massobreloslunes: El brazo de A.

martes, 1 de junio de 2010

El brazo de A.

Hoy nos cuenta un padre en la UCI pediátrica que su hijo de cinco años tuvo un infarto cerebral hace quince días. Están él y su mujer en el despacho que nos han asignado a los residentes para la atención continuada, y que en realidad es un almacén sin ventanas con una mesa y un par de sillas. Los padres de A., que tiene cinco años y la mitad del cuerpo paralizada, son jóvenes y parecen tranquilos. Son fuertes, optimistas, inquietos. La madre es más dulce, más reposada, pero el padre habla mucho y quiere entenderlo todo a la primera, tener las cosas claras y que alguien le diga cómo explicarle a su hijo qué es un infarto cerebral.

Hablan con mi R2 de etapas y de procesos, y a mitad de la conversación, el padre dice: "Él se da cuenta, claro que se da cuenta. Él se da cuenta, porque yo le vi hace unos días mirarse el bracito, tocárselo con la otra mano e intentar moverlo cuando creía que yo no estaba en la habitación, y al final la enfermera le tuvo que cambiar de posición para que dejara de examinarse".

Yo recuerdo cómo es un niño de cinco años, porque estuve trabajando en una escuela de verano hace tiempo y los veía todos los días. Son muy pequeñitos. Sus ropas son pequeñitas, sus manos son pequeñitas y usan un 28 de zapato. No son capaces de esperar una cola o de tumbarse cinco minutos con los ojos cerrados.

Así que de todo este día se me queda en la mente la imagen de A. tumbado en su cama de hospital, mirándose el bracito cuando cree que no le ve nadie y moviéndose la mano y los dedos con su mano izquierda. Me lo imagino absorto como se absorben los niños, que todavía no guardan en la cabeza la cantidad de tiempo, espacio y pensamientos que acumulamos los adultos. Observando su brazo derecho como cuando uno se toca con curiosidad un pie dormido o la cara después de la anestesia del dentista.

A mí me pasa que veo más las escenas de la vida que la imagen global. De hecho, ver la imagen completa me cuesta un poco. Sintonizo más con un solo momento mientras sea lo suficientemente intenso. Y lo que me ha impresionado de A. no ha sido la tristeza obvia de no poder mover la mitad del cuerpo. Lo que más me ha impresionado ha sido pensar en el niño descubriendo con extrañeza su discapacidad y navegando por su mar particular de confusión y de afasia. Y su padre mirándole desde el umbral de la puerta como en una escena de serie americana.

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