lunes, 28 de enero de 2013
Comienzos y finales
Mira a la gente de la calle y piensa que todos han sido bebés. Piénsalo de verdad. Imagínalos en el vientre de sus madres. Imagínalos como diminutos seres calvos que hacían pucheros, que se cagaban en el pañal y que recibían carantoñas y mimitos de la gente de alrededor. Todos. Rajoy. La Reina Sofía. Tu jefe. Boris Izaguirre.
Observa a las parejas que van cogidas de la mano y que toman café en los bares. Piensa que en algún punto aún no se conocían y después coincidieron en el tiempo y en el espacio. Imagina los primeros momentos de indecisión. El tonteo, las dudas, el miedo compartido. Quizá fue un rollo veloz y fulminante de una noche de discoteca que acabó llevando a algo más serio. Quizá estuvieron enamorados en secreto durante años, o él tenía una novia a la que dejó, o ella no quería salir con él porque su último amor la había dejado hecha polvo. Aun así, reunieron el valor para encontrarse.
Mira los objetos que tienes. Piensa en cuando los fabricaron. En el momento en que formaron parte de una cadena de montaje, en cómo se unieron las piezas, se remataron los bordes, se pintó la superficie. Imagínalos en cajas con otros muchos iguales como ellos, viajando hacia la tienda donde los compraste, transportados después en una bolsa hacia tu caja, tu armario o tu coche.
Todo tiene un final.
Imagina a esas mismas personas moribundas. Todas se irán algún día. Habrá un momento en que todos, absolutamente todos los que pisamos el planeta estaremos muertos. Imagínanos viejos, heridos, enfermos. Rotos en un accidente. Deteriorados en una cama.
Recuerda que el amor se termina. Imagina a esas parejas rompiendo por una infidelidad, divorciándose por cansancio, separándose después de un tiempo en la distancia. Piensa que uno de los dos morirá antes que el otro. Piensa en el viudo o la viuda que se quedará después, echando de menos en la cama el calor del cuerpo que ha pasado tantos años allí.
Ten presente que todos los objetos están ya rotos. Que, por muy caro que sea tu iPhone, por mucha garantía que te hayan ofrecido con tu ordenador, su destino final es acabar averiados o perdidos. Tu coche, tan precioso, tan querido, irá al desguace. Tu ropa la llevará otra gente o la triturará la basura.
Todo empieza. Todo termina. Aquí estamos nosotros, justo en medio, creyéndonos absurdamente eternos. A pesar de que sabemos todo lo anterior, no terminamos de entenderlo. Aun así, nos empeñamos en hacer las cosas bien. Porque hemos decidido que, como decía Woody Allen, esta experiencia, lo que hay entre el principio y del final, nos interesa. Es necesario, entonces, que seamos consecuentes. Es necesario que nos plantemos con firmeza entre esas dos incertidumbres. Y que justo antes del abismo, y hasta siendo conscientes de que nada importa nada, nos demos cuenta de que en realidad sí, en realidad todo importa muchísimo, y seamos capaces de vivir creyendo en eso.
lunes, 3 de diciembre de 2012
Favores
Mi verdad de hoy es que, en general, me encanta vivir sola, y que no tengo problemas con eso. Desde que empecé a seguir las reglas de vida de la nueva Marina y no fuerzo las cosas, ni lo intento con hombres de mi pasado a excepción de J. (que es en sí mismo una categoría aparte) ni mezclo a los hombres con el alcohol, ni utilizo el sexo como una forma de medir mi valía personal, estoy la mar de tranquilita. Amo en silencio o admiro de lejos. Primum non nocere.
Pero hay tardes como la de hoy. Tardes que son buenas, porque en ellas me dedico a escribir, a trabajar, a elucubrar planes para la huelga con mi entregado grupo de Patos. Si hasta he descubierto cómo funciona la calefacción y no me congelo en la humedad cruel de San Fernando. Termino y me echo un rato en el sofá, aunque sean las tantas, porque estos derroches de energía me van a dejar seca. Después bajo a la calle a hacer mandaos: saco dinero, rescato mis llaves de la recepción del hotel donde las dejó la última couchsurfer y entro en correos para recoger un paquete.
En correos hay una cola enorme, y yo reflexiono sobre el intermedio artificial y curioso que crean las colas en nuestra vida. De repente no tienes más remedio que pararte. Trasteo en mi teléfono, pero la media hora que paso sentada escuchando cómo anuncian los turnos desde la ventanilla pertenece a otra dimensión.
Cuando salgo a la calle son casi las nueve y yo he olvidado comprar líquido de lentillas. Se me ha acabado hoy, y si no lo repongo no podré quitármelas y tendré que meterlas en suero, con el consiguiente riesgo de quedarme cegata cuando me las ponga mañana. Reflexiono. La óptica ya ha cerrado. Yo querría irme a mi casa calentita a tomar colacao, pero la única solución que me queda es acercarme al Mercadona y comprar el líquido de lentillas allí. De paso, pienso, podría reponer los productos frescos de la nevera y el papel higiénico.
Y mientras camino hacia el Mercadona, con mi chubasquero verde marca Quechua, moqueando detrás de mi bufanda y tratando de ignorar el frío, pienso que yo no quiero nadie que me diga que soy genial, que duerma conmigo por la noche o asegure mi noción de ser sexualmente atractiva quitándome la ropa cada cierto tiempo. Yo quiero alguien que me haga favores. Alguien a quien poder pedirle que se acerque a por mi líquido de lentillas porque yo llevo todo el día haciendo cosas, tengo frío y estoy hasta los huevos. Eso pienso mientras camino hacia el Mercadona.
Pero bueno. Voy, hago la compra, miro mis productos extendidos en la cinta transportadora gritándole al mundo que soy una cuasitreintañera soltera y sana. Mis cuatro Vitalínea de limón, mi bolsita de rúcula, mi bote de cacao puro en polvo. Me dan ganas de pasarme suavemente la mano por la coronilla: qué lástima. Nadie me va a hacer favores. Lleva siendo así un largo tiempo. Y por una mezcla de dificultades de mercado, mal karma y limitado atractivo físico, la cosa no tiene pinta de cambiar a corto plazo.
(Pero no me compadezcáis, ¿eh? Que hoy precisamente he pensado que mi vida hasta hoy está bastante aprovechada y si me muriera mañana no me arrepentiria de nada)
(Espero no morirme mañana, porque si no este post va a quedar bastante siniestro)
lunes, 24 de septiembre de 2012
La marisma me dejó...
Acabo de recibir un correo de Omar Janaan, un dibujante malagueño con muy poco interés por vender sus viñetas. Desde el cariño lo digo. Porque ya hace varios meses que le escribí mostrándole mi entusiasmo imperecedero por una de sus láminas y pidiéndole que me la vendiera y enviara, por ese orden, y hasta hoy nada. La lámina en sí representaba (creo que ya os lo conté) un muro detrás de un montón de personas grises y tristes, abrumadas por la vida cotidiana. Subido al muro había un chico muy sonriente que observaba un sol brillante al otro lado. Me gustó un montón. Sentí que, en este momento concreto de mi vida, yo soy ese chico: escalando los muros de forma literal y buscando el sol que brilla.
Las marismas.
Mientras pedaleaba he tenido una idea sorprendente incluso para mí misma. Pero no os la puedo contar hasta que vea que es factible. Es una idea sólo parcialmente loca, pero puede ir bien.
martes, 19 de junio de 2012
Dibujar
Nos levantamos y nos duchamos (juntos siempre, porque cómo eres, que no te hartas nunca de piel), y después nos vestimos de gemelillos cutres: vaqueros, camisetas, Converse. Me enseñas cómo acoplar la carpeta tamaño A3 bajo los tirantes de la mochila para que no moleste al caminar y salimos a la calle. Cae un sol plano de mediodía y recuerdo cuando me explicaste que la luz de la ciudad es dorada porque el aire tiene unas partículas especiales que hacen que brille así; una explicación lo bastante bonita como para que no me preocupe su exactitud.
Callejeamos por el Realejo, cruzamos Plaza Nueva y atacamos el Albayzín por su flanco más débil: la Cuesta del Chapiz, que aunque es larga y a mitad de camino desmoraliza, termina por dejarte arriba del todo, casi en Plaza Larga. Desde allí callejeamos sin mucho desnivel hasta llegar a una placita pequeña. Está tranquila y no ha sido invadida por los turistas, y tú y yo bromeamos sobre los guiris que se pierden en el Albayzín y son devorados por los hippys. Luego me señalas un edificio viejo: verás que bonito queda cuando dibujas los desconchones, me dices, y a mí me encanta que le devuelvas su dignidad a la pared convirtiéndola en modelo.
Nos sentamos separados, porque yo quiero encontrar mi propia perspectiva. Tú dibujas rápido, con las manos estrechas y morenas moviéndose por el papel, sin borrar. Yo miro la pared, trazo un par de líneas, mido con el lápiz y un ojo cerrado, trazo otro par de líneas, borro. Después de un rato te levantas a mirar mi boceto y me enseñas el tuyo. Me doy cuenta de que he elegido mal el ángulo: mi perspectiva es muy plana y la calle parece muerta. Tú te has girado un poco y el volumen de la esquina sale hacia el exterior con gracia. Tu dibujo está centrado y el mío ya se me ha comido la mitad inferior de la hoja. En mi papel se ven borrones; el tuyo está limpio y cruzado por tus trazos delicados. Me quejo.
- Chiquita - me explicas - llevo años dibujando y tú acabas de empezar.
Sonrío. No me extraña que después te burles de mí: "yo más y yo mejor", me dices siempre, y es verdad que ése podría ser mi lema. Yo más, yo mejor, y esta manía idiota que tengo de llevar mi vida estupenda y mi montón de cualidades colgados frente a mí como las insignias de los scouts. Entonces es cuando tú me atacas con tu ternura, con esa forma de reírte de mi manía de querer vivirlo todo siempre bien, y me desarmas por completo. Y ahora, mientras te veo dibujando y veo la clara superioridad de tu versión frente a la mía, disfruto de esta sensación de admirarte sin reservas. Me explicas cómo dibujar hojas de árboles con la mano temblona, y también que no hace falta que las líneas sean continuas; que a veces se insinúan en algunas partes y le dan delicadeza al conjunto.
- Hay dos tipos de dibujantes - me explicas después -, los que dibujan las cosas más finas de lo que son y los que las dibujan más gruesas.
Nos damos cuenta de que tú eres de los finos y yo de los gruesos. Me quejo otra vez; lo fino me parece más elegante. Bromeo acerca de que a ti te conviene que yo vea las cosas más gruesas de lo que son. Nos reímos un poco.
- Entonces, ¿nadie ve la realidad tal y como es?
- Claro que no. Los humanos no vemos: construimos. Hay muchas formas de ver la realidad. Piensa en las serpientes, que tienen visión térmica. No creo que nuestro mundo tenga por qué ser más real que el suyo. En realidad, la visión es más una cuestión de utilidad: vemos lo que nos sirve.
Nos marchamos antes de que me dé tiempo de terminar mi escena plana y emborronada. Tú ya le has dado el toque final a la tuya (un farolillo de forja que te has inventado sobre el marco de la puerta) y planeas hacerle un marquito de cartulina para que la cuelgue en mi habitación. Bajamos el Albayzin charloteando ("¿te gustaría tener termovisión?", "claro, para poder ver a las mujeres desnudas a través de las paredes", "pero sólo a las que estuvieran calientes, ¿no?", "ya me encargaría yo") y me doy cuenta de que es una mañana feliz, uno de esos raros momentos felices que quizá rememore en unos años, cuando me encuentre un poco sola una noche de junio en una ciudad bastante lejos de ésta. Y mientras agarro tu mano y saltamos juntos con las Converse por las baldosas torcidas del Albayzín, pienso que ojalá entre tu manía de ver las cosas más finas y la mía de verlas más gruesas consigamos componer un mundo que se parezca lo más posible al real o, por lo menos, que a nosotros nos sirva.
lunes, 7 de mayo de 2012
Slightly overwhelmed
Pensaba escribir algo hoy sobre la mudanza. Algo intenso y profundo que elevara vuestros corazones de lunes. Pero llevo un día de lo más estresante. La Unidad parece una mezcla entre Alcatraz y el camarote de los hermanos Marx; los niveles de locura son elevados incluso para los que vamos teniendo tolerancia. La mudanza, por otra parte, va fatal; confío en que el jueves me dé un ataque de inspiración y sea capaz de meterlo todo en el coche.
En cuanto a mis reflexiones sobre el tema... bah, ya las imaginaréis. Blablabla el paso del tiempo, blablabla recuerdo cuando llegué aquí hace dos años y no conocía el barrio y pensaba "cuándo conoceré el barrio" y ahora ya lo conozco y las dependientas me saludan, y hay que ver los buenos ratos que he pasado yo en chanclas por la Viña. Blablabla por qué me voy si estoy bien, qué es lo que busco, hacia dónde va mi vida, lloro por dentro pero la soledad no es mejor que la buena compañía, y todo esto me recuerda a Granada y a mis pacientes y por supuesto a J.
Más o menos eso escribiría si tuviera tiempo, ganas y menos cansancio. Así que no os perdéis mucho.
Ya en serio: todo va bien. Estoy contenta. El jueves cumplo veintisiete y no tengo ni un poco de crisis. Me parece un bonito número y me gusta ser mayor, aunque me preocupa que después de millones de años con acné ahora resulta que me han salido unas arrugas debajo de los ojos que parezco Nosferatu. Pero bueno.
Se os quiere.
lunes, 26 de marzo de 2012
Actualización: ¿el fin del Acné del Averno?

lunes, 19 de marzo de 2012
Copenhague

Creo que era en Quédate a dormir donde hablaban, hace mucho tiempo, de esos días en que todo va mal menos tu pelo. Tu mundo físico y emocional se desmorona, pero tu pelo está estupendo. Cuando llego hoy a la parada de autobús, mi reflejo en el escaparate me dice que es uno de esos días: me ha bajado la regla a medianoche, me duele todo el cuerpo y decir que he dormido mal es un eufemismo. Pero mi pelo está precioso.
lunes, 5 de marzo de 2012
Los conquistadores de lo inútil
El tema es que hoy llevaba todo el día queriendo escribir sobre escalada, así que he empezado a describir el fin de semana. Intentaba reflejar el sol que iluminaba los campos de camino a Benaocaz. La ilusión que tenemos todos: esa ilusión tan tonta, ese grupo de personas tan distintas empeñadas en medirse con un trozo de pared. Estudiantes, parados, un militar, un ingeniero; de veintimuchos, de treinta y pocos, precavidos, temerarios, risueños o tímidos. Cruzando bromas, intercambiando barritas de muesli, hablando de vías y asegurando. Y, sobre todo, trepando: porque hay un momento en que te quedas solo aunque haya veinte millones de personas a pie de vía. Estás tú amarrándote el nudo y poniéndote los gatos, sabiendo que te vas de viaje y te vas tú, punto, con tus manos y tus pies, tus cansados músculos y tu mente cobarde.
Desde que me torcí el tobillo a principios de año voy con más miedo. Es curioso, porque se trata de un miedo circular: miedo a escalar y caerme porque si me lesiono no podré escalar. Si estás lo bastante atento puedes sentir cómo fluctúa tu cerebro entre los breves momentos de seguridad (cuando pasas la cuerda por el seguro, cuando pillas un agarre bueno para la mano, cuando puedes reposar sobre tus dos pies) y los de riesgo: desplazas los dedos y los gatos sin tener claro que te vayas a quedar agarrada, mirando de reojo la distancia que separa tu cuerpo de la chapa anterior. Ayer mi cabeza se resistía a salir de la zona de seguridad y cruzar a la de riesgo, y mi débil voluntad intentaba respirar, acallar el pánico y seguir en movimiento.
No trepé mucho; ya había escalado el sábado y me notaba cansada. Al final de la última vía, donde volé unas cuantas veces y pasé un miedo de flipar, decidí que iba a buscar una roca con una inclinación óptima y a echarme una siesta. Me imaginaba al día siguiente exactamente como estoy hoy: cansada, dolorida, masajeándome los brazos en la reunión matutina del trabajo, frotándome blastoestimulina en las yemas despellejadas antes de ponerme los guantes de la moto.
Así que localicé la piedra y me tumbé, con el plumas bajo los riñones y el polar cubriéndome como si fuera una mantita. Mi cuerpo me agradecía el respiro. Tenía una visión perfecta de la placa, la formación rocosa que se ve en la foto. Miradla primero y después imaginadla conmigo. Cerrad los ojos. La temperatura era perfecta: templada pero sin calor, con una brisita fresca que te echaba un cable cuando estabas arriba apretando. La Veredilla tiene una luz especial, que cruza limpia por entre las rocas grises y los matojos andaluces de monte bajo. Y frente a mí, en la placa, tres notas, tres, trepando de primeros como tres leones. Sergi a la derecha del todo en un 6b de treinta y cinco metros. Pablo en medio en un 6c un pelín más corto. El otro Pablo, un físico tranquilo y serio al que le gusta escalar a vista, en un complicadísimo 7c de placa en el que no se veían los agarres ni con lupa.Entonces tuve una visión muy clara de lo absurdo que es escalar digamos a nivel cósmico. Aquellos tres chicos dejándose todo ese esfuerzo para subir y después bajar. Se podía ver la placa irguiéndose tan tranquila en medio del campo y tú podías darte cuenta claramente de que ni a la placa ni a Dios les importa un carajo que escales. Y, sin embargo, el esfuerzo de los tres era muy hermoso, muy puro. Subir por subir y bajarte luego; al final, tampoco es que la vida dé para mucho más.
Y esa era mi imagen para hoy. Era lo que quería transmitir. Ese momento de darte cuenta de lo efímero y absurdo que es todo si lo miras con la suficiente distancia. Como escribir aquí: dejarte las yemas en el teclado y que después el tiempo y las actualizaciones vayan borrando tu esfuerzo. Nada le importa a nadie y, sin embargo, nos importa muchísimo. Y, no sé por qué, pero eso me parece precioso.
lunes, 6 de febrero de 2012
Qué fácil es estar contenta un lunes cuando se tiene saliente y puedes dormir hasta que te duela
lunes, 9 de enero de 2012
Sacarse partido. O algo.
lunes, 14 de noviembre de 2011
De la manera desproporcionada y absurda en que el Acné del Averno sigue afectando a mi vida
lunes, 1 de agosto de 2011
20. Poemas para Tahira, I
lunes, 25 de julio de 2011
13. Breves
lunes, 18 de julio de 2011
6. La inutilidad laboral
lunes, 21 de febrero de 2011
Tal día hizo un año
lunes, 31 de enero de 2011
Grandes cuestiones sobre la vida y el amor, II
lunes, 24 de enero de 2011
Worst day ever
Mi madre me preguntó hace tiempo por qué me gustan los lunes. Le expliqué algo así como que no es que me gusten, sino que me parece que son muy vitales, muy intensos. A nadie le gustan los lunes, es verdad. Pero la vida en lunes no tiene más remedio que desplegarse.
Hoy ha sido un lunes de mierda. No sé si porque he pasado una noche terrible, entre vientos de levante y sueños hipervívidos, porque estoy dominada por el síndrome premenstrual o porque me han tocado pacientes especialmente poco estimulantes. La tarde me la he pasado acurrucada en el sofá, leyendo a Wallander bajo el flexo, huyendo de la lluvia horizontal que azotaba la calle y hundiéndome en las procelosas aguas de la autocompasión.
En la reunión de equipo de primera hora una auxiliar ha contado que hace un tiempo leyó en una revista que, según un estudio de nosequé universidad inglesa, el 24 de Enero es estadísticamente el peor día del año. El día en que la gente se considera más infeliz. Parece ser que la razón es que después de formular un montón de propósitos bienintencionados, el día 24 uno se da cuenta de que no va a cumplir esos propósitos. De que todo va a seguir más o menos como antes. Se salta la dieta, no va al gimnasio y encima descubre que le quedan tres euros en la cuenta del banco, porque lo poco que le sobró después de la locura navideña se lo ha fundido en ropa que no necesita.
Yo no hago propósitos. O, mejor dicho, hago muchos propósitos, pero no en año nuevo. No fumo, no estoy gorda y tengo dinero suficiente para acabar el mes. Aun así, ha sido un lunes de mierda, qué queréis que os diga, y resulta que coincide con que es 24 de enero. Así que me pregunto si la cosa mejorará mañana o si va a resultar que la infelicidad es tan predecible como todo lo demás.
lunes, 3 de enero de 2011
Para Steve Jobs

lunes, 27 de diciembre de 2010
Cómo ser una Hembra Alfa y no morir en el intento
lunes, 29 de noviembre de 2010
Pitonisa de autobús

Yo miro mucho a la gente. Tanto, que a veces creo que se sienten incómodos. Pero me gusta, que le vamos a hacer: soy una voyeur de lo cotidiano.


