massobreloslunes: Pacientes, uñas, mi blog es un bucle y los títulos cada vez se me dan peor

miércoles, 5 de octubre de 2011

Pacientes, uñas, mi blog es un bucle y los títulos cada vez se me dan peor

Pues todo apunta a que me voy a convertir en una de esas personas irritantes que no pueden estar sin hacer deporte ni sin escribir. Yo que pensaba que mi cuerpo y mi mente tendían de manera automática a la vagancia, y resulta que esto de cansar los músculos físicos y/o los psicológicos tiene su puntito adictivo.

Todo esto lo digo porque hoy, después de darme mi machaque piscinero de miércoles, cenar una ensalada rica, cantar un rato con la guitarra y meditar, he mirado el móvil y he pensado "mira tú, las diez y media, una hora estupenda para meterme en la cama y recuperar el sueño que llevo atrasado desde junio". Me he tumbado boca arriba haciendo la equis y me he dicho "encima ya has escrito un post esta mañana, Marina, en un alarde de previsión y premura, así que te puedes dormir con la tranquilidad del deber cumplido". Pero me debo de haber sugestionado, porque he pasado una hora con los ojos como platos y al final me encuentro aquí, con un paleocao calentito entre las manos y la ventana de blogger otra vez abierta.

Esta tarde he ido al equipo a ver a un par de pacientes que tenía pendientes de antes de verano. Una es P., mi paciente favorita, que está mucho mejor. Le he dado el alta y me he permitido el gusto de quitarle del ordenador el diagnóstico de trastorno de personalidad que le puso el psiquiatra, que en Salud Mental se reparte como reparten folletos los compradores de oro: a cascoporro. P. no tiene un trastorno de personalidad. P. tiene problemas, como todos, y busca soluciones, como todos, solo que a veces las encuentra y a veces no. La he visto increíblemente relajada, contenta y dulce. No sé qué ha marcado la diferencia entre que su ansiedad la paralizara y que ahora pueda convivir con ella. Tal vez haya sido yo, tal vez el trankimazin retard. Quién sabe.

Ha sido bonito ver pacientes de nuevo, aunque el equipo de Cádiz me deprima como pocos edificios del mundo. Siempre he dicho que el problema está en el color de las paredes. No sé a qué arquitecto iluminado se le ocurrió la idea de pintar un centro de salud mental de gris asfalto. Aun así, es genial entrar en la consulta y repetir los gestos familiares: encender el ordenador, introducir mi clave, abrir las historias. Sacar mi archivador atestado de papeles y buscar mis apuntes a mano sobre los pacientes, escritos con una letra tan fea que hasta a mí me cuesta entenderla. Repasar los genogramas para acordarme de los nombres de los padres, las parejas, los hijos. Cada historia clínica es eso, una historia, y cuando la escribo en el ordenador o la repaso en mis papeles sucios siento que estoy honrando la individualidad de esa persona, el relato de su sufrimiento, su propia huella sobre la tierra. Todos somos prescindibles e importantes al mismo tiempo.

La otra paciente, S., tiene un problema alimentario y está fatal. Me da pena, porque es una buena chiquilla, muy dulce y con capacidad de darse cuenta de las cosas, pero está atrapada en sus impulsos y en su mente. Ayer hablaba con Elsa de lo difícil que es contemplar el sufrimiento de los demás cuando no puedes hacer mucho por remediarlo. Supongo que podría trabajar más con S., pero como no voy a ir por las tardes tengo que derivarla. Pero no es sólo que no vaya a verla más, o que no me sienta con la capacidad o los recursos para tratar un trastorno alimentario, sino que ahora mismo la percibo aferrada a su sufrimiento y no sé si yo o mi intento de ayuda tienen cabida. A veces se puede y a veces no. Así que me siento frente a ella y la contemplo en sus detalles tiernos. Me gusta mirar cómo se arreglan los pacientes: sus pendientes, el tinte del pelo, la ropa que eligen... me parece como un gesto de compasión hacia sí mismos que está presente en todos y no sé por qué, pero me conmueve.

Hablo con S. y la escucho, sobre todo. Me dice que me ha echado de menos en verano. Pienso que mis pacientes podrían formar un grupo en Facebook: yo también quiero que Marina siga pasando consulta en Cádiz, y la idea es egocéntrica y graciosa y me hace sonreír. Mis pacientes me aprecian, y yo en general les aprecio a ellos. Aunque no sé si tiene mucho mérito que me digan que me echarán de menos. Tiene que ser muy agradable ir al psicólogo. Cuando hablas con una persona cualquiera, normalmente la conversación no es más que una alternancia de "pues yo" y "pues a mí". Un psicólogo te presta toda su atención, a ti y a tus pequeñas desdichas, y eso por sí solo tiene que ser muy terapéutico.

Al final acabo diciéndole a S. lo que digo siempre cuando alguien está desesperanzado y cuando yo no tengo ni puta idea de qué decirle: "poquito a poco". Como intervención terapéutica es una mierda, pero no deja de ser cierto. Poquito a poco, S., si perseveras, encontrarás una solución porque, como dice siempre mi padre, en esta vida todo tiene solución menos la muerte. Pero eso ya no se lo digo, que mezclar la psicología con mi padre y sus dichos populares me parece pasarse de campechana.

Termino mi consulta superbreve, salgo al pasillo, intercambio un par de frases con el guardia de seguridad. Tengo que mandar un fax para cambiar la guardia de este mes con mi R pequeña, así que enciendo el ordenador de administración y tecleo rápido. Me gusta saber dónde están las cosas y poder manejarme. Entro al despacho de Pilar, mi psiquiatra amiga, y charlamos un rato sobre la guardia que me he cambiado para que me toque con ella. Le acaban de regalar una polvera de Chanel muy bonita y me pregunta cómo se abre. Yo le enseño mi esmalte de uñas nuevo, el naranja fosforito, porque a Pilar siempre le han gustado mis uñas de colores. "Es que te las pintas muy bien", me dice siempre, "a mí me quedan como rugosas". "Es la calidad del esmalte, Pilar", sentencio yo, y pienso que en ese anhelo de pintarse las uñas hay unas ganas ocultas de llevar color en las manos.

Y es lo guay de escribir, que te permite cristalizar los momentos en un álbum físico-psíquico-emocional y darte cuenta de las cosas. Como me pasó ayer, que me di cuenta de que tenía que ser compasiva hacia mí misma. O como ahora mismo, que se me acaba de ocurrir que no estaría mal llevarme un par de esmaltes a la guardia y enseñarle a Pilar que cuando la materia prima es buena, el acabado también tiene que serlo. Que la perfección se alcanza con la práctica. Y que nunca es demasiado tarde para llevar las uñas de un color encantadoramente hortera.

2 comentarios:

  1. A por estas, Marina> http://4.bp.blogspot.com/-fS4WzmnFAho/Td9W1_7DiOI/AAAAAAAAABo/B23LnDTEGyw/s1600/bee+nails.jpg

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  2. *Enseña sus uñas horteras pintadas con pintauñas azul del H&M :D

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