massobreloslunes

miércoles, 7 de julio de 2021

Orgullo materno, I


Últimamente a Alana le ha dado por escuchar el Carnaval de los Animales de Saint-Saëns. Que nadie se piense que tiene el nivel cultural de la Princesa Leonor: el 95% de lo que escucha son canciones horriblemente malas, por la sencilla razón de que a su hora de pantalla (por la noche) a Pablo y a mí no nos queda energía para más que para poner Youtube Kids y que sea lo que Dios quiera. Pero yo qué sé, lo de los animales le ha hecho gracia y ahí andamos, escuchándolo en bucle. 

La cuestión es que ayer le enseñé que cuando en una canción no hay nadie cantando se le dice «pieza». Me escuchó sin prestar demasiada atención y pensé que le había entrado por un oído y le había salido por el otro.

Hoy, sin embargo, estábamos oyendo de nuevo el Carnaval y viendo juntas distintos vídeos de Youtube basados en los diferentes animales (era mediodía: de ahí el Montessorismo), hasta que yo le he dicho que ya estaba bien y que se había acabado la pantalla hasta la noche.

—¡La última canción, mamá! —ha pedido ella. Sabe que «la última» suele funcionar porque nos sentimos culpables, al menos yo, por no haberle dado «tiempo de transición» entre decirle que hay que dejar la pantalla y hacerlo, y eso nos convierte en malos padres. O quizá sabe que funciona, pero no entiende por qué—. ¡La última!

Entonces, ha cambiado de estrategia.

—¡La última pieza, mamá! ¡La última pieza!

Lo que más me ha enorgullecido no es el esnobismo de que mi hija hable con propiedad sobre música, no. Lo que me ha llenado el corazón de satisfacción y orgullo han sido sus habilidades como vendedora: cómo ha hablado en el lenguaje de su cliente (yo) para convencerle de lo que quería.

Obviamente, le he puesto una última pieza.

Como madre, soy un cliente bastante fácil, las cosas como son.

miércoles, 23 de junio de 2021

31 consejos sobre el amor que le daría a la Marina del pasado

 He aquí algunas cosas que le diría a la yo del pasado respecto a los hombres.

1. Te gustan los guapos-muy-guapos; claro, como a todas. Déjalo estar. Pasa de ellos. No te convienen y tú (en general) no les gustas; ahórrate humillaciones e ignóralos, porque incluso aunque consigas a alguno, te romperá el corazón.

2. Con esto no quiero decir que te vayas a por los que no te gusten. Fíjate en los que son físicamente del montón, pero interesantes y divertidos y, sobre todo, buenas personas, y te garantizo que te parecerán atractivos cuando pases algo de tiempo con ellos.

3. Los introvertidos un pelín frikis son un buen nicho. Ahí hay mucho guapo que no se da cuenta de que lo es y son, en general, tirando a fieles. No te fíes de un extrovertido, y menos aún de un extrovertido guapo.

4. Me vas a matar con esto por antigua, pero no te acuestes con ellos la primera noche. No sale nada bueno de ahí para nadie.

5. No te van a querer más por escribir bien. Enseñarles este blog no suele ser una buena idea ni te vuelve de repente fascinante y atractiva. Es demasiada información y te quita el misterio.

6. Ve al gimnasio. Te pondrás más guapa pero, sobre todo, te sentirás millones de veces mejor contigo misma.

7. Sé que crees que eres un patito feo, pero no lo eres. Sobre todo, porque eres joven. No infravalores la increíble belleza que da la juventud y que no se consigue con ninguna otra cosa. 

8. Piénsate bien lo del flequillo.

9. Los tíos inteligentes no necesariamente valoran que tú lo seas. Los tíos graciosos no necesariamente valoran que tú lo seas. No busques un tío inteligente y gracioso, sino uno que a su vez busque a una tía inteligente y graciosa.

9b. Esto vale para todo, en realidad. Los tíos type A no siempre quieren a una mujer type A. Los que escalan no necesariamente se enamoran de una que escala. Etcétera.

10. Sé tú la que da el primer paso. Propónles quedar. Los estudios han mostrado que los hombres dicen que sí a una mujer la inmensa mayoría de las veces si es más o menos normalita.

11. Léete este fantástico artículo escrito por la tú del futuro.  Entiendo que acabo de enredarte en una paradoja espacio-temporal, pero de verdad: es muy bueno.

12. Apps de citas: con criterio y estrategia, te pueden ser útiles, pero tampoco pierdas la cabeza.

13. Ten claro, en primer lugar contigo misma, que no necesitas a un hombre. Luego muéstralo con tus acciones. Serás más atractiva y, sobre todo, más feliz.

14. No lo intentes nunca con hombres de tu pasado. 

15. No fuerces las cosas. Todo será fácil cuando des con el hombre adecuado. 

16. Vas a tener toda tu vida para estar en pareja. Aprovecha tu soltería y disfruta de ella. 

17. Vas a tener toda tu vida para vivir con tu pareja. Aprovecha las inconmensurables ventajas de vivir sola. 

18. Aclárate cuanto antes con el tema de los hijos y filtra a los hombres prontito con ese criterio. 

19. NO IMPORTA NADA EN ABSOLUTO que no comparta tus intereses. Lo verdaderamente crucial es que comparta tus valores y tu forma de ver la vida. Traducción: no lo descartes porque no le guste Franzen.

20. En tus relaciones, mientras más aceptes a la persona con la que estás y más responsabilidad le cedas sobre su propia vida, mejor te va a ir.

21. Tener una buena pareja te dará mucha felicidad, así que no te avergüences de querer conseguirla. 

22. Si fue un cabrón con su ex, va a ser un cabrón contigo. 

23. No te enamores del potencial no realizado. Fíjate solo en lo que es real y se hace presente a través de las acciones.

24. No engañes a tu pareja, no contribuyas a que otro engañe a su pareja, no sigas con un tío que te engaña. 

25. Aléjate de los que mienten, aunque sea en tonterías. 

26. La cantidad de tíos disponibles tendrá mucho que ver con la ciudad en la que vives: elige en consecuencia. 

27. Escoge siempre dignidad antes que sexo. 

28. Ignora total y absolutamente a las sensibles almas torturadas. Ten especial cuidado con escritores y músicos. Tu alma ya tiene sensibilidad y torturación suficiente: necesitas a alguien con los pies en el suelo.

29. El olor no es un buen criterio para elegir marido.

30. No basta con quererles; también te tienen que gustar.

31. En realidad, no cambies nada, porque ahora mismo, en el presente, ha salido todo la mar de bien.

martes, 22 de junio de 2021

Algunas cosas que todavía no he contado aquí

Ahora vivo en Costa Rica. Es la primera parada en nuestra NVN o Nueva Vida Nómada. Llevamos desde marzo instalados en Tamarindo, en la costa noroeste. Es una mezcla entre Tarifa y la imagen mental que tengo yo de California. Todo el mundo es guapo y surfero. Los animales son enormes, la naturaleza es violenta y por las noches puedes ver luciérnagas.

Pablo y yo nos casamos en abril; el día del libro, concretamente, que me hace mucha ilusión pero que, la verdad, fue un poco por casualidad. Fue una boda sencilla pero preciosa.



Tengo ya en mi cabeza la segunda parte de El arte de encontrarse por casualidad; el problema es que me he complicado la vida con un argumento que necesita cierta parte de investigación (o, idealmente, experiencia) que ahora no me viene nada bien.

Mis días fluctúan entre arrepentirme desesperadamente de ser madre y querer desesperadamente tener otro hijo (cualquier cosa menos el fantástico término medio que es mi realidad).

Estoy aprendiendo a tocar el violín y lo llevo a todas partes, así que cuando me ve un taxista o el de la cafetería donde desayuno antes de las clases, asumen de inmediato que soy violinista profesional. Por mi edad, imagino. No se les pasa por la cabeza que el 80% de los niños asiáticos menores de cinco años tocan mejor que yo.

(No, no el 80% de los niños asiáticos que tocan el violín; de todos los niños asiáticos)

Me he venido a pasar unos días sola a un hotel porque necesitaba oírme pensar  y sacar la cabeza del venga-vamos-vamos-venga en que parece haberse convertido mi vida. Al llegar, la recepcionista me ha preguntado a qué venía. «A trabajar», he contestado yo. Admitir que me escapo de mi familia «solo» para descansar me da un poco de vergüenza.


La próxima vez que un desconocido me pregunte voy a decir que sí, que soy una violinista profesional. Solo espero que no me pida que toque nada.

domingo, 20 de junio de 2021

Yo pensaba que Internet me odiaba...

 ... y lo que pasa es que no me había dado cuenta de que tenía que aprobar los comentarios.

A todos los que me habéis escrito algo en los últimos años, gracias, disculpad y, ahora sí: os leo. 


Camología

 

A lo largo de la vida, el tamaño de nuestras camas se va agrandando.

Empiezas con el moisés, sigues con la cuna, pasas a una cama pequeña.

Durante muchos, muchos años, la medida de 90x190 es tu única opción. Observas con intriga las películas americanas donde los adolescentes tienen cama de matrimonio; en España, a lo más que puedes aspirar es a una cama-nido que sacan cuando se queda a dormir una amiga.

En la universidad sigues con cama de noventa: ya vivas en residencia, colegio mayor o piso compartido, lo normal es que te tengas que apañar con eso. Ahí empiezan o aumentan en intensidad y frecuencia los escarceos amorosos, así que te toca limitarte a posturas muy concretas y, sobre todo, jugar al tetris a la hora de dormir. Lo bueno es que todavía la edad no ha deteriorado tu sueño y caes como un tronco aunque tengas un sobaco en la cara y una pierna por encima de la tuya. 

Puede que tus colegas y tú deis con un piso compartido en el que hay una cama de matrimonio. En ese caso, hay dos opciones: o bien el que tiene pareja fija suplica un poco y se la queda, o lo echáis a suertes y el ganador de repente tiene el deber de honrar La Cama (con mayúsculas) con una sucesión de amantes. Si, por lo que sea, el curso no se da como esperabas y acabas durmiendo solo, no puedes evitar sentirte un poco culpable por el desperdicio.

Igual eres de esas personas que por alguna razón ha dormido en lo que J. llamaba «la cama del soltero afortunado»: esa que era más grande que la individual, pero más pequeña que la doble. Alguno de mis amigos la tenía y resultaba la mar de desconcertante.

Evolucionas, te mudas a tu propio piso con o sin pareja y, por fin, llegas a ello: la cama de matrimonio. A partir de cierta edad en la vida, ya no hay vuelta atrás: tengas o no pareja, dormir en un colchón individual es señal de un patetismo insoportable. El de matrimonio te hace sentir de repente mega-adulto. Si estás solo, porque de repente se abre la interesante opción de poder invitar a dormir contigo a quien tú quieras y echar un polvo en la posición que te dé la gana. Si vives con tu pareja, al principio os sentís un poco impostores porque hasta ahora los que se metían en la cama de matrimonio eran tus padres y eh, ¡tú todavía eres súper joven!

Pasan los años y la cama de matrimonio se va ensanchando. Para empezar, ya casi ninguna casa tiene la de 1'35 en la que dormían nuestros abuelos. Esas eran para parejas de toda la vida que aguantan carros y carretas, y si estás incómodo, pues te aguantas, que para eso te has casado. Pero en nuestra generación de príncipes y princesas del guisante, si el piso amueblado que acabas de alquilar tiene un colchón de menos de 1'50, lo cambias en cuanto te lo puedes permitir. 

Luego, a medida que pasa el tiempo uno empieza a roncar, la otra tiene un insomnio de campeonato, de repente descubres que necesitas una superficie más dura o más blanda para tu dolor de espalda y te preguntas si no ha llegado el momento de invertir en salud. Con suerte, tienes dinero, así que puedes permitirte un somier gigante partido por la mitad y un colchón con distinta dureza en cada lado. Compras sábanas especiales para tu macro-cama. Das un beso de buenas noches a tu codurmiente y después os vais cada uno a un extremo como náufragos.

Yo ahora tengo una de esas macro-camas porque es la que estaba en nuestro apartamento. Estoy rematadamente en contra de ella. Pablo no lo entiende porque dice que siempre puedo acercarme si quiero, pero a mí me gusta dormir cerca del borde y al final muchas noches me levanto a hacer pis y luego ruedo hasta su extremo para comprobar que sigue conmigo.

Mientras mayor es la cama, mayor eres tú.

Quién pudiera recuperar esos sueños profundos y ahítos en una cama de noventa compartida.

jueves, 17 de junio de 2021

Nostalgia de sonrisas

 


Ayer me propuse no mencionar en absoluto la Maldita Pandemia en este blog. Es curioso, porque el último intento que hice por recuperar la escritura aquí fue justo antes del Horrible Confinamiento de 2020, y si algo pensé a menudo en esa época fue que debía escribirlo para recordarlo. Ahora, sin embargo, no quiero recordarlo, igual que no quiero ver pelis y series que incluyan la pandemia, ni que suceda en los libros que yo escriba. El primer confinamiento tenía un punto emocionante y dramático. Lo que vino después, la famosa nueva normalidad, ya no es ni emocionante ni dramática, sino claustrofóbica y anodina a la vez.

Sin embargo, me he sentado a escribir y solo me ha venido a la mente que echo de menos las sonrisas. Todas las semanas doy clase de violín con un profesor de aquí, Luis. No tengo claro que sea un gran violinista, pero pilla mi sentido del humor y me toma en serio, y con eso me vale. Ambos llevamos mascarilla todo el rato, pero aun así sé que le hacen gracia mis chistes estúpidos porque los ojos se le llenan de arruguitas cuando los hago.

La semana pasada subía a la escuela de música a mis clases de canto (que ya contaré lo del canto en otro momento; por alguna razón, tengo una fase musical-renacentista que ni yo misma entiendo muy bien) y Luis estaba tomando algo en la cafetería de abajo, sin mascarilla. Era la primera vez que lo veía con la cara descubierta. Me saludó, me sonrió y me pareció un hombre muy guapo. Pero pensándolo bien, no creo que sea especialmente atractivo. Creo que simplemente me había olvidado de lo bonito que es que alguien te sonría.

Aquí me pasa cada dos por tres. De repente veo sin mascarilla por primera vez a gente con la que llevo meses relacionándome, como las profesoras de mi hija, y tengo que reajustarme a esta nueva imagen de su cara. Sus bocas me parecen blancas y desmesuradas. Hay un punto aterrador, como cuando sonríe Miércoles Adams en una de las secuelas de la peli. 

Aun así, voy a intentar no escribir sobre la pandemia porque, de verdad, me aburre y aberra a partes iguales, y porque ya no se puede escribir sobre la pandemia sin politizarse y nunca he querido que este blog sea político. Finjamos que no existe. Finjamos que el mundo entero tiene más de un tema de conversación. Es lo que echo más de menos de la vida pre-COVID: la variedad y privacidad de los problemas de cada país. Yo no sabía qué preocupaba, por ejemplo, a los indios, más allá de lo tópico que uno puede imaginarse por lo que ha oído. Ahora sé qué preocupa a los indios: el COVID. Y a los americanos. Y a los europeos. Y a toda la puñetera población mundial. Es aburrido y no quiero hablar de ello.

Quizá hoy no quería escribir sobre la pandemia. Quizá solo quería contar lo mucho que me gustaría ver sonreír a mi profesor de violín cada vez que doy clase con él. 

miércoles, 16 de junio de 2021

Doña Norma


Una vez por semana viene a limpiar nuestro apartamento Norma, una mujer de Nicaragua sonriente y plácida que tarda tres veranos pero lo deja todo reluciente.

Me gusta Norma porque el primer día que llegó iba a cobrarnos una cifra y luego vio cómo estaba la casa y dijo con su voz tranquila que iba a ser un 30% más porque estaba muy sucio.

Me gusta también que se llama a sí misma «Doña Norma».

—Ayer me avisó un señor de los condominios que estaba de viaje —me cuenta hoy, mientras yo me preparo la comida y ella barre despacio como Beppo el de Momo—. Le cancelaron el vuelo a su esposa y a él. Tiene dos gatitas, así que me llamó. «Doña Norma, ¿podría usted ir a limpiar el condominio y a vigilar que las dos gatitas estén bien?». Me preguntó si me dan miedo los gatos. A mí me gustan los niños y los animales. Así que fui. Estaban las dos gatitas un poco tristes, pero bien. Le mandé un vídeo al señor. «Ay, qué bueno, Doña Norma», me dijo él.

Historias como esta me cuenta muchas. De un cliente suyo que ya no necesitaba que limpiara una casa porque la vendía, pero se la llevó al apartamento siguiente. De que otra mujer que vive en EEUU le deja las llaves porque solo se fía de ella.

Lo que me gusta, me doy cuenta ahora escribiéndolo, es que está orgullosa de sí misma y del papel que ocupa en el mundo. Contrasta con mi neurosis recurrente de no ser lo suficientemente relevante, de no tener impacto y pasar por la vida sin pena ni gloria. Norma sabe que ayer, concretamente, alguien necesitaba que una persona de confianza fuera a ver que sus gatitas estaban bien. Eso era lo más importante. Y esa persona de confianza era ella. Doña Norma.

Ojalá yo tuviera los pies plantados en la tierra con la misma firmeza.