sábado, 31 de mayo de 2008
En fin. Lo bueno y lo malo que tiene el tiempo es que, por mucho que te esfuerces, no puedes hacer nada por controlaro.
Tengo que reconocerlo
jueves, 29 de mayo de 2008
Una historia de amor
Cuando ella le conoció, él, no le hacía ni caso. Ella le observaba en silencio, le hablaba con timidez, imaginaba cómo era su vida cuando no podía verle. “Sería tan maravilloso si él me amara”, pensaba. “Todo iría bien si él se enamorara de mí”.
Entonces, nadie sabe muy bien por qué, él se enamoró de ella. Vivieron algunos meses de inefable éxtasis más propio de ángeles que de humanos. Caminaban de la mano e irradiaban luz. En la cama, se convertían en un solo ser. Sin embargo, él vivía en otra ciudad, y ella le echaba de menos durante todas sus horas de vigilia. “Sería tan maravilloso si se viniera a vivir a mi ciudad”, se decía. “Le amo tanto que no puedo vivir sin él. Si estuviera aquí, todo estaría bien”.
Así que él se mudó, y llegaron tiempos de profunda armonía. Podían verse siempre que quisieran, salir al cine, hacer el amor a diario. Sin embargo, él no quería que vivieran juntos, porque afirmaba que la magia se esfumaría. “¿Qué magia, mi amor?”, decía ella. “La magia es estar contigo”. Durante las horas que él pasaba lejos de ella y las noches que no quería quedarse a dormir, le extrañaba tantísimo. Sufría tan hondamente “Si se viniera a vivir conmigo”, pensaba, “sería tan maravilloso”.
Al cabo de un tiempo, él accedió y se mudó a vivir con ella. Nadie podría explicar la dicha que les embargó al colocar juntos sus cepillos de dientes y distribuir las tareas de la casa. Ella sintió que la felicidad era reposar su cabeza sobre el regazo de él mientras veían juntos las noticias de la noche. Después de los primeros tiempos de dulce convivencia, sin embargo, sintió que él empezaba a alejarse. Quería tener su propio espacio, salir con sus amigos, pasar algún tiempo a solas en su estudio. “Yo te doy, te doy y te doy”, decía ella, “y no recibo nada a cambio. ¿Es que ya no me amas?”. Se sentía sola, perdida como un pequeño barquito de cáscara de nuez en la inmensidad de un lago artificial. “Si tan sólo me prestara más atención”, suspiraba, “sería tan maravilloso”.
Y él la dejó.
Durante los largos y arduos meses que siguieron a la ruptura, ella lloraba durante casi todo su tiempo libre. El sufrimiento la atravesaba como un largo y afilado sable. No podía hacer más que recordar sus besos, sus miradas, los momentos que habían compartido. Le llamaba cada día por teléfono como quien lanza desesperadas señales de humo. Y cada noche, ahogándose casi entre mocos y lágrimas, con la cabeza enterrada en la almohada, se decía, una y otra vez: “Si él quisiera volver a estar conmigo… sería tan maravilloso…”.
martes, 27 de mayo de 2008
De gala
para verte
mis mejores tobillos.
lunes, 26 de mayo de 2008
De cómo Roald Dahl escribió su primer cuento
Me gusta mucho cómo escribe este chico. Tiene fuerza, honestidad y un sentido del humor diabólico y tremendo que me hace revolcarme de risa con capítulos que ya he leído varias veces. El otro día le pregunté si hacía mucho que escribía. "Fuckowski es lo primero que he escrito", me dijo. Hay que joderse. Tanta gente quemándose (quemándonos) las pestañas durante años, y ahí está el tío, con su montón de fans internautas y sus dos ediciones vendidas artesanalmente por correo. Como un campeón.
Esto me recordó a una historia que me gusta mucho y que va de Roald Dahl (aunque reconozco que casi todo lo que va de Roald Dahl me gusta). Cuando era joven, Dahl fue piloto de la RAF en la Segunda Guerra Mundial, y a su regreso un periodista quiso entrevistarle para escribir un relato sobre sus aventuras. Quedaron para tomar algo, pero por alguna razón el periodista no pudo completar sus notas y le pidió a Dahl que escribiera los sucesos que recordaba y se los enviara para que él pudiera construir el relato a partir de ahí.
Pues bien: Roald Dahl, que había sacado siempre notas mediocres en redacción y nunca se había planteado escribir nada, agarró una pluma, se sirvió una copa de coñac y empezó a escribir. Después de un par de horas, cuando consideró que había contado todo lo que tenía que contar, puso punto y final y se lo envió al periodista. Unos días después, éste le dijo que no había nada que cambiar en aquellas notas. Que ya era un relato. A partir de entonces, Dahl se puso a escribir y a vender sus relatos a revistas importantes. Fue escritor toda su vida y, en mi opinión, el mejor autor para niños (¿Mejor que Ende? Sí, mejor que Ende. ¿Mejor que J.K.Rowling? Por favor, vete de mi blog) y uno muy respetable para adultos.
Vale que esta historia se carga un poco todo el rollo de la disciplina del escritor, y eso tampoco es del todo justo. Truman Capote, otro grande,cuenta que de niño y adolescente pasaba horas ejercitándose con la pluma (creo que las palabras textuales eran ésas). Cuando publicó Otras voces, otros ámbitos siendo jovencísimo, se extrañó de que todo el mundo se asombrara de su calidad. "Llevo años trabajando", dijo. "Es normal que sea buena". Así que trabajar y ser disciplinado está bien. Lo que me gusta de verdad de la historia de Roald Dahl es que todo eso de sentirse escritor y tener grandes dudas existenciales sobre la literatura y la vida no es exactamente malo, pero no hace falta. Ser o no ser escritor, llevar o no gafas de pasta, decidir si es más importante la literatura o la vida. Qué cojones importa.
Basta con escribir (bien). Lo demás viene solo.
(Escribir mal tampoco es malo, lo que pasa es que puede que no te publiquen ni te conviertas en un autor famosísimo y respetado. Pero eso también da igual).
(Por otra parte, y quizá me estoy pasando de paréntesis a pie de página, escribir bien tampoco te asegura convertirte en un autor famoso y respetado).
sábado, 24 de mayo de 2008
La situación es más o menos así
con esa soledad que tanto añoras
con tus horas
tu porno
tus amigos.
Te dejo con tu vida
con todas las demás mujeres
tus dibujos
tus libros.
A cambio
me llevo
mi cuerpo al otro lado de la cama
mi bote de champú de la bañera
mis besos
mis palabras.
Mis cenas con velitas y ensalada
mis ganas de bailar sobre la alfombra
mi sushi
a Frank Sinatra.
Me llevo mi cintura
los libros que pensaba dedicarte
mi habilidad para leer los mapas.
Mis chistes
mi hambre
mi mechero
mi perfume
mi pelo.
Me llevo todo eso porque es mío.
No sé si sabes quién sale perdiendo.