massobreloslunes

sábado, 13 de junio de 2009

Memoria

El neurocirujano y los residentes de primer año entraron en la habitación de la señora O’Hara.
- Muy bien, chicos - el doctor Goldberg se acercó a los pies de la cama, mientras los residentes formaban una línea en el lateral -. ¿Alguien puede hablarme del caso de la señora O’Hara?
Ocho manos se alzaron a la vez.
- ¿McKinley?
- La señora O’Hara padece un caso típico de hipermnesia senil - Mc Kinley, el primero de su promoción en Yale, intentó que su voz sonara firme.
- ¿Puede contarnos algo más sobre la hipermnesia senil?
- Por supuesto, señor - McKinley carraspeó -. Hace ya diez años que se descubrió la cura del Alzheimer y se consiguió regenerar y remielinizar el cerebro anciano. Sin embargo, una vez eliminada la demencia senil y la mayoría de as enfermedades neurodegenerativas, y con el aumento de la esperanza de vida de las últimas décadas, apareció una nueva patología. Se trata de la saturación de recuerdos o hipermnesia senil.
- Muy bien. ¿Síntomas?
- Aturdimiento, migrañas, logorrea, ataques de pánico - enumeró de carrerilla Petersen, una chica menuda con gafas de pasta -. Insomnio que no responde a benzodiacepinas u otros tranquilizantes. La fase terminal consta de alucinaciones y, finalmente, lleva al coma y a la muerte.
Todos miraron a la señora O’Hara que, ajena a la clase que se estaba dando en su honor, recitaba a toda velocidad anécdotas de su infancia.
- Y en cuarto curso tuve a la señorita Beavis, que era muy amable y olía a caramelo, pero un día me sacó a la pizarra para hablar de la guerra de la Independencia y me quedé en blanco, así que me puso una mala nota, y cuando llegué a mi casa mi madre me castigó sin postre, y había tarta de chocolate, que estaba buenísima, pero por lo menos me dejó ir al cumpleaños de mi amiga Mary, ese mismo fin de semana…
- Curioso, ¿verdad? - el doctor Goldberg sonrió levemente -. Parece que el Alzheimer no era más que una respuesta defensiva de nuestro cuerpo, su forma de atacar el exceso de recuerdos. Una respuesta exagerada, desde luego, pero justificada.
La señora O’Hara había empezado a balancearse adelante y atrás en la cama.
- Estereotipia - apuntó presurosa Petersen -, me había olvidado de la estereotipia.
- Muy bien. ¿Qué protocolo se sigue en el caso de la hipermnesia senil?
- Inducción de recuerdos con Resonancia Magnética funcional, mapeo de las áreas implicadas y anulación de los circuitos neuronales con Estimulación Magnética Transcraneal.
- Brillante, Smith - el aludido sonrió -. Encárguese de la inducción. McKinley, solicite un quirófano.
- Perdone, señor, por curiosidad… ¿qué recuerdos son los que se extirpan? Quiero decir, ¿es una época en particular, o se extraen recuerdos aleatorios de toda la vida?- era Jacobs, que había entrado uno de los últimos en el programa de residencia y andaba un poco despistado.
Goldberg suspiró.
- Jacobs, si no tiene usted empollada la hipermnesia para mañana, le voy a tener cambiando vendajes lo que queda de curso.
- Normalmente se respetan la infancia y la juventud - intervino McKinley -, y dependiendo de la historia de vida del sujeto, se escoge un periodo poco trascendente. La mayoría eligen deshacerse de la mediana edad: los cuarenta y cincuenta años. No van más adelante porque quieren recordar a sus nietos.
Jacobs tragó saliva y asintió.
- Muy bien, señores, a trabajar.
Goldberg apretó brevemente la mano a la señora McKinley y miró a los residentes desperdigarse por los pasillos. Mientras caminaba en dirección a la siguiente habitación de la planta, se preguntó cómo se las apañaba el ser humano para terminar complicando tanto las cosas.

jueves, 11 de junio de 2009

El gran día de Marcos

- ¿Cuál es la tuya?
- El mío – contestó Carmen.
- ¿Qué? – la mujer que había preguntado, una rubia teñida con chanclas de plástico verde, arqueó las cejas.
- Que es un niño. El mío. Ése de ahí – y miró a Marcos, que estaba sentado en el borde de la pista jugando con la goma de las zapatillas.
- Ah… qué curioso – la rubia miró al suelo. Carmen supo que estaba esperando que le preguntara cuál era la suya, pero no le iba a dar ese placer. Fingió estar muy ocupada cambiándole las pilas a la cámara de vídeo hasta que, después de unos segundos de silencio, la rubia optó por desplazarse al otro extremo de la grada.

La entrenadora había dicho el primer día que ella no tenía problema en que Marcos fuera a clase, pero que tenía que mentalizarse de que en gimnasia rítmica no podría competir.
- No hay categoría masculina – le dijo a Carmen.
- Pues vaya. ¿Y eso no es discriminación? – contestó ella -. Porque luego mucho hablar de que a las mujeres se las discrimina, como aquélla que quería sacar un trono en Semana Santa, y ahora resulta que los niños no pueden competir en gimnasia rítmica. Si fuera al revés, seguro que alguien lo habría denunciado y habrían abierto una categoría.
- Bueno, señora, qué quiere que le diga – la entrenadora, una chica joven con el pelo recogido en un moño tirante, se encogió de hombros.
- Nada, hija, nada. Si de todas maneras tampoco van a competir, las criaturas, ¿no? Bailarán un poco como Dios les dé a entender y ya está.
- Hombre, no se trata de bailar, es gimnasia. Y ahora mismo no competirán, pero en el futuro quién sabe.
Carmen quedó en traer a Marquitos la semana siguiente y se fue mascullando entre dientes. ¿Qué se había creído la niñata aquella, que entrenaba para las olimpiadas? Si total, era una actividad del ayuntamiento, habrían cogido a la primera que hubiera dado un par de años de gimnasia. A las campeonas no las iban a traer, eso estaba claro. Además, la entrenadora tenía el culo gordo. Seguro que por eso no había llegado más lejos.

Vicente se había tomado regular lo de la gimnasia del niño.
- Vamos, que no hay otra actividad, ¿no? Vas a ser el cachondeo del barrio, Marcos, hijo, que no te enteras. Tú no serás mariquita, ¿no?
Marcos se encogió de hombros.
- No sé.
- No sé, no sé, ¿cómo no lo vas a saber? Eso se sabe.
- Vicente, hazme el favor de dejar tranquilo al niño – Carmen cogió a Marquitos del brazo y le levantó de la silla -. Vamos, hijo, a tu cuarto a hacer los deberes. Y no le hagas caso a tu padre, que no dice más que tonterías.

Una semana después vieron un vídeo de la Supernanny en el que el padre premiaba a su hijo jugando con él al fútbol, y a Vicente se le ocurrió que a lo mejor eso era lo que necesitaba Marquitos: un poco de relación padre-hijo y de establecer un contacto más estrecho con el balón. “El balón puede ser tu amigo para toda la vida”, le dijo, mientras le llevaba por el hombro a un solar cercano a la casa. El chico era torpe con ganas, pero mejoraría con la práctica. Al cabo de un rato llamaron a Vicente por el móvil y tuvo que alejarse unos minutos a hablar, y cuando volvió al campo encontró a Marquitos con los brazos abiertos, haciendo rodar la pelota desde una mano hasta la otra. De vez en cuando la tiraba al cielo, daba un par de vueltas con los brazos alzados y volvía a cogerla.
- No hay nada que hacer, está claro – murmuró Vicente, y le dio una colleja a Marquitos antes de llevarle a casa y consentir en que se apuntara a gimnasia.

Para la gala de fin de curso, la madre y la entrenadora habían discutido sobre qué ropa ponerle.
- Pues si todas llevan maillot, a él habrá que ponerle algo bonito también, ¿no? Algo que le luzca.
- A ver, señora – a la entrenadora le caía bien Marquitos, que trabajaba duro y era muy disciplinado, pero lo de su madre la sacaba de quicio -. ¿Qué quiere que luzca el niño? Se trata de gimnasia, no es un pase de modelos.
- Yo quiero llevar maillot, mamá – dijo Marquitos.
Carmen se imaginó a su hijo con un maillot bicolor de gimnasia y suspiró. Marcos le miraba con los ojos muy abiertos, sonriendo con los dientes salidos como un ángel tonto. Al final quedaron en que llevaría un pantalón corto negro y una camiseta blanca. No pegaba con el maillot de las compañeras, pero la entrenadora le había pedido por favor a Carmen que el niño no diera la nota.

Por fin le tocaba el turno al grupo de Marcos. Siete niñas pequeñas, todas muy flacuchas menos una, que estaba un poco rechoncha, y su hijo. Carmen pensó en lo fácil que sería ser la madre de cualquiera de las otras niñas, en lo bien que se lo habría pasado maquillándole los párpados con purpurina y recogiéndole una coleta con el toto de flores que la entrenadora había comprado igual para todas. Pero ahí estaba su hijo, con su camiseta blanca y sus pantalones negros, con las zapatillas de gimnasia rítmica que la vendedora le había tendido a Carmen mientras preguntaba “Pero, ¿son para él?”.
Dudó antes de sacar la cámara de vídeo. Después pensó que, al fin y al cabo, tanto si resultaba que Marquitos acababa como una drag queen de ésas, como si al final le daba por el fútbol y por la lucha libre, le gustaría tener aquel recuerdo. Encendió la cámara, abrió la pantalla lateral y se dedicó a seguir con el pulso lo más firme posible las evoluciones de su hijo sobre la pista.
- ¿Cuál es la tuya? – era otra madre con ganas de confraternizar.
- El mío – repitió Carmen, un poco cansada ya de la misma conversación.
- Ah, ¿es el chico?
- Sí.
- Qué bien. Es muy salao. Lo hace estupendamente.
Carmen sonrió, orgullosa. La verdad es que su niño era el que mejor llevaba el ritmo.
- ¿Cuál es la tuya? – concedió, generosa.
- La mía… bueno, ésa de ahí, la del aro.
- ¿La rubita?
- No, la de al lado, la castaña… la gordita, vamos.
- Ah – Carmen miró a la niña, que intentaba seguir el ritmo de los demás con poca gracia -, pues también lo hace muy bien.
- Gracias – la otra madre sonrió -. ¿Has venido sola?
- Sí. Mi marido no quiere venir. Dice que es una pérdida de tiempo.
- Ya, el mío también. Dice que para que se rían de su hija, mejor se queda en casa. Pero se les ve contentos, ¿no?
Carmen miró a su hijo a través de la cámara. Sonreía tanto que los dientes brillaban en mitad de la pantalla.
- Sí, se les ve muy contentos.
Las dos madres se quedaron en silencio un momento, mirando cómo el grupo daba vueltas al ritmo de la música. A una niña se le escapó un aro, pero lo recuperó con gracia y continuó con el ejercicio. Carmen pensó que los niños eran tan fuertes, tan perfectamente sanos; también Marquitos, con sus zapatillas y sus pantalones cortos, doblándose sobre la pista como si fuera de goma.
- Si me das tu teléfono, te paso la cinta cuando la tenga – ofreció a la madre de la niña gordita.
- Sería estupendo, gracias.
Carmen apretó brevemente la mano de la otra en la suya y pensó que la próxima vez no iba a dejar que Vicente se librara tan fácilmente. Luego el ejercicio terminó y las dos madres aplaudieron con todas sus fuerzas.

El gran día de Marcos

- ¿Quién es la tuya?

- El mío – contestó Carmen.

- ¿Qué? – la mujer que había preguntado, una rubia teñida con chanclas de plástico verde, arqueó las cejas.

- Que es un niño. El mío. Ése de ahí – y miró a Marcos, que estaba sentado en el borde de la pista jugando con la goma de las zapatillas.

- Ah… qué curioso – la rubia miró al suelo. Carmen supo que estaba esperando que le preguntara quién era la suya, pero no le iba a dar ese placer. Fingió estar muy ocupada cambiándole las pilas a la cámara de vídeo hasta que, después de unos segundos de silencio, la rubia optó por desplazarse al otro extremo de la grada.

La entrenadora había dicho el primer día que ella no tenía problema en que Marcos fuera a clase, pero que tenía que mentalizarse de que en gimnasia rítmica no podría competir.

- No hay categoría masculina – le dijo a Carmen.

- Pues vaya. ¿Y eso no es discriminación? – contestó ella -. Porque luego mucho hablar de que a las mujeres se las discrimina, como aquélla que quería sacar un trono en Semana Santa, y ahora resulta que los niños no pueden competir en gimnasia rítmica. Si fuera al revés, seguro que alguien lo habría denunciado y habrían abierto una categoría.

- Bueno, señora, qué quiere que le diga – la entrenadora, una chica joven con el pelo recogido en un moño tirante, se encogió de hombros.

- Nada, hija, nada. Si de todas maneras tampoco van a competir, las criaturas, ¿no? Bailarán un poco como Dios les dé a entender y ya está.

- Hombre, no se trata de bailar, es gimnasia. Y ahora mismo no competirán, pero en el futuro quién sabe.

Carmen quedó en traer a Marquitos la semana siguiente y se fue mascullando entre dientes. ¿Qué se había creído la niñata aquella, que entrenaba para las olimpiadas? Si total, era una actividad del ayuntamiento, habrían cogido a la primera que hubiera dado un par de años de gimnasia. A las campeonas no las iban a traer, eso estaba claro. Además, la entrenadora tenía el culo gordo. Seguro que por eso no había llegado más lejos.


Vicente se había tomado regular lo de la gimnasia del niño.

- Vamos, que no hay otra actividad, ¿no? Vas a ser el cachondeo del barrio, Marcos, hijo, que no te enteras. Tú no serás mariquita, ¿no?

Marcos se encogió de hombros.

- No sé.

- No sé, no sé, ¿cómo no lo vas a saber? Eso se sabe.

- Vicente, hazme el favor de dejar tranquilo al niño – Carmen agarró a Marquitos por el hombro -. Vamos, hijo, a tu cuarto a hacer los deberes. Y no le hagas caso a tu padre, que no dice más que tonterías.

Una semana después vieron un vídeo de la Supernanny en el que el padre premiaba a su hijo jugando con él al fútbol, y a Vicente se le ocurrió que a lo mejor eso era lo que necesitaba Marquitos: un poco de relación padre-hijo y de establecer un contacto más estrecho con el balón. “El balón puede ser tu amigo para toda la vida”, le dijo, mientras le llevaba por el hombro a un solar cercano a la casa. El chico era torpe con ganas, pero mejoraría con la práctica. Al cabo de un rato llamaron a Vicente por el móvil y tuvo que alejarse unos minutos a hablar, y cuando volvió al campo encontró a Marquitos con los brazos abiertos, haciendo rodar la pelota desde una mano hasta la otra. De vez en cuando la tiraba al cielo, daba un par de vueltas con los brazos alzados y volvía a cogerla.

- No hay nada que hacer, está claro – murmuró Vicente, y le dio una colleja a Marquitos antes de llevarle a casa y consentir en que se apuntara a gimnasia.

Para la gala de fin de curso, la madre y la entrenadora habían discutido sobre qué ropa ponerle.

- Pues si todas llevan maillot, a él habrá que ponerle algo bonito también, ¿no? Algo que le luzca.

- A ver, señora – a la entrenadora le caía bien Marquitos, que trabajaba duro y era muy disciplinado, pero lo de su madre la sacaba de quicio -. ¿Qué quiere que luzca el niño? Se trata de gimnasia, no es un pase de modelos.

- Yo quiero llevar maillot, mamá – dijo Marquitos.

Carmen se imaginó a su hijo con un maillot bicolor de gimnasia y suspiró. Marcos le miraba con los ojos muy abiertos y su media sonrisa de dientes salidos, sonriendo como un ángel tonto. Al final quedaron en que llevaría un pantalón corto negro y una camiseta blanca. No pegaba con el maillot de las compañeras, pero la entrenadora le había pedido por favor a Carmen que el niño no diera la nota.

Por fin le tocaba el turno al grupo de Marcos. Siete niñas pequeñas, todas muy flacuchas menos una, un poco rechoncha, y Marcos. Carmen pensó en lo fácil que sería ser la madre de cualquiera de las otras niñas, en lo bien que se lo habría pasado maquillándole los párpados con purpurina y recogiéndole una coleta con el toto de flores que la entrenadora había comprado igual para todas. Pero ahí estaba su hijo, con su camiseta blanca y sus pantalones negros, con las zapatillas de gimnasia rítmica que la vendedora le había tendido a Carmen mientras preguntaba “Pero, ¿son para él?”.

Dudó antes de sacar la cámara de vídeo. Después pensó que, al fin y al cabo, tanto si resultaba que Marquitos acababa como una drag queen de ésas, o si al final le daba por el fútbol y por la lucha libre, le gustaría tener aquel recuerdo. Encendió la cámara, abrió la pantalla lateral y se dedicó a seguir con el pulso lo más firme posible las evoluciones de su hijo sobre la pista.

- ¿Quién es la tuya? – era otra madre con ganas de confraternizar.

- El mío – repitió Carmen, un poco cansada ya de la misma conversación.

- Ah, ¿es el chico?

- Sí.

- Qué bien. Es muy salao. Lo hace estupendamente.

Carmen sonrió, orgullosa. La verdad es que su niño era el que mejor llevaba el ritmo.

- ¿Quién es la tuya? – concedió, generosa.

- La mía… bueno, ésa de ahí, la del aro.

- ¿La rubita?

- No, la de al lado, la castaña… la gordita, vamos.

- Ah – Carmen miró a la niña, que intentaba seguir el ritmo de los demás con poca gracia -, pues también lo hace muy bien.

- Gracias – la otra madre sonrió -. ¿Has venido sola?

- Sí. Mi marido no quiere venir. Dice que es una pérdida de tiempo.

- Ya, el mío también. Dice que para que se rían de su hija, mejor se queda en casa.

- Pero se les ve contentos, ¿no?

- Sí, se les ve muy contentos.

Las dos madres se quedaron en silencio un momento, mirando cómo el grupo daba vueltas al ritmo de la música. A una niña se le escapó un aro, pero lo recuperó con gracia y continuó con el ejercicio. Carmen pensó que los niños eran tan fuertes, tan perfectamente sanos; también Marquitos, con sus zapatillas y sus pantalones cortos, doblándose sobre la pista como si fuera de goma.

- Si me das tu teléfono, te paso la cinta cuando la tenga – ofreció a la madre de la niña gordita.

- Sería estupendo, gracias.

Carmen apretó brevemente la mano de la otra en la suya y pensó que la próxima vez no iba a dejar que Vicente se librara tan fácilmente. Luego el ejercicio terminó y las dos madres aplaudieron con todas sus fuerzas.

martes, 9 de junio de 2009

Jorjazos: la leyenda

La leyenda de Jorjazos empezó una tarde como otra cualquiera, cuando las vecinas vinieron a llamar a la puerta para decirnos a la PK y a mí que había un chico encerrado en el ascensor y que llevaba veinte minutos atascado entre el tercer y el quinto piso.

Cuando salimos a cotillear ver qué podíamos hacer por él, la situación era peor de lo que imaginábamos. El vecino estaba encerrado en el ascensor, sí, pero el ascensor subía y bajaba sin parar del tercero al quinto, dando un bote cada vez que cambiaba de dirección. Le gritamos para ver si estaba bien, a qué piso iba o si tenía amigos a los que avisar, pero él sólo decía algo como “¡llamad a los bomberos!”. Al cabo de otros diez minutos, se sentó en el suelo. Nosotras pensábamos que era para vomitar, pero no pudimos averiguarlo, porque dejó de contestar cuando le hablábamos.

Cada vez que pasaba por nuestro piso, yo le gritaba frases de ánimo a través del la puerta del ascensor, en plan “¡¡Tranquilo, estamos contigo!!”. La PK me miraba, toda roja, y murmuraba algo como quevergüenzamarinaporfavor. No sé por qué; a mí me gustaría que alguien hiciera eso por mí si me quedo encerrada en el ascensor.

Al cabo de un rato, llegaron los bomberos. Las vecinas y nosotras esperábamos ese momento con emoción, pero en lugar de ser hombres altos y fornidos vestidos de rojo, aparecieron dos señores mayores con barriga y uniforme azul, que dijeron que eso ellos no lo podían arreglar y pusieron post-it en todas las puertas en los que escribieron: “No funciona”.

Cuando por fin vinieron los técnicos del ascensor y consiguieron pararlo y sacar al chico, pensábamos que saldría de ahí un despojo humano lloroso y vomitante. Cuál no sería nuestra sorpresa cuando aparece el hombre más parecido al de Prison Break que he visto en mi vida: alto, moreno de piel, rubio de pelo, ojos verdes, chaqueta naranja, vaqueros, hermosa sonrisa.

JORJAZOS*.

Jorjazos salió como si nada, sonrió a la concurrencia, agarró sus bolsas del Mercadona y subió hacia su casa. Yo llevaba mis gafas chungas y veía borroso, así que cuando volví a entrar en el piso, le pregunté a la PK:

- ¿Es mi imaginación, o el vecino está tremendo?
- El vecino está tremendo – contestó ella, asintiendo con gravedad.

Si esto fuera un libro de Marian Keyes, lo una serie americana cualquiera, la PK, o yo, o las dos, habríamos tenido una aventura con Jorjazos. Como esto es la vida, resulta que desde entonces (y esto pasó en noviembre) nunca, NUNCA nos lo hemos vuelto a cruzar. Miramos por el patio hacia su tendedero estremecedoramente vacío y gritamos su nombre, pero sólo nos responde un gran silencio.

Hemos urdido varios planes para acercarnos a su puerta, como vender galletas o soltar globos de helio (para que lleguen hasta su piso, que nosotras vivimos en el tercero), ir a recogerlos y caernos contra el timbre. Al final, sin embargo, nuestros planes han quedado en nada.

¿Fue Jorjazos contratado por la NASA después de resistir heroicamente al ascensor-mezcladora?

¿Es Jorjazos un fantasma que murió en el ascensor de nuestra casa, en plan “La chica de la curva”, y que aparece cada año para advertir a posibles víctimas?

¿Inventó nuestra imaginación a Jorjazos en un día de otoño con poco que hacer?

¿Es Jorjazos una leyenda urbana que hemos terminado por creernos?

Jorjazos, si alguna vez lees esto: manifiéstate. Crúzate con nosotras en el portal o deja caer un calcetín sobre nuestro tendedero. Si alguien conoce a Jorjazos, que le hable de nosotras. Que le diga que somos muy majas y que tenemos mucho que compartir con él.

Jorjazos: nuestro edificio te necesita.

*Seudónimo derivado de Jorge, que es el nombre que pensamos que le pega, y Ojazos.

viernes, 29 de mayo de 2009

Incógnito

Iker C. ha llamado a un taxi para que le lleve a casa. Mientras espera en la acera, una chica pasa a su lado y sus ojos se cruzan. Está acostumbrado. Lo que le llama la atención es la segunda mirada o, mejor dicho, la ausencia de segunda mirada. Normalmente las chicas le miran un momento y después reenganchan los ojos mientras caminan, girando el cuello hasta casi dislocárselo. Eso si no se paran a pedirle un autógrafo, a sacarse una foto con él o a declararle su amor eterno. Lo de esta chica es la excepción: le ha mirado y ha pasado de largo.

- Perdona, ¿tienes fuego? – no sabe qué le ha hecho decir eso, porque él ni siquiera fuma, pero la chica se da la vuelta, sonríe y se encoge de hombros.
- Lo siento, no fumo.
- Bueno, en realidad yo tampoco… - él sonríe también. A pesar de todo, sigue siendo un chico tímido.
- Es un truco viejo, pero te perdono – dice ella, guiñándole un ojo -. ¿Cómo te llamas?

Él se sobresalta. Hace tiempo que nadie le hace esa pregunta. La chica lleva gafas y no es especialmente guapa, pero es la primera persona en años que le ha preguntado cómo se llama, así que le contesta (“Iker”, dice, demasiado sorprendido como para inventarse otro nombre, pero da igual, porque ella ni aun así reacciona) y luego le invita a tomar la última copa. Que le den por culo al taxi. Encuentran un tugurio desierto en una bocacalle, también desierta.

Charlan. Ella estudia filología clásica. Él piensa que quizá eso explica que esté tan desconectada del mundo como para no reconocerle. Parece una chica dulce, un poco soñadora. Mantienen una de esas conversaciones que él no ha mantenido nunca (¿A qué te dedicas? ¿Eres de Madrid? ¿Vives solo o con tus padres?) y se inventa rápidamente una vida: que estudia INEF en la Complutense, que sí que es de Madrid, que vive solo.

Ella no se resiste cuando él la besa después de un par de copas. “¿Me acompañas a casa?” le pregunta, y él, soprendido, acepta y se deja llevar hasta su cama de noventa en un piso compartido. Allí hacen el amor de una forma distinta a cualquier polvo que él haya echado nunca. Alguien le mira sólo a él, sin su dinero, ni su fama, ni su éxito, y se siente doblemente desnudo.

- Tú cara me suena – le dice ella al terminar, mientras le acaricia suavemente el hombro con el dedo -. ¿Seguro que no nos conocemos de algo?
- Me acordaría – contesta él.

Se marcha antes de que se despierten las compañeras de piso, porque no quiere montar un espectáculo. Desea preservar a cualquier precio esta noche de anonimato. De ser simplemente Iker. Salta los escalones de dos en dos hasta la calle, y se le ocurre que ha conseguido lo único que no puede comprar con dinero.

Unas horas después, la chica entra en la cocina mientras su compañera de piso desayuna. Se sirve un café, se sienta en la mesa y sonríe.

- A que no adivinas a quién me he follado esta noche – dice.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Hoy he tenido un simulacro de sesión con un paciente del practicum. Es un hombre de 45 años diagnosticado de un trastorno ansiógeno-afectivo (que, si os digo la verdad, no sé muy bien lo que es. Ansiedad y tristeza, creo).

Ha empezado la sesión con un “Estoy fatal”. Después hemos estado indagando en su “estoy fatal”, que se traduce en “me siento fatal”. “Estoy triste, apático, irritable. La vida no me ilusiona. No puedo soportar la rutina. Sé lo que voy a hacer mañana, y pasado mañana, y al otro, y eso me desespera”.

Anda, y yo, pienso. Tócate los pies.

Nuestro paciente está casado, con una hija pequeña y en paro, y dice que su entorno no le entiende y no le deja hacer lo que él quiere hacer realmente: crear. Escribir. Toma, si yo también quiero escribir, pero alguien tiene que hacer la colada mientras. No creo que ni siquiera los escritores profesionales pasen todos sus días en un frenesí de gozosa creación.

Mi compañera de practicum le decía: “¿Por qué te sientes mal? ¿Qué puedes hacer hoy para sentirte bien? ¿Escribir? Pues escribe. Si tu mujer no lo considera útil, no le hagas caso. Es útil que te sientas bien”. Yo le decía: “Piensa en todo lo bueno que estás haciendo incluso aunque no te sientas bien. Piensa en lo bueno que es que hagas las camas”. Ella intentaba aleccionarle para que cambiara su estado de ánimo. Yo iba más en dirección de la aceptación y de la generosidad.

Me preocupa la idea de que los psicólogos estemos insinuando que sentirse mal es patológico. Sentirse mal a ratos es perfectamente normal, a no ser que seas Buda. Creo que la diferencia entre las personas que se consideran felices y las que no es que las segundas se asustan de su propio dolor. Consideran que es anormal y que no pueden ir a ningún sitio con él y se paralizan.

Me preocupa que los pacientes consideren que el psicólogo no sólo les va a quitar su tristeza (lo que, hasta cierto punto, es deseable cuando la tristeza es muy profunda e inmoviliza a la persona) sino que, además, va a convertir su vida en un superparque de atracciones mental donde cada minuto va a ser un nuevo y gratificante desafío.

Si como psicólogos no conseguimos transmitir que avanzar hacia lo que queremos exige cierto grado de incomodidad, y que todos, hasta los ricos y famosos, tienen que hacer a diario cosas que no les apetece hacer, vamos a tener enganchados a nuestra teta a clientes preocupadísimos porque hoy no se han levantado flipando en medio de un anuncio de Vivesoy.

martes, 26 de mayo de 2009

Reinterpretando

Es curioso cómo cambia nuestra percepción de las cosas a través de los años. Como algunos sabréis, hace ya casi seis años empecé a estudiar periodismo en la Autónoma de Barcelona. Siempre me había gustado escribir y pensaba que el periodismo me allanaría el camino. Al mes de estar allí, me empecé a preocupar. No me imaginaba ejerciendo y corriendo entusiasmada detrás de la noticia. Para navidades ya tenía clarísimo que no quería ser periodista. Así que, como buena estudiante responsable, aprobé los exámenes de febrero para conseguir créditos de libre configuración para mi futura nueva carrera y me volví a casa. Después de darle muchas vueltas a todas las posibilidades, me vine a Granada a estudiar psicología. El resto, como se suele decir, es historia.

Durante mucho tiempo vi mi regreso de Barcelona como un fracaso. Incluso Granada era un fracaso para mí: un sucedáneo, la ciudad que estaba lo suficientemente cerca de Málaga como para permitirme ir a menudo y evitar la nostalgia. Barcelona estaba tan lejos. Los primeros años en Granada todavía me escocía la humillación de haber puesto lo mejor de mí en aquella empresa y haber tenido que volverme con el rabo entre las piernas.

Hace un par de años, o quizá el año pasado, no lo sé con exactitud, empecé a ser capaz de ver mi decisión con un poco más de ecuanimidad. Intentaba reinterpretarlo en términos de: "mira todo lo que has aprendido después, todos los acontecimientos de tu vida te han hecho lo que eres ahora, etc". Mi posición respecto al asunto se volvió neutra.

Últimamente, lo que pensaba era: "Menos mal. Qué suerte tuve de darme cuenta. Qué bien hice", pero siempre con una especie de suspiro de alivio por haberme librado de una catástrofe casi por casualidad.

Hoy estaba en el taller de escritura con César, que ha venido a hablar a los alumnos de su experiencia como periodista y escritor. Hace poco que ha dejado el periodismo para dedicarse en serio a escribir y a sus otros proyectos, y dice que se alegra, porque escribir para el periódico estaba robándole la energía y aplastando su estilo. Mientras le escuchaba he recordado como casi me convierto en periodista y, como dice mi madre, se me han abierto las carnes. Y, por primera vez en cinco años, he pensado: "Qué valor tuve. Qué huevos le eché dejando la carrera, a pesar de la presión del gasto que estaba suponiendo para mi familia, a pesar de la expectativas de todo el mundo. Qué favor más grande me hice. Habría sido muy infeliz como periodista". Le he agradecido a la yo de 18 años que fuera lo suficientemente avispada como para salir pitando de la Autónoma en cuanto vio de que iba aquello. Ella no sabía mucho de la vida, pero intuía lo suficiente sobre la yo que soy ahora como para reunir valor y pararse cuando aún estaba a tiempo.

Pues eso, que es curioso cómo cambian la percepción de las cosas.