Aviso: típico post noactualizoporque.
No actualizo porque no sé muy bien qué escribir. Todo me parece demasiado íntimo, o demasiado estúpido, o demasiado pretencioso, o demasiado superficial. Me da la sensación de que o escribo cuentos (algo que ahora mismo no puedo hacer porque mi cerebro está a tope) o lo que escriba va a ser una chorrada. He empezado a autoexigirme. Malo, malo.
No actualizo porque estoy en modo enfadado últimamente. Me recuerda a la tira de Mafalda en que Miguelito dice que se encuentra pedante y Mafalda (creo) le pregunta algo como "¿y qué se supone que tedremos que aguantarte ahora?". Así que llevo un par de semanas muy enfadada y no sé muy bien con quién ni por qué. Tampoco sé qué es lo que vais a tener que aguantarme.
No actualizo porque estoy harta de que me lea gente conocida. No os ofendáis los conocidos. Ya he dicho que estoy enfadada. Siempre he sido partidaria de que me lea todo el mundo, hasta mi madre, porque creo que hay que abrirse a los demás por doloroso que eso pueda resultar. Pero enlazando con lo que he dicho del enfado, últimamente no tengo ganas de abrirme a nadie. Y he empezado a autocensurarme. Todavía más malo (peor, lo sé, se dice peor).
No sé si mudarme, privatizar el blog, borrar los comentarios o hacerme mechas, que decía el anuncio aquel tan guay de la sopa. Decidme qué opináis vosotros, si es que estáis ahí.
Besitos.
martes, 14 de julio de 2009
viernes, 3 de julio de 2009
El suceso anteriormente conocido como mi vida
Yo tenía una vida. Ahora tengo un examen a finales de enero. No os creáis que eso es malo, porque yo soy bastante monocanal: prefiero tener una sola cosa de la que ocuparme. Mi vida no es exactamente apasionante, pero estoy muy tranquilita.
Afortunadamente, el duendecillo que me lavaba la ropa y me hacía la comida cuando estaba en bachillerato ha decidido volver. Creo que le gusta más Málaga que Granada. Dejo la ropa en el cesto de la ropa sucia y el duendecillo no sólo la lava, sino que LA PLANCHA. Se me había olvidado la experiencia de llevar toda la ropa planchada; toda, hasta las bragas. Mi duendecillo hace que opositar resulte mucho más fácil.
Os dije que no tendría nada interesante que contar cuando me pusiera a estudiar y es cierto. Incluso mi intensa vida interior es monotemática. Se me ocurren cosas como el guión de una película que es como "Slumdog Millionaire" sólo que basada en mí y en el examen del PIR. Hago un examen perfecto (250 aciertos) y los del Ministerio de Sanidad me llevan a comisaría y me preguntan que cómo me las he apañado para acertarlas todas. Que a quién he sobornado. Yo les digo que sabía las preguntas, y que cada una de ellas se relaciona mágicamente con mi vida estudiantil y/o amorosa. Pero ese tipo de cosas sólo tienen gracia para mí y para mis amigos PIR.
Porque he hecho dos amigos PIR en la biblioteca. Uno de ellos es muy majo pero un poco raro. Como le dije que llevo un expediente más o menos bueno, me hace bullying porque el suyo es muy bajo. Se me sienta enfrente y cada rato me da con los nudillos en la mesa y me dice "sshhht, ¡no estudies más!". Me pega unos sustos de muerte. He intentado explicarle que si salen 130 plazas, puede hacerle bullying a los otros 128 y apoyarme a mí, que soy su compi de biblioteca y ni siquiera me quiero quedar en Málaga.
La otra amiga PIR creo que sólo quiere fotocopiarse mis apuntes, pero bueno.
También he hecho amores platónicos de biblioteca, como sabía que me ocurriría en cuanto pasara allí más de una semana. Los de calle Ollerías son todos feos o pijos. Estudian para oposiciones de funcionario aburrido o de Derecho y no parecen tener mucho carisma. En la biblioteca rara del barrio raro, que por cierto me han dicho que se llama Huelin, he descubierto una nueva especie de opositor bibliotequil: el Opositor a Bombero. El que más y el que menos es alto (piden estatura mínima), tiene sus musculitos (para las pruebas físicas), no lleva gafas (necesitan una vista perfecta) y está moreno (a mí es que el moreno me ha molado de siempre). Aunque en general no sean mi tipo, ayer se me sentó uno al lado que me tenía desconcentrada. No parecía Einstein, pero nos habrían salido unos hijos preciosos. Utilicé mi famosa estrategia de "voy a poner pose y a parecer interesante". Seducir a un opositor a bombero calorro en una biblioteca: no es fácil.
Por lo demás, no hay mucho que contar. Voy a intentar vivir aventuras maravillosas este fin de semana a ver si así animo un poco el cotarro.
Afortunadamente, el duendecillo que me lavaba la ropa y me hacía la comida cuando estaba en bachillerato ha decidido volver. Creo que le gusta más Málaga que Granada. Dejo la ropa en el cesto de la ropa sucia y el duendecillo no sólo la lava, sino que LA PLANCHA. Se me había olvidado la experiencia de llevar toda la ropa planchada; toda, hasta las bragas. Mi duendecillo hace que opositar resulte mucho más fácil.
Os dije que no tendría nada interesante que contar cuando me pusiera a estudiar y es cierto. Incluso mi intensa vida interior es monotemática. Se me ocurren cosas como el guión de una película que es como "Slumdog Millionaire" sólo que basada en mí y en el examen del PIR. Hago un examen perfecto (250 aciertos) y los del Ministerio de Sanidad me llevan a comisaría y me preguntan que cómo me las he apañado para acertarlas todas. Que a quién he sobornado. Yo les digo que sabía las preguntas, y que cada una de ellas se relaciona mágicamente con mi vida estudiantil y/o amorosa. Pero ese tipo de cosas sólo tienen gracia para mí y para mis amigos PIR.
Porque he hecho dos amigos PIR en la biblioteca. Uno de ellos es muy majo pero un poco raro. Como le dije que llevo un expediente más o menos bueno, me hace bullying porque el suyo es muy bajo. Se me sienta enfrente y cada rato me da con los nudillos en la mesa y me dice "sshhht, ¡no estudies más!". Me pega unos sustos de muerte. He intentado explicarle que si salen 130 plazas, puede hacerle bullying a los otros 128 y apoyarme a mí, que soy su compi de biblioteca y ni siquiera me quiero quedar en Málaga.
La otra amiga PIR creo que sólo quiere fotocopiarse mis apuntes, pero bueno.
También he hecho amores platónicos de biblioteca, como sabía que me ocurriría en cuanto pasara allí más de una semana. Los de calle Ollerías son todos feos o pijos. Estudian para oposiciones de funcionario aburrido o de Derecho y no parecen tener mucho carisma. En la biblioteca rara del barrio raro, que por cierto me han dicho que se llama Huelin, he descubierto una nueva especie de opositor bibliotequil: el Opositor a Bombero. El que más y el que menos es alto (piden estatura mínima), tiene sus musculitos (para las pruebas físicas), no lleva gafas (necesitan una vista perfecta) y está moreno (a mí es que el moreno me ha molado de siempre). Aunque en general no sean mi tipo, ayer se me sentó uno al lado que me tenía desconcentrada. No parecía Einstein, pero nos habrían salido unos hijos preciosos. Utilicé mi famosa estrategia de "voy a poner pose y a parecer interesante". Seducir a un opositor a bombero calorro en una biblioteca: no es fácil.
Por lo demás, no hay mucho que contar. Voy a intentar vivir aventuras maravillosas este fin de semana a ver si así animo un poco el cotarro.
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Amor y sucedáneos,
Bendita Rutina,
Oponiendo
jueves, 25 de junio de 2009
Malagueando
Alguna vez he comentado que la Biblioteca Pública de Granada es uno de mis sitios favoritos de la tierra. Creo que es donde querría que se quedara vagando mi alma si por lo que sea no llega a transmigrar. Después de mantener un apasionado y friki romance con ese edificio durante cinco años, estaba muy poco predispuesta hacia las bibliotecas malagueñas. Es un poco como cuando te deja el amor de tu vida: todos los demás hombres te parecen basura y te cuesta mucho aceptar que otro pueda también tener sus cosas buenas.
Ahora estoy estudiando en el Centro Cultural Provincial, en calle Ollerías. La calle es sucia y rara, y la gente es un poco amenazante (en cualquier caso, toda Málaga es un poco así: sucia, rara y amenazante), pero la biblioteca es preciosa. Luminosa, modernita, de techos altos y suelos de parqué. En el descanso voy a desayunar a un bar super auténtico y me tomo un sombra descafeinado en vaso pequeño y un pitufo con tomate y aceite. Miro por la ventana y veo el balcón de enfrente con una malla alrededor de los barrotes, y me pregunto si será porque tienen gato y no quieren que se caiga.
Esta tarde, sin embargo, he ido a la Biblioteca Municipal de Málaga. La he encontrado buscando en google y he llegado milagrosamente en moto, teniendo en cuenta mi precario sentido de la orientación. Es algo así como el edificio más espantoso que he visto en mi vida: azul pitufo, con salas diminutas y oscuras y llena de gente amenazante en bañador y chanclas (y lo que que la gente es amenazante en Málaga es cierto. No es un sesgo mío). Además, está en un barrio que no sé ni cómo se llama, pero que es feísimo y que por lo que sé podría ser Algeciras o Getafe, por decir sitios raros y feos y lejanos.
Parece ser que tendré que pasar allí mucho tiempo, porque no he encontrado otro sitio que abra por las tardes en verano. Reconozcámoslo, he sido expulsada del paraíso. Y no lo digo sólo por la biblioteca.
Ahora estoy estudiando en el Centro Cultural Provincial, en calle Ollerías. La calle es sucia y rara, y la gente es un poco amenazante (en cualquier caso, toda Málaga es un poco así: sucia, rara y amenazante), pero la biblioteca es preciosa. Luminosa, modernita, de techos altos y suelos de parqué. En el descanso voy a desayunar a un bar super auténtico y me tomo un sombra descafeinado en vaso pequeño y un pitufo con tomate y aceite. Miro por la ventana y veo el balcón de enfrente con una malla alrededor de los barrotes, y me pregunto si será porque tienen gato y no quieren que se caiga.
Esta tarde, sin embargo, he ido a la Biblioteca Municipal de Málaga. La he encontrado buscando en google y he llegado milagrosamente en moto, teniendo en cuenta mi precario sentido de la orientación. Es algo así como el edificio más espantoso que he visto en mi vida: azul pitufo, con salas diminutas y oscuras y llena de gente amenazante en bañador y chanclas (y lo que que la gente es amenazante en Málaga es cierto. No es un sesgo mío). Además, está en un barrio que no sé ni cómo se llama, pero que es feísimo y que por lo que sé podría ser Algeciras o Getafe, por decir sitios raros y feos y lejanos.
Parece ser que tendré que pasar allí mucho tiempo, porque no he encontrado otro sitio que abra por las tardes en verano. Reconozcámoslo, he sido expulsada del paraíso. Y no lo digo sólo por la biblioteca.
lunes, 22 de junio de 2009
Ordenar
Ayer pasé parte del día ordenando las cajas que he traído de Granada. No es fácil, porque no se trata sólo de colocar lo que traigo, sino de hacer previamente sitio en mi habitación de Málaga. A pesar de que el cuarto es gigante, está tan lleno de cosas que parece que se reproducen. Libros que no leo, apuntes viejos, carpetas del colegio, ropa que detesto y que no me pongo pero que no está lo suficientemente vieja como para deshacerme de ella. Empecé a tirar el año que me fui a Barcelona, y cada año saco bolsas enormes de basura de esta habitación y, aun así, todavía tengo la angustiosa sensación de que me la basura va a enterrarme.
Por ejemplo: la maqueta de tecnología. Detesto profundamente esa maqueta. La hice para un proyecto de tercero de ESO y es monísima: una reproducción a escala de mi habitación con minimuebles, un minitablón de anuncios, minipósters en las paredes y minicojincitos. No es tan bonita como para ser un disfrute de los sentidos, pero sí lo suficiente como para resistirme a tirarla cada vez que ordeno. La miro, respiro hondo, la tiro a la bolsa de basura, suspiro, la saco y la coloco de nuevo en su sitio jurándome que voy a encontrar el momento de volver a pegar las maderas.
O las libretas. Después de 24 años conviviendo conmigo misma, aún no he aceptado que No Escribo A Mano Nunca. Sí, yo querría ser como Torrente Ballester o como Ana Frank y tener una pluma fetiche con la que rasguear las páginas mientras la lluvia golpea en la ventana. Pero odio profundamente escribir a mano. Así que tengo algunas libretas llenas y otras (la mayoría) con unas cuantas páginas garabateadas y el resto en blanco. Las pocas páginas que tengo escritas contaminan toda la libreta con su obscena carga de pasado, y arrancarlas me da cargo de conciencia.
¿Tiene sentido acumular "recuerdos"? Entradas de cine, dedicatorias de campamentos, programas de las fiestas de fin de curso... al fin y al cabo, sólo los ves cuando ordenas. Nunca dices "voy a mirar recuerdos" y luego te pones a flipar y a cantar Karina.
Sin embargo, estoy recordando que el verano pasado, cuando J. estaba tan triste, le dije que sabía perfectamente cómo se sentía, porque yo había estado igual cuando volví de Barcelona. Al llegar a mi casa, saqué las libretas y comencé a leerlas muerta de miedo. No sabía qué iba a encontrarme debajo de esas tapas. En Barcelona sí escribía a mano, por pura testarudez. Cuando empecé a leer toda la ilusión, la confusión y la pena de aquellos cuadernos, no me sentí avergonzada ni estúpida, como pensé que pasaría. Me sentí orgullosa. Pensé que le eché mucho valor.
Pero es una mierda, porque ahora cada vez que me plantee tirar los cuadernos pensaré en la nostalgia, en el valor, el crecimiento personal y todo eso, y seguirán acumulándose y criando polvo en los cajones de mi estantería.
Por ejemplo: la maqueta de tecnología. Detesto profundamente esa maqueta. La hice para un proyecto de tercero de ESO y es monísima: una reproducción a escala de mi habitación con minimuebles, un minitablón de anuncios, minipósters en las paredes y minicojincitos. No es tan bonita como para ser un disfrute de los sentidos, pero sí lo suficiente como para resistirme a tirarla cada vez que ordeno. La miro, respiro hondo, la tiro a la bolsa de basura, suspiro, la saco y la coloco de nuevo en su sitio jurándome que voy a encontrar el momento de volver a pegar las maderas.
O las libretas. Después de 24 años conviviendo conmigo misma, aún no he aceptado que No Escribo A Mano Nunca. Sí, yo querría ser como Torrente Ballester o como Ana Frank y tener una pluma fetiche con la que rasguear las páginas mientras la lluvia golpea en la ventana. Pero odio profundamente escribir a mano. Así que tengo algunas libretas llenas y otras (la mayoría) con unas cuantas páginas garabateadas y el resto en blanco. Las pocas páginas que tengo escritas contaminan toda la libreta con su obscena carga de pasado, y arrancarlas me da cargo de conciencia.
¿Tiene sentido acumular "recuerdos"? Entradas de cine, dedicatorias de campamentos, programas de las fiestas de fin de curso... al fin y al cabo, sólo los ves cuando ordenas. Nunca dices "voy a mirar recuerdos" y luego te pones a flipar y a cantar Karina.
Sin embargo, estoy recordando que el verano pasado, cuando J. estaba tan triste, le dije que sabía perfectamente cómo se sentía, porque yo había estado igual cuando volví de Barcelona. Al llegar a mi casa, saqué las libretas y comencé a leerlas muerta de miedo. No sabía qué iba a encontrarme debajo de esas tapas. En Barcelona sí escribía a mano, por pura testarudez. Cuando empecé a leer toda la ilusión, la confusión y la pena de aquellos cuadernos, no me sentí avergonzada ni estúpida, como pensé que pasaría. Me sentí orgullosa. Pensé que le eché mucho valor.
Pero es una mierda, porque ahora cada vez que me plantee tirar los cuadernos pensaré en la nostalgia, en el valor, el crecimiento personal y todo eso, y seguirán acumulándose y criando polvo en los cajones de mi estantería.
sábado, 20 de junio de 2009
Planes
Después del lloriqueo, voy a contaros qué haré con mi vida los próximos meses.
He llegado hoy a Málaga después de un día de mudanza muy loco. No he dormido, he cargado cajas como una mula y he terminado por tirarle un huevo al coche de un tío que nos había quitado el aparcamiento (no quiero comentarios sobre mi falta de ecuanimidad). Ahora estoy sentada en mi cuarto (tan grande, tan limpio, tan silencioso) en una tarde malagueña fresca y húmeda que, después de cocerme a cuarenta grados durante una semana en Granada, me está sentando estupendamente.
Pues bien: voy a opositar. Qué opción original para esta época de crisis, ¿verdad? Voy a hacer el examen para conseguir una plaza PIR. ¿Qué es el PIR? Básicamente, como el MIR de los médicos, pero con una pequeña diferencia: mientras que ellos tienen más de una plaza por cabeza, nosotros tenemos aproximadamente una para cada 18. Mis expectativas no son malas, sin embargo: considerando mi expediente y mi capacidad, creo que puedo hacerlo.
Empiezo a estudiar el lunes y el examen es en enero. Si no saco plaza, no sé si continuaré estudiando otro año o cambiaré de planes; depende de cómo se me dé esto de opositar. No estoy muy preocupada. Hace unas semanas lo estaba, pero ahora mismo me encuentro bien: motivada, con fuerza y con ganas de empezar algo nuevo. Si saco esa plaza, tendré formación y sustento asegurados durante los próximos tres o cuatro años. Conseguiré el título de psicóloga clínica y podré trabajar en la sanidad pública o montármelo por mi cuenta.
¿Qué voy a hacer con este blog? Intentaré escribir, aunque no creo que me pase gran cosa más allá de ir de mi casa a la biblioteca. Pero me esforzaré. Contaré recuerdos de mi infancia o me inventaré las vidas de la gente. Sin embargo, puede que el ritmo o el interés de las actualizaciones baje. Sed comprensivos y amorosos.
De momento, me quedo con esta tarde de primavera en el trópico, si es que eso existe. Ya iremos viendo qué tal anda todo lo demás.
He llegado hoy a Málaga después de un día de mudanza muy loco. No he dormido, he cargado cajas como una mula y he terminado por tirarle un huevo al coche de un tío que nos había quitado el aparcamiento (no quiero comentarios sobre mi falta de ecuanimidad). Ahora estoy sentada en mi cuarto (tan grande, tan limpio, tan silencioso) en una tarde malagueña fresca y húmeda que, después de cocerme a cuarenta grados durante una semana en Granada, me está sentando estupendamente.
Pues bien: voy a opositar. Qué opción original para esta época de crisis, ¿verdad? Voy a hacer el examen para conseguir una plaza PIR. ¿Qué es el PIR? Básicamente, como el MIR de los médicos, pero con una pequeña diferencia: mientras que ellos tienen más de una plaza por cabeza, nosotros tenemos aproximadamente una para cada 18. Mis expectativas no son malas, sin embargo: considerando mi expediente y mi capacidad, creo que puedo hacerlo.
Empiezo a estudiar el lunes y el examen es en enero. Si no saco plaza, no sé si continuaré estudiando otro año o cambiaré de planes; depende de cómo se me dé esto de opositar. No estoy muy preocupada. Hace unas semanas lo estaba, pero ahora mismo me encuentro bien: motivada, con fuerza y con ganas de empezar algo nuevo. Si saco esa plaza, tendré formación y sustento asegurados durante los próximos tres o cuatro años. Conseguiré el título de psicóloga clínica y podré trabajar en la sanidad pública o montármelo por mi cuenta.
¿Qué voy a hacer con este blog? Intentaré escribir, aunque no creo que me pase gran cosa más allá de ir de mi casa a la biblioteca. Pero me esforzaré. Contaré recuerdos de mi infancia o me inventaré las vidas de la gente. Sin embargo, puede que el ritmo o el interés de las actualizaciones baje. Sed comprensivos y amorosos.
De momento, me quedo con esta tarde de primavera en el trópico, si es que eso existe. Ya iremos viendo qué tal anda todo lo demás.
viernes, 19 de junio de 2009
El suspiro del moro
Yo no quería escribir este post.
Yo no quería escribir el post sobre irme de Granada, porque eso confirmaría que me voy y que no hay nada que pueda hacer para remediarlo. Así que llevo días evitando el asunto, y pensando que si la vida se está volviendo tan posteable es precisamente por tocarme las narices.
Ayer iba caminando hacia Puerta Real a comprarme un helado de yogur. De camino vi que estaba empezando una de las pelis del festival Cines del Sur en la plaza de las Pasiegas. Me senté al aire libre frente a la catedral y me quedé muy quieta, sosteniendo el programa entre llas manos mientras respiraba el aire templado. Pasé media hora viendo una peli china sobre un cantante de ópera y decidí continuar con el plan original del helado de yogur. Cuando tuve mi tarrina en la mano y eché a andar hacia mi casa sentí una rara felicidad privada. Hay que joderse, pensé. Cinco años para hacerme un hueco y ahora resulta que ésta no era la verdadera vida.
Hoy, en la clase del taller, una mujer lee un texto sobre una exposición de pintura. "No has descrito ningún cuadro", le dice un chico cuando termina". "Sí que lo ha descrito", digo yo, "pero no nos ha dejado ver por qué era importante para ella". Entonces les explico que a principios de año estuve en una exposición en la galería Cidi Haya y que vi un cuadro que me impresionó mucho. Era una imagen enorme de Granada: de Puerta Real y la unión de Recogidas con Isabel la Católica. Para quien no conozca la ciudad, es la parte más concurrida del centro. En el cuadro era de noche y no había nadie en la calle: sólo las luces brillando sobre el pavimento húmedo, Granada resplandeciendo cuando todo el mundo duerme. El cuadro me recordó a todas las noches que he pasado por allí, o por cualquier otro lugar de la ciudad, y las calles estaban vacías porque al día siguiente era lunes, o jueves, y yo caminaba a esa hora de vuelta a mi casa porque nadie me obligaba a estar en ningún sitio al día siguiente, y sentía el mismo tipo de felicidad privada e intensa que hoy cuando me comía el helado. Les explico a mis alumnos que para contar cuánto le gusta a uno una cosa, tiene que explicar la relación que tiene con ella. Entonces no harán falta grandes adjetivos: el lector lo entenderá.
No puedo explicar cuánto me conmueve y me gusta Granada. Tendría que contaros todo lo que me ha pasado aquí. La amistad y el amor, que han nacido y han continuado o se han gastado. Las bicicletas, las cañas, las tapas, los helados, las lágrimas, los portales, los apuntes, los cafés, las flores, las lecturas de cuentos, el puto acordeonista de la catedral. No puedo contarlo, porque sería demasiado largo y demasiado cursi y, aun así, de alguna manera, tenía que escribir este post.
Es posiblemente mi última noche en la ciudad como habitante de la ciudad. Voy a tomar algo con Funes y con Adri. "¿Te acuerdas de cuando me acompañaste a ver la facultad el primer día que vine a Granada?", le pregunto a Adri. Ese día caminé desde la estación de autobuses hasta la acera del Darro pensando sobre mi vida y mi futuro. Acababa de volver de Barcelona y estaba destrozada. Desde ese momento, todo ha ido a mejor; a veces, tan despacio que parecía que estaba retrocediendo. La ciudad se ha tomado su tiempo para enseñarme.
Pienso en dar un paseo por el Albayzín antes de irme a dormir, pero decido que no. Les explico a Adri y a MQEN que eso es como los polvos de despedida. Si sabes que la relación se acaba, ¿para qué vas a follar? Al final te pasa que follas y lloras porque sabes lo que estás a punto de perder. Yo no pienso follarme al Albayzín esta noche. Después vengo aquí y escribo esto. Recorro despacio el camino desde los sentimientos hasta las palabras y recuerdo a Kerouac: "La sensación que experimentas encontrará la forma que necesitas". Al final, supongo, escribir esto es lo más parecido que conozco a dormir tranquilamente abrazada a la ciudad.
Yo no quería escribir el post sobre irme de Granada, porque eso confirmaría que me voy y que no hay nada que pueda hacer para remediarlo. Así que llevo días evitando el asunto, y pensando que si la vida se está volviendo tan posteable es precisamente por tocarme las narices.
Ayer iba caminando hacia Puerta Real a comprarme un helado de yogur. De camino vi que estaba empezando una de las pelis del festival Cines del Sur en la plaza de las Pasiegas. Me senté al aire libre frente a la catedral y me quedé muy quieta, sosteniendo el programa entre llas manos mientras respiraba el aire templado. Pasé media hora viendo una peli china sobre un cantante de ópera y decidí continuar con el plan original del helado de yogur. Cuando tuve mi tarrina en la mano y eché a andar hacia mi casa sentí una rara felicidad privada. Hay que joderse, pensé. Cinco años para hacerme un hueco y ahora resulta que ésta no era la verdadera vida.
Hoy, en la clase del taller, una mujer lee un texto sobre una exposición de pintura. "No has descrito ningún cuadro", le dice un chico cuando termina". "Sí que lo ha descrito", digo yo, "pero no nos ha dejado ver por qué era importante para ella". Entonces les explico que a principios de año estuve en una exposición en la galería Cidi Haya y que vi un cuadro que me impresionó mucho. Era una imagen enorme de Granada: de Puerta Real y la unión de Recogidas con Isabel la Católica. Para quien no conozca la ciudad, es la parte más concurrida del centro. En el cuadro era de noche y no había nadie en la calle: sólo las luces brillando sobre el pavimento húmedo, Granada resplandeciendo cuando todo el mundo duerme. El cuadro me recordó a todas las noches que he pasado por allí, o por cualquier otro lugar de la ciudad, y las calles estaban vacías porque al día siguiente era lunes, o jueves, y yo caminaba a esa hora de vuelta a mi casa porque nadie me obligaba a estar en ningún sitio al día siguiente, y sentía el mismo tipo de felicidad privada e intensa que hoy cuando me comía el helado. Les explico a mis alumnos que para contar cuánto le gusta a uno una cosa, tiene que explicar la relación que tiene con ella. Entonces no harán falta grandes adjetivos: el lector lo entenderá.
No puedo explicar cuánto me conmueve y me gusta Granada. Tendría que contaros todo lo que me ha pasado aquí. La amistad y el amor, que han nacido y han continuado o se han gastado. Las bicicletas, las cañas, las tapas, los helados, las lágrimas, los portales, los apuntes, los cafés, las flores, las lecturas de cuentos, el puto acordeonista de la catedral. No puedo contarlo, porque sería demasiado largo y demasiado cursi y, aun así, de alguna manera, tenía que escribir este post.
Es posiblemente mi última noche en la ciudad como habitante de la ciudad. Voy a tomar algo con Funes y con Adri. "¿Te acuerdas de cuando me acompañaste a ver la facultad el primer día que vine a Granada?", le pregunto a Adri. Ese día caminé desde la estación de autobuses hasta la acera del Darro pensando sobre mi vida y mi futuro. Acababa de volver de Barcelona y estaba destrozada. Desde ese momento, todo ha ido a mejor; a veces, tan despacio que parecía que estaba retrocediendo. La ciudad se ha tomado su tiempo para enseñarme.
Pienso en dar un paseo por el Albayzín antes de irme a dormir, pero decido que no. Les explico a Adri y a MQEN que eso es como los polvos de despedida. Si sabes que la relación se acaba, ¿para qué vas a follar? Al final te pasa que follas y lloras porque sabes lo que estás a punto de perder. Yo no pienso follarme al Albayzín esta noche. Después vengo aquí y escribo esto. Recorro despacio el camino desde los sentimientos hasta las palabras y recuerdo a Kerouac: "La sensación que experimentas encontrará la forma que necesitas". Al final, supongo, escribir esto es lo más parecido que conozco a dormir tranquilamente abrazada a la ciudad.
lunes, 15 de junio de 2009
Tanatoterapia
Pienso que si todos los días muere mucha gente, y cada vez son más los cadáveres que se incineran, y hay un número preocupante de personas que quieren que sus cenizas sean arrojadas al mar, el agua cada vez va a estar más llena de cenizas de muertos. Seguro que es un pensamiento que mucha gente ha tenido antes que yo.
Después pienso que lo más probable es que las firmas cosméticas acaben por aprovecharse y meterlo en sus productos. Oligoelementos marinos y proteínas de cadáver. Como si lo viera.
Después pienso que lo más probable es que las firmas cosméticas acaben por aprovecharse y meterlo en sus productos. Oligoelementos marinos y proteínas de cadáver. Como si lo viera.
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