massobreloslunes: Lista para arder

domingo, 24 de junio de 2012

Lista para arder

Estoy sentada en el salón de Villa Fanática, para variar. El Kpot anda por Grazalema y yo intento hacerme una manicura decente cuando aún tengo mugre incrustada en lo más profundo de las yemas de mis dedos. ¿Cómo pasa uno el día más largo del año? Trepando, obvio.

(Resumen de la entrada: unos cuantos párrafos sobre escalar así, sin miramientos, y después cambio de tema. Los no trepantes os podéis saltar lo primero).

No sé si ya he escrito esto o sólo lo he pensado, pero el día después del curso de escalada me levanté con la misma sensación que cuando te has acostado con alguien y no sabes si volverá a llamarte. Era como "qué genial es esto, ¿cómo me apaño para repetir?". En aquella época me sentía tan precaria en el mundo escalador que dejaba los pies de gato en medio del salón para recordarme que era real.

En mi libro de entrenamiento para la escalada (sí, tengo un libro de entrenamiento para la escalada) dice que el cuerpo necesita más o menos un año para adaptarse a las "tensiones específicas del deporte". Yo ya llevo un año trepando, así que en teoría mi cuerpo ha cambiado lo suficiente como para acostumbrarse a que le pida con frecuencia que luche contra la gravedad. Me lesionaré menos y me recuperaré antes. Seguirán saliéndome venas nuevas y misteriosas y quizá me sorprenda de vez en cuando al sacarme fotos con la luz adecuada.

Hoy vamos a San Bartolo, que es la escuela que nos queda más cerquita. Allí se escala en arenisca, una roca que te lima la piel de los dedos hasta dejártela en carne viva; por eso tengo hoy mugre subcutánea, pero por eso también la adherencia es tan buena que te quedas suspendido de agarres inverosímiles. Me siento fuerte y me motivan estas vías que piden equilibrio y elasticidad, y que son agradecidas para mujeres pequeñitas. Se me ocurre que la escalada es la demostración constante de que puedes hacer cosas que no te ves capaz de hacer. Cada paso es un acto de fe. Mi pie se quedará ahí clavado. El canto manchado de magnesio que veo desde aquí será bueno. Mi otra mano aguantará mientras paso la cuerda por el seguro.

A la vuelta paramos en Vejer para ver la primera parte del partido de España. Que a mí el fútbol me la chufla mortal, y este año en concreto, con la situación que atraviesa el país, lo de la Eurocopa me parece insultante y no la estoy viendo por motivos éticos. Pero hay consenso en la Roquipandi, así que aprovecho para tomarme un mollete calentito con aceite y jamón serrano y una coca cola. Qué buen color tenemos todos, pienso mirando a mis amigos. Qué bien vivimos. Mañana hay barbacoa en el campito del Jipi, así que nos despedimos acordando la hora a la que quedaremos para pasar el día tumbados a la bartola en la piscina, bebiendo sangría y comiendo subproductos cárnicos altamente cancerígenos. Qué buen rollo.

Mientras cruzo el puente de Carranza de camino a Villa Fanática, abro las ventanas y canto esta canción, que siempre me ha sonado a verano contento. Luego recuerdo que es San Juan, pero no tengo ningún tipo de ganas de acercarme a la playa a ver las hogueras. Es una pena, porque es el primer y seguramente último San Juan en un tiempo que no me pilla de exámenes o con curro al día siguiente. El primer año de PIR estuve en la Caleta con mis compañeros. Mirábamos los fuegos artificiales y comíamos regaliz sentados en la baranda de piedra. Las cosas ya me iban bien entonces y todavía van mejor ahora.

Llego a Villa Fanática pensando en el olvido. El olvido, como el humor, es uno de esos fenómenos cerebrales que me intrigan. Porque supongo que uno no olvida: no me creo que la información simplemente desaparezca. Se sabe que si estimulamos con una corriente electromagnética ciertas áreas del cerebro, podemos recordar información que creíamos que habíamos olvidado. El cerebro simplemente archiva, reprime y reconecta.

Desde el punto de vista emocional, creo que uno olvida cuando deja de reconocer al otro como algo suyo. Qué triste esta vida egocéntrica nuestra, en la que nuestra relación con los demás tiene que ver en un noventa y mucho por ciento con nosotros mismos. Lo que nos cuesta ver al otro como ente independiente en lugar de encajarle en nuestras expectativas. Y de repente sucede: el otro se desgaja despacito de nuestras vidas, como en esas imágenes de microscopio donde una célula se divide en dos, y casi te parece escuchar el "plop" cuando por fin se separa. Le devuelves su entidad, le liberas y le dejas marchar. Renuncias a todo lo que pusiste una vez sobre sus hombros; pobrecillo, él no tenía por qué asumir esa carga. Lo haces involuntariamente. Ojalá se pudiera olvidar a propósito. Pero por la razón que sea: por el paso del tiempo, las nuevas experiencias o por puro hastío, tu cerebro ya ha unido unas neuronas con otras de forma diferente y a ti, por gracia o por desgracia, ya no te duele.

Llego a mi casa, preparo algo de cena, hago unas últimas dominadas en la barra que tenemos colgada frente a la cocina. Después de cenar pienso otra vez que esta noche es San Juan, y que cuando tenía catorce, quince o dieciséis años siempre le daba a esa noche una cualidad mágica. Buscaba conjuros en la Super Pop y me lavaba la cara en la orilla del mar para estar más guapa. Cerraba fuerte los ojos y pensaba en todo lo que quería que fuera aquel verano: en la de risas y amor que podían caberle. Después saltaba la hoguera y quemaba en ella lo que ya no me servía.

Hoy no estoy en la playa, aunque el aire huela a mar todo el rato, pero sí que hay cosas que no me sirven, así que a las doce en punto doy una vuelta por la casa y las recolecto. Cojo una ensaladera, convierto el papel en pelotitas y le prendo fuego en el fregadero con uno de los mecheros precarios que guarda el Kpot junto al televisor. Cuando la cosa está más interesante y las hojitas llamean como fieras, me asusto un montón pensando que igual entra corriente y salgo ardiendo como una capulla y abro el grifo del fregadero. El papel sisea y se apaga rápido, y algunas hojas sobreviven en la parte inferior. Me da rabia: yo habría querido consumirlo todo, pero digo yo que al final siempre nos queda algún resto. Cuando la ensaladera se enfría, tiro el contenido por la taza del váter, lo observo desaparecer y pienso: mira qué bien. Qué sencillo. Ojalá fuera siempre así.

A partir de ahora los días empezarán a ser cada vez más cortos, pero al principio no nos daremos cuenta. No será hasta que cambien la hora y la Roquipandi y yo tengamos que madrugar otra vez para escalar los fines de semana cuando realmente echaremos de menos estos días larguísimos de círculo polar. Me siento a escribir ciertamente esperanzada mientras entra el aire cálido por la ventana del salón. La verdad: los conjuros de San Juan nunca me han fallado. Y aunque lo malo del olvido involuntario sea precisamente eso, que es involuntario, lo bueno es que cuando sucede es incluso más fácil que arrojar los recuerdos que no sirven por la taza del váter.

1 comentario:

  1. Me encanta este post! La verdad es que la noche de San Juan es mi 'fiesta' favorita del año con diferencia. Y no, yo tampoco estoy viendo la Eurocopa. Y no me puedo creer que seas capaz de hacer (más de una) dominada, te odio intensamente.

    :*

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