massobreloslunes: Segundo post: Madrid en amarillo

martes, 28 de febrero de 2012

Segundo post: Madrid en amarillo

Quedo con Erika en la Puerta del Sol. Que te llamen por teléfono, te pregunten dónde andas y tú digas "En Sol", así como si nada, me suena madrileño de la muerte. Estoy en el Corte Inglés, en el stand de MAC, a la búsqueda del rojo de labios perfecto. Lo cual es absurdo, porque me voy a pintar los labios de rojo dos veces en los próximos cien años, pero esas dos veces quiero estar estupenda. Al final, por una extraña confusión de mi cerebro que no voy a explicar porque es larga y absurda, acabo con dos rojos, dos: uno mate y potente, otro brillante y un poco más suave. Me pinto los labios en el baño del Corte Inglés y salgo a la plaza.

En Madrid uno se siente no exactamente pequeño, sino anónimo. Aquí en Cádiz, por ejemplo, es como que la vida tiene peso. La gente es parte de cosas. Lo notas en cuanto sales a la calle: vas caminando por la Viña y de repente tienes que pararte, y es porque se ha formado uno de sus típico atascos de gente, que consisten en que dos o más personas se han encontrado por casualidad y ahora están tranquilamente charlando y bloqueando el paso. La gente se conoce, canta en público, le grita a sus hijos en las plazas. Las vidas tienen una especie de entidad. En Madrid una se siente todo el rato como el cliché de alguien más que como alguien en sí. El cliché de chica solitaria que se duerme la siesta en el Retiro. El cliché de pareja guapa que toma café junto a la ventana del Starbucks.

Lo que no es necesariamente malo, ojo. El momento siesta en el Retiro ha sido sencillamente perfecto. Andaba yo con una hipoglucemia del Averno tras haber tenido la ocurrencia de tomarme un café bombón por ahí, así que me compré una bolsita de anacardos que tragué sin transición: para cuando me di cuenta de que estaba medio indigestada, ya era demasiado tarde, así que me tumbé al suave sol primaveral con el bolso bajo la cabeza y me quedé frita. Llevaba toda la mañana leyendo "El mundo amarillo", de Albert Espinosa, que es de esos libros que no me compraría pero que puedo pedir prestado de la biblioteca para ver qué hace que todo el mundo lo compre. Y a ver, el tal Albert está como unas maracas. Es como el estereotipo de "el cáncer me enseñó tanto, y ahora soy como Papá Noel harto de Prozac echando un polvo en Disneylandia". Y cuenta cosas que como que no te las crees mucho, porque cuando estaba en el hospital todo el mundo a su alrededor era sabio y compasivo, y la enfermera bailó con él una canción de Machín el día antes de que le cortaran la pierna y blablablá. Pero a pesar de todo esto y a pesar del cinismo que también a mí me sale a veces, el tipo consigue que te metas en tu juego, que sonrías con sus ocurrencias y que te sientas contento sin saber bien por qué. Lo que no es moco de pavo.

El caso es que paso el resto del día tomando cafés en sitios sucesivos, pensando en la novela que voy a escribir, sintiéndome feliz por estar viva, comprando libros y dándole vueltas al concepto de "amarillos". Todo así revuelto. Lo de los amarillos lo dice Albert en el libro: personas que no son exactamente amigos ni tampoco amantes. Que aparecen en tu vida y te hacen sentir especial. Personas que te tocan y a las que tocas, que te han visto dormir y despertar. Que no necesitan mantenimiento, como llamadas o mensajes, porque vuestra conexión no depende de eso. Es un concepto muy raro; mejor leer el libro para entenderlo. Pero es bonito. Creo que los amarillos existen y creo que he tenido algunos, y mientras doy vueltas por Madrid esperando a que Erika salga de currar pienso que sin duda ella es una amarilla.

Aparece por la calle Montera que, por cierto, ¡¡qué fuerte!! Está llena de putas. Pero qué clase de ciudad rara es esta, con la gente tomando cañas a las ocho de la tarde y un montón de prostitutas así tan campantes esperando de pie con medio culo al aire. La cosa es que llega Erika y me dice que estoy  guapísima, y yo también se lo digo a ella, y me alegro un montón de que nos encontremos en la Gran Ciudad. Erika es hawaiana (verídico), pero lleva tanto tiempo aquí que habla español con acento andaluz. Coincidimos en Cádiz los primeros meses del PIR, pero luego tuvo que irse porque terminaba la carrera. Es indescriptiblemente guay. Todo lo que dice o hace es como si lo escucharas por primera vez. Tiene el superpoder de crear tiempo nuevo, de poner las cosas sobre la mesa como recién lavadas y hacer que tú las veas igual.

"Que eres mi amarilla," le explico en cuanto nos sentamos en un Rodilla a tragar un par de sandwiches. Se ríe mucho con el concepto." Eres mi amarilla - le explico -, porque me haces sentir especial. Porque no necesitas mantenimiento, y como eres fisio me has tocado un montón, me has dado masajes y me has utilizado como cobaya para las prácticas de movilización de articulaciones. Y nos hemos visto dormir y despertar, como aquella vez que eché la siesta en tu casa y al despertar te miré muy fijamente y te dije que ojalá estuvieras hecha de chocolate para poder darte un bocado."

"Qué guay ser tu amarilla", contesta, y luego le cuento la idea de mi novela y le parece genial, y nos pasamos el resto de la noche buscando un nombre para el protagonista. "Llámale Domingo, o Bienvenido", me dice, porque son nombres que le gustan. Mira el significado desde su espíritu libre de no hispanoparlante y le encanta que alguien pueda llamarse como un día feliz de la semana, o que a alguien se le diga siempre que es bien recibido en algún sitio. Yo me niego a llamar así al protagonista de mi novela, pero me río igual.

Nos pintamos los labios de rojo. Ella se pone el clarito brillante, yo el fuerte mate, y nada más ponérselo le queda tan bien. Destaca reluciente en medio de sus rasgos japoneses y de su pelo liso y negro, así que le regalo el pintalabios y nos vamos a buscar algún lugar donde poder tomar un vino. "Te cambia el aura", me dice al cabo de un rato. "¿El qué? ¿El vino? ¿La amistad? ¿Los amarillos?". "No, no, el pintalabios rojo".

Vuelvo tarde a casa, mirando mi reflejo de labios rojos en las ventanas oscuras del metro. Me pesa un horror el bolso porque me he gastado un dineral en libros. Que la culpa no es mía, la culpa es de ese paraíso en la tierra llamado La Casa del Libro, que te tienes que subir con escalera a la sección de psicología para bucear entre los estantes de terapia familiar, muy fuerte. Me bajo en Coslada Central por bajarme en algún lado, que no os creáis que tengo muy claro hacia dónde queda la casa de mi tía. En la calle no hay ni Dios y yo me oriento como puedo. Me entra un poco de miedo: yo, tan pequeña, con mis labios rojos y mis bolsas de libros, ahí sola a medianoche en la periferia de la Gran Ciudad. Luego pienso que el miedo no me va a servir de nada: que ahora mismo mi misión es orientarme bien y estar alerta. Me alejo de las paredes, abro mucho los ojos y me esfuerzo en recordar que hay que gritar "fuego" si te atacan, porque es más probable que la gente acuda.

Llego sana y salva a casa de mi tía. Estoy contenta. Lo he pasado muy bien. No sólo mirando libros y material de montaña, o tomando un caramel macchiato enorme porque el Starbucks será Satán, pero hacen un café bien rico. Sobre todo, me lo he pasado bien con Erikita. Mi amarilla. Y las ciudades serán lo que sean. Me da miedo Madrid y perderme entre un montón de gente que parece estar haciendo lo mismo que yo. Me da miedo no ser capaz de encontrar el silencio. Pero en realidad lo importante, lo digo siempre, es la gente. Erika convirtiendo Madrid en una extensión de Cádiz, o de Málaga, o de cualquier lugar en que te hayas sentido feliz, acompañada y muerta de risa.

Y aquí queda el segundo post de hoy. Voy a cenar y a ver si me atrevo con el tercero. Mi estado de ánimo mejora de manera exponencial. La lavadora ya está centrifugando. Todo va bien.

4 comentarios:

  1. Mi Mopi y mi Erikita. Dos chicas mazo perita.

    ResponderEliminar
  2. Qué bonito! Me encanta esta actualización!

    También me gusta el concepto de amarillo, tal y como lo planteas.

    Y... de vez en cuando a mí me gusta sentirme anónima. Es como que aporta levedad a la existencia, y a veces es terapéutico. Al menos para mí.

    Molas! :)

    ResponderEliminar
  3. Cuánto optimismo y felicidad :)
    En cuanto al anonimato que comenta Marta (Galicia), para mí es una necesidad básica en general: en el trabajo me gusta saludar y ser saludado, pero cuando estoy fuera de él y la máscara de la civilización patina un poco sobre los goznes me gusta ser desconocido e invisible.

    ResponderEliminar
  4. Jajajajaja vamos a invadir el corte inglés con nuestras chorradillas!! Marina!! Me encanta tu post tú sí que me hiciste empezar bien la semana justo cuando madrid me estaba quemando un poquito.

    Te adoro very much y me encanta como escribes y es verdad que eres más que very especial.

    Pero piénsatelo de Domingo eh, que le veo futuro a ese nombre. :P

    Muchos besos guapa

    ResponderEliminar