massobreloslunes

martes, 19 de septiembre de 2023

Ese brillo indescriptible


Dice Caitlin Moran en Más que una mujer que ella estaba preparada para parecer vieja, pero no para parecer triste y cansada.

Supongo que nos pasa a todos. Piensas en la versión vieja de ti misma y esperas ser una de esas que salen en los anuncios de crema de belleza o de compresas para la incontiencia: mayor, sí, pero luminosa. Con ojos claros, arrugas de reírte, ropa práctica-pero-estilosa y, por supuesto, delgada.

Leí hace tiempo que cómo envejezcas depende más de tus genes y tu estructura ósea que otra cosa. Desde entonces, supe que yo envejecería mal, porque mis huesos son estrechos y el destino de mi cara es precipitarse sobre ellos y darme aspecto de perro apaleado.

A veces me digo a mí misma: lo que tienes que conseguir es ser feliz. Estar en paz. Cuidarte. Si estás sana, feliz y en paz, envejecerás bien y tu cara seguirá siendo agradable. La realidad es que por las noches me acuesto en la cama y tengo que concentrarme para relajar la tensión que tengo desde las escápulas hasta la coronilla. No soy capaz de descansar la cabeza sobre la almohada.

Así las cosas: ¿cómo voy a envejecer bien? Molinos dice que nosotras las normalitas llevamos mejor lo de cumplir años que las guapas. Yo discrepo. Hasta hace poco, creía que nunca había estado guapa, pero que ahora cambiaban las reglas del juego y, al menos, podía aspirar a estar bien para la edad que tengo.

Sin embargo, me encuentro con que la estructura facial que no me hizo resaltar a los veintitantos no me va a hacer favores a los cuarenta, y con que ahora encima he perdido lo que entonces no sabía que tenía: el luminoso e indescriptible brillo que da ser joven.

Ese brillo solo lo ves cuando cumples años. Te das cuenta de que todas las personas jóvenes, todas, tienen una pátina de luz que ni todas las cremas del mundo pueden reproducir, como si se hubieran frotado la inocencia en la cara. 

Te dan como ternura. Me pasó el otro día comparando las caras de las actrices de Sexo en Nueva York con la versión actual. Si miras solo la de ahora piensas: oye, pues no están mal, se conservan bien, siguen siendo ellas. Pero te vas a los capítulos originales, ves esa frescura de sueño profundo y pocas preocupaciones y te dan ganas de abrazarlas.

Así que tengo treinta y ocho años y no me veo vieja, sino triste y cansada incluso los días en que no estoy triste ni cansada. Y no estoy preparada para ello. Porque, como dice Paul Auster, piensas que no te va a pasar a ti. Que tú te conservas mejor que la media. Que en la reunión del instituto, los demás te van a ver igual que entonces aunque tú a ellos los veas tristes y cansados.

Crees que estás a unas cuantas noches de sueño profundo de recuperar la juventud. A una o dos dietas milagro de que la gente comente lo joven que pareces.

Lo cierto es que, salvo excepciones, todos aparentamos la edad que tenemos, como mínimo. La diferencia está entre aparentar tu edad bien llevada y aparentar tu edad mal llevada, pero es casi imposible parecer de verdad más joven. Incluso las actrices, esas que se gastan una millonada en tratamientos, no parecen casi nunca más jóvenes. Parecen bien conservadas, cuidadas, caras, pero no más jóvenes. Es raro mirarlas, como si nuestro cerebro no supiera interpretar bien lo que pasa con ellas. 

Moran, en su libro, acaba poniéndose bótox. Dice que es como un spa para el rostro y que cuando físicamente no puedes fruncir el ceño, estás más relajada y feliz. Yo estoy más que dispuesta a probarlo en cuanto vivamos un tiempo en una ciudad decente. 

Después de todo, en este momento de mi vida, parece mucho más fácil que conseguir unas cuantas noches de sueño profundo. 




sábado, 9 de septiembre de 2023

La maleta de mi parto




Uno de los peores recuerdos de mi primer parto no es que Pablo se desmayara, o el dolor infernal, o que la niña naciera con dos vueltas de cordón y se la tuvieran que llevar a reanimación.

No: a mí lo que me atormenta es el recuerdo de la maleta.

Que como yo no sabía de qué iba la cosa, había empaquetado todo lo necesario para el parto, el posparto y un breve apocalipsis zombie. Esto, sumado a que Pablo por aquel entonces todavía era vegano, hizo que llegáramos al hospital con una maleta gigante, mochilas, bolsas de plástico repletas de derivados de la soja y una almohada.

Lo que yo no sabía es que en el via crucis del parto iniciado con rotura de bolsa, primero vas a la habitación, sí, pero eso no es un hotel y cuando te mandan al paritario, tienes que dejar la habitación libre.

Así que cuando por fin (POR FIN) me ofrecieron la epidural después de horas de agonizante dolor, ahí que iba yo para el paritorio en una silla de ruedas, gritando como en una sitcom y con Pablo detrás acarreando varias bolsas de equipaje.

Al entrar al paritario, una matrona hizo un comentario sobre los trastos que llevábamos y yo, que soy muy sensible a lo que piense la gente de mí, morí de la humillación.

Total, que para este parto, decidí que no me iba a pasar lo mismo y empleé una cantidad ridícula de energía mental en diseñar dos bolsas de hospital, dos. La primera era la del parto y consistía en una mochila pequeñita y cuqui con lo básico súper básico para parir: cacao para los labios, cepillo de dientes, chanclas, mi adorada máquina TENS y poco más.

(Al final, hasta aquello fue demasiado, porque entre que me pasaron a urgencias y que el niño salió por mi potorro pasaron diez minutos de reloj)

Después tenía la maleta del hospital, con mis camisones monos de lactancia, mi secador de pelo y suficientes compresas de posparto como para contener una inesperada rotura de tuberías. PRO TIP: Nunca se tienen suficientes compresas de posparto.

La idea era: llegar con mi mochila cuqui de parturienta minimalista, expulsar al inquilino y, una vez en la habitación, subir la maleta deluxe como unos auténticos pros del alumbramiento.

Le expliqué el sistema a Pablo con el mismo fervor que se debió de planear el desembarco de Normandía. Tenía que saber dónde estaban la mochila y la maleta, qué había que meter en el último momento, cómo almacenar las jeringuillas de calostro congelado que había extraído por si había que ingresar al niño y, sobre todo, que la maleta se quedaba en el coche hasta que subiéramos a planta.

El problema es que entre nuestra casa y el hospital se me rompió la bolsa, se aceleraron las contracciones y aquello pasó de ir tranquilito a CORREE POR DIOS QUE SE ME SALE EL NIÑO.

Llegamos a Urgencias, me tomaron los datos, me hicieron pasar a la sala de espera, Pablo se fue a aparcar el coche y... subió con la maleta.

Yo lo iba a matar.

Para que os hagáis una idea, había dilatado ya nueve centímetros, soltaba líquido amniótico como el cubo ese de los parques acuáticos que te tira agua encima y, aun así, lo que le dije a Pablo no fue «te quiero, mi amor, vamos a ser padres de nuevo, qué emoción». No: lo que le dije con la voz de la niña de El Exorcista fue:

—Pero ¿se puede saber qué hace aquí la maletaaAAAAAHHH?
—No sé, pensé que hacía falta...
—¡¡NO!! ¡¡No hace falta!! ¡¡Tengo un SISTEMA!

Pablo me miró con cara de no creerse lo que estaba a punto de decir.

—Quieres que... ¿la lleve al coche?
—¡¡¡POR SUPUESTO QUE QUIERO QUE LA LLEVES AL COCHAAAAAAHHHHHHH!!!

Una parte de mi mente me decía: a ver, Marina, que igual tienes al bebé en los próximos cinco minutos y Pablo se lo pierde por estar llevando la maleta. Le dije a esa parte de mi mente que se callara porque yo tenía un SISTEMA y el SISTEMA, mi dignidad y lo que pensaran de mí los profesionales random que asistiera mi parto dependía por completo de que la maleta se quedara en el coche hasta subir a planta.

La gente de la sala de espera flipaba.

Total.

Que Pablo llevó la maleta al coche y, por suerte, volvió antes de que saliera el niño, y todo fue bien, y yo usé mi mochila minimalista para apoyar el brazo cuando estaba intentando que Atlas se me agarrara a la teta.




Y aquí termina la primera historia (que no la última) de la vida de mi hijo sobre algo en lo que invertí una ridícula cantidad de energía emocional y espacio mental para conseguir un resultado que seguramente solo me interesa a mí.

La que le espera.

viernes, 25 de agosto de 2023

La Siesta Unicornio



Cuidar de un recién nacido es duro. Duermes mal, comes como puedes, estás todo el día pegada al niño y si das la teta, entonces el nombre correcto para el asunto es esclavitud.

Pero la Madre Naturaleza es sabia y no quiere que los padres se suiciden en masa, así que nos ha regalado las Siestas Unicornio.

Una Siesta Unicornio es aquella que, por su duración, se distingue de las demás que suele echarse tu hijo.

Es decir, que si tienes una pequeña marmota que duerme por sistema más de hora y media, tu Siesta Unicornio será la que pase de las dos horas y media o tres.

Si, como a mí, te ha tocado un bebé que a los cuarenta y cinco minutos abre el ojo, todo lo que se pase de dos horas es Siesta Unicornio.

(Entre los cuarenta y cinco minutos y las dos horas es Siesta Especial, que se agradece pero no es tan rara como para recibir la Denominación de Origen Unicorneal. 

La SU es como ver un partido de fútbol en el que tu equipo va ganando: te gustaría disfrutarlo, pero te puede la tensión.

Esta tensión va cambiando de forma y motivo y se desarrolla de la siguiente manera:

- Fase 1: dura lo que duran una siesta media de tu hijo. Aquí te pones a hacer las cosas que habías planeado de forma eficiente porque sabes que en breve se te acaba el rollo. Tu nivel de bienestar es el esperable: tienes un respiro, puedes mover los brazos sin que se te caiga nadie y te oyes pensar.

- Fase 2: es la primera extensión de la siesta hasta, digamos, una hora extra. Hasta aquí entra en la categoría de Siesta Especial.

Tú te sientes un poco desorientada porque no habías querido planear por encima de tus posibilidades, pero encuentras algo que hacer y te pones a ello ultra tensa porque no quieres disfrutar demasiado, no vaya a ser que se despierte el bebé y te lo fastidie. 

Aclaración: aunque sea una tarea de la casa, tú la disfrutas, porque casi cualquier cosa (lavar platos con un podcast, cocinar, tender tranquilamente mientras te da el aire) es mejor que cuidar de un niño pequeño. 

Por eso no cuela cuando, por ejemplo, estoy con nuestros dos hijos y Pablo se va a fregar platos con los auriculares en los oídos. Eso es básicamente un spa. Que se lo agradezco y alguien tiene que hacerlo, pero sé perfectamente que la que se está comiendo el marrón soy yo.

- Fase 3: aquí la siesta llega ya a límites apenas explorados en la capacidad de dormir de tu bebé. Cuando se cruza la barrera de las dos horas y media, ya te das cuenta de que estás frente a una Siesta Unicornio y aquí ya sí que no sabes qué hacer. 

¿Es el momento de tomarte un momento para ti? Pero ¿y si cuando te hayas servido tu té y abierto tu libro se despierta el niño? Es cruel para la parte de ti que lleva anulada desde que el bebé nació. Le has mostrado un fragmento de libertad, un bocado del delicioso pastel del placer, y ahora te lo llevas.

Y además, si eres como yo y vives en el drama, empezarás a considerar la posibilidad de que le haya pasado algo al niño.

Y ahí, ¿qué haces?

¿Entras a ver si respira, sabiendo que hay un 99% de posibilidades de que se despierte?

¿Te pones a ver Netflix y a relajarte sabiendo que es posible que TU HIJO HAYA MUERTO?

Al final, te convences a ti misma de que el niño está bien y tratas de hacer algo interesante/divertido.

Por fin, tu bebé se despierta y tú suspiras, aliviada. Pues sí que era una Siesta Unicornio y no la muerte. Pero claro, ahora ya ha terminado. Esas tres gloriosas horas de tiempo libre se han marchado para siempre. Si hubieras sabido que las tenías, te habrías organizado. Lo que pasa es que entonces la maternidad no sería el proceso desquiciante que es.

Y sí: estoy escribiendo este post en una Siesta Unicornio, rezando para que el niño aguante hasta que lo publique y con los dedos agarrotados de tensión.

Mejor lo termino aquí, por lo que pueda pasar. 

sábado, 19 de agosto de 2023

Atlas

Vale, que sí. Que ahora lo veo. Que si escribo una entrada con todas mis paranoias respecto a estar embarazada y luego desaparezco, lo lógico es pensar: «Marina tenía razón y el bebé murió». 

Bueno, pues tranquilidad, que no. El bebé está bien. Nació el 22 de junio, justo en su fecha prevista, en un parto más corto que muchas visitas al baño para hacer un number two. Tiene casi dos meses, está gordito y precioso y es, como un gran porcentaje de bebés de esta edad, molesto pero adorable.

Se llama Atlas, que soy consciente de que es un nombre raro y quizá un poco pretencioso, pero que era el único que nos cuadraba a los tres. Tiene los ojos azules y un antojo en la frente con la forma de Tailandia, que me tuvo preocupadísima las primeras horas tras el parto hasta que múltiples fuentes me aseguraron que se le quitaría. 

Es raro tener un segundo hijo, porque con el primero no tienes con qué compararlo y piensas que eso que sientes esas primeras semanas, el proto-apego inexplicable y las ganas de olerle todo el rato, es amor. Pero luego el bebé crece y poco a poco se va convirtiendo en una personita exquisitamente compleja y luminosa, y te das cuenta de que al bebé no es que no lo quieras ahora, pero esa un amor tan minúsculo en comparación con el tamaño que alcanzará en un tiempo que no sabes muy bien qué hacer con él.

Así que a ratos miro a Atlas desorientada y me pregunto: ¿quién eres tú, bebé? ¿De dónde vienes? Alana ahora me parece inevitable; soy incapaz de imaginar, no ya mi vida sin ella, sino un planeta donde no ha nacido. Atlas, por el contrario, todavía es optativo. Todavía tengo fresco el recuerdo de la vida sin él. Aún es demasiado fino el velo que separa su presencia de la posibilidad de que no hubiera ocurrido nunca.

Lo quiero, claro, y mira que es difícil querer en el posparto. Estoy en esa fase en que desapareces. No eres una persona, no tienes gustos ni aficiones, y tu futuro se difumina porque eres incapaz de imaginarlo. Te conviertes en una incubadora humana y te preguntas por qué nadie te avisó de que los primeros meses de la maternidad se reducen a mantener vivo a tu bebé, un empeño que es una mezcla extraña entre agotador y aburrido. 

Ayer miraba por la ventada y vi un barco cruzando el mar delante de Telendos, la isla que hay frente a la nuestra. «Mira —pensé—, la gente va en barco. La gente entra y sale, y va a restaurantes, y hace planes, y se ducha sin tener que pedir disculpas a su pareja por dejarle cinco minutos con el marrón de la descendencia al completo». Sentí la inmensidad de la pérdida de mí misma, que en realidad no es más que la pérdida del tiempo para hacer las cosas que creo que son yo. 

Lo bueno es que la segunda vez ya sabes que todo pasa. Sabes que poco a poco el niño irá durmiendo, y llegará un punto en que podrás acostarlo temprano y recuperar un poco de espacio. Que dejará el pecho. Que podrá quedarse con otros. Que, poco a poco (y esto es lo más mágico) podrás hacer esas cosas que deseas con ese niño. Y muchas más. Y te abrirá el mundo. Y se convertirá en un chorro de luz cegadora en mitad de tu vida, un cajero automático de ternura del que puedes sacar (casi) siempre que quieras.

Así que me resigno a esta temporal ausencia de Marina y, al mismo tiempo, cuando hoy he podido poner a dormir al enano después de una sesión maratoniana de teta, me he preguntado: «¿qué puedo hacer que sea mío? ¿Qué es solo para mí?».

Y aquí estoy.



 

domingo, 18 de diciembre de 2022

Locura Perinatal


Pasé en el limbo preconcepcional exactamente un mes. Al mes siguiente, cuando los primeros tests de embarazo dieron negativo, empecé a lamentarme y literalmente a llorar pensando que por mi edad, iba a tener que enfrentarme a la infertilidad como siempre había sospechado.

Porque no sé si eso lo he contado aquí, pero yo he sufrido durante años de infertilidad imaginaria. 

Tendría unos veinte (¡veinte!) cuando empecé a seguir blogs de mujeres que no podían tener hijos. Más adelante, leí libros sobre el tema y todo el rato, os lo juro, me imaginaba en sus zapatos y creía que yo iba a ser una de ellas. A veces todavía me pregunto si no lo habré soñado, porque en mi mente yo he sido infértil y he vivido el miedo a no poder tener hijos nunca.

La realidad, sin embargo, es que las dos veces que he intentado quedarme embarazada ha sucedido muy, muy rápido; el segundo mes de limbo, cuando ya había dado la oportunidad por perdida, apareció una sombra en uno de mis tests de embarazo baratos de Amazon. 

Mi paranoia era tal que, a pesar de tener positivos cada vez más fuertes los siguientes días y un análisis de sangre con buenos niveles de hormona del embarazo, pasé las primeras cuatro semanas (las semanas 4-8, de hecho, si una sigue el calendario tradicional) considerándome «pre-embarazada». 

El pre-embarazo era mi estrategia emocional para no desilusionarme cuando la ecografía confirmara lo que ya sabía: que nunca había estado embarazada o que, si lo había estado, el embrión había muerto a los pocos días. Según yo, si la ecografía salía bien, ahí ya podría empezar a considerarme embarazada «de verdad».

La eco salió bien, pero por supuesto yo no me quedé tranquila porque el embrión medía un poquito menos de lo esperado y eso CLARAMENTE quería decir que dos semanas después me haría otra eco y esta vez sí: no habría bebé.

Salvo que la siguiente eco también salió perfecta, así que esa era la oportunidad perfecta para obsesionarme con... ¡las malformaciones genéticas! Literalmente entraba en el foro de la Asociación Española de Síndrome de Down para leer los testimonios de las madres y preguntarme qué haría yo si me tocaba.

A todo esto, estábamos en Tailandia esperando los resultados del Test Prenatal No Invasivo, y yo ya me había montado mi película, que iba más o menos así:

  1. Algo iba a salir mal en el test genético.
  2. Pero como solo era un cribado, tendría que hacerme una amniocentesis.
  3. Que confirmaría que algo estaba fatal con mi bebé, así que tendría que interrumpir mi embarazo...
  4. ... pero seguro que en Tailandia la ley no me lo permitía (esta era mi movida mental sin haber consultado siguiera la ley) y tendría que ir a España.
  5. Y para entonces ya estaría de un montón y sería algo mega-traumático que me dejaría destrozada.
Para colmo, los del hospital Quirón, donde me hice el test, se habían hecho la picha un lío con mis resultados, que estaban listos desde el 5 de diciembre, y andaban mareándome y diciéndome que lo subirían a la app. Y ahí me tenéis a mí, loca perdida, actualizando la app y maldiciendo a los de Quirón porque todo esto era valioso tiempo que yo estaba perdiendo para hacerme otra prueba y confirmar que mi embarazo estaba condenado como yo siempre sospeché.

Total, que los resultados están bien, y vamos a tener un niño, y yo estoy haciendo todo lo posible por salir de las garras de la locura perinatal.

Con Alana me duró la paranoia hasta el primer año de vida. Los tres últimos meses de embarazo me los pasé pensando que la niña se me iba a morir en el útero. Me despertaba por la mañana, la notaba patalear y pensaba «gracias, Alana, gracias». Luego nació y yo sabía, en lo más profundo de mi corazón, que mi bebé iba a dejar de respirar en la cuna.

No sé si todo esto tiene que ver con que en mi mente, nunca me imaginé con un hijo, y menos aún con hijos, plural. Yo pensaba que era incasable como Jo la de Mujercitas y que nadie me querría nunca, y luego estaba el tema de mi infertilidad imaginaria.

Total, que todo esto para contaros que estoy embarazada, pero que lo estoy llevando regular. 

Lo bueno es que he llegado al punto en que mi locura perinatal es muy obvia incluso para mí misma, así que en general la vivo con suficiente distancia como para que no me amargue (toda) la vida. Es como tener a una caricaturesca vecina de Aquí no hay quien viva que no para de darte la brasa, pero que es tan pesada que te hace un poco de gracia.

(Y ahora, por supuesto, estoy temiendo que con este post he gafado el embarazo y que seguro que algo va a salir terriblemente mal)

Menos mal que he esperado tanto para contarlo aquí que apenas os quedan seis meses de esta tortura. Intentaré que mis siguientes posts sobre el tema sean más optimistas.

PD: La foto es de todos los tests de embarazo que me hice hace dos meses. Lo mejor del asunto es que aún ahora, con un bebé del tamaño de una naranja en mi barriga, todavía los miro y pienso que no están lo suficientemente oscuros y que probablemente no estoy embarazada. Lo que yo os diga: loca como una p*ta regadera.

miércoles, 14 de diciembre de 2022

Mi relación complicada con los hoteles


Creo que fue a Rosa Montero a la que le leí que hay dos tipos de personas: a las que les encantan los hoteles y las que los odian.

Yo soy del tipo A. Me encantan, me encantan, ME ENCANTAN los hoteles. Me gusta su impersonalidad, lo vacío de sus habitaciones y la sensación de estar aislada. En una habitación de hotel llegas, cierras la puerta, pones el cartel de no molestar y se acabó: te dejan tranquila hasta que llegue el momento del check-out.

No hay ningún sitio donde me sienta más segura que en un hotel. Imagino que si fuera una fugitiva de la mafia, un sicario podría entrar y encontrarme como en cualquier otro lugar, pero así a priori me siento como dentro de un capullo protegido por recepcionistas, limpiadoras y esas puertas de tarjeta que no se abren bien ni con la tuya. 

Curiosamente, no duermo especialmente bien en los hoteles, pero porque yo no duermo especialmente bien en ningún lado. El problema suelen ser las millones de lucecitas que hay en sus habitaciones: que si la salida de emergencia, que si el teléfono junto a la cama, que si la televisión. Desenchufo todo lo desenchufable, pero siempre suele quedar algo que inunda la habitación de una luminescencia fantasmal. Aun así, no me importa: mi amor permanece inalterable. 

Me gustan las duchas, que suelen ser fabulosas. El punto débil de los AirBnBs suelen ser las duchas; imagino que porque todo lo demás lo puedes ir cambiando/limpiando sin mucho esfuerzo, pero si el edificio tiene problemas de fontanería, poco puedes hacer. Me gusta la posibilidad casi nunca utilizada de pedir al servicio de habitaciones. Me encanta cuando hay cafeteras, aunque nunca tengan descafeinado y la leche evaporada que ofrecen sea repugnante.

Con los hoteles soy como la amante de un truhán: hago la vista gorda a todos sus defectos y me concentro solo en cómo me hacen sentir cuando estoy dentro.

No soy fan de los especiales o modernitos como el de la foto de arriba. El hotel no tiene que distraerte de la experiencia de estar en el hotel. Me gustan elegantes, pero sobrios, como una página en blanco o una cocina minimalista de encimeras impolutas.

Por desgracia, Pablo no comparte mi fascinación. Dice que los AirBnBs son más grandes, más cómodos, que tienen cocina, que normalmente hasta salen más baratos. Lo peor es que tiene toda la razón del mundo y por eso casi siempre acabamos en un AirBnB, aunque solo sea porque yo ya #soyunaseñora y comer en restaurantes más de dos días seguidos me pone el estómago del revés. 

Aun así, a veces me salgo con la mía. Últimamente, solo me quedan como excusa los días que tenemos que dormir junto a un aeropuerto, por la comodidad del shuttle y porque los AirBnBs cercanos al aeropuerto suelen ser antros en barrios discutibles. Encima, esos son los peores hoteles y Pablo se reafirma en su creencia de que los odia.

Algún día, cuando mi hija crezca y yo sea una elegante señora de mediana edad, me iré por ahí un par de días al mes a probar distintos hoteles, bañarme en la enérgica presión de sus duchas, ponerme como una moto con su café cafeinado y saltar en la cama mientras espero al servicio de habitaciones.

PD: En otro momento hablaré de AirBnB y la extrema ambivalencia y amordio que siento hacia sus apartamentos.

martes, 13 de diciembre de 2022

Retomar


Cada vez que dejo algo más de tiempo (ejem, algo) entre entrada y entrada, me enfrento al típico problema de retomar.

Como mi vida es un frenesí, en estas últimas dos semanas he estado en cuatro países y he cambiado de casa/hotel cinco veces, así que ahora no sé si dar ese contexto o lanzarme directamente a hablar de lo que tengo enfrente: por ejemplo, que mi hija Alana se ha despertado a las seis los tres últimos días de finde largo, pero hoy que tiene colegio sigue durmiendo como un ceporro.

El problema de dar contexto y resumir lo que ha pasado es que el blog se convierte en un aburrido diario pra-adolescente que no es lo que estábamos buscando, pero al final la única culpable de eso soy yo, así que  resumamos:

  • Nos fuimos de Kalymnos, nuestra isla griega, en una borrachera de nostalgia y de «oh-Dios-esta-gente-es-la-más-amable-de-la-faz-de-la-Tierra». De verdad que no he conocido nunca a un pueblo más simpático que el kalymniano (gentilicio inventado).
  • Pasamos diez días en España que fueron un poco horribles porque...
  • ... a Pablo le han sacado dos muelas, le han hecho un destrozo tremendo y lleva desde entonces con un dolor súper intenso.
  • Por suerte, ya está un poco mejor, entre otras cosas porque se ha dado a la marihuana terapéutica...
  • ... que aquí en Tailandia es legal. Vaya, y la recreativa también; el cannabis, en general. Lo pides en la calle como el que pide un café. Y yo que todavía tengo estrés postraumático de la típica película en que un occidental se queda atrapado en una cárcel tailandesa porque lo pillan con droja en la maleta.
  • Tailandia: más cara y con más lluvia de lo que pensábamos, pero de momento estamos a gusto y los paisajes son brutales.
  • La escalada aquí es un timo, eso sí. No merece la pena venir a escalar.
  • Pero los masajes valen siete dólares la hora.
  • ¡SIETE DÓLARES!
  • ¿He dicho ya que los masajes valen siete dólares la hora?
  • Me doy literalmente un masaje cada dos días.
  • Me van a tener que arrancar de aquí con agua caliente.
  • Fin.
Al final, la dificultad de retomar no es más que la enésima lección en constancia. No hay nada como ser constante, chicos; ninguna otra cualidad que merezca realmente la pena cultivar.

Sigo pronto, lo prometo.