massobreloslunes: Lessatín con piña

lunes, 31 de mayo de 2010

Lessatín con piña

Quedarse quieta esperando la inspiración está bien cuando estás metida en tu cuarto a las doce de la noche y nadie te ve divagar con la mirada perdida y las manos sobre el teclado. Pero yo ahora estoy de nuevo en la plaza de la catedral y todo es tan perfecto, la luz es tan blanca y tranquila, la gente parece tan buena que yo, que llevo el pelo recogido en una coleta y una camiseta recortada por las mangas, que escribo en mi Macbook blanco con un zumo de piña sobre la mesa, parezco rescatada de un anuncio de compresas o de leche de soja. Aquí queda raro divagar con el ordenador enfrente y, de hecho, si una se queda mucho rato observando el ir y venir acompasado de las personas a través de la plaza (no como los movimientos individuales, sino como la coreografía de corrientes humanas entrando y saliendo por las callecitas), no se le ocurre más que pensar que la vida está bien, que el mundo está bien como está, incluso aunque una sepa que eso es una mentira como la copa de un pino.

Pienso en mi primer día de trabajo. Me pregunto si al final la salud mental no va a acabar haciéndome más feliz o, por lo menos, más consciente de mi suerte en la vida. Los pacientes van pasando por la consulta y yo, que estoy de observadora en una esquinita, no hago más que arreglarles el pelo a todos con la mente: a ti te teñiría las raíces, a ti te cambiaría el color, a ti te cortaría esa coletilla horrenda. Escucho relatos que parecen salidos de una película de Almodovar mientras cambio el color de las camisetas y limo las uñas de los pies. Y después se van a casa con sus consejos, si los hay. Con sus pautas, si las hay. Con su cóctel de medicamentos, que lo hay prácticamente siempre. Incluso los que vienen al psicólogo traen enchufada su dosis de ansiolítico y antidepresivo. En esos momentos, cuando veo salir a Menganito con las gafas de sol baratas sobre el pelo, a Fulanita con su flequillo pasado de moda y su bolso agarrado contra la cadera, pienso en cómo será la vida para ellos. Cómo la percibirán.

Cuando era pequeña me preguntaba cómo sería la vida a través de los ojos de las personas que no eran yo. Si pensaban más o menos, si se sentían de forma distinta por dentro. Recuerdo haber pensado que mi cara era muy bonita y simétrica, y haberme preguntado cómo sería para los que tenían caras más feas y más asimétricas que yo mirarse al espejo. Y con veinticinco años aquí estoy todavía preguntándome lo mismo. Reflexionando sobre la suerte de mi propia compañía, de mis momentos tranquilos escuchando música y preparándome la cena, de ser capaz de escribir y de dar un sentido a mi vida con el relato de los hechos que considero importantes. Estoy con mi capacidad de ser feliz con las novedades de Anagrama o con la estantería de quesos del supermercado, sabiendo que a pesar de la cantidad de modalidades de horror que tiene la vida dispongo de inteligencia, de sensibilidad, de sentido del humor y de un montón de palabras para capearla. Y me pregunto cómo navega por la vida Fulanita, con su caja de lexatines en el bolso y la certeza absoluta de que ni ella, ni su vida, ni siquiera su flequillo pasado de moda tienen ya remedio.

Definitivamente, aún es demasiado pronto para saber si la salud mental me va a hacer más o menos mentalmente sana.

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