massobreloslunes: Reencontrando a Fante

sábado, 20 de julio de 2013

Reencontrando a Fante

A mí Fante me chupaba un pie.

Empecé uno de los libros de Arturo Bandini cuando conocí al señor K. y todavía le hacía caso; creo que era "Pregúntale al polvo". Me aberró tanto que lo dejé a la mitad. Lo poco que recuerdo del libro es que el tipo se pasaba la vida sin un duro porque quería escribir. Robaba comida, se alimentaba sólo de naranjas y atracaba el camión del lechero. Entretanto, lloriqueaba: ¡¡quiero escribir!! Yo pensaba: John Fante, búscate un trabajo, págale al casero y crece de una vez. Me desesperó y lo dejé.

El martes pasado vagaba yo por la FNAC al mediodía. El calor de la calle me hacía pensar en esconderme tras una estantería y quedarme dormida. Rebusqué sin prisas por la sección de literatura extranjera y me quedé por enésima vez dudando ante Las uvas de la ira, como Hamlet con la calavera. Me gusta lo (poco) que he leído de Steinbeck, pero ese libro me da como pereza.

Resulta que últimamente he tenido un par de batacazos literarios. Uno es La mujer que pasó un año en la cama: la idea es buena, pero el resultado es un desperdicio. Le falta un hervor. El otro es La verdad sobre el caso Harry Quebert, que es uno de esos libros con efecto Cheetos: te gustan, no puedes parar cuando los empiezas, pero sabes que no te hacen bien. No sé explicar lo que me ha pasado con ese libro, porque no está mal escrito nivel el pavo aquel de Vive como puedas. De hecho, la trama está muy, muy bien construida y resulta muy sorprendente y adictiva. Pero no escribe bien. Creo. Es un suizo que escribe sobre América a golpe de topicazo. Y abusa de las comas.

Iba yo entonces con una cierta sensación incómoda, pensando que se me había averiado el criterio de la belleza. Aun así, insisto: el libro está muy bien hecho y doy por bien empleados mis veintitantos euros. Pero había tomado una determinación: al carajo los autores desconocidos y contemporáneos. Que a veces aciertas y a veces la lías, Marina querida. Vamos a lo seguro. Comencé con Carson McCullers, que escribe tan bonito que quieres llorar, y ahora ahí estaba en la FNAC, mirando a Steinbeck con la cara de Popeye cuando fuma en pipa.

Entonces vi El vino de la juventud: una recopilación de relatos de John Fante. Justo unos minutos antes había estado pensando que me apetecía leer relatos, lo que es bastante raro, porque casi siempre apetecen más las novelas. Eché un ojo a la contraportada y vi que los cuentos hablaban de una familia italoamericana afincada en Colorado. Me acordé de Toni, que me escribía cuando viajé a Boulder pidiéndome que recordara a Fante. Y bueno, sintiéndome un poco culpable por el riesgo económico-lector que estaba corriendo, me lo compré.

Y ahí, una vez más, entiendes que la diferencia entre el libro del suizo y esto no sé si se puede describir muy bien con palabras, pero está ahí. Es gozo literario. Es que tus neuronas cantan cuando las alimentas con libros así. Qué bien me lo estoy pasando contigo, John Fante. Qué bien escribes y cómo me molas.

Me gustan los relatos de infancia y adolescencia. Este libro me recuerda a Guillermo el Travieso, que sacaba yo de la biblioteca de mi colegio con mi carnet de cartón verde, o a Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Me gustan los chicos malos, supongo que porque yo siempre he sido una chica buena. Me encantaba Guillermo y ese magnetismo extraño que sentía hacia la maldad, hacia hacer travesuras sin poderse contener. Cómo se peleaba, se ensuciaba el cuello y desesperaba a su elegante familia. Aquí también seguimos a varios chicos italianos que rompen farolas, se escapan de casa, mendigan pastel a las monjas y huyen corriendo de las palizas de su padre. Hay una alegría inusitada en estos cuentos. Hablan de pobreza, de miseria y de desesperación, pero tienen esa alegría intensa de descubrir con palabras que todo está iluminado.

En este libro, Fante habla de las familias italianas y pobres asentadas en Denver, de la nieve de Boulder, de las costumbres absurdas de la iglesia católica. Casi lloro de risa en el metro cuando el protagonista le llena al cura el cáliz con tinta y zumo, y después se pasa toda la misa arrepentidísimo intentando lograr una "verdadera contrición" porque piensa en Jesús llorando lágrimas de sangre. Me divierte reconocerme en esa imaginería católica y bizarra, y también reconocer las calles de Boulder cubiertas por la nieve: Pearl Street, Arapahoe, Walnut. El Boulder de Fante no se parece nada al mío, sin embargo; no quedan rastros de esa dureza en la bonita burbuja ortoréxica que yo conocí. Aun así, son las mismas calles, las mismas Rocosas al fondo y la misma nieve.

Menos mal que existen los libros, en serio. Ni el amor, ni mi trabajo, ni siquiera Buda, ni siquiera escribir, me devuelven tanto la fe en la Humanidad como los libros buenos. Muchas gracias, John Fante: has dejado de chuparme un pie. Voy a darle otra oportunidad a Bandini. Espero que haya algún cielo para ti. No el paraíso católico, de nubles blancas y llamativas túnicas de raso. Ahí te aburrirías como una mona. Espero que haya algún paraíso reservado para alguien que se dejó la piel buscando la belleza, que tuvo el arrojo de escribirla y publicarla, y que ahora me la presta durante un rato para poder sonreír espachurrada en el metro. Ahora entiendo lo de las naranjas. Porque, como muy bien dices en El soñador, tenías mucho que escribir. Tanto que te dolía por dentro.

4 comentarios:

  1. Gracias por darme otra oportunidad!!!

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  2. Para una pequeña gracieta se me olvida poner la url

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  3. Hola, Marina. ¿Has leído a Eugenides? Esa sensación que describes tan bien acabo de pasarla con "La trama nupcial", y, por lo que leo que lees, creo que quizás podría gustarte.

    ¡Me alegra leerte por aquí!

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  4. ¿Ya no me haces caso? ¡Si ahora soy más sabio!

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