Yo creo que lo que le pasa a Dios, si es que existe Dios, es que es un poco como Alejandro González Iñárritu, es decir: que sus criaturas son sus víctimas más vapuleadas. Si tantos escritores y directores no son capaces de resistirse al impulso de emplear en sus películas el recurso de una muerte impactante, de una buena ración de sufrimiento o de una eutanasia como es debido, ¿cómo iba a hacerlo Dios, el creador supremo, el gran novelista universal?
Creo que deberíamos empezar a dejar de confundir arte con sufrimiento y disfrute con devastador impacto emocional. Como lo que pasó con "Mar Adentro". En mi opinión, España (y, viendo el resultado de los Oscars, el mundo por extensión) fue víctima de una descomunal confusión colectiva entre moral y valor artístico. Como a todos nos parecía estupendamente que Ramón Sampedro se autoadministrara el billete de ida al final del túnel, y como a todos nos resultaba ridículo el cura tetrapléjico que se esforzaba por seguir haciendo algo útil para la humanidad, concluimos en bloque, en una especie de silogismo que no termino de entender, que Mar Adentro tenía que ser por huevos un peliculón. ¿Cómo no iba a serlo una película de un señor que se pasaba treinta años en una cama y que, además, era representado por un actor que necesitaba más o menos el mismo tiempo para maquillarse a diario? Así que nada, catorce Goyas que se entregaron como quien da la hora y un Óscar para redondear la faena de chantaje emocional en masa.
El mundo es un planeta enorme y triste. Lo que a veces me hace querer tirar la toalla, y desistir de seguir a diario intentando ser buena persona y bajándome música del Soulseek, es la cantidad de modalidades de padecimiento que existen. Desde algo relativamente light como la obesidad mórbida hasta las más sádicas torturas de las dictaduras asiáticas, lo difícil es que te toque, como a mí, una vida libre de sufrimientos insufribles (valga la redundancia). Y ahora resulta que cualquier obra artística que retrate con una mínima fidelidad ese sufrimiento merece, cuanto menos, el sobrio y elocuente calificativo de "buena". Pues mirad, no, me niego. Cuando uno va al cine, se pide unas palomitas medianas a cambio de medio riñón y se sienta en una sala enorme de blanditos sillones-plex, la exhibición de un sufrimiento tan crudo y que queda, al mismo tiempo, tan lejano, le hace quedar pronto enterrado en un asombro dolido. De alguna forma, nos descubrimos interiormente como ante la viuda en un funeral, y nos quedamos indefensos frente la obviedad de que no podemos siquiera concebir tanto dolor. Y nos vamos a casa hechos polvo, asidos a nuestra pareja o a nuestros hijos como a un salvavidas y pensando que vaya peli buena que hemos visto.
Desde aquí quiero reivindicar algo: el amor es una cosa seria. El humor es también una cosa muy seria. Mejorar, enternecerse, hacer algo por los demás; ser, en definitiva, buenos, son cosas serias, difíciles y dignas de cualquier artista. Afortunadamente, hay quien parece haberlo entendido, y gracias a eso tenemos "Pequeña Miss Sunshine", "La vida de los otros" o "En busca de la felicidad", por poner ejemplos sencillos y recientes. No cerremos los ojos al sufrimiento, porque a veces es necesario que un buen golpe de realidad sacuda nuestras palomitas. Pero tampoco omitamos, por favor, a toda la gente buena, a todos los que están poniendo su esfuerzo en echarle un pulso a Dios Iñárritu y hacer que la peli termine bien y la gente pueda irse contenta a su casa a hacer el amor. Porque les está costando un montón de trabajo. A ellos, a los buenos.
Y quien dice cine dice libros, que vaya mal rato he pasado recientemente leyendo a Ana María Matute con la deprimente seguridad de que cada uno de sus cuentos iba a tener, mínimo, una víctima mortal, ya fuera real o simbólicamente.
Vamos a darle un poco menos de bombo al horror, por favor, y un poco más a las cosas bonitas. Y vamos a ser objetivos con Mar Adentro, joder, que vaya sucesión de topicazos más poco digna de mi admirado Alejandro. Arte es arte, sufrimiento es sufrimiento, y aunque ambas cosas se entrelacen, se necesiten y, a veces, ayuden a mejorarse o a paliarse respectivamente, a este paso vamos a tener que elegir entre "Princesa por Sorpresa" o, directamente, el suicidio colectivo y, qué queréis que os diga; antes que la muerte, prefiero a Julie Andrews.
miércoles, 4 de abril de 2007
viernes, 30 de marzo de 2007
jueves, 29 de marzo de 2007
Futuro
Soy terapeuta humanista. Distribuyo equilibradamente las horas de mi día entre la consulta, talleres, horas de meditación, yoga y algo de arte terapia. Mis pacientes me adoran y me pagan una barbaridad, pero el dinero es para mí algo secundario. Mi matrimonio es sereno y enriquecedor. Mis hijos pasan por una etapa en la que me odian profundamente, pero cuando llegan al final de su adolescencia se dan cuenta de la beneficiosa influencia que he ejercido en su vida y se hacen, respectivamente, monitora de pilates y psicoanalista jungiano. Mi marido me engaña a veces y yo se la devuelvo con el profesor de yoga y el hijo de Jorge Bucay, pero en general todo va bien. Muero irónicamente joven de un repentino cáncer de ovario, y mi marido y su segunda mujer ponen mis cenizas en la repisa de su chimenea.
Tengo un empleo diminuto y tranquilo. Empleada de una papelería, por ejemplo, o dueña de una tienda de libros de ocasión. En mi tiempo libre escribo y llego a ser buenísima, pero no le enseño a nadie ni una palabra. Soy soltera, y a mi alrededor hay una alegre comunidad de desadaptados como yo: pseudoartistas, vegetarianos y dueños de herbolario. Leo bastante y visto con ropa sencilla que, con los años y la gordura de la menopausia, evoluciona hasta una sencilla túnica blanca. Finalmente, me hago lesbiana y formo pareja con una exitosa videoartista. Adoptamos dos chinas y morimos viejas y felices en una pintoresca casita en el campo.
Escribo un best seller y pego el pelotazo. Mi marido es un exitoso publicista (o abogado, o arquitecto, o broker),y yo soy a la literatura contemporánea lo que Shakira a los violentos y sexys movimientos de cadera. Vivo en un moderno y enorme ático en el centro de la capital y tengo dos hijos, a los que llamo Gael e Illuminata, y un gato siamés que tiene por nombre Wilde. Doy conferencias, talleres y seminarios, y una foto mía con la mano en la mejilla preside todas las librerías. Escribo un par de novelas cada lustro y cuando muero todos mis colegas sacan un suplemento-homenaje dedicado a mí en el País Semanal.
Soy una minoritaria y alcohólica escritora de culto. Visto de negro, llevo gafas de pasta y vivo en un destartalado sótano en algún barrio de la periferia. No tengo marido, pero sí amantes que, al principio, son interesantes y atractivos y, con el tiempo, van degenerando hacia divorciados solitarios que cada vez necesitan más un buen corte de pelo en las orejas. Tengo escasos pero acérrimos fans que se comunican entre sí en un foro de internet. Vivo de alguna herencia lejana que me tocó en suerte de joven, y empleo mi tiempo libre en construir novelas crípticas y organizar lecturas en el Anaïs. Conviven conmigo una iguana llamada Kubrick y Pollock, un gordo gato persa. Finalmente, muero a causa de una desafortunada mezcla de tranquilizantes y whisky y el ayuntamiento de mi pequeña ciudad de provincias pone mi nombre a una calle.
Tengo un empleo diminuto y tranquilo. Empleada de una papelería, por ejemplo, o dueña de una tienda de libros de ocasión. En mi tiempo libre escribo y llego a ser buenísima, pero no le enseño a nadie ni una palabra. Soy soltera, y a mi alrededor hay una alegre comunidad de desadaptados como yo: pseudoartistas, vegetarianos y dueños de herbolario. Leo bastante y visto con ropa sencilla que, con los años y la gordura de la menopausia, evoluciona hasta una sencilla túnica blanca. Finalmente, me hago lesbiana y formo pareja con una exitosa videoartista. Adoptamos dos chinas y morimos viejas y felices en una pintoresca casita en el campo.
Escribo un best seller y pego el pelotazo. Mi marido es un exitoso publicista (o abogado, o arquitecto, o broker),y yo soy a la literatura contemporánea lo que Shakira a los violentos y sexys movimientos de cadera. Vivo en un moderno y enorme ático en el centro de la capital y tengo dos hijos, a los que llamo Gael e Illuminata, y un gato siamés que tiene por nombre Wilde. Doy conferencias, talleres y seminarios, y una foto mía con la mano en la mejilla preside todas las librerías. Escribo un par de novelas cada lustro y cuando muero todos mis colegas sacan un suplemento-homenaje dedicado a mí en el País Semanal.
Soy una minoritaria y alcohólica escritora de culto. Visto de negro, llevo gafas de pasta y vivo en un destartalado sótano en algún barrio de la periferia. No tengo marido, pero sí amantes que, al principio, son interesantes y atractivos y, con el tiempo, van degenerando hacia divorciados solitarios que cada vez necesitan más un buen corte de pelo en las orejas. Tengo escasos pero acérrimos fans que se comunican entre sí en un foro de internet. Vivo de alguna herencia lejana que me tocó en suerte de joven, y empleo mi tiempo libre en construir novelas crípticas y organizar lecturas en el Anaïs. Conviven conmigo una iguana llamada Kubrick y Pollock, un gordo gato persa. Finalmente, muero a causa de una desafortunada mezcla de tranquilizantes y whisky y el ayuntamiento de mi pequeña ciudad de provincias pone mi nombre a una calle.
martes, 27 de marzo de 2007
Amigos invisibles o la imprevista soledad infantil
Este post se lo dedico a mi colega el Adri, que me lee en silencio, como las hemorroides. Porque él es mi amigo visible y porque le hace mucha ilusión salir en este blog tan chungo
Hay muchas formas de dividir a la gente: hombres y mujeres, niños y adultos, negros, blancos y chinos. Hay otras categorías más peculiares: la gente a la que le gustan los hoteles y a la que no (esta división es de Rosa Montero), los que quieren ver los trailers de las películas y los que no (esta es mía). Hoy se me ocurre una nueva división: los que tuvieron amigos invisibles en su infancia y los que no. Juzgad vosotros cuál de los dos bandos os inspira más simpatía; personalmente, no creo que tuviera mucho trato con quien no haya sido capaz de crear, por lo menos, un par de absurdos colegas intangibles para acompañarle en sus travesuras.
Yo sí que tuve, y no uno ni dos, sino varios. Uno de los que más me duró fue Shanshai, un pájaro verde y naranja que volaba conmigo y se posaba en mi hombro cuando yo le llamaba. Le recuerdo planeando sobre el campo de deporte en las clases de educación física, mientras yo envidiaba su libertad y trataba sin éxito de colar el balón en la canasta.
También tuve un dinosaurio pequeñito, herencia de “Santi y Nona”, unos libros de cuentos infantiles que había en la biblioteca del colegio. Del dinosaurio recreé incluso su nacimiento: le vi salir del huevo en el centro justo del patio de recreo, mirándome sonriente desde la cáscara partida en dos.
Sin embargo, el despiste no es bueno para los amigos invisibles. Era mi mente la que los mantenía vivos; sólo estaban allí en la medida en que yo les miraba. Si, como ocurría a menudo, me distraía pensando en las clases o en los deberes, mi pájaro y mi dinosaurio desaparecían, y se mosqueaban muchísimo cuando volvía a acordarme de ellos. Al final concluí que, para ser invisibles y modelados a mi imagen y semejanza, eran bastante trabajosos, así que lo dejé estar.
Y aunque ahora debería, en pro de mi dignidad, acabar este post y meterme en la cama, tengo que confesar algo. Tuve otro amigo invisible a una edad bastante avanzada (no pienso revelar cuál). Me lo imaginaba como un chico de esos de los catálogos del corte inglés, rubio y limpio, guapo y cálido al mismo tiempo. Él estaba enamorado de mí, pero enamorado como un hermano o como alguien que sólo quiere protegerte a toda costa. Se enfadaba un poco si me iba con otros o si le olvidaba un tiempo, pero en seguida volvía a ser alegre y dicharachero y a hacer burlas detrás de los profesores durante las clases. Se metía mucho conmigo, no os creáis, pero no había malicia en sus palabras; su amor era tan incondicional que ni mis torpezas de niñata podían menguarlo. Una de las escenas que más me gustaba imaginarme era la de él sentado en el borde de mi cama, acariciándome la cabeza mientras me dormía.
¿Qué queréis? Cada uno se cura la soledad como buenamente puede, y mi manera era ésa. No recuerdo cuándo le dije adiós; supongo que se desvaneció sin protestar, sabiendo que había cumplido su función, y se fue con alguna otra adolescente solitaria, a decirle constantemente lo fantástica que era y a velar junto a su cama hasta que se quedara dormida.
Hay muchas formas de dividir a la gente: hombres y mujeres, niños y adultos, negros, blancos y chinos. Hay otras categorías más peculiares: la gente a la que le gustan los hoteles y a la que no (esta división es de Rosa Montero), los que quieren ver los trailers de las películas y los que no (esta es mía). Hoy se me ocurre una nueva división: los que tuvieron amigos invisibles en su infancia y los que no. Juzgad vosotros cuál de los dos bandos os inspira más simpatía; personalmente, no creo que tuviera mucho trato con quien no haya sido capaz de crear, por lo menos, un par de absurdos colegas intangibles para acompañarle en sus travesuras.
Yo sí que tuve, y no uno ni dos, sino varios. Uno de los que más me duró fue Shanshai, un pájaro verde y naranja que volaba conmigo y se posaba en mi hombro cuando yo le llamaba. Le recuerdo planeando sobre el campo de deporte en las clases de educación física, mientras yo envidiaba su libertad y trataba sin éxito de colar el balón en la canasta.
También tuve un dinosaurio pequeñito, herencia de “Santi y Nona”, unos libros de cuentos infantiles que había en la biblioteca del colegio. Del dinosaurio recreé incluso su nacimiento: le vi salir del huevo en el centro justo del patio de recreo, mirándome sonriente desde la cáscara partida en dos.
Sin embargo, el despiste no es bueno para los amigos invisibles. Era mi mente la que los mantenía vivos; sólo estaban allí en la medida en que yo les miraba. Si, como ocurría a menudo, me distraía pensando en las clases o en los deberes, mi pájaro y mi dinosaurio desaparecían, y se mosqueaban muchísimo cuando volvía a acordarme de ellos. Al final concluí que, para ser invisibles y modelados a mi imagen y semejanza, eran bastante trabajosos, así que lo dejé estar.
Y aunque ahora debería, en pro de mi dignidad, acabar este post y meterme en la cama, tengo que confesar algo. Tuve otro amigo invisible a una edad bastante avanzada (no pienso revelar cuál). Me lo imaginaba como un chico de esos de los catálogos del corte inglés, rubio y limpio, guapo y cálido al mismo tiempo. Él estaba enamorado de mí, pero enamorado como un hermano o como alguien que sólo quiere protegerte a toda costa. Se enfadaba un poco si me iba con otros o si le olvidaba un tiempo, pero en seguida volvía a ser alegre y dicharachero y a hacer burlas detrás de los profesores durante las clases. Se metía mucho conmigo, no os creáis, pero no había malicia en sus palabras; su amor era tan incondicional que ni mis torpezas de niñata podían menguarlo. Una de las escenas que más me gustaba imaginarme era la de él sentado en el borde de mi cama, acariciándome la cabeza mientras me dormía.
¿Qué queréis? Cada uno se cura la soledad como buenamente puede, y mi manera era ésa. No recuerdo cuándo le dije adiós; supongo que se desvaneció sin protestar, sabiendo que había cumplido su función, y se fue con alguna otra adolescente solitaria, a decirle constantemente lo fantástica que era y a velar junto a su cama hasta que se quedara dormida.
martes, 20 de marzo de 2007
Vagabundeo mental
Ayer me puse a hacer cuentas y he concluido que, en lo que llevo de curso (desde octubre) he leído entre veinticinco y treinta libros. La verdad, es una cifra mucho mayor de lo que esperaba, sobre todo porque no le dedico tanto tiempo como me gustaría. Claro, que a veces me doy atracones y me leo un libro en un día, y otras estoy mareando la perdiz durante dos semanas, dándole una y otra vez vueltas a las mismas páginas.
Posteo esto para fardar y para hacer constar ante el mundo y mí misma que no sólo he vivido una vida durante estos seis meses; he vivido, al menos, veinticinco más. Lo posteo para recordarlo durante los días en los que me parece que mi diminuta existencia no aporta nada al planeta. A veces me gustaría navegar permanentemente en un limbo de historias que no son la mía. Diría que por eso escribo, pero últimamente escribo tan poco que me parecería hipócrita soltar ese tipo de frase.
Recuerdo segundo de bachillerato. Como todos los cursos enamorados, fue un año intenso. Por aquel entonces aún no me había atacado la hipersomnia y dormía unas seis horas diarias sin nigún tipo de problema. Como amaba a F. y F. amaba y ama la música, bajaba y escuchaba sin criterio a cualquier autor que pudiera sonar medianamente culto. Me recuerdo oyendo a Rachmaninoff a las doce de la noche, escribiendo en mi diario lo muchísimo que adoraba a F., pensando que quería quedarme para siempre en aquella euforia insomne de música y letras que para mí era la verdadera vida. Aquel año descubrí el realismo sucio y quise ser como Carver, y me avergoncé infinitamente de mis desvergonzadas metáforas adolescentes. Por entonces yo tenía la invulnerabilidad de los héroes, de quien aún no se ha equivocado, de la satisfacción que da haber seguido siempre el camino recto pisando fuerte y con garbo. Luego descubrí que la vida es como una mapa de carreteras complicadísimo y que, como dicen en Habana Blues, vivir es elegir.
Ayer me dijo mi langosta: "hay que vivir con ligereza. Si no todo se vuelve demasiado complicado". A veces recuperar la ligereza, perder la solemnidad y deslizarse sin esfuerzo por la vida es lo más difícil. En todo arte, ya sea baile, o música, o literatura, el reto es que parezca que no nos cuesta nada. Yo admiro a aquellos a quienes parece que no les cuesta la vida e intento imitarlos, sonreír todo el rato, tomar el sol en mi balcón. Poco a poco, me voy a deshaciendo del victimismo, de la metafísica de todo a cien y de los litros y litros de madejas de pensamiento que me enmarañan el espíritu.
La yo de diecisiete años era feliz, pero era una prefelicidad sin ninguna clase de mérito. Si la yo de veintiuno consigue ser postfeliz, después de la soledad, del miedo y del aterrador silencio de las cosas, eso sí que será algo digno de mención.
Posteo esto para fardar y para hacer constar ante el mundo y mí misma que no sólo he vivido una vida durante estos seis meses; he vivido, al menos, veinticinco más. Lo posteo para recordarlo durante los días en los que me parece que mi diminuta existencia no aporta nada al planeta. A veces me gustaría navegar permanentemente en un limbo de historias que no son la mía. Diría que por eso escribo, pero últimamente escribo tan poco que me parecería hipócrita soltar ese tipo de frase.
Recuerdo segundo de bachillerato. Como todos los cursos enamorados, fue un año intenso. Por aquel entonces aún no me había atacado la hipersomnia y dormía unas seis horas diarias sin nigún tipo de problema. Como amaba a F. y F. amaba y ama la música, bajaba y escuchaba sin criterio a cualquier autor que pudiera sonar medianamente culto. Me recuerdo oyendo a Rachmaninoff a las doce de la noche, escribiendo en mi diario lo muchísimo que adoraba a F., pensando que quería quedarme para siempre en aquella euforia insomne de música y letras que para mí era la verdadera vida. Aquel año descubrí el realismo sucio y quise ser como Carver, y me avergoncé infinitamente de mis desvergonzadas metáforas adolescentes. Por entonces yo tenía la invulnerabilidad de los héroes, de quien aún no se ha equivocado, de la satisfacción que da haber seguido siempre el camino recto pisando fuerte y con garbo. Luego descubrí que la vida es como una mapa de carreteras complicadísimo y que, como dicen en Habana Blues, vivir es elegir.
Ayer me dijo mi langosta: "hay que vivir con ligereza. Si no todo se vuelve demasiado complicado". A veces recuperar la ligereza, perder la solemnidad y deslizarse sin esfuerzo por la vida es lo más difícil. En todo arte, ya sea baile, o música, o literatura, el reto es que parezca que no nos cuesta nada. Yo admiro a aquellos a quienes parece que no les cuesta la vida e intento imitarlos, sonreír todo el rato, tomar el sol en mi balcón. Poco a poco, me voy a deshaciendo del victimismo, de la metafísica de todo a cien y de los litros y litros de madejas de pensamiento que me enmarañan el espíritu.
La yo de diecisiete años era feliz, pero era una prefelicidad sin ninguna clase de mérito. Si la yo de veintiuno consigue ser postfeliz, después de la soledad, del miedo y del aterrador silencio de las cosas, eso sí que será algo digno de mención.
jueves, 15 de marzo de 2007
A quien madruga...
Siempre que dormía hasta tarde, su madre le despertaba a golpe de aspiradora diciendo "vamos, levántate, que ya están las calles puestas". El día que el insomnio le hizo salir antes de lo habitual, vio con sorpresa como unos hombres con mono azul de operario desenrollaban largas alfombras de asfalto entre los edificios y las tiendas. La gente esperaba frente a sus casas con el motor del coche en marcha o tamborileando impacientes sobre sus maletines. Él se frotó los ojos y se metió de nuevo en casa, para echarse a dormir (o a despertar) un rato más.
viernes, 9 de marzo de 2007
Lisboa
Cuando mi langosta y yo nos tomamos el primer café a solas, yo aún no sabía que iba a ser mi langosta. Lo intuía, porque yo los amores los intuyo: antes de conocerle ya había hecho mentalmente un hueco para su cabeza junto a mi almohada, y preveía los cafés mañaneros en las terrazas y los vinos nocturnos escuchando fados. Pero tampoco estaba tan segura, porque una nunca está segura de esas cosas, así que aquel día, en aquel primer café, J. y yo nos estudiábamos como antes de una batalla, hablando con una sonrisa en los labios pero sin despistar por un momento los ojos inquisidores. No recuerdo muy bien de qué hablamos: de libros, imagino; de por qué todos los que leen por primera vez “El lobo estepario” se sienten identificados con el protagonista (menos J. y yo, que somos superespeciales y por eso estamos yo con él y él conmigo, hala); de cuando él estuvo de Erasmus, de cuando yo viví en Barcelona. Me acuerdo, eso sí, de la imagen de él tocándose la nuca con las manos, dejando ver la cara interna de los brazos, que descendía suavemente hacia una axila tapada por su, según me confesó después, camiseta de ligar. Creo que fue al ver esos brazos, al ver sus curvas suaves y delgadas y la cara de él sonriendo tímido entre ambos, cuando supe que antes del anochecer acabaríamos en la cama.
Después de dos horas de charla ininterrumpida, cuando los cafés no eran más que un poso pegajoso de azucar derretida, J. se levantó un momento para ir al baño. En la mesa de al lado había una pareja con un niño pequeño, y mientras esperaba a J. le hice un par de carantoñas al crío: le saqué la lengua, me puse bizca… lo típico. Cuando J. volvió, la pareja se levantó de la mesa, haciendo además de irse. Y en aquel momento, el hombre miró fijamente a J. y le dijo: “cuídala, que es muy especial”. Los dos nos quedamos cortados, sin saber qué decir, porque aún estábamos en esa fase de la cita en que las cosas se saben pero no están claras. El hombre prosiguió “Ay, Granada, qué bonita ciudad para enamorarse. Mi mujer y yo nos conocimos aquí, y todos los años venimos para celebrarlo”.
Y sin más se fue, entre nuestras sonrisas desorientadas.
Hoy, que J. y yo somos langostas de amor y paseamos por el estanque cogidos de las pincitas, nos gustaría encontrar a aquel señor clarividente que nos predijo el futuro de forma tan misteriosamente precisa. A mí me gusta pensar (pero no se lo digáis a J.), que nosotros también volveremos a Granada, a sentarnos otra vez en la terraza de aquel café y conmemorar nuestros primeros intercambios tímidos de palabras (las palabras, mi amor, siempre las palabras). A lo mejor entonces también podemos jugar a los augures con otra pareja tan llena de miedo y expectación como lo estábamos nosotros aquella tarde.
Después de dos horas de charla ininterrumpida, cuando los cafés no eran más que un poso pegajoso de azucar derretida, J. se levantó un momento para ir al baño. En la mesa de al lado había una pareja con un niño pequeño, y mientras esperaba a J. le hice un par de carantoñas al crío: le saqué la lengua, me puse bizca… lo típico. Cuando J. volvió, la pareja se levantó de la mesa, haciendo además de irse. Y en aquel momento, el hombre miró fijamente a J. y le dijo: “cuídala, que es muy especial”. Los dos nos quedamos cortados, sin saber qué decir, porque aún estábamos en esa fase de la cita en que las cosas se saben pero no están claras. El hombre prosiguió “Ay, Granada, qué bonita ciudad para enamorarse. Mi mujer y yo nos conocimos aquí, y todos los años venimos para celebrarlo”.
Y sin más se fue, entre nuestras sonrisas desorientadas.
Hoy, que J. y yo somos langostas de amor y paseamos por el estanque cogidos de las pincitas, nos gustaría encontrar a aquel señor clarividente que nos predijo el futuro de forma tan misteriosamente precisa. A mí me gusta pensar (pero no se lo digáis a J.), que nosotros también volveremos a Granada, a sentarnos otra vez en la terraza de aquel café y conmemorar nuestros primeros intercambios tímidos de palabras (las palabras, mi amor, siempre las palabras). A lo mejor entonces también podemos jugar a los augures con otra pareja tan llena de miedo y expectación como lo estábamos nosotros aquella tarde.
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