massobreloslunes: El Mal Pascual

martes, 25 de diciembre de 2012

El Mal Pascual

Estoy sentada en un bar del Miramar tomándome un gintonic frente a mi padre. La conversación gira en torno a lo mal que va todo y a cómo el SAS, ese imperio romano en decadencia, se viene abajo lentamente con la colaboración y desidia de todos sus trabajadores. Mi padre es médico y no tengo claro que sepa hablar un lenguaje distinto al de la queja.

Yo me siento muy, muy deprimida.

Ayer por la tarde me vine con el coche. Después de años preparando ilusionadísima la cena de Nochebuena, he evolucionado al modo "me presento a última hora con todo por delante" sin demasiado esfuerzo. Me desperté en San Fernando con un sol resplandeciente. Los niños jugaban en manga corta en la plaza del Ayuntamiento y por las ventanas de los soportales salían villancicos rocieros. Todo era tan luminoso y tan andaluz que parecía que iban a multarte si te ponías triste.

Por la autopista de Jerez- Los Barrios se veía la Sierra de los Alcornocales y un cielo azul y enorme enmarcándolo todo. Yo conducía, cantaba con el Spotify y pensaba que amo profundamente esta provincia: desde la primera roca de Grazalema hasta la última playa de Bolonia. Amo el Cádiz Profundo, la Viña antidepresiva, los sectores de escalada, la arena donde me tuesto al sol durante el verano y a los pacientes de la sierra que acuden al psicólogo sólo cuando el chamán les falla. A lo mejor en realidad lo que quiero decir es que amo mucho mi vida y a mi gente, y que eso es muy bonito.

Venir a Málaga es tener que esforzarme todo el rato por recordar que me he ido, que he salido de aquí y he cambiado. El resto de la gente cambia tan poco. Mi familia cambia tan poco. "Estoy apático", me dice mi padre frente a su cuarta cerveza. Normal, pienso yo. Normal. Si es que tu vida ahora mismo no tiene mucho aliciente, ni tú te has esforzado mucho en construírtelo y yo, a estas alturas, no tengo ni puta idea de cómo ayudarte.

Nochebuena. El mismo guión año tras año tras año. Al menos parece que ahora nos vamos simplificando: cada vez preparamos menos comida y despachamos antes todo el asunto de Papá Noel. Con un poco de suerte, pasará el tiempo suficiente entre mi prima pequeña y el primer bisnieto como para poder dedicar unas cuantas nochebuenas a beber gintonics sin tener que fingir que viene por ahí un gordo yanki de rojo montado en un trineo. Entretanto, todo permanece. Llegan mis tíos, suben el cristal de la mesa del salón a la cama de matrimonio. Se hacen comentarios sobre cómo podríamos comer menos, y acabamos igualmente comiendo muchísimo. Se cantan los mismos villancicos y las mismas canciones, porque ni mi hermano ni yo ampliamos el repertorio de un año para otro. Entretanto, unos nos hacemos mayores y otros envejecen. A mi abuela, por otra parte, le sienta bien la senilidad: la desinhibe de una forma amable. Ayer incluso dio palmas en su silla mientras yo tocaba la guitarra, resplandeciendo sobre su fular rosa chicle con la mirada un poco desviada.

Yo me esfuerzo, insisto, en recordar que puedo ser otra cosa. Quiero a mi familia. Les quiero un montón. Pero si no me olvido en la medida de lo posible de todo esto, no podré construir algo nuevo. Si no creo firmemente que puedo llevar mi vida de un modo distinto, acabaré otra vez aquí y todo esto no habrá servido para nada. No sé si me explico.

Por la noche me acurruco en mi cama de noventa con la bolsa caliente de cereales a los pies. Se me ocurrió el año pasado, y este año también me pasa: me imagino que el MD (Maromo Definitivo) viene conmigo a la cena, y que se queda a dormir aquí porque no es de Málaga. "Lo he pasado muy bien", me dice. Y yo "qué va, si esto es lo peor". "Que no, en serio, que tu familia es muy maja, que tus tíos son geniales". Yo froto mis pies fríos contra los suyos y le confieso que antes de conocerle, ésta era mi imagen de felicidad navideña. "¿Una cena familiar?". "No - le explico yo -, este momento. Estar aquí contigo, ahora, en una cama incomodísima que nos han preparado para la ocasión, quizá un poco borrachos y hartos de aguantar gritos de niños y conversaciones de adultos. Pero contentos porque todo nos la pela, porque estamos tú y yo y vamos a hacer las cosas mejor, incluso aunque no lo consigamos."

Odio TANTO la navidad, queridos lectores.

Tenedlas felices, de todas maneras.

Abracitos fuertes.

6 comentarios:

  1. ay querida Marina, me ha pasado un poco lo que a ti...y mira q a mi no me disgusta, xo cada año q pasa siento que ese espíritu navideño se va apagando más en mi...el juntarse xk toca (mira k somos d juntarnos mucho) xo el 24 y 25 xk sí, el comer tanto, las cosas, los regalos fingidos, no sé, cada año me gusta menos y hasta he llegado a pensar que el que viene me voy de vacaciones sola x ahí! (xo soy muy poco valiente para hacerlo) jajaja, quizá...todo cambiase si yo tb tuviera un MD ;) y al meterte a la cama frotas esos pies...y dices q tienes justo lo q querías tener en ese momento.
    Abrazoooooooooooo grande dsd el norte (modo caribeño x cierto, xk hace un calor q no es normal :) ). muaaa

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    1. Pues si la cosa sigue así, podemos hacer un Frente Antinavidista e irnos de viaje a algún lugar donde no se celebre esta Fiesta del Averno.

      Me alegro de que alguien me comprenda ;) Feliz NaviMal!

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  2. Apuf! Ya te digo que a mí me gusta mucho la Navidad, pero sí que es cierto que para mí también tiene un punto siniestro de replantearme lo que fui, lo que soy, y lo que voy a ser. Y además, cada vez hay más sillas vacías de los que ya no están y queda un poco menos para que otros que están se vayan, y es muy triste.

    Pero bueno, al final siempre hay algún momento de luz, en los que celebras que estás, que están, y que os queréis, y es lo que hace que merezca la pena. No sé.

    :*

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  3. :) Eso imagino. No sé. Seguro que la cosa cambiará, dejaremos de juntarnos todos, encontraré al MD y me iré de viaje con él del 23 al 8, sin piedad... y me veré en la otra punta del mundo echando de menos a mi abuela brindando de forma totalmente inapropiada, la tarta de galletas de mis primas y el inexorable villancico familiar "Ve y dile a las montañas".

    Si es que la vida es un poco esto, ¿no?

    Besitos.

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  4. Nada es para siempre Marina, cuándo menos te lo esperes estarás frotando esos pies calentitos bajo las sábanas y todo lo demás lo verás de otro modo porque tendrás con quién refugiarte, alguien con quién compartir, en primera línea de fuego, la dichosa navidad. Y con quién reírte de la vida.

    Besos

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  5. viaje viaje! fiesta caribeña! :) jur jur jur

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