massobreloslunes: Contra todo pronóstico conseguí procrear
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lunes, 23 de junio de 2025

Dos años

Querido niño:

Los dos años dan comienzo, se supone, a la peor época. Los terrible two, la adoslescencia. A mí, de momento, todo lo que signifique que sigas creciendo y tengas más palabras, más personalidad, que seas más tú, ya me vale, aunque venga acompañado de rabietas.

A veces pienso en ti como en un regalo que todavía no hemos abierto del todo. Como tu hermana te saca más de cuatro años, ya sabemos, hasta cierto punto, lo que se avecina: que con el tiempo, vas a ir desarrollando tus gustos, tus intereses, y vamos a dejar de ser nosotros lo que te abramos el mundo para que seas tú quien nos lo traigas a la puerta. Aunque ese mundo sea K-Pop Demon Hunters. Así que me da por pensar en qué habrá dentro de ti, qué escondes detrás de tus frases de dos palabras. 

De momento, eres un niño ultracariñoso. Te encantan los besos, los abrazos, el api (que te cojamos en brazos), dormir pegado a tu padre como un monito bebé. Eres gracioso a reventar, y cuando sabes que has hecho algo gracioso, vas por ahí enseñándonoslo a todos con orgullo de comediante. El otro día, por ejemplo, te empezó a sangrar la nariz y fuiste al baño a ponerte una tirita, y cuando viste la risa que nos daba, te pasaste todo el día cambiándola cada vez que se te caía.

Eres muy sensible. Todo te impresiona. Papá tuvo que cambiar una rueda hace un par de semanas y te pasaste dos días repitiendo «wheel, change, daddy, brum-brum!». Salías al jardín y señalabas la rueda con la mano. Le contabas la historia a quien quisiera oírte. Ellen, tu niñera de Madeira, decía que habías tenido una mala experiencia con aviones o helicópteros en otra vida, y es verdad que te fascinan y te aterran a la vez. Dices airplane con claridad y entusiasmo, pero te lanzas a nuestros brazos hasta que pasan.

Te entretienes solo que da gusto. Pobrecito; no estás, como estaba tu hermana, acostumbrado a que te prestemos atención las veinticuatro horas, así que te sientas en el salón con tus coches y las Barbies de Alana y juegas a que todo choca con todo en medio de mucho ruido. 

Si hace un año estabas obsesionado conmigo, ahora no quieres más que a tu padre. «Api, Daddy», repites una y otra vez, y cuando te ofrezco hacerte api yo, niegas con la cabeza y te enfadas. Te tengo que pillar cansado, asustado de algo o con papá fuera de casa, y entonces sí: te me abrazas como un desesperado y apoyas tu cabecita en mi hombro. Aprovecho que eres niño y te llevo siempre casi rapado, como un recluta, porque es comodísimo y bastante tengo con peinar a tu hermana, pero también porque acaricio la alfombra suave de tu pelo rubio como el mejor antiestrés del mundo.

Hablando de tu hermana: la adoras. Quieres jugar a lo que ella juega, hacer lo que ella hacer, estar donde ella está. Te despiertas por la mañana e ignoras a todo el mundo para lanzarte encima de Alana y abrazarla. A veces te pones tan nervioso que la arañas o le haces daño, y enseguida vas muy compungido a decir «sorry, Anana» con la cabeza gacha.

Y hablando de sorry, no quieres hablar español ni para atrás. La única palabra que usas consistentemente es pito cuando te cambiamos el pañal y te agarras tus partes con la mano porque sabes que nos hace reír. También contestas bem cuando te pregunto cómo estás, o dices más cuando me pides chocolate y sabes que con el español ganas puntos. También respondes apo, ¡apo! (guapo) cuando te pregunto ¿cómo es Ati? Por lo demás, parece que hasta el griego está cogiendo ventaja: ya cuentras hasta tres (ena, dío, tía) y cuando te impacientas, nos apremias con un clarísimo pame.

Creía que saldrías clavado a tu padre, pero te pareces a mí cuando tenía tu edad, salvo que con tus ojos azules y tu pelo claro, eres mucho más guapo, (guapo, ¡guapo!). Tienes la mejor sonrisa del mundo, con tus dientecillos puntiagudos, un hoyuelo en la mejilla derecha y otro en la barbilla. Te hemos descubierto un mechón de pelo blanco en la cabeza, aunque eres tan rubio que apenas se te ve.

Pateas la pelota mejor que yo y eres habilidoso con los patinetes y coches de juguete. Te encanta trepar, revolcarte, correr con tus piernecitas por toda la casa. Nos tienes destruidos, no te voy a enganañar, pero también felices. Porque eras el que faltaba, bebé, el cuarto elemento de esta familia que no siempre es perfecta, pero es la nuestra. 

Por las noches, cuando te vas a dormir, me acerco a ti y te digo al oído: te quiero. Y tú, que a esa hora ya estás tan cansado que se te olvida la papitis y que odias el español, me echas los brazos al cuello y me respondes: tero. Y luego te digo: te amo y tú contestas tamo

Pues eso, Ati. Que tero y tamo siempre. 



domingo, 13 de octubre de 2024

Seis años

Tienes seis años. ¡Seis! Ya no se te puede considerar una toddler, lo mires por donde lo mires. Eres total y definitivamente una niña de brazos y piernas preocupantemente largos. Tienes un treinta de pie porque has heredado las barcas de tu padre, y al mirar tus zapatos ya no tiene uno esa sensación de ternura que da ver diminutos zapatitos infantiles.

Este es el año en que te cortaste el pelo con flequillo porque ya no aguantabas más las trenzas de raíz que aprendí a hacerte en YouTube y que eran la envidia del resto de las madres. Con tu nuevo corte de pelo pareces aún más mayor, y el flequillo destaca tus ojazos curiosos y almendrados. Te miro y me sobrecoge lo bonita que eres, lo especial y expresivo de tu linda carita. No sé cómo te has apañado para combinar dos genéticas físicamente tan mediocres en una mezcla tan encantadora.

Sigues siendo más lista que el hambre. Ya sabes leer casi del todo en inglés y en español, y alucino al ver cómo tu cerebro funciona distinto para interpretar cada idioma: en español silabeas y en inglés te paras para interpretar la palabra entera.

Ya nos podemos ir juntas de viaje. Nos escapamos a Londres en agosto de locura, porque se te ocurrió que querías bañarte en una fuente de la que yo te había hablado, y lo pasamos de miedo. Fue mágico ver cómo te adaptabas a un entorno nuevo: como pasabas del temor frente al metro y a los autobuses de dos plantas a tirar de mi mano señalando la dirección en la que teníamos que ir. Vimos las joyas de la corona, recorrimos el Támesis en barco y le dimos de comer puñados de gusanos a dos armadillos de cuyos nombres (Monty y Pedro) todavía te acuerdas.

Como te tenemos prohibidas las pantallas (y, créeme, algún día nos lo agradecerás) estás enganchadísima a los podcasts. De ahí sacas tu alucinante vocabulario: «look at me towing this suitcase», me dijiste el otro día, arrastrando la maleta a tu espalda. De ahí aprendes también complicadísimas historias que relatas sin pararte a respirar, y tu costumbre de jugar añadiendo acotaciones de diálogo a lo que dicen tus muñecos.

Tus preguntas nos dejan con la boca abierta: «¿Quién fue la primera madre?»,  quisiste saber hace unas semanas, y ahí nos tienes apañándonoslas como podíamos para explicarte la diferencia entre un Neandertal y un Homo sapiens. Empiezas siempre preparándonos con un «Mom, can I ask you something?», y yo te contesto siempre: «You can ask me anything» que espero que no olvides nunca.

Me encanta que nunca aceptes un no por respuesta, aunque a veces me saque de quicio. Me encanta que eres buena, que tienes buen corazón, y que siempre das la gracias por las pequeñas cosas. «Mom, you did great», me has dicho hoy al terminar tu fiesta de cumpleaños. Me encanta que por fin has descubierto lo maravillosas que son las librerías, y que aunque no vamos a muchas porque vivir en el extranjero lo dificulta un poco, la última vez que entramos en una no había manera de sacarte.

Eres la mejor hermana mayor que puede existir. Le tienes una paciencia sobrehumana al bruto de tu hermano, lo saludas con una sonrisa por la mañana y te lo comes a besos cuando te deja. Le hablas en vuestro lenguaje especial, tongues, y a él se le ilumina la cara cuando te ve. Me recuerdas que me calme cuando pierdo los nervios: «Mom, he's just a baby», me dices, y yo respiro hondo y sonrío porque en ese momento es imposible no hacerlo.

El curso pasado, cuando te ibas por la mañana en el ascensor, nos gritábamos a través de la puerta cuánto nos queríamos, intentando cada una superar a la otra: a million, a hundred millions, a hundred thousand dinosaurs, to the moon and back. Imagino que si algún día tienes hijos, comprenderás que ni con todas las palabras me es posible resumir cuánto te quiero. Hasta entonces, espero que baste con transmitirte la suficiente cantidad de amor como para que cuando te diga que te quiero, sigas respondiéndome: «I know, Mom. I know». 

Hace poco empezamos a crear un diccionario de palabras intraducibles inventadas por nosotras, a partir de un libro que te regalé con palabras únicas de muchos idiomas. Una de ellas es olkanulafa: loving someone so much that it hurts a little. Así es exactamente como te quiero yo 

Eres mi cosa favorita, mi niña hermosa hecha de magia de unicornio y polvo de estrellas. 

Que cumplas muchos más.

sábado, 22 de junio de 2024

Un año

 

 

Querido bebote:

Ya tienes un año. «Parece mentira», me dice todo el mundo. «Qué rápido pasa el tiempo». Es verdad y no es verdad: por una parte, es cierto que parece que fue ayer cuando llegaste al mundo en tres empujones, con tu cara de intensidad y tu mancha de nacimiento en forma de Tailandia. Por otra parte, ha sido un año tan extremo que a veces me parece que han pasado diez.

Tu mancha, por cierto, ya ni la veo, y cuando la veo me da mucha ternura. Es verdad que cada vez se nota menos y todo el mundo dice que desaparecerá pero, si te digo la verdad, me da hasta un poco de pena que se vaya. Tu mancha eres tú y tú eres amor.

Tienes unos ojos bestiales. Todo el mundo se queda alucinando cuando los ve. Lo miras todo con cara de sorpresa y con tu pelo rubio tieso como el plumón de un polluelo. Eres objetivamente guapo, creo, aunque es verdad que en su día pensaba que tu hermana era una bebé espectacularmente perfecta y ahora veo sus fotos de entonces y me parece normalita.

Ya te han salido siete dientes. Cada uno de ellos ha sido un suplicio que hemos tenido que regar con abundante Apiretal, porque te despertabas llorando con el dedo en la encía. Ahora los usas para el mal: te ha dado por morderme el hombro y me lo tienes como un mapa. En un intento de quitarte la costumbre, a veces me froto (un poco de) tabasco, pero ahora lo hueles y simplemente esperas a que me lo quite para morder otra vez y partirte de risa.

Porque ese es el problema contigo: eres tan extremadamente gracioso que incluso cuando me clavas a traición las afiladas agujitas de tus dientes, me tengo que reír. Es súper fácil sacarte una carcajada. Enseguida identificas cuándo estamos de broma y nos miras de medio lado, como diciendo: «Sí, lo pillo».

Te encanta manipular objetos. Te pasas horas con la cosa más tonta: una tapa y un tupper, una sartén, dos cucharas. Te veo planear y practicar tus mini-experimentos: coges algo, observas cómo funciona, repites el movimiento varias veces. Eres un bebé atento y muy despierto. 

Se nota que eres varón. Tienes una energía mucho más destructiva que tu hermana: hoy, por ejemplo, te has puesto a agitar la bandeja del lavavajillas como un maniaco y casi tiras los platos al suelo. Cambiarte el pañal es un episodio de lucha libre. Sentarte en la bañera es imposible: enseguida te pones de pie y empiezas a tirar todos los juguetes fuera y a mirar curioso cómo caen.

Eres muy dulce. Siempre quieres estar conmigo. Cuando otra persona te tiene en brazos y me acerco, me echas los brazos e inclinas el cuerpo con cara de determinación. «Romeo, Romeo», bromeo yo, porque ni Julieta fue nunca objeto de una obsesión como la tuya. Cuando me ves entrar en la habitación, se te ilumina la cara.

Todavia no andas solo, pero gateas con gran determinación, palmeando con fuerza sobre el parqué. Cuando ves algo que quieres alcanzar, empiezas a resoplar como un perrillo y vas con la energía del caballo de Atila.

Te encanta tu hermana. La miras con embeleso y todo lo que hace te da muchísima risa. Cuando se encierra en su habitación para que no entres y le desordenes sus juguetes, tú te pones a gritar al otro lado de la puerta, NA-NA-NA-NA-NA, extremadamente frustrado por no poder comerte sus muñecos.

Te quiero mucho, bebote. Este año no ha sido fácil. Hemos pasado muchas horas juntos, tú y yo: contigo en la teta, contigo en brazos, contigo en el suelo, contigo, contigo. Ahora ya no tomas teta y puedes estar más con otros, y aunque me alegro de haber recuperado el sueño y cierta independencia, también extraño esos momentos en que éramos solo tú y yo. 

Eres mi hijo precioso. Eres una parte fundamental de esta familia. Has llegado el último y eras exactamente la pieza que nos faltaba. Ya estamos todos: verás qué bien lo pasamos. 

Gracias por existir. Te quiero siempre.

sábado, 9 de septiembre de 2023

La maleta de mi parto




Uno de los peores recuerdos de mi primer parto no es que Pablo se desmayara, o el dolor infernal, o que la niña naciera con dos vueltas de cordón y se la tuvieran que llevar a reanimación.

No: a mí lo que me atormenta es el recuerdo de la maleta.

Que como yo no sabía de qué iba la cosa, había empaquetado todo lo necesario para el parto, el posparto y un breve apocalipsis zombie. Esto, sumado a que Pablo por aquel entonces todavía era vegano, hizo que llegáramos al hospital con una maleta gigante, mochilas, bolsas de plástico repletas de derivados de la soja y una almohada.

Lo que yo no sabía es que en el via crucis del parto iniciado con rotura de bolsa, primero vas a la habitación, sí, pero eso no es un hotel y cuando te mandan al paritario, tienes que dejar la habitación libre.

Así que cuando por fin (POR FIN) me ofrecieron la epidural después de horas de agonizante dolor, ahí que iba yo para el paritorio en una silla de ruedas, gritando como en una sitcom y con Pablo detrás acarreando varias bolsas de equipaje.

Al entrar al paritario, una matrona hizo un comentario sobre los trastos que llevábamos y yo, que soy muy sensible a lo que piense la gente de mí, morí de la humillación.

Total, que para este parto, decidí que no me iba a pasar lo mismo y empleé una cantidad ridícula de energía mental en diseñar dos bolsas de hospital, dos. La primera era la del parto y consistía en una mochila pequeñita y cuqui con lo básico súper básico para parir: cacao para los labios, cepillo de dientes, chanclas, mi adorada máquina TENS y poco más.

(Al final, hasta aquello fue demasiado, porque entre que me pasaron a urgencias y que el niño salió por mi potorro pasaron diez minutos de reloj)

Después tenía la maleta del hospital, con mis camisones monos de lactancia, mi secador de pelo y suficientes compresas de posparto como para contener una inesperada rotura de tuberías. PRO TIP: Nunca se tienen suficientes compresas de posparto.

La idea era: llegar con mi mochila cuqui de parturienta minimalista, expulsar al inquilino y, una vez en la habitación, subir la maleta deluxe como unos auténticos pros del alumbramiento.

Le expliqué el sistema a Pablo con el mismo fervor que se debió de planear el desembarco de Normandía. Tenía que saber dónde estaban la mochila y la maleta, qué había que meter en el último momento, cómo almacenar las jeringuillas de calostro congelado que había extraído por si había que ingresar al niño y, sobre todo, que la maleta se quedaba en el coche hasta que subiéramos a planta.

El problema es que entre nuestra casa y el hospital se me rompió la bolsa, se aceleraron las contracciones y aquello pasó de ir tranquilito a CORREE POR DIOS QUE SE ME SALE EL NIÑO.

Llegamos a Urgencias, me tomaron los datos, me hicieron pasar a la sala de espera, Pablo se fue a aparcar el coche y... subió con la maleta.

Yo lo iba a matar.

Para que os hagáis una idea, había dilatado ya nueve centímetros, soltaba líquido amniótico como el cubo ese de los parques acuáticos que te tira agua encima y, aun así, lo que le dije a Pablo no fue «te quiero, mi amor, vamos a ser padres de nuevo, qué emoción». No: lo que le dije con la voz de la niña de El Exorcista fue:

—Pero ¿se puede saber qué hace aquí la maletaaAAAAAHHH?
—No sé, pensé que hacía falta...
—¡¡NO!! ¡¡No hace falta!! ¡¡Tengo un SISTEMA!

Pablo me miró con cara de no creerse lo que estaba a punto de decir.

—Quieres que... ¿la lleve al coche?
—¡¡¡POR SUPUESTO QUE QUIERO QUE LA LLEVES AL COCHAAAAAAHHHHHHH!!!

Una parte de mi mente me decía: a ver, Marina, que igual tienes al bebé en los próximos cinco minutos y Pablo se lo pierde por estar llevando la maleta. Le dije a esa parte de mi mente que se callara porque yo tenía un SISTEMA y el SISTEMA, mi dignidad y lo que pensaran de mí los profesionales random que asistiera mi parto dependía por completo de que la maleta se quedara en el coche hasta subir a planta.

La gente de la sala de espera flipaba.

Total.

Que Pablo llevó la maleta al coche y, por suerte, volvió antes de que saliera el niño, y todo fue bien, y yo usé mi mochila minimalista para apoyar el brazo cuando estaba intentando que Atlas se me agarrara a la teta.




Y aquí termina la primera historia (que no la última) de la vida de mi hijo sobre algo en lo que invertí una ridícula cantidad de energía emocional y espacio mental para conseguir un resultado que seguramente solo me interesa a mí.

La que le espera.

viernes, 25 de agosto de 2023

La Siesta Unicornio



Cuidar de un recién nacido es duro. Duermes mal, comes como puedes, estás todo el día pegada al niño y si das la teta, entonces el nombre correcto para el asunto es esclavitud.

Pero la Madre Naturaleza es sabia y no quiere que los padres se suiciden en masa, así que nos ha regalado las Siestas Unicornio.

Una Siesta Unicornio es aquella que, por su duración, se distingue de las demás que suele echarse tu hijo.

Es decir, que si tienes una pequeña marmota que duerme por sistema más de hora y media, tu Siesta Unicornio será la que pase de las dos horas y media o tres.

Si, como a mí, te ha tocado un bebé que a los cuarenta y cinco minutos abre el ojo, todo lo que se pase de dos horas es Siesta Unicornio.

(Entre los cuarenta y cinco minutos y las dos horas es Siesta Especial, que se agradece pero no es tan rara como para recibir la Denominación de Origen Unicorneal. 

La SU es como ver un partido de fútbol en el que tu equipo va ganando: te gustaría disfrutarlo, pero te puede la tensión.

Esta tensión va cambiando de forma y motivo y se desarrolla de la siguiente manera:

- Fase 1: dura lo que duran una siesta media de tu hijo. Aquí te pones a hacer las cosas que habías planeado de forma eficiente porque sabes que en breve se te acaba el rollo. Tu nivel de bienestar es el esperable: tienes un respiro, puedes mover los brazos sin que se te caiga nadie y te oyes pensar.

- Fase 2: es la primera extensión de la siesta hasta, digamos, una hora extra. Hasta aquí entra en la categoría de Siesta Especial.

Tú te sientes un poco desorientada porque no habías querido planear por encima de tus posibilidades, pero encuentras algo que hacer y te pones a ello ultra tensa porque no quieres disfrutar demasiado, no vaya a ser que se despierte el bebé y te lo fastidie. 

Aclaración: aunque sea una tarea de la casa, tú la disfrutas, porque casi cualquier cosa (lavar platos con un podcast, cocinar, tender tranquilamente mientras te da el aire) es mejor que cuidar de un niño pequeño. 

Por eso no cuela cuando, por ejemplo, estoy con nuestros dos hijos y Pablo se va a fregar platos con los auriculares en los oídos. Eso es básicamente un spa. Que se lo agradezco y alguien tiene que hacerlo, pero sé perfectamente que la que se está comiendo el marrón soy yo.

- Fase 3: aquí la siesta llega ya a límites apenas explorados en la capacidad de dormir de tu bebé. Cuando se cruza la barrera de las dos horas y media, ya te das cuenta de que estás frente a una Siesta Unicornio y aquí ya sí que no sabes qué hacer. 

¿Es el momento de tomarte un momento para ti? Pero ¿y si cuando te hayas servido tu té y abierto tu libro se despierta el niño? Es cruel para la parte de ti que lleva anulada desde que el bebé nació. Le has mostrado un fragmento de libertad, un bocado del delicioso pastel del placer, y ahora te lo llevas.

Y además, si eres como yo y vives en el drama, empezarás a considerar la posibilidad de que le haya pasado algo al niño.

Y ahí, ¿qué haces?

¿Entras a ver si respira, sabiendo que hay un 99% de posibilidades de que se despierte?

¿Te pones a ver Netflix y a relajarte sabiendo que es posible que TU HIJO HAYA MUERTO?

Al final, te convences a ti misma de que el niño está bien y tratas de hacer algo interesante/divertido.

Por fin, tu bebé se despierta y tú suspiras, aliviada. Pues sí que era una Siesta Unicornio y no la muerte. Pero claro, ahora ya ha terminado. Esas tres gloriosas horas de tiempo libre se han marchado para siempre. Si hubieras sabido que las tenías, te habrías organizado. Lo que pasa es que entonces la maternidad no sería el proceso desquiciante que es.

Y sí: estoy escribiendo este post en una Siesta Unicornio, rezando para que el niño aguante hasta que lo publique y con los dedos agarrotados de tensión.

Mejor lo termino aquí, por lo que pueda pasar. 

sábado, 19 de agosto de 2023

Atlas

Vale, que sí. Que ahora lo veo. Que si escribo una entrada con todas mis paranoias respecto a estar embarazada y luego desaparezco, lo lógico es pensar: «Marina tenía razón y el bebé murió». 

Bueno, pues tranquilidad, que no. El bebé está bien. Nació el 22 de junio, justo en su fecha prevista, en un parto más corto que muchas visitas al baño para hacer un number two. Tiene casi dos meses, está gordito y precioso y es, como un gran porcentaje de bebés de esta edad, molesto pero adorable.

Se llama Atlas, que soy consciente de que es un nombre raro y quizá un poco pretencioso, pero que era el único que nos cuadraba a los tres. Tiene los ojos azules y un antojo en la frente con la forma de Tailandia, que me tuvo preocupadísima las primeras horas tras el parto hasta que múltiples fuentes me aseguraron que se le quitaría. 

Es raro tener un segundo hijo, porque con el primero no tienes con qué compararlo y piensas que eso que sientes esas primeras semanas, el proto-apego inexplicable y las ganas de olerle todo el rato, es amor. Pero luego el bebé crece y poco a poco se va convirtiendo en una personita exquisitamente compleja y luminosa, y te das cuenta de que al bebé no es que no lo quieras ahora, pero esa un amor tan minúsculo en comparación con el tamaño que alcanzará en un tiempo que no sabes muy bien qué hacer con él.

Así que a ratos miro a Atlas desorientada y me pregunto: ¿quién eres tú, bebé? ¿De dónde vienes? Alana ahora me parece inevitable; soy incapaz de imaginar, no ya mi vida sin ella, sino un planeta donde no ha nacido. Atlas, por el contrario, todavía es optativo. Todavía tengo fresco el recuerdo de la vida sin él. Aún es demasiado fino el velo que separa su presencia de la posibilidad de que no hubiera ocurrido nunca.

Lo quiero, claro, y mira que es difícil querer en el posparto. Estoy en esa fase en que desapareces. No eres una persona, no tienes gustos ni aficiones, y tu futuro se difumina porque eres incapaz de imaginarlo. Te conviertes en una incubadora humana y te preguntas por qué nadie te avisó de que los primeros meses de la maternidad se reducen a mantener vivo a tu bebé, un empeño que es una mezcla extraña entre agotador y aburrido. 

Ayer miraba por la ventada y vi un barco cruzando el mar delante de Telendos, la isla que hay frente a la nuestra. «Mira —pensé—, la gente va en barco. La gente entra y sale, y va a restaurantes, y hace planes, y se ducha sin tener que pedir disculpas a su pareja por dejarle cinco minutos con el marrón de la descendencia al completo». Sentí la inmensidad de la pérdida de mí misma, que en realidad no es más que la pérdida del tiempo para hacer las cosas que creo que son yo. 

Lo bueno es que la segunda vez ya sabes que todo pasa. Sabes que poco a poco el niño irá durmiendo, y llegará un punto en que podrás acostarlo temprano y recuperar un poco de espacio. Que dejará el pecho. Que podrá quedarse con otros. Que, poco a poco (y esto es lo más mágico) podrás hacer esas cosas que deseas con ese niño. Y muchas más. Y te abrirá el mundo. Y se convertirá en un chorro de luz cegadora en mitad de tu vida, un cajero automático de ternura del que puedes sacar (casi) siempre que quieras.

Así que me resigno a esta temporal ausencia de Marina y, al mismo tiempo, cuando hoy he podido poner a dormir al enano después de una sesión maratoniana de teta, me he preguntado: «¿qué puedo hacer que sea mío? ¿Qué es solo para mí?».

Y aquí estoy.



 

domingo, 18 de diciembre de 2022

Locura Perinatal


Pasé en el limbo preconcepcional exactamente un mes. Al mes siguiente, cuando los primeros tests de embarazo dieron negativo, empecé a lamentarme y literalmente a llorar pensando que por mi edad, iba a tener que enfrentarme a la infertilidad como siempre había sospechado.

Porque no sé si eso lo he contado aquí, pero yo he sufrido durante años de infertilidad imaginaria. 

Tendría unos veinte (¡veinte!) cuando empecé a seguir blogs de mujeres que no podían tener hijos. Más adelante, leí libros sobre el tema y todo el rato, os lo juro, me imaginaba en sus zapatos y creía que yo iba a ser una de ellas. A veces todavía me pregunto si no lo habré soñado, porque en mi mente yo he sido infértil y he vivido el miedo a no poder tener hijos nunca.

La realidad, sin embargo, es que las dos veces que he intentado quedarme embarazada ha sucedido muy, muy rápido; el segundo mes de limbo, cuando ya había dado la oportunidad por perdida, apareció una sombra en uno de mis tests de embarazo baratos de Amazon. 

Mi paranoia era tal que, a pesar de tener positivos cada vez más fuertes los siguientes días y un análisis de sangre con buenos niveles de hormona del embarazo, pasé las primeras cuatro semanas (las semanas 4-8, de hecho, si una sigue el calendario tradicional) considerándome «pre-embarazada». 

El pre-embarazo era mi estrategia emocional para no desilusionarme cuando la ecografía confirmara lo que ya sabía: que nunca había estado embarazada o que, si lo había estado, el embrión había muerto a los pocos días. Según yo, si la ecografía salía bien, ahí ya podría empezar a considerarme embarazada «de verdad».

La eco salió bien, pero por supuesto yo no me quedé tranquila porque el embrión medía un poquito menos de lo esperado y eso CLARAMENTE quería decir que dos semanas después me haría otra eco y esta vez sí: no habría bebé.

Salvo que la siguiente eco también salió perfecta, así que esa era la oportunidad perfecta para obsesionarme con... ¡las malformaciones genéticas! Literalmente entraba en el foro de la Asociación Española de Síndrome de Down para leer los testimonios de las madres y preguntarme qué haría yo si me tocaba.

A todo esto, estábamos en Tailandia esperando los resultados del Test Prenatal No Invasivo, y yo ya me había montado mi película, que iba más o menos así:

  1. Algo iba a salir mal en el test genético.
  2. Pero como solo era un cribado, tendría que hacerme una amniocentesis.
  3. Que confirmaría que algo estaba fatal con mi bebé, así que tendría que interrumpir mi embarazo...
  4. ... pero seguro que en Tailandia la ley no me lo permitía (esta era mi movida mental sin haber consultado siguiera la ley) y tendría que ir a España.
  5. Y para entonces ya estaría de un montón y sería algo mega-traumático que me dejaría destrozada.
Para colmo, los del hospital Quirón, donde me hice el test, se habían hecho la picha un lío con mis resultados, que estaban listos desde el 5 de diciembre, y andaban mareándome y diciéndome que lo subirían a la app. Y ahí me tenéis a mí, loca perdida, actualizando la app y maldiciendo a los de Quirón porque todo esto era valioso tiempo que yo estaba perdiendo para hacerme otra prueba y confirmar que mi embarazo estaba condenado como yo siempre sospeché.

Total, que los resultados están bien, y vamos a tener un niño, y yo estoy haciendo todo lo posible por salir de las garras de la locura perinatal.

Con Alana me duró la paranoia hasta el primer año de vida. Los tres últimos meses de embarazo me los pasé pensando que la niña se me iba a morir en el útero. Me despertaba por la mañana, la notaba patalear y pensaba «gracias, Alana, gracias». Luego nació y yo sabía, en lo más profundo de mi corazón, que mi bebé iba a dejar de respirar en la cuna.

No sé si todo esto tiene que ver con que en mi mente, nunca me imaginé con un hijo, y menos aún con hijos, plural. Yo pensaba que era incasable como Jo la de Mujercitas y que nadie me querría nunca, y luego estaba el tema de mi infertilidad imaginaria.

Total, que todo esto para contaros que estoy embarazada, pero que lo estoy llevando regular. 

Lo bueno es que he llegado al punto en que mi locura perinatal es muy obvia incluso para mí misma, así que en general la vivo con suficiente distancia como para que no me amargue (toda) la vida. Es como tener a una caricaturesca vecina de Aquí no hay quien viva que no para de darte la brasa, pero que es tan pesada que te hace un poco de gracia.

(Y ahora, por supuesto, estoy temiendo que con este post he gafado el embarazo y que seguro que algo va a salir terriblemente mal)

Menos mal que he esperado tanto para contarlo aquí que apenas os quedan seis meses de esta tortura. Intentaré que mis siguientes posts sobre el tema sean más optimistas.

PD: La foto es de todos los tests de embarazo que me hice hace dos meses. Lo mejor del asunto es que aún ahora, con un bebé del tamaño de una naranja en mi barriga, todavía los miro y pienso que no están lo suficientemente oscuros y que probablemente no estoy embarazada. Lo que yo os diga: loca como una p*ta regadera.

sábado, 22 de octubre de 2022

Cambiar pañales



Cuando la gente habla de tener dos hijos, un tema que sale mucho es el de los pañales.

«Espera a que el primero ya no lleve pañales; así no tienes que cambiárselos a los dos a la vez». 

«Si tardas mucho tiempo en ir a por el segundo, te dará pereza volver a cambiar pañales». 

La pañalfobia parece universal y es también por lo que la gente se empeña en enseñar al niño a usar el váter lo antes posible, lo que puede estar bien o ser una pésima idea si no está preparado.

Yo no lo entiendo. A mí cambiar pañales me parece, con muchísima diferencia, lo menos molesto de la maternidad.

[Aclaro que estoy hablando de cambiar pañales normales de plástico de toda la vida. No hay un solo universo en el que uso los de tela, y me da igual que por culpa de gente como yo las generaciones posteriores vayan a vivir en un vertedero y tengan que mudarse a Marte.]

Cambiar pañales es simple. Cualquiera puede hacerlo. Tiene un número de variables limitadas que puedes perfeccionar: con un presupuesto razonable, consigues buenos pañales, una crema efectiva y toallitas sin perfume que te hacen sentir buena madre que respeta el ph de su progenie.

Compara esto con, por ejemplo, la nutrición, y saber qué es bueno o malo para tu hijo, o con la educación y los millones de respuestas posibles que hay para cada pequeño conflicto. 

Cuando cambiar un pañal, además, está clarísimo que lo has hecho bien. No dudas de si el bebé ha comido suficiente o necesita echar más gas. El culo estaba sucio y ahora está limpio y huele bien. Puedes tener tu conciencia tranquila.

Los pañales se cambian rápido y ni siquiera en situaciones precarias, como un baño público sin cambiador y un bebé con diarrea, sobrepasan tu capacidad de respuesta. Hasta el episodio más grotesco se queda en una anécdota de la que después te ríes. No te produce instintos homicidas como cuando el bebé no te deja dormir o el niño de dos años se niega a ponerse el pijama. 

Y sí, es más cómodo que tu hijo haga pis y caca en el váter, pero la época de transición es muy molesta. Vives con miedo a te la líe, así que vas registrando en tu cerebro dónde está el váter más próximo y preguntándole cada treinta segundos si necesita hacer pis. Te vas a dormir preguntándote si esta será la noche donde tendrás que ponerte a cambiar sábanas con los ojos pegados. 

Mi hija ya hace tiempo que no lleva pañales y está muy bien. Hay algo adorable, además, en un niño diciendo «voy a hacer pis» y sentándose en el váter con los piececitos colgando; no me digáis que solo me pasa a mí, porque por algo los anuncios de papel higiénico usan niños desde tiempos inmemoriales.

Aun así, cuando tenga que volver a cambiar pañales, estaré bien. Como decimos en Andalucía, que tó fuera eso

miércoles, 12 de octubre de 2022

Cuatro años


Hoy cumples cuatro años.

Muchos padres nos habían dicho que a los cuatro ves la luz al final del túnel, y es verdad. Ya juegas sola durante un buen rato, se puede razonar contigo y cuando vamos a un restaurante con zona de juegos, desapareces con tus amigos sin pedirnos que vayamos detrás. 

Cuando me decían que todo esto ocurriría a los cuatro, yo pensaba que quedaba un montón de tiempo. Ahora me parece increíble lo deprisa que ha llegado.

Eres listísima. Hablas inglés y español, entiendes el griego a la perfección y también lo chapurreas. Te sabes decenas de canciones en los tres idiomas de principio a fin. Cuentas hasta treinta en inglés, hasta veinte en español y hasta veintinueve en griego (porque ninguno de los tres recuerda nunca cómo se dice «treinta» y después se nos olvida mirarlo).

Eres cursi como tú sola. Te vistes como si te hubiera vomitado encima un unicornio y solo quieres llevar faldas para poder twirl con ellas. Tienes cuatro «hijas» de peluche: una muñeca llamada Tatiana-Moana, una sirena, una Minnie y, por alguna razón, un pulpo. Las llevas de acá para allá y las pones a dormir en sus camas con un besito de buenas noches. 

Tienes el pelo largo que te crece como una hierba, y entre tu canguro y yo cada día te lo peinamos con un modelé distinto. Tú protestas y yo amenazo con traer las tijeras de cocina, y después cambio de registro y te digo que en serio, que no pasa nada por llevar el pelo corto, pero que si lo quieres largo hay que peinarlo. Te pregunto de nuevo: «¿pelo corto, o largo»? «Largo, mamá», respondes tú, y aguantas estoica mientras te hago trenzas de raíz.

Te encanta comer todo lo que les encanta a los niños de tu edad: el pan, la pasta y los carbohidratos en general pero, por alguna razón, también eres fan del salmón a la plancha. Comes como una lima aunque todavía no te animes a probar muchas cosas. Duermes, en general, como un ceporro, porque Dios sabía que si me mandaba una niña que no durmiera, la cosa acabaría en infanticidio muy pronto.

Solo quieres que te acueste yo, y tu rutina de dormir incluye tres cuentos, un repaso de tu día, una canción, abrazos y masajes en los pies. No sé cómo te has apañado para recibir un masaje de pies diario, pero algo me dice que te va a ir bien en la vida. Cuando llega el momento de dar un abrazo a papá, lo llamas a gritos, te pones de pie en la cama y te preparas como la que se va a tirar a una piscina: después saltas sobre él y te cuelgas de su cuello como un pequeño koala.

Tu cosa favorita del mundo es pasar tiempo con nosotros haciendo lo que sea: jugar, saltar, pintar familias inmensas que incluyen a toda la gente a la que quieres. Por alguna razón, te fascinan las heridas, así que todos tus juegos incluyen que alguien se haga daño o necesite vendas. Te encantan las booboo stories en las que papá y yo te relatamos, con todo lujo de detalles, las heridas de nuestra infancia, precediendo el acontecimiento con: there I was, minding my own business, when... Esta frase la dijo papá un día y desde entonces, no paras de repetirla.

Odias los bichos y, como tu madre, sientes hacia los perros una mezcla de hastío e indiferencia. Te encantan las mariposas y los unicornios, y les has puesto nombre a todos los gatos del barrio: Naná, Nanabumba, Dámbara, Himly, Dimly y Gamka (los gatos del mismo color comparten nombre).

Nos haces mejores personas. Sin ti, seríamos dos seres maniáticos y solitarios que se acercarían a la mediana edad gruñendo por todo; contigo, no nos queda más remedio que ser pacientes y recordar las cosas importantes de la vida. Nadie nos desespera como tú y nadie nos hace reír como tú. Te queremos a reventar, y cuando te lo decimos, tú preguntas, con genuina curiosidad, «¿por qué?». Y cuando te respondemos: «porque eres lista, divertida, cariñosa, guapa... y porque eres nuestra nena», asientes muy seria, como si todo volviera a encajar en tu pequeño mundo.

Ayer estabas medio malita y, aunque tenemos preparada la tarta de Peppa Pig, la piñata y un montón de globos de helio, no sé si podremos celebrar tu fiesta. De momento, tenemos tus regalos en el sofá, esperando a que te despiertes: una casa de Sylvanian Families con su correspondiente familia de conejitos, una cámara de fotos y una muñeca que esperamos que sustituya a Tatiana-Moana, que se cae a pedazos. Espero que te gusten.

Escribo esto mientras te escucho respirar dormida a través de tus mocos y recuerdo cuando eras un bebé y yo vivía con pánico a la muerte súbita, y pensaba «tú sigue respirando, Alana. Sigue respirando, que nosotros nos ocupamos del resto».

Gracias por respirar.

Te quiero.

PD: Este post imita descaradamente el formato de los posts de cumpleaños de Molinos. I REGRET NOTHING.

miércoles, 7 de julio de 2021

Orgullo materno, I


Últimamente a Alana le ha dado por escuchar el Carnaval de los Animales de Saint-Saëns. Que nadie se piense que tiene el nivel cultural de la Princesa Leonor: el 95% de lo que escucha son canciones horriblemente malas, por la sencilla razón de que a su hora de pantalla (por la noche) a Pablo y a mí no nos queda energía para más que para poner Youtube Kids y que sea lo que Dios quiera. Pero yo qué sé, lo de los animales le ha hecho gracia y ahí andamos, escuchándolo en bucle. 

La cuestión es que ayer le enseñé que cuando en una canción no hay nadie cantando se le dice «pieza». Me escuchó sin prestar demasiada atención y pensé que le había entrado por un oído y le había salido por el otro.

Hoy, sin embargo, estábamos oyendo de nuevo el Carnaval y viendo juntas distintos vídeos de Youtube basados en los diferentes animales (era mediodía: de ahí el Montessorismo), hasta que yo le he dicho que ya estaba bien y que se había acabado la pantalla hasta la noche.

—¡La última canción, mamá! —ha pedido ella. Sabe que «la última» suele funcionar porque nos sentimos culpables, al menos yo, por no haberle dado «tiempo de transición» entre decirle que hay que dejar la pantalla y hacerlo, y eso nos convierte en malos padres. O quizá sabe que funciona, pero no entiende por qué—. ¡La última!

Entonces, ha cambiado de estrategia.

—¡La última pieza, mamá! ¡La última pieza!

Lo que más me ha enorgullecido no es el esnobismo de que mi hija hable con propiedad sobre música, no. Lo que me ha llenado el corazón de satisfacción y orgullo han sido sus habilidades como vendedora: cómo ha hablado en el lenguaje de su cliente (yo) para convencerle de lo que quería.

Obviamente, le he puesto una última pieza.

Como madre, soy un cliente bastante fácil, las cosas como son.

domingo, 1 de marzo de 2020

All Joy And No Fun

Hay un libro sobre crianza que se llama All Joy And No Fun: The Paradoxes Of Modern Parenthood.

Habla de cómo tener un hijo no te hace feliz, en el sentido de darte un montón de momentos felices, porque a menudo es cansado, y nunca estás en flow. Sin embargo, te da mucha alegría. Una alegría explosiva, existencial, difícil de describir.

Por ejemplo: este viernes pasado. Pablo y yo habíamos pasado la mañana trabajando mientras Alana estaba con Lua, la canguro. Después de comer, quedamos con ellas en el parque para relevar a Lua y llevarnos a la nena para casa.

Íbamos andando por las calles del centro, con Pablo casi corriendo mientras me tiraba de la mano como un niño que va a ver a los Reyes. «¡Alana, Alana —exclamaba—, ¡vamos con Alana!».

Yo andaba a velocidad normal, porque quiero a mi hija con el alma, pero un viernes de sobremesa no estaba para muchos trotes.

Cuando llegamos al parque, Pablo empezó a mirar para todas partes, buscando el carrito rosa fucsia que la hortera de una servidora le compró a la nena. Por fin, la localizó y empezó a llamarla mientras corría hacia ella.

Yo seguí caminando, cegada por el sol de media tarde, hasta que la vi. Llevaba dos coletas, que yo casi nunca le hago porque se las quita enseguida y me desespera, e iba vestida con una sudadera roja con capucha y unos vaqueritos caídos, como un rapero diminuto.

Caminaba hacia mí con el sol de espaldas, que hacía brillar sus dos coletas con un halo dorado. Era de una belleza dolorosa. ¿Sabes cuando estás con un chico guapo, y camina hacia ti, y no puedes creerte que sea tuyo y que seas tú la destinataria de esos pasos? Así me sentía yo. Sin poder creerme que esa fuera mi hija.

Después jugamos a perseguirnos, y Alana golpeó con un palo una escultura metálica durante HORAS, y se tiró en el suelo revolcándose en el polvo como una croqueta.

All Joy And Quite A Lot Of Fun, diría yo.

sábado, 14 de septiembre de 2019

Alana baila

Hoy Alana se ha puesto a bailar.

Estamos escuchando música en el portátil porque a Pablo se le ha antojado oír una canción que estaba cantando en la ducha, y de repente, al oír los golpes de batería de la canción que empieza, Alana,  de pie con las manos apoyadas en la cama, empieza a bailar como bailan los bebés: moviendo el culo arriba y abajo sin separar los pies del suelo, mirándome encantada con una gran sonrisa, como quien sabe que has pillado el chiste que te acaba de contar.

Sonríe y baila, y yo llamo a Pablo, que está terminando de vestirse en el baño. Él la ve y se va a por su teléfono. Alana para de bailar porque la canción se ha puesto lenta, así que buscamos otra más animada: Matador, de Los Fabulosos Cadillac.

Allá va de nuevo: mueve su cuerpecillo de once meses, se ríe, le fallan las piernas y se cae al suelo. Se vuelve a levantar, apoya los brazos y mueve el culo otra vez. A mí me inunda una emoción absurda. Está bailando.

Cuando vas a tener un bebé nadie te advierte de que tu hijo se va a pasar muchos meses pareciéndose a un brócoli. Tú lees estudios que dicen que los recién nacidos ya reconocen patrones, distinguen tu voz, tienen emociones y otro montón de habilidades cuasi-adultas, pero en el exterior tienes a un ser sin masa muscular que te mira con los ojos desenfocados.

Así que el proceso de un bebé que crece es el de ir haciéndose menos brócoli y más persona, y yo me emociono a cada paso porque me siento más cerca de que Alana y yo por fin nos entendamos.

La gente habla del instinto maternal, de que intuyes lo que le pasa a tu bebé y te vinculas a él con una corriente hormonal e inexplicable. Yo a Alana la he visto siempre un poco extraterrestre. Es una caja opaca de relaciones causa-efecto que nosotros tratamos de descifrar.

«Parece que tiene sueño». «Igual son gases». «Yo creo que le están saliendo los dientes».

Pero más que nada estás adivinando, y cada vez que se acaba el día y ella está dormida en su cama, todavía viva y entera y creciendo, yo suspiro con alivio y pienso que no ha estado mal, pero que sin duda no ha sido óptimo.

Así que a medida que pasan los meses y ella empieza a reírse conmigo, a echarme los brazos, a mirar hacia donde señalo, yo lo que pienso es que cada vez nos vamos pareciendo más. No en nuestra personalidad, sino en nuestra cualidad humana.

Y hoy se ha puesto a bailar.

A partir de hoy, ya podemos bailar juntas.

martes, 27 de agosto de 2019

Mi niña y la lluvia

Hoy Alana y yo hemos ido a hacer la compra. Al volver a casa nos ha pillado un chaparrón terrible y hemos tenido que refugiarnos en una cafetería. Ya era casi la hora de darle de cenar y acostarla, así que me preocupaba que se pusiera nerviosa. Sin embargo, estaba tranquila y entretenida entre mis brazos, alternando entre chuperretear un trozo de cartón y comerse una galleta de chocolate.

Creo que estaba tranquila por la lluvia. Se la quedaba mirando muy atenta y a ratos giraba la cabeza y me sonreía con la boca llena de galleta. A Alana no le gusta estar en brazos; siempre quiere escaparse y salir a explorar el mundo. Hoy no parecía importarle. Estaba ahí quieta sobre mí, absorbiendo el chaparrón con sus ojazos azules, tocándome con sus manitas regordetas para asegurarse de que no me había ido.

Después, cuando ha escampado un poco, hemos subido a casa por el camino que atraviesa el bosque. El agua de lluvia serpenteaba entre las piedras. «Mira, bebé —le he dicho—, esas son las piscinas donde se bañan los duendes», e inmediatamente me ha dado vergüenza contarle algo tan cutre porque ni siquiera sé de qué tamaño es un duende. Alana sacudía el manojo de llaves que yo le había dado para que se entretuviera. A ella no le importa que no sepa demasiado del tallaje fantástico.

A ella no le importan mis inexactitudes y mis errores. Imagino que de eso va crecer: lo que dicen tus padres te va importando cada vez más, hasta que, como te descuides, te pueden sacar de quicio con dos palabras. Lo pienso mucho eso cuando miro a mi hija. Veo esta etapa como un precioso y breve oasis de amor filial y me pregunto si me aguantará cuando tenga mi edad.

De momento, caminamos por el bosque. Comemos galletas. Se deja mecer por la noche antes de que la meta en la cuna mientras le canto una nana de los Beatles. Aguanta mis chaparrones de besos aunque se revuelva entre mis brazos pidiendo que la deje en el suelo. 

De momento, mi niña y yo miramos juntas la lluvia.