massobreloslunes: Más Málaga

viernes, 2 de septiembre de 2011

Más Málaga

Nueve de la mañana.

Últimamente me despierto temprano hasta en vacaciones, como los viejos, aunque no sé si me espabilan el metabolismo o la mala conciencia. Hoy concretamente es la luz, el calor sofocante de la mañana de verano y el ruido de los coches en el barrio donde vive mi abuela. La almohada es horrible. Mi equipaje está esparcido por el sillón y el suelo y mi madre duerme a pierna suelta en la cama de al lado.

Me levanto despacio. Me duele el estómago desde hace días y no soy capaz de dejar de comer chocolate. Tomo un desayuno rápido y semiterapéutico: té mezclado con manzanilla, tostadas con miel de caña, apenas un par de cucharadas de la tarrina de helado de chocolate con trocitos que he encontrado en el congelador. Me tumbo en el sofá. Hace un calor siniestro para lo temprano que es. Leo un libro de Marian Keyes que me compré en la estación de Atocha hace dos días, un best seller inocuo, un libro-droga. La cabrona es divertida y está loquísima. Se merece con creces su bestsellerismo.


Once de la mañana.

Doy vueltas por el Corte Inglés, buscando vestidos para el bodorrio sin mucha convicción. Todos son hórridos, o quizá si ninguno me queda bien yo sea la hórrida, me digo, buscando una solución sencilla tipo navaja de Occam. Llevo puesta la combinación de colores más terrible que se me ocurre. El inesperado nacimiento de mi sobrina me hizo venirme directamente del rudo norte a Málaga, y en mi equipaje sólo hay prendas para el rudo norte o ropa para escalar. Llevo una camiseta fucsia, chanclas rojas con brillantitos que compré en el chino, pantalones con bolsillos marca Quechua, un bolso tailandés naranja y las uñas pintadas de verde. Este esmalte de uñas me hace inusualmente feliz. Camino entre los estantes de ropa cara con mi mejor expresión de "podría ser Julia Roberts en Pretty Woman" para que las dependientas no me vigilen con desconfianza.

Doce de la mañana.

Harta de ropa. Entro a la FNAC. Los libros son mucho más terapéuticos que la ropa, dónde vas a parar. Vago por las distintas secciones. Psicología, espiritualidad, novedades de ficción internacional. Montañismo, crítica literaria, escritura creativa. Agarro los libros de la estantería, me siento en la moqueta con las piernas cruzadas y los leo mientras engullo comprimidos de aerored como si fueran caramelos. Estoy agradecida a los autores por tomarse el tiempo de honrar un tema con semejante cuidado. Cada libro me parece la puerta de entrada a un universo paralelo, a la sensibilidad y el saber ajeno. Hago una pequeña lista mental de los libros que quiero llevarme. Una monografía sobre supervivencia en situaciones límite llamada "Quién vive, quién muere y por qué". Un ensayo psico-filológico sobre la influencia que utilizar unas u otras palabras tiene en nuestra forma de pensar y nuestras emociones. Sherlock Holmes anotado. Los Upanishads. Anagrama.

Tres de la tarde.

Continúo ignorando mi gastritis y almuerzo en el Block House con mi padre. Todo está en tu mente, me digo, y pido gulash con pan de ajo, costillas a la barbacoa y patata con sour cream. Hablar con mi padre es como bailar sevillanas: siempre es lo mismo, pero resulta divertido. Predecible. A la segunda copa de vino empieza a mirarme con los ojos húmedos y a decirme lo orgulloso que está de mí. Cuando pienso que voy a reventar de tanto comer, él quiere pedir postre, y con el azúcar y mi padre me pasa como con el alcohol y con mi primo: no sé decir que no. Cuando le diagnosticaron el melanoma hace unos años desarrolló un apetito hacia los dulces que hasta entonces no tenía, y comparto con él esos momentos de hidratos y glucosa como una engordante forma de amor. Hablamos de libros. Me coge la mano por encima de la mesa y pienso en cómo quiero a este cincuentón tacaño con sobrepeso, que habla mucho y escucha poco, que a veces me hace un hueco en su apretada agenda y come tarta de manzana para conjurar el miedo a la muerte.

Siete de la tarde.

Tahira en mis brazos. Esta niña es crack. Cuando la coges, tu coeficiente intelectual desciende veinte puntos. Sólo puedo sentir su calor pequeñito acurrucado entre mis brazos y mirarla, mirarla, mirarla. Sus ojos cerrados, la red de venas rojizas delante de sus párpados, las manitas con las mismas uñas que Elsa. Es perfecta de principio a fin, y se ha hecho desde la nada dentro de mi amiga. Miro a Elsa con fascinación, como si fuera una máquina enorme y perfecta de fabricar personas. Me pregunto cómo no está aterrorizada de pensar en el resto de su vida llevando el corazón en el cuerpo de Tahira.

Mis amigas ríen, beben puleva de chocolate, fuman en la terraza. Nos peleamos por coger a la niña. Hay un turno bien establecido que, por alguna razón, la PK siempre se salta. Yo digo "¿os acordábais cuando nos peleábamos por quién se apalancaba el porro en vez de por quién se apalancaba al bebé?", y me hace muchísima gracia, aunque no sé si las demás se han enterado de mi chiste en este ambiente de excitación e hiperglucemia.

Diez de la noche.

Voy a visitar a mi amiga Julia. La conocí hace cuatro años cuando curraba de seño. Entre nosotras se ha establecido una de esas amistades limpias y tranquilas en las que nos llamamos cuando podemos, nadie reprocha nada y es como si nos hubiéramos visto el día anterior. Hoy hace una noche de verano cálida y bulliciosa, y cuando me acerco a su piso antiguo cerca de la plaza de la Merced la veo a contraluz, fumando en el balcón. Grito su nombre, me tira las llaves envueltas en un trapo, piso las losas rotas de la escalera con mis chanclas rojas y me envuelve una sensación ligera y estudiantil.

Julia es reguapa, tiene los ojos de un azul tan claro que hace pensar en fotosensibilidad y gafas de sol, es fuerte y buena en todos los sentidos en que se puede serlo. Escucha bien, habla sabiamente y no ha perdido ni un poco del acento argentino que se trajo a España hace diez años. Fumamos tabaco de liar, nos echamos el tarot de Osho y hablamos de tíos en su piso de techos altos pintado de colores.

Dos de la mañana.

Vuelvo a casa caminando por calle Carretería. Sigo llevando los pantalones Quechua, las chanclas y etcétera, y la gente emperifollada que fuma en la puerta de los bares me mira raro. Yo alzo la cabeza y canturreo mientras las imágenes me pasan por la mente a toda velocidad. Me pican los dedos de las ganas de escribir que tengo. Necesidad de conexión a Internet.

Me acuerdo de una noche de fiesta con mi primo y su primera novia, hace como diez años. Estábamos ciegos como piojos en un bar junto a la playa, pasando un frío tremendo por la humedad del sur en invierno, y su novia me abrazaba sin parar en fase de exaltación de la primidad postiza. Entonces me miró a los ojos, con la intensidad clarividente de los borrachos, y me preguntó:
- ¿A ti qué es lo que te mueve, qué es lo más importante en tu vida?

Me quedé pensativa unos segundos. No sabía qué responder a eso. Ella me sacaba cinco años, dos cabezas y tres tallas de sujetador.
- Creo que es escribir - dije. No estaba muy convencida, pero no se me ocurría otra cosa. ¿Qué más podía haber que me moviera? Escribir quizá no era lo mejor, pero era lo único constante.
- Para mí es el amor - me dijo -. Mi amor podría mover montañas.

Me sentí extraña y estúpida, como una aspirante a Miss Mundo que ha contestado mal cuando le preguntan "qué deseo pedirías", que ha dicho "un coche nuevo" en vez de "la paz en el mundo". Sentí que me iba a quedar sola en la vida, solísima. Yo era una adolescente llena de granos y enamorada platónicamente de vete a saber quién, y ella llevaba unos zapatos preciosos y era la novia del chico más guapo y encantador del planeta tierra, a saber, mi primo. Y era porque a ella le movía el amor y a mí escribir.

No sé por qué recuerdo ese episodio hoy, mientras camino por Málaga con las manos metidas en los bolsillos. Tengo ganas de encontrarme a alguien a quien quiera. A alguien de mi pasado, a quien haga mucho que no vea pero a quien me alegre de ver. Quiero encontrarme con alguien y tomarme una cerveza inesperada mientras nos contamos cosas, pero no sucede, y en lugar de eso camino por el centro de Málaga y pienso en cosas. En que mi pasión por la escritura me ayudará a entender todas las demás pasiones. En que si en algún momento no llego a casa y escribo todo esto que se me está pasando por la cabeza, me moriré.

En la puerta del bar ruso que le encantaba a J. hay una chica que canta a voces "I need you baby", o como se llame la canción esa de R&B del anuncio de "Andalucía te quiere". Canta muy bien, y ni siquiera que esté mortalmente borracha hace sombra a ese hecho objetivo. Sigo andando entre tiendas de tatuajes y electrónica barata, que alternan con bares de diseño que se llaman "Rúcula" y "Pomelo". Esta zona es medio chunga, así que camino alejada de los portales y los coches, en alerta, con las llaves en los nudillos estilo puño americano. No estoy asustada; sólo quiero creer que me defendería si alguien intentara atacarme.

Una pareja viene caminando por la carretera, y poco antes de llegar a mi altura se paran y empiezan a besarse con pasión, con detenimiento. Pienso en la secuencia: te paras y te besas, interrumpes el acto cotidiano y externo de andar y te absorbes en besar al otro y el tiempo se para, y me parece precioso. Quiero besarme parada con alguien en mitad de la carretera, me digo. No quiero que me bese; quiero que se pare.

Cruzo el puente sobre el río medio seco para llegar a casa de mi abuela. Entonces pienso que llevo todo el día con un deseo subterráneo y absurdo de andar descalza. No tiene que ver con ir por la vida de hippie trasnochada, ni con que llevar zapatos sea antinatural y malo para lo columna. Tiene que ver con cambiar los límites de sitio, con jugar y sentir de forma distinta. No lo hago porque no quiero que la gente me mire; no porque me dé vergüenza, sino porque no me gusta la imagen de "mira qué alternativa soy yendo descalza por ahí". Pero ahora no hay nadie. Las imágenes se siguen agolpando en mi cabeza. Todo lo que he hecho durante el día de hoy, mezclado con todo lo que he vivido en estos veintiséis años que son enormes y míos, mezclado con la gente de la calle que es a la vez zafia y hermosa. Quieroescribirquieroescribirquieroescribir.

Pienso en J. En que una vez, al principio de conocerle, escribió un post tan largo que lo tuvo que dividir en tres, que a su vez eran infernalmente largos. Al final claudicaba y escribía algo así como "el presentimiento de que mi vida interior sólo es fascinante para mí mismo". Yo ahora tengo ese presentimiento, anticipo en mi cabeza cuando escriba todo esto y lo publique, me pregunto quién llegará al final y por qué, pero me da igual. Quieroescribirquieroescribirquieroescribir.

A mi alrededor no hay nadie. Me saco despacito las chanclas rojas con brillantes falsos, tan horteras como cómodas. Camino por el asfalto con mis piececitos morenos de uñas verdes. Las alcantarillas están frías, las aceras aún retienen el calor del día. El relieve de las losetas hace un poco de daño después de algún tiempo. La parte racional de mi cabeza piensa en pis de perro, colillas y jeringas de heroína. La otra parte siente la piedra, punto. No es algo muy natural, ni tengo ninguna revelación ultrasensorial, ni siquiera es excesivamente agradable. Es solamente distinto.

Y descalza camino, o casi diría que floto, hasta que llego a la casa de mi abuela, caliente y vacía, llena de rosarios y pintalabios resecos, y me meto en una cama horrible con una almohada incomodísima, y duermo el sueño de los justos después de un día al que casi podríamos llamar feliz.

Y hoy lo escribo, y eso me hace más feliz todavía.

13 comentarios:

  1. A mí no sé por qué me gustan tanto los mundos interiores ajenos (los propios también), supongo que creo que leyendo lo voy a comprender TODO, alguna vez, y eso me parece correcto. Rotos para descosidos.

    Oye, ¿podrías darme la referencia del libro ese de psicofilología? ¡Pinta muy bien!

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  2. "La seducción de las palabras", de Álex Grijelmo.

    Me ha encantado eso de creer que leyendo lo vas a comprender TODO. Que no es cierto, en realidad, porque la lectura es mental y la verdadera comprensión al final es intuitiva... pero es un pensamiento reconfortante, esa aspiración a la totalidad.

    Besotes.

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  3. sabes cuando dices que leer a determinados autores hace que te den ganas de escribir??? porque todo lo escriben bien y hacen que sea sencillo??? pues eso es lo que tu me provocas..y lo peor de todo es que no se si quiera si escribo bien...pero me Das ganas!!!

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  4. Interesante paseo por Málaga. Que alguien camine por lugares conocidos provoca siempre una artificiosa sensación de familiaridad. También de alarma: descalza y según qué calles podrías pillar el tifus.Por otro lado, no es cierto que equivocaras tu respuesta, porque, aunque las circunstancias te hicieran sentirte extraña y estúpida, el amor de esta chica, al parecer, no movía montañas. Lo que mueve montañas es la imaginación y la constancia, lo que Avernícola ha llamado tan acertadamente el "mundo interior". Pero, claro, nos han educado para mover montañas y no para escribirlas.Deberías escribir una guía de supervivencia emocional al límite y rebautizar el libro de Laurence Gonzales a algo tal que así: " quien mueve montañas, quien se estrella contra ellas y por qué". Bueno, la verdad es que las posibilidades de rebautismo de este libro son potencialmente infernales.

    anónimo76

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  5. "Me pregunto cómo no está aterrorizada de pensar en el resto de su vida llevando el corazón en el cuerpo de Tahira"....me ha encantado. Es eso exactamente....wauuuu!!

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  6. Marta: ¡Gracias! Sé perfectamente a qué sensación te refieres y es muy gratificante producirla en la gente. y respecto a escribir bien o mal... lo realmente importante es disfrutar del proceso, así que adelante. Además, mientras más se escribe más se mejora.

    Anónimo76: qué gran comentario. Me ha encantado lo de la guía de supervivencia emocional al límite; es un tema que se me daría bien. Por cierto, ¿conoces el libro o has buscado al autor por google? ¿está bien? Yo creo que va a caer hoy en mi peregrinaje diario a la FNAC.

    Tiklia: si te soy sincera, lo de que con los hijos llevas el corazón en un cuerpo ajeno no es mío. Lo leí en algún sitio y no recuerdo dónde, creo que en "Sopa de pollo para el alma" u otro best seller vergonzoso. Pero me alegra de que te haya gustado.

    Besos para todos y gracias por comentar.

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  7. El libro lo conocía de haberlo ojeado brevemente, pero ni idea.Un título tan presuntuoso siempre llama la atención.Lo que sí he mirado por google ha sido el autor, cuyo nombre no recordaba. Yo también pasé por mi etapa de desnivel. En su momento, me compré el libro de Krakauer, "Mal de altura", que es una reconstrucción más o menos subjetiva de las peloteras que se suelen formar en la ascensión al Everest, peloteras que en el año 1986 produjeron un accidente el en murieron un puñao de personas, siendo Krakauer uno de los implicados. Es una especie de análisis en retrospectiva con complejo de culpa y tiene su cosilla. También me compré uno de Diemberger que se llama " K2: el nudo infinito" aunque ése ya no me hizo tanta gracia porque era muy poético y juntar la montaña con la poesía es ya como el colmo de la redundancia.Luego ya me quedé sin dinero, qué le vamos a hacer.

    anónimo76

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  8. Quizá fuera el año 1996. Peloteras en todo caso.

    Anónimo76

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  9. Que te piquen los dedos de ganas de escribir... qué sensación, ¿eh? ;P

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  10. A76: Pues ya me he comprado el libro, a ver cómo se da la cosa. Ya te contaré. Por cierto, a ver cuándo dejas de ser anónimo y me das la dirección de ese blog que un día dejaste caer que escribías, que tengo mucha curiosidad.

    Speedy: yo lo siento así, de verdad. Me pican los dedos, se me tensa la mandíbula y se me aceleran las sinapsis.

    Besacos.

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  11. Este post ha sido genial. La última parte, no sé si es porque me ha pillado especialmente receptiva, pero me parece trepidante. ¡Sigue escribiendo así!

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  12. Marina: ¡Es IMPRESIONANTE como escribes!

    Mi más sincera enhorabuena. En efecto, un ritmo trepidante, un texto que fluye, ameno de leer, intenso y profundo.

    Daltvila

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  13. Sois amor. Amor comentarista. ¿Trepidante? ¿Contar cómo ando por Málaga a las dos de la mañana? Será por lo de las llaves modo puño americano, supongo. Me veis con muy buenos ojos :)

    Ya en serio, no sabéis lo que me gusta y lo gratificante que me resulta este tipo de comentarios. Sé el perezón que da comentar (a mí me lo da) y os lo agradezco tela. Os mando besos grandes.

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