Te pasa que te encierras tanto en tu historia concreta y mezquina que agarras al Amor y, para empezar, le quitas la mayúscula, y el Amor, tan creído, tan omnipresente en las canciones y en los cuentos de hadas, se convierte en el amor vulgar que tú piensas que te está destinado.
Le despojas de sus ropas ostentosas y le das unas más corrientitas: así tienes que ser, amor, le dices. Así, más sencillito, más asequible, estás muchísimo más guapo. Después le cortas el pelo, lo reduces a un lamentable marine, pero le sigue sobrando pelo, así que le afeitas la cabeza y ya parece salido de un campo de concentración o de una sesión de quimioterapia. No te importa que estén raídas las ropas del amor; para que no se note, se las arrancas del cuerpo y lo dejas en cueros. El amor con minúsculas va adelgazando, desnudo y desnutrido, pero a ti te da igual, porque piensas que tiene que ser así, que debe ser así: que no sirven de nada sus ropajes, sus cabellos, la superflua capa de grasa que recubre sus huesos, las proteínas de sobra que almacena en sus músculos.
Y el amor adelgaza y se consume en tus manos, y tú le dices que lo guapo que está, que vaya tipín se le está quedando, y se le caen las uñas y el poco pelo que le has dejado, y su cerebro se engulle a sí mismo para evitar desfallecer. Y al final, aunque el amor se muera, tú intentas embalsamarlo; al fin y al cabo, te dices, la vida era un incordio; puedes quedarte con tu precioso cadáver de amor, inmóvil y preservado para la eternidad con la cantidad suficiente de conservante.
Luego quién sabe, quizá sigas con tu momia más tiempo del recomendable, o quizá te des cuenta de que arrastras de un lado a otro a un cadáver que se descompone despacio. Si no tienes suerte, qué quieres que te diga; acabarás por pasar la eternidad aferrada a tu propio y hermoso montón de huesecitos huérfanos.
martes, 20 de abril de 2010
domingo, 18 de abril de 2010
Apocalipsis
Corren rumores de Apocalipsis sobre nuestro mundo. Terremotos, inundaciones y volcanes que escupen sus cenizas. La Tierra sacudiéndose enérgicamente para sacarse de encima a esos bichitos molestos que no paran de incordiarle. Además, me he enterado de que hay un meteorito que podría desviarse y chocar contra nosotros en 2019. Hay que joderse. Como si no hubiera suficiente con los problemas derivados de una vida normal en el planeta tal y como está ahora.
Pienso en que se acabe el mundo conmigo dentro. Mi padre siempre dice que, puesto que todos tenemos que morirnos, casi mejor morirse de Apocalipsis, con la gente corriendo de un lado a otro, la tierra escupiendo fuego, los ángeles tocando sus trompetas y los jinetes trotando sobre nuestros cadáveres. Así que hoy me pregunto: ¿me gustaría morirme de Fin Del Mundo? En general, pienso que voy a morirme de cáncer en torno a los cincuenta y pocos años; no es una idea muy agradable, pero es la intuición que tengo sobre mi propia muerte. No me veo de vieja. Aunque cincuenta y pocos no son muchos teniendo en cuenta la esperanza de vida actual, son más que veinticinco. Con suerte, habré tenido tiempo al menos de tener hijos. De sentir a un micaco dando patadas en el fondo de mi vientre. No me gustaría morirme sin sentir eso, y después el chorro de amor brutal, incondicional, por ese pequeño garbanzo de carne y huesos.
Pero lo cierto es que, independientemente de mi reloj biológico, no me quiero morir de Apocalipsis. No quiero vivir un pánico colectivo y sin esperanza. Quiero morirme sola con la consciencia de que dejo vida detrás, y no me refiero sólo a la vida individual de mis descendientes, sino a la Vida colectiva y planetaria prosiguiendo su camino alrededor del sol. Quiero morirme con la sensación de que las cosas funcionan.
Morir de Apocalipsis o de Fin Del Mundo, a pesar de ser el consuelo de los tontos por aquello de morirnos todos juntos chillando como ratas, anularía por completo lo que ha sido nuestra vida sobre la Tierra. Compadezco a aquéllos que tengan que estar pisando el planeta cuando esto se termine. Todos sus esfuerzos por perpetuar la especie, por dejar un legado, plantar un árbol y escribir un libro se verán pulverizados por un meteorito o por un holocausto nuclear. Entonces sí que te mueres del todo. Te mueres y se acabó, y detrás de ti sólo queda vacío.
Tranquilos. En cualquier caso, Hollywood se está dedicando duramente a escribir guiones y a ensayar posibles Finales Del Mundo para que siempre haya disponible una reluciente Nave Espacial Norteamericana que nos salve a todos del desastre. Confiemos en eso.
Pienso en que se acabe el mundo conmigo dentro. Mi padre siempre dice que, puesto que todos tenemos que morirnos, casi mejor morirse de Apocalipsis, con la gente corriendo de un lado a otro, la tierra escupiendo fuego, los ángeles tocando sus trompetas y los jinetes trotando sobre nuestros cadáveres. Así que hoy me pregunto: ¿me gustaría morirme de Fin Del Mundo? En general, pienso que voy a morirme de cáncer en torno a los cincuenta y pocos años; no es una idea muy agradable, pero es la intuición que tengo sobre mi propia muerte. No me veo de vieja. Aunque cincuenta y pocos no son muchos teniendo en cuenta la esperanza de vida actual, son más que veinticinco. Con suerte, habré tenido tiempo al menos de tener hijos. De sentir a un micaco dando patadas en el fondo de mi vientre. No me gustaría morirme sin sentir eso, y después el chorro de amor brutal, incondicional, por ese pequeño garbanzo de carne y huesos.
Pero lo cierto es que, independientemente de mi reloj biológico, no me quiero morir de Apocalipsis. No quiero vivir un pánico colectivo y sin esperanza. Quiero morirme sola con la consciencia de que dejo vida detrás, y no me refiero sólo a la vida individual de mis descendientes, sino a la Vida colectiva y planetaria prosiguiendo su camino alrededor del sol. Quiero morirme con la sensación de que las cosas funcionan.
Morir de Apocalipsis o de Fin Del Mundo, a pesar de ser el consuelo de los tontos por aquello de morirnos todos juntos chillando como ratas, anularía por completo lo que ha sido nuestra vida sobre la Tierra. Compadezco a aquéllos que tengan que estar pisando el planeta cuando esto se termine. Todos sus esfuerzos por perpetuar la especie, por dejar un legado, plantar un árbol y escribir un libro se verán pulverizados por un meteorito o por un holocausto nuclear. Entonces sí que te mueres del todo. Te mueres y se acabó, y detrás de ti sólo queda vacío.
Tranquilos. En cualquier caso, Hollywood se está dedicando duramente a escribir guiones y a ensayar posibles Finales Del Mundo para que siempre haya disponible una reluciente Nave Espacial Norteamericana que nos salve a todos del desastre. Confiemos en eso.
sábado, 17 de abril de 2010
La gracia de Dios
El joven estudiante de ingeniería industrial se consideraba una persona sensata, tranquila y bondadosa. No le gustaba discutir. Amaba a los animales. Devolvía las vueltas cuando le daban cambio de más.
Una noche, después de una pelea particularmente calurosa con su novia por algo relacionado con la definición de la palabra "gorda", pensó "No entiendo por qué no todo el mundo es como yo. ¿Por qué se enfada la gente por estas estupideces? ¿Por qué no viven y dejan vivir? Si todo el mundo fuera como yo, la vida sería mucho más fácil".
Al día siguiente, el mundo entero era como él. La ciudad se apiñaba frente a su bar favorito, mientras se colapsaban los vuelos dirigidos a su ciudad y aumentaba espectacularmente el precio de las casas de su barrio. Hombres y mujeres llevaban la misma ropa que él y paseaban por la calle con el mismo gesto tranquilo y educado. En la escuela de industriales no cabía un alfiler.
A pesar del hacinamiento, eso sí, todos vivían y dejaban vivir.
Al final del día, exhausto de sí mismo, el ingeniero se encerró en su casa y cerró con llave, miró cabreado hacia el techo y le dijo a Dios algo así como "lo habría entendido igual sin la ironía de los huevos".
Una noche, después de una pelea particularmente calurosa con su novia por algo relacionado con la definición de la palabra "gorda", pensó "No entiendo por qué no todo el mundo es como yo. ¿Por qué se enfada la gente por estas estupideces? ¿Por qué no viven y dejan vivir? Si todo el mundo fuera como yo, la vida sería mucho más fácil".
Al día siguiente, el mundo entero era como él. La ciudad se apiñaba frente a su bar favorito, mientras se colapsaban los vuelos dirigidos a su ciudad y aumentaba espectacularmente el precio de las casas de su barrio. Hombres y mujeres llevaban la misma ropa que él y paseaban por la calle con el mismo gesto tranquilo y educado. En la escuela de industriales no cabía un alfiler.
A pesar del hacinamiento, eso sí, todos vivían y dejaban vivir.
Al final del día, exhausto de sí mismo, el ingeniero se encerró en su casa y cerró con llave, miró cabreado hacia el techo y le dijo a Dios algo así como "lo habría entendido igual sin la ironía de los huevos".
jueves, 15 de abril de 2010
Distancia entre personas, ciudades y la tacita de plata
Cuando alguien está tan loco por una ciudad como lo estoy yo por Granada y elige marcharse, no le queda más remedio que olvidarse un poco de ella para no sufrir. Como cuando dejas a un novio y evitas comer en los restaurantes que os gustaban para que no te atormente el desasosiego de todo lo que te estás perdiendo. Como cuando te peleas con un amigo y tienes que esconder sus rastros en tu vida para no morderte los labios cada vez que los ves.
En las personas, y en las ciudades, la vida transcurre sin ti. Las ciudades palpitan bajo los pies de sus habitantes y los corazones palpitan en los pechos de la gente a la que has amado. Así que buscas algo distinto, algo radicalmente diferente a una persona o a una ciudad. Te vas con un tímido si antes estabas con un verborreico. Te vas a que te azote el viento del mar en la tacita de plata y te acuerdas de cuando te alcanzaba el aire frío en Gran Capitán y te gustaba pensar que aquellas partículas de oxígeno en concreto llegaban directamente desde la cima del Mulhacén.
Te abstraes de la vida paralela que llevan tus personas, tus ciudades. Dejas que sigan amando a la gente a la que aman, o que sean habitadas y acariciadas por los pies de los extraños a los que tú envidias. Tú sigues con tu vida, en medio del viento, del mar, rodeada de desconocidos y de acentos que al principio te resultan exóticos. Sólo rezas y confías para que lo que algún día amaste y abandonaste permanezca ahí de alguna manera. Recibiendo en silencio el breve cupo de amor que les sigues destinando. Viviendo y dejándote vivir a ti sin perder la esperanza de algún reencuentro amable e inofensivo en un futuro a medio o largo plazo.
En las personas, y en las ciudades, la vida transcurre sin ti. Las ciudades palpitan bajo los pies de sus habitantes y los corazones palpitan en los pechos de la gente a la que has amado. Así que buscas algo distinto, algo radicalmente diferente a una persona o a una ciudad. Te vas con un tímido si antes estabas con un verborreico. Te vas a que te azote el viento del mar en la tacita de plata y te acuerdas de cuando te alcanzaba el aire frío en Gran Capitán y te gustaba pensar que aquellas partículas de oxígeno en concreto llegaban directamente desde la cima del Mulhacén.
Te abstraes de la vida paralela que llevan tus personas, tus ciudades. Dejas que sigan amando a la gente a la que aman, o que sean habitadas y acariciadas por los pies de los extraños a los que tú envidias. Tú sigues con tu vida, en medio del viento, del mar, rodeada de desconocidos y de acentos que al principio te resultan exóticos. Sólo rezas y confías para que lo que algún día amaste y abandonaste permanezca ahí de alguna manera. Recibiendo en silencio el breve cupo de amor que les sigues destinando. Viviendo y dejándote vivir a ti sin perder la esperanza de algún reencuentro amable e inofensivo en un futuro a medio o largo plazo.
sábado, 27 de marzo de 2010
viernes, 26 de marzo de 2010
Irreversible
Dice mi madre que le angustia lo irreversible. Como la menopausia, o como una histerectomía. Le contesto que en realidad casi todo es irreversible. Los acontecimientos se van amontonando uno detrás de otro como ladrillos pegados con superglue. Intentas trazar el recorrido de los errores, el punto de restauración del sistema antes del cual todo iba bien; te preguntas a qué momento de tu carrera, de una relación o de una amistad volverías si pudieras volver atrás. Y al final te das cuenta de que si pudieras arrancar momentos como el que arranca de una libreta las páginas que no le gustan, te quedarías sosteniendo entre tus manos las cubiertas perfectas de una vida vacía.
martes, 23 de marzo de 2010
Estatus
Es curioso cómo pasar de ser opositor a haber conseguido tu plaza te hace subir varios enteros en el escalafón social de jóvenes licenciados. Te cruzas con conocidos por la calle y es divertido ver cómo se les va cambiando la cara a medida que hablas con ellos. Algo así:
- ¡Hombre, Marina, cuánto tiempo! ¿Qué tal te va? (Cara de "en realidad me importa tres cojones, pero hay que preguntarlo para quedar bien").
- Pues bien. He terminado Psicología...
- Ahá (Cara de "y ahora te estás comiendo las patas como los pulpos, ¿a que sí?")
-... me vine a Málaga a opositar para el PIR.
- Qué bien (Cara de "qué pringada").
-... y he sacado la plaza.
- ¡Coño! - (Cara de "¡Coño!") - Ah... qué bien - (Cara de morirse de envidia cochina) -. ¿Y dónde te van a mandar? (Cara de "pobre pardilla, te vas a tener que ir al culo del mundo).
- Pues tengo el número doce así que, básicamente, donde yo quiera.
- ... (Cara de "ojalá te mueras, zorra").
Me encanta pasear por Málaga últimamente.
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