¿Por qué es tan emocionante recordar la primera cita? Yo a J. le interrogo de vez en cuando sobre la tarde en que el amor (o algo parecido) nos hizo suyos: qué pensó cuando me vio, cuándo decidió que me iba a meter cuello, etc, etc. Es un poco como tener el making off: saber qué había detrás de las cámaras, qué ases se guardaba él en la manga.
Algunos terapeutas de pareja recomiendan revivir el primer encuentro para fomentar la actividad sexual. Yo a veces (no se lo digáis a mi dulce novio) cierro los ojos mientras le beso e intento reproducir la sensación de la primera vez; es complicado, la verdad, porque hasta a besar a una personita fascinante y sensual como es él se acostumbra una, pero a veces lo consigo; por un momento, se corre el velo de la costumbre y de lo conocido, y me parece que me precipito por primera vez hacia sus labios, que extiendo por primera vez las manos bajo su camiseta y aspiro por primera vez su olor a hombre interesante.
¿A qué viene todo esto? Veamos, queridos lectores: una está de exámenes y se ha propuesto no interrumpir su relativamente cotidiana descarga de palabras, pero esto va a ser al precio de que yo me siente cada cierto tiempo en el ordenador de la biblioteca pública y descarge lo primero que se me pase por la cabeza, sin darle demasiadas vueltas y sin pararme a corregir, que si no pierdo el tiempo y se me va a la mañana en darle a la tecla. Y llevo varios días con la sensación de que va a pasar algo y no sé qué es, aturdida y meditabunda como si mis neuronas hubieran decidido ponerse en huelga de celo. Así que quería que mi momento de hoy frente al teclado me recordara algo bonito. Como conocer a J., que fue tan emocionante, tan de novela rosa de puro romántico, que a veces me entran ganas de desconocerle para poder vivir de nuevo lo que sentí al llegar al Lisboa y verle ahí sentado, todo feliz, con esa manera que tiene de andar por la vida como si el mundo le perteneciera o, aún mejor, como si el mundo fuera una extensión de su terraza del Albaycín y él pudiera pararse en cualquier momento a disfrutar de la vista.
Y sin más, vuelvo a la ardua tarea de introducir conocimientos en mi ligeramente desproporcionada cabeza.
viernes, 15 de junio de 2007
miércoles, 13 de junio de 2007
Reflexión matutina inspirada por el café, toma I
Esta mañana, en los diez minutos que han transcurrido entre el sonido del despertador y el momento de levantarme, he soñado con Mariana. Como resultado, he pasado el camino entre mi casa y la biblioteca recordándola y reflexionando sobre la nostalgia. Es curioso, porque a lo largo de mi vida he extrañado a mucha gente, pero a nadie de una forma tan intensa y desproporcionada como a ella, que sólo estuvo seis meses en mi vida y dejó el hueco de alguien a quien has conocido desde siempre.
Creo que echar de menos es uno de los sentimientos más desagradables que existen. Yo empecé con siete años, cuando me mudé de Córdoba a Granada. Me recuerdo a mí misma, toda repelente, mirando la lluvia desde la ventana del autobús escolar y pensando en lo deprimida que estaba (y sí, utilizaba la palabra deprimida) y escribiendo cartas a mis mejores amigas de Córdoba y soñando con extrañas configuraciones de circunstancias que me permitieran volver allí. Luego me adapté a Málaga y pasé la infancia y la adolescencia rodeada básicamente por la misma gente y residiento fundamentalmente en el mismo sitio, hasta que me planté en Barcelona con dieciocho tiernos años; desde entonces, la gente no ha parado de entrar y salir de mi vida a ritmos más o menos dispares.
A echar de menos uno se habitúa, como al clima. La primera vez que me despedí de mi dulce ex novio en la estación de autobuses de Pamplona creí sinceramente que iba a morirme de pena, y me asfixiaba entre lágrimas mirando por la ventana del autobús; la última, creo que simplemente vi desaparecer su perfil larguirucho y lánguido por detrás del tabique del metro y pasé a otra cosa. Ahora creedme que extraño a J. durante la semana, pero como nos pasamos los fines de semana pegados como un chicle a la suela de un zapato, lo llevo relativamente bien. Una de las características de hacerse mayor es ser cada vez más consciente de lo alucinantemente rápido que pasa el tiempo.
Sin embargo, no es lo mismo echar de menos a alguien que sabes que siempre volverá, como J. (con siempre me refiero a un plazo más o menos indefinido que a saber cuánto tiempo nos aguantaremos la Langosta y yo), que extrañar a alguien que ya no va estar más en tu vida, a no ser en forma de email esporádico o de brevísima visita de vacaciones. Como Mariana, por ejemplo: lo que me duele de añorarla es que pasé de compartir habitación con ella a no volver a verla en dos años (y lo que me queda para repetir). Lleida y Granada están muy lejos. O Laura, mi compañera de piso de primero aquí en Granada, que también voló lejísimos en cuanto acabó el curso (a Madrid, a Italia y luego otra vez a Madrid), llevándose sus dibujos animados, sus legañas y sus pepinillos. Creo que no es justo que algunas personas pasen por nuestras vidas como una ráfaga luminosa y cegadora y luego desaparezcan. Algunos dirán que alguien no desaparece si uno no quiere, pero no estoy del todo de acuerdo; la memoria es sabia, el olvido es adaptativo y los huecos que se quedan vacíos los llena otra gente.
Afortunadamente, hay personas que sí parecen quedarse siempre. Yo aún salgo con las mismas amigas que cuando tenía ocho años, y que sigamos siendo una piña compacta y bien avenida me parece un auténtico milagro. Y a lo mejor los que se van lo hacen para preservar en nuestra memoria un recuerdo intacto e intachable. Imaginad si yo hubiera acabado peleándome con Mariana por los platos sucios o el dinero del aceite. Mejor conservarla así, en el formol eficaz de la idealización, y alegrarme cada vez que tenga oportunidad de pasar con ella un día, como hice este septiembre.
Echar de menos en catalán se dice "trobar a faltar": te busco y encuentro que faltas. En castellano, echar en falta es más bien cuando pierdes algo o cuando te lo roban. A veces sí que parece que la vida te roba a personas que tú quieres mantener cerca. Como decía Mafalda, ¿quién se cree que es la vida para hacerle eso a uno? Pero bueno, para qué vamos a lamentarnos. Es lo que hay.
Creo que echar de menos es uno de los sentimientos más desagradables que existen. Yo empecé con siete años, cuando me mudé de Córdoba a Granada. Me recuerdo a mí misma, toda repelente, mirando la lluvia desde la ventana del autobús escolar y pensando en lo deprimida que estaba (y sí, utilizaba la palabra deprimida) y escribiendo cartas a mis mejores amigas de Córdoba y soñando con extrañas configuraciones de circunstancias que me permitieran volver allí. Luego me adapté a Málaga y pasé la infancia y la adolescencia rodeada básicamente por la misma gente y residiento fundamentalmente en el mismo sitio, hasta que me planté en Barcelona con dieciocho tiernos años; desde entonces, la gente no ha parado de entrar y salir de mi vida a ritmos más o menos dispares.
A echar de menos uno se habitúa, como al clima. La primera vez que me despedí de mi dulce ex novio en la estación de autobuses de Pamplona creí sinceramente que iba a morirme de pena, y me asfixiaba entre lágrimas mirando por la ventana del autobús; la última, creo que simplemente vi desaparecer su perfil larguirucho y lánguido por detrás del tabique del metro y pasé a otra cosa. Ahora creedme que extraño a J. durante la semana, pero como nos pasamos los fines de semana pegados como un chicle a la suela de un zapato, lo llevo relativamente bien. Una de las características de hacerse mayor es ser cada vez más consciente de lo alucinantemente rápido que pasa el tiempo.
Sin embargo, no es lo mismo echar de menos a alguien que sabes que siempre volverá, como J. (con siempre me refiero a un plazo más o menos indefinido que a saber cuánto tiempo nos aguantaremos la Langosta y yo), que extrañar a alguien que ya no va estar más en tu vida, a no ser en forma de email esporádico o de brevísima visita de vacaciones. Como Mariana, por ejemplo: lo que me duele de añorarla es que pasé de compartir habitación con ella a no volver a verla en dos años (y lo que me queda para repetir). Lleida y Granada están muy lejos. O Laura, mi compañera de piso de primero aquí en Granada, que también voló lejísimos en cuanto acabó el curso (a Madrid, a Italia y luego otra vez a Madrid), llevándose sus dibujos animados, sus legañas y sus pepinillos. Creo que no es justo que algunas personas pasen por nuestras vidas como una ráfaga luminosa y cegadora y luego desaparezcan. Algunos dirán que alguien no desaparece si uno no quiere, pero no estoy del todo de acuerdo; la memoria es sabia, el olvido es adaptativo y los huecos que se quedan vacíos los llena otra gente.
Afortunadamente, hay personas que sí parecen quedarse siempre. Yo aún salgo con las mismas amigas que cuando tenía ocho años, y que sigamos siendo una piña compacta y bien avenida me parece un auténtico milagro. Y a lo mejor los que se van lo hacen para preservar en nuestra memoria un recuerdo intacto e intachable. Imaginad si yo hubiera acabado peleándome con Mariana por los platos sucios o el dinero del aceite. Mejor conservarla así, en el formol eficaz de la idealización, y alegrarme cada vez que tenga oportunidad de pasar con ella un día, como hice este septiembre.
Echar de menos en catalán se dice "trobar a faltar": te busco y encuentro que faltas. En castellano, echar en falta es más bien cuando pierdes algo o cuando te lo roban. A veces sí que parece que la vida te roba a personas que tú quieres mantener cerca. Como decía Mafalda, ¿quién se cree que es la vida para hacerle eso a uno? Pero bueno, para qué vamos a lamentarnos. Es lo que hay.
martes, 5 de junio de 2007
El Hada Azul
Mi madrina murió el domingo de resurrección. No sufráis; tenía 90 años. Lo que más me duele de su muerte no es el hecho en sí de que haya desaparecido, sino la manera casi obscena que tuvo de tirar sus últimos treinta años por un desagüe. La conocí sentada en un sofá y la vi por última vez sentada en un sofá. No tenía aficciones, no cosía, no leía, veía la televisión sólo por tener algo donde fijar la vista. Realmente, ocupaba el día en repasar sus tristezas con la barbilla apoyada en la mano, en amasar cuidadosamente sus rencores y en llamar llorando por teléfono a todos aquéllos que aún querían (o debían) ocuparse un poco de ella.
Era buena, pero no era una buena persona, si por buena persona entendemos cumplir más o menos bien con la tarea de ser humano. Era arisca, repetitiva, pesada, culpabilizante como una pesadilla freudiana. Nunca recuerdo que la perspectiva de ir a verla se me haya presentado como algo agradable, y ni siquiera el hecho de que esté muerta va a cambiar eso.
El único recuerdo bonito que tengo de ella es que, en ocasiones, en las largas noches de verano que pasábamos en la terraza de nuestro piso de vacaciones, me recitaba larguísimas poesías que se sabía de cuando era pequeña. Eran poemas de rima un poco burda, pero me embelesaban como cuentos. En sus últimos años, cuando ya no había apenas nada de ella que quisiéramos conservar, nos insistía para que apuntáramos en una libreta todas sus canciones y poesías, para recordarlas “si se le iba la cabeza”. Murió con todas las ideas en su sitio, perfectamente lúcida con casi un siglo de monótona existencia, pero nos faltó el tiempo, así que la libreta apenas tiene rellenas ocho o diez páginas.
Hace unos días me acordé de una de sus poesías, “El Hada Azul”. Va de un hada que baja del cielo y reparte a una mujer de cada una de las naciones de la tierra un precioso don; finalmente, le dice a la española que ella es la mejor y la sube en un trono, o algo así. Infancia de posguerra, qué os voy a contar. Intenté recordarla, pero no me salía entera, así que tecleé en google “El Hada Azul”. 0’13 segundos después, ahí la tenía. Y así mi madrina se fue definitivamente al otro mundo y el vivo siguió comiéndose el bollo de la inmediatez tecnológica.
Como sigamos así, nos vamos a quedar sin nostalgia.
Era buena, pero no era una buena persona, si por buena persona entendemos cumplir más o menos bien con la tarea de ser humano. Era arisca, repetitiva, pesada, culpabilizante como una pesadilla freudiana. Nunca recuerdo que la perspectiva de ir a verla se me haya presentado como algo agradable, y ni siquiera el hecho de que esté muerta va a cambiar eso.
El único recuerdo bonito que tengo de ella es que, en ocasiones, en las largas noches de verano que pasábamos en la terraza de nuestro piso de vacaciones, me recitaba larguísimas poesías que se sabía de cuando era pequeña. Eran poemas de rima un poco burda, pero me embelesaban como cuentos. En sus últimos años, cuando ya no había apenas nada de ella que quisiéramos conservar, nos insistía para que apuntáramos en una libreta todas sus canciones y poesías, para recordarlas “si se le iba la cabeza”. Murió con todas las ideas en su sitio, perfectamente lúcida con casi un siglo de monótona existencia, pero nos faltó el tiempo, así que la libreta apenas tiene rellenas ocho o diez páginas.
Hace unos días me acordé de una de sus poesías, “El Hada Azul”. Va de un hada que baja del cielo y reparte a una mujer de cada una de las naciones de la tierra un precioso don; finalmente, le dice a la española que ella es la mejor y la sube en un trono, o algo así. Infancia de posguerra, qué os voy a contar. Intenté recordarla, pero no me salía entera, así que tecleé en google “El Hada Azul”. 0’13 segundos después, ahí la tenía. Y así mi madrina se fue definitivamente al otro mundo y el vivo siguió comiéndose el bollo de la inmediatez tecnológica.
Como sigamos así, nos vamos a quedar sin nostalgia.
domingo, 27 de mayo de 2007
Home, sweet home
(Basado en hechos reales)
A la puerta de mi casa
hay un frigorífico
una lavadora y una secadora.
Toman el aire conscientes
de la transitoriedad de las cosas.
En el garaje de mi casa
hay un grafiti enorme
de un duende azul que fuma un porro
en el que pone "Sicario".
La tele de mi casa
se ve en blanco y negro
desde hace meses
sin que nadie haga nada.
Mi madre ofrece a mi novio
yogures caducados.
Mi hermano se ducha
con su novia, y cantan Fito.
Y sobre la repisa del lavabo
antiepilépticos e inhibidores de la MAO
me miran y me dicen
"Tú serás la siguiente".
A la puerta de mi casa
hay un frigorífico
una lavadora y una secadora.
Toman el aire conscientes
de la transitoriedad de las cosas.
En el garaje de mi casa
hay un grafiti enorme
de un duende azul que fuma un porro
en el que pone "Sicario".
La tele de mi casa
se ve en blanco y negro
desde hace meses
sin que nadie haga nada.
Mi madre ofrece a mi novio
yogures caducados.
Mi hermano se ducha
con su novia, y cantan Fito.
Y sobre la repisa del lavabo
antiepilépticos e inhibidores de la MAO
me miran y me dicen
"Tú serás la siguiente".
miércoles, 23 de mayo de 2007
Sobre soñar, dormir y etcétera
En ocasiones me da miedo soñar. No es una afirmación cursi en plan “me da miedo el futuro” o “no sé si soy digna de mis sueños”. Me refiero a soñar por las noches: la fase REM y demás. A veces estoy tumbada en la cama, calentita, descansando por fin al final del día, y me da por pensar que, en unos minutos, me voy a ver inmersa en la primera chorrada que se le ocurra a mi inconsciente. Hoy, por ejemplo, he soñado que engañaba a J. y me sentía culpable cuando le veía. Él estaba como avergonzado, una víctima completa, con la cara ruborizada y los ojos llenos de lágrimas. Yo me miraba al espejo y veía la marca de cinco dedos rojos en mi mejilla derecha, que sangraba por varios sitios. Por alguna extraña razón, esa era la señal de que le había sido infiel*. Después, yo tenía un brazo roto y nadie quería escayolármelo. Daba tumbos por todo el sueño con mi hematoma y mi deformación en el húmero y todo el mundo encontraba excusas para no arreglarlo. Y dolía bastante (¿cómo somos capaces de sentir dolor en los sueños? ¿a qué huelen las cosas que no huelen?).
Entonces me digo: ¿por qué yo, una chica sana y fiel, tengo que pasarme toda la noche lesionada y culpable? Ayer fui buena persona. Cumplí relativamente con mis obligaciones. Me merezco un descanso tranquilo. Así que me planteo si deberíamos poder elegir si soñar o no. En plan: “mira, pues sí, hoy me apetece: hoy quiero averiguar qué me deparan mis aleatorias neuronas”. O “pues esta noche más bien no. Preferiría una tranquilidad aburrida y reparadora, que ya he tenido suficientes emociones”.
Creo que si dejara de soñar, andaría por ahí dando tumbos, despierta y alucinada, y mi cerebro desquiciado encontraría la forma de hacer pasar las imágenes por delante como el cinexit. Puede que escriba un cuento sobre eso, un cuento superoriginal que gane algún concurso.
Otra cosa que me parece injusta de la fisiología humana es que no nos demos cuenta de cuándo dormimos. Decimos “me encanta dormir”, pero realmente no tenemos más que la sensación de relax de justo antes y la sensación, en el mejor de los casos, de haber descansado justo después. Me jode inmensamente que lo que viene nada más acostarse sea levantarse (y, en la gran mayoría de los casos, madrugar). Deberíamos poder dormir conscientemente: disfrutar del descanso, despertarnos varias veces y dejarnos caer otra vez dulcemente en la modorra. A lo mejor con entrenamiento se consigue.
Después de estas reflexiones profundas que van a enriquecer un montón vuestra vida intelectual, me voy a dormir.
PD: Me encanta Grace Paley. Leed a Grace Paley. Me gusta tanto que me da ganas de llorar. Me gusta tanto que me quita las ganas de escribir, porque creo que nunca voy a ser capaz de hacer nada parecido. En fin…
*Querido J.: no me acostaba con el otro tío, sólo nos dábamos unos cuantos besos. Te lo digo para que no te preocupes.
Entonces me digo: ¿por qué yo, una chica sana y fiel, tengo que pasarme toda la noche lesionada y culpable? Ayer fui buena persona. Cumplí relativamente con mis obligaciones. Me merezco un descanso tranquilo. Así que me planteo si deberíamos poder elegir si soñar o no. En plan: “mira, pues sí, hoy me apetece: hoy quiero averiguar qué me deparan mis aleatorias neuronas”. O “pues esta noche más bien no. Preferiría una tranquilidad aburrida y reparadora, que ya he tenido suficientes emociones”.
Creo que si dejara de soñar, andaría por ahí dando tumbos, despierta y alucinada, y mi cerebro desquiciado encontraría la forma de hacer pasar las imágenes por delante como el cinexit. Puede que escriba un cuento sobre eso, un cuento superoriginal que gane algún concurso.
Otra cosa que me parece injusta de la fisiología humana es que no nos demos cuenta de cuándo dormimos. Decimos “me encanta dormir”, pero realmente no tenemos más que la sensación de relax de justo antes y la sensación, en el mejor de los casos, de haber descansado justo después. Me jode inmensamente que lo que viene nada más acostarse sea levantarse (y, en la gran mayoría de los casos, madrugar). Deberíamos poder dormir conscientemente: disfrutar del descanso, despertarnos varias veces y dejarnos caer otra vez dulcemente en la modorra. A lo mejor con entrenamiento se consigue.
Después de estas reflexiones profundas que van a enriquecer un montón vuestra vida intelectual, me voy a dormir.
PD: Me encanta Grace Paley. Leed a Grace Paley. Me gusta tanto que me da ganas de llorar. Me gusta tanto que me quita las ganas de escribir, porque creo que nunca voy a ser capaz de hacer nada parecido. En fin…
*Querido J.: no me acostaba con el otro tío, sólo nos dábamos unos cuantos besos. Te lo digo para que no te preocupes.
lunes, 21 de mayo de 2007
Suscribirse a:
Entradas (Atom)