Estoy sentada en el escritorio de la habitación de mi primo, en Coslada. Al otro lado de la pared escucho cómo mis tíos agitan los dados en los cubiletes del parchís mientras ven Puenteviejo. Todavía no he podido mudarme al piso de Lavapiés, así que estoy aquí de refugiada política. Aunque tardo hora y media en llegar al curro, mi tía es amor, me hace lentejas y lava el olor a humedad gaditana de toda la ropa que traigo.
Me resulta complicado escribir hoy. Hay tantos datos nuevos en mi cerebro que no sé por dónde empezar. Quizá deba hacerme caso a mí misma y utilizar los detalles para ver hasta dónde me llevan.
Son las nueve de la mañana y estoy en la estación de Chamartín. Hoy entro más tarde, pero a partir de mañana tendré que salir de casa a las siete menos cuarto. El termómetro marca menos tres grados y las Cuatro Torres se pierden en la niebla. Yo salgo de la estación y bajo unas escaleras para cruzar bajo una carretera enorme. Llevo en la mano un café con leche de la enésima franquicia madrileña y me lo voy bebiendo a sorbitos.
En ese momento, tengo una revelación: voy a trabajar con personas con cáncer. CÁNCER. No sé si había contado eso aquí. En la rotación que estoy haciendo ahora te asignan a un dispositivo dentro del hospital, y a mí me ha tocado psicooncología y dolor crónico. En princpio, ni me iba ni me venía; pensé que aprendería de cualquier lugar. Pero hoy he caído en la cuenta.
Gente con cáncer. Gente que igual se muere. Me he dicho: a ver, Marina, si tú te encariñas con un apio, qué cojones piensas hacer cuando tus pacientes empiecen a palmar. Luego he pensado: bueno, no se morirán tanto. Seguro que la mayoría sobrevive. La lucha contra el cáncer, los avances de la ciencia y tal.
A última hora, ya me habían asignado a mi primer paciente y, adivinad qué: se está muriendo.
Íbamos con la psiquiatra por las habitaciones y nos presentaba a los pacientes que íbamos a tener cada uno. Y yo, que ya sabía que el mío se estaba muriendo, pensaba cada vez "por favor, que no sea éste, que es muy joven, que parece agradable, que me cae muy bien".
A la salida del hospital, miraba otra vez las torres. Pensaba que son grandiosas. Realmente grandiosas. Te pueden gustar o no, pero nada puede negar el hecho de que los humanos han conseguido apilar uno sobre otro un montón de pisos hasta llegar casi a los 250 metros. Un cuarto de kilómetro en vertical. Pensaba en mi paciente y en la putada que tiene que ser saber que te vas en breve y que te vas a perder todo esto. Toda esta locura humana tan absurda y tan bella.
Las torres, la niebla, los menos tres grados bajo cero. El café caliente entre las manos, los cientos de coches cruzando las calles, la cara de la dependienta del Rodilla cuando te tiende un sandwich de pan integral y pavo. Las lentejas de mi tía, el parchís, caminar con calcetines sobre el parqué templado sabiendo que fuera hace frío. Escribir, leer, escalar, los amigos, los abrazos, los besos, las celivibraciones y las vibraciones obscenas. Todo eso se queda y tú te vas.
Sé que no es un buen primer post madrileño. Podría escribir con más ánimos sobre las miles de horas de transporte público que me estoy chupando, mis complejos andaluces y mi miedo a que empiecen a llamarme "la Juani" o lo mucho que echo de menos los molletes con tomate, pero hoy mi verdad es esa. Ya llegará la alegría, porque siempre llega, pero hoy Madrid es Madrid y la muerte, y no puedo ni quiero hacer nada para esconderos eso.
miércoles, 9 de enero de 2013
Madrid y la muerte
martes, 8 de enero de 2013
Aterrizando
Demasiado cansada para escribir.
Madrid bien.
Nostalgia gaditana en niveles máximos a las nueve y media de la mañana con tres grados bajo cero.
La rotación tiene una pinta alucinante.
Mañana más.
(¿Me echáis de menos? Últimamente paro mucho en twitter: @marinalunes Pero tranquilidad en las masas, que no voy a ser una de esas que abandonan su blog por twitter. Blog forever.)
Madrid bien.
Nostalgia gaditana en niveles máximos a las nueve y media de la mañana con tres grados bajo cero.
La rotación tiene una pinta alucinante.
Mañana más.
(¿Me echáis de menos? Últimamente paro mucho en twitter: @marinalunes Pero tranquilidad en las masas, que no voy a ser una de esas que abandonan su blog por twitter. Blog forever.)
lunes, 7 de enero de 2013
La de Zuckerberg
Yo tendría que estar escribiendo una entrada mortal de conmovedora sobre dejar Cádiz, la luz blanca que baña los edificios y lo mucho que voy a llorar cuando la gente a mi alrededor no diga "pisha". En lugar de eso, estoy haciendo la de Zuckerberg, a saber: me he puesto frente al ordenador con una cafetera y medio roscón de reyes y A DIOS PONGO POR TESTIGO de que no me levantaré de aquí hasta que no tenga lista Psicosupervivencia.
Así que hoy el cafelito os lo tomáis allí ;)
domingo, 6 de enero de 2013
Por qué no tengo un iPad
Yo lo del iPad nunca lo vi claro. No se puede teclear bien, cansa la vista si quieres leer en él, no es lo que se dice súper-portátil y total, para tenerlo en casa puedes utilizar el ordenador.
Hasta que lo probé.
Hay que reconocerlo: el iPad es chulo. La forma, los colores de la pantalla, la interacción táctil-erótica. Estuve con él una mañana en casa de mi amiga María la MIR (¿Miría?) mientras ella dormía y fue amor. De inmediato, mi mente decidió que QUERÍA UN IPAD YA y me preguntaba cómo coño había hecho toda mi vida para vivir sin ella.
Miré iPads de segunda mano en internet. Miré los precios de las nuevas en la tienda Apple. Leí foros que comparaban las que sólo tienen wi-fi con las de 3G. Me pregunté si sería cómoda una vez le incorporaras un teclado. Lo mejor del asunto es que me inventé que realmente necesitaba el iPad. Porque claro, ahora me voy a Madrid y me voy a pasar el día en la calle porque tendré que currar de forma infernal, y en los ratos muertos puedo sacar mi iPad y jugar a diva de Internet con el Twitter, el Facebook y sus muertos.
Y claro, ya empieza el difunto Steve Jobs a meterse en mi mente. Porque ya que te compras un iPad, no te vas a comprar la 2. Chica, cómprate la 3, que tiene pantalla retina y una cámara de la ostia, y nosecuántos píxeles más por centímetro cuadrado que el ojo humano no puede distinguir, y un procesador de veintemil núcleos rápido como gacela. Y ya que te vas a gastar ese pastizal, pues te gastas un poco más y te la compras con 3G, porque vale que ahora no quieras meterle una tarjeta, pero ¿y más adelante? ¿para qué quieres un iPad si no puedes estar conectada EN TODAS PARTES? Y bueno, por supuesto, habrá que comprarse una funda, un protector de pantalla y un teclado.
¿Estás loca, Marina? ¿En serio?
Tengo un portátil, un smartphone muy bueno y un Kindle. Tengo una cámara réflex y una compacta. Tengo libros de papel, libretas y bolígrafos. ¿¿Para qué cojones quiero un iPad?? ¿¿En serio quiero estar conectada en todas partes a ese bicho?? ¿¿Es serio me estoy planteando gastarme setecientos pavos en eso??
El dinero quieto no es nada. El dinero en la cuenta no existe; sólo cobra sentido cuando lo gastamos. No es más que la forma que tiene el mundo de devolvernos el valor que aportamos. Si yo he aportado valor con mi trabajo y mi tiempo, el mundo me da vales que me permiten recuperar ese valor, haciendo uso del trabajo y el tiempo de otros mediante la adquisición de bienes y servicios.
Por esto, hay que tener mucho cuidado cuando se gasta el dinero. Porque si estamos vendiendo nuestro tiempo para después vender todavía más tiempo en forma de adicción incontrolable a la conectividad y a las pantallitas, algo no va del todo bien. Porque realmente no quiero tener un estilo de vida que me exija estar conectada en todas partes. Yo quiero que mi dinero me regale más tiempo, que sea una inversión en solucionar problemas y en disfrutar de la vida que elijo llevar. Quiero que el dinero compre mis sueños, no los que otro me está fabricando.
Todo esto, queridos lectores, para contaros que al final cogí el dinero que me iba a gastar en el iPad y me compré un billete de avión a Denver para visitar a Pablo y a Jenna, la encantadora pareja que me acogió en Oviedo durante el SSHP.
Así que en mayo, por fin, viajaré a EEUU y escalaré en Boulder, Colorado.
Flipa.
A dormir, lectores. Y que os traigan muchas cosas los reyes. Si es lo que queréis, incluso un iPad estará bien.
Hasta que lo probé.
Hay que reconocerlo: el iPad es chulo. La forma, los colores de la pantalla, la interacción táctil-erótica. Estuve con él una mañana en casa de mi amiga María la MIR (¿Miría?) mientras ella dormía y fue amor. De inmediato, mi mente decidió que QUERÍA UN IPAD YA y me preguntaba cómo coño había hecho toda mi vida para vivir sin ella.
Miré iPads de segunda mano en internet. Miré los precios de las nuevas en la tienda Apple. Leí foros que comparaban las que sólo tienen wi-fi con las de 3G. Me pregunté si sería cómoda una vez le incorporaras un teclado. Lo mejor del asunto es que me inventé que realmente necesitaba el iPad. Porque claro, ahora me voy a Madrid y me voy a pasar el día en la calle porque tendré que currar de forma infernal, y en los ratos muertos puedo sacar mi iPad y jugar a diva de Internet con el Twitter, el Facebook y sus muertos.
Y claro, ya empieza el difunto Steve Jobs a meterse en mi mente. Porque ya que te compras un iPad, no te vas a comprar la 2. Chica, cómprate la 3, que tiene pantalla retina y una cámara de la ostia, y nosecuántos píxeles más por centímetro cuadrado que el ojo humano no puede distinguir, y un procesador de veintemil núcleos rápido como gacela. Y ya que te vas a gastar ese pastizal, pues te gastas un poco más y te la compras con 3G, porque vale que ahora no quieras meterle una tarjeta, pero ¿y más adelante? ¿para qué quieres un iPad si no puedes estar conectada EN TODAS PARTES? Y bueno, por supuesto, habrá que comprarse una funda, un protector de pantalla y un teclado.
¿Estás loca, Marina? ¿En serio?
Tengo un portátil, un smartphone muy bueno y un Kindle. Tengo una cámara réflex y una compacta. Tengo libros de papel, libretas y bolígrafos. ¿¿Para qué cojones quiero un iPad?? ¿¿En serio quiero estar conectada en todas partes a ese bicho?? ¿¿Es serio me estoy planteando gastarme setecientos pavos en eso??
El dinero quieto no es nada. El dinero en la cuenta no existe; sólo cobra sentido cuando lo gastamos. No es más que la forma que tiene el mundo de devolvernos el valor que aportamos. Si yo he aportado valor con mi trabajo y mi tiempo, el mundo me da vales que me permiten recuperar ese valor, haciendo uso del trabajo y el tiempo de otros mediante la adquisición de bienes y servicios.
Por esto, hay que tener mucho cuidado cuando se gasta el dinero. Porque si estamos vendiendo nuestro tiempo para después vender todavía más tiempo en forma de adicción incontrolable a la conectividad y a las pantallitas, algo no va del todo bien. Porque realmente no quiero tener un estilo de vida que me exija estar conectada en todas partes. Yo quiero que mi dinero me regale más tiempo, que sea una inversión en solucionar problemas y en disfrutar de la vida que elijo llevar. Quiero que el dinero compre mis sueños, no los que otro me está fabricando.
Todo esto, queridos lectores, para contaros que al final cogí el dinero que me iba a gastar en el iPad y me compré un billete de avión a Denver para visitar a Pablo y a Jenna, la encantadora pareja que me acogió en Oviedo durante el SSHP.
Así que en mayo, por fin, viajaré a EEUU y escalaré en Boulder, Colorado.
Flipa.
A dormir, lectores. Y que os traigan muchas cosas los reyes. Si es lo que queréis, incluso un iPad estará bien.
jueves, 3 de enero de 2013
Un buen día
Llevo unos días escuchando "Un buen día", la canción de los Planetas. Me gusta. La letra, la estructura sin estribillo, la forma en que vuelve a esos momentos de tristeza que se cuelan entre los días mejor pensados.
J. siempre decía que la última parte, la de las rayas que se mete el pavo con su colega, estropeaban el resto de la canción. Yo creo que sólo estropean el final. Porque el tipo dice "y no he podido dormir, como siempre me pasa", y en lugar de pensar uno que es porque muere de desamor, no te queda más remedio que decirle: claro que no has podido dormir, inútil, si vas super drogado; ahora te aguantas y comes techo.
Lo que quiero decir es que hay días, como hoy, que son buenos, y en los que una hace todo lo que se supone que tiene que hacer: trabaja duro, se ríe bastante, lee, queda con un colega couchsurfero que pasaba por la ciudad, escala en el roco y se sienta aquí a escribir, pensando que va a ser la ostia, que todo eso que está haciendo y sintiendo y pensando se va a escurrir hasta sus dedos y se plasmará en forma de belleza inefable. Pero no es así.
Me siento rara hoy. A veces es muy extraño estar poniendo tanto esfuerzo en algo sin saber si va a llegar a alguna parte. No me refiero a Psicosupervivencia, que al fin y al cabo es un proyecto que está todavía en pañales, sino a escribir en general. ¿Sabéis que llevo ya 941 entradas publicadas? En dos o tres meses llegamos a las mil, chavales. Mil entradas. Suponiendo un promedio de una hora por entrada, son mil horas aquí sentada como una capulla, teclea que te teclea. Hay días en que escribir te salva y lo ves clarísimo, y otros en los que, como hoy, escribes porque crees que el hábito debe ser más fuerte que el desánimo, pero tampoco firmarías ningún papel jurando que así es como hay que hacer las cosas.
Sin más, me despido. No os equivoquéis; estoy contenta. Sólo un poco desconcertada.
Sed felices.
J. siempre decía que la última parte, la de las rayas que se mete el pavo con su colega, estropeaban el resto de la canción. Yo creo que sólo estropean el final. Porque el tipo dice "y no he podido dormir, como siempre me pasa", y en lugar de pensar uno que es porque muere de desamor, no te queda más remedio que decirle: claro que no has podido dormir, inútil, si vas super drogado; ahora te aguantas y comes techo.
Lo que quiero decir es que hay días, como hoy, que son buenos, y en los que una hace todo lo que se supone que tiene que hacer: trabaja duro, se ríe bastante, lee, queda con un colega couchsurfero que pasaba por la ciudad, escala en el roco y se sienta aquí a escribir, pensando que va a ser la ostia, que todo eso que está haciendo y sintiendo y pensando se va a escurrir hasta sus dedos y se plasmará en forma de belleza inefable. Pero no es así.
Me siento rara hoy. A veces es muy extraño estar poniendo tanto esfuerzo en algo sin saber si va a llegar a alguna parte. No me refiero a Psicosupervivencia, que al fin y al cabo es un proyecto que está todavía en pañales, sino a escribir en general. ¿Sabéis que llevo ya 941 entradas publicadas? En dos o tres meses llegamos a las mil, chavales. Mil entradas. Suponiendo un promedio de una hora por entrada, son mil horas aquí sentada como una capulla, teclea que te teclea. Hay días en que escribir te salva y lo ves clarísimo, y otros en los que, como hoy, escribes porque crees que el hábito debe ser más fuerte que el desánimo, pero tampoco firmarías ningún papel jurando que así es como hay que hacer las cosas.
Sin más, me despido. No os equivoquéis; estoy contenta. Sólo un poco desconcertada.
Sed felices.
miércoles, 2 de enero de 2013
Los libros que no te vas a leer nunca
Mi definición de mi estado económico ideal es: "te puedes comprar libros sin mirar el precio". Un par de veces al año, normalmente coincidiendo con las pagas extra o con el aguinaldo, llego a ese estado económico y hago pedidos enfermizos a Agapea. Ahora estamos en esa época, así que esta tarde he sorteado el atasco de gente-absurda-que-se-cree-que-comprar-en-rebajas-es-ahorrar-cuando-ahorrar-es-no-comprar-y-punto, y me he incrustado en el Bahía Sur a recoger unos libros.
Había cola en la tienda y todo el mundo andaba envolviendo para regalo. Espero que los libros no se conviertan en uno de esos objetos que sólo se adquieren para regalar, como las velas aromáticas o los pijamas. Yo echaba un ojo a la sección de libros infantiles, un poco cabreada por el cartel de "No tocar". Vale que los cuentos de ahora son obras de arte. El otro día, de hecho, me quedé fascinada por Ondina, de Benjamin Lacombe. Pero de ahí a que no los puedas tocar para mirarlos, hay un paso.
El otro día, en Málaga, hablaba con mi padre del libro electrónico. Le hice un resumen de sus ventajas, que para mi padre son omitibles porque él no lee inglés, ni viaja, ni lee artículos científicos, ni novelas de Marian Keyes. Además, el factor pijama, es decir: poder comprar libros en pijama desde tu casa, para mi padre es un contra más que un pro. A mí me gusta ir a la librería, Marina, me explica. Voy allí, echo el rato, miro todos los libros que hay a mi alrededor. Me gusta que estén allí. Incluso los que no voy a leer nunca.
Esta tarde estoy de pie frente al mostrador cuando veo expuestos en la estantería superior dos libros, uno al lado del otro. El primero es el de las cartas de Benedicto XVI y el escándalo de la Iglesia Católica. Como si hicieran falta escándalos para desacreditar a la Iglesia, ese desafío colectivo a la lógica más evidente. Al lado hay un libro escrito por el propio Papa sobre la infancia de Jesús. Enseguida me pregunto de qué irá. ¿De dónde ha sacado la información? ¿Ha descubierto otro evangelio? ¿Se la ha inventado? Se supone que la infancia de Jesús es misteriosa; nace en el pesebre, se pierde en el templo y poco más. Me pregunto si el Papa Mazinger se habrá currado esa parte de la historia para dar un poco de coherencia argumental al hilo, porque pasar de los turrones buenrrollistas al asunto gore de la cruz es un poco brusco.
Entonces siento un tonto entusiasmo por el libro del Papa. No porque me importe un carajo la infancia de Jesús (aunque tengo curiosidad. ¿Cuál fue su primera palabra? ¿Mamá? ¿Jehová? ¿Andaba sobre la bañera? ¿Y la preadolescencia? ¿Soltaba gallos Jesucristo? ¿Le enseñó a afeitarse San José o le dijo, despechado, que se lo pidiera a su padre verdadero "ya que es tan poderoso"?). Lo que me parece guapo es que el Papa se haya sentado a escribir todo un libro sobre eso y que a la gente le importe y se lo vaya a comprar. No creo que lea nunca el libro del Papa, pero está bien saber que sus ideas, buenas o malas, científicas o imaginarias, reposan ahí entre dos cubiertas de papel, para quien quiera enterarse. El mundo lleno de libros como cerebros empaquetados.
Os dejo y me voy a empezar mi primer cerebro empaquetado de 2012: Qué es el qué, de Dave Eggers, una de las trece recomendaciones de "El guardián entre el centeno", puro talento bloguero recién descubierto. Sed felices. Leed mucho.
Había cola en la tienda y todo el mundo andaba envolviendo para regalo. Espero que los libros no se conviertan en uno de esos objetos que sólo se adquieren para regalar, como las velas aromáticas o los pijamas. Yo echaba un ojo a la sección de libros infantiles, un poco cabreada por el cartel de "No tocar". Vale que los cuentos de ahora son obras de arte. El otro día, de hecho, me quedé fascinada por Ondina, de Benjamin Lacombe. Pero de ahí a que no los puedas tocar para mirarlos, hay un paso.
Lacombe de mi vida: amo los lagrimales de tus personajes
El otro día, en Málaga, hablaba con mi padre del libro electrónico. Le hice un resumen de sus ventajas, que para mi padre son omitibles porque él no lee inglés, ni viaja, ni lee artículos científicos, ni novelas de Marian Keyes. Además, el factor pijama, es decir: poder comprar libros en pijama desde tu casa, para mi padre es un contra más que un pro. A mí me gusta ir a la librería, Marina, me explica. Voy allí, echo el rato, miro todos los libros que hay a mi alrededor. Me gusta que estén allí. Incluso los que no voy a leer nunca.
Esta tarde estoy de pie frente al mostrador cuando veo expuestos en la estantería superior dos libros, uno al lado del otro. El primero es el de las cartas de Benedicto XVI y el escándalo de la Iglesia Católica. Como si hicieran falta escándalos para desacreditar a la Iglesia, ese desafío colectivo a la lógica más evidente. Al lado hay un libro escrito por el propio Papa sobre la infancia de Jesús. Enseguida me pregunto de qué irá. ¿De dónde ha sacado la información? ¿Ha descubierto otro evangelio? ¿Se la ha inventado? Se supone que la infancia de Jesús es misteriosa; nace en el pesebre, se pierde en el templo y poco más. Me pregunto si el Papa Mazinger se habrá currado esa parte de la historia para dar un poco de coherencia argumental al hilo, porque pasar de los turrones buenrrollistas al asunto gore de la cruz es un poco brusco.
Entonces siento un tonto entusiasmo por el libro del Papa. No porque me importe un carajo la infancia de Jesús (aunque tengo curiosidad. ¿Cuál fue su primera palabra? ¿Mamá? ¿Jehová? ¿Andaba sobre la bañera? ¿Y la preadolescencia? ¿Soltaba gallos Jesucristo? ¿Le enseñó a afeitarse San José o le dijo, despechado, que se lo pidiera a su padre verdadero "ya que es tan poderoso"?). Lo que me parece guapo es que el Papa se haya sentado a escribir todo un libro sobre eso y que a la gente le importe y se lo vaya a comprar. No creo que lea nunca el libro del Papa, pero está bien saber que sus ideas, buenas o malas, científicas o imaginarias, reposan ahí entre dos cubiertas de papel, para quien quiera enterarse. El mundo lleno de libros como cerebros empaquetados.
Os dejo y me voy a empezar mi primer cerebro empaquetado de 2012: Qué es el qué, de Dave Eggers, una de las trece recomendaciones de "El guardián entre el centeno", puro talento bloguero recién descubierto. Sed felices. Leed mucho.
Año nuevo
A veces pienso que en fin de año se sale a muerte sólo para que el día uno se queden las calles vacías, y que con ese decorado de persianas bajadas y carreteras desiertas podamos creernos que empezamos una etapa verdaderamente limpia, verdaderamente nueva.
Desde que decidí que me voy a Colorado en mayo (más detalles próximamente), mi mente está en modo sacar dinero de debajo de las piedras, así que ayer no se me ocurrió otra cosa que apuntarme a la guardia de hoy. El festivo lo pagan doble y no tenía ningún problema en no ir de fiesta el 31. Así que esta mañana salí de casa a las nueve y media con la mochila, el portátil y la nariz enterrada debajo de la bufanda. Me crucé con un grupo de adolescentes borrachos de camino a la furgo. Me dolía un poco la cabeza del cava de ayer, pero estaba contenta: empezar el año madrugando me da buen rollo.
De camino al hospital iba escuchando Vetusta Morla en la furgo: Año Nuevo. Yo es que la música la contextualizo. No había visto nunca tan vacías las carreteras de la Bahía, y el cielo sobre las marismas estaba a medias azul y a medias de un gris algodonoso y empapado. Dentro de una semana ya no estaré aquí, y mientras canturreaba Vetusta y frotaba los dedos en mi ambientador de azahar y naranja pensaba que es como si me hubieran dejado a solas con Cádiz para despedirme.
La guardia transcurre tranquila. Razonablemente tranquila en escala Salud Mental, quiero decir: hemos tenido nuestros intentos de suicidio y nuestras cuatro cosas. Pero estoy con Pilar, mi psiquiatra favorita, y nos reímos de chorradas mientras remojamos en mayonesa la tortilla del comedor para hacerla comestible. "¿Os vais a olvidar de mí cuando esté en Madrid?", le pregunto, haciendo morritos, mientras me termino el arroz con leche. "Qué va, mujer. Nos vas a dar envidia".
A mí ocho meses se me hacen largos, eternos, mientras pienso en todas las cosas que van a pasar aquí sin que yo no esté. No creo que vaya a cambiar nada fundamental. El menú de los sábados en el hospital seguirá siendo chuletas con fideuá. En el roco se seguirá entrenando con Fuel Fandango o con el ska horrible del Mallorquín. Llegarán los carnavales y pasarán; llegará la semana santa y pasará; llegará la primavera y la gente empezará a conquistar las playas a golpe de silla caletera, y después el verano con su mezcla entre invasión y éxodo. Y a todo esto yo fuera, sin poder asistir un año más a todos esos pequeños grandes eventos desde mi primera fila de gaditana conversa.
Un año más. Un año menos que dolerse de esta herida y de esta luz, dice Vetusta, y eso pienso mientras conduzco. Esta herida y esta luz. Así me siento esta mañana del 1 de enero de 2013, en mi vigésimo octavo año de viaje sobre este bonito planeta. Con una herida cada vez más honda y, al mismo tiempo, una luz cada vez más intensa.
Iba a escribir la versión de este año de los doce momentos, pero ayer se me echó el tiempo encima y hoy ya como que no pega. Algo dentro de mí se rebela. A lo mejor es una tontería, como dice Centinel, celebrar algo tan irremediable como que el planeta dé otra vuelta alrededor del sol. Pero, sea como sea, una parte de mí ha pasado página y no quiere mirar atrás. Está ocupada explorando las carreteras vacías y limpias del año nuevo. Y, sobre todo, está demasiado entusiasmada ante el futuro como para andar dando vueltas a lo que no va a regresar nunca.
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