estoy la mar de tranquilita. Amo en silencio o admiro de lejos. Primum non nocere.

Pero hay tardes como la de hoy. Tardes que son buenas, porque en ellas me dedico a escribir, a trabajar, a elucubrar planes para la huelga con mi entregado grupo de Patos. Si hasta he descubierto cómo funciona la calefacción y no me congelo en la humedad cruel de San Fernando. Termino y me echo un rato en el sofá, aunque sean las tantas, porque estos derroches de energía me van a dejar seca. Después bajo a la calle a hacer mandaos: saco dinero, rescato mis llaves de la recepción del hotel donde las dejó la última couchsurfer y entro en correos para recoger un paquete.

En correos hay una cola enorme, y yo reflexiono sobre el intermedio artificial y curioso que crean las colas en nuestra vida. De repente no tienes más remedio que pararte. Trasteo en mi teléfono, pero la media hora que paso sentada escuchando cómo anuncian los turnos desde la ventanilla pertenece a otra dimensión.

Cuando salgo a la calle son casi las nueve y yo he olvidado comprar líquido de lentillas. Se me ha acabado hoy, y si no lo repongo no podré quitármelas y tendré que meterlas en suero, con el consiguiente riesgo de quedarme cegata cuando me las ponga mañana. Reflexiono. La óptica ya ha cerrado. Yo querría irme a mi casa calentita a tomar colacao, pero la única solución que me queda es acercarme al Mercadona y comprar el líquido de lentillas allí. De paso, pienso, podría reponer los productos frescos de la nevera y el papel higiénico.

Y mientras camino hacia el Mercadona, con mi chubasquero verde marca Quechua, moqueando detrás de mi bufanda y tratando de ignorar el frío, pienso que yo no quiero nadie que me diga que soy genial, que duerma conmigo por la noche o asegure mi noción de ser sexualmente atractiva quitándome la ropa cada cierto tiempo. Yo quiero alguien que me haga favores. Alguien a quien poder pedirle que se acerque a por mi líquido de lentillas porque yo llevo todo el día haciendo cosas, tengo frío y estoy hasta los huevos. Eso pienso mientras camino hacia el Mercadona.

Pero bueno. Voy, hago la compra, miro mis productos extendidos en la cinta transportadora gritándole al mundo que soy una cuasitreintañera soltera y sana. Mis cuatro Vitalínea de limón, mi bolsita de rúcula, mi bote de cacao puro en polvo. Me dan ganas de pasarme suavemente la mano por la coronilla: qué lástima. Nadie me va a hacer favores. Lleva siendo así un largo tiempo. Y por una mezcla de dificultades de mercado, mal karma y limitado atractivo físico, la cosa no tiene pinta de cambiar a corto plazo.

(Pero no me compadezcáis, ¿eh? Que hoy precisamente he pensado que mi vida hasta hoy está bastante aprovechada y si me muriera mañana no me arrepentiria de nada)

(Espero no morirme mañana, porque si no este post va a quedar bastante siniestro)

lunes, 24 de septiembre de 2012

La marisma me dejó...


Acabo de recibir un correo de Omar Janaan, un dibujante malagueño con muy poco interés por vender sus viñetas. Desde el cariño lo digo. Porque ya hace varios meses que le escribí mostrándole mi entusiasmo imperecedero por una de sus láminas y pidiéndole que me la vendiera y enviara, por ese orden, y hasta hoy nada. La lámina en sí representaba (creo que ya os lo conté) un muro detrás de un montón de personas grises y tristes, abrumadas por la vida cotidiana. Subido al muro había un chico muy sonriente que observaba un sol brillante al otro lado. Me gustó un montón. Sentí que, en este momento concreto de mi vida, yo soy ese chico: escalando los muros de forma literal y buscando el sol que brilla.

El caso es que esta semana la he convertido oficialmente en mi semana de balneario mental. Lo que quiere decir que priorizaré el descanso, el sueño y el ejercicio suave y placentero. ¡Basta de autoexigencia! ¡Al carajo todo! (Todo esto dicho con tono de "para las manchas, ¡una solución quiero!"). Necesito mucho dormir más. Necesito manejar mi estrés personal, profesional, emocional, familiar, artístico y cutáneo, en lugar de esconderlo bajo capas de energía superpositiva. Sobre todo, necesito dormir más (¿lo he dicho ya?). Llevo meses necesitando dormir.

En el contexto de mi enésimo plan de mejora personal, implementado para reducir el aburrimiento del celibato, he rescatado mi bicicleta de la casa de mi tía: un híbrido campo-ciudad del Decathlón muy cómoda, muy sólida y con guardabarros. "Los guardabarros son muy importantes", me decía J. Ya ves tú; como si viviéramos en Holanda o como si yo tuviera la mínima intención de coger la bici o de hacer algo en cuanto llueve un poco. No way. Pero mi bici es preciosa y le tengo mucho cariño. De hecho, si lo piensas bien, mi bici fue el paso uno en ser la Marina que soy. En tercero de carrera iba a vivir con una chica que estudiaba Bellas Artes, tenía una gata, iba a todos lados en bicicleta y era atlética, fuerte y estilosa. Quedamos un día en la plaza de Mariana Pineda y la vi acercarse rauda y veloz con su bicicleta, unas preciosas sandalias camper negras y su tatuaje de un pez en el empeine del pie. Pensé: jo, quiero ser como ella. Con bicis, gatos y tatuajes.

Al año siguiente me compré una bicicleta. La antigua Marina era una niña miedosa y precavida que se pasó semanas estudiando la dirección, inclinación y seguridad de todas las calles de Granada para saber por dónde podía ir en bici a los sitios. La antigua Marina era una absurda. Aun así, me apañé para coger bastante la bicicleta aquel año. De entonces me recuerda Silvia llegando a la danza del vientre, toda mona y hippy, y amarrando la bicicleta en la baranda del Genil.

Desde entonces, la pobre bici es un querer y no poder. Lleva un montón de años siendo usada de higos a higos. Me la llevé a Villa Dramática y la utilicé literalmente una vez. Después la arrumbé en casa de mi tía y hasta ayer. Es que a mí montar en bici, en el fondo, me da miedo. Por mi torpeza. No se me dan bien los deportes en los que hay que manipular objetos. Me da miedo pegármela subiendo un bordillo, o perder el equilibrio, desviarme y estamparme contra un coche.

Pero hoy mi vida ha cambiado. Porque hoy he descubierto que a cinco minutos literales del Zulo Autolimpiable está el entorno natural bicicletísticamente más perfecto que puede existir, a saber:

Las marismas.

Cádiz: no es para agorafóbicos.

Las marismas lo tienen todo. Un silencio tranquilo aliñado con el vientecito de poniente. Planicie absoluta: nada de "a la ida cuesta abajo - qué bien; a la vuelta cuesta arriba - qué mierda", o viceversa. Nonono: uniformidad relajante. Pocos viandantes. Kilómetros y kilómetros de camino que va dando vueltas entre los charquitos de agua salada de manera misteriosa y casi onírica. Empiezas a pedalear y punto; no tienes que pensar ni decidir ni nada. Sigues el caminito como Dorothy la del mago de Oz hasta que sientes que se te han acabado la mitad de las fuerzas; entonces te vuelves. 

La belleza era muy loca incluso para Cádiz. A mis espaldas, los edificios desaliñados de La Isla recortados contra un cielo ardiendo; frente a mí, los turquesas desvaídos y mezclados con violeta de la noche de otoño. En medio, la luna. Y yo, toda pequeña y contenta, pensando en que, como para el hombrecito de la viñeta, la parte linda de la vida está en general mucho más cerca de lo que pensamos. Poco antes de llegar al final, me he sentado en un banco de madera a mirar la luna y comer pastelitos de boniato. Es que me he comprado un libro sobre el boniato (verídico) y estoy probando recetas. Los pastelitos de boniato son como torrijas sin gluten y están exquisitos. He tenido un momento muy zen mirando la luna sobre las marismas. Luego, lo confieso, he sacado el móvil y he mirado el correo.




Mientras pedaleaba he tenido una idea sorprendente incluso para mí misma. Pero no os la puedo contar hasta que vea que es factible. Es una idea sólo parcialmente loca, pero puede ir bien. 

Y bueno, este post es literariamente un desastre. Nada más que ir poniendo frases una detrás de otra; ninguna idea impactante, nada de finales redondos ni de llevar el relato a un punto donde convergieran la bici, la luna, los pastelitos de boniato y un exquisito maromo moreno. Pero bueno: así es la vida. Ir en bicicleta para bajar el colesterol o para que te ruede el coco hacia la inspiración. No hay tanta diferencia.

Buenas noches, ciruelitos. Encontrad el muro que os separa del sol y escaladlo con valentía y con fuerza. Como si fuerais capaces de hacer un montón de dominadas. Como si no hubiera un mañana, ni ahora ni nunca.

martes, 19 de junio de 2012

Dibujar

¿Nos vamos a dibujar?, me propones después del desayuno. Es una de estas mañanas largas de domingo que ya se va convirtiendo en mediodía, pero tú y yo estamos repletos de café y pan con tomate, reposando felices sobre las sábanas, y no nos importa mucho a qué hora cierran las cocinas de los bares.

Nos levantamos y nos duchamos (juntos siempre, porque cómo eres, que no te hartas nunca de piel), y después nos vestimos de gemelillos cutres: vaqueros, camisetas, Converse. Me enseñas cómo acoplar la carpeta tamaño A3 bajo los tirantes de la mochila para que no moleste al caminar y salimos a la calle. Cae un sol plano de mediodía y recuerdo cuando me explicaste que la luz de la ciudad es dorada porque el aire tiene unas partículas especiales que hacen que brille así; una explicación lo bastante bonita como para que no me preocupe su exactitud.

Callejeamos por el Realejo, cruzamos Plaza Nueva y atacamos el Albayzín por su flanco más débil: la Cuesta del Chapiz, que aunque es larga y a mitad de camino desmoraliza, termina por dejarte arriba del todo, casi en Plaza Larga. Desde allí callejeamos sin mucho desnivel hasta llegar a una placita pequeña. Está tranquila y no ha sido invadida por los turistas, y tú y yo bromeamos sobre los guiris que se pierden en el Albayzín y son devorados por los hippys. Luego me señalas un edificio viejo: verás que bonito queda cuando dibujas los desconchones, me dices, y a mí me encanta que le devuelvas su dignidad a la pared convirtiéndola en modelo.

Nos sentamos separados, porque yo quiero encontrar mi propia perspectiva. Tú dibujas rápido, con las manos estrechas y morenas moviéndose por el papel, sin borrar. Yo miro la pared, trazo un par de líneas, mido con el lápiz y un ojo cerrado, trazo otro par de líneas, borro. Después de un rato te levantas a mirar mi boceto y me enseñas el tuyo. Me doy cuenta de que he elegido mal el ángulo: mi perspectiva es muy plana y la calle parece muerta. Tú te has girado un poco y el volumen de la esquina sale hacia el exterior con gracia. Tu dibujo está centrado y el mío ya se me ha comido la mitad inferior de la hoja. En mi papel se ven borrones; el tuyo está limpio y cruzado por tus trazos delicados. Me quejo.
- Chiquita - me explicas - llevo años dibujando y tú acabas de empezar.

Sonrío. No me extraña que después te burles de mí: "yo más y yo mejor", me dices siempre, y es verdad que ése podría ser mi lema. Yo más, yo mejor, y esta manía idiota que tengo de llevar mi vida estupenda y mi montón de cualidades colgados frente a mí como las insignias de los scouts. Entonces es cuando tú me atacas con tu ternura, con esa forma de reírte de mi manía de querer vivirlo todo siempre bien, y me desarmas por completo. Y ahora, mientras te veo dibujando y veo la clara superioridad de tu versión frente a la mía, disfruto de esta sensación de admirarte sin reservas. Me explicas cómo dibujar hojas de árboles con la mano temblona, y también que no hace falta que las líneas sean continuas; que a veces se insinúan en algunas partes y le dan delicadeza al conjunto.
- Hay dos tipos de dibujantes - me explicas después -, los que dibujan las cosas más finas de lo que son y los que las dibujan más gruesas.

Nos damos cuenta de que tú eres de los finos y yo de los gruesos. Me quejo otra vez; lo fino me parece más elegante. Bromeo acerca de que a ti te conviene que yo vea las cosas más gruesas de lo que son. Nos reímos un poco.
- Entonces, ¿nadie ve la realidad tal y como es?
- Claro que no. Los humanos no vemos: construimos. Hay muchas formas de ver la realidad. Piensa en las serpientes, que tienen visión térmica. No creo que nuestro mundo tenga por qué ser más real que el suyo. En realidad, la visión es más una cuestión de utilidad: vemos lo que nos sirve.

Nos marchamos antes de que me dé tiempo de terminar mi escena plana y emborronada. Tú ya le has dado el toque final a la tuya (un farolillo de forja que te has inventado sobre el marco de la puerta) y planeas hacerle un marquito de cartulina para que la cuelgue en mi habitación. Bajamos el Albayzin charloteando ("¿te gustaría tener termovisión?", "claro, para poder ver a las mujeres desnudas a través de las paredes", "pero sólo a las que estuvieran calientes, ¿no?", "ya me encargaría yo") y me doy cuenta de que es una mañana feliz, uno de esos raros momentos felices que quizá rememore en unos años, cuando me encuentre un poco sola una noche de junio en una ciudad bastante lejos de ésta. Y mientras agarro tu mano y saltamos juntos con las Converse por las baldosas torcidas del Albayzín, pienso que ojalá entre tu manía de ver las cosas más finas y la mía de verlas más gruesas consigamos componer un mundo que se parezca lo más posible al real o, por lo menos, que a nosotros nos sirva.

lunes, 7 de mayo de 2012

Slightly overwhelmed

Queridines:

Pensaba escribir algo hoy sobre la mudanza. Algo intenso y profundo que elevara vuestros corazones de lunes. Pero llevo un día de lo más estresante. La Unidad parece una mezcla entre Alcatraz y el camarote de los hermanos Marx; los niveles de locura son elevados incluso para los que vamos teniendo tolerancia. La mudanza, por otra parte, va fatal; confío en que el jueves me dé un ataque de inspiración y sea capaz de meterlo todo en el coche.

En cuanto a mis reflexiones sobre el tema... bah, ya las imaginaréis. Blablabla el paso del tiempo, blablabla recuerdo cuando llegué aquí hace dos años y no conocía el barrio y pensaba "cuándo conoceré el barrio" y ahora ya lo conozco y las dependientas me saludan, y hay que ver los buenos ratos que he pasado yo en chanclas por la Viña. Blablabla por qué me voy si estoy bien, qué es lo que busco, hacia dónde va mi vida, lloro por dentro pero la soledad no es mejor que la buena compañía, y todo esto me recuerda a Granada y a mis pacientes y por supuesto a J.

Más o menos eso escribiría si tuviera tiempo, ganas y menos cansancio. Así que no os perdéis mucho.

Ya en serio: todo va bien. Estoy contenta. El jueves cumplo veintisiete y no tengo ni un poco de crisis. Me parece un bonito número y me gusta ser mayor, aunque me preocupa que después de millones de años con acné ahora resulta que me han salido unas arrugas debajo de los ojos que parezco Nosferatu. Pero bueno.

Se os quiere.

lunes, 26 de marzo de 2012

Actualización: ¿el fin del Acné del Averno?

[NOTA: No sé qué cxxxnes le pasa a Blogger con el formato, pero la entrada sale rara. Mañana lo arreglo, que tengo sueño.]

Pues creo que ha llegado el momento de dejar de tener miedo al gafe y decirlo públicamente. Pero bajito.

Creo que me he curado.

Iba a colgar fotos, pero estoy esperando a que se borren las marcas y el antes-después sea aún más impresionante.

Estoy guapérrima.

¿Cómo lo he hecho? Pues la verdad es que no lo tengo del todo claro. Empecé a mejorar tomando omega 3 concentrado de alta calidad (que cuesta aproximadamente lo mismo que el líquido cefalorraquídeo de un unicornio primogénito). Después seguí mejorando cuando cambié de jabón y crema para la cara. Mejoré todavía más con una dieta hiperrestrictiva que lo quitaba básicamente TODO. No sé cuál de estas cosas surtió efecto; a lo mejor, como dice mi madre, simplemente ha llegado el momento de curarme. A lo mejor tanta dieta paleo, ejercicio, vida sana e intentos razonables por ser feliz han acabado por dar resultado. A lo mejor, siguiendo a los teóricos de la psicosomática, he resuelto algún tipo de conflicto interior y ya no necesito a mi acné.

El caso es que se ha ido.

No sé si va a durar para siempre. No sería la primera vez que vuelven los Brotes del Averno cuando creía que todo había terminado. Pero de momento disfruto de esta extraña libertad. Los que me leéis desde hace tiempo sabéis lo increíblemente duro que ha sido para mí todo este tiempo. Creo que ya lo he dicho. No tener acné no te hace automáticamente feliz, pero a mí personalmente tener acné me hace bastante infeliz casi todo el rato. Ahora que hago cosas como mirarme en todos los espejos sin evaluar previamente el tipo de luz, pintarme los ojitos sin que me perturbe estar tanto rato frente a mi propia imagen, acariciarme la cara a ratos como con sorpresa o hacerme fotos de cerca, me doy cuenta de hasta qué punto me dolía antes. Era una mierda, de verdad.

Lo más gracioso es que no sé si la gente se da cuenta. Algunas chicas me lo dicen. Los chicos me dicen que estoy más guapa, pero no sé si caen en la cuenta de por qué o simplemente no hacen referencia a la piel por educación. Todavía no se me caen los maromos rendidos a mis pies, pero dadme tiempo. Y creo que más importante que los demás es que me doy cuenta yo: estoy segura de que miro distinto y ando distinto.

El tema es que me siento orgullosa. ¿De qué, exactamente? Hace algún tiempo murió Michel Montignac, el autor de la dieta Montignac. Sabiendo lo que sé hoy de nutrición, la Montignac no es lo que se dice una dieta perfecta, pero fue pionera sacando a la luz muchos conceptos que hoy en día son básicos, como el índice glicémico o las grasas buenas. Pero, sobre todo, recuerdo algo que escribió Amanda sobre él cuando murió: que fue un hombre que tenía un problema (era gordo), se puso a investigar e hizo lo necesario para solucionarlo. Y que si toda la gente funcionara así, probablemente el mundo sería un lugar mejor.

Así que cuando me miro al espejo últimamente (y lo hago mucho; estoy desarrollando una especie de Síndrome de Narciso post Acné del Averno preocupante) lo que veo es un poco eso. Una persona capaz de solucionar sus problemas. Es duro decir esto, sobre todo porque yo me gano la vida intentando ayudar a la gente a arreglar los suyos, pero al final mi padre tiene razón, y la mano que nunca te falla está siempre al final de tu brazo. Y me vienen a la memoria las decenas de consultas con dermatólogos, naturistas y esteticienes; los miles de consejos bienintencionados; los cientos de pastillas y cremas y mascarillas y jabones y sus putos muertos. La de veces que he llorado este último año, no ya por verme fea, sino por verme SOLA; por sentir que nadie entendía lo que estaba haciendo, qué era eso de la paleodieta o por qué se alineaban todos esos suplementos encima de mi frigorífico.

Y bueno, aquí estoy. Guapa. Solucionada, por lo menos de momento. Y lo he hecho yo sola. Me preocupa la posibilidad de un nuevo brote. Hasta tengo pesadillas sobre el tema. Pero me preocupa menos que antes. ¿Por qué? Antes mejoraba por razones externas y los brotes llegaban como algo maligno y fuera de mi control. Como una plaga bíblica. Ahora no es que los controle porque, de hecho, ya os digo que no tengo claro qué he hecho para mejorar. Pero lo que tengo claro tal día como hoy es que en casi todos los problemas se pueden intentar soluciones nuevas. Siempre hay nuevas opciones, cambios, maneras de hacer las cosas. A veces el tema no es que no existan soluciones, sino que aún no somos lo suficientemente valientes o comprometidos como para ponerlas en práctica. Pero están ahí.

Silvia me escribió un post precioso donde hablaba de cosas muy bonitas, como mi ingenio, mi sabiduría o mi maravillosa vitalidad (cito textualmente). Habla de "esa persona que podríamos ser después de limpiarnos las costras de la superficie, los días, los abandonos, las adaptaciones cotidianas al miedo y la comodidad". Yo no sé si soy esa persona. Soy consciente de que me quedan muchos miedos, limitaciones y abandonos. Pero lo intento. Intento vivir lo mejor que puedo y hacerme cargo de mis problemas. Y si algo quiero transmitir aquí, además de que la vida es preciosa, y nuestro tiempo en ella es limitado, y debemos tirar adelante lo mejor que podemos... es que luchar siempre se puede. El AA ha sido para mí una gran batalla y aquí estoy: al otro lado. Así que luchad las vuestras, sean las que sean. Yo ya estoy preparándome para la siguiente.

Y va, no me puedo contener. Ésta soy yo tal día como hoy, en este momento en particular. La cam difumina, pero creo que se aprecia el efecto.



Os mando un besito porque me siento sexy.

Jejeje.

lunes, 19 de marzo de 2012

Copenhague


Creo que era en Quédate a dormir donde hablaban, hace mucho tiempo, de esos días en que todo va mal menos tu pelo. Tu mundo físico y emocional se desmorona, pero tu pelo está estupendo. Cuando llego hoy a la parada de autobús, mi reflejo en el escaparate me dice que es uno de esos días: me ha bajado la regla a medianoche, me duele todo el cuerpo y decir que he dormido mal es un eufemismo. Pero mi pelo está precioso.

Es fiesta en Cádiz, que no en Puerto Real y por eso yo sí que curro, así que las calles están desiertas e iluminadas por el sol brillante y claro de la mañana. Un puñado de estudiantes tan resignados como yo esperan el autobús a mi lado. Me debato entre buscar o no el mp3 en el bolso. La parte mala es que para eso tendría que sacar las manos de los bolsillos, y tengo frío; la buena, que una vez que me haya puesto los auriculares tendré las orejas calentitas. Así que me decido y saco el ipod. Pongo Copenhague, de Vetusta Morla; no por nada, sino porque así en esta mañana ventosa y solitaria, con las gaviotas paseando de fondo y mi pelo perfecto agitándose sobre mi abrigo oscuro, pienso que es una canción que pega.

Todo adquiere entonces una cualidad un poco de videoclip, de chica que espera el autobús con banda sonora incluida. Estoy triste hoy. Me da por pensar en los sentimientos inútiles. Esos que son inadecuados, raros. Como el arbolito que crece en una maceta porque alguien tiró un día un hueso. No sirven para nada porque nadie parece querer ese arbolito. Son sentimientos destinados a estar ahí, en el corazón perdido de alguien, debatiéndose entre el escondite y la pereza. Querer a quien no te quiere, odiar a quien te quiere. Querer a quien te quiere pero no puede ser porque es imposible, ser amigo de quien quiere ser más (o menos) que tu amigo.

Llega el bus y Copenhague todavía dura en mis oídos. Esta canción me estruja todas las veces. ¿Qué se hace con esos sentimientos, entonces? Recuerdo una expresión de un libro antiguo que leí hace mucho: "coge ese aire de tragedia, querida, y guárdalo en lavanda". Me imagino empaquetando el amor en papel de seda y rodeándolo de bolitas de naftalina para que no se lo coman las polillas. Cerrando bien algún arcón oculto y despiadado que lo mantenga en un sitio donde no pueda hacerme daño.

Dejarse llevar suena demasiado bien, dice el cabrón demagogo del cantante de Vetusta. Y un carajo, digo yo, que desde que incorporé esa palabra a mi vocabulario la uso mucho, porque te llena la boca. Y un carajo: dejarse llevar es una locura; suena bien, en efecto, y nunca sabes dónde puedes terminar. O empezar. Pero te tiras al muelle de digamos Copenhague, te dejas llevar y te vas a ir a tomar viento. Te arrastrará la marea y te vas a ahogar por gilipollas. Así que hoy no me importa lo bonito que esté mi pelo ni lo mucho que brille la bahía a ambos lados del puente de Carranza. Esta niña de aquí se piensa agarrar al embarcadero con toda la fuerza que le dan sus brazos de guerrera de la roca. Y quizá no sea la decisión más interesante. Ni la más provechosa. Pero ahora mismo parece la única posible.

lunes, 5 de marzo de 2012

Los conquistadores de lo inútil

Creo que lo que me mueve a escribir, más que las ideas abstractas como el amor o la justicia, son las imágenes. Porque si estás lo suficientemente atento hay imágenes que te atrapan y no sabes por qué; de alguna forma, intuyes que cuando las pongas sobre el papel te van a enseñar algo. Sobre ti o sobre la vida: alguna forma perversa de verdad. Al fin y al cabo, mi objetivo como escritora no es más que el egocentrismo de intentar que veáis las cosas como yo las veo. Y me pregunto por qué: si al final esas imágenes, esas intuiciones breves, me las podría quedar para mí. Pero me parecen importantes y auténticas, y pienso que compartiéndolas puedo hacer que perduren: propagar la emoción como un lento y literario efecto mariposa.

El tema es que hoy llevaba todo el día queriendo escribir sobre escalada, así que he empezado a describir el fin de semana. Intentaba reflejar el sol que iluminaba los campos de camino a Benaocaz. La ilusión que tenemos todos: esa ilusión tan tonta, ese grupo de personas tan distintas empeñadas en medirse con un trozo de pared. Estudiantes, parados, un militar, un ingeniero; de veintimuchos, de treinta y pocos, precavidos, temerarios, risueños o tímidos. Cruzando bromas, intercambiando barritas de muesli, hablando de vías y asegurando. Y, sobre todo, trepando: porque hay un momento en que te quedas solo aunque haya veinte millones de personas a pie de vía. Estás tú amarrándote el nudo y poniéndote los gatos, sabiendo que te vas de viaje y te vas tú, punto, con tus manos y tus pies, tus cansados músculos y tu mente cobarde.

Desde que me torcí el tobillo a principios de año voy con más miedo. Es curioso, porque se trata de un miedo circular: miedo a escalar y caerme porque si me lesiono no podré escalar. Si estás lo bastante atento puedes sentir cómo fluctúa tu cerebro entre los breves momentos de seguridad (cuando pasas la cuerda por el seguro, cuando pillas un agarre bueno para la mano, cuando puedes reposar sobre tus dos pies) y los de riesgo: desplazas los dedos y los gatos sin tener claro que te vayas a quedar agarrada, mirando de reojo la distancia que separa tu cuerpo de la chapa anterior. Ayer mi cabeza se resistía a salir de la zona de seguridad y cruzar a la de riesgo, y mi débil voluntad intentaba respirar, acallar el pánico y seguir en movimiento.

No trepé mucho; ya había escalado el sábado y me notaba cansada. Al final de la última vía, donde volé unas cuantas veces y pasé un miedo de flipar, decidí que iba a buscar una roca con una inclinación óptima y a echarme una siesta. Me imaginaba al día siguiente exactamente como estoy hoy: cansada, dolorida, masajeándome los brazos en la reunión matutina del trabajo, frotándome blastoestimulina en las yemas despellejadas antes de ponerme los guantes de la moto.

Así que localicé la piedra y me tumbé, con el plumas bajo los riñones y el polar cubriéndome como si fuera una mantita. Mi cuerpo me agradecía el respiro. Tenía una visión perfecta de la placa, la formación rocosa que se ve en la foto. Miradla primero y después imaginadla conmigo. Cerrad los ojos. La temperatura era perfecta: templada pero sin calor, con una brisita fresca que te echaba un cable cuando estabas arriba apretando. La Veredilla tiene una luz especial, que cruza limpia por entre las rocas grises y los matojos andaluces de monte bajo. Y frente a mí, en la placa, tres notas, tres, trepando de primeros como tres leones. Sergi a la derecha del todo en un 6b de treinta y cinco metros. Pablo en medio en un 6c un pelín más corto. El otro Pablo, un físico tranquilo y serio al que le gusta escalar a vista,  en un complicadísimo 7c de placa en el que no se veían los agarres ni con lupa.

Entonces tuve una visión muy clara de lo absurdo que es escalar digamos a nivel cósmico. Aquellos tres chicos dejándose todo ese esfuerzo para subir y después bajar. Se podía ver la placa irguiéndose tan tranquila en medio del campo y tú podías darte cuenta claramente de que ni a la placa ni a Dios les importa un carajo que escales. Y, sin embargo, el esfuerzo de los tres era muy hermoso, muy puro. Subir por subir y bajarte luego; al final, tampoco es que la vida dé para mucho más.

Y esa era mi imagen para hoy. Era lo que quería transmitir. Ese momento de darte cuenta de lo efímero y absurdo que es todo si lo miras con la suficiente distancia. Como escribir aquí: dejarte las yemas en el teclado y que después el tiempo y las actualizaciones vayan borrando tu esfuerzo. Nada le importa a nadie y, sin embargo, nos importa muchísimo. Y, no sé por qué, pero eso me parece precioso.

lunes, 6 de febrero de 2012

Qué fácil es estar contenta un lunes cuando se tiene saliente y puedes dormir hasta que te duela

Pues parece ser que sí: que me voy a Madrid ocho meses enteritos. Qué genial. ya estoy mirando rocos y talleres de escritura. A lo mejor me hiperestimulo y me vuelvo loca; quién sabe. Para entonces llevaré dos años y medio en Cádiz y tres veranos de sol y Caleta. El verano en Cádiz te deja tocado: tu cerebro se inunda de endorfinas, te vuelves loco de atardecer a las diez y media de la noche, el viento de levante te zumba el cerebro y llegas a la conclusión de que el trabajo es muy prescindible. Luego todo eso se suma al slow de la vida gaditana y acabas disfrutando de esta mezcla entre lo sencillo y lo cutre. El caso es que cuando llegue a Madrid y vea que lo tengo disponible TODO, igual me explota el cerebro.

Lo que sí creo es que allí me enamoraré o aberraré en silencio, una de dos.

Mi última experiencia con una gran ciudad fue Barcelona, y fue mala. Claro, que por aquel entonces yo tenía dieciocho años y no sabía nada de la vida. Qué gracia, porque el sábado en la guardia estuve hablando con el MIR acerca de si uno va sabiendo más de la vida con los años o en realidad es todo el rato igual de estúpido. Supongo que uno sabe más y, al mismo tiempo, se va haciendo más consciente de la de cosas que le quedan por saber. Y sigue cometiendo errores parecidos. Por otra parte, si lo miro ahora pienso que hay algo de tierno en seguir cometiendo grandes errores: algo de inocencia ilusionada que, a pesar de todo, no quiero perder.

Me acuerdo perfectamente del primer día que llegué a Barcelona. Me bajé del tren en Plaza Catalunya y miré aquellos edificios sobredimensionados. Tuve que entrar al BBVA para que me solucionaran nosequé papeleo, y caminaba sobre los suelos de mármol como los niños de Mary Poppins en el banco de su padre. Barcelona a los dieciocho años me daba mucho, mucho miedo. Me dio tanto miedo que desde entonces me propuse vivir de Despeñaperros para abajo, y aquí me tenéis: casi todo lo al sur que se puede estar.

Iba pensando estos días en escribir un post sobre Andalucía. El otro día hablábamos en el roco de este vídeo, que para los que no queráis verlo es de un notas escalando un bloque que se tira al suelo y cae a lo loco encima de otro notas. El bloque consiste en escalar rocas pequeñas y difíciles sin cuerda, con colchones debajo y gente que se coloca para cubrirte y ayudarte a caer. El caso es que el vídeo es muy, muy gracioso, y lo que no se entiende muy bien es lo serios que se quedan los tíos después de la caída. Que eso pasa aquí, en Cádiz, y el cámara se empieza a descojonar en el momento en que el tío no sabe bien cómo bajarse del bloque, y para cuando se ha caído encima del otro ya está echando las tripas por el suelo. Lo que quiero decir es que me gusta mucho, mucho, mucho Andalucía, y más concretamente Cádiz y el carácter de aquí. Hay que pagar un precio por vivir aquí, eso está claro, y somos todos muy informales, y muy impuntuales, y no es que seamos vagos: es que estamos cansaos. Y hace mucho calor en verano, y se llena de guiris, y la gente tira los papeles al suelo y bueno, pueden parecer tópicos, pero hay diferencias con el norte y se nota. Sin embargo, a mí me compensa.

Y a pesar de esto quiero irme. Ya lo dije el otro día: nunca pensé que le iba a coger el truco a lo de mudarme. Hay una parte de mí que quiere arraigar y, de hecho, el año pasado había veces que cuando volvía de Málaga entraba en Cádiz acurrucada en posición fetal en los asientos del autobús y pensando en mayúsculas PERO SE PUEDE SABER QUÉ COJONES ESTÁS HACIENDO AQUÍ. Y justo ahora que estoy arraigando, que tengo amigos de verdad y no solo conocidos, que la del Covirán me conoce y no me roban la moto de la puerta de mi casa aunque me vaya un mes... resulta que la perspectiva de irme unos meses me encanta.

Supongo que tiene que ver con las posibilidades que esconde lo nuevo y lo rápido que se ensucia la limpieza mental de las calles. Me acuerdo de cuando Granada era nueva para mí y de lo rápido que se llenó de recuerdos. No llevaba allí ni un mes cuando ya miraba con nostalgia los bares donde había conocido a Nacho, el amigo de Josy que me robó el corazón un verano. Me hace gracia recordar también las primeras semanas en Cádiz, cuando iba de un lado a otro aturdidísima, buscando copisterías y ferreterías. Y ahora es raro que salga y no me encuentre a un paciente o a un conocido.

El tema de la vida es que tiene tantas posiblidades, tantas. Es muy rica. Y a veces se nos olvida. No es solo por las ciudades. Es rica en las personas a las que nos presenta y las experiencias que nos ofrece. Es tan rara y tan loca, tan brutalmente injusta y al mismo tiempo tan luminosa. Contiene muchas opciones y solo tenemos un cerebro y un corazón para atravesarla. Lo peor, o lo más gracioso, según se mire, es que al final todo eso, todo nuestro corazón tan dolorosamente ensanchado, nuestro cerebro tan lleno de aprendizaje y experiencia, morirá y se desintegrará. Y eso lo vuelve todo tan absurdo y, al mismo tiempo, tan importante. El borrador sin cuadro del que hablaba Kundera. La búsqueda de un sentido que se nos escapa todo el rato.

No sé. Hoy ha molado como día. Me he levantado tan contenta que me podría haber preocupado. Ha habido crepes, libros, música y una visita breve al Carrefour, que me relaja. He bailado en mi salón y he eludido otra vez las tareas de la casa. Porque en realidad, ya sabéis que yo siempre digo eso de que todo va a salir bien. Pero, si me apuráis, todo está saliendo bien, ya, ahora.

PD: Señor M., ha llegado el momento de abrirle una etiqueta a Madrid. Hu ha.

lunes, 9 de enero de 2012

Sacarse partido. O algo.

Me preguntan esto por formspring:

Marina, please, ¿por qué no hablas de la inseguridad y de cómo sacarse partido a una misma? Cómo gustarse más y cambiar. Necesito un cambio; puedo empezar un día, pero al siguiente soy yo otra vez (la yo fea). Thank u. Kisses

Es una pregunta que, así a priori, me deja un poco desconcertada. ¿Cómo sacarse partido a una misma? Pues no lo tengo claro. Yo lucho desde hace años contra una enfermedad cutánea desfigurante que está fuera de mi control. Esto quiere decir que la mayoría de los días me siento... no fea, no es la palabra, pero sí diferente. Como si compitiera en otra liga. He pasado mucho tiempo sin hacer ciertas cosas porque creía que con la cara así no merecía la pena. No me quería teñir de pelirroja ni hacerme un piercing en la nariz. Al final he hecho las dos cosas: en parte porque me apetecía, en parte porque estoy mejor del AA, en parte porque no puedes aplazar la vida siempre.

Lo que sí he aprendido es que sentirse o no guapa depende de muchas cosas. Con acné y todo, ha habido días en los que me he sentido mortal de atractiva y otros en los que entraba en el ascensor de espaldas para no verme en el espejo.

Una vez mi amiga Erika, que es una persona muy, muy especial, me dijo que ella ve a todo el mundo bello. No guapo, pero sí bello: como una belleza humana subyacente. Yo no entendía el concepto hasta que empecé a hacer fotos. Como soy gentéfila me interesaron desde el principio los retratos. Un chico que me molaba y que luego resultó ser un perturbado* me dijo que hacer retratos tenía que ver con darse cuenta de cómo era la persona y cómo quería ser, y después sacar lo mejor de ella. Si miro los retratos que me gustan, me doy cuenta de que lo que hace a la gente hermosa no son sólo los rasgos. Es lo que transmiten. Son las sonrisas: la mayoría de la gente está guapa cuando ríe. La luz en los ojos, la expresión.

De la misma forma, en la vida real la gente se nos vuelve bella por su capacidad de reírse a carcajadas, de comunicar, de conmover. Por cómo te hablan y lo que te dicen. Porque los quieres y porque sabes, o intuyes, que son fuertes y verdaderos. Al revés también pasa: en mi roco, por ejemplo, hay tíos que son como dioses griegos (la escalada es una maravilla para el físico masculino) y a los que, sin embargo, no tocaría ni con un palo.

Una vez leí que no tenemos nuestra cara o nuestro físico porque sí, sino porque con él proyectamos cierto tipo de energía. Puede parecer una chorrada, pero de alguna forma lo entiendo. Creo que el cuerpo y la mente están vinculados y que se influyen mutuamente. Que si yo fuera devastadoramente preciosa y tuviera piel de princesa actuaría de otra forma, incluso aunque el mismo cerebro estuviera dentro. También creo que el hecho de que a menudo los guapos se neuroticen tiene mucho que ver con eso: con que son guapos y no saben manejarlo.

Lo que quiero decir, que me hago un lío, es que busques tu belleza. Que unas de alguna forma lo de dentro con lo de fuera, porque es inseparable. No sientas a tu cuerpo como un enemigo o como algo ajeno: es parte de ti, y mostrará tu belleza interior porque no le queda otro remedio. Quien pase mucho tiempo contigo, lo verá. Y si tú eres capaz de sentir esa belleza tuya, de sentirla realmente, como la que te corresponde por ser humana, y estar viva, y ser linda y buscar desesperadamente ser buena y feliz... los demás lo notarán.

Me ha quedado la historia un poco confusa. A lo mejor te habría servido más un consejo del tipo de "saca partido a tus puntos fuertes y viste a rayas verticales", pero esto es lo mejor que puedo escribir al respecto.

Un abrazo.


*Descripción, por otra parte, aplicable a un porcentaje preocupante de los tíos que me han gustado últimamente.

lunes, 14 de noviembre de 2011

De la manera desproporcionada y absurda en que el Acné del Averno sigue afectando a mi vida

Piel piel piel piel piel. Cuatro letras, un mundo.

A lo mejor a veces os preguntáis cuál es la mejor manera de tratar a una persona con Acné del Averno u otra afección cutánea inocua y molesta. ¿Le digo algo? ¿No se lo digo? ¿Le doy consejos? ¿Asumo que sabe lo que es mejor para él/ella? Hoy, en lecciones de Marina sobre psicodermatología, os lo voy a explicar.

Que mi piel está loca es un hecho. Hace un par de semanas escribí que estaba mejorando espectacularmente. De repente, ha decidido volver a brotar. Y me pica. Firmaría porque siguiera igual de destruida pero NO ME PICARA, porque el acné es molesto, pero el picor es una puta tortura.

Total, que te levantas un día por la mañana, te miras al espejo y dices what the fuck. Si estoy haciendo lo mismo que ayer, antes de ayer y el otro día: por qué este brote repentino. A lo mejor es el maquillaje, que será mineral y su puta madre pero me está obstruyendo los poros. O que he dormido poco esta semana. O la escalada extrema, que me tiene que poner los niveles de cortisol por las nubes.

Como llevas más de la mitad de tu vida pensando en tu acné, y el último año intentando encontrarle una explicación lógica que ubique la solución dentro de tu área de control, pues ya estás un poco hartita, y en lugar de dramatizar y decirte "oh, por qué yo, mi vida carece de sentido y nunca podré casarme" etc etc, te encoges de hombros y piensas literalmente: estás jodidamente loca, piel de los cojones, y no te voy a hacer más caso porque ya no es que me aberres; es que me aburres. Te miras a los ojitos. Eres guapa, tía, lo eres. Si tuvieras una piel estupenda, y quizá un poco más de tetas, serías un pibón. Tienes una nariz muy bonita, las orejas pequeñas y una sonrisa que, como te dijo una vez alguien, te ilumina la cara. Tienes el pelo precioso y ojos de lista, y eso te gusta. El acné es... bueno, pues está ahí, pero de verdad que eres guapa, así que no te preocupes. Ponte falda y píntate las uñas. Sal al mundo.

Y entonces llegas al curro y te pones a charlar con tu supervisora. Que es genial, no te creas: es tan genial que la rotación merece la pena sólo por haber podido entrar a consulta con ella. Porque se vincula y quiere a sus pacientes. Porque habla de sí misma con ellos y tiene en cuenta los sentimientos que le despiertan. Porque sus ojazos azul grisáceo te fascinan todo el rato y porque tiene una colección de zapatos que flipas.

Y en un momento dado, esa supervisora, que ahora tiene arrugas porque ya es mayorcita pero que se ve que en su día debió de ser muy, muy guapa, te mira.
- Marina, lo he pensado algunas veces, pero nunca te he preguntado. ¿A ti qué te pasa en la cara?

Y entonces tú, que te crees que llevas mejor las cosas y que ya no tapas los espejos con pañuelos, la miras anonadada, y dos segundos justos después de su pregunta ya tienes ganas de llorar. Verídico. Las notas detrás de tus ojos y en tu garganta, y de repente el mundo, que por lo demás va bastante bien, a ti se te acaba de caer encima. Porque tu cabeza ahora no puede parar, y piensas "eso es lo que ve todo el mundo, eso es lo que piensan todos cuando me ven, la familia, los amigos, los tíos, DDM, mis compañeros, todos: a ti qué te pasa en la cara". Y la autocompasión llega y te inunda como si alguien la estuviera vertiendo por tu cabeza y llenando todo el espacio disponible que tienes en el cuerpo.
- Es acné - balbuceas, y te encoges de hombros.

Ojalá, piensas, ojalá fuera alguna enfermedad rara, más interesante, más digna. Un compañero tuyo tiene psoriasis, y tú le cambiarías ya tu cara de adolescente por sus placas rojizas en los codos, en las manos, hasta en el cuero cabelludo. La dependienta del supermercado tiene vitíligo, y aunque te encanten tus manos fuertes de escaladora firmarías por las suyas, veteadas de manchas blanquecinas, con tal de que esta puta enfermedad del Averno dejara tranquila tu cara de una puta vez.
- ¿Y has probado a ir al dermatólogo?

Respira, respira, Marina, respira, no dejes que te afecte, sólo es la piel de fuera, respira, cojones. No la mandes a la mierda. No le digas algo como "uy, qué idea, fíjate tú, no se me había ocurrido" y después escupas en su piel bronceada de arrugas interesantes.
- Sí, sí que he ido, pero no me lo han quitado.
- Uy, pero seguro que no has ido a mi dermatólogo, que a mí me está dejando estupenda de la muerte.

Quilla, en serio, vete a la mierda, piensas, y te apañas para mantener una conversación medio educada y explicarle por qué su dermatólogo te inspira la misma esperanza que la pulsera Power Balance, mientras tragas saliva, intentas deshacer tu nudo en la garganta y recuperar esa noción de ti misma como una persona bella, y esa noción del mundo como un conjunto de seres que no van por la vida pensando en cómo tienes tú la piel. Luego te disculpas y vas al baño, bebes agua, te miras despacio y casi de reojo los ojos tristes. Va, tía, va, tú puedes, va, lo vas a conseguir, Marina, algún día lo conseguirás, y si no lo consigues pues no importa, está la vida, está la gente, está tu curro y la meditación y la escritura y la escalada. Sólo es la piel de fuera.

Y durante todo ese día, la cara te pica el triple.

Y durante toda esa semana pedirías disculpas a la gente que tienes cerca por verse obligada a mirarte.

Conclusión: no digáis nada sobre la piel de la gente. Nunca. Sólo cosas bonitas, como "tienes la cara mejor", o incluso olvidad la cara y decid, simplemente, "me encantan tus pendientes". Fijaos en mis pendientes. Los elijo con primor por las mañanas. Fijaos en mi colonia o el mi gel de azahar, que huelen muy, muy bien. Fijaos en cualquiera de los veinticinco tonos de esmalte de uñas que voy alternando según mi estado de ánimo. Mi piel es problema mío. Dejadla tranquila.

lunes, 1 de agosto de 2011

20. Poemas para Tahira, I

Para mi sobrina favorita.



Al mundo vas llegando,
niña de lluvia,
creciendo en tu casita
de piel y pluma.

Te esperamos con cuentos,
besos y ganas.
Tan pequeña y tan dulce,
tan desarmada.

No te entristezcas nunca,
niña preciosa;
tienes entre tus manos
todas las cosas.

Enséñanos a amarte,
Tahira bonita.
Recuérdanos el mundo,
vuélvete vida.

lunes, 25 de julio de 2011

13. Breves

Me quedan tres semanas para las vacaciones, ¡tres! Prometen ser relajadas, agradables y gratificantes. Y mis vacaciones también prometen genialidad, aunque aún tengo que perfilar los detalles.

Está haciendo un verano fabuloso en Cádiz. Poco levante y muchas tardes maravillosas de poniente fresquito para ponerse junto al mar en la silla. El agua está espectacular de buena y yo estoy más morena que en toda mi vida (o quizá "menos blanca" sea la expresión que busco).

Me encuentro tan relajada y feliz que me pregunto si no tendré alguna enfermedad cerebral. Si me viera House diría "pero si ésta es una neurótica, ¡la felicidad es un síntoma!".

Conseguí ordenar y limpiar mi casa. Luego la desordené y ensucié otra vez, y ahora estoy en el mismo punto que al principio. ¿Alguien sabe trucos para que te guste limpiar? ¿Cantar como Mary Poppins, a lo mejor?

No voy a decirlo muy alto, pero quizá (sólo quizá) haya encontrado la solución dietética al Acné del Averno. Pero ya os digo que prefiero no contar nada para no gafarlo. Si la cosa sigue bien, seréis los primeros en enteraros. De propina, me he librado de las lorzas que venía acumulando desde que empecé con el rollo "gano dinero, voy a gastármelo en comida". ¡Viva yo!

Siguen pasando cosas bonitas, sigo conociendo a gente linda y a ratos me miro las manos por si todo esto es un sueño lúcido muy conseguido.

¡Ah! Y busco coche de segunda mano. No muy grande, que cueste entre 3000 y 4000 euros, preferentemente diesel y de un color mono.

Hale, a dormir (o a no dormir, según se dé la noche).

lunes, 18 de julio de 2011

6. La inutilidad laboral

Hoy ha vuelto a mi consulta el chico de la alopecia. El dermatólogo le ha mandado un montón de lociones y pastillas, trankimazin incluído, y le ha dicho que se rape. Ahora se le ven todas las calvas y no quiere salir de su casa.

La consulta de hoy ha sido extraña. Él estaba cabreado con el mundo, y yo creo que me encontraba demasiado sobrepasada por la empatía como para servir de algo. Además, tengo los músculos y la mente un poco trillados después de escalar todo el fin de semana, y en realidad no quería más que irme a casa a cenar una tortilla de ibuprofenos.

Intentaba pensar a toda velocidad qué podía decirle que le sirviera de algo. ¿Qué me habría servido a mí en los primeros tiempos del Acné del Averno?

1) Aléjate de los dermatólogos como de una plaga de escorpiones. Son unos inútiles que sólo tratan síntomas sin buscar causas.
2) Tienes derecho a pasarlo mal y a cabrearte. Que "sólo" sea un problema estético no quiere decir que no vaya a hacerte sufrir.
3) Es tu problema, y es tu responsabilidad. Te ha tocado esto como podía haberte tocado otra cosa y es una putada, pero ahora eres tú quien se tiene que hacer cargo.
4) Entiendo tu dolor.

He omitido 1) porque a lo mejor dan con la solución para el pobre chaval. 2) y 4) creo que quedan bien, pero me da la impresión de que 3) le ha deprimido un poco. Mola ser una víctima cuando tienes dieciséis años. Mola pensar que si sólo tuvieras una piel mejor o un pelo lustroso, tu vida se arreglaría. Y mola tener la esperanza de que en algún lugar de la tierra hay alguien que te va a coger tiernamente en sus brazos y te lo va a arreglar todo.

Al final me he sentido inútil por varias razones. Porque no es mi problema, sino el suyo, y no puedo tratarle como si me estuviera tratando a mí. Porque no puedo pedirle al chaval que se sobreponga cuando yo le saco diez años y una carrera de psicología y todavía hay días en que el estado de mi piel es lo único en que pienso. Porque por mucho que yo quiera comunicarle algo de lo que he aprendido, en realidad él tendrá que aprenderlo por sí mismo, y no sirve de nada que yo intente inyectarle en el cerebro sabiduría de enferma crónica en media hora de consulta. Ha sido muy frustrante.

No sé si se ha ido peor de lo que llegó o si algo de lo que le he dicho resonará en su cabeza en algún momento. Espero que sea capaz de sacar el suficiente valor como para no pasarse el resto del verano sin ir a la playa, que asuma su responsabilidad y que intente hacer en casa los ejercicios de relajación. Pero sobre todo, de verdad de verdad, espero que le funcionen los corticoides y el minoxidilo, que le crezca una cabellera larga y espesa y que no tenga que preocuparse por estas chorradas dermoexistenciales nunca jamás.

lunes, 21 de febrero de 2011

Tal día hizo un año



Hoy hace un año que J. y yo lo dejamos. Me he vestido de negro, para que se note el luto oficial por la pérdida de mi relación y de los años dorados de mi primera juventud. Vestido, botas y medias negras; me faltaba un gorrito con velo de los que salen en las pelis.

Ojalá pudiera decir que ya lo he superado. Que miro al pasado sin rencor y blablablá. Pero qué va. Mi corazón y mi cabeza todavía están llenos de sentimientos confusos. Cariño mezclado con rabia mezclado con rencor mezclado con compasión mezclado con que te vaya bien mezclado con ojalá te pudras pronto en el infierno de los cobardes mentirosos.

La semana pasada me enteré de que está con otra. Que claro, no es que pretendiera que el pobre hombre me guardara luto siete años, pero jode perder en la carrera de "a ver quién sustituye al otro primero". Aunque conociendo a J., cierto es que sabía que esa carrera estaba perdida de antemano.

A veces tengo fantasías lujuriosas de venganza en las que me encuentro a J. de aquí a unos años. Yo voy de la mano de un estupendo novio yanqui alto, guapo, de ojos verdes e increíblemente buena persona, llamado Alan o Adam. Los dos vivimos en una comunidad de meditadores en California y nuestros rostros emanan paz. J. se acerca por el otro lado de la calle solo, meditabundo e increíblemente calvo, me saluda sorprendido y aturdido por mi belleza y me pregunta que por qué estoy tan radiante. Yo le confieso ruborizada que Adam/Alan y yo esperamos nuestro primer hijo, y que sólo espero que no coincida con el lanzamiento de mi nuevo best seller.

Fantasías vengadoras aparte, no estoy mal. Es lo que tienen las rupturas: van por fases. Épocas de absoluta liberación y ligereza, épocas en las que te parece que alguien te ha sacado el corazón, lo ha triturado en pedazos y te lo ha vuelto a colocar, y tú no sabes cómo funcionar con esa especie de paté inservible que te ha quedado en el pecho. A mí me va saliendo el dolor por trozos, como cuando me pinché con un erizo y me pasé meses echando de vez en cuando púas en la ducha. Estás ahí relajada y calentita y, de repente, zas: un dolor agudo e intenso y una púa más que abandona tu talón para siempre.

Lo que pasa es que me jode. Me jode este sufrimiento tan gratuito, tan relacionado con el apego. Si él está con otra, ¿a mí qué me importa? Es como si una se compra unos zapatos, luego no le gustan, los devuelve y le fastidia que otra se los lleve. Debería darme igual que se quede con mis sobras, esa zorra estúpida. Lo que pasa es que J. es unos zapatos preciosos. Los típicos zapatos que te hacen polvo los pies pero que te encanta verte puestos. Me habría gustado saber llevarlos, me habría gustado tener los pies de otra manera. No es que yo quiera estar con J., pero sí envidio a la incauta que está ahora empezando con él. Por tenerlo todo por descubrir, por las oportunidades nuevas y limpias que están a su alcance, por la posibilidad de que a ella no le hagan daño los zapatos porque se han dado un poco de sí o, simplemente, porque tiene la piel más dura que yo.

Total, que ayer le eliminé del messenger (viva y bravo, Marina, sólo has tardado un año). Hoy he borrado su móvil, en un acto completamente simbólico, dado que me lo sé de memoria. Aun así, es un paso no ver su nombre el primero cada vez que pulso la J para buscar un número.

Hoy voy a dar otro paso importante. Porque ésta será la última entrada en la que aparezca. Para que entren las cosas buenas en la vida hay que dejar espacio, y para dejar espacio lo lógico es ir soltando lo viejo. Ya lo he dicho: me gusta escribir sobre J. Me gustaba la intensidad que le daba a mi vida cuando estábamos juntos, aunque lo intenso no tenga por qué ser necesariamente bueno. Pero creo que ya ha tenido suficiente hueco en mi cabeza y en mi blog.

Hoy la tierra ha dado una vuelta y yo no estaba contigo. Aprendí mucho de ti y te lo agradezco. Me hiciste mucho daño y te odio por ello, pero haré lo que pueda para intentar perdonarte. Te hice mucho daño y me odio por ello, pero haré lo que pueda para intentar perdonarme.

Siempre te querré, de alguna extraña manera residual.

Besitos,

M.

[Imagen de Daniel Iván]

lunes, 31 de enero de 2011

lunes, 24 de enero de 2011

Worst day ever


Mi madre me preguntó hace tiempo por qué me gustan los lunes. Le expliqué algo así como que no es que me gusten, sino que me parece que son muy vitales, muy intensos. A nadie le gustan los lunes, es verdad. Pero la vida en lunes no tiene más remedio que desplegarse.

Hoy ha sido un lunes de mierda. No sé si porque he pasado una noche terrible, entre vientos de levante y sueños hipervívidos, porque estoy dominada por el síndrome premenstrual o porque me han tocado pacientes especialmente poco estimulantes. La tarde me la he pasado acurrucada en el sofá, leyendo a Wallander bajo el flexo, huyendo de la lluvia horizontal que azotaba la calle y hundiéndome en las procelosas aguas de la autocompasión.

En la reunión de equipo de primera hora una auxiliar ha contado que hace un tiempo leyó en una revista que, según un estudio de nosequé universidad inglesa, el 24 de Enero es estadísticamente el peor día del año. El día en que la gente se considera más infeliz. Parece ser que la razón es que después de formular un montón de propósitos bienintencionados, el día 24 uno se da cuenta de que no va a cumplir esos propósitos. De que todo va a seguir más o menos como antes. Se salta la dieta, no va al gimnasio y encima descubre que le quedan tres euros en la cuenta del banco, porque lo poco que le sobró después de la locura navideña se lo ha fundido en ropa que no necesita.

Yo no hago propósitos. O, mejor dicho, hago muchos propósitos, pero no en año nuevo. No fumo, no estoy gorda y tengo dinero suficiente para acabar el mes. Aun así, ha sido un lunes de mierda, qué queréis que os diga, y resulta que coincide con que es 24 de enero. Así que me pregunto si la cosa mejorará mañana o si va a resultar que la infelicidad es tan predecible como todo lo demás.

lunes, 3 de enero de 2011

Para Steve Jobs



Me quiero comprar una carcasa para mi Macbook. Fue idea de Luna, mi R externa que, además de fabulosa, es cuidadosa y dulce, y no le gusta que los objetos se estropeen. La carcasa es de color, así que protege y a la vez adorna, y deja pasar la luz evitando que el portátil se dañe.

Me pregunto si no podrían inventar algo parecido para el corazón. Algo que permita usarlo con confianza, sin miedo a que se raye, sin impedir que la luz lo atraviese.

Después pienso que quizá tendrían que empezar por inventar un iHeart. Un corazón blanco y bonito, eficiente y de diseño, con un montón de aplicaciones útiles y compatible con todo tipo de programas.

Que le durara mucho la batería e inmune a los virus.

Que no se quedara nunca colgado.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Cómo ser una Hembra Alfa y no morir en el intento




NOTA PREVIA AL POST: Que conste que estoy segura de que hay mogollón de mujeres para las que lo que voy a relatar es una chorrada, que dominan el argot gruístico de siempre, entienden de mecánica y hasta saben lo que es una llave de bujía. Ruego a esas mujeres disculpen si en algún momento doy a entender que la inutilidad mecánica femenina es algo generalizado e inherente a nuestra condición de delicadas criaturas, mancillando así el honor de mi género.

Pues resulta que mi bendita moto decidió hace unos días que no arrancaba, dejándome tirada en el centro y destinada al taxi o a suplicar transportes ajenos.

Mi moto me dejó ya tirada otra vez hace seis o siete meses por un asunto parecido: se quedó sin gasolina y luego no arrancaba. A mi favor diré que conducía mi hermano y que yo sin gasolina no me he quedado jamás. Mi primera reacción fue entrar en pánico y llamar a mi padre. Mi padre es bastante buena persona, pero tiene dos fallos principales. El primero es que es tacaño hasta dar risa. Ya os contaré historias como "aquella vez que retrasó los regalos de Navidad hasta Mayo para juntarlos con mi cumpleaños".

El segundo es que es muy cómodo. No vago, sino cómodo. Hará cosas por ti siempre y cuando no le venga mal. Así que el día de la moto me dijo algo como:
- Tú tranquila, eso seguro que es la bujía, que ha hecho perlilla y hay que limpiarla.

Personalmente, esperaba que la siguiente frase fuera "yo te la limpio, que para eso soy tu padre y el Macho Alfa y siempre digo que me gustan mucho los motores y la mecánica". En cambio, su siguiente frase fue:
- Sácale la bujía, límpiala y ya verás cómo tira.

¿Perdona? ¿Bujía? ¿En serio crees que sé limpiar una bujía? ¡Si no sé qué es, ni para qué sirve, ni qué pinta tiene! Vamos, no me jodas.
- ¿Y eso cómo se hace?
- Busca una llave de bujía, saca la bujía y la limpias.

¡Claro! ¡Una llave de bujía! ¿Cómo no se me había ocurrido antes?
- Lo haría yo, pero es que tengo que bajarme al bar a leer el periódico.

Lo dicho. Cómodo. Ni corta ni perezosa, me fui a google, busqué "cómo limpiar una bujía" y fui a donde estaba aparcada la moto con un trapo y un cepillo de dientes (verídico). Obviamente, no sólo no conseguí sacar la bujía, sino que ni siquiera la encontraba, y tuve que llamar al seguro.

El gruísta era un primor, de guapo y de apañado. Era tan guapo que la novia iba con él en la grúa para vigilarle (verídico). Le expliqué lo de la bujía y la perlilla, el hombre sacó la bujía sin llave de bujía, la limpió y se pasó como una hora dándole a la patilla, mientras yo observaba admirada su sudoroso esfuerzo. La moto no arrancaba, así que el gruísta me miró con sus azules ojos de macarra del extrarradio y me dijo:
- Bueno, ¿y dónde te la llevo?

¿Perdona? ¿Llevarla? ¡Yo qué sé! ¡Se supone que tú eres quien se encarga de eso! ¡Eres el gruísta y el Macho Alfa! Pero en lugar de entrar en pánico, puse mi mejor cara de hacerme la tonta. Si el Macho Alfa no sale solo, tiene que entrar la Hembra Dominada para ponerle en situación. Así que le dije algo como:
- No tengo ni idea, es que de esto no entiendo... (parpadeo indefenso). ¿Tú conoces algún taller? (parpadeo indefenso, parpadeo indefenso).

Al Gruísta Buenorro (GB en adelante) le salió su vena protectora y me llevó a una especie de garaje clandestino, que encima está cerca de mi casa y donde me dejaron la moto estupléndida. Además, hicimos amistad él, la novia y yo en el trayecto de la moto al taller, y como yo había quedado en el centro me acercó con la grúa y vacilé a tope con los colegas.

Hoy ya tenía el asunto perfeccionado. La moto se me quedó tirada el viernes y yo, que ya tenía bastante con la Nochebuena pendiendo sobre mi cabeza cual espada de Damocles, decidí esperar tranquilamente hasta hoy. He comido con mi padre y mi hermano, y cuando les he explicado lo de la moto los dos me han mirado muy serios.
- Eso es que la bujía ha hecho perlilla - Uy, fíjate que no me sorprende el diagnóstico.
- Es que tu moto las bujías se las carga - Sí, hombre, tú échale la culpa a la pobre moto.
- Entonces la limpio y tira, ¿no?
- Claro, claro.

Mi padre es cómodo, pero mi hermano es directamente vago como el suelo. No ofrecimientos de limpiar la bujía. No big surprise, francamente.

Me he ido a donde estaba aparcada la moto, he llamado al seguro y le he dicho al gruísta que me llamara él al llegar, que yo iba a tomarme un café. He esperado en la cafetería leyendo la Cuore y cuando ha salido el tío le he explicado el asunto:
- Que digo yo que igual es que la bujía ha hecho perlilla.

El tío me ha mirado con cara rara. No he conseguido averiguar si era cara de asombro por mi dominio del argot o cara de "ésta no tiene ni puta idea", pero el caso es que me ha ignorado, le ha dado a la patilla durante cinco segundos y me ha subido la moto a la grúa. Este gruísta, además, era calvo y feo, y he echado de menos a GB y su maciza perseverancia. La próxima vez tengo que informarme a ver si dejan elegir gruísta.

[Ya me imagino el momentazo:
- AMA asistencia en carretera, buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?
- Mire, que se me ha quedado tirada la moto, que si me podían mandar una grúa, pero una que la conduce un tío que está muy bueno, así con ojos claros y el pelo rapado, un poco macarra y... ¿oiga? ¿oiga?]

El caso es que ha llegado el momento cumbre. El GCF (Gruísta Calvo y Feo) me ha mirado y ha dicho:
- Bueno, ¿y dónde te la llevo?

Y entonces yo he puesto mi mejor cara de Hembra Alfa, he sacado de mi cartera la tarjeta del garaje clandestino (¡Sí, tienen tarjetas!), he llamado al mecánico y le he dicho que iba para allá. Me he sentado en la grúa y le he dado conversación a GCF aprovechando mi conocimiento de la profesión acuñado en mi experiencia anterior. Al llegar al taller le he explicado al mecánico lo de la bujía, y curiosamente no me ha mirado raro; ha dicho algo como "tú tranquila, que eso no es nada" y me ha dejado con la agradable sensación de que él es mi mecánico y lo va a arreglar todo. Luego he firmado el parte al GCF y me he ido a mi casa andando (miss you, GB) pero más contenta y orgullosa de mí misma que unas castañuelas.

Moraleja:
- Lo que puedas hacer tú no tiene por qué hacértelo tu padre/ tu hermano/ tu novio.
- Lo que pueda hacer el gruísta/mecánico del taller no tienes por qué hacerlo tú.

Y eso es todo por hoy, amigas.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Pitonisa de autobús


Yo miro mucho a la gente. Tanto, que a veces creo que se sienten incómodos. Pero me gusta, que le vamos a hacer: soy una voyeur de lo cotidiano.

Cuando salgo del trabajo, coincido en la parada de autobús con la salida de un instituto. Me gusta observar a los adolescentes, perdidos en esa soledad aturdida y pasmosa de la ESO. Hoy se me ha escapado el autobús de menos cuarto por muy poco, y sentía oleadas de autocompasión mientras el viento húmedo y frío me azotaba la cara. Los alumnos del instituto han empezado a llegar, todos acné, hormonas, charlas y zapatillas de tela, rollo no-me-importa-que-se-me-mojen-los-pies-mientras-mis-zapatos-molen.

A los que cogen el autobús los tengo medio fichados. Está Divina, siempre pintada, con el pelo planchado y el móvil en la mano; Me Creo Guay, que aparenta diez años, viste como si tuviera dieciocho y siempre me parece grotesco; Lánguido, que se apoya en una farola con las greñas tapándole los ojos y los auriculares puestos, y Grandullón, que siempre va con Mejor Amiga Gorda (lo siento, mis motes no son exactamente un derroche de compasión).

Hoy llega Grandullón primero. Tiene los hombros estrechos, el culo gordo, gafas y el pelo en forma de casco. Lo tiene todo, el pobre. Entonces aparece uno al que no tengo controlado y al que llamaremos Sex Bomb. Es fibroso y moreno, tiene un bonito cuello rodeado de colgantes, le asoma la barba de tres días y los vaqueros le quedan estupendos. Llama a Grandullón por su nombre, se le acerca y se ponen a hablar de nosequé. Hace un frío que pela, pero Sex Bomb va en camiseta y se le ven unos bíceps bien formados. "Illo, ponte argo", le comenta alguien, pero él no hace ni caso.

Les miro charlar. Grandullón con los ojos tímidos y enormes asomando tras las gafas. Sex Bomb fumando tranquilo un cigarro y aplastándolo con desenfado cuando llega el autobús. Nos subimos y yo pillo el último asiento que queda libre, en el centro de la fila de atrás. Desde allí puedo ver todo el autobús y escuchar el murmullo de las conversaciones.

Miro a Grandullón y a Sex Bomb y pienso en que son dos personas con distintos envoltorios, y en cómo esos envoltorios están seguramente condicionando la vida que tienen, lo luminosa o desconcertante que está siendo su adolescencia. No sé si es justo o injusto, pero es. Un abismo entre esos dos modelos de humano. Imagino su vida futura, y me pregunto qué será de ellos.

Grandullón estudiará Informática y será virgen hasta muy tarde. Luego se pondrá a régimen y adelgazará; no será guapo, pero ganará autoestima. Cuando todos sus colegas hayan perdido la esperanza y estén debatiendo si pagarle una prostituta, Grandullón aparecerá con una novia Emo súper mona que ha conocido en un foro. Después se casarán, tendrán hijos medianamente agraciados y empezarán a pagar una hipoteca.

Sex Bomb se meterá en Publicidad, Diseño, Bellas Artes... Tendrá a las mujeres locas y practicará sexo bizarro y variado. Será un inútil emocional hasta los treinta o así, momento en que verá que se está quedando calvo y pedirá en matrimonio a la novia de entonces. También se casarán, tendrán hijos (más guapos que los de Grandullón) y empezarán a pagar una hipoteca.

No sé qué conclusión sacar. Me dan ganas de acercarme y decirles a los dos que al final la vida es más de lo mismo para todos. Que la adolescencia parece eterna, pero se acaba, y llega un momento en que te sientes increíblemente adulta y sensata, sentada en el autobús después del curro, mirando con sapiencia a los chavales y pensando "por dios, Sex Bomb, ponte un jersey, que te vas a resfriar".