massobreloslunes: La rutina, mi tía y la silla caletera

martes, 13 de julio de 2010

La rutina, mi tía y la silla caletera


Hoy me he comprado una silla de playa, una de estas bajitas de lona a rayas. En Cádiz casi todo el mundo tiene silla. Imagino que es porque cuando salta el levante y te tumbas en la toalla no haces más que comer arena; en la silla, sin embargo, sólo te da el viento, y puedes mantener una dignidad razonable mientras comentas con tu vecina que hay que ver el levante que lo de detrás lo pone delante.

El caso es que después de darle vueltas durante dos meses a si era excesivamente marujil-viñero lo de la silla, me he liado la manta a la cabeza y me he comprado una a rayas rojas y naranjas. La he sacado del plástico al llegar a mi casa y la he colocado en el centro del salón para probarla. Lo bien que voy a estar yo en la Caleta por las tardes en mi silla naranja con un libro en las rodillas, he pensado al sentarme. Se me van a poner hombros caleteros, que son los hombros siempre rojizos porque es donde te da el sol de media tarde. Después me he tumbado en el sofá a leer, luego he estado hablando por teléfono con MQEN y, por último, he abierto el Open Office para intentar escribir algo.

Últimamente tengo averiado el chip de la ficción. Que no es que lo haya tenido yo nunca súper activo, que soy más una escritora realista (prosa de la experiencia, que diría García Montero). Pero en mis tiempos era capaz de escribir algún que otro cuento, no como ahora, más concretamente desde que me puse con el PIR, que no me sale nada que no sea mi vida. Que es bastante estupenda, cierto, pero no deja de ser unidimensional, y para contar la única vida que me ha tocado vivir sobre la tierra, pues escribo un diario.

Y yo hoy estaba empeñada en escribir ficción, pero no me salía. Tampoco se pueden escribir cuentos con prisas, la verdad. Me puede la impaciencia. Así que me he sentado en mi silla de playa a ver si se me ocurría algo. Oye, en la gloria se estaba ahí, con el balcón abierto y el vientecito de poniente, que me traía el olor del mar y de la hierbabuena que compré el otro día en la Plaza de las Flores. Y me he acordado de mi tía Maripaz, la de Madrid, que lleva treinta años pasándose las noches de verano en la terraza de su piso de Torre del Mar, jugando a las cartas, comiendo pipas, charlando y mirando pasar a la gente.

Me pregunto cómo es la vida cuando se compone de esas rutinas tan prolongadas. Que hoy en día se nos está yendo un poco la pinza con la ausencia de rutina y parece que vivimos vidas revueltas, sacudidas, como si tuviéramos miedo de quedarnos quietos mientras el mundo se agita y se expande a nuestro alrededor. Me pregunto si la rutina es una vida limitada o si esconde la profundidad del espacio que proporciona, del amplio margen para el ensayo de los gestos, las conversaciones; de colocarle al tiempo unos límites tan amplios que te parezca que no pasa. Me acuerdo de las noches de verano mirando por la ventana y esperando a que pasara el camión de la basura y, mucho más tarde, a que llegaran mis primos de estar de marcha en el Copo.

Sigo filosofando sentada en mi silla de playa, en mitad de mi mini-salón. Pienso en mi tía y en las cantidades industriales de amor que tengo para ella. Me llama casi todos los días y me pregunta cómo me va y qué me he hecho de comer o de cenar. Luego yo le pregunto a ella: ¿tú qué vas a poner? No qué has hecho, no, sino qué vas a poner, que es una construcción mucho más bonita. Y me explica sus platos perfeccionados a lo largo de años y años de ser ama de casa. Voy a poner lentejas, pero el chorizo lo cuezo aparte, porque así le quito la grasa y engordan menos. ¿Y tú qué lentejas pones? Yo las chiquititas. Yo también, a mí me gustan más. Sí, quedan más tiernas y se deshacen menos.

Al final me levanto y me digo: bah, Marina. Escribe cualquier cosa. Cualquier mierda, actualiza, para eso tienes el blog, para actualizar con chorradas y mantenerte activa. Empieza por la silla de playa. Y me encuentro con que me conmueve pensar en mi tía de Madrid, que ahora no puede estar de pie porque tiene una hernia en la columna y le duelen las piernas, pero que al menos puede seguir sentándose en la terraza en las noches de verano, incluso aunque ya sus hijos no vuelvan tarde del Copo.

Y pienso que no es ficción, vale, pero menos da una piedra.

1 comentario: