massobreloslunes

sábado, 3 de mayo de 2008

Las magdalenas del maligno

Se me da relativamente bien la cocina, pero soy una repostera terrible. No porque yo no ponga lo mejor de mí, sino porque para hacer tartas, bizcochos y galletas una tiene que enfrentarse a ese enemigo insaciable y traicionero que es el horno. Cuando se cocina en la hornilla, se puede ir más o menos probando, rectificando de aquí y de allí y controlando que todo va haciéndose según los planes. Meter algo en el horno, por mucho que una no se salga de los tiempos y las temperaturas que marca la receta, es un acto de fe.

Así que el otro día, cuando me entró un peligroso antojo de muffins de chocolate, decidí que esta vez no me iba a pasar lo de siempre. Con esto de la crisis, hasta el Mercadona es una ruina, así que no estaba dispuesta a tirar a la basura un bol entero de masa por culpa de ese aparato del demonio que es el horno. Tenía un plan. Para empezar, hice la masa con proporciones mitad sacadas de la receta, mitad intuitivas. Lo siento, pero no soy capaz de seguir una receta al pie de la letra. Después miré desafiante mi viejo horno de gas de piso antiguo. Dos posiciones: arriba y abajo. Dos temperaturas: al máximo y al mínimo. Sin temporizador. Sin luz. Entre mi bol de masa y unas maravillosas magdalenas de chocolate sólo se interponía aquel instrumento de Satán. Pero yo sería más fuerte que él.

Así que saqué los papelitos para magdalenas made in Hacendado y decidí que probaría con distintas combinaciones de tiempo, posición y temperatura metiendo sólo cuatro magdalenas cada vez. Una vez que hubiera dado con la combinación perfecta, haría la bandeja entera.

Resultados del invento:

Versión 1.0: 20 minutos con el fuego abajo al máximo-> quemadas por abajo, crudas por arriba.
Versión 2.0.: 30 minutos con el fuego abajo al mínimo-> crudas en general.
Versión 3.0.: 20 minutos con el fuego arriba al máximo -> quemadas por arriba, crudas por abajo.
Versión 4.0.: 40 minutos con el fuego abajo al máximo-> Eureka!

Adri y yo habíamos quedado en el chino para cenar y llevé dos magdalenas para hacer la prueba. Estaban realmente buenas, incluso para nuestras papilas gustativas adormecidas por el glutamato monosódico y esa salsa de soja densa como el alquitrán.

Al día siguiente, tenía clase a las 11 y me levanté temprano a meditar y escribir un poco (no se puede ser más intelectual y espiritual que yo). De paso, decidí que pondría el resto de la masa en el horno para poder llevarme las magdalenas hechas a clase (por la tarde me iba directamente al autobús para venir a pasar el puente a Málaga). Estaba tan, pero tan contenta. Me sentía tan inteligente y astuta de haber encontrado la manera perfecta de hacer deliciosas magdalenas caseras. Rellené un montón de papelitos con lo que me quedaba de masa y los metí en el horno. Canturreaba por la casa mientras el olorcito a chocolate impregnaba el fresco aire matutino.

Gracias a este experimento he aprendido intuitivamente que NO ES LO MISMO meter cuatro magdalenas que veinte. Que, de alguna manera que la física podrá explicar pero yo no, el calor NO LLEGA IGUAL cuando hay tantas magdalenas. Que definitivamente cuarenta minutos con el fuego al mínimo tampoco es la combinación correcta.

Pero si creéis que tirar a la basura veinte magdalenas crudas con extra de nueces y chocolate negro para que salieran más ricas va a hacerme desistir en mi empeño de tener éxito en la repostería, entonces, queridos, no me conocéis en absoluto.

lunes, 28 de abril de 2008

Off

Llevo todo el día fascinada por la noticia del incremento de la natalidad a causa del apagón de Barcelona hace nueve meses. Si investigas un poco más a fondo el artículo, te das cuenta de que no está claro que el ligero aumento de bebés nacidos en estas fechas sea un efecto directo del apagón, pero hay algo muy sugerente en la idea.

Imagino a media ciudad condal sumida en la oscuridad. Las estrellas brillan sobre ella por primera vez en mucho tiempo. Se dibujan los contornos de los objetos en la casa vacía, y se hace el silencio sin televisión, sin ordenador, sin reproductor de cd’s. Un hombre y una mujer se miran a la luz de la vela que han conseguido encontrar en un cajón de la cocina y, de repente, toman conciencia de que su vida es finita, apenas un soplo de luz en la noche de los tiempos. De que el mundo fue oscuro durante eras, y volverá a serlo cuando nuestra raza se haya extinguido de hambre o de locura. Entonces piensan en todo lo que han estado hablando estos últimos meses: eso de esperar un momento mejor, de que un niño te cambia la vida, del pan bajo el brazo, que muy grande tiene que ser para compensar lo caro y lo difícil que está todo. Miran el estudio que montaron en la habitación que sobraba y que en el fondo ninguno utiliza y lo imaginan pintado de azul o rosa, con una cenefa de Winnie the Pooh en la parte superior, e imaginan en él a una pequeña copia de sí, a un ser que es ellos y no lo es y que, si todo va bien, les sobrevivirá y les permitirá creer que son inmortales. Y se dicen que a la mierda, que los hijos se han tenido siempre, con o sin crisis, que al fin y al cabo para eso estamos aquí, y polvo somos y en polvo nos convertiremos, pero entre polvo y polvo podemos proyectar la insignificante herencia de nuestro ADN hacia más allá de donde alcanza nuestra vista. Se acomodan entre las mantas, sintiéndose un poco un hombre y una mujer de las cavernas, a la luz temblorosa de la vela, y piensan que es una pena que no haya una chimenea en su pisito del Eixample. Y hacen el amor dándose por primera vez cuenta de su función real, que hasta entonces había sido siempre puesta en segundo plano para dejar paso al placer de la carne. Pero esta noche no; esta noche ella es consciente de cómo él la llena, del líquido caliente que recorre sus cavidades y bucea hasta donde no pueden seguirle. Casi puede sentir el chisporrotazo de luz cuando ocurre el milagro.

Dice la misma noticia que después del 11S también aumentó la natalidad en EEUU. Tristes y pequeños humanos, que ejercemos decididos el único poder que nos queda frente a la muerte: engendrar a más como nosotros que, al final, también van a acabar muriéndose.

Si pienso mucho en estas cosas me mareo.

domingo, 27 de abril de 2008

Hoy voy a escribir un post que llevo mucho tiempo aplazando para quedar bien con vosotros. Lo voy a hacer aunque sé que no sirve para nada y que me va a joder la ecuanimidad que tanto esfuerzo me cuesta medio alcanzar. Voy a hacerlo porque he tenido que ponerme los tapones de los oídos gracias al bacalao del vecino y creo que el mundo necesita que alguien diga ya las cosas claras.

Y el post se titula: POR QUÉ LA MÚSICA ME PARECE UN INVENTO NAZI.

Después de leerlo, todos vosotros, que seguro que sois de ésos que proclamáis que no podríais vivir sin ese invento maravilloso que es la música, dejaréis de visitar este blog. Bueno. Correré el riesgo.

Sí, la música es maravillosa. Es el máximo arte, la abstracción sin más vehículo que ella misma, donde significante y significado son una sola cosa. Conecta directamente con las estructuras subcorticales de la emoción y el placer, y nos teletransporta a universos desconocidos. Yo no escucho mucha música; no por nada, sino porque no encuentro el momento, y no me gusta hacerlo mientras estoy ocupada en casi cualquier otra cosa (incluyendo charlar con amigos o, por supuesto, escribir). Sólo escucho música mientras ando por la calle, e incluso entonces mi repertorio se reduce a unas decenas de canciones que tengo machacadas hasta la saciedad, incluyendo éxitos de mi adolescencia como Shakira o The Corrs. Descubro un grupo/cantante nuevo cada muchos meses. Y así me va bien. Supongo que agoté la poca melomanía que traía de serie cuando mi Querido Ex Novio Funes me hizo tragarme Toda la Música Buena del Mundo en los dos años que pasamos juntos. Por aquellos tiempos yo era joven e inexperta, le amaba con sinceridad y no me importaba hacer un esfuerzo para digerir a Genesis o a algún extraño grupo de jazz checo. Ahora que ya todo me da un poco igual, me he resignado a ser una inculta musical y a disfrutar desesperadamente con mis cuatro cantautores de siempre (porque, en el fondo, sigo siendo escritora, y lo que más me gusta de la música es la letra).

Pero volvamos al principio del post. Doy dos razones fundamentales para explicar mi afirmación. La primera, que la gente a la que le gusta mucho la música se cree que es una condición fundamental para ser humano, sensible y buena persona (más o menos como la gente a la que le gustan los perros). Hace un par de años conocí en una fiesta a un chico bastante majo. Charlamos y tonteamos un poco (yo amaba a J., pero J. aún no tenía muy claro si me amaba a mí, así que intentaba desquitarme) y, en un momento dado, él me preguntó qué música me gustaba. En un ataque de sinceridad, le dije que a mí, la verdad, la música me interesaba más bien poco. Abrió mucho los ojos “¿y cómo vives?”, me dijo. Pues como tú, inútil, pensé, sólo que escuchando menos música, so intolerante. Me encogí de hombros y me puse a hablar con otra persona.

La segunda razón es que los momentos de mi vida en los que he disfrutado con la música han sido, sin duda, mucho menos numerosos que los momentos en que algún nazi de la categoría anterior, avalado por la creencia de que Su Música es lo más grade que se ha creado en el planeta tierra, me ha obligado a escuchar al adorado objeto de su admiración contra mi voluntad. Cito de memoria el Espantoso viaje Granada-Málaga que pasé escuchando electropop en el coche de una amiga; la Horrorosa tarde de dibujo en el Albayzín que me jodió un gilipollas poniendo tecno a toda pastilla; las Sufrientes horas de meditación intentando desplegar toda mi ecuanimidad para aguantar el reggaetón del vecino. La música es un invento nazi porque llega a través de los oídos, los órganos sensoriales más desprotegidos y castigados del cuerpo, los únicos que no pueden cerrarse a voluntad. Porque para que yo escuche lo que me gusta, también tienen que escucharlo los seres humanos que comparten espacio vital conmigo.

Por no hablar de las personas que tocan un instrumento musical. La primera ley del instrumentista dice que el sonido de un instrumento es mucho más agradable cuando uno lo toca que cuando lo escuchan los demás. Me acuerdo del novio de mi compañera de piso, que tocaba el violín e improvisaba arreglos de Chambao en la terraza de nuestro ático. A ver, ¿acaso yo cuando termino un cuento cojo un megáfono y te obligo a escucharlo mientras tú estás sentado tranquilamente en el salón de tu casa? ¿Te sujeta un pintor la cabeza para que mires fijamente su cuadro durante horas? Amigos que tocáis un instrumento: el espacio acústico no os pertencece.

[Nota: El Efecto Instrumentista es mucho mayor cuando el instrumento que uno toca es de percusión]

Me gusta la música, ¿vale? Todo el piano, canturreo a menudo, disfruto oyendo las canciones que yo elijo. Lo que pasa es que no me gusta tanto, ni tan alta. Prefiero mis libros, respetuosos, que no molestan a nadie y que nadie tiene que leer a la vez que yo sin quererlo. Creo que crean menos karma.

Y aquí termina el post que acabará con la imagen de chica sensible y cultureta que todos tenéis de mí.

viernes, 25 de abril de 2008

Esas pequeñas cosas

"Cásate conmigo", le decía siempre ella al encargado de lavar cabezas en la peluquería.
"De acuerdo", dijo él un día. "Casémonos".
No ha resultado ser un marido especialmente interesante o atento, pero cada vez que se retuerce de gusto bajo sus manos, ella piensa que hay matrimonios que se sostienen con mucho menos.

miércoles, 23 de abril de 2008

Día del libro o ese post que escribimos hoy los blogueros culturetas

Quería hacer un post chuli del Día del Libro. Pero no sé. ¿Qué os digo sobre leer que no os haya dicho ya? Es, sencillamente, la mejor actividad del mundo. ¿Mejor que follar?, dirán algunos. Bueno, depende. De con quién folles y de qué libro te estés leyendo. Leer es lo único que puedo hacer sin tener nunca la sensación de estar perdiendo el tiempo. Para una persona con ansiedad patológica como yo, eso es decir bastante.

Se dice mucho que la gente hoy en día no lee y que los libros van a morir y que blablabla. Yo que sé. La gente se lo pierde. Al fin y al cabo, leer es una actividad que se disfruta en solitario. Hablar de libros mola, pero es difícil encontrar a alguien que haya leído lo mismo que tú lo suficientemente cerca en el tiempo como para que podáis intercambiar impresiones fiables. Y, en cualquier caso, cuando un libro te gusta de verdad de verdad, su belleza no puede expresarse en palabras. Lo que quiero decir con todo esto es que mientras leer siga siendo una actividad socialmente bien vista, seguirá habiendo bibliotecas y yo podré seguir recibiendo mi dosis. Así que, como os decía, si la gente no lee, pues ellos se lo pierden. Con poder leer yo, como dice mi padre, "estoy al otro lado".

Además, toda la parafernalia que rodea tanto a los libros como a los escritores (presentaciones literarias, firmas, conferencias, talleres conoce-al-autor etc, cada vez me parecen más prescindibles. Opino que la comunicación básica entre escritor y lector debería ser el libro: yo escribo, tú me lees, y todo lo que te pueda decir más allá de lo que tú percibas en mis páginas no te lo he sabido contar bien. Pero a lo mejor ésa es una opinión un poco nazi.

Me hubiera hecho ilusión que alguien hoy me regalara un libro. Claro, que eso en Andalucía no se estila y, además, tampoco tengo tanto candidato dispuesto. Pero me gusta el concepto de regalar libros, igual que el de biblioteca pública. Regalar libros me gusta porque no es regalar un objeto: se regala el tiempo que esa persona va a disfrutar leyendo. En cuanto a las bibliotecas, creo que nunca he leído más a gusto que ahora que lo hago gratis, indiscriminadamente, con una variedad tan enorme de títulos para elegir. Cuando era pequeña, mi padre me hacía escoger los libros por su grosor, porque siendo como es de natural tacaño, no le gustaba que devorase su dinero en un par de días. Supongo que así consiguió encasquetarme a Julio Verne y a Mark Twain. Hace un par de años, recuerdo haber pensado que de mayor (oh, dios mío, ¡pero si ya soy mayor!) quería ganar el dinero suficiente como para poder comprarme libros sin hacer cálculos. Ahora que voy a la biblioteca, ya lo he solucionado, y disfruto de la lectura en estado puro, incontaminada, delicioso transvase de cultura gratuita. Y es verdad que me da pena devolver los que me han gustado, no poder amontonarlos a mi alrededor y acariciarlos de vez en cuando con los dedos. Pero también en eso hay parte de desprendimiento, de dejarse fluir, de comprender que la lectura es, como toda la vida humana, transitoria, y que la sabiduría no es (como cree mucha gente) algo que uno pueda apilar a su alrededor como una fortaleza.

Pero qué trascendente me pongo enseguida.

Si alguien se anima a regalarme un libro, por Sant Jordi o por lo que sea, quiero Dobles Parejas, de John Irving. La rosa ya pues tant me fa que sea una u otra, que dirían los catalanes. Que lo importante es la intención.

martes, 22 de abril de 2008

Amelie tribute

Cuando me preguntan sobre lo que me gusta, hay cosas que nunca digo.

Me gusta hacer con tranquilidad tareas antiguas y simples, como pelar habas, o coser botones, o intentar sacar brillo a algún objeto que lleva años ennegrecido.
Me gustan los días de nubarrones negros y retazos de sol, cuando el paisaje brilla con un fulgor amarillo y siniestro.
Me gusta hacer plastilina.
Me gusta saludar a las ciudades y a los objetos y luego imitar sus voces retumbantes devolviéndome el saludo (“¡Hola, Granada!” “Hoolaa, Mariiinaaa”).
Me gusta que los obreros me digan burradas cuando paso. O, mejor: no me gusta que los obreros no me digan burradas cuando paso.
Me gusta dormir. Aunque luego no me cundan las mañanas.
Me gusta que el termómetro confirme que tengo fiebre.
Me gusta que me halaguen descaradamente. Me gusta más de lo que puedo admitir que me digan que escribo bien.
Me gusta la comida china y chuperretear la sopa de sobre en polvo.
Me gusta desesperadamente estar viva. Aunque a veces me queje.

Ahora sed buenos. Decidme algo que os guste y que no hayáis dicho nunca a nadie.

viernes, 18 de abril de 2008

Hoy mi padre me ha llevado a ver al dermatólogo o Gran Gurú de la Isotretinoína. Cuando le he contado mis males, me ha recomendado no hacer ejercicio, así que he decidido dejar la danza de la panza e invertir el dinero que iba a gastar en clases y trajes para la gala de fin de curso en apuntarme a un taller literario por Internet. ¿Por qué? Dejé los talleres porque me aburría estar sentada durante tres horas y escuchar al profesor hablando por enésima vez del punto de vista del narrador, y tener que oír luego la sucesión de relatos en general chungos de gente que escribe por primera vez en su vida. Que no es que sea elitista, pero la etapa de los cabellos de oro y del dijo él con tristeza ya la pasé hace tiempo. Aun así, noto que me estoy estancando un poco. Me falta explorar, probar con propuestas nuevas, que alguien me diga qué le falta a mis relatos para qu lleguen a ser todo lo que pueden ser. Alguien con criterio. Y lo de los talleres en Internet no me parece mala idea: el profe lee tu relato y te lo comenta, tú puedes criticar y dejar que te critiquen los demás y no tienes que andar aguantando clases magistrales ni conversaciones intelectuales de pausa para el cigarro.

Cuando se lo he contado a mi padre mientras tomábamos una caña en una terraza, me ha dicho que dónde se enteraba uno de eso. "¿Por qué quieres saberlo?", le he preguntado. "Por nada, porque me he puesto a escribir últimamente, pero escribo muy mal... tengo las cosas muy claras en mi cabeza, pero cuando salen hay algo que falla. Lo reviso y es como leer una mala novela". Dice que está buscando pasatiempos para la jubilación, y que escribir le apetece. Que quiere escribir un relato sobre las cajas: sobre cómo antes no se compraban ni se vendían, sino que se reutilizaban, y la costura iba a las cajas de latón de los bombones cuétara, y las fotos a las cajas blancas de las camisas.

Qué tierno, mi padre cirujano, temblando de inseguridad frente a la hoja en blanco. ¿Dónde está la facultad de escribir bien o mal? Mi padre lee muchísimo y habla muy bien, hilvanando las ideas con claridad y fluidez, sin repetirse. Sin embargo, se pone a escribir y dice que le parece estar leyendo una novela mala; y me fío, porque creo que ya he dicho alguna vez que mi padre y yo tenemos gustos parecidos. Si uno registra directamente lo que piensa, no le salen más que frases inconexas, absurdas, entrecortadas. Si se para demasiado, acaba bloqueándose y la escritura se hace forzada. A lo mejor se escribe bien cuando se consigue acallar a las demás voces de la cabeza y escuchar sólo a una, y darle el espacio suficiente como para que pueda terminar sus frases. Entonces tú no tienes más que transcribir lo que te dice. Supongo que por eso escribir acaba siendo relajante, catártico: porque el confuso flujo de la conciencia se desenreda por unos minutos y los pensamientos se cierran, completos, hermosos, y da la sensación de que la vida empieza al principio de la página y termina cuando tú decides poner el punto.

Lo bueno es que, bien o mal, cualquiera puede escribir, y encima están los blogs e internet, democratizando el derecho a publicar y a ser leído. Y escribas como escribas, sobre cajas o sobre porno, para ser famoso o para matar el tedio de la vejez, al final descubres qué es lo que tiene esto de mágico y de tremendamente divertido y te dejas seducir. Y escribes. Y eso es lo importante.