Queridos todos:
Vamos a dejarnos ya de subnormalidades profundas y autocompasivas y a escribir sobre el Evento Más Grande de mi vida adulta. Que no va a ser mi bodorrio, el nacimiento de mi primer hijo ni la publicación de mi libro; las celivibraciones, el egoísmo y la autoedición lo van a poner complicado. El Evento Más Grande de mi vida adulta hasta la fecha es el increíble y fabuloso viaje que voy a emprender por las tierras americanas, y que después de darle unas cuantas vueltas he decidido bautizar como Crazy American Climbing Project o CACP.
Crazy porque es crazy. Vamos a reconocerlo. Yo, metro y medio de rubia miedica y sedentaria, empiezo a escalar, y dos años después lo que parecía una afición se ha convertido en una enfermedad. Así que aquí me hallo, desafiando a los elementos, ignorando las calamidades y buscando compañeros de cordada debajo de las piedras. Una cosa lleva a la otra, conozco a una gente muy maja que se muda a la meca de la escalada, junto unos euros con el aguinaldo de navidad y voilá! A cruzar el charco con los gatos en la mochila.
Ésa es mi vida. Se lo cuento a la Marina del pasado y no se lo cree.
Que no es por el viaje en sí, que peores cosas se han visto, sino por lo de escalar como si no hubiera un mañana. Escalo más bien mal, en serio.Tengo muy poca idea y mucho miedo, e intento compensar mis carencias con un amor bastante absurdo. Escalar con desconocidos en sitios remotos de habla extranjera se sale tanto, TANTO de la zona de confort de casi cualquier humano que a veces temo que se me haya ido la cabeza.
No importa: es una bonita locura.
American porque transcurrirá en gringolandia. ¿Dónde? No lo tengo claro. Me he aprendido la parte oeste del mapa casi de memoria, pero sigo sin comprender que no me puedo teletransportar del Gran Cañón a Yellowstone y después a Nuevo México, y además dejar tiempo y espacio para escalar en Boulder hasta vomitar. No, Marina. Hay que elegir. Patrick, mi reciente compañero boulderita de escalada en Madrid, me ha dicho unas sesenta veces que visite Utah. A mí así a priori no me llamaba la atención, pero parece que hay una naturaleza brutal, escalada en arenisca y mormones polígamos, así que quizá vaya.
La verdad es que me da un poco igual qué ver. Yo me entusiasmo con cualquier cosita. Prefiero sitios menos turísticos, aunque sean menos bonitos. Sobre todo, quiero naturaleza, y silencio, y que no me pegue tiros un maníaco, y escalar (ver punto tres).
Climbing porque bueno, reitero lo del punto uno. Pero es que además, hasta hace dos semanas yo quería escalar un poco, sí, pero también hacer un poco de turismo. Lo que pasa es que después he salido a la roca unas cuantas veces con el fanático de Patrick y bueno, ahora lo que quiero es escalar hasta que me levante un día por la mañana y diga "uf, escalar, qué coñazo".
De hecho, mi plan para los primeros días era: llegar a Denver, dormir allí un par de noches con un couchsurfero meditador majísimo que he localizado, conocer a Peggy Emch de The Primal Parent y tirar para Boulder con la calma. Pero esta tarde me ha escrito Pablo, que también está enfermo de fanatismo, algo como:
"Marina, sé que el domingo te vas a querer morir de jet lag, pero dan bueno y había pensado ir a escalar en granito a 45 minutos de Boulder. ¿Qué te parece?".
Yo: "I'm in".
Así que ni visita, ni Peggy, ni nada. Dormir en Denver, tirar para Boulder y domar a mis ritmos circadianos a base de pasar miedo en el granito. Hu ha.
Project porque mola como palabra final del acrónimo y porque mi vida es un poco así: un proyecto interminable. También porque esto de los USA me viene de antiguo. Es uno de los sueños de mi vida, junto con aprender a tocar el piano (check), participar en un musical (check) y escalar (check).
[Nota: los sueños que me quedan ahora son:
- Dedicar un periodo de mi vida sólo a escribir.
- Escribir una novela.
- Escalar grandes paredes, aunque no sé si soy capaz de eso.
- Iluminarme o, por lo menos, purificar lo bastante mi mente como para ser toda amor, compasión y sabiduría celivibratoria]
Así que ahí estamos. Esta mañana me he dedicado a estudiarme mi guía de los parques naturales del oeste, mientras me esforzaba por planear sobre el ambiente de Muertelandia sin que me tocara. Por la tarde he ido a Decathlon y me he comprado otros pantalones de montaña, un par de sudaderas, calcetines y unos vaqueros casual de escalotrekking que molan tanto que quiero ponérmelos todo el rato.
La ropa de montaña, por otra parte, es el mal. No la comprendo. Las mezclas entre impermeable y transpirable, así como el orden y momento en que hay que ponerse las cosas, escapan a mi entendimiento. Porque a ver: tenemos la camiseta, el polar, el cortavientos, el impermeable y el plumas. ¿En qué orden va eso para estar calentito y no mojarse? Porque no es tan sencillo. Si es impermeable, no transpira, y entonces con el sudor algunas cosas pierden propiedades térmicas. El plumas cala. El cortavientos no abriga. Si el cortavientos va ajustado, no te cabe debajo el polar. Todo carece de sentido, querido lector.
Me voy a dormir, que pensaba escribir cuatro chorradas sobre el viaje y, para variar, se me ha ido la mano con la extensión. Mañana os sigo contando cosas como "la aventura de ingresar mi hucha de monedas" o "obesidad y matanzas: mis dos principales miedos antes del CACP". Nos leemos :)
PD: Gracias a todos por el feedback del post de ayer. Sigo dándole vueltas al tema y considerando las distintas opciones.
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martes, 23 de abril de 2013
lunes, 15 de abril de 2013
Filosofía post-escaladora aplicada a las relaciones humanas, I
Son las once y media de la noche del domingo, y estoy en un tren de cercanías Coslada-Madrid frente a un americano pelirrojo que mide dos metros. El americano en cuestión se llama Patrick y, lo creáis o no, es de Boulder, Colorado. Hemos estado todo el día escalando en San Martín con otro chico, Juan, un canario encantador que no paraba de sacar comida de su mochila y repartirla. Quedamos para hoy a través de Couchsurfing y lo hemos pasado absurdamente bien.
Patrick es muy, muy gracioso. Además, como le explico en mi inglés de serie americana, sus bromas me hacen el doble de gracia, porque entender el humor en otro idioma masajea mi ego. Estamos hablando del sentido de la vida, de Nietzsche y del trabajo de nuestros sueños. Ya lo he vivido otras veces. Vas a trepar con gente más o menos conocida, y a la ida habláis básicamente de escalada estándar: qué vía vas a hacer, cómo es la escuela a la que vas, etc. etc. A la vuelta, sin embargo, el colocón de endorfinas, la oscuridad y el cansancio hacen que la conversación degenere hacia:
1) La escalada, sí, pero en el plano Profundo Existencial, en plan comparar todos los fenómenos de la vida con lo que te pasa en la roca, o decir una y otra vez lo maravilloso que es este deporte y lo que se pierden los que no lo entienden.
2) Intimidades de tu vida amorosa. No me preguntéis por qué.
3) Filosofía extrema o reflexiones sobre la naturaleza humana.
Así que Patrick y yo hablamos de Nietzsche mientras el cercanías rueda despacio. Después, no sé por qué, pasamos al desapego y a mantener el contacto con la gente de tu ciudad cuando te mudas. "A mí me gusta estar realmente aquí", me explica él, y yo asiento con la autoridad que me da pisar mi casa una vez cada seis meses. "Es importante cultivar el desapego".
Es demasiado pronto para explicarle mi teoría del bosom, pero sí comento algo que leí hace tiempo en el blog de Steve Pavlina y que, aunque ni lo entiendo del todo, me parece una bonita idea. Según él, las personas no son más que una manifestación de determinadas cualidades: la amistad, la entrega, el calor o la comprensión. De esta forma, uno no conoce a personas individuales, finitas, sino a las partes de ese todo que es la condición humana, y que muestran esas cualidades en el contacto contigo. Tal y como yo lo entendí, es como si la amistad, o el amor, o llámalo X, fueran la red eléctrica, y las personas los enchufes: uno no se pone triste cuando tiene que abandonar un enchufe, porque habrá otro más allá.
Le explico a Patrick, haciendo malabarismos con mi inglés agotado, que esa teoría por una parte me disgusta, porque me da la impresión de que le quita importancia a la individualidad de la gente; por otra, sin embargo, creo que mi mente necesita gestionar la idea de que el mundo está lleno de personas maravillosas a las que terminarás por perder.
Él asiente, pasándose reflexivo la mano por la barba pelirroja. "Creo que tienes razón - me dice -. Yo tenía una idea parecida. Leí que las personas a las que conoces son la forma en que se manifiestan las circunstancias en cada momento. Pero no estoy del todo de acuerdo. Porque las personas conforman las circunstancias. Son parte de ella".
Sonrío. Pienso en el día de hoy. En estos dos chavales presentándose en Coslada a un domingo a las diez de la mañana para irse a escalar con una desconocida. En las presentaciones, las bromas hispano-americanas, los juegos de palabras. Probar las vías, aprender la jerga en inglés y animar con un entusiasta "c'mon, bro, you gotta it!". El bizcocho que Juan horneó ayer y que ha repartido alegremente justo antes de que Patrick encadenara un bonito 6c con una placa inverosímil. Los tres caminando a las tantas de vuelta hacia la estación de tren, después de aparcar mi furgo; yo: "I'm sorry I had to leave the car here, guys... I know it's annoying". Patrick: "It's part of the adventure".
Después de eso, no sé lo que contesto. Que estoy de acuerdo, por supuesto, y luego aprovecho el inglés para decirle a Patrick algo como: "you are really funny, I like you". "You're also kind of cool", contesta él. Sin duda. Hay que encontrar la manera de gestionar esto. Esta gente a la que conoces, esta gente que sigue llegando cuando pensabas que no había espacio para lo demás. Parte de lo que me fascina de la escalada es que me sigue pasando. Que no se acabó enseguida y que a mi vida le cabe todavía mucha diversión. Con la gente es igual. Sigue pasando. Y espero que nunca deje de sorprenderme.
viernes, 22 de marzo de 2013
Y entonces va la escalada y te salva la vida
1.
Estoy escalando en San Martín de Valdeiglesias, a una horita justa de Madrid. Es la primera vez que toco roca madrileña, y aún no le he cogido el gusto a este granito frío e inseguro. Aun así, me siento mortalmente feliz de encontrarme en la roca. Hemos salido una compañera del roco y yo, y aunque sólo seamos dos, ya hay cosas que me suenan. Quedar en el bar del pueblo: un sitio que se autodenomina "rey de las tostadas" y en el que conviven los discos de jazz con adornos horteras del Real Madrid. Conducir hasta el sector, y después caminar hacia el pie de vía con mi querida Edelrid Phyton de 80 metros encajada sobre el cuello. El sonido de las cintas tintineando cuando las sacas de la mochila y las colocas en el arnés. Las mariposas en el estómago mientras te calzas los gatos, te encordas y te ajustas la magnesera a la cintura.
Ahora, concretamente, me encuentro lo que podríamos denominar como enmarronada. Llevo dos meses y pico sin pisar la roca, y aunque no voy mal de fuerza gracias al entrenamiento, el coco lo llevo fatal. Miedo es un eufemismo para lo que estoy pasando en este momento. Como siempre, tiene lugar un diálogo en mi cabeza. Es una mezcla entre palabras y sensaciones, entre instrucciones verbales y gestos. Observo los agarres y los pies, sé intuitivamente cómo tengo que colocar el cuerpo para llegar a la próxima posición segura. Sé que sólo me queda el próximo salto de fe. El problema es que la última chapa ya queda por debajo de mis pies, y cuando suba un poco más estaré vendida. No tendré otro remedio que tirar para arriba y chapar de nuevo, o arriesgarme a una caída fea sobre este tramo irregular de la vía.
Desde abajo, mi compañera me anima.
- ¡Recuérdame por qué me gusta la escalada! - le pido. Necesito distraerme, rebajar la tensión.
- ¡Por el chute de adrenalina que te va a dar cuando saques el paso! - contesta ella -. ¡Y por la naturaleza, los paisajes y las cervecitas de después! Y... ¡porque ahora viene la primavera, y los chicos sin camiseta no están nada mal!
Luego me dice que cree que más arriba tengo un canto para la mano, y también que el apoyo que ahora mismo está a la altura de mi cadera parece bueno para el pie. "Pero eso sólo lo puedes saber tú", añade.
En ese momento, un pensamiento me viene a la mente con mucha claridad. De aquí sólo te puedes sacar tú, me digo. Ahora mismo, aquí arriba, no hay nadie más que yo. Es esta experiencia de ahora la que me fascina desde que empecé a escalar. Esta soledad. Esta intimidad profunda. La negociación entre las dos partes de mi mente: la que busca seguridad y confort, que piensa en lo sencillo que sería bajarse ahora a comer bizcochitos All Bran, y la que quiere seguir. La que insiste en que no hay nada malo en parar ahora y la que no me dejaría jamás bajar de una vía a medias mientras me quede fuerza física para terminarla. Sé que sólo tengo que observar, decidir y comprometerme. Y, por último, dar ese pequeño salto de fe.
Al final me sale el paso, y al final es mucho más sencillo de lo que parece. Y ahí estoy, en la siguiente chapa, a dos metros del siguiente paso y del siguiente miedo. Sigue siendo mi responsabilidad. Yo coloco mis cintas, yo decido mis secuencias, yo llego arriba sana y salva, y desmonto la reunión, y quito el material, y bajo al suelo. Mi compañera de cordada es indispensable, pero su ayuda es limitada. En estos momentos es mi vía, la he elegido yo y nadie me ha obligado. Yo seré quien tenga que acabarla.
****
Mientras escribo esto son casi las doce. Creo que es la primera vez en mi vida que he hecho una compra parcialmente tajada. Quiero decir una compra-compra; nada de ir al chino a por macarrones porque necesitas preparar algo en casa para que absorba el alcohol, o a por un par de bolsas de patatas fritas y otra de chuches. Quiero decir meterte en el Carrefour, pasear por las estanterías con una determinación casi cómica y coger yogures, leche, ensalada. Palpar los aguacates para ver cuál está maduro, meterlo en una bolsa y pesarlo en la báscula. Todo esto sin poder evitar que se te escape la risa por los costados de la boca, porque te has tomado dos botellines y medio con tu estómago vacío post-entrenamiento y todo te parece muy divertido.
Ha sido un entrenamiento estupendo. Desde el momento en que caminaba en dirección al roco comiéndome media palmerita de chocolate y tirando la otra media porque hay que cuidar la línea, he sabido que hoy iba a darlo todo. Me han bajado a la parte chunga, con los fuertes. He recuperado mucha fuerza en las dos semanas que llevo escalando después del esguince.
Calentamos cinco minutos en el plafón. Luego hacemos dominadas, abdominales, tríceps. Practicamos el agarre en pinza hasta que no tenemos fuerza ni para abrir las botellas de agua. Después van varias travesías infernales, que parecen prácticamente bloques largos porque no hay ni una presa buena, alternando con descansos activos: dos o tres minutos colgados de un desplome, sosteniéndonos de dos cantos buenos, sacudiendo los brazos mientras respiramos como parturientas. Por último, bloques de techo absurdamente difíciles en los que apenas me meneo.
Aun así, es mágico. No sé explicar por qué. No sé explicar qué tiene la escalada que encaja tanto conmigo. Hoy me sale un paso que no me salía el martes. Quizá sea eso. Quizá incluso en el plano puramente físico, sin filosofías extrañas de guerrero de la roca, el hecho de comprobar que te haces más fuerte, más potente y más ágil con una diferencia de días es alucinante. Quizá son también estos momentos en el plafón, cuando de repente un bloque te sale y, no sólo eso, te sale bonito, y tú te sientes bailar sobre las presas, y piensas que las cosas también pueden ser duras, y sencillas, y elegantes.
Qué os voy a contar. Después terminas, tomas cervezas, haces bromas sobre los panchitos rancios. Te ríes, te tomas más cervezas. Explicas el paso clave de la vía que hiciste el finde anterior, en esa jerga que a los que no escalan les tiene que sonar a chino ("y justo antes de la chapa tienes que agarrarte a una regleta, y después hay un canto medio bueno donde juntas manos, y de ahí subes mucho pies, y ya te lanzas al bueno y chapas"). La cosa degenera, hablas del curro, de la crisis, de los hombres, de las mujeres. Te integras en el humor madrileño ("como le pidas a uno de Madrid que se vaya a tomar una cerveza contigo, se salta la cerveza y te lleva a la cama, eso que tú lo sepas") y afirmas, convencidísima, que tú no has venido de Cádiz a Madrid a tomar bocadillos de calamares y/o sucedáneos de boquerones rebozados con vete-tú-a-saber-qué.
Todo esto para explicar sólo una pequeña parte de todo lo que me ha dado la escalada. Me ha regalado experiencias, amigos, unos brazos nuevos, viajes, una furgo, noches bajo las estrellas, largos ratos en coche llenos de risas, cordadas inesperadas. Me ha solucionado las tardes, los findes y las vacaciones durante los próximos (espero que muchos) años. Me ha dado una inspiración y unos sueños que no pensé que estuvieran al alcance de una patata de sofá como yo, y que no por absurdos son menos bonitos. Pero, sobre todo, me ha dado esto que estoy teniendo ahora, este momento: la capacidad de, en medio de un día de mierda de una semana de mierda de un mes de mierda, tener un lunes cojonudo, o una tarde de jueves cojonuda, y sentir que hay esperanza para casi todo, y después venir aquí, escribirlo, aburrir a muerte a todo el mundo menos a un par de frikis y que me dé exactamente igual.
sábado, 9 de febrero de 2013
Lesionada
Cuando te lesionas, siempre tienes la sensación de que podías haberlo evitado con facilidad y te sientes gilipollas. Eso fue lo primero que pensé el jueves, justo después de escurrirme de una presa roma y notar cómo crujía mi tobillo izquierdo sobre el colchón del roco. Es un instante. Un puto instante. Y lo cambia todo. Me quedé tendida boca abajo sobre la lona, hiperventilando y llorando como una chiflada. La gente del roco se portó muy bien. Todos me consolaban: va, tía, es sólo un esguince, cuando te quieras dar cuenta estás aquí otra vez, y total, hace un montón de frío y todavía no es buena época para la roca. Yo sollozaba descontrolada: que no, que todo es una mierda, que yo quiero escalar y todo es una mierda.
Tardé un buen rato en conseguir coordinar las neuronas suficientes como para decidir que me iba al hopital. Mi tobillo tenía un huevo morado de un tamaño curioso. "Es horrible, horrible - repetía yo -. Tiene una pinta horrible". Verídico. Nunca se me había inflamado tanto un tobillo en tan poco tiempo. Me imaginaba roturas, operaciones y recuperaciones larguísimas.
Me acompañó al hospital Álex, el novio de una amiga, que había venido esa tarde a entrenar por primera vez. Tuvo el mérito enorme de convertir un rato angustioso en uno agradable. Estuvimos charlando de escritura, de blogs y de los Aristogatos. A mí después del primer analgésico intramuscular me empezó a entrar la risa absurda, y cuando el técnico de rayos me preguntó si tenía posibilidades de estar embarazada, le expliqué algo sobre la imposibilidad en estos momentos de algo así, mis celivibraciones y lo mala que está la cosa. Después me dio un ataque de risa mientras me pinchaban heparina y casi pateo al residente cuando intentó cortarme mis vaqueros favoritos. "Es que me hacen un culo estupendo", expliqué. Tuve momentos de despersonalización, en los que pensaba que esto no me podía estar pasando a mí. No me podía haber hecho un esguince de una forma tan absurda. Quería despertarme con normalidad y poder seguir con mi vida.
Ayer estaba sumamente triste. Por muchas cosas, no sé. No sólo por el esguince. Por la sensación de injusticia y de desprotección. La vida es injusta e incierta, eso ya lo sabemos todos, pero ayer concretamente me preguntaba qué mensaje me estaba mandando el universo. Ha sido una semana de mierda. Primero perdí mi cámara, luego resulta que el embrague de mi furgo no va bien y arreglarlo me sale por un pico, y ahora me quedo sin tobillo. La salud mal, el dinero mal, del amor ni hablamos, y encima todos los días rondando por Muertelandia y con mi precario equilibrio mental pendiente de un hilo.
No sé. Por primera vez en mucho tiempo, me encuentro desbordada.
Hoy el día ha ido mejor. He conseguido organizarme para escribir, leer y trabajar algo en Psicosupervivencia. He hecho suspensiones de dedos y dominadas en la espaldera que tenemos en el salón. Cuando le mandé ayer a Juanjo, mi colega valenciano, las fotos de la escayola por el whatsapp, me dijo que tenía mucha suerte; que ojalá él tuviera jodido el pie en lugar del tendón del dedo desde navidades. Que se pondría inhumano haciendo campus.
Están locos, estos escaladores.
El caso es que hoy, mientras ponía el lavavajillas apoyada en una muleta, pensaba que a saber lo que te va a tocar en esta vida, y que mira que si en lugar de un esguince me hubieran amputado la pierna y me tuviera que acostumbrar a vivir así. ¿Qué iba a hacer entonces? ¿Autocompadecerme? Tendría que tirar adelante de alguna forma.
A ratos pienso que es verdad que en esta sociedad no se tolera el malestar, pero que igual yo sí que estoy viendo demasiado malestar. Que la gente no se entera de las Verdades Chungas, pero que yo últimamente estoy convirtiendo mi vida en una Verdad Chunga y que las cosas tampoco son tan así. Y que quizá torcerse el tobillo es una buena defensa. No creo que las cosas pasen por una razón. Creo que esto es azar y punto, y que es nuestra esforzada mente narrativa la que se empeña en encontrarle un sentido a los acontecimientos. Aun así, quizá mi tobillo me está protegiendo de observar más desgracias durante unos días. A lo mejor no me viene mal quedarme en casa viendo pelis y durmiendo más de la cuenta, y olvidarme por un ratito de Muertelandia.
El miércoles tuve a una paciente con un duelo complicado. Estaba tan triste que me empezó a dar pena que su ser querido se hubiera muerto, en plan "con lo majo que era". ¿Estamos locos? No me puede dar pena que se muera el ser querido de otra persona. No lo puedo sentir como una pérdida personal, ni tener ganas de haberle conocido por lo majo que parece en palabras de mi paciente. Es excesivo y tengo que encontrar la manera de racionar todo eso, porque si no se me va a ir la olla.
[Concluyo diciendo que hoy ya estoy mejor y que creo que voy en marcha hacia reconciliarme con mi nuevo estatus de lesionada. Estoy planeando paseos con muletas por Lavapiés. Las muletas te ponen los brazos fuertes y no hay que perder esa oportunidad nunca. Aunque sólo sea porque no me puedo permitir bajar el ritmo de cara a mi viaje a Denver. O porque bueno, ahí está el pobre Juanjo haciendo senderismo porque su tendón no le deja escalar, y hay que ser solidarios con los colegas]
PD: Si de verdad, de verdad, queréis animarme, pasaros por Psicosupervivencia y compartid/comentad/suscribiros a la lista de correo. Necesito que alguien me convenza de que puedo ayudar a los demás, porque últimamente no me siento muy capaz *modo autocompasivo off.
Tardé un buen rato en conseguir coordinar las neuronas suficientes como para decidir que me iba al hopital. Mi tobillo tenía un huevo morado de un tamaño curioso. "Es horrible, horrible - repetía yo -. Tiene una pinta horrible". Verídico. Nunca se me había inflamado tanto un tobillo en tan poco tiempo. Me imaginaba roturas, operaciones y recuperaciones larguísimas.
Me acompañó al hospital Álex, el novio de una amiga, que había venido esa tarde a entrenar por primera vez. Tuvo el mérito enorme de convertir un rato angustioso en uno agradable. Estuvimos charlando de escritura, de blogs y de los Aristogatos. A mí después del primer analgésico intramuscular me empezó a entrar la risa absurda, y cuando el técnico de rayos me preguntó si tenía posibilidades de estar embarazada, le expliqué algo sobre la imposibilidad en estos momentos de algo así, mis celivibraciones y lo mala que está la cosa. Después me dio un ataque de risa mientras me pinchaban heparina y casi pateo al residente cuando intentó cortarme mis vaqueros favoritos. "Es que me hacen un culo estupendo", expliqué. Tuve momentos de despersonalización, en los que pensaba que esto no me podía estar pasando a mí. No me podía haber hecho un esguince de una forma tan absurda. Quería despertarme con normalidad y poder seguir con mi vida.
Ayer estaba sumamente triste. Por muchas cosas, no sé. No sólo por el esguince. Por la sensación de injusticia y de desprotección. La vida es injusta e incierta, eso ya lo sabemos todos, pero ayer concretamente me preguntaba qué mensaje me estaba mandando el universo. Ha sido una semana de mierda. Primero perdí mi cámara, luego resulta que el embrague de mi furgo no va bien y arreglarlo me sale por un pico, y ahora me quedo sin tobillo. La salud mal, el dinero mal, del amor ni hablamos, y encima todos los días rondando por Muertelandia y con mi precario equilibrio mental pendiente de un hilo.
No sé. Por primera vez en mucho tiempo, me encuentro desbordada.
Hoy el día ha ido mejor. He conseguido organizarme para escribir, leer y trabajar algo en Psicosupervivencia. He hecho suspensiones de dedos y dominadas en la espaldera que tenemos en el salón. Cuando le mandé ayer a Juanjo, mi colega valenciano, las fotos de la escayola por el whatsapp, me dijo que tenía mucha suerte; que ojalá él tuviera jodido el pie en lugar del tendón del dedo desde navidades. Que se pondría inhumano haciendo campus.
Están locos, estos escaladores.
El caso es que hoy, mientras ponía el lavavajillas apoyada en una muleta, pensaba que a saber lo que te va a tocar en esta vida, y que mira que si en lugar de un esguince me hubieran amputado la pierna y me tuviera que acostumbrar a vivir así. ¿Qué iba a hacer entonces? ¿Autocompadecerme? Tendría que tirar adelante de alguna forma.
A ratos pienso que es verdad que en esta sociedad no se tolera el malestar, pero que igual yo sí que estoy viendo demasiado malestar. Que la gente no se entera de las Verdades Chungas, pero que yo últimamente estoy convirtiendo mi vida en una Verdad Chunga y que las cosas tampoco son tan así. Y que quizá torcerse el tobillo es una buena defensa. No creo que las cosas pasen por una razón. Creo que esto es azar y punto, y que es nuestra esforzada mente narrativa la que se empeña en encontrarle un sentido a los acontecimientos. Aun así, quizá mi tobillo me está protegiendo de observar más desgracias durante unos días. A lo mejor no me viene mal quedarme en casa viendo pelis y durmiendo más de la cuenta, y olvidarme por un ratito de Muertelandia.
El miércoles tuve a una paciente con un duelo complicado. Estaba tan triste que me empezó a dar pena que su ser querido se hubiera muerto, en plan "con lo majo que era". ¿Estamos locos? No me puede dar pena que se muera el ser querido de otra persona. No lo puedo sentir como una pérdida personal, ni tener ganas de haberle conocido por lo majo que parece en palabras de mi paciente. Es excesivo y tengo que encontrar la manera de racionar todo eso, porque si no se me va a ir la olla.
[Concluyo diciendo que hoy ya estoy mejor y que creo que voy en marcha hacia reconciliarme con mi nuevo estatus de lesionada. Estoy planeando paseos con muletas por Lavapiés. Las muletas te ponen los brazos fuertes y no hay que perder esa oportunidad nunca. Aunque sólo sea porque no me puedo permitir bajar el ritmo de cara a mi viaje a Denver. O porque bueno, ahí está el pobre Juanjo haciendo senderismo porque su tendón no le deja escalar, y hay que ser solidarios con los colegas]
PD: Si de verdad, de verdad, queréis animarme, pasaros por Psicosupervivencia y compartid/comentad/suscribiros a la lista de correo. Necesito que alguien me convenza de que puedo ayudar a los demás, porque últimamente no me siento muy capaz *modo autocompasivo off.
martes, 15 de enero de 2013
Las lesiones hacen hogar
Soy una capulla que no calienta bien y que se pone a escalar un bloque duro en una sala de Leganés cuando sus músculos tienen la misma consistencia que una piedra. Y como soy una capulla, subo mucho los pies, bloqueo a muerte para alcanzar la siguiente presa y el brazo derecho me da un latigazo. Pero bueno, eso no es lo peor. Eso le podría pasar a cualquiera. Lo peor, me temo, son las dos horas que paso escalando después, frotándome a ratos el deltoides y pensando que si me concentro lo suficiente, el dolor desaparecerá.
Por la noche me pongo hielo un rato, y después hago un mejunje con todas las pomadas antiinflamatorias que tengo en la mesilla de noche y me masajeo. Quiero entrenar mañana en mi roco nuevo y quiero escalar con el Chaval Muy Mono *
Por la mañana no es que no pueda escalar, sino que apenas puedo alzar el brazo por encima del hombro. Me paso todo el día cabreada y sintiéndome como una minusválida. Luego tengo a una paciente a la que le han quitado un pulmón y claro, en la competición de quién está más fastidiado por su organismo, me deja por los suelos.
El cuerpo. Qué cosas. Desde que trabajo en muertelandia, me estoy precipitando cuesta abajo hacia la hipocondría. Cuando el cuerpo te falla y se interpone entre tu mente y el mundo, te jode. Joden un brazo dolorido y un pulmón de menos y, por supuesto, jode un tumor creciendo de forma maligna en tu organismo sin que puedas hacer nada para remediarlo.
Hoy iba caminando por la calle y he sentido una gran compasión por mi cuerpo. Por mis músculos, mis huesos, mis órganos. Veintisiete años trabajando a todo gas para mantenerme viva. Está mi piel defectuosa (que, por cierto, va mucho mejor gracias al Roacután, viva y bravo), mis rodillas doloridas, mi estómago barrita hormigonera. Mis ovarios poliquísticos, los callos de las manos, las no arrugas de la cara. Las huellas de pasar por este mundo siendo un poco lista y un poquitín torpe. Siento penita por mi cuerpo porque al final acabará por perder la partida. Está ahí, luchando como un loco contra el tiempo, y no sé si sabe que el tiempo gana siempre, sin importar la ventaja que te deje.
Pero bueno. Lo importante no es eso. Lo importante es que esta noche me dolía mucho menos que por la mañana, que ahora estoy en medio de otra sesión de hielo y pomadas y que, si todo va bien, en breve nada se interpondrá entre mi cabeza escaladora y las estupendas paredes de resina de mi roco nuevo (por no hablar de los ojos de Chaval Muy Mono, que son una cosa rara entre azules y grises y que le brillan cuando sonríe).
*Escribir con mini letra es mi última táctica para que el blog no me gafe los maromos. Habil, ¿eh?
Por la noche me pongo hielo un rato, y después hago un mejunje con todas las pomadas antiinflamatorias que tengo en la mesilla de noche y me masajeo. Quiero entrenar mañana en mi roco nuevo y quiero escalar con el Chaval Muy Mono *
Por la mañana no es que no pueda escalar, sino que apenas puedo alzar el brazo por encima del hombro. Me paso todo el día cabreada y sintiéndome como una minusválida. Luego tengo a una paciente a la que le han quitado un pulmón y claro, en la competición de quién está más fastidiado por su organismo, me deja por los suelos.
El cuerpo. Qué cosas. Desde que trabajo en muertelandia, me estoy precipitando cuesta abajo hacia la hipocondría. Cuando el cuerpo te falla y se interpone entre tu mente y el mundo, te jode. Joden un brazo dolorido y un pulmón de menos y, por supuesto, jode un tumor creciendo de forma maligna en tu organismo sin que puedas hacer nada para remediarlo.
Hoy iba caminando por la calle y he sentido una gran compasión por mi cuerpo. Por mis músculos, mis huesos, mis órganos. Veintisiete años trabajando a todo gas para mantenerme viva. Está mi piel defectuosa (que, por cierto, va mucho mejor gracias al Roacután, viva y bravo), mis rodillas doloridas, mi estómago barrita hormigonera. Mis ovarios poliquísticos, los callos de las manos, las no arrugas de la cara. Las huellas de pasar por este mundo siendo un poco lista y un poquitín torpe. Siento penita por mi cuerpo porque al final acabará por perder la partida. Está ahí, luchando como un loco contra el tiempo, y no sé si sabe que el tiempo gana siempre, sin importar la ventaja que te deje.
Pero bueno. Lo importante no es eso. Lo importante es que esta noche me dolía mucho menos que por la mañana, que ahora estoy en medio de otra sesión de hielo y pomadas y que, si todo va bien, en breve nada se interpondrá entre mi cabeza escaladora y las estupendas paredes de resina de mi roco nuevo (por no hablar de los ojos de Chaval Muy Mono, que son una cosa rara entre azules y grises y que le brillan cuando sonríe).
*Escribir con mini letra es mi última táctica para que el blog no me gafe los maromos. Habil, ¿eh?
domingo, 2 de diciembre de 2012
Madrid, subir de grado y las nostalgias futuras
Queridos:
Dentro de un mes y cinco días estaré viviendo en Madrid. La idea me aberra y me atrae a partes iguales. Me gustaría poder hacer las dos cosas a la vez: permanecer en mi Cádiz, con mi gente, mis marismas, mi roco y mis cuatro cosas, y a la vez conocer Madrid, más gente, más rocos, más cosas. Barajo la posibilidad de volverme en mayo, después de la primera rotación, porque la primavera gaditana es excesivamente hermosa. Vaya ánimos llevo, por otra parte, si lo primero en lo que estoy pensando antes de irme es en volver antes de tiempo.
Cuando le digo a mi madre lo bien que estoy en Cádiz, ella insiste en que en Granada también estaba bien, y en que yo estoy bien en todos lados. Creo que es una forma sutil de pedirme por favor que no me vaya a quedar aquí para siempre. Pero qué va: Granada estaba bien porque me gustaba y porque lo pasé muy bien cuando vivía allí, pero hoy por hoy Cádiz es mi hogar. Quiero decir, que yo vivo aquí. No es que mi gente de aquí sea mejor que cualquier otra gente a la que haya querido a lo largo de mi vida. Es que son mi gente de ahora. Los compis del curro, mi admirado R mayor, el MIR, las recientes adquisiciones huelguísticas que ahora se conocen con el nombre de los Patos. La Roquipandi, mi psiquiatra Pilar, mi querido Anxo. Mis pacientitos.
Todo eso sumado a lo mucho que me gustan mi vida, mi piso, mi furgo y mi Isla, a la ilusión absurda con que me levanto cada mañana sin contar estos últimos catorce días de infierno huelguístico. Sumado a mis proyectos presentes y futuros, al roco por las tardes, la bici por las marismas, los miércoles en Vejer, mis obesos de endocrino, los paseos por la playa y la búsqueda no culminada del desayuno callejero definitivo.
Aun así, me voy a Madrid. Porque hay que seguir ensanchándose. Pero no puedo evitar pensar que soy idiota si cada vez que me siento feliz y segura en una situación de mi vida me apaño para cambiarla.
Hoy he encadenado mi tercer 6b (el grado más difícil en escalada que he hecho hasta ahora, pero que no deja de ser bastante asequible, que conste). Venía pensando en que creo que subir de grado es un cambio de mentalidad. Cuando empiezas a escalar no quieres más que agarres buenos. Quieres meter la mano hasta el fondo en el canto que te da seguridad y apoyar los pies en una repisa. Creo que yo seguiré subiendo de grado si acepto que para ello tendré que escalar apoyándome en mierda pura, confiar en que las regletas les servirán a mis dedos y en que los pies de gato se apoyarán en muescas minúsculas.
Como siempre, me empeño en seguir aplicando a la vida las lecciones de la escalada. Escalar no es más que renunciar una y otra vez a la seguridad de quedarse quieto. Alcanzas cierto confort, tu cuerpo grita desesperadamente por permanecer ahí, y tu mente tiene que obligarle a moverse. Ahora quiero vivir más grado. Y creo que sólo lo lograré si supero el miedo y aprendo de una vez que hacerse fuerte consiste en necesitar cada vez menos apoyo para seguir subiendo.
Dentro de un mes y cinco días estaré viviendo en Madrid. La idea me aberra y me atrae a partes iguales. Me gustaría poder hacer las dos cosas a la vez: permanecer en mi Cádiz, con mi gente, mis marismas, mi roco y mis cuatro cosas, y a la vez conocer Madrid, más gente, más rocos, más cosas. Barajo la posibilidad de volverme en mayo, después de la primera rotación, porque la primavera gaditana es excesivamente hermosa. Vaya ánimos llevo, por otra parte, si lo primero en lo que estoy pensando antes de irme es en volver antes de tiempo.
Cuando le digo a mi madre lo bien que estoy en Cádiz, ella insiste en que en Granada también estaba bien, y en que yo estoy bien en todos lados. Creo que es una forma sutil de pedirme por favor que no me vaya a quedar aquí para siempre. Pero qué va: Granada estaba bien porque me gustaba y porque lo pasé muy bien cuando vivía allí, pero hoy por hoy Cádiz es mi hogar. Quiero decir, que yo vivo aquí. No es que mi gente de aquí sea mejor que cualquier otra gente a la que haya querido a lo largo de mi vida. Es que son mi gente de ahora. Los compis del curro, mi admirado R mayor, el MIR, las recientes adquisiciones huelguísticas que ahora se conocen con el nombre de los Patos. La Roquipandi, mi psiquiatra Pilar, mi querido Anxo. Mis pacientitos.
Todo eso sumado a lo mucho que me gustan mi vida, mi piso, mi furgo y mi Isla, a la ilusión absurda con que me levanto cada mañana sin contar estos últimos catorce días de infierno huelguístico. Sumado a mis proyectos presentes y futuros, al roco por las tardes, la bici por las marismas, los miércoles en Vejer, mis obesos de endocrino, los paseos por la playa y la búsqueda no culminada del desayuno callejero definitivo.
Aun así, me voy a Madrid. Porque hay que seguir ensanchándose. Pero no puedo evitar pensar que soy idiota si cada vez que me siento feliz y segura en una situación de mi vida me apaño para cambiarla.
Hoy he encadenado mi tercer 6b (el grado más difícil en escalada que he hecho hasta ahora, pero que no deja de ser bastante asequible, que conste). Venía pensando en que creo que subir de grado es un cambio de mentalidad. Cuando empiezas a escalar no quieres más que agarres buenos. Quieres meter la mano hasta el fondo en el canto que te da seguridad y apoyar los pies en una repisa. Creo que yo seguiré subiendo de grado si acepto que para ello tendré que escalar apoyándome en mierda pura, confiar en que las regletas les servirán a mis dedos y en que los pies de gato se apoyarán en muescas minúsculas.
Como siempre, me empeño en seguir aplicando a la vida las lecciones de la escalada. Escalar no es más que renunciar una y otra vez a la seguridad de quedarse quieto. Alcanzas cierto confort, tu cuerpo grita desesperadamente por permanecer ahí, y tu mente tiene que obligarle a moverse. Ahora quiero vivir más grado. Y creo que sólo lo lograré si supero el miedo y aprendo de una vez que hacerse fuerte consiste en necesitar cada vez menos apoyo para seguir subiendo.
domingo, 28 de octubre de 2012
Yo no soy feliz, soy objetiva
La escalada es tan guay.
Para qué me voy a pasar un post entero explicando mi domingo si todo se resume en eso.
Podría contaros que ayer por la noche me llamó Juanjo, que es un valenciano zumbado y medio hippy que pasa de cualquier cosa que no vaya en vertical, y me dijo algo como "Marina, mañana esta gente se va a hacer la mariconada esa del senderismo, ¿tú quieres escalar?". Y yo: "claro que sí, dime hora". Que cuando hablé con los demás para ver si se apuntaban, todo el mundo decía que mejor no, que iban a estar las paredes mojadas. Que, aún así, ahí nos hemos plantado el Juanjo y yo en Benaocaz, a hora y media de Cádiz, con muesli en las mochilas y motivación en las cabezas.
Podría explicar que bueno, las cosas como son, había vías mojadas, pero también muchas secas, y que nos lo hemos tomado con humor cuando llegabas al que se supone que era el mejor agarre de la vía y te encontrabas con que se había convertido en una mini-piscina. Que estábamos solos en la zona y sólo se escuchaba el zumbido del viento, y que nos hemos reído sin parar casi todo el rato, porque Juanjo tiene un sentido del humor genial y absurdo y a mí para reírme nunca me ha faltado energía. Que, aunque a los dos nos dan miedo según qué cosas, nos hemos animado a escalar de primeros como si no hubiera mañana y hemos terminado, como dice él, "crocantis del todo".
Podría decir que me gusta el concepto compañeros de cordada, que consiste en que dos personas como Juanjo y yo, que seguramente en otro contexto ni nos habríamos saludado, podemos echar juntos el día y pasarlo de puta madre, y porque a la vuelta él iba poniéndome canciones punks en el coche con títulos como "Pasado de rosca" o "Ojeras farloperas" y yo conducía la Dobloneta con agujetas en la cara de tanto reírme.
Podría ponerme mística y trasladar el concepto de la escalada a la vida, porque si uno no se arriesga por miedo a la lluvia, al final no trepa un carajo y pasa el día en casa, entre el sofá y el escritorio, dejando que se deslice este domingo con una hora de más que nos regala el calendario una vez al año. Y que vale, llegas y hay vías mojadas, y te enmarronas, y se te escurre un pie porque has pisado una mancha de agua... pero también aprovechas lo seco, te ríes del cielo y te hartas de trepar. Así que igual puedes arriesgarte en la vida porque, total, de volverte siempre estás a tiempo, y en el camino hacia los lugares inciertos charlas, te ríes y escuchas música rara.
Pero todo se resume en que la escalada es tan guay...
Feliz lunes, pequeños.
Para qué me voy a pasar un post entero explicando mi domingo si todo se resume en eso.
Podría contaros que ayer por la noche me llamó Juanjo, que es un valenciano zumbado y medio hippy que pasa de cualquier cosa que no vaya en vertical, y me dijo algo como "Marina, mañana esta gente se va a hacer la mariconada esa del senderismo, ¿tú quieres escalar?". Y yo: "claro que sí, dime hora". Que cuando hablé con los demás para ver si se apuntaban, todo el mundo decía que mejor no, que iban a estar las paredes mojadas. Que, aún así, ahí nos hemos plantado el Juanjo y yo en Benaocaz, a hora y media de Cádiz, con muesli en las mochilas y motivación en las cabezas.
Podría explicar que bueno, las cosas como son, había vías mojadas, pero también muchas secas, y que nos lo hemos tomado con humor cuando llegabas al que se supone que era el mejor agarre de la vía y te encontrabas con que se había convertido en una mini-piscina. Que estábamos solos en la zona y sólo se escuchaba el zumbido del viento, y que nos hemos reído sin parar casi todo el rato, porque Juanjo tiene un sentido del humor genial y absurdo y a mí para reírme nunca me ha faltado energía. Que, aunque a los dos nos dan miedo según qué cosas, nos hemos animado a escalar de primeros como si no hubiera mañana y hemos terminado, como dice él, "crocantis del todo".
Podría decir que me gusta el concepto compañeros de cordada, que consiste en que dos personas como Juanjo y yo, que seguramente en otro contexto ni nos habríamos saludado, podemos echar juntos el día y pasarlo de puta madre, y porque a la vuelta él iba poniéndome canciones punks en el coche con títulos como "Pasado de rosca" o "Ojeras farloperas" y yo conducía la Dobloneta con agujetas en la cara de tanto reírme.
Podría ponerme mística y trasladar el concepto de la escalada a la vida, porque si uno no se arriesga por miedo a la lluvia, al final no trepa un carajo y pasa el día en casa, entre el sofá y el escritorio, dejando que se deslice este domingo con una hora de más que nos regala el calendario una vez al año. Y que vale, llegas y hay vías mojadas, y te enmarronas, y se te escurre un pie porque has pisado una mancha de agua... pero también aprovechas lo seco, te ríes del cielo y te hartas de trepar. Así que igual puedes arriesgarte en la vida porque, total, de volverte siempre estás a tiempo, y en el camino hacia los lugares inciertos charlas, te ríes y escuchas música rara.
Pero todo se resume en que la escalada es tan guay...
Feliz lunes, pequeños.
domingo, 23 de septiembre de 2012
Seguir
A no ser que quieras suicidarte, la única opción que te deja la vida es seguir. El otro día estuve a punto de comprarme un libro (cuyo nombre, por cierto, no recuerdo) sólo porque la primera frase me pareció buenísima. Algo así como: "Es muy simple el trabajo del corazón. Late un día detrás de otro hasta que, al final, se para". En eso se resume todo: tenemos que seguir y seguir hasta que al final nos paremos.
Escribiendo, digo yo, es más o menos lo mismo. Seguir es la única opción que nos queda. He llevado a cabo algunos actos de desbloqueo importante este fin de semana. He comido helado de chocolate con cookies, mandando al carajo el Whole30 en un muy honroso día 19. Lo he hecho no porque me haya superado la tentación, sino en un deliberado acto a favor de no volverme loca pensando que vivía una vida muy triste y sin dulzura. Definitivamente: lo estricto no va conmigo.
También he intentado escalar el Mosaico dos veces. Me encantan esas vías: Mosaico y su hermanita, No es broma, que ya encadené el año pasado con sangre, sudor y lágrimas. Inciso para decir que últimamente, cuando escribo sobre escalada, me imagino al señor Rorschach saltándose los párrafos sin pudor. El Mosaico es una vía de lo que se denomina continuidad, es decir: aguantar el tiempo máximo subiendo antes de que tus antebrazos se congestionen tanto que no puedas sostener el agarre. Los antebrazos se "petan" porque la hinchazón no deja que la sangre retorne bien, o algo parecido, y lo cierto es que al final se te caen las manos de la pared como si las tuvieras tontas. Son vías que te colocan al límite de tus fuerzas, te obligan a respirar hondo, a ser valiente, a arriesgar y a gruñir, te hacen sentirte mortalmente viva y vibrante mientras tu compañero de cordada está abajo gritándote "venga, tía, venga, que tú puedes". Después he pasado ochenta y cinco kilómetros descojonándome casi sin parar en el coche con mis amigos. La vida, algunos sábados por la tarde-noche, puede ser maravillosa.
Hoy he comido en un tailandés tallarines con cacahuetes y escrito dos mails largos e importantes. He meditado los primeros veintitrés minutos que recuerdo en los últimos ocho meses. He traído la bicicleta de casa de mi tía y acabo de volver de dar un paseo corto por el carril bici de San Fernando. Mientras rodaba me he acordado de Anxo y de sus metáforas al inconsciente: montar en bicicleta, además de ser divertido, relajante, cardioprotector y mil historias, le dice a tu cerebro que te sigues moviendo. Me han venido a la mente todos los recuerdos relacionados con bicicletas que tengo. Cuando cogí una bici con J. después de un montón de años porque él me dijo: Marina, las bicicletas son la felicidad. Cómo iba él delante, ágil y espabilado, subiendo los bordillos con un elegante salto, y yo detrás, temblorosa y perdiendo el equilibrio, parándome frente a las aceras para superar los desniveles con paso torpe. Cuando me lleve la bicicleta a Granada y me iba a casa de MQEN y mi amigo A., el que no me habla, a ver películas en su salón grande y oscuro, y volvía a través de las calles heladas un martes o un miércoles cualquiera a medianoche sintiéndome tan total y absolutamente libre que tenía ganas de cantar.
Es curioso, porque el último recuerdo que ha llegado a mi mente es en realidad el primero en orden cronológico. Es mi familia saliendo en bicicleta de paseo los domingos, durante una breve época que seguramente marcó nuestro apogeo como núcleo socioafectivo. Nos levantábamos, desayunábamos y salíamos hacia desde nuestra casa en el Palo hasta el Club Mediterráneo, en el otro extremo de Málaga. Quedábamos con otras familias amigas de camino e íbamos todos en línea como una comitiva feliz y bucólica de peli americana. La bici de mi padre era negra, la de mi madre rosa, la de mi hermano azul y la mía morada. Uno miraba las cuatro bicis con los cuatro colores y tenía la sensación de que todo iba bien, de que las cosas ocupaban su lugar en el universo. Y mientras pedaleaba detrás de la comitiva larguísima de bicis y niños y padres y quizá algún perro, me sentía parte de algo bueno y sano. No sé si aquellas excursiones duraron mucho, porque seguro que perdimos el hábito pronto, pero mientras duraron fueron bonitas.
Seguir es la única respuesta. Me han escrito algunos lectores en estos días dándome consejos, apoyo e ideas. Nombres de páginas webs con listas de temas (¡gracias, Silvia!), recomendaciones acerca de cambiar las rutinas (¡gracias, Pilar!), sabias palabras con experiencia y ya algo de oficio en esto del escribir (¡gracias, Enzo!). Pero al final es lo que nos queda: seguir, seguir adelante, seguir rodando, escribir más, escribir mejor, empezar antes, no llegar tan cansada, meter de una puta vez la moleskine* en el bolso, rebuscar ideas, pensar más alto, soñar más fuerte y seguir, seguir, seguir. No hay otra respuesta. No hay otro refugio.
Así que aquí estoy. Por si alguien se lo había temido: no voy a dejar el blog, NUNCA voy a dejar el blog. Si lo dejo algún día será más bien algo orgánico, algo como que los post se irán espaciando y quizá me haya quedado embarazada de mi novio californiano alto, escalador, meditador y de ojos verdes llamado Adam (o Alan), y sencillamente el blog deje de respirar. Pero no voy a dejarlo voluntariamente porque no es su naturaleza y, sobre todo, porque no puedo.
Resumiendo: que por aquí habrá Marina durante mucho más tiempo. Como si alguien se hubiera creído lo contrario.
Os quiero. Que tengáis un muy feliz lunes.
*Lo siento, Míchel.
Escribiendo, digo yo, es más o menos lo mismo. Seguir es la única opción que nos queda. He llevado a cabo algunos actos de desbloqueo importante este fin de semana. He comido helado de chocolate con cookies, mandando al carajo el Whole30 en un muy honroso día 19. Lo he hecho no porque me haya superado la tentación, sino en un deliberado acto a favor de no volverme loca pensando que vivía una vida muy triste y sin dulzura. Definitivamente: lo estricto no va conmigo.
También he intentado escalar el Mosaico dos veces. Me encantan esas vías: Mosaico y su hermanita, No es broma, que ya encadené el año pasado con sangre, sudor y lágrimas. Inciso para decir que últimamente, cuando escribo sobre escalada, me imagino al señor Rorschach saltándose los párrafos sin pudor. El Mosaico es una vía de lo que se denomina continuidad, es decir: aguantar el tiempo máximo subiendo antes de que tus antebrazos se congestionen tanto que no puedas sostener el agarre. Los antebrazos se "petan" porque la hinchazón no deja que la sangre retorne bien, o algo parecido, y lo cierto es que al final se te caen las manos de la pared como si las tuvieras tontas. Son vías que te colocan al límite de tus fuerzas, te obligan a respirar hondo, a ser valiente, a arriesgar y a gruñir, te hacen sentirte mortalmente viva y vibrante mientras tu compañero de cordada está abajo gritándote "venga, tía, venga, que tú puedes". Después he pasado ochenta y cinco kilómetros descojonándome casi sin parar en el coche con mis amigos. La vida, algunos sábados por la tarde-noche, puede ser maravillosa.
Hoy he comido en un tailandés tallarines con cacahuetes y escrito dos mails largos e importantes. He meditado los primeros veintitrés minutos que recuerdo en los últimos ocho meses. He traído la bicicleta de casa de mi tía y acabo de volver de dar un paseo corto por el carril bici de San Fernando. Mientras rodaba me he acordado de Anxo y de sus metáforas al inconsciente: montar en bicicleta, además de ser divertido, relajante, cardioprotector y mil historias, le dice a tu cerebro que te sigues moviendo. Me han venido a la mente todos los recuerdos relacionados con bicicletas que tengo. Cuando cogí una bici con J. después de un montón de años porque él me dijo: Marina, las bicicletas son la felicidad. Cómo iba él delante, ágil y espabilado, subiendo los bordillos con un elegante salto, y yo detrás, temblorosa y perdiendo el equilibrio, parándome frente a las aceras para superar los desniveles con paso torpe. Cuando me lleve la bicicleta a Granada y me iba a casa de MQEN y mi amigo A., el que no me habla, a ver películas en su salón grande y oscuro, y volvía a través de las calles heladas un martes o un miércoles cualquiera a medianoche sintiéndome tan total y absolutamente libre que tenía ganas de cantar.
Es curioso, porque el último recuerdo que ha llegado a mi mente es en realidad el primero en orden cronológico. Es mi familia saliendo en bicicleta de paseo los domingos, durante una breve época que seguramente marcó nuestro apogeo como núcleo socioafectivo. Nos levantábamos, desayunábamos y salíamos hacia desde nuestra casa en el Palo hasta el Club Mediterráneo, en el otro extremo de Málaga. Quedábamos con otras familias amigas de camino e íbamos todos en línea como una comitiva feliz y bucólica de peli americana. La bici de mi padre era negra, la de mi madre rosa, la de mi hermano azul y la mía morada. Uno miraba las cuatro bicis con los cuatro colores y tenía la sensación de que todo iba bien, de que las cosas ocupaban su lugar en el universo. Y mientras pedaleaba detrás de la comitiva larguísima de bicis y niños y padres y quizá algún perro, me sentía parte de algo bueno y sano. No sé si aquellas excursiones duraron mucho, porque seguro que perdimos el hábito pronto, pero mientras duraron fueron bonitas.
Seguir es la única respuesta. Me han escrito algunos lectores en estos días dándome consejos, apoyo e ideas. Nombres de páginas webs con listas de temas (¡gracias, Silvia!), recomendaciones acerca de cambiar las rutinas (¡gracias, Pilar!), sabias palabras con experiencia y ya algo de oficio en esto del escribir (¡gracias, Enzo!). Pero al final es lo que nos queda: seguir, seguir adelante, seguir rodando, escribir más, escribir mejor, empezar antes, no llegar tan cansada, meter de una puta vez la moleskine* en el bolso, rebuscar ideas, pensar más alto, soñar más fuerte y seguir, seguir, seguir. No hay otra respuesta. No hay otro refugio.
Así que aquí estoy. Por si alguien se lo había temido: no voy a dejar el blog, NUNCA voy a dejar el blog. Si lo dejo algún día será más bien algo orgánico, algo como que los post se irán espaciando y quizá me haya quedado embarazada de mi novio californiano alto, escalador, meditador y de ojos verdes llamado Adam (o Alan), y sencillamente el blog deje de respirar. Pero no voy a dejarlo voluntariamente porque no es su naturaleza y, sobre todo, porque no puedo.
Resumiendo: que por aquí habrá Marina durante mucho más tiempo. Como si alguien se hubiera creído lo contrario.
Os quiero. Que tengáis un muy feliz lunes.
*Lo siento, Míchel.
jueves, 30 de agosto de 2012
SSHP 8: Asturies, qué guapina que yes (o algo así dice por aquí la gente)
Estoy en el aparcamiento del campo del Sporting. Verídico. ¿No querías bucolismo y naturaleza, Marina?
Hale, pues aquí te hayas, a las afueras de un estadio por donde
pasan tres coches cada dos segundos. Yo habría buscado algo más
apartado, pero Joaquín el asturiano me ha traído aquí, y cualquiera le dice que
no a Joaquín. Es un profesor de educación física verborreico e hiperactivo que tiene
todas las papeletas para ganarse el título al mayor personaje del
SSHP, y mira que hay competencia. Lo confirmaré cuando haya pasado
más tiempo con él.
Esta mañana he salido de Polientes
después de desayunar. Al levantarme he pillado a Carlos haciéndome
un dibujo de despedida como Couchsurfer. “Menos mal que te has
despertado”, me ha dicho, “porque después del dibujo no sabía
qué poner”. Salgo de la aldea en dirección a la costa cantábrica
con la nostalgia renovada. Polientes ha sido una parada muy interesante: un curioso oasis friki en la Cantabria profunda.
El dibujito de Carlos. ¿No es genial?
A partir de Reinosa, el Norte parece
haber dicho “aquí estoy yo” y lo ha llenado todo de niebla.
Estoy encantada a pesar de no ver un carajo, y conduzco con música
siniestra por la autovía de la costa. Paro al llegar a San Vicente
de la Barquera porque lo veo muy bonito y porque me apetece comerme
uno de los sobaos que, hoy ya por fin, he podido comprar en una
tienda del pueblo.
La playa de San Vicente es pequeña y
está casi vacía. Me acerco a la orilla sobao en mano a mirar a los
surferos. Lo del surf me intriga. En una escala de deportes que me
apetecen, donde el diez es escalar y el uno es el curling, el surf no
creo que supere el tres. Por una parte tengo prejuicios hacia los
surferos y surferas de largos y rubios cabellos que se pasean por la
playa con su tabla y su neopreno, mirándonos a los demás por encima
del hombro. Por otra parte los surferos dan como mucha lástima. Ahí
de pie mirando las olas y esperando a que venga alguna buena. He
estado un montón de rato en la playa y he visto coger tres olas a
sendos surferos, verídico; todos los demás se han limitado a
esperar.
Bueno, ya vale, que en realidad
tampoco tengo nada en contra del surf. Muy probablemente mis mayores
problemas sean que soy a) friolera, b) torpe, c) friolera. El caso es
que cuando me harto de mirar gente parada en medio del agua, me tumbo
boca arriba a reflexionar sobre la playa norteña. Yo no sé si será
la acústica, pero juro por Dios que hasta las olas hacen menos ruido
que en el sur. Es todo como nostálgico, como si el verano ya hubiera
pasado antes de terminar y tú estuvieras poniéndote morriñosa de
antemano. Las conversaciones son sosegadas. La gente lee con las
camisetas puestas en sus sillas caleteras, o como le llamen aquí a
las sillas de playa (¿Concheras? Por La Concha. Es un chiste, lo
juro).
Me levanto pronto, porque toda esta
tristura de playa norteña me está dando pereza. Que soy de Cádiz y
mucho se lo van a tener que currar en el ámbito marítimo para impresionarme. No
tengo plan para trepar esta tarde, así que decido tirar para Cangas
de Onís, un poco porque sí y otro poco porque me apetece acercarme
a los Picos. Y cuando, efectivamente, veo asomar el macizo a mi
izquierda, me sobrecoge como cada vez que lo he visto. Qué brutal.
Es de estas bellezas que olvidas de una vez para otra. Conduzco hacia Cangas poseída por
los doscientos cincuenta tonos de verde que tiene el campo.
Pero-cómo-puede-esto-ser-tan-bonito, repito una y otra vez,
atontada.
Almuerzo ensalada de garbanzos en un
área de descanso cercana a Cangas mientras leo en mi Kindle. No
tengo muy claro el plan de la tarde, así que decido tirar haciá
Gijón y ya veré qué hago allí. Entonces me llega un whassapp de
Pablo, otro contacto asturiano de escalada, que va a trepar cerca de
Oviedo con su novia. Estoy a punto de decirle que no, que mejor lo
dejamos, porque mientras llego a Oviedo y demás se me va a hacer muy
tarde, pero luego recuerdo mi espíritu SSHP de decir sí a la vida y
aceptar lo que me ofrece, y recuerdo también que tengo un montón de
ganas de escalar, así que voy para allá.
Pablo y Jenna son una de estas parejas
que te hacen pensar: vale, os habéis encontrado el uno al otro,
menos mal, porque sois lindísimos de principio a fin los dos, así
que hacedme el favor de no separaros nunca, seguid siendo así de
lindos y demostrad que hay gente buena y criad a miles de chiquillos
lindísimos. De verdad: Pablo y Jenna son amor incluso para los
estándares del SSHP, que ya están altos. Hay muchas formas
distintas de escalar con alguien, y ellos son compañeros capaces de
hacerte sentir segura, confiada, relajada y con ganas. Trepamos un
poco hasta que se va la luz mientras yo alucino con el paisaje y
ellos insisten en que esto es lo más feo que me voy a encontrar en
Asturias.
Volvemos a Gijón y tomamos algo en el
paseo. De verdad que son lindos estos dos. Qué gente más
simpatiquísima. Me han ofrecido volver a trepar el viernes y
presentarme a sus colegas si no encuentro gente para escalar el
sábado. Viva y bravo.
Cuando se marchan Pablo y Jenna llega
Joaquín, que parece el conejito Duracell puesto de anfetas. Ya ha
planificado el día de mañana, y sólo he sacado en claro que a)
vamos a Cabrales, b) vendrá a despertarme a la furgo tempranito para
que nos cunda el día y c) va a traer café. Joaquín es gracioso de
verdad. No le entiendo un carajo con el acento asturiano, pero parece
entusiasta.
Ahora me voy a dormir, confiando en
que el parking del Sporting no sea digamos el punto de reunión entre
los camellos y las putas de Gijón. Pero tranquilidad, que hay muchas
furgos y caravanas por aquí cerca y confío razonablemente en no
morir. De hecho, me preocupa bastante más trepar con Joaquín mañana
que dormir aquí esta noche.
Hasta mañana, queridos lectores, y
gracias por acompañarme de forma virtual en este viaje al que, por
desgracia, ya le va quedando menos (muero de la pena).
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Escalar,
Escapadas,
Furgoneteo,
Summer Steinbeck-Hill Project
jueves, 16 de agosto de 2012
Almería
Ya la cosa sí se va pareciendo a unas vacaciones ;)
(Y no, Silvia, me temo que todavía no he olido el Cabo de Gata... esto de la escalada me lo voy a tener que hacer mirar)
domingo, 24 de junio de 2012
Lista para arder
Estoy sentada en el salón de Villa Fanática, para variar. El Kpot anda por Grazalema y yo intento hacerme una manicura decente cuando aún tengo mugre incrustada en lo más profundo de las yemas de mis dedos. ¿Cómo pasa uno el día más largo del año? Trepando, obvio.
(Resumen de la entrada: unos cuantos párrafos sobre escalar así, sin miramientos, y después cambio de tema. Los no trepantes os podéis saltar lo primero).
No sé si ya he escrito esto o sólo lo he pensado, pero el día después del curso de escalada me levanté con la misma sensación que cuando te has acostado con alguien y no sabes si volverá a llamarte. Era como "qué genial es esto, ¿cómo me apaño para repetir?". En aquella época me sentía tan precaria en el mundo escalador que dejaba los pies de gato en medio del salón para recordarme que era real.
En mi libro de entrenamiento para la escalada (sí, tengo un libro de entrenamiento para la escalada) dice que el cuerpo necesita más o menos un año para adaptarse a las "tensiones específicas del deporte". Yo ya llevo un año trepando, así que en teoría mi cuerpo ha cambiado lo suficiente como para acostumbrarse a que le pida con frecuencia que luche contra la gravedad. Me lesionaré menos y me recuperaré antes. Seguirán saliéndome venas nuevas y misteriosas y quizá me sorprenda de vez en cuando al sacarme fotos con la luz adecuada.
Hoy vamos a San Bartolo, que es la escuela que nos queda más cerquita. Allí se escala en arenisca, una roca que te lima la piel de los dedos hasta dejártela en carne viva; por eso tengo hoy mugre subcutánea, pero por eso también la adherencia es tan buena que te quedas suspendido de agarres inverosímiles. Me siento fuerte y me motivan estas vías que piden equilibrio y elasticidad, y que son agradecidas para mujeres pequeñitas. Se me ocurre que la escalada es la demostración constante de que puedes hacer cosas que no te ves capaz de hacer. Cada paso es un acto de fe. Mi pie se quedará ahí clavado. El canto manchado de magnesio que veo desde aquí será bueno. Mi otra mano aguantará mientras paso la cuerda por el seguro.
A la vuelta paramos en Vejer para ver la primera parte del partido de España. Que a mí el fútbol me la chufla mortal, y este año en concreto, con la situación que atraviesa el país, lo de la Eurocopa me parece insultante y no la estoy viendo por motivos éticos. Pero hay consenso en la Roquipandi, así que aprovecho para tomarme un mollete calentito con aceite y jamón serrano y una coca cola. Qué buen color tenemos todos, pienso mirando a mis amigos. Qué bien vivimos. Mañana hay barbacoa en el campito del Jipi, así que nos despedimos acordando la hora a la que quedaremos para pasar el día tumbados a la bartola en la piscina, bebiendo sangría y comiendo subproductos cárnicos altamente cancerígenos. Qué buen rollo.
Mientras cruzo el puente de Carranza de camino a Villa Fanática, abro las ventanas y canto esta canción, que siempre me ha sonado a verano contento. Luego recuerdo que es San Juan, pero no tengo ningún tipo de ganas de acercarme a la playa a ver las hogueras. Es una pena, porque es el primer y seguramente último San Juan en un tiempo que no me pilla de exámenes o con curro al día siguiente. El primer año de PIR estuve en la Caleta con mis compañeros. Mirábamos los fuegos artificiales y comíamos regaliz sentados en la baranda de piedra. Las cosas ya me iban bien entonces y todavía van mejor ahora.
Llego a Villa Fanática pensando en el olvido. El olvido, como el humor, es uno de esos fenómenos cerebrales que me intrigan. Porque supongo que uno no olvida: no me creo que la información simplemente desaparezca. Se sabe que si estimulamos con una corriente electromagnética ciertas áreas del cerebro, podemos recordar información que creíamos que habíamos olvidado. El cerebro simplemente archiva, reprime y reconecta.
Desde el punto de vista emocional, creo que uno olvida cuando deja de reconocer al otro como algo suyo. Qué triste esta vida egocéntrica nuestra, en la que nuestra relación con los demás tiene que ver en un noventa y mucho por ciento con nosotros mismos. Lo que nos cuesta ver al otro como ente independiente en lugar de encajarle en nuestras expectativas. Y de repente sucede: el otro se desgaja despacito de nuestras vidas, como en esas imágenes de microscopio donde una célula se divide en dos, y casi te parece escuchar el "plop" cuando por fin se separa. Le devuelves su entidad, le liberas y le dejas marchar. Renuncias a todo lo que pusiste una vez sobre sus hombros; pobrecillo, él no tenía por qué asumir esa carga. Lo haces involuntariamente. Ojalá se pudiera olvidar a propósito. Pero por la razón que sea: por el paso del tiempo, las nuevas experiencias o por puro hastío, tu cerebro ya ha unido unas neuronas con otras de forma diferente y a ti, por gracia o por desgracia, ya no te duele.
Llego a mi casa, preparo algo de cena, hago unas últimas dominadas en la barra que tenemos colgada frente a la cocina. Después de cenar pienso otra vez que esta noche es San Juan, y que cuando tenía catorce, quince o dieciséis años siempre le daba a esa noche una cualidad mágica. Buscaba conjuros en la Super Pop y me lavaba la cara en la orilla del mar para estar más guapa. Cerraba fuerte los ojos y pensaba en todo lo que quería que fuera aquel verano: en la de risas y amor que podían caberle. Después saltaba la hoguera y quemaba en ella lo que ya no me servía.
Hoy no estoy en la playa, aunque el aire huela a mar todo el rato, pero sí que hay cosas que no me sirven, así que a las doce en punto doy una vuelta por la casa y las recolecto. Cojo una ensaladera, convierto el papel en pelotitas y le prendo fuego en el fregadero con uno de los mecheros precarios que guarda el Kpot junto al televisor. Cuando la cosa está más interesante y las hojitas llamean como fieras, me asusto un montón pensando que igual entra corriente y salgo ardiendo como una capulla y abro el grifo del fregadero. El papel sisea y se apaga rápido, y algunas hojas sobreviven en la parte inferior. Me da rabia: yo habría querido consumirlo todo, pero digo yo que al final siempre nos queda algún resto. Cuando la ensaladera se enfría, tiro el contenido por la taza del váter, lo observo desaparecer y pienso: mira qué bien. Qué sencillo. Ojalá fuera siempre así.
A partir de ahora los días empezarán a ser cada vez más cortos, pero al principio no nos daremos cuenta. No será hasta que cambien la hora y la Roquipandi y yo tengamos que madrugar otra vez para escalar los fines de semana cuando realmente echaremos de menos estos días larguísimos de círculo polar. Me siento a escribir ciertamente esperanzada mientras entra el aire cálido por la ventana del salón. La verdad: los conjuros de San Juan nunca me han fallado. Y aunque lo malo del olvido involuntario sea precisamente eso, que es involuntario, lo bueno es que cuando sucede es incluso más fácil que arrojar los recuerdos que no sirven por la taza del váter.
(Resumen de la entrada: unos cuantos párrafos sobre escalar así, sin miramientos, y después cambio de tema. Los no trepantes os podéis saltar lo primero).
No sé si ya he escrito esto o sólo lo he pensado, pero el día después del curso de escalada me levanté con la misma sensación que cuando te has acostado con alguien y no sabes si volverá a llamarte. Era como "qué genial es esto, ¿cómo me apaño para repetir?". En aquella época me sentía tan precaria en el mundo escalador que dejaba los pies de gato en medio del salón para recordarme que era real.
En mi libro de entrenamiento para la escalada (sí, tengo un libro de entrenamiento para la escalada) dice que el cuerpo necesita más o menos un año para adaptarse a las "tensiones específicas del deporte". Yo ya llevo un año trepando, así que en teoría mi cuerpo ha cambiado lo suficiente como para acostumbrarse a que le pida con frecuencia que luche contra la gravedad. Me lesionaré menos y me recuperaré antes. Seguirán saliéndome venas nuevas y misteriosas y quizá me sorprenda de vez en cuando al sacarme fotos con la luz adecuada.
Hoy vamos a San Bartolo, que es la escuela que nos queda más cerquita. Allí se escala en arenisca, una roca que te lima la piel de los dedos hasta dejártela en carne viva; por eso tengo hoy mugre subcutánea, pero por eso también la adherencia es tan buena que te quedas suspendido de agarres inverosímiles. Me siento fuerte y me motivan estas vías que piden equilibrio y elasticidad, y que son agradecidas para mujeres pequeñitas. Se me ocurre que la escalada es la demostración constante de que puedes hacer cosas que no te ves capaz de hacer. Cada paso es un acto de fe. Mi pie se quedará ahí clavado. El canto manchado de magnesio que veo desde aquí será bueno. Mi otra mano aguantará mientras paso la cuerda por el seguro.
A la vuelta paramos en Vejer para ver la primera parte del partido de España. Que a mí el fútbol me la chufla mortal, y este año en concreto, con la situación que atraviesa el país, lo de la Eurocopa me parece insultante y no la estoy viendo por motivos éticos. Pero hay consenso en la Roquipandi, así que aprovecho para tomarme un mollete calentito con aceite y jamón serrano y una coca cola. Qué buen color tenemos todos, pienso mirando a mis amigos. Qué bien vivimos. Mañana hay barbacoa en el campito del Jipi, así que nos despedimos acordando la hora a la que quedaremos para pasar el día tumbados a la bartola en la piscina, bebiendo sangría y comiendo subproductos cárnicos altamente cancerígenos. Qué buen rollo.
Mientras cruzo el puente de Carranza de camino a Villa Fanática, abro las ventanas y canto esta canción, que siempre me ha sonado a verano contento. Luego recuerdo que es San Juan, pero no tengo ningún tipo de ganas de acercarme a la playa a ver las hogueras. Es una pena, porque es el primer y seguramente último San Juan en un tiempo que no me pilla de exámenes o con curro al día siguiente. El primer año de PIR estuve en la Caleta con mis compañeros. Mirábamos los fuegos artificiales y comíamos regaliz sentados en la baranda de piedra. Las cosas ya me iban bien entonces y todavía van mejor ahora.
Llego a Villa Fanática pensando en el olvido. El olvido, como el humor, es uno de esos fenómenos cerebrales que me intrigan. Porque supongo que uno no olvida: no me creo que la información simplemente desaparezca. Se sabe que si estimulamos con una corriente electromagnética ciertas áreas del cerebro, podemos recordar información que creíamos que habíamos olvidado. El cerebro simplemente archiva, reprime y reconecta.
Desde el punto de vista emocional, creo que uno olvida cuando deja de reconocer al otro como algo suyo. Qué triste esta vida egocéntrica nuestra, en la que nuestra relación con los demás tiene que ver en un noventa y mucho por ciento con nosotros mismos. Lo que nos cuesta ver al otro como ente independiente en lugar de encajarle en nuestras expectativas. Y de repente sucede: el otro se desgaja despacito de nuestras vidas, como en esas imágenes de microscopio donde una célula se divide en dos, y casi te parece escuchar el "plop" cuando por fin se separa. Le devuelves su entidad, le liberas y le dejas marchar. Renuncias a todo lo que pusiste una vez sobre sus hombros; pobrecillo, él no tenía por qué asumir esa carga. Lo haces involuntariamente. Ojalá se pudiera olvidar a propósito. Pero por la razón que sea: por el paso del tiempo, las nuevas experiencias o por puro hastío, tu cerebro ya ha unido unas neuronas con otras de forma diferente y a ti, por gracia o por desgracia, ya no te duele.
Llego a mi casa, preparo algo de cena, hago unas últimas dominadas en la barra que tenemos colgada frente a la cocina. Después de cenar pienso otra vez que esta noche es San Juan, y que cuando tenía catorce, quince o dieciséis años siempre le daba a esa noche una cualidad mágica. Buscaba conjuros en la Super Pop y me lavaba la cara en la orilla del mar para estar más guapa. Cerraba fuerte los ojos y pensaba en todo lo que quería que fuera aquel verano: en la de risas y amor que podían caberle. Después saltaba la hoguera y quemaba en ella lo que ya no me servía.
Hoy no estoy en la playa, aunque el aire huela a mar todo el rato, pero sí que hay cosas que no me sirven, así que a las doce en punto doy una vuelta por la casa y las recolecto. Cojo una ensaladera, convierto el papel en pelotitas y le prendo fuego en el fregadero con uno de los mecheros precarios que guarda el Kpot junto al televisor. Cuando la cosa está más interesante y las hojitas llamean como fieras, me asusto un montón pensando que igual entra corriente y salgo ardiendo como una capulla y abro el grifo del fregadero. El papel sisea y se apaga rápido, y algunas hojas sobreviven en la parte inferior. Me da rabia: yo habría querido consumirlo todo, pero digo yo que al final siempre nos queda algún resto. Cuando la ensaladera se enfría, tiro el contenido por la taza del váter, lo observo desaparecer y pienso: mira qué bien. Qué sencillo. Ojalá fuera siempre así.
A partir de ahora los días empezarán a ser cada vez más cortos, pero al principio no nos daremos cuenta. No será hasta que cambien la hora y la Roquipandi y yo tengamos que madrugar otra vez para escalar los fines de semana cuando realmente echaremos de menos estos días larguísimos de círculo polar. Me siento a escribir ciertamente esperanzada mientras entra el aire cálido por la ventana del salón. La verdad: los conjuros de San Juan nunca me han fallado. Y aunque lo malo del olvido involuntario sea precisamente eso, que es involuntario, lo bueno es que cuando sucede es incluso más fácil que arrojar los recuerdos que no sirven por la taza del váter.
jueves, 21 de junio de 2012
Recuerda
Me estoy reconciliando poco a poco con mi nueva rotación, pero lo que todavía no supero es tener que pasar todas las mañanas por delante del tanatorio. Que voy caminando despacio con la fresquita matutina, taconeando contenta entre los pinares que rodean el hospital, y de repente me encuentro con un coche fúnebre o con una familia que llora desconsolada. Menos mal que he encontrado una ruta alternativa que atraviesa la cafetería del hospital, así que dependiendo de mi estado de ánimo elijo una u otra. La ruta de la vida o la de la muerte.
Una vez superado el primer impacto, sin embargo, pasar por el tanatorio tiene algo de lección existencial. De memento mori matutino suspendido sobre mi cabeza. Ahí vas a acabar, Marina, me repito, así que disfruta del día de hoy. De tener un trabajo al que ir y de este poniente fresco entre los pinos; de la forma en que los pacientes te dan los buenos días y de cómo en general con ellos puedes reírte, conmoverte y también tener muchas ganas de mandar a alguno al carajo.
Ayer por la tarde estuvimos trepando en Bolonia. Curioso, porque después descubrí que justo hacía un año desde que empecé a escalar. Hace un año tenía las peores agujetas de mi vida después de pelear en San Anton con una vía de cuyo grado no puedo acordarme. Nadie daba un duro por mí trepando y lo sé, porque soy de las que se entusiasma rápido y después deja las cosas. Sin embargo aquí estoy, un año después, escapándome de la ciudad en la tarde de un martes para tocar roca un rato.
La escalada también es un recordatorio de la muerte y la fragilidad física. Mientras dudo antes de hacer un paso con la chapa anterior a un metro de mis pies, me repito lo que dice siempre mi colega Pablo. Recuerda cuando estás abajo y quieres estar arriba y vive este momento con toda su intensidad. Memento mori. Al final hago el paso y no me caigo, y cuando me bajo y me acerco a la vía que hemos probado al principio de la tarde encuentro a una cordada de chicos a los que no conozco. Cambio tres palabras con el que está asegurando y oh-dios-mío-es-lindísimo. No super guapo, ni DDM, ni nada, sino rematada y sorprendentemente lindo tras cruzar con él dos frases y unas cuantas sonrisas. Me quedo un rato charlando, le miro escalar y luego pienso que paso de los hombres y me voy (y luego vuelvo, y no sé cómo encuentro un pretexto para darle mi Facebook, y cómo eres Marina hija que no tienes remedio).
Volvemos a casa contentos. Yo conduzco la Dobloneta con calma, Irene come una barrita de muesli en el asiento del copiloto y el Cabesa critica a los perros ajenos desde detrás. Y, de repente, en mitad de la carretera entre Tarifa y Vejer, vemos a un mastín gigante blanco y canela parado entre los carriles. Yo voy a noventa, y entre el momento en que mis faros alumbran al bicho y paso a su lado me da tiempo a muchas cosas. A pensar: no des un volantazo. A pensar: no pites. A pensar: no sé qué va a pasarte, perro, y lo siento mucho por ti esta noche en mitad de la carretera, pero ahora mismo, por favor, quédate quieto. Quédate donde estás y no te asustes para que mis amigos y yo podamos llegar sanos y salvos a Cádiz después de esta tarde trepadora. Suelto un "illoilloillooo" acojonado, me desvío un poco hacia el arcén y sigo hacia delante más despacio. Memento mori.
Se nos va pasando el susto, avisamos a la Guardia Civil, llegamos sanos y salvos a casa. Esto es la vida, digo yo. Rozar muchas veces la catástrofe hasta que no puedes eludirla más tiempo. No hay que ser siniestros, claro, ni morbosos todo el rato, pero no está mal acordarse de vez en cuando. Más que nada, para no dejar escapar los momentos bonitos. Para alegrarse de haber decidido trepar en vez de currar en la UCIP. Y para atrapar todas las sonrisas gratuitas y dulces que mi absurdo destino sentimental se digne mandarme.
Una vez superado el primer impacto, sin embargo, pasar por el tanatorio tiene algo de lección existencial. De memento mori matutino suspendido sobre mi cabeza. Ahí vas a acabar, Marina, me repito, así que disfruta del día de hoy. De tener un trabajo al que ir y de este poniente fresco entre los pinos; de la forma en que los pacientes te dan los buenos días y de cómo en general con ellos puedes reírte, conmoverte y también tener muchas ganas de mandar a alguno al carajo.
Ayer por la tarde estuvimos trepando en Bolonia. Curioso, porque después descubrí que justo hacía un año desde que empecé a escalar. Hace un año tenía las peores agujetas de mi vida después de pelear en San Anton con una vía de cuyo grado no puedo acordarme. Nadie daba un duro por mí trepando y lo sé, porque soy de las que se entusiasma rápido y después deja las cosas. Sin embargo aquí estoy, un año después, escapándome de la ciudad en la tarde de un martes para tocar roca un rato.
La escalada también es un recordatorio de la muerte y la fragilidad física. Mientras dudo antes de hacer un paso con la chapa anterior a un metro de mis pies, me repito lo que dice siempre mi colega Pablo. Recuerda cuando estás abajo y quieres estar arriba y vive este momento con toda su intensidad. Memento mori. Al final hago el paso y no me caigo, y cuando me bajo y me acerco a la vía que hemos probado al principio de la tarde encuentro a una cordada de chicos a los que no conozco. Cambio tres palabras con el que está asegurando y oh-dios-mío-es-lindísimo. No super guapo, ni DDM, ni nada, sino rematada y sorprendentemente lindo tras cruzar con él dos frases y unas cuantas sonrisas. Me quedo un rato charlando, le miro escalar y luego pienso que paso de los hombres y me voy (y luego vuelvo, y no sé cómo encuentro un pretexto para darle mi Facebook, y cómo eres Marina hija que no tienes remedio).
Volvemos a casa contentos. Yo conduzco la Dobloneta con calma, Irene come una barrita de muesli en el asiento del copiloto y el Cabesa critica a los perros ajenos desde detrás. Y, de repente, en mitad de la carretera entre Tarifa y Vejer, vemos a un mastín gigante blanco y canela parado entre los carriles. Yo voy a noventa, y entre el momento en que mis faros alumbran al bicho y paso a su lado me da tiempo a muchas cosas. A pensar: no des un volantazo. A pensar: no pites. A pensar: no sé qué va a pasarte, perro, y lo siento mucho por ti esta noche en mitad de la carretera, pero ahora mismo, por favor, quédate quieto. Quédate donde estás y no te asustes para que mis amigos y yo podamos llegar sanos y salvos a Cádiz después de esta tarde trepadora. Suelto un "illoilloillooo" acojonado, me desvío un poco hacia el arcén y sigo hacia delante más despacio. Memento mori.
Se nos va pasando el susto, avisamos a la Guardia Civil, llegamos sanos y salvos a casa. Esto es la vida, digo yo. Rozar muchas veces la catástrofe hasta que no puedes eludirla más tiempo. No hay que ser siniestros, claro, ni morbosos todo el rato, pero no está mal acordarse de vez en cuando. Más que nada, para no dejar escapar los momentos bonitos. Para alegrarse de haber decidido trepar en vez de currar en la UCIP. Y para atrapar todas las sonrisas gratuitas y dulces que mi absurdo destino sentimental se digne mandarme.
lunes, 4 de junio de 2012
Fuerte (II)
Qué vida ésta... tú ahí relajada, en la naturaleza...
se te está yendo un poco la mano con las dominadas.
A Dios pongo por testigo que es un efecto de luz y que no tengo esos brazos ni de broma... pero me ha hecho mucha gracia verme así.
PD: Estupendo estreno de la Dobloneta como lugar de pernoctación y como vehículo precario con el que atravesar las sierras andaluzas. Por cierto, conduzco bien, entendiendo bien como que sobrevivo :)
Mañana más.
lunes, 9 de abril de 2012
Marruecos (I)

Yo frente a la pared del Caiat, en pleno momento de desesperación escaladora después de tres días de lluvia
De pequeña las historias de miedo me daban mucho miedo. Mi imaginación siempre ha sido peor que la realidad, y veía con tanta claridad las imágenes que me contaban que me pasaba las noches de campamento sin poder dormir. Imaginaba a la Dama Blanca saliendo de las aguas del Sella cuando acampamos en Asturias, y a la Monja Petra arrastrando su cojera por un antiguo convento de la sierra de Málaga. Con diez años decidí que se me iba a quitar el miedo y me dedicaba a leer libros de terror y a pensar en las escenas por la noche hasta que perdían su poder.
Lo que quiero decir con todo esto es que yo no soy valiente. Soy cabezona. Y últimamente se me ha metido en el coco la idea de intentar vivir sin miedo. De pensar que todo va a ir más o menos bien y confiar en el proceso. En ese sentido, los viajes son una prueba, porque me aterra la falta de control que supone. Tú en un país extraño, en una cultura que puedes o no puedes entender, y el mundo entero esperando para lanzarte sus garras.
Supongo que uno va haciendo cosas en su vida a medida que se le van planteando. Por eso yo a los veintiuno me sentaba diez días en silencio a meditar e intentar mirarme la mente por dentro y ahora, con veintiséis, tengo ganas de salir a mirar el mundo. Este viaje he tenido la sensación de entender por fin el tema. Lo que significa estar en otro lugar y dejarse empapar por él. Miraba por la ventana de la furgo las calles de Tánger, las chicas saliendo del instituto con el pelo escondido bajo el hiyab, los niños jugando al fútbol en las plazas. Las mujeres de Chaouen caminando por la carretera, dobladas bajo los fardos de hierba; las furgonetas llenas de chicos que asomaban por las ventabas, se colgaban del techo y te gritaban cuando te veían escalar. La sensación tan extraña de pensar: aquí está esta gente, con su vida, sus sueños, sus problemas, existiendo lo mejor que pueden, y aquí estoy yo, tan pequeña y tan poco importante.
Escalar allí también ha sido una experiencia. Hemos trepado poco por la maldita-maldita lluvia, pero los dos días que nos ha prestado Alá han sido impresionantes. No sólo por las preciosas paredes, el paisaje, la calma, la experiencia de estar un día haciendo turismo en la ciudad y al siguiente escuchando el silencio desde la terraza del refugio. También por lo que supone ponerse el arnés, colgarse las cintas, agarrar tu cuerda y decir: "píllame ahí que voy a montar esa vía". Lo que quiere decir que te vas a enfrentar a una vía extraña en un país extraño en un continente extraño. Una vía que no has probado nunca ni tus amigos tampoco. Le vas a poner tus seguros, te vas a caer si es necesario y vas a apañártelas para terminarla, porque luego tienes que descolgarte, recoger tu material e irte a casa.

Montando "Rastafari", 6a+
La escalada como camino para sobreponerte al miedo. El primer día estaba trepando de primera en un 6a, que es más o menos el grado que puedo hacer con comodidad. El último seguro estaba justo después de un desplome con una repisa debajo que daba bastante miedo. El agarre era muy bueno, pero si se te iba había que considerar las posibilidades de darte un carajazo contra la repisa. En esos momentos... bueno, en esos momentos tienes que saber gestionar el riesgo. Ahí el miedo es un aviso. Oye, que esto no es cualquier cosa. Que te puedes hacer daño. Entonces tú evalúas tus fuerzas y las posibilidades que tienes de salir victorioso, tomas una decisión y tiras adelante.
Hice el paso, apreté, se me fue un pie. Me quedé colgando de un brazo; el izquierdo, concretamente. Aguanté, junté manos, apoyé el pie, chapé la reunión, terminé la vía. No tiene más importancia. Es un paso, y tampoco era tan difícil. Pero soy yo: veintiséis años de niña dando vueltas por la tierra, descendiendo de generaciones y generaciones de gente con miedo. Soy yo tapándome los oídos con nueve años para no escuchar las historias de miedo, soy yo imaginándome cómo se sentiría uno al estar boca abajo antes de subirme al Dragón Khan. Soy yo intentando desesperadamente confiar en que la vida va a ir como tiene que ir y en que mis brazos, concretamente el izquierdo, van a ser capaces de sostenerme. Que para eso entreno en el roco como una chalada. Sólo es un paso, pero es muy importante.

El paso en sí

Colocada para chapar con los ovarios de corbata
Así que me vengo contenta, contenta, contenta de Marruecos. Creo que he crecido. He podido ver un pedazo de planeta que desconocía. He podido confiar, conocer, atreverme, ensayar vías y ensayar vida. Pensaba en lo inusitadamente guay que es viajar para escalar y escalar en general. Ayer me desperté a las siete de la mañana en una tienda, justo delante de la pared del Caiat. El sol se asomaba por uno de los extremos del valle y había un silencio brutal. Miraba la furgo, la tienda, las figuras dormidas de mis amigos, mis manos arañadas y pensaba la de roca que hay en el mundo y bueno, la de mundo que hay en el mundo. Y me sentía, de verdad, me sentía como si me hubiera tocado la puta lotería. Así.
En fin. Lo voy a dejar aquí, porque vaya espesor para escribir el post, que llevo dos horas, la madre que me parió. Quizá mañana escriba más sobre el viaje; quizá no. Esto era lo que me pedía hoy el cuerpo.
Calavera no chilla
Acabo de llegar a mi casa. Estoy tan cansada que no tengo claro si sigo viva. Tengo un post de mil millones de páginas escrito en mi cabeza, pero tendrá que esperar a mañana. Resumiendo: muy muy muy muy muy muy bien. Los viajes de escalada son el futuro. Lloro por dentro por haber tenido que volver ya en lugar de poder quedarme allí otra semana trepando, bebiendo té con hierbabuena y comiendo cuscús.
Aun así, quería escribir unas palabras para desearos una feliz y poco traumática vuelta a la rutina. Pensad en mí durmiendo cinco horas antes de irme a escuchar locos a una Unidad que estará ovebooking después de las vacaciones. En este viaje he aprendido una expresión: calavera no chilla. Algo como que si te vas de fiesta una noche no te quejes a la mañana siguiente por tener sueño. Que te quiten lo bailado. Así que me voy a dormir entre el agotamiento y la risa, aprovechando para deciros desde aquí, calaveras de lunes, que no chilléis ante la pavorosa rutina si, como yo, habéis pasado los últimos días sonriendo desde la blancura de vuestros dientes de hueso.
martes, 3 de abril de 2012
Las pasiones son pasiones por algo
La gente es curiosa.
Todas las mañanas bajo a desayunar con los compañeros de la Unidad. Es como una coreografía bien aprendida: un adjunto paga (se van turnando) y un residente pide (también nos turnamos). Como el bar es medio self-service, hay que coger las cucharillas, platos, azúcar/miel/sacarina y relleno para las tostadas. Alguien va a por vasos de agua para todos. Nos sentamos siempre en la misma mesa. En ese contexto, yo he tenido el atrevimiento de ¡oh! variar cada cierto tiempo lo que pido para beber. Qué queréis que os diga. A veces me apetece una cosa y a veces otra. Allí todo el mundo tiene SU bebida, que es como su huella dactilar, y cuando decido atrevidamente cambiar mi menta poleo por un descafeinado de máquina, me miran con reprobación.
Otra cosa que pasa con los humanos es que frente a una oferta variada de estímulos más o menos reforzantes, tendemos a consumir una cantidad proporcional según el placer que nos producen, incluso aunque nos gusten más bien poco. Ejemplo: mesa de restaurante con raciones de jamón de pata negra, lomo ibérico, salchichón de Málaga y queso. Ordenados así en función de cuánto me gustan a mí, Marina. En lugar de cebarnos a jamón y pasar del queso, tenderemos a comer proporcionalmente de cada cosa, incluso si el queso nos la refanfinfla, como es mi caso desde que me pasé dos años de vegetariana comiendo queso en todos los restaurantes del mundo.
¿A qué viene esto? Pues a que estaba yo esta mañana sentada en la mesa bebiendo mi café subversivo y hablando del viaje de mañana. Y oye, es curioso, porque a la gente le parece bien que escales, pero le raya que sólo escales. El MIR (que es amor) y mi psicólogo adjunto, que también es muy majo, estaban empeñados en que yo, además de escalar, debería hacer algo más. Como senderismo. Y bueno, yo qué sé, qué queréis que os diga. El senderismo me gustaba bastante cuando no había probado la vertical. Ahora mismo se me hace un poco como el queso de los deportes de naturaleza.
Yo entiendo que sea difícil empatizar con mi entusiasmo escalador. Pero es que escalar es jamón de pata negra. No es nada aburrido. Es el antiaburrimiento. "Es que hay que hacer de todo", me dice el MIR. Y yo me pregunto ¿por qué? ¿quién ha dicho eso? Si algo te gusta, haz eso. Si te gusta y no haces daño a nadie, ¿por qué no aprovechar? ¿Por qué no profundizar y apasionarte con algo? Quién sabe; igual un día te escoñas y ya no puedes escalar, y entonces tendrás todo el tiempo del mundo para ir al cine, tomar cañitas e incluso hacer senderismo, líbreme el Señor. Es como si diera miedo la idea de que una persona pueda estar verdaderamente absorta o implicada en algo; como si al no compartir esa pasión, temiéramos quedarnos fuera.
Todo esto os lo cuento porque estoy ridículamente emocionada ante la perspectiva de irme de viaje escalador mañana. Claro que hay muchos tipos de viaje, igual que hay muchos tipos de vida, pero llega un momento en que uno tiene que elegir. Porque el tiempo en la tierra es limitado y tenemos suerte si encontramos algo que amamos de verdad. Y porque bueno, la operación bikini está en marcha, las lorzas amenazan y, la verdad, es tontería desperdiciar calorías con el aburrido queso teniendo al lado un buen plato de jamón de pata negra.
Si alguien me necesita en estos días, estaré aquí.

sábado, 17 de marzo de 2012
Intención
De todos los días que me siento a escribir aquí, los de después de la escalada son los que más me cuestan. No sólo porque están llenos de un cansancio real y casi doloroso, sino porque lo único que me cruza la cabeza es escalar y no me parece que tenga mucho sentido hablar de otras cosas, y después pienso que os aburro y me siento culpable, y al final lo mando todo al carajo y termino por hablar de escalada. Cáracter enfermizo, que diría el Kpot.
Hoy ha sido un día estupendo, con la Veredilla entera para dos cordadas. Hacía sol, pero el airecito fresco permitía trepar a gusto. Qué bien el cambio de tiempo, por cierto: dentro de una semana cambian la hora y vuelven los días largos. Ya puedo ir en moto sin el plumas y al mediodía me sobran los guantes. Cómo me gusta el sol, Señor, si es que me encanta. Cómo me gusta levantarme por las mañanas contando con el buen tiempo por defecto. El día 21 empezará la primavera y yo llevaré a cabo mi ritual de escuchar "La primavera trompetera" en bucle un montón de veces.
El otro día, no sé por qué, hablábamos de que escalar te lleva a un estado mental completamente primitivo. Lo que tú eres sale ahí arriba. El miedo que pasas es real e inmediato: lo único que quieres en este momento es agarrar un canto salvador y chapar la siguiente cinta, y todo lo demás: lo que piensas, lo que temes, lo que te importa... la crisis, la novela, tu ex... todo eso pasa a un segundo plano. De verdad, hay algo de viaje misterioso en el acto de amarrarse el nudo, ponerse los gatos y tirar hacia arriba. Estás solo. Tienes que tomar tus propias decisiones. Desde abajo te pueden echar un cable, pero son tus antebrazos los que tiran de tu cuerpo.
Yo últimamente intento trabajar mi intención y hacerla firme. Si uno observa cuidadosamente el estado que atraviesa la mente mientras escala, se da cuenta de que básicamente están la zona de confort y la de riesgo. Uno tiene que entrar en la de riesgo muchas veces a lo largo de una vía, por lo menos si hablamos de una que nos ofrezca un poco de desafío. No se trata sólo de riesgo amplio, entendido como estar lejos del seguro anterior y tener miedo de pegarse un vuelo. Se trata de que cada vez que apoyas un pie, tocas un agarre con la mano y traccionas hasta el siguiente, vives unos segundos de angustia breve que te pueden dejar bloqueado. Ya os dije que desde que me escoñé el tobillo voy con más miedo, y el miedo es justamente eso: que cuando estás en la zona de confort, en un buen reposo o justo después de chapar, cuesta reunir la energía para exponerse de nuevo.
Así que planteo una intención. Intento visualizar la secuencia. Calibro la posible caída. Después me digo: ahora tira y no te pares hasta que llegues o te caigas. Y de verdad, si no habéis escalado nunca no os podéis hacer una idea de lo difícil que es ser capaz de escalar hasta caerse, al menos al principio. Porque no te quieres caer: no quieres bajo ningún concepto, así que forzar tus límites hasta que tu cuerpo dice "hasta aquí hemos llegado", en lugar de pillarte cómodamente o destrepar hasta una repisa, es una decisión sólo apta para corazones samurais.
Os cuento todo esto porque si uno lo mira así no es tan rara esta enganchada que me ha dado con escalar. Como casi todas las cosas de la vida, si estamos muy muy atentos e intentamos permanecer conscientes nos enseña muchísimo de nosotros mismos. De nuestro miedo, nuestra debilidad; pero también nuestro valor, nuestra decisión. En días como hoy, con el suficiente silencio como para concentrarse y el aire fresco recorriendo los pasillos de roca, escalar no sólo es un deporte: es una manera intensa y reveladora de estar con uno mismo.
Y con esto considero que he cumplido y me dispongo a publicar y dormir, por ese orden.
domingo, 11 de marzo de 2012
Material de montaña (como si el post no fuera lo suficientemente friki, a mí no se me ocurre un título más atractivo)
He llegado a casa de finde escalador hace apenas una hora. Si hay algo que no me gusta de mí misma es que soy muy, muy, muy desordenada. Ojalá no lo fuera, de verdad, pero mantener el caos medio controlado me cuesta la misma vida. Así que cuando vuelvo de escalar los domingos, lo que hago normalmente es lo siguiente: lo tiro todo por el suelo de mi dormitorio, me ducho, me pongo a escribir/leer/comer/lo que sea, me acuesto y tardo en deshacer el equipaje toda la semana siguiente. Lo peor.
Así que hoy he decidido que no, que iba a deshacer las mochilas, echar la ropa a lavar, organizar el material y, en fin, convertirme en una persona mejor y más centrada. Por fin he comprado todo el material de escalada, que vaya ruina, por cierto, pero el caso es que ahora me quedo mirando mi cuerda de ochenta metros y mis preciosas cintas exprés Black Diamond con arrobo verdadero. Qué bonitas son, pienso, mientras abro y cierro los mosquetones. Que es un sonido tope de relajante, por cierto, porque te recuerda a cuando pasas la cuerda por el seguro y puedes respirar tranquilo un ratito más.
Desde que no voy a las rebajas y me gasto el dinero en material de montaña, reflexiono sobre el tema. En Madrid estuve en Fisura, una tiende que hay cerca de Bravo Murillo, porque tenía que recogerle unos gatos al Kpot y porque me apetecía olisquear. La atendía un señor calvo con bigote gris que se parecía mucho a Vicente del Bosque. En el tiempo que estuve esperando les vendió a una pareja material para irse a los Himalayas por valor de 500 euros. Luego otro señor se compró unas botas de trekking, y un chaval preguntó por los plumas, aunque al final no se llevó nada.
Es fascinante, ¿no? Hay muchas opciones para cualquier objeto. Hace un tiempo me enteré de que la calidad de un plumas se mide en cuins, que es algo así como el volumen que ocupa la pluma y que tiene que ver con su capacidad de almacenar aire. Y así todo. Miro los mosquetones de mis cintas, que así a priori son mosquetones, punto, pero hay un montón de sutilezas: el peso, el tipo de gatillo, la curvatura o si tienen o no una muesquita la mar de molesta que se engancha en los seguros cuando las quitas.
Mi mente analítica encuentra cierta belleza en estas diferencias pequeñas e importantes. Me gusta que haya gente que entienda del tema y que sepa aconsejarte. Que sepa cómo te vas a sentir en los Himalayas, qué cantidad de frío puedes tolerar y cuánto puedes sacrificar en otros aspectos (peso, dinero, etc) para estar cómodo. Tienen que conocer bien su trabajo y saber ponerse en el lugar del otro. Miro los piolets y los crampones colgados inocentemente de las repisas de la tienda y pienso en que su destino es clavarse en cascadas de hielo y ayudar a que suban por ellos los extraños y salvajes conquistadores de lo inútil. El desfase entre los estantes de productos con su agradable colorido y la realidad dolorosa de la naturaleza es curioso. Os lo digo desde mis dedos machacados contra la piedra caliza y afilada de las rocas de La Veredilla.
Sé que es un post mortal de friki este que os acabo de soltar. Pobres. Yo aquí actualizando menos que nada y cuando lo hago encima es para hablaros de mosquetones. MOSQUETONES. Cuando yo sé que lo que queréis saber es si ya me he decidido a apuntarme al Badoo para acabar con esta abstinencia sexual que me consume, o si J. de verdad me está roneando otra vez y qué coño pienso hacer al respecto. Pero eso, como dice Michael Ende, es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión.
Así que hoy he decidido que no, que iba a deshacer las mochilas, echar la ropa a lavar, organizar el material y, en fin, convertirme en una persona mejor y más centrada. Por fin he comprado todo el material de escalada, que vaya ruina, por cierto, pero el caso es que ahora me quedo mirando mi cuerda de ochenta metros y mis preciosas cintas exprés Black Diamond con arrobo verdadero. Qué bonitas son, pienso, mientras abro y cierro los mosquetones. Que es un sonido tope de relajante, por cierto, porque te recuerda a cuando pasas la cuerda por el seguro y puedes respirar tranquilo un ratito más.
Desde que no voy a las rebajas y me gasto el dinero en material de montaña, reflexiono sobre el tema. En Madrid estuve en Fisura, una tiende que hay cerca de Bravo Murillo, porque tenía que recogerle unos gatos al Kpot y porque me apetecía olisquear. La atendía un señor calvo con bigote gris que se parecía mucho a Vicente del Bosque. En el tiempo que estuve esperando les vendió a una pareja material para irse a los Himalayas por valor de 500 euros. Luego otro señor se compró unas botas de trekking, y un chaval preguntó por los plumas, aunque al final no se llevó nada.
Es fascinante, ¿no? Hay muchas opciones para cualquier objeto. Hace un tiempo me enteré de que la calidad de un plumas se mide en cuins, que es algo así como el volumen que ocupa la pluma y que tiene que ver con su capacidad de almacenar aire. Y así todo. Miro los mosquetones de mis cintas, que así a priori son mosquetones, punto, pero hay un montón de sutilezas: el peso, el tipo de gatillo, la curvatura o si tienen o no una muesquita la mar de molesta que se engancha en los seguros cuando las quitas.
Cintas exprés, tus mejores amigas en la roca.
Sé que es un post mortal de friki este que os acabo de soltar. Pobres. Yo aquí actualizando menos que nada y cuando lo hago encima es para hablaros de mosquetones. MOSQUETONES. Cuando yo sé que lo que queréis saber es si ya me he decidido a apuntarme al Badoo para acabar con esta abstinencia sexual que me consume, o si J. de verdad me está roneando otra vez y qué coño pienso hacer al respecto. Pero eso, como dice Michael Ende, es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión.
lunes, 5 de marzo de 2012
Los conquistadores de lo inútil
Creo que lo que me mueve a escribir, más que las ideas abstractas como el amor o la justicia, son las imágenes. Porque si estás lo suficientemente atento hay imágenes que te atrapan y no sabes por qué; de alguna forma, intuyes que cuando las pongas sobre el papel te van a enseñar algo. Sobre ti o sobre la vida: alguna forma perversa de verdad. Al fin y al cabo, mi objetivo como escritora no es más que el egocentrismo de intentar que veáis las cosas como yo las veo. Y me pregunto por qué: si al final esas imágenes, esas intuiciones breves, me las podría quedar para mí. Pero me parecen importantes y auténticas, y pienso que compartiéndolas puedo hacer que perduren: propagar la emoción como un lento y literario efecto mariposa.
El tema es que hoy llevaba todo el día queriendo escribir sobre escalada, así que he empezado a describir el fin de semana. Intentaba reflejar el sol que iluminaba los campos de camino a Benaocaz. La ilusión que tenemos todos: esa ilusión tan tonta, ese grupo de personas tan distintas empeñadas en medirse con un trozo de pared. Estudiantes, parados, un militar, un ingeniero; de veintimuchos, de treinta y pocos, precavidos, temerarios, risueños o tímidos. Cruzando bromas, intercambiando barritas de muesli, hablando de vías y asegurando. Y, sobre todo, trepando: porque hay un momento en que te quedas solo aunque haya veinte millones de personas a pie de vía. Estás tú amarrándote el nudo y poniéndote los gatos, sabiendo que te vas de viaje y te vas tú, punto, con tus manos y tus pies, tus cansados músculos y tu mente cobarde.
Desde que me torcí el tobillo a principios de año voy con más miedo. Es curioso, porque se trata de un miedo circular: miedo a escalar y caerme porque si me lesiono no podré escalar. Si estás lo bastante atento puedes sentir cómo fluctúa tu cerebro entre los breves momentos de seguridad (cuando pasas la cuerda por el seguro, cuando pillas un agarre bueno para la mano, cuando puedes reposar sobre tus dos pies) y los de riesgo: desplazas los dedos y los gatos sin tener claro que te vayas a quedar agarrada, mirando de reojo la distancia que separa tu cuerpo de la chapa anterior. Ayer mi cabeza se resistía a salir de la zona de seguridad y cruzar a la de riesgo, y mi débil voluntad intentaba respirar, acallar el pánico y seguir en movimiento.
No trepé mucho; ya había escalado el sábado y me notaba cansada. Al final de la última vía, donde volé unas cuantas veces y pasé un miedo de flipar, decidí que iba a buscar una roca con una inclinación óptima y a echarme una siesta. Me imaginaba al día siguiente exactamente como estoy hoy: cansada, dolorida, masajeándome los brazos en la reunión matutina del trabajo, frotándome blastoestimulina en las yemas despellejadas antes de ponerme los guantes de la moto.
Así que localicé la piedra y me tumbé, con el plumas bajo los riñones y el polar cubriéndome como si fuera una mantita. Mi cuerpo me agradecía el respiro. Tenía una visión perfecta de la placa, la formación rocosa que se ve en la foto. Miradla primero y después imaginadla conmigo. Cerrad los ojos. La temperatura era perfecta: templada pero sin calor, con una brisita fresca que te echaba un cable cuando estabas arriba apretando. La Veredilla tiene una luz especial, que cruza limpia por entre las rocas grises y los matojos andaluces de monte bajo. Y frente a mí, en la placa, tres notas, tres, trepando de primeros como tres leones. Sergi a la derecha del todo en un 6b de treinta y cinco metros. Pablo en medio en un 6c un pelín más corto. El otro Pablo, un físico tranquilo y serio al que le gusta escalar a vista, en un complicadísimo 7c de placa en el que no se veían los agarres ni con lupa.
Entonces tuve una visión muy clara de lo absurdo que es escalar digamos a nivel cósmico. Aquellos tres chicos dejándose todo ese esfuerzo para subir y después bajar. Se podía ver la placa irguiéndose tan tranquila en medio del campo y tú podías darte cuenta claramente de que ni a la placa ni a Dios les importa un carajo que escales. Y, sin embargo, el esfuerzo de los tres era muy hermoso, muy puro. Subir por subir y bajarte luego; al final, tampoco es que la vida dé para mucho más.
Y esa era mi imagen para hoy. Era lo que quería transmitir. Ese momento de darte cuenta de lo efímero y absurdo que es todo si lo miras con la suficiente distancia. Como escribir aquí: dejarte las yemas en el teclado y que después el tiempo y las actualizaciones vayan borrando tu esfuerzo. Nada le importa a nadie y, sin embargo, nos importa muchísimo. Y, no sé por qué, pero eso me parece precioso.
El tema es que hoy llevaba todo el día queriendo escribir sobre escalada, así que he empezado a describir el fin de semana. Intentaba reflejar el sol que iluminaba los campos de camino a Benaocaz. La ilusión que tenemos todos: esa ilusión tan tonta, ese grupo de personas tan distintas empeñadas en medirse con un trozo de pared. Estudiantes, parados, un militar, un ingeniero; de veintimuchos, de treinta y pocos, precavidos, temerarios, risueños o tímidos. Cruzando bromas, intercambiando barritas de muesli, hablando de vías y asegurando. Y, sobre todo, trepando: porque hay un momento en que te quedas solo aunque haya veinte millones de personas a pie de vía. Estás tú amarrándote el nudo y poniéndote los gatos, sabiendo que te vas de viaje y te vas tú, punto, con tus manos y tus pies, tus cansados músculos y tu mente cobarde.
Desde que me torcí el tobillo a principios de año voy con más miedo. Es curioso, porque se trata de un miedo circular: miedo a escalar y caerme porque si me lesiono no podré escalar. Si estás lo bastante atento puedes sentir cómo fluctúa tu cerebro entre los breves momentos de seguridad (cuando pasas la cuerda por el seguro, cuando pillas un agarre bueno para la mano, cuando puedes reposar sobre tus dos pies) y los de riesgo: desplazas los dedos y los gatos sin tener claro que te vayas a quedar agarrada, mirando de reojo la distancia que separa tu cuerpo de la chapa anterior. Ayer mi cabeza se resistía a salir de la zona de seguridad y cruzar a la de riesgo, y mi débil voluntad intentaba respirar, acallar el pánico y seguir en movimiento.
No trepé mucho; ya había escalado el sábado y me notaba cansada. Al final de la última vía, donde volé unas cuantas veces y pasé un miedo de flipar, decidí que iba a buscar una roca con una inclinación óptima y a echarme una siesta. Me imaginaba al día siguiente exactamente como estoy hoy: cansada, dolorida, masajeándome los brazos en la reunión matutina del trabajo, frotándome blastoestimulina en las yemas despellejadas antes de ponerme los guantes de la moto.
Así que localicé la piedra y me tumbé, con el plumas bajo los riñones y el polar cubriéndome como si fuera una mantita. Mi cuerpo me agradecía el respiro. Tenía una visión perfecta de la placa, la formación rocosa que se ve en la foto. Miradla primero y después imaginadla conmigo. Cerrad los ojos. La temperatura era perfecta: templada pero sin calor, con una brisita fresca que te echaba un cable cuando estabas arriba apretando. La Veredilla tiene una luz especial, que cruza limpia por entre las rocas grises y los matojos andaluces de monte bajo. Y frente a mí, en la placa, tres notas, tres, trepando de primeros como tres leones. Sergi a la derecha del todo en un 6b de treinta y cinco metros. Pablo en medio en un 6c un pelín más corto. El otro Pablo, un físico tranquilo y serio al que le gusta escalar a vista, en un complicadísimo 7c de placa en el que no se veían los agarres ni con lupa.Entonces tuve una visión muy clara de lo absurdo que es escalar digamos a nivel cósmico. Aquellos tres chicos dejándose todo ese esfuerzo para subir y después bajar. Se podía ver la placa irguiéndose tan tranquila en medio del campo y tú podías darte cuenta claramente de que ni a la placa ni a Dios les importa un carajo que escales. Y, sin embargo, el esfuerzo de los tres era muy hermoso, muy puro. Subir por subir y bajarte luego; al final, tampoco es que la vida dé para mucho más.
Y esa era mi imagen para hoy. Era lo que quería transmitir. Ese momento de darte cuenta de lo efímero y absurdo que es todo si lo miras con la suficiente distancia. Como escribir aquí: dejarte las yemas en el teclado y que después el tiempo y las actualizaciones vayan borrando tu esfuerzo. Nada le importa a nadie y, sin embargo, nos importa muchísimo. Y, no sé por qué, pero eso me parece precioso.
jueves, 23 de febrero de 2012
Fuertectual: fuerte e intelectual
El comentario de Khal Yeleytr en el post anterior me ha hecho reflexionar. Dice algo como que le cuesta conciliar mi faceta de escaladora con la de intelectual con blog, post diario, trabajo sedentario etc etc. Eso me ha hecho pensar un poco en mí y en mi relación con el deporte. La verdad es que ayer, mientras saltaba a la comba en plan Rocky entre serie y serie de movimientos de escalada, le decía a otra chica que hace poco que entrena: "Yo antes no era así. En serio". "¿Así cómo?". "Yo qué sé, así de... ¿activa?".
A lo largo de toda mi vida, mi relación con el deporte ha sido terrible. Para mí era un castigo; algo como si Dios, cuando lo de la manzana, hubiera dicho: "ganarás el pan con el sudor de tu frente y además tendrás que hacer deporte".
Cuando era pequeña, mis padres parecían conscientes de que tenía que hacer deporte para salvarme de la obesidad infantil. Durante muchos años probé, de forma más o menos intensa, el ballet, la natación, la orientación, la vela, la equitación, el esquí, el tenis, el baloncesto, el atletismo y el yoga. Sólo se me dio medio bien la orientación, porque había que pensar y pensar es mucho mi rollo: fui a campeonatos y gané hasta medallas. Yo en un podium con dos medallas de oro al cuello: una vez en un siglo, como los eclipses.
El resto se me daba normal o directamente fatal. En baloncesto, por ejemplo, tardé MESES en meter una canasta EN LOS ENTRENAMIENTOS. No era un lastre para el equipo porque jamás me eligieron para los partidos. En tenis el profesor repartía dos tipos de puntos reforzantes: unos amarillos por jugar bien, otros verdes por portarse bien. Adivinad cuáles me daba a mí. A yoga me apuntaron porque con once años ya estaba tan estresada por la vida como para que me lo recomendara la psicóloga del colegio, y con mi elasticidad nula gemía de dolor en la postura del loto mientras me preguntaba por qué me odiaban mis padres.
Luego llegó la adolescencia y el deporte pasó a convertirse en "eso que debería hacer para estar buena". Claro, que en mi caso estar buena era algo bastante improbable si tenemos en cuenta que iba a las mercerías a buscar sujetadores y los dependientes me decían que tan pequeños no los fabricaban. Pero todos los meses la Super Pop sacaba alguna tabla de ejercicios donde chicas preciosas posaban sonrientes, y te permitías creer que si sacabas tiempo para hacer tres series de abdominales al día durante un mes tú también te parecerías a esas chicas perfectas. Así que hacía abdominales durante más o menos cuatro días y luego volvía a comer donetes y a medirme las tetas para ver si me habían crecido.
En la facultad pasé al pragmatismo. Ni me iban a crecer las tetas ya más, ni iba a estar buena, ni nada. Más me valía pasarme a los hombres gafapasta, que apreciarían mi encanto intelectual y mi genio creativo. Y el deporte pues bueno: una vez al año me proponía salir a correr, y durante el mes y pico que aguantaba me sentía fuerte y sana. Y pensaba: ya está, me he convertido en deportista. ¿Cómo he podido vivir antes sin esto? Soy adicta al deporte, lo necesito, soy sana y activa. Mentira cochina, que a la mínima excusa volvía a dejarlo estar y a pasarme las tardes sentada en el ordenador y/o en el taburete de un bar.
Para no convertirme en un desecho obeso, caminaba mucho por Granada y montaba en bicicleta. También me apunté a danza del vientre o, como decía J., a danza de la panza. Allí conocí a Silvia, por cierto. Fue divertido y aguanté un año y pico, e incluso participé en un super espectáculo que montó mi profesora. Estuvo bien porque tampoco soy de las que bailan. Hasta entonces, mi cara de bailar era algo como "no sé bailar y me da vergüenza y soy un fraude y todo el mundo se está dando cuenta". A partir de la D de la P adquirí un poco de confianza en mi coordinación, y ahora directamente me da todo igual y bailo como una retrasada así, sin complejos.
Y llegamos a la etapa actual. La Etapa Adulta. A partir de mi diagnóstico de rodillas de anciana y de darme cuenta de que no podría correr más, ni siquiera un mes al año, decidí que tenía que hacer deporte. No para estar buena ni para evitar la obesidad, sino para estar sana. Física y mentalmente. Así que empecé a nadar. Y no me iba mal; nadar me gusta. Me relaja, me desconecta el cambio de gaseoso a líquido y cuida mi espalda. Y así habría seguido, nadando despacito y mal hasta ser una anciana que toma leche de soja enriquecida con calcio, de no haber sido por ese evento que cambió mi vida para bien hace ocho meses, a saber:
EMPECÉ A ESCALAR (¡¡sorpresa!!)
Y bueno, para mí escalar no es deporte. No lo es en el sentido que para mí ha tenido el deporte siempre, a saber: esa actividad sufridora que quieres que se acabe cuando la estás empezando. Cuando miras a los que salen del gimnasio cuando tú entras y piensas: qué envidia, cojones. Yo quiero estar en mi casa comiendo ensalada con la sensación del deber cumplido, y no aquí sudando mientras me grita el monitor de spinning.
No sé qué tiene la escalada que la hace tan distinta a todo lo demás. No sé si es la parte mental: es analítica, exige cierta creatividad y mucho autocontrol. No sé si es el chute intermitente de neurotransmisores felices que te produce conseguir un paso difícil o encadenar una vía. El caso es que a mí no me hace falta fuerza de voluntad para escalar ni para entrenar. Me apetece siempre.
Y sobre si siento que no encaja con el resto de mí... me está costando aceptarlo. Sí que me siento un poco una farsante. Como si no perteneciera a ese mundo tan físico. Además, me neurotizo con las lesiones, y me preocupa estar, como dice Murakami en su libro sobre correr, "echando sin parar agua en una olla que tiene un agujero". Peeeero... me gusta vivir la vida como si de verdad contuviera todas o la mayoría de las posibilidades. Que ahora, después de 26 años de sedentarismo intermitente, ponerme fuerte sea una meta en mi vida, me parece divertido. Me ilusiona como pocas cosas. En mi mundo gafapasta de alternar escribir con dibujar con tocar el piano con leer con pensar muy fuerte, desarrollar mi parte física ha enriquecido mi vida de una forma que no me esperaba.
J. siempre decía que la canción que le recordaba a mí era "Physical", de Nine Inch Nails. "You're just too physical to meeeee", me cantaba aporreando su guitarra eléctrica. Yo. Que me he pensado siempre como un cerebro con patas. Y ahora me siento física. Miro mis manos, capaces de agarrarse (más o menos) de finas regletas, y mis brazos, capaces de levantar mi cuerpo de una barra de dominadas, y me siento orgullosa. Diferente. Más persona. Y me ayuda a escribir mejor y a trabajar mejor, sin duda. Me relaja, me construye, me integra.
Y no creo que pase con todos los deportes ni a todas las personas. Creo que tienes que encontrar el tuyo, y que igual ni aun así. Pero cuando pasa pues mola mucho. Así que espero seguir mucho tiempo.
Y ahora os copio un trocito del libro de Murakami:
Aunque este tipo de vida, vista desde fuera, pueda parecer efímera, inútil y sin mucho sentido, o sumamente ineficaz, me digo que hay que resignarse a lo que hay. Y aunque realmente no se trate sino de un acto vano, como verter agua en una vieja olla agujereada, al menos siempre quedará el hecho de haber realizado el esfuerzo. Tendrá su utilidad o no, será o no atractiva a los ojos de los demás pero, en definitiva, lo más importante para nosotros es, en la mayoría de los casos, algo que no puede verse con los ojos (aunque sí sentirse con el corazón). Y, a menudo, las cosas realmente valiosas son aquellas que sólo se consiguen mediante tareas y actividades de escasa utilidad.
A lo largo de toda mi vida, mi relación con el deporte ha sido terrible. Para mí era un castigo; algo como si Dios, cuando lo de la manzana, hubiera dicho: "ganarás el pan con el sudor de tu frente y además tendrás que hacer deporte".
Cuando era pequeña, mis padres parecían conscientes de que tenía que hacer deporte para salvarme de la obesidad infantil. Durante muchos años probé, de forma más o menos intensa, el ballet, la natación, la orientación, la vela, la equitación, el esquí, el tenis, el baloncesto, el atletismo y el yoga. Sólo se me dio medio bien la orientación, porque había que pensar y pensar es mucho mi rollo: fui a campeonatos y gané hasta medallas. Yo en un podium con dos medallas de oro al cuello: una vez en un siglo, como los eclipses.
El resto se me daba normal o directamente fatal. En baloncesto, por ejemplo, tardé MESES en meter una canasta EN LOS ENTRENAMIENTOS. No era un lastre para el equipo porque jamás me eligieron para los partidos. En tenis el profesor repartía dos tipos de puntos reforzantes: unos amarillos por jugar bien, otros verdes por portarse bien. Adivinad cuáles me daba a mí. A yoga me apuntaron porque con once años ya estaba tan estresada por la vida como para que me lo recomendara la psicóloga del colegio, y con mi elasticidad nula gemía de dolor en la postura del loto mientras me preguntaba por qué me odiaban mis padres.
Luego llegó la adolescencia y el deporte pasó a convertirse en "eso que debería hacer para estar buena". Claro, que en mi caso estar buena era algo bastante improbable si tenemos en cuenta que iba a las mercerías a buscar sujetadores y los dependientes me decían que tan pequeños no los fabricaban. Pero todos los meses la Super Pop sacaba alguna tabla de ejercicios donde chicas preciosas posaban sonrientes, y te permitías creer que si sacabas tiempo para hacer tres series de abdominales al día durante un mes tú también te parecerías a esas chicas perfectas. Así que hacía abdominales durante más o menos cuatro días y luego volvía a comer donetes y a medirme las tetas para ver si me habían crecido.
En la facultad pasé al pragmatismo. Ni me iban a crecer las tetas ya más, ni iba a estar buena, ni nada. Más me valía pasarme a los hombres gafapasta, que apreciarían mi encanto intelectual y mi genio creativo. Y el deporte pues bueno: una vez al año me proponía salir a correr, y durante el mes y pico que aguantaba me sentía fuerte y sana. Y pensaba: ya está, me he convertido en deportista. ¿Cómo he podido vivir antes sin esto? Soy adicta al deporte, lo necesito, soy sana y activa. Mentira cochina, que a la mínima excusa volvía a dejarlo estar y a pasarme las tardes sentada en el ordenador y/o en el taburete de un bar.
Para no convertirme en un desecho obeso, caminaba mucho por Granada y montaba en bicicleta. También me apunté a danza del vientre o, como decía J., a danza de la panza. Allí conocí a Silvia, por cierto. Fue divertido y aguanté un año y pico, e incluso participé en un super espectáculo que montó mi profesora. Estuvo bien porque tampoco soy de las que bailan. Hasta entonces, mi cara de bailar era algo como "no sé bailar y me da vergüenza y soy un fraude y todo el mundo se está dando cuenta". A partir de la D de la P adquirí un poco de confianza en mi coordinación, y ahora directamente me da todo igual y bailo como una retrasada así, sin complejos.
Y llegamos a la etapa actual. La Etapa Adulta. A partir de mi diagnóstico de rodillas de anciana y de darme cuenta de que no podría correr más, ni siquiera un mes al año, decidí que tenía que hacer deporte. No para estar buena ni para evitar la obesidad, sino para estar sana. Física y mentalmente. Así que empecé a nadar. Y no me iba mal; nadar me gusta. Me relaja, me desconecta el cambio de gaseoso a líquido y cuida mi espalda. Y así habría seguido, nadando despacito y mal hasta ser una anciana que toma leche de soja enriquecida con calcio, de no haber sido por ese evento que cambió mi vida para bien hace ocho meses, a saber:
EMPECÉ A ESCALAR (¡¡sorpresa!!)
Y bueno, para mí escalar no es deporte. No lo es en el sentido que para mí ha tenido el deporte siempre, a saber: esa actividad sufridora que quieres que se acabe cuando la estás empezando. Cuando miras a los que salen del gimnasio cuando tú entras y piensas: qué envidia, cojones. Yo quiero estar en mi casa comiendo ensalada con la sensación del deber cumplido, y no aquí sudando mientras me grita el monitor de spinning.
No sé qué tiene la escalada que la hace tan distinta a todo lo demás. No sé si es la parte mental: es analítica, exige cierta creatividad y mucho autocontrol. No sé si es el chute intermitente de neurotransmisores felices que te produce conseguir un paso difícil o encadenar una vía. El caso es que a mí no me hace falta fuerza de voluntad para escalar ni para entrenar. Me apetece siempre.
Y sobre si siento que no encaja con el resto de mí... me está costando aceptarlo. Sí que me siento un poco una farsante. Como si no perteneciera a ese mundo tan físico. Además, me neurotizo con las lesiones, y me preocupa estar, como dice Murakami en su libro sobre correr, "echando sin parar agua en una olla que tiene un agujero". Peeeero... me gusta vivir la vida como si de verdad contuviera todas o la mayoría de las posibilidades. Que ahora, después de 26 años de sedentarismo intermitente, ponerme fuerte sea una meta en mi vida, me parece divertido. Me ilusiona como pocas cosas. En mi mundo gafapasta de alternar escribir con dibujar con tocar el piano con leer con pensar muy fuerte, desarrollar mi parte física ha enriquecido mi vida de una forma que no me esperaba.
J. siempre decía que la canción que le recordaba a mí era "Physical", de Nine Inch Nails. "You're just too physical to meeeee", me cantaba aporreando su guitarra eléctrica. Yo. Que me he pensado siempre como un cerebro con patas. Y ahora me siento física. Miro mis manos, capaces de agarrarse (más o menos) de finas regletas, y mis brazos, capaces de levantar mi cuerpo de una barra de dominadas, y me siento orgullosa. Diferente. Más persona. Y me ayuda a escribir mejor y a trabajar mejor, sin duda. Me relaja, me construye, me integra.
Y no creo que pase con todos los deportes ni a todas las personas. Creo que tienes que encontrar el tuyo, y que igual ni aun así. Pero cuando pasa pues mola mucho. Así que espero seguir mucho tiempo.
Y ahora os copio un trocito del libro de Murakami:
Aunque este tipo de vida, vista desde fuera, pueda parecer efímera, inútil y sin mucho sentido, o sumamente ineficaz, me digo que hay que resignarse a lo que hay. Y aunque realmente no se trate sino de un acto vano, como verter agua en una vieja olla agujereada, al menos siempre quedará el hecho de haber realizado el esfuerzo. Tendrá su utilidad o no, será o no atractiva a los ojos de los demás pero, en definitiva, lo más importante para nosotros es, en la mayoría de los casos, algo que no puede verse con los ojos (aunque sí sentirse con el corazón). Y, a menudo, las cosas realmente valiosas son aquellas que sólo se consiguen mediante tareas y actividades de escasa utilidad.
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