massobreloslunes: Dibujar

martes, 19 de junio de 2012

Dibujar

¿Nos vamos a dibujar?, me propones después del desayuno. Es una de estas mañanas largas de domingo que ya se va convirtiendo en mediodía, pero tú y yo estamos repletos de café y pan con tomate, reposando felices sobre las sábanas, y no nos importa mucho a qué hora cierran las cocinas de los bares.

Nos levantamos y nos duchamos (juntos siempre, porque cómo eres, que no te hartas nunca de piel), y después nos vestimos de gemelillos cutres: vaqueros, camisetas, Converse. Me enseñas cómo acoplar la carpeta tamaño A3 bajo los tirantes de la mochila para que no moleste al caminar y salimos a la calle. Cae un sol plano de mediodía y recuerdo cuando me explicaste que la luz de la ciudad es dorada porque el aire tiene unas partículas especiales que hacen que brille así; una explicación lo bastante bonita como para que no me preocupe su exactitud.

Callejeamos por el Realejo, cruzamos Plaza Nueva y atacamos el Albayzín por su flanco más débil: la Cuesta del Chapiz, que aunque es larga y a mitad de camino desmoraliza, termina por dejarte arriba del todo, casi en Plaza Larga. Desde allí callejeamos sin mucho desnivel hasta llegar a una placita pequeña. Está tranquila y no ha sido invadida por los turistas, y tú y yo bromeamos sobre los guiris que se pierden en el Albayzín y son devorados por los hippys. Luego me señalas un edificio viejo: verás que bonito queda cuando dibujas los desconchones, me dices, y a mí me encanta que le devuelvas su dignidad a la pared convirtiéndola en modelo.

Nos sentamos separados, porque yo quiero encontrar mi propia perspectiva. Tú dibujas rápido, con las manos estrechas y morenas moviéndose por el papel, sin borrar. Yo miro la pared, trazo un par de líneas, mido con el lápiz y un ojo cerrado, trazo otro par de líneas, borro. Después de un rato te levantas a mirar mi boceto y me enseñas el tuyo. Me doy cuenta de que he elegido mal el ángulo: mi perspectiva es muy plana y la calle parece muerta. Tú te has girado un poco y el volumen de la esquina sale hacia el exterior con gracia. Tu dibujo está centrado y el mío ya se me ha comido la mitad inferior de la hoja. En mi papel se ven borrones; el tuyo está limpio y cruzado por tus trazos delicados. Me quejo.
- Chiquita - me explicas - llevo años dibujando y tú acabas de empezar.

Sonrío. No me extraña que después te burles de mí: "yo más y yo mejor", me dices siempre, y es verdad que ése podría ser mi lema. Yo más, yo mejor, y esta manía idiota que tengo de llevar mi vida estupenda y mi montón de cualidades colgados frente a mí como las insignias de los scouts. Entonces es cuando tú me atacas con tu ternura, con esa forma de reírte de mi manía de querer vivirlo todo siempre bien, y me desarmas por completo. Y ahora, mientras te veo dibujando y veo la clara superioridad de tu versión frente a la mía, disfruto de esta sensación de admirarte sin reservas. Me explicas cómo dibujar hojas de árboles con la mano temblona, y también que no hace falta que las líneas sean continuas; que a veces se insinúan en algunas partes y le dan delicadeza al conjunto.
- Hay dos tipos de dibujantes - me explicas después -, los que dibujan las cosas más finas de lo que son y los que las dibujan más gruesas.

Nos damos cuenta de que tú eres de los finos y yo de los gruesos. Me quejo otra vez; lo fino me parece más elegante. Bromeo acerca de que a ti te conviene que yo vea las cosas más gruesas de lo que son. Nos reímos un poco.
- Entonces, ¿nadie ve la realidad tal y como es?
- Claro que no. Los humanos no vemos: construimos. Hay muchas formas de ver la realidad. Piensa en las serpientes, que tienen visión térmica. No creo que nuestro mundo tenga por qué ser más real que el suyo. En realidad, la visión es más una cuestión de utilidad: vemos lo que nos sirve.

Nos marchamos antes de que me dé tiempo de terminar mi escena plana y emborronada. Tú ya le has dado el toque final a la tuya (un farolillo de forja que te has inventado sobre el marco de la puerta) y planeas hacerle un marquito de cartulina para que la cuelgue en mi habitación. Bajamos el Albayzin charloteando ("¿te gustaría tener termovisión?", "claro, para poder ver a las mujeres desnudas a través de las paredes", "pero sólo a las que estuvieran calientes, ¿no?", "ya me encargaría yo") y me doy cuenta de que es una mañana feliz, uno de esos raros momentos felices que quizá rememore en unos años, cuando me encuentre un poco sola una noche de junio en una ciudad bastante lejos de ésta. Y mientras agarro tu mano y saltamos juntos con las Converse por las baldosas torcidas del Albayzín, pienso que ojalá entre tu manía de ver las cosas más finas y la mía de verlas más gruesas consigamos componer un mundo que se parezca lo más posible al real o, por lo menos, que a nosotros nos sirva.

2 comentarios:

  1. Me ha encantado lo de los hippys devorando turistas :)

    Es muy interesante eso de "Los humanos no vemos: construimos".

    Pero sin duda lo que más me gusta es esa ternura, ese cariño, esa calidez que envuelve el escrito.

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