Estaban haciendo la compra en el Mercadona. Por el amor de Dios, qué nerviosa la ponía él en el supermercado. Iba de un lado a otro sin rumbo fijo, agarrando los productos de los estantes a medida que se acordaba. Ella insistía en recorrer todos los pasillos desde el principio, incluso el de comida para los animales que no tenían. Al final acababan haciendo las dos rutas: él llamaba a la primera "la de aproximación", y a ella le sacaba de quicio.
A veces, mientras compraban, se dividían por unos minutos y ella se acercaba a por compresas, por ejemplo, o él se daba una vuelta por la sección de vinos. Después se reencontraban dando vueltas entre las estanterías, y ella pensaba en lo extraño que era que de toda esa gente sólo le interesara él. Había algo consolador y desesperado en su figura acercándose a ella y en cómo sus ojos le miraban bajo el pelo. Le tendía las manos, a veces sosteniendo en ellas el vino o la mayonesa para someterlos a su veredicto, y ella lo aprobaba o le echaba la bronca por elegir siempre lo más barato y cutre, pero siempre estrechaba la mano libre y empezaba a andar con él en la misma dirección.
Llegaron a la caja registradora, mientras ella daba vueltas en la cabeza a la lista que nunca recordaban llevar y pensaba, como siempre, que si hicieran desde el principio un recorrido sistemático no se les olvidaría nada. Observó a las personas que les rodeaban. No sabía si sería el efecto de las luces halógenas, pero todos eran muy feos. Podía ver las arrugas, las manchas, los granos. La carne que sobraba sobre los músculos flácidos. El vello en el entrecejo y encima del labio superior.
Colocaron la compra en la cinta, pagaron, la guardaron en bolsas y salieron a la calle. Caminaron en silencio hacia el coche, él con las bolsas de más peso, ella con las más ligeras en una mano y el papel higiénico en la otra. Se pararon en el semáforo, dejaron las bolsas en el suelo y entonces él la miró y le dijo:
- Qué fea es la gente, ¿verdad?
Ella sonrió, conmovida por la coincidencia de esa momentánea percepción de lo feo. Pensó que quizá ése era el papel que él jugaba en su vida. Eres lo bonito. Eres la isla de belleza en la que puedo fijar mi vista mientras lo demás se desmorona.
- Es curioso - dijo -, porque mientras pagábamos he pensado exactamente lo mismo.
Le observó sonreír despacio bajo las pestañas espesas y le tocó suavemente la nariz con la mano. Y no le pudo dar un beso porque no le dio tiempo: el semáforo se había puesto en verde para los peatones, hacía calor bajo el sol y los dos tenían ganas de llegar al coche.
jueves, 18 de agosto de 2011
miércoles, 17 de agosto de 2011
32. Cuerpo
Lo del cuerpo es un rollo raro. Tener un cuerpo y que sea nuestro vehículo desde que nacemos hasta que nos morimos. Ser hombre, mujer, blanco, negro, alto, bajito y serlo para siempre.
A mí no me disgusta mi cuerpo. Sobre todo desde que estoy fuerte como un limón y tal, que me siento como si lo tuviera todo más en su sitio. Si me preguntaran qué cambiaría, supongo que al final lo dejaría como está (excepto en la piel de princesa: pediría una piel de princesa sin pensármelo dos veces). Pero sí que hay rasgos físicos que me llaman la atención y que me gustaría probar, aunque sólo fuera por un rato.
Por ejemplo: ser alta. Siempre me acuerdo de una chavala a la que conocí en Barcelona que era muy pequeñita, más que yo, y que siempre decía "Si jo fós alta... quantes coses faria...". No os equivoquéis: ser bajita está guay. Es cómodo para casi todo, excepto para colocar objetos en estantes altos. Pero cabes mejor en todas partes, te acurrucas en cualquier rinconcillo, te valen los tíos de cualquier tamaño y si estás desproporcionada no se nota tanto. Pero teniendo en cuenta que mi ego es del tamaño de Manhattan, creo que necesitaría unos centímetros más para proyectar la imagen de pedazo de tía segura de mí misma que anida en mi interior.
También querría ser flaca. Flaca de ésas que se atiborran a comer y siguen flacas porque es su complexión, o que sencillamente no aman la comida como yo la amo. Yo no soy flaca ni gorda: soy normal. Pero sé que hay una gorda dentro de mí que lucha por salir, y la tengo que mantener a raya a base de ensaladas y yogures vitalínea. Me gustaría poder comer desaforadamente y seguir divina. Aunque a lo mejor eso no es un rasgo físico, sino metabólico; quién sabe.
Otra cosa que me haría un montón de ilusión es tener la piel morena. Ir a la playa dos días y ponerme negraca. O, por lo menos, no repeler el sol en lugar de absorberlo, como me pasa ahora. Me gustan las pieles morenas. Me parecen sanas, bonitas y que quedan bien con todos los colores. Lo que pasa, por otra parte, es que me encanta ser rubia y estoy superapegada a mi color de pelo, y los dos rasgos mezclados quedarían un poco en un plan Leticia Sabater del que paso.
Por último, me gustaría probar durante unos días a ser perturbadoramente guapa. De esas tías que te caen mal en cuanto las conoces porque piensas: qué asquerosa, qué guapa es. De las que no tienen amigas porque siempre se llevan a los tíos y las demás se sienten un callo malayo a su lado. De las que reciben mensajes en plan "no sabes quién soy, pero te vi el otro día en la fiesta de Pepito y me encantaría conocerte". Pero sólo querría ser perturbadoramente guapa un tiempecito, en plan ver lo que se siente al causar ese efecto en la gente. Tiene que ser agotador y malísimo para el karma. Debes de sentirte en la obligación de demostrar vete a saber qué por ser tan guapa. Yo prefiero ser agradable a la vista y que después se me aprecie por mi interior.
Vaya post raro que me ha quedado. Estoy que me caigo de sueño. En realidad sé que ya había escrito hoy, pero es que me estoy volviendo una yonqui de sentarme aquí al final del día y soltar estupideces.
Hale, a dormir, que estar de vacaciones también cansa.
A mí no me disgusta mi cuerpo. Sobre todo desde que estoy fuerte como un limón y tal, que me siento como si lo tuviera todo más en su sitio. Si me preguntaran qué cambiaría, supongo que al final lo dejaría como está (excepto en la piel de princesa: pediría una piel de princesa sin pensármelo dos veces). Pero sí que hay rasgos físicos que me llaman la atención y que me gustaría probar, aunque sólo fuera por un rato.
Por ejemplo: ser alta. Siempre me acuerdo de una chavala a la que conocí en Barcelona que era muy pequeñita, más que yo, y que siempre decía "Si jo fós alta... quantes coses faria...". No os equivoquéis: ser bajita está guay. Es cómodo para casi todo, excepto para colocar objetos en estantes altos. Pero cabes mejor en todas partes, te acurrucas en cualquier rinconcillo, te valen los tíos de cualquier tamaño y si estás desproporcionada no se nota tanto. Pero teniendo en cuenta que mi ego es del tamaño de Manhattan, creo que necesitaría unos centímetros más para proyectar la imagen de pedazo de tía segura de mí misma que anida en mi interior.
También querría ser flaca. Flaca de ésas que se atiborran a comer y siguen flacas porque es su complexión, o que sencillamente no aman la comida como yo la amo. Yo no soy flaca ni gorda: soy normal. Pero sé que hay una gorda dentro de mí que lucha por salir, y la tengo que mantener a raya a base de ensaladas y yogures vitalínea. Me gustaría poder comer desaforadamente y seguir divina. Aunque a lo mejor eso no es un rasgo físico, sino metabólico; quién sabe.
Otra cosa que me haría un montón de ilusión es tener la piel morena. Ir a la playa dos días y ponerme negraca. O, por lo menos, no repeler el sol en lugar de absorberlo, como me pasa ahora. Me gustan las pieles morenas. Me parecen sanas, bonitas y que quedan bien con todos los colores. Lo que pasa, por otra parte, es que me encanta ser rubia y estoy superapegada a mi color de pelo, y los dos rasgos mezclados quedarían un poco en un plan Leticia Sabater del que paso.
Por último, me gustaría probar durante unos días a ser perturbadoramente guapa. De esas tías que te caen mal en cuanto las conoces porque piensas: qué asquerosa, qué guapa es. De las que no tienen amigas porque siempre se llevan a los tíos y las demás se sienten un callo malayo a su lado. De las que reciben mensajes en plan "no sabes quién soy, pero te vi el otro día en la fiesta de Pepito y me encantaría conocerte". Pero sólo querría ser perturbadoramente guapa un tiempecito, en plan ver lo que se siente al causar ese efecto en la gente. Tiene que ser agotador y malísimo para el karma. Debes de sentirte en la obligación de demostrar vete a saber qué por ser tan guapa. Yo prefiero ser agradable a la vista y que después se me aprecie por mi interior.
Vaya post raro que me ha quedado. Estoy que me caigo de sueño. En realidad sé que ya había escrito hoy, pero es que me estoy volviendo una yonqui de sentarme aquí al final del día y soltar estupideces.
Hale, a dormir, que estar de vacaciones también cansa.
martes, 16 de agosto de 2011
31. Antes
Antes de saber que existías no me preocupaba que te abrieras la cabeza con una tabla de surf.
Me daban igual los minutos que le quedaban a mi tarifa plana.
Antes no pensaba en que me ibas a echar la bronca por escalar y no dejar puesta la primera cinta.
Ni consideraba estar sana como condición para poder verte.
Antes, la verdad, no tenía muy claro dónde estaba tu ciudad ni cómo llegar a ella.
No pensaba en mi vida como algo que contarte ni en mi barrio como algo que enseñarte.
Antes ciertas canciones eran sólo canciones.
No quiero echarte de menos. Echar de menos es restar, y tú no restas. Tú has ido sumando desde que nos conocimos.
Lo importante no es el tiempo que no estoy contigo; es la posibilidad de verte.
No es el momento de colgar, sino el el de coger el teléfono.
No es que no estás, sino que existes.
No es la frustración, es la ilusión.
Y ahora, hazme el puto favor de ponerte bueno. Monguer.
Me daban igual los minutos que le quedaban a mi tarifa plana.
Antes no pensaba en que me ibas a echar la bronca por escalar y no dejar puesta la primera cinta.
Ni consideraba estar sana como condición para poder verte.
Antes, la verdad, no tenía muy claro dónde estaba tu ciudad ni cómo llegar a ella.
No pensaba en mi vida como algo que contarte ni en mi barrio como algo que enseñarte.
Antes ciertas canciones eran sólo canciones.
No quiero echarte de menos. Echar de menos es restar, y tú no restas. Tú has ido sumando desde que nos conocimos.
Lo importante no es el tiempo que no estoy contigo; es la posibilidad de verte.
No es el momento de colgar, sino el el de coger el teléfono.
No es que no estás, sino que existes.
No es la frustración, es la ilusión.
Y ahora, hazme el puto favor de ponerte bueno. Monguer.
lunes, 15 de agosto de 2011
30. Joan y las noches de verano

Fotito de este finde en las escasas horas del día en que no hacía calor. ¡Mirad, tengo bíceps!
Ahora estoy sentada en mi salón, con la ventana abierta y el aire acondicionado puesto, en un derroche de frescor veraniego que puedo justificar porque llevo tres días siendo natural y dejándome la vida en
Estar aquí en pijama, con la ventana abierta, el ordenador encendido y los ojos como platos me recuerda al verano de los dieciséis años, cuando me había hecho colega de la gente del club de montaña del colegio porque uno de ellos me molaba y me ignoraba. Curioso cómo se repiten los patrones; al año siguiente me hice amiga de otra gente totalmente distinta porque MQEN me molaba y me ignoraba. Menos mal que al final conquisté su corazón y mi amistad de conveniencia no fue del todo inútil.
Como decía, cuando tenía dieciséis años quedaba con la gente del club en el paseo marítimo de Pedregalejo. No sé si alguien de ese grupo me leerá todavía, porque últimamente me sale peña antigua por todas partes, pero si estáis ahí disculpad lo que voy a decir: vuestro plan era aburrido a morir. Nos limitábamos a sentarnos en el poyo del paseo marítimo y a charlar de chorradas. Además, el chaval que me gustaba era muy guapo, muy lindo y tenía una tripa perfecta, pero su conversación estaba al nivel de la de una ameba. Lo que yo hacía aquel verano era pasar unas horas muriéndome del aburrimiento en aquel paseo marítimo, hacerle ojitos a Guapo Simple (en adelante, GS) y largarme a casa cuando la cosa empezaba a decaer.
Cuando llegaba a casa mi madre y mi hermano solían estar dormidos o ausentes. Entonces encendía mi enorme ordenador de mesa y me quedaba en pantalones de pijama y sujetador. Por aquella época conseguí la enorme proeza de acumular unos tres sujetadores de mi mini talla y me encantaba ponérmelos y sentirme adulta. Abría las dos ventanas de mi cuarto, enchufaba el antimosquitos y me dedicaba a escribir y a hablar por el messenger con Joan, un chico catalán al que había conocido después de colgar un poema en un foro (ya apuntaba maneras, yo).
Joan era muy majo. Tampoco es que le diera el coco para mucho muchísimo, pero era un chico dulce y como superexótico, ¡¡catalán!! Yo me lo imaginaba guapérrimo. En aquella época no existía el Facebook, recordemos, y tampoco había dos cámaras digitales por habitante, así que Joan y yo no habíamos visto fotos el uno del otro. Él se describía como delgado, moreno, pelo rapado y ojos verdes y claro, en mi mente se dibujaba un cañón monumental (imagino que parecido al que se proyectaría en la suya cuando yo le dijera que era delgada, rubia, ojos castaños y pequeña-pero-proporcionada... cuando en realidad yo con dieciséis años era un callo pero total, admitámoslo).
En resumen, que Joan y yo hablábamos un montón de rato por el messenger todas las noches. Él tenía la letra roja y cometía muchas faltas de ortografía porque decía que el castellano se le daba mal. Con él aprendí mi primera frase en catalán, chispas, que era "et veig als meus somnis" (te veo en mis sueños). Sí, de ese rollo íbamos Joan y yo. Quién me iba a decir a mí que acabaría viviendo en Barcelona y parlant català com la que mès.
A pesar del planazo vital que me traía yo, a saber: babear por GS, aburrirme, volver a mi casa y dedicarme a escribir y chatear, recuerdo aquel verano como muy agradable. Me lo pasaba muy bien charlando con Joan. Era emocionante. También escribía mucho, y fue entonces cuando empecé mi novela física o química recientemente terminada y a la espera de ser impresa y quemada en un vertedero. A las tres o a las cuatro de la mañana bajaba a la cocina y cogía guarradas de comer, como pavo mojado en salsa de yogur o salchichas crudas con ketchup y mayonesa. Subía y comía con una mano mientras tecleaba con la otra. Me acostaba a las mil, me levantaba a las mil y en fin, veraneaba a lo adolescente furibunda.
Al final quedé con Joan un par de veces en Barcelona: una cuando fui a hacer la matrícula con Elsa y otra cuando ya vivía allí. De la vez con Elsa no recuerdo nada. Creo ese día nos habíamos levantado a las cuatro de la mañana para coger el avión y que luego desayunamos cinco veces, así que entre eso y que me parece que Joan traía marihuana, la amnesia es casi comprensible. Desde aquí proclamo: Els, si tú te acuerdas de cómo era el chaval, por favor, refréscame la memoria. La otra vez fui a su casa y escuchamos música en el ordenador mientras su madre y su abuela veían la tele en el cuarto contiguo. Su madre estaba medio depresiva y su abuela tenía una pinta muy extraña, súper arrugada, vestida de negro y catatónica como el padre de Torrente. De Joan recuerdo dos cosas: una, que era más bien feo, y otra que parecía mucho más interesante por el Messenger que en la realidad. Aun así, le tengo cierto cariñito.
Ahora mi vida ha mejorado, en general, y me lo paso mejor en el mundo 3D. Chateo menos y charlo más. Ah, y me pongo en pijama, que el sujetador a estas alturas me incomoda un poco. Pero diez años después no dejan de tener su gracia las noches de verano, cuando no hay que madrugar y puedes escribir con las ventanas abiertas, comer guarradas a media noche e ir conociendo poco a poco a algún chico guapo de ojos verdes al que encontrarte después en la realidad y en los sueños.
sábado, 13 de agosto de 2011
29. Psicóloga
Hoy me he puesto a pensar en por qué me hice psicóloga. Mi madre dice que para ser feliz tienes que acertar con el trabajo y con la pareja, y aunque creo que es mucho exigirse a uno en cuestión de precisión vital, sí que es verdad que equivocarse en cualquiera de las dos áreas acarrea mucho sufrimiento. A mí me gusta mi curro, así que al menos no vivo en la angustia vital de estar vendiendo mi tiempo al mejor postor sin sacar nada a cambio. Es una suerte muy grande y no está de más recordármelo de vez en cuando para ser capaz de apreciarlo.
Una cosa que me gustaría dejar clara es que no creo que ser psicóloga sea el único trabajo que me puede hacer feliz. El trabajo de mi vida sería ser escritora full time, seguro. Creo que he nacido para eso. Pero por cuestión de prioridades en la vida y por no convertirme en una John Kennedy Toole más rubia y con menos talento, he decidido aplicar eso del primum vivere, deinde scribire, o más bien primum laborare y ganar dinero, que eso ya no sé decirlo en latín.
Pero incluso no siendo escritora ni siendo psicóloga, estoy segura de que hay muchos otros trabajos que me podrían hacer feliz y que podría desempeñar bien. Tiendo a entusiasmarme con las cosas. Casi cualquier profesión que fuera un poco creativa y que me permitiera aplicar la inteligencia podría valerme. A veces me planteo incluso que en algún momento me gustaría intentar algo completamente diferente, como vivir en el campo, trabajar en la naturaleza o ser cirujana menor para pasar los días tocando el cuerpo de la gente.
Aun así, ser psicóloga se parece bastante a mi trabajo ideal. La primera e importante razón es que me permite usar el cerebro. Cada consulta es diferente, y todos los pacientes retan tu capacidad de analizar, sintetizar, abordar, convencer y hasta manipular, en el buen sentido de la palabra. Y si eso me entusiasma ahora, que lo hago de forma intuitiva y sin tener ni puta idea, no quiero imaginarme cuando vaya controlando un poco más el asunto. También es muy creativo, sobre todo si como os he dicho no tienes ni puta idea y lo solventas inventando tareas raras y escenificando tú sola cuentecitos tipo Jorge Bucay.
Pero aunque me mola poner a prueba a mi cerebro, para mí no es la ventaja más importante de mi curro.
¿Queréis saber por qué me decidí al final a hacer psicología? Porque lo estaba pasando tan de puta pena después de haber dejado el periodismo y Barcelona que quería ayudar en lo posible a que otras personas lo pasaran un poco menos mal. Me di cuenta de que lo que más hace sufrir en esta vida es una mente mal entrenada. El infierno es uno mismo. Me atravesó una vocación tremenda por aliviar el sufrimiento ajeno, y es esa vocación extraña e inesperada la que me hace tirar adelante en los días malos.
Cuando uno vincula su felicidad a objetivos o a situaciones termina por sentirse vacío. Se alcanza una meta, luego otra, luego otra y al final uno siempre vuelve a la insatisfacción como motor y a lo bien que iría todo si solo tuviera otro trabajo, encontrara pareja o se le quitara de una puñetera vez el Acné del Averno. Yo intento vincular mi felicidad a valores que pueda poner en práctica todos los días. Creo que estoy aquí para intentar, con mi minúscula voluntad y mi corazón cansado, ser cada día un poco más consciente y un poco más compasiva. Procuro aprender de todo lo que me pasa. Mi trabajo me permite ejercitar esos valores. Y encima me pagan.
Hace algún tiempo leí que en la vida todos tenemos un proyecto exterior y uno interior. El interior es en realidad el más importante, y el exterior es el que lo soporta económicamente, logísticamente o llámalo X. Supongo que en mi caso los dos coinciden, se nutren mutuamente y se hacen más fuertes. No sé si ha sido mi acierto, la suerte o el destino, pero no está de más recordar que es así, porque si no es fácil ver la botella medio vacía y olvidar que, lo mire por donde lo mire, soy una privilegiada.
Y tengo que parar ya con el optimismo asqueroso y la felicidad desbordante, porque me vais a odiar de principio a fin y os vais a ir a leer blogs de penas, que son más entretenidos.
viernes, 12 de agosto de 2011
28'5. Todo llega
A partir de hoy al mediodía...
Aviones
Ciudades
Adorable Interlocutor
Campo
Ilusión
Olas
Sexo
Pero qué mal vivo, joder.
jueves, 11 de agosto de 2011
28. Dos vicios
Mi vida es últimamente tan genial que no tengo grandes problemas. Están el Acné del Averno, el Mal Articular, mi casa quemada y poco más. Sin embargo, si hay dos asuntos que me preocupan verdaderamente y que hacen de mí una persona peor, o al menos no tan sensata y racional a la par que interesante y espontánea.
La primera es el tema del chocolate. IA flipó este finde viéndome consumirlo con urgencia de yonqui. Háztelo mirar, me ha dicho hoy, que vas a heredar la Nestlé. Esta mañana me he comprado dos tabletas, dos, de chocolate ecológico marca Yoguitea, uno con jengibre y limón y el otro con canela y especias. Me han costado casi siete euros en total. ¡Siete euros en chocolate, por el amor de Dios! ¿Qué me pasa?
El tema del chocolate me supera. A veces creo que es malo para el Acné del Averno y me desintoxico durante unas dos semanas. Luego concluyo que el AA es maligno y perdurable, y que ya que parece que me perseguirá toda la vida, prefiero sobrellevarlo comiendo chocolate. Es un sabor que me alucina por lo complejo y perverso que me resulta, y supongo que la prohibición lo hace todavía más deseable. Dicen que es el sustituto del sexo. Ja. A lo sumo, el sexo es el sustituto del chocolate.
El otro problema que tengo son los esmaltes de uñas. Que antes bueno, eran un vicio permisible porque me cundían, pero desde que me di al trepar indiscriminado cada vez lo veo más absurdo. Para empezar, mis manos y antebrazos cada vez se parecen más a los de Angelina Jolie, y no hacen más que salirme venas raras. Y no sé por qué, el hecho de pintarme las uñas como que exacerba el efecto travelo. Aunque no fuera así, escalar te destroza la manicura, no lo vamos a negar, por no hablar de mis pobres pies de princesa, que firman un destino futuro de juanetes y podólogos cada vez que se introducen en los gatos.
Aun así, sigo comprando esmaltes a pares como una capulla. El tema es que hay tantos tonos. Y los matices son tan sutiles. Y me veo convenciéndome de que no puedo vivir sin este esmalte rosa, porque a ver, tengo rosa chicle, rosa fresón y rosa coral, pero justo este rosa un poco violeta y con un toque de purpurina no lo tengo, y total, ¿qué daño le hago al mundo?
Hago esta reflexión porque hoy me he gastado casi veinte euros en esmaltes y chocolate y me siento un poco culpable, lo confieso. Además, me estoy dando cuenta de que esta es la típica entrada en la que los lectores dirán algo como "¿y a mí qué cojones me importa?". Pero yo qué sé, qué queréis que os diga, cada día escribo más tarde y más espesa, mañana cojo las vacaciones y cuando una tiene que inventarse los problemas para rellenar los post es porque su vida, en general, no debe de ir ni tan mal.
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