martes, 12 de marzo de 2013
Las palabras que no existen
Que me gusta mucho Vetusta Morla es un hecho, y que me gusta mucho Rey Sol es otro. Casi diría que es mi canción favorita de ellos. Es extrema e intensa. Sobre todo, es una canción que varía, que muta. Dice Nick Hornby en 31 canciones que dejamos de escuchar las canciones cuando las resolvemos; en ese sentido, y aunque probablemente la haya escuchado varias decenas de veces, yo todavía no he resuelto Rey Sol. Cada vez que la escucho, me parece que habla de una cosa. Cuando conocí a IA, me parecía que hablaba de amor. Cuando estuve de huelga, pensaba que hablaba de revolución. Otras veces la escucho y no pienso en nada: sólo pronuncio las palabras despacio y saboreo su gusto metálico.
Hoy subía caminando desde el roco y estaba un poco triste. No sé por qué. Decir que estaba triste porque hemos estado probando bloques y sólo he completado dos es un poco friki. Es más profundo que eso. Llevo un mes parada y dos y pico sin tocar la roca. Me duelen bastante las rodillas, y eso me preocupa. Me jode el hecho de no llevar una vida que me deje escalar todo lo que querría y todo lo bien que querría, lo cual es francamente absurdo, porque tengo más años que un gnomo, y cero predisposición genética, y nada ni nadie en el mundo da un duro por que yo escale. Y además tengo un trabajo, y me gusta un montón, y que no me deje tiempo para escalar más es un mal absolutamente menor. Por no hablar de que me hice un esguince hace un mes, y demasiado que hoy he sido capaz de caer desde el techo en los colchones sin hacerme daño. Pero no sé. Estaba triste, como si caminara despacio con mis sueños recortados.
Esta mañana he ido a ver a un paciente al hospital de día de oncología, mientras esperaba a que le pusieran la quimio. Trabajar en onco es una puta mierda por muchas cosas, pero una de las peores es el hecho de que no puedes hablar de ello, ni escribir sobre ello, sin que todo el mundo ponga mucha cara de gravedad y, al mismo tiempo, de "qué mal rollo, yo no quiero hablar de la muerte". Cuesta un montón acostumbrarse a hablar de la muerte a diario, y sé que no puedo pretender que mis interlocutores lo consigan en un segundo. Luego escribes sobre ello y es más de lo mismo, en el sentido de que te parece que estás utilizando el sufrimiento como material, o queriendo generar algún tipo de compasión primaria en tus lectores, y tampoco es así. Escribo sobre onco porque es lo que me pasa ahora.
El caso es que me he sentado entre mi paciente y su mujer en las sillas de la sala de espera. Hemos hablado un buen rato. Hablar ha sido duro, pero además estaba esa sensación de sentarse en la sala de espera de oncología, esperando a que llamaran a los enfermos para darles la quimioterapia, escuchando el goteo de nombres por el altavoz. Nombres de gente a la que, no tengo muy claro por qué, les ha tocado un número muy malo en la lotería de la vida. Y era horrible, de verdad. Estar ahí sentada entre mi paciente y su mujer, escucharles a ellos y después oír los nombres por el altavoz, era horrible. Al terminar, caminaba a través de la plaza que hay entre los edificios del hospital, notando el viento frío por debajo de mi bata y pidiéndole a alguien invisible: por favor, límpiame esto, quítame esto.
Así que hace un rato subía la calle hacia la plaza de Lavapiés y, ya os digo, estaba triste. He llegado a casa, he cenado algo y pensaba en Rey Sol. Pensaba en el estribillo. "Las palabras que no existen nos pueden salvar". Podría hablar de amor. Cuántas veces dos personas se salvan por las palabras que no existen o, al menos, por el intento de ponerle palabras a las cosas que no existen. Podría hablar de lucha, seguro, porque hay que inventar palabras para construir algo nuevo. Esta noche, para mí, hablaba de escribir. Eso pensaba mientras ponía a cocer unos huevos para el almuerzo de mañana. Pensaba: hoy quiero escribir, pero sólo me podrían salvar las palabras que no existen, porque hoy quiero escribir algo que está más allá de lo poco que mis dedos torpes pueden expresar, y precisamente esa naturaleza inefable de lo que quiero escribir hace que sea imposible hacerlo.
Aun así, aquí estoy: intentándolo. Porque decía una amiga de Golfo que hay que traducir lo intraducible, y yo pienso que hay que escribir lo inescribible. Hay que encontrar palabras para todo lo que pasa en este mundo nuestro. Hay que buscar con todo el ardor que se pueda esas palabras que no existen, desenterrarlas y colocarlas una detrás de otra con el máximo valor del que seamos capaces. Y quizá entonces podamos salvarnos de algo, aunque todavía no tengo muy claro de qué. O quizá no. Quizá no sirva absolutamente para nada.
lunes, 11 de marzo de 2013
Pedro y la fe
Pedro es un chico que vende clínex y mecheros por las mañanas a la entrada del metro de Lavapiés. Todos los días saluda a cada persona con un "buenos días" que pronuncia algo así como "Bosdías". Está haciendo un tiempo asqueroso en Madrid y, aun así, día tras día, aunque nieve o haga frío, él sigue incansable en la entrada del metro, saludando a todo el mundo.
Tiene una forma especial de saludar. No sé muy bien cómo describirla. Aquí hay mucha gente que pide dinero y te vende cosas, y creo que el problema está en la percepción que tenemos los espectadores de que la misma letanía ha sido repetida muchas veces. Pedro tiene la curiosa habilidad de ser capaz de decir "buenos días" a todas las personas que pasan y, aun así, dirigirse a cada una de ellas de una forma profundamente individual, muy personal. Es sutil. O quizá sólo lo noto yo, que soy una fantástica.
La cuestión es que me gusta mucho Pedro, porque no se rinde. Porque llevo dos meses viviendo en Madrid y me ha saludado cada mañana laborable aunque no le comprara nada. Diría incluso que me saludaba como si ya le hubiera comprado algo y esperara a que se lo pagase. Tanto es así que, de hecho, el viernes pasado me llevé un mechero para la hornilla. Me vendrá bien para las velas del quemador y es bonito: amarillo y morado, como el traje de un torero.
Me gusta Pedro, me gustan sus buenos días y su incansable educación matutina. Pensaba que podría aprender de su esfuerzo, o de ese micro-marketing que se hace a sí mismo generando una lenta pero persistente deuda de reciprocidad con nosotros. Pero escribiendo esto me he dado cuenta de que es otra cosa. Es su fe. Es su capacidad para dejar de lado el rencor y la frustración y tratarte como si supiera que vas a comportarte como debes. Y ya os digo que me resulta difícil explicarlo, pero hay algo inspirador en eso. Podría decir que Pedro cree cada mañana en la gente que pasa. Pero igual me estoy pasando; quizá sólo es educado, o quizá yo sólo estoy buscando una frase bonita para acabar el post.
Mia y Musa, Musa y Mia
Todos los días pienso que tengo pendiente hablaros de Mia y Musa, las gatas de Cris. Esta semana Cris estaba en Amsterdam, así que las tres hemos vivido en el piso de Lavapiés cual simpáticas y bien avenidas Chicas de Oro. Durmieron conmigo hasta que me di cuenta de que apenas dormía porque no quería molestarlas, así que ahora las dejo fuera y por las mañanas me miran con rencor.
Si fuera una persona, Mia sería una adolescente rebelde. En realidad, tiene nueve años gatunos, pero quizá sea por su cuerpecillo estilizado de gata de bruja que parece una jovencita. Primero piensas que es cariñosa. Después piensas que es una pesada y quieres matarla. Después te das cuenta de que no puedes matarla porque es amor puro, aunque te vacile con sus miaus insistentes cada vez que intentas regañarle.
A mí Mia me enternece porque me recuerda un poco a mí: maúlla desesperada en busca de un maromo gatuno, y ni siquiera puede escalar para compensarlo. Está en celo dos veces al mes, y cuando no lo está sigue maullando como una desquiciada y nos pone los nervios de punta. Cris dice que yo la mimo. En realidad, lo único que hago es dejar que se siente en mi regazo mientras escribo, porque no molesta y está calentita. Cuando gorjea suspirando de amor, le acaricio el lomo. "Qué le vamos a hacer, enana - le digo con resignación -. Está la cosa muy mala".
Lo más flipante de Mia es su momento peluche. Estás en la cama y se mete a tu lado, con el cuerpo bajo el edredón y la cabeza en la almohada, como el osito al que yo me abrazaba de pequeña. Luego se pone a ronronear como el motor de un coche, y cuando te ha metido los bigotes en los ojos tres veces no tienes más remedio que sacarla de la cama.
Si fuera una humana, Musa sería la niña empollona y buena que gana el premio máximo en el concurso de ciencias. Es una gata redonda y gris que me recuerda a mi Clementina; a veces, de hecho, la llamo foquita, como a mi gatusa, o le canto la canción "Clementina" de "El diluvio que viene", un musical que representamos en el cole hace un montón de años.
Musa es mágica. Me lo dijo Cris hace unas semanas y yo no me lo creía. "La gata se tumba donde te duele", me explicó, y yo asentí y le seguí la corriente. Desde entonces, Musa se ha tumbado con increíble precisión sobre mi tripa de regla, mi tobillo lesionado, mi cabeza jaquecosa, mis psoas doloridos y, todavía, más preocupante: mi corazón arrugado, en una tarde de sábado en la que estaba particularmente triste. Yo imagino que será casualidad, pero es MUCHA casualidad. Y me gusta, porque me recuerda que hay cosas que no se terminan de comprender y que te dejan en un estado de amable estupefacción.
Por la tarde-noche, hay una hora en la que Musa se vuelve loca, se le va la olla y patina por las paredes mientras Mia le bufa, mosqueada. A ratos se pelean. Otras veces te las encuentras durmiendo con las cabezas juntas. Si pisas a Mia, lo superará; si pisas a Musa, puede que Mia te mate.
Es raro, lo de los animales. Los tocas y te preguntas qué clase de espíritu habita en ellos. Imaginas cómo será ver la vida desde detrás de sus ojos, notas cómo les late el corazón, cómo se llenan y vacían sus pulmones. No puedo decir que sea amor total lo que me inunda cuando toco a las gatas. Se parece más al desconcierto. Sin embargo, hay ciertos momentos, cuando noto la totalidad de su entrega, cuando se sientan sobre mí confiadas en que no voy a hacerles daño y, a la vez, sintiéndose merecedoras de todo lo bueno de la vida, en que vislumbro un poco el calor de su conciencia. Y en esos momentos, las cosas como son, me conmueven de una forma que me resulta difícil explicar con palabras.
jueves, 7 de marzo de 2013
MEGT
Hace unos días, Wilk me llamó algo así como Miss Esfuerzo Total Global, y quizá fue lo más bonito que me han dicho en mucho tiempo.
Hay mucho de mí misma que siempre he sabido que tengo. Sé que soy lista. Qué le vamos a hacer. Sé que se me dan bien las palabras y que no me defiendo mal con la escritura. Sé que soy rápida, y creativa, y que aunque hay alguna gente que al principio no me aguanta (verídico), a la larga acabo por caer bien.
Nunca había pensado que fuera capaz de esforzarme realmente por algo. No sé por qué. Creo que pensaba que en algún momento se me apagaría el fuelle. Me veía como una de esas personas que prometen mucho y que se quedan a medio camino. Quizá tiene que ver con los mitos familiares, o con mis propias y protectoras previsiones de riesgo. El caso es que imaginaba para mí misma una vida bastante sosa y llena de frustraciones.
No sé qué va a ser de mi futuro. A veces sueño con vivir de escribir, viajar mucho, escalar por ahí y correr aventuras. Otras veces disfruto tanto, tanto, tanto viendo pacientes que pienso que no voy a poder hacer otra cosa, y que eso es exigente y vocacional como una llamada al sacerdocio y exigirá muchos sacrificos. Lo que sí sé es que me va a dar igual mientras continúe siendo capaz de volcar este esfuerzo en cualquier cosa que haga. Creo que cualquier proyecto que emprenda con la mitad de ilusión y empeño que los que tengo ahora mismo entre manos será suficiente en sí mismo.
Hay muchas cosas que nunca imaginé que podría ser o hacer. Nunca imaginé que podría escalar, o comprarme una furgo, o ponerme fuerte, o escribir todos los días, o pensar en autoeditarme libros, o ayudar a la gente, o hablar con J. de otras mujeres. Todas esas cosas me mantienen en un estado constante de agradecimiento, y me hacen tener ganas de que llegue un futuro al que todavía espero que le quepan muchas sorpresas. Pero sobre todo, nunca pensé que podría esforzarme tanto. Y me quedo con eso. De todo lo anterior, de todo lo que pueda haber conseguido en el pasado o lo que venga a partir de ahora, me quedo con mi gran esfuerzo. De eso sí quiero presumir. De eso sí me siento orgullosa.
miércoles, 6 de marzo de 2013
Avui no en toca
Hoy ya no me da para más el cerebro. Así que si queréis algo para leer, echad un ojo aquí. Si no, esperad a mañana.
Besitos.
PD: Que nadie se alarme por la miniprivatización de hoy; en principio, ha sido momentáneo y no creo que se repita. Si algún día privatizo en serio, avisaré con tiempo.
Más besitos (que dice Ángel que lo de mandar besos dos veces es como una cosa muy mía :)
Besitos.
PD: Que nadie se alarme por la miniprivatización de hoy; en principio, ha sido momentáneo y no creo que se repita. Si algún día privatizo en serio, avisaré con tiempo.
Más besitos (que dice Ángel que lo de mandar besos dos veces es como una cosa muy mía :)
martes, 5 de marzo de 2013
Más momentos metro
Estoy sentada en el metro, camino del fisio. Mi tobillo ya está estupendo; el pie cada vez se parece menos a la extremidad edematosa de un cadáver y más a la de una persona. Voy escuchando Vetusta porque, sinceramente, mi proyecto melómano se ha atascado entre Pink Floyd y Nirvana, y no tengo claro por dónde encontrar la salida. Vetusta mola casi siempre. Canturreo La cuadratura del círculo mientras observo a la gente perdida en las pantallas de sus smartphones.
Entonces entra un tipo con una guitarra. De todas las #cosasdemadriz, la peña que entra en el metro a perturbarte el viaje es mi menos favorita. De menor molestia a mayor: violinistas chungos -> guitarristas chungos -> peruanos y otros flautistas del maligno -> gente que pide normal -> gente que pide con gritos angustiosos -> gente que pide con gritos angustiosos mientras sacude frente a ti sus deformidades físicas (verídico).
Este señor era un guitarrista chungo italiano, así que ni tan mal. De todas formas, yo estaba tan contenta y absorta escuchando Vetusta que cuando ha empezado a rasguear su guitarra y he tenido que parar mi música he resoplado. La gente me ha mirado en plan "mira la gruñona esta, dónde se cree que va con su abrigo rosa"; o quizá no me ha mirado, porque la gente en Madrid en realidad pasa de ti y yo últimamente estoy un poquito autorreferencial.
He escuchado al tipo de la guitarra perpetrar un par de canciones desconocidas. Las tocaba muy rápido, casi como queriendo molestarnos el tiempo mínimo como para que no quedara feo pedirnos dinero. Una cosa hay que decir a favor de los pedigüeños del metro: saben que son un coñazo y se van prontito.
Entonces el señor ha empezado a cantar lo siguiente:
"Io sonno innamorato di Marina/ una ragazza mora ma carina..."
Oh, My God. Es la versión italiana de "Marina, Marina, Marina / contigo me quiero casar": esa canción que todas las Marinas del mundo hemos tenido que escuchar en algún momento. La versión italiana me gusta mucho por pura egomanía. Mi fantasía más bizarra y kitsch de amor romántico incluye al Maromo Definitivo pidiéndome que me case con él cantándome a voces esta canción en italiano, o incluso en castellano, bajo mi balcón. En serio.
Total, que he sonreído, y después me ha dado mucha vergüenza porque la sensación era muy rara. Vale que el señor no sabía que yo me llamo Marina, y vale que cantaba mirando al vacío como si se estuviera volviendo un poco loco de tocar en el metro, pero ahí estaba el tipo: diciendo alto y claro que se quería casar conmigo. En serio: daba vergüenza en algún plano absurdo de mi ser. Era inevitable.
Aun así, me ha gustado. Ha sido gracioso. Un quiebro de caderas del destino, sacándome de una patada de la ensoñación posmoderna que se apodera de uno en cuanto entra en el metro. Ha molado, por no hablar de que es lo más romántico que alguien ha hecho por mí desde... bueno, no; de hecho, desde ayer por la mañana, que alguien tuvo conmigo un detalle la mar de bonito.
En fin.
Que le he dado dos euros.
Así es el ego.
Entonces entra un tipo con una guitarra. De todas las #cosasdemadriz, la peña que entra en el metro a perturbarte el viaje es mi menos favorita. De menor molestia a mayor: violinistas chungos -> guitarristas chungos -> peruanos y otros flautistas del maligno -> gente que pide normal -> gente que pide con gritos angustiosos -> gente que pide con gritos angustiosos mientras sacude frente a ti sus deformidades físicas (verídico).
Este señor era un guitarrista chungo italiano, así que ni tan mal. De todas formas, yo estaba tan contenta y absorta escuchando Vetusta que cuando ha empezado a rasguear su guitarra y he tenido que parar mi música he resoplado. La gente me ha mirado en plan "mira la gruñona esta, dónde se cree que va con su abrigo rosa"; o quizá no me ha mirado, porque la gente en Madrid en realidad pasa de ti y yo últimamente estoy un poquito autorreferencial.
He escuchado al tipo de la guitarra perpetrar un par de canciones desconocidas. Las tocaba muy rápido, casi como queriendo molestarnos el tiempo mínimo como para que no quedara feo pedirnos dinero. Una cosa hay que decir a favor de los pedigüeños del metro: saben que son un coñazo y se van prontito.
Entonces el señor ha empezado a cantar lo siguiente:
"Io sonno innamorato di Marina/ una ragazza mora ma carina..."
Oh, My God. Es la versión italiana de "Marina, Marina, Marina / contigo me quiero casar": esa canción que todas las Marinas del mundo hemos tenido que escuchar en algún momento. La versión italiana me gusta mucho por pura egomanía. Mi fantasía más bizarra y kitsch de amor romántico incluye al Maromo Definitivo pidiéndome que me case con él cantándome a voces esta canción en italiano, o incluso en castellano, bajo mi balcón. En serio.
Total, que he sonreído, y después me ha dado mucha vergüenza porque la sensación era muy rara. Vale que el señor no sabía que yo me llamo Marina, y vale que cantaba mirando al vacío como si se estuviera volviendo un poco loco de tocar en el metro, pero ahí estaba el tipo: diciendo alto y claro que se quería casar conmigo. En serio: daba vergüenza en algún plano absurdo de mi ser. Era inevitable.
Aun así, me ha gustado. Ha sido gracioso. Un quiebro de caderas del destino, sacándome de una patada de la ensoñación posmoderna que se apodera de uno en cuanto entra en el metro. Ha molado, por no hablar de que es lo más romántico que alguien ha hecho por mí desde... bueno, no; de hecho, desde ayer por la mañana, que alguien tuvo conmigo un detalle la mar de bonito.
En fin.
Que le he dado dos euros.
Así es el ego.
lunes, 4 de marzo de 2013
Yo, universitaria
Aunque me gusta muchísimo más trabajar que estudiar, y muchísimo más mi vida de ahora que la universitaria, a veces me gustaría volver a Granada y a la facultad por un periodo de tiempo indeterminado.
He aquí lo que haría:
- Ir a dos clases al día (como mucho). Pasar el resto del tiempo en la cafetería comiendo tostadas con tomate y roquefort, o suizos con mantequilla, o bebiendo té de canela.
- Maldecir porque en el baño hay, sin exagerar, diez grados menos que en el resto de la facultad.
- Tomar café en las escaleras con la PK (si volviera a la facultad, tendría que estar la PK; si no, no lo quiero).
- Subir al mirador con J. Apoyar la cabeza en su hombro, observar los tejados de la ciudad, resoplar cuando se bajara a corretear por el monte y a buscar ruinas.
- Quedar para ver una peli y fumar una cachimba con mi amigo A., el que ya no me habla (porque en mi imaginación me hablaría, obvio).
- Subir a la casa de Porras. Terminar el dibujo que empecé una tarde y al que le faltan las hiedras y los farolillos de forja que cuelgan de la pared. Colarme en una clase de un taller de escritura y criticar mentalmente cómo escriben (casi) todos los demás, con adorable narcisismo literario.
- Caminar hasta el Sacromonte. Tomar una cerveza en el bar de Pepe, también conocido como "un gitano con una nevera", y ver atardecer.
- Ir en bici de noche por las calles vacías.
- Tomar patas de pulpo fritas con mayonesa en la Plaza de Gracia.
- Coger el veinte minutos. Leer sólo el horóscopo. Soltar el veinte minutos.
- Tomar apuntes a velocidad de vértigo. Copiar dibujitos de neuronas en los de psicobiología.
- Ir a la biblioteca, fingir que estudio y leer novelas. Caminar por el pasillo de autores anglosajones. Observar cómo entra la luz por los ventanales.
- Tener sexo inapropiado con alguien, o sexo con alguien inapropiado, y no cambiar las sábanas porque passso.
- Alimentarme sólo de chocapic, o de arroz con atún y salsa de soja, o de croquetas de bechamel sin nada.
- Comprar tés raros.
- Ir al Bohemia, ir a otro Bohemia porque ése está lleno, ir al tercer Bohemia que acabas de saber que han abierto en nosedónde y pedir un cóctel carísimo sólo porque te gusta cómo suena el nombre.
- Ir al DeCuadros, o al Pan Pan, o al Reventaero, y no dejarme amedrentar porque no hay sitio. Conquistar un trozo de barra con el codo y aguantar el tirón hasta ascender en la escala de los bares: máquina de tabaco -> barril de cerveza -> barra -> mesa.
- Ir al Hollywood. Alquilar muchas pelis porque son baratísimas. Que se me olvide verlas, devolverlas tarde y pagar la multa.
- Ir al cine del Neptuno escondiendo bajo el abrigo castañas secretas. Tomar un café en el bar de fuera, que es un tranvía convertido en cafetería.
- Subir a la calle donde vivía J., hacerle una foto a su balcón y mandársela por WhatsApp con un mensaje así medio sucio.
- Comprobar si el flautista sigue tocando en la esquina de Gran Capitán.
- Comprarle pasiflora al herborista que habla como José Manuel Parada, sólo para escucharle decir "passiflooora".
- Ir al Amador sólo para cantar "Qué puedo hacer".
- Ir al antiguo Lobos, comer pipas, beber mistelas, pedirle Los años 80 al camarero calvo y que me ignore.
- Pasear por Puerta Real un domingo por la mañana, mirar a los filatélicos y numismáticos, señalarles con el dedo y reírme de ellos.
- Comer helado de yogur y muchos litros de leche merengada.
- Invitar a MQEN a casa a tomar el té. Meditar en mi habitación y hablar después de Buda.
- Colgar muchas cosas en las paredes y dejarlas después todas desconchadas y manchadas de blu-tack.
- Escalar (¿por qué no?).
- Recortar con tijeras el bajo de los pantalones.
- Desayunar al sol con J. en el Lisboa. Leer el suplemento dominical, criticar a los columnistas y obligarle a decir que yo escribo más y mejor que todos ellos.
- Hacer footing en el Parque García Lorca y sentirme instantáneamente más delgada y mona.
- Aburriiiirme mortalmente en alguna clase y salir a la mitad fingiendo que me llaman al móvil y que es muy, muy importante.
- Hacerles handling a las ratas del laboratorio. Montar y desmontar las maquetas del cerebro.
- Ir a secretaría a pedir algo. Cualquier cosa. Robar caramelos de fresa de las mesas de los oficinistas y reírme de la mala follá granaína.
- Coger de la biblioteca de la facultad los libros con punto amarillo, que sólo podías quedarte un día. Olvidarme de devolverlos y que me multen meses y meses.
- Estudiar con la PK. Improvisar cómics absurdos en los márgenes de los apuntes, reírnos mucho y tener que salir a la puerta para no molestar. Criticar el peinado de la gente sentada frente a nosotras. Criticar el vello axilar de las estudiantes de filosofía.
- Subir a hacer un examen con el bolso y un boli, mirando con aire de superioridad a la gente que repasa los apuntes en el último momento.
- Escribir posts en los ordenadores de la biblioteca.
- Ir a comprar cualquier cosa al mercadona porque en mi casa hace un montón de frío.
- Ir de fiesta a casa de la PK y subir desde el centro con una litrona en la mano y mucho frío. Fumar ibuprofeno, quemar lámparas y disfrazarnos. Beber mojito con tequila y al día siguiente tener mucha, mucha resaca, y tomar churros y luego ir al parque a beber cerveza.
- Subir al mirador de San Nicolás y reconocer que sí, que es típico, y tópico, y que está lleno de gente, pero que quizá tenga una de las vistas más hermosas del mundo.
Y paro ya, porque creo que podría seguir con esto toda la noche.
He aquí lo que haría:
- Ir a dos clases al día (como mucho). Pasar el resto del tiempo en la cafetería comiendo tostadas con tomate y roquefort, o suizos con mantequilla, o bebiendo té de canela.
- Maldecir porque en el baño hay, sin exagerar, diez grados menos que en el resto de la facultad.
- Tomar café en las escaleras con la PK (si volviera a la facultad, tendría que estar la PK; si no, no lo quiero).
- Subir al mirador con J. Apoyar la cabeza en su hombro, observar los tejados de la ciudad, resoplar cuando se bajara a corretear por el monte y a buscar ruinas.
- Quedar para ver una peli y fumar una cachimba con mi amigo A., el que ya no me habla (porque en mi imaginación me hablaría, obvio).
- Subir a la casa de Porras. Terminar el dibujo que empecé una tarde y al que le faltan las hiedras y los farolillos de forja que cuelgan de la pared. Colarme en una clase de un taller de escritura y criticar mentalmente cómo escriben (casi) todos los demás, con adorable narcisismo literario.
- Caminar hasta el Sacromonte. Tomar una cerveza en el bar de Pepe, también conocido como "un gitano con una nevera", y ver atardecer.
- Ir en bici de noche por las calles vacías.
- Tomar patas de pulpo fritas con mayonesa en la Plaza de Gracia.
- Coger el veinte minutos. Leer sólo el horóscopo. Soltar el veinte minutos.
- Tomar apuntes a velocidad de vértigo. Copiar dibujitos de neuronas en los de psicobiología.
- Ir a la biblioteca, fingir que estudio y leer novelas. Caminar por el pasillo de autores anglosajones. Observar cómo entra la luz por los ventanales.
- Tener sexo inapropiado con alguien, o sexo con alguien inapropiado, y no cambiar las sábanas porque passso.
- Alimentarme sólo de chocapic, o de arroz con atún y salsa de soja, o de croquetas de bechamel sin nada.
- Comprar tés raros.
- Ir al Bohemia, ir a otro Bohemia porque ése está lleno, ir al tercer Bohemia que acabas de saber que han abierto en nosedónde y pedir un cóctel carísimo sólo porque te gusta cómo suena el nombre.
- Ir al DeCuadros, o al Pan Pan, o al Reventaero, y no dejarme amedrentar porque no hay sitio. Conquistar un trozo de barra con el codo y aguantar el tirón hasta ascender en la escala de los bares: máquina de tabaco -> barril de cerveza -> barra -> mesa.
- Ir al Hollywood. Alquilar muchas pelis porque son baratísimas. Que se me olvide verlas, devolverlas tarde y pagar la multa.
- Ir al cine del Neptuno escondiendo bajo el abrigo castañas secretas. Tomar un café en el bar de fuera, que es un tranvía convertido en cafetería.
- Subir a la calle donde vivía J., hacerle una foto a su balcón y mandársela por WhatsApp con un mensaje así medio sucio.
- Comprobar si el flautista sigue tocando en la esquina de Gran Capitán.
- Comprarle pasiflora al herborista que habla como José Manuel Parada, sólo para escucharle decir "passiflooora".
- Ir al Amador sólo para cantar "Qué puedo hacer".
- Ir al antiguo Lobos, comer pipas, beber mistelas, pedirle Los años 80 al camarero calvo y que me ignore.
- Pasear por Puerta Real un domingo por la mañana, mirar a los filatélicos y numismáticos, señalarles con el dedo y reírme de ellos.
- Comer helado de yogur y muchos litros de leche merengada.
- Invitar a MQEN a casa a tomar el té. Meditar en mi habitación y hablar después de Buda.
- Colgar muchas cosas en las paredes y dejarlas después todas desconchadas y manchadas de blu-tack.
- Escalar (¿por qué no?).
- Recortar con tijeras el bajo de los pantalones.
- Desayunar al sol con J. en el Lisboa. Leer el suplemento dominical, criticar a los columnistas y obligarle a decir que yo escribo más y mejor que todos ellos.
- Hacer footing en el Parque García Lorca y sentirme instantáneamente más delgada y mona.
- Aburriiiirme mortalmente en alguna clase y salir a la mitad fingiendo que me llaman al móvil y que es muy, muy importante.
- Hacerles handling a las ratas del laboratorio. Montar y desmontar las maquetas del cerebro.
- Ir a secretaría a pedir algo. Cualquier cosa. Robar caramelos de fresa de las mesas de los oficinistas y reírme de la mala follá granaína.
- Coger de la biblioteca de la facultad los libros con punto amarillo, que sólo podías quedarte un día. Olvidarme de devolverlos y que me multen meses y meses.
- Estudiar con la PK. Improvisar cómics absurdos en los márgenes de los apuntes, reírnos mucho y tener que salir a la puerta para no molestar. Criticar el peinado de la gente sentada frente a nosotras. Criticar el vello axilar de las estudiantes de filosofía.
- Subir a hacer un examen con el bolso y un boli, mirando con aire de superioridad a la gente que repasa los apuntes en el último momento.
- Escribir posts en los ordenadores de la biblioteca.
- Ir a comprar cualquier cosa al mercadona porque en mi casa hace un montón de frío.
- Ir de fiesta a casa de la PK y subir desde el centro con una litrona en la mano y mucho frío. Fumar ibuprofeno, quemar lámparas y disfrazarnos. Beber mojito con tequila y al día siguiente tener mucha, mucha resaca, y tomar churros y luego ir al parque a beber cerveza.
- Subir al mirador de San Nicolás y reconocer que sí, que es típico, y tópico, y que está lleno de gente, pero que quizá tenga una de las vistas más hermosas del mundo.
Y paro ya, porque creo que podría seguir con esto toda la noche.
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