Estoy en la biblioteca de Andalucía estudiando para los exámenes de febrero. Cada día, a eso de las diez, un grupo de niños de algún colegio viene a conocer la biblioteca. Uno de los bibliotecarios hace de guía y les explica cómo consultar y sacar en préstamo libros y discos. En general, son niños muy, muy pequeños, de unos cuatro o cinco años, y miran al bibliotecario con los ojos muy abiertos y cara de no entender nada. Aun así, es bonito cuando cruzan en fila junto a nosotros por el lateral de la sala de estudio, algunos cogidos de la mano, otros adelantándose o retrasándose, hablando entre sí, mirando a todas partes. Me recuerdan a las ilustraciones de los libros de “El pequeño Nicolás”.
Hoy bajo por uno de los laterales de la sala central hacia los lavabos y les veo reunidos junto a la mesa de préstamo. El guía habla, y su voz se alza en medio del silencio del edificio. Es un guía muy amable, porque repite lo mismo todos los días y todavía es capaz de hacer que parezca que es la primera vez.
- Ahora voy a explicar una cosa muy importante, niños – dice, y yo me quedo parada a mitad de la escalera, porque si es muy importante me gustaría enterarme -. Si alguna vez empezáis a leer un libro, no tenéis por qué terminarlo. Si no os está gustando, lo dejáis y cogéis otro nuevo.
Sonrío. Me gusta su manera de enfocar el asunto.
- Sin embargo – continúa -, si os mandan un libro en la escuela, os lo tenéis que leer hasta el final. Aunque no os guste, siempre que os den en el colegio un libro para leer, tenéis que terminarlo.
Arqueo las cejas. Sí que es importante la lección, pienso. Importante y dura. Hay muchas cosas que uno tiene que terminar aunque no le gusten. Pero enseguida me rebelo: leer no debería ser aburrido, ni siquiera por mandato escolar. Leer debería estar en el apartado de los placeres puros, como el chocolate, el sol de invierno y los besos con lengua. De un par de saltos, me planto delante de los niños e interrumpo al guía.
- Escuchad – les digo, y ahora es mi voz la que suena muy alto en medio del silencio -. Las cosas no son así. Os mandan esos libros en el colegio porque pueden conseguir que los autores vayan a dar una conferencia, y los autores se ofrecen no porque sean buenos, sino porque saben que ser recomendados en las escuelas les asegura un buen nivel de ventas. Vosotros no tenéis la culpa de que Roald Dahl este muerto. No le hagáis ni caso. Hay muchísimos libros en el mundo, y la vida humana es breve.
Pero no lo he dicho, claro; sigo mirando la escena desde la barandilla de la sección de documentales y pienso que ya lo descubrirán ellos. Continúo bajando y pienso en los libros. Benditos sean, me digo, benditos pequeños hermosos animalitos dormidos...
martes, 21 de abril de 2009
jueves, 16 de abril de 2009
Qué estrés
Horario de Marina el miércoles, 15 de Abril de 2009
7'45: levantarme de la cama.
8'00-9'00: meditar.
9'00-10'00: desayunar y subir a clase.
10'00-11'00: prácticas.
11'00-12'00: café.
12'00-1'00: reunión con grupo de trabajo.
1'00-2'00: clase.
2'00-2'30: paseo hacia casa.
2'30-3'30: preparar la comida.
3'30-4'00: comer y ver "Cómo conocí a nuestra madre".
4'00-5'30: ver Fama.
5'30-6'30: practicar portés de Fama.
6'30-8'00: tomar café.
8'00-9'00: bailar.
9'00-10'00: ver fotos.
10'00-12'00: cenar, jugar al continental, charlar.
12'00: a la cama.
No quiero acabar la carrera :(
Pequeña muestra de nuestros portés.

7'45: levantarme de la cama.
8'00-9'00: meditar.
9'00-10'00: desayunar y subir a clase.
10'00-11'00: prácticas.
11'00-12'00: café.
12'00-1'00: reunión con grupo de trabajo.
1'00-2'00: clase.
2'00-2'30: paseo hacia casa.
2'30-3'30: preparar la comida.
3'30-4'00: comer y ver "Cómo conocí a nuestra madre".
4'00-5'30: ver Fama.
5'30-6'30: practicar portés de Fama.
6'30-8'00: tomar café.
8'00-9'00: bailar.
9'00-10'00: ver fotos.
10'00-12'00: cenar, jugar al continental, charlar.
12'00: a la cama.
No quiero acabar la carrera :(
Pequeña muestra de nuestros portés.
domingo, 12 de abril de 2009
Límites, S.A.
Se despierta, se incorpora y se da de narices con la tapa forrada de raso del ataúd. Tarda un rato en darse cuenta de la situación. Se ha quedado dormido. Qué puto gilipollas. Se ha quedado dormido en su propio velatorio y ha dejado que le entierren. Al principio, grita como un loco. Pega puñetazos contra los límites del ataúd. Patalea, como si tuviera encima una manta muy pesada y no toneladas de tierra. Después, intenta relajarse: tranquilo, se dice, no eres el único que sabe que estás aquí. Está tu agente de Límites, S.A., el señor García, ese hombre tan amable. Están todos los empleados que han trabajado en el montaje: el médico que certificó tu supuesta muerte, los extras que afirmaron haber estado contigo en el momento en que te dio el infarto, los empleados de la funeraria que ignoraron el hecho de que estuvieras todavía calentito y respirando cuando te colocaron en el ataúd.
Sin embargo, no consigue tranquilizarse. Toda esa gente hace su trabajo y se olvida. Piensa que todos los demás eslabones de la cadena van a funcionar correctamente y no se molesta en asegurarse de que todo salga bien en el montaje del día. Lloran en tu entierro y se van a asegurarle a la siguiente viuda que su marido dijo que la quería entes de entrar definitivamente en coma. Arreglan tu cuerpo vivo como si fuera un cadáver y se van al siguiente con un escalofrío, diciéndose que hay que ver lo que tiene que hacer uno para ganar un sueldo decente.
Después piensa: el dinero. No se lo ha pagado todo al señor García. La política de Límites, S.A. es: la mitad ahora, la mitad cuando todo haya terminado. Para asegurarse en situaciones como ésta, se imagina, y se dice que es muy inteligente por parte de la empresa. Ahora sí se siente tranquilo de verdad, casi eufórico: en cuestiones de dinero nunca hay olvidos. Cuando el señor García vea que no se presenta por las oficinas de la empresa para pagar la mitad que debe, hará las gestiones necesarias y le sacará de allí. Espera que eso no tarde mucho en suceder. Un día, piensa; dos, a lo sumo. Entonces, vuelve la desesperación. En dos días, puede que se le haya acabado el oxígeno. Quizá se haya muerto de sed, porque sabe que sin comer puede aguantar más tiempo. Maldice el oxígeno que ya ha consumido con su estúpido ataque de pánico de hace unos minutos. Intenta respirar despacito y poco, como en un ejercicio de relajación yóguica.
Recuerda el día que fue por primera vez a Límites, S.A. El señor García le recibió con un profesional apretón de manos y le invitó a tomar asiento en su confortable despacho.
- Bueno, caballero, imagino que tendrá muchas preguntas sin responder respecto a nuestra empresa, ¿verdad? – preguntó el señor García, arrellanándose un poco en su cómoda silla giratoria.
- Sí, la verdad. De hecho, hasta que he entrado aquí no estaba del todo seguro de que la empresa existiese. Creí que podía ser un montaje para quitarme el dinero de la cuota de entrada.
- La cuota de entrada, sí... un asunto un poco molesto. Pero comprenderá que tenemos que blindarnos frente a curiosos. El éxito de nuestra empresa se basa, precisamente, en que la conozca el menor número de gente posible. Se transmite por boca a boca y hay que pagar una cuota sólo para informarse de lo que hacemos. Así nos aseguramos de que quien llega hasta aquí, está realmente interesado en contratarnos. Además, es un buen indicador de la solvencia del cliente – el señor García ríe brevemente: ja, ja, ja, y luego continúa -. Cuénteme, ¿qué sabe hasta ahora de Límites, S.A.?
- Se dedican a fingir la muerte de la gente, ¿no?
Otra risa onomatopéyica y breve del señor García.
- Entre otras cosas, caballero, entre otras cosas. Reducir a eso nuestras actividades resulta un poco burdo. Nuestro catálogo es muy amplio, pero hay un punto común a todos nuestros montajes: prueban los límites. De ahí nuestro nombre. Los límites de una relación de pareja, de la fidelidad de un amigo, del hueco que realmente ocupamos en nuestra propia vida. ¿Nunca ha fantaseado, en un momento de frustración, con que tiene un accidente horrible, o muere, y todas las personas que le habían hecho daño, todos aquéllos que no fueron lo suficientemente buenos con usted, ahora se arrepienten y le suplican perdón?
- Pues... sí, tengo que confesar que sí. Nunca como algo serio, pero a veces sirve de consuelo, aunque parezca estúpido.
- No se avergüence usted, caballero. Todo el mundo lo ha pensado. Las personas que llegan hasta aquí son, únicamente, las que tienen el valor necesario como para plantearse llevar ese pensamiento hasta sus últimas consecuencias. Ahí es donde entra en juego Límites, S.A.
- Explíqueme, entonces, ¿qué otros servicios ofrecen, aparte de lo de la muerte?
- Nuestro catálogo, por supuesto, no está impreso, igual que no imprimimos tarjetas. Límites S.A. intenta no dejar huellas, como ya le dije, por fines puramente publicitarios. Sin embargo, digamos que aquí el límite (y perdone por abusar de la palabra) lo pone su imaginación. Pero puedo darle ideas. Uno de nuestros servicios más baratos, por ejemplo, es fingir una infidelidad.
- No lo entiendo. ¿Para qué fingir una infidelidad? En general, la infidelidad es algo que la gente no desea. Y, en un último caso, es más sencillo y barato ser realmente infiel que contratarles a ustedes, ¿no?
- Bueno, no exactamente. Lo primero que ha dicho es cierto, pero sólo en parte; le sorprendería saber lo que una infidelidad descubierta a a tiempo puede hacer por una relación de pareja. En segundo lugar, no a todo el mundo le resulta tan fácil ser infiel. Además, Límites, S.A. ofrece otros servicios que resultan muy útiles para asegurarse de que todo va a salir bien. Para calibrar de forma adecuada el impacto emocional. Estudio psicológico previo de la relación de pareja, camuflado en una terapia de pareja corriente. Atrezzo para asegurarse de que la infidelidad se descubre de una forma limpia y rápida. Asesoramiento posterior de pareja que vaya en la dirección de justificar la infidelidad y promover una reconstrucción de la relación. Amigas que aconsejan al respecto, encuentros casuales, galletitas chinas de la suerte. Incluso un novio o novia ficticio de el/la amante que asegure que el infiel y él o ella no van a volver a caer en la tentación. Por último, si todo sale rematadamente mal, el cliente siempre puede alegar que todo era un montaje y que nunca ha sido realmente infiel, y para demostrarlo cuenta con todo el respaldo de nuestra empresa.
- Comprendo.
- Otros servicios realtivamente baratos son “Accidente leve” y “Coma”. Es curioso, pero la gente suele decidirse antes por un coma. No se imagina usted lo que escucha de sí mismo un enfermo supuestamente en coma, cuando todos piensan que no puede oírles. Información confidencial de primerísima calidad, emocionalmente hablando. Después está “Secuestro”. Éste sube un poquito de precio, porque el montaje necesario es mayor y hay que contar con la colaboración de, ejem, nuestros queridos cuerpos de seguridad. Aunque, fíjese lo que le digo, es mucho más caro sobornar a un médico que a un policía. Creo que el policía se considera destinado a la corrupción, así que pone el listón mucho más bajo; el médico, sin embargo, tiene una imagen tan limpia y pura de sí mismo que sólo está dispuesto a mancharla por una cantidad de dinero significativa. En fin – el señor García se queda pensativo un momento, como si reflexionara sobre los gajes de su oficio. Después coge un caramelo de la canastita que hay encima de su mesa, lo desenvuelve despacio y se lo mete en la boca-. ¿Por dónde íbamos?
- Me estaba hablando del secuestro.
- Ah, sí. Este montaje tiene una ventaja añadida: el dinero. Se pide una cantidad por el secuestrado, lógicamente, y luego se le abona íntegramente al cliente. En general, esto no soluciona nada, porque el dinero con el que se paga a los secuestradores suele venir de la propia familia. En algunos casos, sin embargo, es muy útil para conseguir buenos anticipos de la herencia familiar, por ejemplo, o el préstamo que el banco se negaba a darnos, o una importante ayuda de nuestra empresa, nuestra peña futbolera o nuestro partido político.
- Interesante.
- Sin embargo, caballero – el señor García escupió el caramelo medio chupar en un bonito cenicero de metal – creo que usted está más interesado en “Muerte”; ¿me equivoco?
- Bueno, no sé, es que es lo primero que supe sobre su empresa. Me pareció emocionante.
- Por supuesto, por supuesto. “Muerte” tiene algo que no tienen los demás. Por muy doloroso que pueda ser un accidente, una infidelidad, un coma, no es nada comparado con el vacío inmenso de la muerte. La gran pregunta. El Gran Adiós. Por supuesto, es nuestro servicio más caro, pero también el más demandado. ¿Quiere que le cuente los detalles?
- Pues... sí, claro, adelante.
- Realmente, el montaje no es tan complicado como puede parecer. Alguien llama por teléfono a su casa. Se dice que algo malo le ha sucedido. Puede incluir una escena en el hospital, donde se le ve agonizar tras la ventanilla de la UVI, o comunicar directamente el fallecimiento a la familia (la segunda opción es más sencilla y, por tanto, más barata). Hay testigos falsos del infarto (o del ictus, o del accidente, lo que usted elija), falsas ambulancias y falsos empleados de la funeraria. Durante el velatorio, hay cámaras de vídeo y micrófonos colocados por toda la sala, para que el cliente pueda escuchar y ver después, con todo detalle, cómo reaccionó su entorno a la noticia de su ausencia. El regreso a la vida se hace antes del entierro, cuando el ataúd todavía está abierto: uno de nuestros empleados se hace pasar por doliente y le ve moverse, avisa a un médico (también nuestro, por supuesto) y el médico certifica que ha estado en un estado de catalepsia que ha creado esta terrible confusión. Vuelve a casa con su familia y sus amigos, envuelto en apreciación y consuelo y sabiendo cómo se ha tomado su entorno un hecho tan triste como su muerte. ¿No le parece genial? – el Señor García cogió otro caramelo de la canastita y se puso a chuparlo con fruición.
Bueno, a él no le parece tan genial en este preciso momento, mientras intenta no respirar muy fuerte para no consumir el aire. Aunque tiene que admitir que todo se ha desarrollado a la perfección. Le han vestido y maquillado con profesionalidad, manteniendo a su mujer adecuadamente lejos de su “cadáver” a lo largo del proceso. Durante el velatorio le han colocado unos auriculares microscópicos para poder seguir las conversaciones en el tanatorio, además de asegurarle que le darán después todas las cintas de audio y vídeo para que no pierda detalle. Su mujer y sus amigos se han mostrado adecuadamente destrozados. Su hija ha prometido estudiar Derecho en su honor, como él le había sugerido tantas veces, en vez de probar suerte con la maqueta que ha grabado su “grupo de música”. Ha oído a Gutiérrez, su subordinado en la oficina, hablar con el jefe de ambos de cómo intentará “honrar la memoria de su amigo si, por desgracia aunque también por suerte, resulta designado para ocupar su puesto”. Qué trepa. Ya se encargará de tomar represalias.
Pero se ha dormido. Qué gilipollas. Todavía no entiende cómo puede haberse quedado dormido en un momento tan importante como éste. Recuerda que cuando era adolescente su madre le decía que era más vago que el suelo y que habría podido dormirse de pie. Al final va a resultar que tenía razón.
Aun así, piensa, ¿por qué el doliente “extra” no ha dicho igualmente que le ha visto moverse? ¿Por qué los empleados de la empresa no se han extrañado de tener que enterrar el falso cadáver, pese a todo? Contra su voluntad, empieza a respirar más rápido y a sudar como un pollo. Sus mecanismos fisiológicos de defensa, curiosamente, van en la dirección opuesta a conservarle con vida. Entonces repasa de nuevo la secuencia mentalmente: cómo su nuevo compañero de trabajo y él se habían hecho amigos enseguida, cómo parecía compartir casualmente todos sus gustos y opiniones. Cómo había sacado el tema de Límites, S.A., al principio de forma sutil y luego de manera insistente, contándole lo buena que había sido su propia experiencia. Cómo se había ofrecido a pagar él su cuota de entrada para que pudiera informarse de sus servicios, porque “le veía muy decaído últimamente”.
Empieza a reírse, primero despacio, como el señor García, y luego más deprisa, más fuerte, retorciéndose de risa dentro del ataúd. Joder, se dice. Sí que existe el crimen perfecto. Y decide entretener el tiempo que le queda allí abajo preguntándose, no sin curiosidad, quién habrá pagado la otra mitad del montaje.
Sin embargo, no consigue tranquilizarse. Toda esa gente hace su trabajo y se olvida. Piensa que todos los demás eslabones de la cadena van a funcionar correctamente y no se molesta en asegurarse de que todo salga bien en el montaje del día. Lloran en tu entierro y se van a asegurarle a la siguiente viuda que su marido dijo que la quería entes de entrar definitivamente en coma. Arreglan tu cuerpo vivo como si fuera un cadáver y se van al siguiente con un escalofrío, diciéndose que hay que ver lo que tiene que hacer uno para ganar un sueldo decente.
Después piensa: el dinero. No se lo ha pagado todo al señor García. La política de Límites, S.A. es: la mitad ahora, la mitad cuando todo haya terminado. Para asegurarse en situaciones como ésta, se imagina, y se dice que es muy inteligente por parte de la empresa. Ahora sí se siente tranquilo de verdad, casi eufórico: en cuestiones de dinero nunca hay olvidos. Cuando el señor García vea que no se presenta por las oficinas de la empresa para pagar la mitad que debe, hará las gestiones necesarias y le sacará de allí. Espera que eso no tarde mucho en suceder. Un día, piensa; dos, a lo sumo. Entonces, vuelve la desesperación. En dos días, puede que se le haya acabado el oxígeno. Quizá se haya muerto de sed, porque sabe que sin comer puede aguantar más tiempo. Maldice el oxígeno que ya ha consumido con su estúpido ataque de pánico de hace unos minutos. Intenta respirar despacito y poco, como en un ejercicio de relajación yóguica.
Recuerda el día que fue por primera vez a Límites, S.A. El señor García le recibió con un profesional apretón de manos y le invitó a tomar asiento en su confortable despacho.
- Bueno, caballero, imagino que tendrá muchas preguntas sin responder respecto a nuestra empresa, ¿verdad? – preguntó el señor García, arrellanándose un poco en su cómoda silla giratoria.
- Sí, la verdad. De hecho, hasta que he entrado aquí no estaba del todo seguro de que la empresa existiese. Creí que podía ser un montaje para quitarme el dinero de la cuota de entrada.
- La cuota de entrada, sí... un asunto un poco molesto. Pero comprenderá que tenemos que blindarnos frente a curiosos. El éxito de nuestra empresa se basa, precisamente, en que la conozca el menor número de gente posible. Se transmite por boca a boca y hay que pagar una cuota sólo para informarse de lo que hacemos. Así nos aseguramos de que quien llega hasta aquí, está realmente interesado en contratarnos. Además, es un buen indicador de la solvencia del cliente – el señor García ríe brevemente: ja, ja, ja, y luego continúa -. Cuénteme, ¿qué sabe hasta ahora de Límites, S.A.?
- Se dedican a fingir la muerte de la gente, ¿no?
Otra risa onomatopéyica y breve del señor García.
- Entre otras cosas, caballero, entre otras cosas. Reducir a eso nuestras actividades resulta un poco burdo. Nuestro catálogo es muy amplio, pero hay un punto común a todos nuestros montajes: prueban los límites. De ahí nuestro nombre. Los límites de una relación de pareja, de la fidelidad de un amigo, del hueco que realmente ocupamos en nuestra propia vida. ¿Nunca ha fantaseado, en un momento de frustración, con que tiene un accidente horrible, o muere, y todas las personas que le habían hecho daño, todos aquéllos que no fueron lo suficientemente buenos con usted, ahora se arrepienten y le suplican perdón?
- Pues... sí, tengo que confesar que sí. Nunca como algo serio, pero a veces sirve de consuelo, aunque parezca estúpido.
- No se avergüence usted, caballero. Todo el mundo lo ha pensado. Las personas que llegan hasta aquí son, únicamente, las que tienen el valor necesario como para plantearse llevar ese pensamiento hasta sus últimas consecuencias. Ahí es donde entra en juego Límites, S.A.
- Explíqueme, entonces, ¿qué otros servicios ofrecen, aparte de lo de la muerte?
- Nuestro catálogo, por supuesto, no está impreso, igual que no imprimimos tarjetas. Límites S.A. intenta no dejar huellas, como ya le dije, por fines puramente publicitarios. Sin embargo, digamos que aquí el límite (y perdone por abusar de la palabra) lo pone su imaginación. Pero puedo darle ideas. Uno de nuestros servicios más baratos, por ejemplo, es fingir una infidelidad.
- No lo entiendo. ¿Para qué fingir una infidelidad? En general, la infidelidad es algo que la gente no desea. Y, en un último caso, es más sencillo y barato ser realmente infiel que contratarles a ustedes, ¿no?
- Bueno, no exactamente. Lo primero que ha dicho es cierto, pero sólo en parte; le sorprendería saber lo que una infidelidad descubierta a a tiempo puede hacer por una relación de pareja. En segundo lugar, no a todo el mundo le resulta tan fácil ser infiel. Además, Límites, S.A. ofrece otros servicios que resultan muy útiles para asegurarse de que todo va a salir bien. Para calibrar de forma adecuada el impacto emocional. Estudio psicológico previo de la relación de pareja, camuflado en una terapia de pareja corriente. Atrezzo para asegurarse de que la infidelidad se descubre de una forma limpia y rápida. Asesoramiento posterior de pareja que vaya en la dirección de justificar la infidelidad y promover una reconstrucción de la relación. Amigas que aconsejan al respecto, encuentros casuales, galletitas chinas de la suerte. Incluso un novio o novia ficticio de el/la amante que asegure que el infiel y él o ella no van a volver a caer en la tentación. Por último, si todo sale rematadamente mal, el cliente siempre puede alegar que todo era un montaje y que nunca ha sido realmente infiel, y para demostrarlo cuenta con todo el respaldo de nuestra empresa.
- Comprendo.
- Otros servicios realtivamente baratos son “Accidente leve” y “Coma”. Es curioso, pero la gente suele decidirse antes por un coma. No se imagina usted lo que escucha de sí mismo un enfermo supuestamente en coma, cuando todos piensan que no puede oírles. Información confidencial de primerísima calidad, emocionalmente hablando. Después está “Secuestro”. Éste sube un poquito de precio, porque el montaje necesario es mayor y hay que contar con la colaboración de, ejem, nuestros queridos cuerpos de seguridad. Aunque, fíjese lo que le digo, es mucho más caro sobornar a un médico que a un policía. Creo que el policía se considera destinado a la corrupción, así que pone el listón mucho más bajo; el médico, sin embargo, tiene una imagen tan limpia y pura de sí mismo que sólo está dispuesto a mancharla por una cantidad de dinero significativa. En fin – el señor García se queda pensativo un momento, como si reflexionara sobre los gajes de su oficio. Después coge un caramelo de la canastita que hay encima de su mesa, lo desenvuelve despacio y se lo mete en la boca-. ¿Por dónde íbamos?
- Me estaba hablando del secuestro.
- Ah, sí. Este montaje tiene una ventaja añadida: el dinero. Se pide una cantidad por el secuestrado, lógicamente, y luego se le abona íntegramente al cliente. En general, esto no soluciona nada, porque el dinero con el que se paga a los secuestradores suele venir de la propia familia. En algunos casos, sin embargo, es muy útil para conseguir buenos anticipos de la herencia familiar, por ejemplo, o el préstamo que el banco se negaba a darnos, o una importante ayuda de nuestra empresa, nuestra peña futbolera o nuestro partido político.
- Interesante.
- Sin embargo, caballero – el señor García escupió el caramelo medio chupar en un bonito cenicero de metal – creo que usted está más interesado en “Muerte”; ¿me equivoco?
- Bueno, no sé, es que es lo primero que supe sobre su empresa. Me pareció emocionante.
- Por supuesto, por supuesto. “Muerte” tiene algo que no tienen los demás. Por muy doloroso que pueda ser un accidente, una infidelidad, un coma, no es nada comparado con el vacío inmenso de la muerte. La gran pregunta. El Gran Adiós. Por supuesto, es nuestro servicio más caro, pero también el más demandado. ¿Quiere que le cuente los detalles?
- Pues... sí, claro, adelante.
- Realmente, el montaje no es tan complicado como puede parecer. Alguien llama por teléfono a su casa. Se dice que algo malo le ha sucedido. Puede incluir una escena en el hospital, donde se le ve agonizar tras la ventanilla de la UVI, o comunicar directamente el fallecimiento a la familia (la segunda opción es más sencilla y, por tanto, más barata). Hay testigos falsos del infarto (o del ictus, o del accidente, lo que usted elija), falsas ambulancias y falsos empleados de la funeraria. Durante el velatorio, hay cámaras de vídeo y micrófonos colocados por toda la sala, para que el cliente pueda escuchar y ver después, con todo detalle, cómo reaccionó su entorno a la noticia de su ausencia. El regreso a la vida se hace antes del entierro, cuando el ataúd todavía está abierto: uno de nuestros empleados se hace pasar por doliente y le ve moverse, avisa a un médico (también nuestro, por supuesto) y el médico certifica que ha estado en un estado de catalepsia que ha creado esta terrible confusión. Vuelve a casa con su familia y sus amigos, envuelto en apreciación y consuelo y sabiendo cómo se ha tomado su entorno un hecho tan triste como su muerte. ¿No le parece genial? – el Señor García cogió otro caramelo de la canastita y se puso a chuparlo con fruición.
Bueno, a él no le parece tan genial en este preciso momento, mientras intenta no respirar muy fuerte para no consumir el aire. Aunque tiene que admitir que todo se ha desarrollado a la perfección. Le han vestido y maquillado con profesionalidad, manteniendo a su mujer adecuadamente lejos de su “cadáver” a lo largo del proceso. Durante el velatorio le han colocado unos auriculares microscópicos para poder seguir las conversaciones en el tanatorio, además de asegurarle que le darán después todas las cintas de audio y vídeo para que no pierda detalle. Su mujer y sus amigos se han mostrado adecuadamente destrozados. Su hija ha prometido estudiar Derecho en su honor, como él le había sugerido tantas veces, en vez de probar suerte con la maqueta que ha grabado su “grupo de música”. Ha oído a Gutiérrez, su subordinado en la oficina, hablar con el jefe de ambos de cómo intentará “honrar la memoria de su amigo si, por desgracia aunque también por suerte, resulta designado para ocupar su puesto”. Qué trepa. Ya se encargará de tomar represalias.
Pero se ha dormido. Qué gilipollas. Todavía no entiende cómo puede haberse quedado dormido en un momento tan importante como éste. Recuerda que cuando era adolescente su madre le decía que era más vago que el suelo y que habría podido dormirse de pie. Al final va a resultar que tenía razón.
Aun así, piensa, ¿por qué el doliente “extra” no ha dicho igualmente que le ha visto moverse? ¿Por qué los empleados de la empresa no se han extrañado de tener que enterrar el falso cadáver, pese a todo? Contra su voluntad, empieza a respirar más rápido y a sudar como un pollo. Sus mecanismos fisiológicos de defensa, curiosamente, van en la dirección opuesta a conservarle con vida. Entonces repasa de nuevo la secuencia mentalmente: cómo su nuevo compañero de trabajo y él se habían hecho amigos enseguida, cómo parecía compartir casualmente todos sus gustos y opiniones. Cómo había sacado el tema de Límites, S.A., al principio de forma sutil y luego de manera insistente, contándole lo buena que había sido su propia experiencia. Cómo se había ofrecido a pagar él su cuota de entrada para que pudiera informarse de sus servicios, porque “le veía muy decaído últimamente”.
Empieza a reírse, primero despacio, como el señor García, y luego más deprisa, más fuerte, retorciéndose de risa dentro del ataúd. Joder, se dice. Sí que existe el crimen perfecto. Y decide entretener el tiempo que le queda allí abajo preguntándose, no sin curiosidad, quién habrá pagado la otra mitad del montaje.
miércoles, 1 de abril de 2009
Me voy a meditar hasta después de Semana Santa. Aunque últimamente estoy actualizando poco o nada, al menos esta vez tengo explicación para el parón.
Un besito.
(Más información sobre la meditación Vipassana en la barra lateral, que no tengo ganas de linkar ahora)
Un besito.
(Más información sobre la meditación Vipassana en la barra lateral, que no tengo ganas de linkar ahora)
sábado, 21 de marzo de 2009
La suerte de N.
Esta semana me he leído un libro cuyo nombre no os voy a desvelar por motivos que entenderéis a continuación. Es un libro de los que enganchan. No una obra maestra literaria, pero lo suficientemente bien escrito como para convertirse en libro ventana, de ésos que te teletransportan al lugar que están narrando. Uno de los protagonistas, al que llamaremos N., me caía especialmente bien; de hecho, creo que me estaba enamorando un poco de él. A mitad del libro, más o menos, tuve un presentimiento: N. iba a morir. Como dice mi padre cuando ve a algunos personajes al principio de las películas americanas "ése huele a muerto". Estaba preocupadísima. No quería que N. muriera.
Ayer leí todo el día, riéndome con las ocurrencias de N. y viajando con los protagonistas a través del frío invierno de (tampoco digo el país, por si acaso). No podía parar de leer, y el presentimiento seguía rondándome la cabeza, y amenazaba silenciosamente al autor: "Si matas a N., te odiaré. Si lo matas, iré a perseguirte a tu estúpida casa de los estúpidos Estados Unidos y te mataré yo a ti". Por la tarde me fui a la biblioteca a estudiar. Me senté, coloqué los apuntes sobre la mesa, saqué el libro y me puse a leer. Me quedaban treinta o cuarenta páginas y sabía que no iba a estudiar hasta que me lo terminara. Lo bueno de crecer es que uno aprende a convivir con sus limitaciones.
Entonces a N. le hirieron, de una manera estúpida y casi accidental, y a mí se me empezaron a saltar las lágrimas. Pasé rápidamente las páginas: al principio parecía que no pasaba nada, pero después la cosa se empezaba a poner preocupante. Párrafo a párrafo, N. agonizaba lentamente, quedándose cada vez más frío en los brazos de su amigo. N. murió y yo tenía ganas de llorar. Levanté la cabeza, aturdida; a mi alrededor, universitarios y opositores subrayaban sus apuntes con rotuladores fluorescentes y a nadie parecía importarle nada que el personaje de un libro acabara de morir.
Por la noche, antes de dormir, repasé la historia en mi cabeza e intenté buscar una salida para el personaje. Traté de apartarle de la emboscada, de desviar la bala que le había herido, de acelerar el coche de camino al hospital. De repente pensé que si yo no hubiera seguido leyendo, N. aún estaría vivo. Mi codicia de lectora le había matado. Este pensamiento duró sólo unos segundos, pero durante esos segundos me sentí triste y culpable por haber pasado las páginas hasta el desenlace fatal de la historia.
Son pensamientos estúpidos, y es estúpido que todavía ahora se me encoja el corazón por la suerte de N. Me pregunto dónde está la verdadera entidad de las cosas, su importancia para nuestro corazón, y si debería importarme más una persona real a la que tampoco conozco de nada. Vagabundeo entre los delgados mundos paralelos de la realidad y la ficción y pienso que la realidad es sutil y está llena de capas superpuestas. Que es raro, pero bonito, encariñarse tanto de alguien que no existe.
En cualquier caso, quién sabe quién nos está leyendo a nosotros o, peor aún, quién nos está escribiendo.
Ayer leí todo el día, riéndome con las ocurrencias de N. y viajando con los protagonistas a través del frío invierno de (tampoco digo el país, por si acaso). No podía parar de leer, y el presentimiento seguía rondándome la cabeza, y amenazaba silenciosamente al autor: "Si matas a N., te odiaré. Si lo matas, iré a perseguirte a tu estúpida casa de los estúpidos Estados Unidos y te mataré yo a ti". Por la tarde me fui a la biblioteca a estudiar. Me senté, coloqué los apuntes sobre la mesa, saqué el libro y me puse a leer. Me quedaban treinta o cuarenta páginas y sabía que no iba a estudiar hasta que me lo terminara. Lo bueno de crecer es que uno aprende a convivir con sus limitaciones.
Entonces a N. le hirieron, de una manera estúpida y casi accidental, y a mí se me empezaron a saltar las lágrimas. Pasé rápidamente las páginas: al principio parecía que no pasaba nada, pero después la cosa se empezaba a poner preocupante. Párrafo a párrafo, N. agonizaba lentamente, quedándose cada vez más frío en los brazos de su amigo. N. murió y yo tenía ganas de llorar. Levanté la cabeza, aturdida; a mi alrededor, universitarios y opositores subrayaban sus apuntes con rotuladores fluorescentes y a nadie parecía importarle nada que el personaje de un libro acabara de morir.
Por la noche, antes de dormir, repasé la historia en mi cabeza e intenté buscar una salida para el personaje. Traté de apartarle de la emboscada, de desviar la bala que le había herido, de acelerar el coche de camino al hospital. De repente pensé que si yo no hubiera seguido leyendo, N. aún estaría vivo. Mi codicia de lectora le había matado. Este pensamiento duró sólo unos segundos, pero durante esos segundos me sentí triste y culpable por haber pasado las páginas hasta el desenlace fatal de la historia.
Son pensamientos estúpidos, y es estúpido que todavía ahora se me encoja el corazón por la suerte de N. Me pregunto dónde está la verdadera entidad de las cosas, su importancia para nuestro corazón, y si debería importarme más una persona real a la que tampoco conozco de nada. Vagabundeo entre los delgados mundos paralelos de la realidad y la ficción y pienso que la realidad es sutil y está llena de capas superpuestas. Que es raro, pero bonito, encariñarse tanto de alguien que no existe.
En cualquier caso, quién sabe quién nos está leyendo a nosotros o, peor aún, quién nos está escribiendo.
jueves, 19 de marzo de 2009
La primavera trompetera ya llegó...
La primavera trompetera viene
reptando por las rejas de las ventanas,
como un caracol sonriente
que asoma por las macetas de geranios.
La primavera hace llorar a los alérgicos,
a los que mueren de amor no correspondido,
sacude la nieve de las cumbres,
nos da collejas de aire templado.
Primavera trompetera,
escupe flores sobre el invierno distraído,
haz sonar las guitarras y los violines.
Primavera bonita, que revuelves la sangre
polinízame un poco
caliéntame con tu suave sol de mediodía.
reptando por las rejas de las ventanas,
como un caracol sonriente
que asoma por las macetas de geranios.
La primavera hace llorar a los alérgicos,
a los que mueren de amor no correspondido,
sacude la nieve de las cumbres,
nos da collejas de aire templado.
Primavera trompetera,
escupe flores sobre el invierno distraído,
haz sonar las guitarras y los violines.
Primavera bonita, que revuelves la sangre
polinízame un poco
caliéntame con tu suave sol de mediodía.
domingo, 8 de marzo de 2009
Lex y yo, de noche, sobre el tejado
Estamos sentados al borde del tejado, sobre el canalón. Lex y yo. Miramos la calle a nuestros pies. Está tan sucia, y el cielo sobre nuestras cabezas no es gris, pero sólo porque es de noche. Últimamente, todos los días son grises en la ciudad, y a mí me da la impresión de que para cuando el cielo se vuelva azul, nosotros ya nos habremos ido.
Lex está cansado, como si el día hubiera sido demasiado largo para él. No quiere explicarme lo que hace cuando nos separamos cada mañana, pero sé que sólo vaga, igual que lo hago yo. Caminamos por las calles hasta que nos duelen los pies buscando en los ojos de la gente alguna señal de reconocimiento. Pateamos con cuidado todos los barrios de la ciudad, por si es una cuestión geográfica, por si nos estamos equivocando de calle y resulta que nuestro lugar está sólo un par de manzanas más allá.
Yo creo que es un problema de densidad. Diferentes densidades en distintos planos de existencia que se superponen en esto que llamamos mundo real. Para la gente normal, somos invisibles. Deambulé durante mucho tiempo antes de encontrar a Lex; hasta que él apareció, ni siquiera se me había pasado por la cabeza la idea de que alguien pudiera verme. La expresión en sus ojos al cruzarse con los míos, sus pupilas mirándome a mí y no a través de mí, me sobresaltaron. Intentó hacerse el indiferente, seguir andando como si no hubiera pasado nada. Yo le seguía a un par de metros y él caminaba cada vez más rápido, deslizándose silencioso entre la gente que abarrotaba las calles. Le seguí todo el día hasta quedar exhausta. Le seguí todos los días hasta que no le quedó más remedio que aceptarme. Ahora le dejo estar durante el día, hacer su vida (por decir algo), y por las noches nos reunimos al borde del canalón.
Lex cree que todo esto no es más que un fallo del sistema. Que nos hemos deslizado por un hueco entre esta vida y la siguiente y nos hemos quedado colgados en un limbo sin nombre. “Es cuestión de probabilidad, Lina”, me dice. “Todo proceso, por muy bien diseñado que esté, tiene algún fallo. Aunque sólo sean dos entre siete mil millones, entre un trillón. Sólo somos tú y yo. Los demás están donde deben estar”.
¿Te imaginas algo peor que saber que vas a morir? Yo te lo diré: morirte y que después no pase nada.
Yo le explico mi teoría de la densidad; le cuento que, según yo, las variaciones entre unos y otros cuerpos son tan diminutas que puede haber miles de planos de existencia, y la coincidencia de varias personas en el mismo es una casualidad tan enorme que él y yo tenemos que estar agradecidos de habernos encontrado. Seguro que hay muchos otros que pueden vernos y a los que nosotros no podemos ver.
Le explico que los vivos son sólo aquéllos con densidad suficiente para mover los objetos del mundo.
Hoy Lex no tiene ganas de hablar. Le pasa a veces. Balancea las largas piernas sobre el vacío y mira al frente. Entonces yo le lanzo preguntas, preguntas inteligentes o estúpidas, según el día, y él me responde con monosílabos, y así vamos estirando algo parecido a una conversación mientras la ciudad se acuesta despacio a nuestros pies.
“¿Qué es lo más importante que has aprendido?”, le pregunto, porque tengo la esperanza de que estemos aquí para algo. De haya alguna lección que aprender y, una vez asimilada, algo o alguien nos deje marchar hacia el paso siguiente en el camino de la existencia. O de la no existencia.
“Que estamos solos”, me dice, después de un breve silencio. “Que todos estamos solos. Sólo que tú y yo lo sabemos”.
“Yo he aprendido que el silencio es tan grande, y la duración de la vida tan corta, Lex”. Los dos miramos al frente, y pienso que me gustaría que lloviera y las gotas de agua resbalaran por el rostro de Lex, y le mojaran ese cabello liso y oscuro que tiene. El flequillo le cae sobre los ojos, y yo creo que estoy llorando, aunque realmente no sabría decirlo.
“¿Sabes? - le digo -, me paso el día intentando que alguien me vea”.
“Yo te veo”, dice él. Y me mira con los ojos grandes y negros, dos huecos de oscuridad debajo de su gorro.
Lex está cansado, como si el día hubiera sido demasiado largo para él. No quiere explicarme lo que hace cuando nos separamos cada mañana, pero sé que sólo vaga, igual que lo hago yo. Caminamos por las calles hasta que nos duelen los pies buscando en los ojos de la gente alguna señal de reconocimiento. Pateamos con cuidado todos los barrios de la ciudad, por si es una cuestión geográfica, por si nos estamos equivocando de calle y resulta que nuestro lugar está sólo un par de manzanas más allá.
Yo creo que es un problema de densidad. Diferentes densidades en distintos planos de existencia que se superponen en esto que llamamos mundo real. Para la gente normal, somos invisibles. Deambulé durante mucho tiempo antes de encontrar a Lex; hasta que él apareció, ni siquiera se me había pasado por la cabeza la idea de que alguien pudiera verme. La expresión en sus ojos al cruzarse con los míos, sus pupilas mirándome a mí y no a través de mí, me sobresaltaron. Intentó hacerse el indiferente, seguir andando como si no hubiera pasado nada. Yo le seguía a un par de metros y él caminaba cada vez más rápido, deslizándose silencioso entre la gente que abarrotaba las calles. Le seguí todo el día hasta quedar exhausta. Le seguí todos los días hasta que no le quedó más remedio que aceptarme. Ahora le dejo estar durante el día, hacer su vida (por decir algo), y por las noches nos reunimos al borde del canalón.
Lex cree que todo esto no es más que un fallo del sistema. Que nos hemos deslizado por un hueco entre esta vida y la siguiente y nos hemos quedado colgados en un limbo sin nombre. “Es cuestión de probabilidad, Lina”, me dice. “Todo proceso, por muy bien diseñado que esté, tiene algún fallo. Aunque sólo sean dos entre siete mil millones, entre un trillón. Sólo somos tú y yo. Los demás están donde deben estar”.
¿Te imaginas algo peor que saber que vas a morir? Yo te lo diré: morirte y que después no pase nada.
Yo le explico mi teoría de la densidad; le cuento que, según yo, las variaciones entre unos y otros cuerpos son tan diminutas que puede haber miles de planos de existencia, y la coincidencia de varias personas en el mismo es una casualidad tan enorme que él y yo tenemos que estar agradecidos de habernos encontrado. Seguro que hay muchos otros que pueden vernos y a los que nosotros no podemos ver.
Le explico que los vivos son sólo aquéllos con densidad suficiente para mover los objetos del mundo.
Hoy Lex no tiene ganas de hablar. Le pasa a veces. Balancea las largas piernas sobre el vacío y mira al frente. Entonces yo le lanzo preguntas, preguntas inteligentes o estúpidas, según el día, y él me responde con monosílabos, y así vamos estirando algo parecido a una conversación mientras la ciudad se acuesta despacio a nuestros pies.
“¿Qué es lo más importante que has aprendido?”, le pregunto, porque tengo la esperanza de que estemos aquí para algo. De haya alguna lección que aprender y, una vez asimilada, algo o alguien nos deje marchar hacia el paso siguiente en el camino de la existencia. O de la no existencia.
“Que estamos solos”, me dice, después de un breve silencio. “Que todos estamos solos. Sólo que tú y yo lo sabemos”.
“Yo he aprendido que el silencio es tan grande, y la duración de la vida tan corta, Lex”. Los dos miramos al frente, y pienso que me gustaría que lloviera y las gotas de agua resbalaran por el rostro de Lex, y le mojaran ese cabello liso y oscuro que tiene. El flequillo le cae sobre los ojos, y yo creo que estoy llorando, aunque realmente no sabría decirlo.
“¿Sabes? - le digo -, me paso el día intentando que alguien me vea”.
“Yo te veo”, dice él. Y me mira con los ojos grandes y negros, dos huecos de oscuridad debajo de su gorro.
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