massobreloslunes: La diversión

domingo, 2 de octubre de 2011

La diversión

Pues bueno, estamos aquí, es domingo y otra vez me voy a acostar más tarde de lo que debería. El que hasta ayer era mi codo bueno se ha convertido en mi codo malo. Llevo la marca de la camiseta tatuada en la espalda porque a alguien se le ha ocurrido que era buena idea escalar al sol, como si en Andalucía pudiera no hacer calor al sol en casi cualquier época del año. Estoy muy, muy cansada, creo que las microfisuras constantes en mis rodillas me dejarán inválida antes de los treinta y veo inviable mantener una manicura decente durante más de un día.

Voy a escribir dos post seguidos sin que sirva de precedente porque quería ampliar la idea del anterior. Sé que esto debería ir en mi blog de escalada, pero qué queréis que os diga; me da igual. Creo que las pasiones son universales y os quiero explicar lo que esto está significando para mí. Hablar de las cosas felices no se me da bien y no sé si me gusta. Parto de la idea de que yo soy envidiosa de la muerte, y cuando le leo a la gente demasiada felicidad me da como coraje. Pecados capitales: los tengo todos. Pero igual que os cuento cuando estoy queriéndome morir del asco, os tengo que contar esto.

Al final hacía un levante del Averno con alerta naranja en el estrecho, así que el sábado decidimos pasar de Bolonia y enfilar otra vez hacia Grazalema. Que últimamente veo más al tío del bar de los desayunos del pueblo que a mi familia. Pero fue una gran decisión, porque allí había más gente que en la guerra pero era toda gente guay, y fuimos un grupo estupendo, y nos reencontramos con amigos, y conocimos a más gente, y escalé mucho muchísimo y bien, y cantamos con la guitarra en la furgo, y compuse odas al escalar con la melodía de la bamba, e hicimos una cata de vinos peleones del Mercadona, y de verdad que no se puede uno reír tanto de cosas tan absurdas, y Andalucía es tan, TAN bonita, y el mollete es un invento tan genial, y escalar mola taaaaanto...

Yo sé que la felicidad no es una cosa fácil de alcanzar, ni siquiera esos momentos puntuales felices que buscamos todos y que se empeñan en publicitar los anuncios de productos para el desayuno. Yo sé de verdad que la felicidad es una cosa frágil y que cuesta llegar a ella, que hay que currársela un montón. Hoy, mientras paseaba un rato a solas entre los pedruscos de Benaocaz y cantaba Vetusta Morla, y miraba a mi gente escalando y sentía esa felicidad como una droga poderosa y adictiva en mi sistema nervioso, pensaba "joder, cómo me estoy divirtiendo". Ésa era la palabra.

Hace tres años, cuando vivía con las alemanas en Granada y mi vida era un caos, recuerdo estar en mi salón una tarde de sábado mirando por la ventana. Debía de ser invierno, porque la luz del sol estaba teñida de la fragilidad de saber que anochecería temprano, y yo probablemente no tenía más plan que el de maldecir mi incapacidad emocional y aprender alemán por mera exposición. Entonces pensé que hacía mucho que no me divertía. Me acordé de los scouts y de lo bien que me lo pasé allí durante todos los años que estuve apuntada. Pensé que echaba en falta eso: divertirme, divertirme mucho como si no hubiera un mañana, pasármelo muy muy bien durante mucho rato seguido, sin dramas, sin pensar en lo fatídico de la vida y en la desdicha inherente al alma humana.

Y hoy me he dado cuenta de que eso es lo que tengo ahora. Me estoy divirtiendo tanto, gente. Y es una diversión tan sumamente sana que abrazo su fragilidad porque sé que es algo precioso y que por su naturaleza también es efímero. Lo disfruto sabiendo lo que cuesta alcanzarlo y lo delicado que es su equilibrio. Busco alimentar lo que propicia que continúe y procuro ser agradecida.

La vida, gente. Qué cosa más curiosa y más guay. Hasta los lunes molan cuando existen estos domingos.

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