massobreloslunes

viernes, 13 de julio de 2007

Blanco

En el Aquavelis, poniendo crema a los niños.

Yo(tono de voz pedagógico-entusiasta): ¡Anda, mirad a Laura toda cubierta de crema! ¡Está entera blanca! A ver, decidme cosas blancas: blanca como la nieve, como las nubes...

Laura: blanca como tú, seño.

Va a ser que va tocando ir a la playa.

martes, 10 de julio de 2007

La seño Matilda

Después de los exámenes, el espectáculo de danza de la panza (próximamente hit de youtube) y la mudanza, sin transición, me he incorporado a mi trabajo de verano. Soy profe.
La idea de que un trabajo de verano como monitora de niños en riesgo social sería más gratificante y menos machacante que, digamos, trabajar de camarera o de reponedora, surgió de algún lugar de mi mente probablemente enajenado. Hoy, que llevo dos días allí, creo que trabajar de curtidora o de herrera es, probablemente, descansado y feliz al lado de guiar por la vida a la PPP (Pequeña Pandilla de Psicópatas) que nos han encomendado.
Si fueran niños aceptablemente normales, o al menos fueran pocos, o por lo menos tuviéramos espacio y materiales, quizás sería todo un poco más sencillo. El problema es que nos han juntado con lo mejor de cada casa (o de cada clase) y por cada niño razonablemente obediente hay tres que son unos trastos. Encima, son veinticinco metidos toda la mañana en una clase pequeñísima y con la mitad del colegio en obras. Y fresquitos, claro.
De todas formas, no puedo quejarme. Mis niños tienen entre 3 y 5 años, y por mucho que haya que estar todo el día encima de ellos y te digan seño-seño-seño-seño setecientas veces por minuto, tienen aún restos de inocencia y sonrisas luminosas. Además, como cada uno es de un país, parece que estoy en la atracción de "It's a small world" de Disneylandia. Los mayores son pequeños aprendices de delincuentes que se dedican a clavarse lápices y a subirse en los asientos de las excavadoras. Tienen unas miradas de locos salvajes que hasta ahora sólo había visto en mi gato Bandido, que es como una pequeña y bicolor encarnación del Mal.
Mañana vamos al Aquavelis. Tengo espantosas visiones de niños esnucados, ahogados e insolados. Intento desplazarlas de mi mente y pensar en días felices y agua luminosa y refrescante. Ya os contaré.

domingo, 1 de julio de 2007

Ñoñoversario

YO: No tenemos ninguna fecha de aniversario. Quiero un aniversario.
J:
(...)
YO: Porque el señor don miedo-al-compromiso se negó a dejar claro que me amaba hasta vete a saber cuándo.
J: Pues vamos a poner un aniversario. ¿Qué día te gusta?
YO: No sé...
J: Podría ser la fecha de las Jornadas del Balneario, cuando dimos el taller de escritura juntos. Fuimos un equipo. Eso es bonito, ¿no?
YO: Sí, pero... no sé, al final las jornadas no han sido un buen recuerdo para mí. Me decepcionaron un poco.
J: ¿Y el viaje a la Alpujarra? Nuestro primer viaje juntos.
YO: No está mal, pero para eso queda mucho. Yo quiero que sea dentro de poco. Llevo un montón de tiempo aguantándote y quiero un aniversario antes de que te hartes y me dejes para buscarte a ti mismo o vete a saber qué.
J: Hija, pues no sé... eres muy exigente.
YO: A ver... ¿no hay ninguna fecha en concreto en la que me miraras y te dijeras: "la amo"? Ése sería un bonito momento para recordar.
J: No sé, mi amor, ha habido muchos momentos especiales para mí. Cada momento a tu lado es especial.
YO: Vaya, que no te acuerdas.
J: Um...No, lo siento.
YO: Pues yo sí recuerdo un momento en que pensé que te amaba.
J: ¿Sí? ¿Cuál?
YO: Fue el último fin de semana que pasamos juntos en Granada, antes de acabar los exámenes. Tú, yo y la gata en la casa del Albayzín. Fuimos al bar aquél donde todo era rojo y cuadrado para reírnos de los modernos, ¿sabes cuál te digo?
J: Sí.
YO: Nos pusieron de tapa unas patatitas asadas pequeñas, con aceite, ajo y perejil, creo recordar. Estaban buenísimas.
J: ¿Y así te diste cuenta de que me amabas?
YO: Espera, que no he acabado. Era un número par de patatas, y yo me comí todas las que me tocaban. Cuando a ti sólo te quedaba una en el plato, la miré fijamente y pensé: "si parte la patata y me da la mitad, es el hombre de mi vida".
J: ¿Y partí la patata?
YO: Partiste la patata.
J: Menos mal.

(Así que, si a alguien le interesa saber por qué celebraremos el próximo domingo la fecha de nuestro aniversario ñoño, que sepa que es el aniversario del día en que J. se ganó mi corazón partiendo una patata por la mitad)

(Ah, y escribo sobre eso hoy porque no se me ocurre nada más y llevo muchos días sin actualizar).



lunes, 25 de junio de 2007





Cuando era pequeña, mi padre me llevaba a comprar libros y a tomar algo, a pasear y a cenar. Decía que lo pasaba muy bien conmigo, que se sentía muy afortunado de tener una hija como yo. De un tiempo a esta parte, sin embargo, siento que estamos muy lejos el uno del otro. Me da la sensación de que, aunque él ha avanzado mucho en el camino de la vida, no puede ayudarme, porque yo camino justo en la dirección opuesta (o, por lo menos, en una carretera diferente, al otro lado de la bifurcación). Así que últimamente no me gusta mucho quedar con mi padre a solas. Habla en un tono monocorde, gris, con un rictus permanente de pesadumbre y miedo en la cara. Hace tres años le quitaron un melanoma, y creo que esa sacudida de la mortalidad, ese recordar que lleva una fecha de caducidad grabada en el dorso, le ha dejado hundido en una especie de existencialismo mediocre que subsana como puede, entre gintonics, bizcochos de chocolate y colaboraciones con alguna ONG.
Así que apenas tenemos ningún tema de conversación, porque es como hablar con alguien que está mirando continuamente la tele interior de sus negros pensamientos. Los únicos temas de conversación que compartimos son la cocina y la literatura. Cuando no sé qué contarle, le pregunto cómo hace él la paella o qué puedo preparar con salsa de almendras, y entonces se le iluminan un poco los ojos siniestramente parecidos a los míos y puede tirarse siglos explicando cómo descubrió la manera de que el arroz quedara perfecto y a la bechamel no le salieran grumos.
Lo de los libros lo descubrí hace poco. Mi madre decía que mi padre siempre compraba libros muy raros; que leía un trozo de la contraportada y, si le llamaba la atención, se lo llevaba. Yo creía, como siempre, que mi madre tenía razón, así que empecé a leer literatura de adultos por Isabel Allende y Rosamunde Pilcher. Luego me entró el cansancio de lo cursi y el gustillo del realismo sucio, de Carver, de Capote. Leí a John Irving, me enganché a Auster y empecé a querer visitar Estados Unidos para ver de dónde salía esa extrañamente lúcida percepción de las cosas. Y de repente un día mi padre me dijo que le comprara el nuevo de Auster para su cumpleaños, y he ahí que aquellos libros tan raros que compraba mi padre se parecían bastante a lo que yo quería leer. Mi padre, como yo, quiere básicamente entretenerse, engancharse, no ser capaz de dejar el libro ni mientras esperas en la cola de la pescadería. Como yo, él abomina de lo cursi y de los escritores españoles empalagosos (permítaseme generalizar, que éste blog es muy minoritario como para ser políticamente correcta). Desde entonces, intercambiamos libros y le tengo a él como suministro de las novedades que yo no me puedo permitir.
Hace unas semanas le pedí que me comprara un libro: “Este libro te salvará la vida”, de A.M. Homes. Había leído una colección de cuentos de la autora y me había encantado. Mi padre me llamó: “te he comprado el libro, ¿te importa que me lo lea antes y te lo doy cuando vengas a Málaga?”. Casi me había olvidado cuando ayer me entregó la novela antes de que me marchara de su casa tras el almuerzo. “¿Te ha gustado?”, pregunté, y en las décimas de segundo que transcurrieron entre mi pregunta y su respuesta sentí que un montón de cosas que no era capaz de precisar dependían de aquel juicio: no es si a mi padre le gusta o no la novela; es si a Mi padre le gusta la novela que Yo le he recomendado.
“Uf, me ha encantado”, dice él, “la he leído volando”.
Me paso todo el día contentísima. La ha encantado el libro, le ha encantado el libro, tarareo mentalmente, y me muero de ganas de leerlo para confirmar que a mí también, y que es mi padre, que no soy un error genético, que pueden conmovernos las mismas cosas. Así que mientras vuelvo a Granada en el autobús de las nueve leo, primero a la luz mortecina del atardecer en la carretera, luego bajo el frágil foco que hay encima de la cabeza de mi compañero de asiento (el mío no funciona). Hoy estudio y leo, viajo en autobús urbano y leo, tomo un té con hielo a media tarde y leo. Cuando termino de estudiar, me siento en los escalones de la biblioteca y me acabo las últimas cincuenta páginas del libro, engullendo rápido las líneas para que no se me haga de noche.
Me parece que es lo más cerca que he estado de mi padre en mucho tiempo. Y no es un libro intrascendente. Habla de la bondad, de la gente que intenta hacer el bien, de meditación, incluso. Habla de un padre y de su hijo, que hace mucho que no se ven y que a vece no se gustan pero, aun así, se adoran. Es conmovedoramente humana y contenidamente (o a lo mejor no; a lo mejor brutalmente) optimista. Y tiene la ambigüedad extrañamente pura de la literatura norteamericana, que a mí me encanta y a mi padre también.
Ahora, que estoy a punto de irme a dormir con la sensación de plenitud melancólica de haber terminado un buen libro, no sé si alegrarme porque lo mío con mi padre puede tener futuro o entristecerme por conformarme con tan poco.
No me haré la interesante: creo que, en general, estoy contenta.

martes, 19 de junio de 2007




Otra vez ese pensamiento inquietante. Sus padres se separaron, cierto. No se llevaban bien, cierto. Ahora todos han aceptado la situación como adultos civilizados, cierto. Sin embargo, ella está ahí, y es el resultado de cuando ellos sí se querían. Tiene la mitad de los cromosomas de uno y la mitad de otro. Le resulta tan raro pensarlo: ella, como símbolo máximo del amor, como unión de dos seres que no van a poder separarse nunca. Se mira al espejo y ahí están: los ojos de su padre, flotando inquietantemente sobre la boca de su madre, y en medio una nariz que parece suya (porque ella no se la ha visto a nadie más) intentando poner paz. Entonces piensa: si se separaron, si se odian, qué hago yo con mis genes. Hay dos seres viviendo en mí, dos aliens que no pueden llevarse bien, porque son de naturaleza distinta, porque no estaban hechos para estar juntos. Y no puede dejar de pensar eso; y le inquieta, hasta un punto que no sospechaba, la idea de sus dos mitades prisioneras en ella, diariamente enfrentadas, condenadas a entenderse.

viernes, 15 de junio de 2007

Pensamientos que no vienen a cuento inducidos por el estudio, toma I

¿Por qué es tan emocionante recordar la primera cita? Yo a J. le interrogo de vez en cuando sobre la tarde en que el amor (o algo parecido) nos hizo suyos: qué pensó cuando me vio, cuándo decidió que me iba a meter cuello, etc, etc. Es un poco como tener el making off: saber qué había detrás de las cámaras, qué ases se guardaba él en la manga.

Algunos terapeutas de pareja recomiendan revivir el primer encuentro para fomentar la actividad sexual. Yo a veces (no se lo digáis a mi dulce novio) cierro los ojos mientras le beso e intento reproducir la sensación de la primera vez; es complicado, la verdad, porque hasta a besar a una personita fascinante y sensual como es él se acostumbra una, pero a veces lo consigo; por un momento, se corre el velo de la costumbre y de lo conocido, y me parece que me precipito por primera vez hacia sus labios, que extiendo por primera vez las manos bajo su camiseta y aspiro por primera vez su olor a hombre interesante.

¿A qué viene todo esto? Veamos, queridos lectores: una está de exámenes y se ha propuesto no interrumpir su relativamente cotidiana descarga de palabras, pero esto va a ser al precio de que yo me siente cada cierto tiempo en el ordenador de la biblioteca pública y descarge lo primero que se me pase por la cabeza, sin darle demasiadas vueltas y sin pararme a corregir, que si no pierdo el tiempo y se me va a la mañana en darle a la tecla. Y llevo varios días con la sensación de que va a pasar algo y no sé qué es, aturdida y meditabunda como si mis neuronas hubieran decidido ponerse en huelga de celo. Así que quería que mi momento de hoy frente al teclado me recordara algo bonito. Como conocer a J., que fue tan emocionante, tan de novela rosa de puro romántico, que a veces me entran ganas de desconocerle para poder vivir de nuevo lo que sentí al llegar al Lisboa y verle ahí sentado, todo feliz, con esa manera que tiene de andar por la vida como si el mundo le perteneciera o, aún mejor, como si el mundo fuera una extensión de su terraza del Albaycín y él pudiera pararse en cualquier momento a disfrutar de la vista.

Y sin más, vuelvo a la ardua tarea de introducir conocimientos en mi ligeramente desproporcionada cabeza.

miércoles, 13 de junio de 2007

Reflexión matutina inspirada por el café, toma I

Esta mañana, en los diez minutos que han transcurrido entre el sonido del despertador y el momento de levantarme, he soñado con Mariana. Como resultado, he pasado el camino entre mi casa y la biblioteca recordándola y reflexionando sobre la nostalgia. Es curioso, porque a lo largo de mi vida he extrañado a mucha gente, pero a nadie de una forma tan intensa y desproporcionada como a ella, que sólo estuvo seis meses en mi vida y dejó el hueco de alguien a quien has conocido desde siempre.

Creo que echar de menos es uno de los sentimientos más desagradables que existen. Yo empecé con siete años, cuando me mudé de Córdoba a Granada. Me recuerdo a mí misma, toda repelente, mirando la lluvia desde la ventana del autobús escolar y pensando en lo deprimida que estaba (y sí, utilizaba la palabra deprimida) y escribiendo cartas a mis mejores amigas de Córdoba y soñando con extrañas configuraciones de circunstancias que me permitieran volver allí. Luego me adapté a Málaga y pasé la infancia y la adolescencia rodeada básicamente por la misma gente y residiento fundamentalmente en el mismo sitio, hasta que me planté en Barcelona con dieciocho tiernos años; desde entonces, la gente no ha parado de entrar y salir de mi vida a ritmos más o menos dispares.

A echar de menos uno se habitúa, como al clima. La primera vez que me despedí de mi dulce ex novio en la estación de autobuses de Pamplona creí sinceramente que iba a morirme de pena, y me asfixiaba entre lágrimas mirando por la ventana del autobús; la última, creo que simplemente vi desaparecer su perfil larguirucho y lánguido por detrás del tabique del metro y pasé a otra cosa. Ahora creedme que extraño a J. durante la semana, pero como nos pasamos los fines de semana pegados como un chicle a la suela de un zapato, lo llevo relativamente bien. Una de las características de hacerse mayor es ser cada vez más consciente de lo alucinantemente rápido que pasa el tiempo.

Sin embargo, no es lo mismo echar de menos a alguien que sabes que siempre volverá, como J. (con siempre me refiero a un plazo más o menos indefinido que a saber cuánto tiempo nos aguantaremos la Langosta y yo), que extrañar a alguien que ya no va estar más en tu vida, a no ser en forma de email esporádico o de brevísima visita de vacaciones. Como Mariana, por ejemplo: lo que me duele de añorarla es que pasé de compartir habitación con ella a no volver a verla en dos años (y lo que me queda para repetir). Lleida y Granada están muy lejos. O Laura, mi compañera de piso de primero aquí en Granada, que también voló lejísimos en cuanto acabó el curso (a Madrid, a Italia y luego otra vez a Madrid), llevándose sus dibujos animados, sus legañas y sus pepinillos. Creo que no es justo que algunas personas pasen por nuestras vidas como una ráfaga luminosa y cegadora y luego desaparezcan. Algunos dirán que alguien no desaparece si uno no quiere, pero no estoy del todo de acuerdo; la memoria es sabia, el olvido es adaptativo y los huecos que se quedan vacíos los llena otra gente.

Afortunadamente, hay personas que sí parecen quedarse siempre. Yo aún salgo con las mismas amigas que cuando tenía ocho años, y que sigamos siendo una piña compacta y bien avenida me parece un auténtico milagro. Y a lo mejor los que se van lo hacen para preservar en nuestra memoria un recuerdo intacto e intachable. Imaginad si yo hubiera acabado peleándome con Mariana por los platos sucios o el dinero del aceite. Mejor conservarla así, en el formol eficaz de la idealización, y alegrarme cada vez que tenga oportunidad de pasar con ella un día, como hice este septiembre.

Echar de menos en catalán se dice "trobar a faltar": te busco y encuentro que faltas. En castellano, echar en falta es más bien cuando pierdes algo o cuando te lo roban. A veces sí que parece que la vida te roba a personas que tú quieres mantener cerca. Como decía Mafalda, ¿quién se cree que es la vida para hacerle eso a uno? Pero bueno, para qué vamos a lamentarnos. Es lo que hay.