massobreloslunes: Euricienta strikes again (Todavía una historia real)

viernes, 4 de abril de 2008

Euricienta strikes again (Todavía una historia real)

Esta historia empieza aquí.

Una mañana, Euricienta se levantó más desmoralizada de lo habitual. “No tenía que haber venido nunca a Psicolia”, se decía. “Debí irme directamente a Precaria a buscarme la vida. Seguro que hasta las minas de sal son mejores que esto: no hay que pensar tanto y te pones morena”. Estaba sumida en sus lúgubres pensamientos cuando se dio cuenta de que la habitual montaña de papeles de su escritorio había desaparecido. En su lugar, había una notita.

Soy el Duendecillo del ECTS y he hecho todas tus tareas. Para llamarme, di tres veces “Un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo”.

Euricienta pensó de inmediato que se estaban quedando con ella. Repetiría las absurdas palabras y algún bufón malvado estaría escuchándola detrás de la ventana para imitarla luego en las funciones teatrales de Tutubo. Decidió que hablaría con los monjes de la Abadía de la Copistera para que le hicieran una nueva copia de los apuntes y así poder entregarle sus tributos a Ágora. Estaba a punto de salir de casa cuando reparó en un objeto tirado a sus pies: un sombrerito hongo del tamaño de un dedal. La niña que había en ella y que escuchaba de pequeña los cuentos de los juglares sentada al pie del viejo sauce se preguntó si no habría algo de verdad en la notita de la mesa. Cerró los postigos de las ventanas y, muy bajito, susurró:

- Un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo, un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo, un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo.

Sonó un pequeño “pluf”, como un petardo de feria, y apareció un hombrecillo regordete, pequeño como un ratón.

- Hola, Euricienta – dijo -. Soy un Duendecillo Estándar que contemplaba tu sufrimiento európico desde la ventana. Le pedí al Rey De Los Duendes Que Todo Lo Puede que me invistiera Duendecillo ECTS para poder echarte una mano. ¡Y aquí estoy!

A partir de entonces, los antaño dolorosos y difíciles días de Euricienta volvieron a tornarse luminosos y tranquilos. El Duendecillo hacía sus tareas por las noches y, por la mañana, ella se las entregaba a Ágora y se iba a vagabundear por las bibliotecas y a tomar cervezas. Meditó y meditó hasta estar cerca de la superconsciencia, e incluso pudo viajar un par de veces a Ingenia a conocer mozuelos. Sin embargo, cuando estaba al borde de la iluminación y el compromiso, se dio cuenta de que algo no iba bien. Las tabernas donde se sentaba a leer estaban siempre vacías. Sus amigos no querían quedar con ella para tomar algo. Las bibliotecas estaban llenas, sí, pero de tristes y ojerosos habitantes de Psicolia que trabajaban para pagar sus tributos. Así que Euricienta fue a casa y repitió en voz baja:

- Un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo, un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo, un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo.

Y cuando oyó el “pluf”, empezó a hablar atropelladamente:

- Duendecillo, tienes que ayudarme. Tienes que hacer las tareas de mis amigos, o convencer a otros Duendecillos para que se conviertan en Duendecillos del ECTS, o…

Pero cuál no sería su sorpresa al ver, cuando se deshizo la nube de humo, a un Duendecillo ECTS cansado, enflaquecido, con los ojos rojos de sueño. Parecía un prisionero condenado a muerte.

- ¿Quién te ha hecho eso, Duendecillo ECTS? – preguntó Euricienta, - ¿quién?

Antes de poder articular palabra, el Duendecillo ECTS se desmayó. Euricienta comprendió entonces que no podía pedirle al Duendecillo que siguiera haciendo sus tareas ECTS, ni mucho menos que convenciera a sus amigos para aceptar aquel destino suicida. Era necesaria una solución más radical. Sin pensarlo dos veces, Euricienta se colocó su cota de malla, agarró su flamante espada y salió a la Plaza Mayor. Allí se subió a un banco (Euricienta no era muy alta) y puso las manos en forma de bocina.

- ¡Ciudadanos de Psicolia! – gritó, sin preocuparse por decir también “ciudadanas”. Eran momentos demasiado decisivos para preocuparse por la corrección política - ¡¡Salid aquí, ahora!! ¡¡Salid, os digo!!

Poco a poco, los hombres y mujeres de Psicolia salieron de sus casas, entrecerrando los ojos por la fuerte luz del sol, y se congregaron alrededor de Euricienta.

- ¡Ciudadanos! – exclamó la joven -. ¡Mirad en qué os habéis convertido! ¡Parecéis topos emergiendo de sus madrigueras, esqueletos saliendo de vuestras eurotumbas! ¡La alegría que flotaba por Psicolia se ha esfumado y sólo ha dejado hastío, cansancio y frustración!

Se oyeron algunos débiles asentimientos.

- ¡Bolonio nos tiene esclavizados! ¿Y todo para qué? ¿Habéis estado en Europía? ¿Habéis visto sus cielos grises y el alto precio de sus cervezas? ¿Realmente, ciudadanos de Psicolia, queréis convertiros en Európicos?

La pequeña multitud empezaba a animarse. “¡No!”, exclamaban.”¡Abajo Europía! ¡Arriba Psicolia y la cerveza barata!”.

Y al grito de “Menos Europía y más cerveza fría”, todos los Psicolios se armaron hasta los dientes y echaron a correr hacia el castillo de Decanus. Degollaron sin piedad a los dos soldados que montaban guardia en la puerta (Euricienta no, obviamente, porque era contraria a matar a la gente y utilizaba su espada con funciones meramente intimidatorias) y entraron en la gran sala de audiencias, donde Decanus y Bolonio bebían vino y elaboraban la larga lista de tareas de la semana siguiente. Euricienta, a la cabeza de la muchedumbre, se acercó a ellos y colocó la espada en la garganta del flaco y cruel Bolonio.

- ¡Aquí se acaba tu conquista, malvado ser! – exclamó -. ¡Márchate de esta ciudad y déjanos tranquilos, o separaré tu cabeza de tu cuello y la colgaré de un asta en la Plaza Mayor!

Todos los Psicolios, sedientos de sangre (y cerveza), gritaban “¡menos cháchara, Euricienta! ¡Acaba con él ahora!”. No sabían que Euricienta sólo fingía puesto que, como hemos dicho antes, no sería capaz de matar a una mosca. Bolonio, lejos de alterarse, gritó, con una voz profunda que parecía salir de un lugar ajeno a su delgado cuerpo:

- ¡A mí mis caballeros! – y, en aquel momento, entraron en la sala los veinticinco Caballeros Negros del Crédito Europeo.

La pobre Euricienta miró a su alrededor, desolada. Aquello iba a ser una escabechina y la culpa la tendría ella y sólo ella. Intuyó que se iba a reencarnar en ser unicelular y se puso a pensar a toda velocidad para ver cómo podía remediar aquel desastre…

(Continuará)

(Es que me está quedando más largo de lo que creía).

6 comentarios:

  1. Jajajaja, pero está mereciendo la pena ...

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  2. Buenooºoºooºo...
    Las cosas se tuercen, lo dejas todo en suspense que tendrá que resolverse en futuras entregas.
    Me quedo inquieto, a la espera de saber que ocurre...!
    Salud/OS!

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  3. perdón, Boloniooooo

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  4. noooooo!!
    no hagas esoooo, no nos sigas dejando con esta malvada intrigaaaa!!!muerteee a boloniooooo.

    -Paloma-

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