massobreloslunes: Largo domingo de verano

martes, 12 de junio de 2012

Largo domingo de verano

Es domingo, son las ocho de la mañana y ya me he aburrido de dormir, así que después de obligarme un rato a permanecer horizontal dentro de la Dobloneta, decido que al carajo todo y que voy a levantarme. Guille está frito a mi lado, y Pablo e Irene también van a tardar en amanecer dentro de su Vito, así que decido vestirme e ir a tomar un café y dar un paseo, por ese orden.

El café me lo ponen en la venta de al lado, que a pesar de la hora ya está dando de desayunar a abuelitos madrugadores. Hay una terraza con mesas de piedra que da al monte y a la duna de Bolonia, y ahí que me siento con un café supercaliente tamaño barreño y una manzana. El sol sale desde detrás del cerro de San Bartolo, y la bruma alrededor de la montaña no tiene claro aún cuánta luz le va a dejar al día.

Le pregunto al camarero cuánto tardo en llegar a la playa de Bolonia andando. En mi mente hippy matutina me doy un paseo hasta allí y me baño en bolas en el Atlántico. O bueno, con bikini, lo mismo da, pero un baño matutino y helado ahora mismo no me sobraría nada. El notas me dice que a cuatro kilómetros, pero que por un caminito lateral se llega a otra playa más cercana y bonita. Visualizo playas vírgenes en mi cerebro y a mí correteando por ellas como Brooke Shields en la peli esa en la que se tiraba a su hermano. El camino no tiene pérdida, me dice el señor.

Echo a andar. Tengo un amigo que dice que él con calcetines podría irse a Laponia, porque todo el frío se le concentra en los pies. Yo es echar a andar y podría llegar a Laponia también, porque me encanta andar y esa certeza de que si te mantienes en movimiento el tiempo suficiente puedes llegar a cualquier parte.

La carretera recorre despacio las colinas amarillas. Me gusta tanto este paisaje, su sólido empeño en permanecer vivo a pesar del levante, de los meses sin agua y del salitre del mar. Veo la playa a lo lejos y las casitas salpicando el monte. A ratos me cruzo con algunas vacas marrones que han empezado a masticar hierba tempranito para ir adelantando trabajo. Camino y pienso, y me acuerdo de la vez que alguien me explicó que andando se piensa mejor porque te llega más sangre al cerebro. Si hasta hay una escuela filosófica griega que hace eso: los peripatéticos, que es un nombre genial para no sé, un grupo popero modernito.

El camino no tiene pérdida, y cuando me quiero dar cuenta me he perdido y estoy saltando una alambrada con precariedad. Se me engancha el pantalón, me escurro, me caigo, pero nadie me ve cargarme el bucolismo matutino con mi torpeza. Que vaya tela yo, aficionarme a escalar con esta capacidad para la coordinación tan limitada. Llego al otro lado y corro como una fugitiva hasta llegar otra vez a la carretera, porque lo de saltar una alambrada que en realidad probablemente esté pensada para que no se escapen las vacas me ha hecho sentir peligrosa. Me lo estoy pasando muy bien y ya escucho el mar. Troto durante unos minutos para acelerar el proceso Brooke Shields, pero el ruido de mis pasos no me deja oír el silencio, así que aminoro.

Llego al Chaparral, un área de pinos cruzada por caminos de tierra. El del bar dijo algo de un camino, creo, y sigo escuchando el mar, pero en realidad ya llevo cuarenta minutos andando y se supone que eran dos kilómetros. Aun así, empiezo a atravesar los pinos como si no hubiera un mañana. El mar ulula desde lejos como las sirenas de Ulises, pero el camino no me acerca lo más mínimo a él. Entonces me suena un whassap, que ya me vale: de paseo, sí, pero con el 3G encendido, y es Pablo que me dice que si tomamos café, y yo le digo que de acuerdo pero que tardo un rato, que me he ido a pasear y me he desviado un poco de la ruta. Aborto el proyecto Brooke Shields con lástima y doy la vuelta.

Entonces decido que voy a hacer un poco de barefooting. Que me voy a quitar los zapatos, vaya, porque desde que vi este vídeo me ronda la idea de probar el barefoot running a ver si lo toleran mis rodillas de anciana. Pero antes parece ser que tienes que hacer callo en las plantas de los pies, y yo pienso con penita que tendré que resignarme a perder el concurso de plantas de los pies suaves cuando seamos viejas que la PK y yo acordamos hace unos años.

(El concurso tiene que ver con que, según la PK, para tener pies suaves hay que usar piedra pómez y, según yo, basta con crema hidratante. Pensábamos cuidar nuestros pies con los respectivos tratamientos y compararlos cuando tuviéramos cincuenta años. Ahora escalo y quiero correr descalza por los campos, así que paso de la crema hidratante y le cedo a la PK con gusto el cetro de la suavidad plantar).

Así que bueno, me quito los zapatos y los calcetines, los amarro a mi minimochila Quechua de cinco euros y echo a andar por los caminitos de tierra. Es curioso. Un poco molesto a ratos, pero nada del otro mundo. Voy pisando con muchísimo cuidado, y de repente mi universo sensorial se amplia y aparece otro montón de sensaciones con las que antes no contaba. Me doy cuenta de que el camino de tierra, que hasta hace un momento era un todo uniforme en mi cabeza, ahora se ha descompuesto en muchos trozos que se diferencian sutilmente en textura, en material, hasta en temperatura. Voy buscando las agujas de los pinos y la tierra húmeda y prensada, evitando las piedrecitas y los trozos rotos de piña seca. Camino despacio y sin hacer ruido mientras sigo escuchando las olas traidoras detrás de mí.

Al cabo de un ratito me vuelvo a poner los zapatos. El café me espera y como siga con esto del walking zen voy a llegar a las tantas. Troto otro poco colina arriba para compensar la tardanza descalcera. Las vacas me miran divertidas, intuyendo que esta vez no me voy a molestar en saltar la alambrada de pinchos.

Y esas son las dos primeras horas de mi domingo, ahí es nada. Todavía me queda un buen baño en el Atlántico (con bikini, snif), una aproximación de media hora bajo el solano al pie de vía del sector que visitaremos hoy, unas cuantas vías de estas de sufrir porque da el sol en la pared y te parece que te van a reventar los pies dentro de los gatos, una hora y pico de conducción de camino a Cádiz con un episodio de casi muerte, porque a la roulotte que llevo delante se le desprende un toldo que se revienta contra el frontal de la Dobloneta. Luego llegar, descargar la furgo, comentar el finde con el Kpot mientras tomamos café en el salón de Villa Fanática, embadurnarme de after sun porque quemada es un eufemismo para el estado de mi piel. Y aún me va a dar tiempo a subir unas cuantas fotos al blog para, como dice Khal Yeleytr, hacerme la sexy (aunque, Khal querido, yo no me hago la sexy; yo soy sexy).

Y cuando me voy a dormir sintiendo cómo me pican los hombros al roce de las sábanas, y pensando que joder conmigo, que parezco nueva quemándome al sol andaluz con veintisiete años, pienso que bueno, que igual no salvo a la Humanidad ni gano el Pulitzer ni nada, pero que la vida me cunde. Otra cosa no, pero me cunde tela.

3 comentarios:

  1. Vaya, me has citado en el post, me siento honrado. Por cierto que ser sexy no es incompatible con hacerse la sexy... ¿o sí? No sé, es que al ver las fotos me acordé de esa entrada que publicaste hace un tiempo en el que arremetías contra eso de hacerse la sexy/misteriosa enseñando fragmentos de cuerpo en vez de crudas desnudeces.

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  2. "el concurso ... cuando seamos viejas....cuando tuviéramos cincuenta años" esto...... ¿¿¿¿Viejas con cincuenta años?????!!!
    Marinita, ahora si que te has pasado, ya no te ajunto, me enfaduco y voy a dejar de respirar, ala!

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  3. Aaaay, me has transmitido un monton de sensaciones! (de antemano pido perdon a tus retinas, pero el teclado es ingles y las tildes brillan por su ausencia) Cuando llegue a casa voy a ver el video!

    :*

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