massobreloslunes: Turismo

sábado, 22 de octubre de 2011

Turismo


Hoy te voy a enseñar Cádiz.

Empecemos desde mi balcón. Es temprano y tendrás sueño, pero merece la pena madrugar, porque aunque no sé si los amaneceres de Cádiz son los más bonitos del mundo, seguro que entran en el top ten.

Primero sal a mi terraza. Está empezando a clarear, y se ven los tejados blancos bajo el cielo azul pálido. Cádiz es blanco y azul: blanco el cielo, azules los edificios del centro. Blanca la luz, azul el mar. Mar es una palabra que vas a leer mucho hoy, así que ve acostumbrándote.

Respira, respira. Ya puedes oler la sal en el aire. Mi calle es peatonal, estrecha y un poco sucia. Esta ciudad es un poco sucia, en general; en parte porque por aquí somos así de descuidados, en parte por el viento inutilizando las papeleras. Podrás ver a algún trasnochador con la camisa abierta y los pelos tiesos, o a algún madrugador que se va a pescar o a mariscar. Empieza a conocer a la gente de Cádiz, que es alegre y desastrosa y tranquila y un poco pintas.

Venga, va, vístete. Vamos a la calle, que con un poco de suerte vemos salir el sol por detrás de la catedral. Caminemos dos minutos justos hasta el malecón: un lujo sin mérito, porque desde casi cualquier punto de Cádiz te basta andar diez minutos en línea recta para ver el mar. Ahora estamos en el Campo del Sur: no te confundas, no lo llames Paseo Marítimo, que se darán cuenta de que no eres de aquí. Es tempranito y es sábado, así que quizá haya alguna bicicleta suelta o un paseante madrugador, pero casi seguro que podrás conocer el silencio suave de las olas batiendo contra las rocas.

Paseemos un poco. Mira qué cielo lindo he puesto para ti esta mañana. Nubecitas de algodón como emborronadas con el dedo, y que a medida que amanece se van tiñendo de rosa, naranja, azul y malva. Hemos tenido suerte, porque aquí casi nunca hay nubes y la luz, esa luz antidepresiva, brillante y blanca como en los cuadros de Sorolla, te hiere las retinas y hace relucir los tejados que te enseñaba hace un rato. Ya sé que no puedes creerte lo bonito que es el paisaje que forma la curva de la ciudad bajo el cielo de colores, y esa catedral salvaje erguida entre las palmeras. Pues éste sólo es un mar, el mar de amanecer de sábado con nubes desde el Campo del Sur. Cádiz tiene miles.

Venga, cambiemos de dirección. Vamos a la Caleta. Quizá ya haya gente mariscando en las rocas si está la marea baja. Como es otoño y parece que por fin ha entrado el frío, no vas a poder ver la Caleta extrema, ese lugar que amenaza y conmueve en los meses de verano, con su pavorosa sobreocupación, sus viejas morenas jugando al bingo, sus niños calentando con pis el agua casi estancada de la playa. Ahora habrá paseantes tranquilos como nosotros, que hacen despacio el camino hacia el castillo mientras escuchan cómo les zumba en los oídos el viento de poniente. En este lugar puedes conquistar el silencio. Soy una yonqui de él, ya lo sabes, así que cuando descubrí que podía encontrarlo a diez minutos de mi casa me hice fan de este camino. Me venía en las mañanas soleadas de invierno y me apoyaba a leer en el muro de ladrillos, con los pies descalzos hundidos en la arena. Luego me metía en la orilla y me mojaba las manos y la cara: lujos de sur en enero.

Sigamos bordeando la Caleta y pasemos sin pararnos junto al Parque Genovés. Otro día tocará subir por detrás de la cascada a mirar la bahía. Pero no tenemos todo el tiempo del mundo y hay que elegir, así que vamos caminando hacia el Baluarte de la Candelaria. A medida que nos acerquemos al puerto te iré señalando los sitios: aquello es Rota, ahí está El Puerto de Santa María, ahí Puerto Real. Estás desorientado, seguro, porque Cádiz es un sitio raro, nada más que agua y más agua por todas partes, y cuando no es malecón es playa, o bahía, o marismas. No pasa nada: maréate a gusto en mi ciudad-barco. Déjate llevar. No hace falta que te orientes: estás aquí y no te vas a ir a ningún sitio.

¿Suficiente mar? Todavía queda, pero vamos a meternos un poco hacia la tierra. Aunque no vas a dejar de sentir el mar: sencillamente, no hay espacio bastante como para que dejes de olerlo e incluso de ver en el aire la luz que refleja. Pero vamos a contemplar cómo se despierta Cádiz. Las calles empiezan a llenarse de señoras que van al mercado o, mejor dicho, a la plaza. Las ves caminar esforzadas y morenas con los carritos de la compra vacíos. Luego volverán y les asomarán las hojas verdes de las zanahorias y las cebolletas por debajo de la tapa.

Las calles se atascan porque la gente se para a charlar. Se encuentran debajo de los balcones o en la puerta de las tiendas, se dicen lo mayores y guapísimos que están los mutuos niños y se cuentan cómo anda el resto de la familia. Sortea esos grupos de gaditanos socializantes y vamos a la plaza. Quizá quieras tomar un café primero: dicen que el de la Marina, en la Plaza de las Flores, es el mejor de Cádiz, así que vamos para allá, aunque sólo sea porque se llama como yo, por mirar el color de los puestos y por llevarnos media docena de claveles para ponerlos en mi salón.

¿Qué tal el café? ¿Estaba rico? Quizá te haya dado por tomar un mollete con aceite, tomate y sal. Como en Andalucía no se desayuna en ninguna parte, lo digo siempre. En la puerta de la plaza verás puestos piratas de erizos, camarones, caracoles, especias, ñoras, frutos secos. Hay quioscos de pájaros, cuchillerías, panaderías y hasta una churrería que ya a esta hora tiene una larga cola de hombres muertos de sueño, porque casi siempre son hombres los que compran churros, fíjate la próxima vez que vengas. También hay algo que a mí me parte el corazón y que no sé si se está viendo en otras ciudades: gente que vende sus cosas, las suyas, y cuando ves las mantas extendidas en el suelo y cubiertas de adornos baratos, libros viejos, cargadores de móviles y cintas VHS piensas que la vida de verdad se está poniendo muy dura. Pero no te entristezcas, hoy no; ven conmigo a la plaza y vamos a comprar pescado.

El mercado es amplio y luminoso. La fruta y la carne están en los pasillos de fuera y el pescado en el central. No te puedes creer la buena cara que tiene todo, ¿verdad? El colorido del marisco ya cocido, cómo reluce la carne blanca del cazón, las percas rosadas, el atún brillante y rojo. El bullicio, los diálogos fluidos que hablan de precios, pesos y tipos de corte. Compremos chocos, que son baratos, y un par de rodajas de salmón, que es caro pero está riquísimo, y langostinos para darnos un homenaje. Luego vamos a mi casa a meterlo todo en el frigo y a recuperar fuerzas antes de seguir.

Cojamos el coche. Tienes que verlo todo. Salir de Cádiz por la Avenida es la muerte, lo sé, pero disfruta de esta geografía curiosa, de la sensación de abandonar un barco y volver a tierra firme. Podemos salir hacia San Fernando o hacia Puerto Real y tendrás cuatro mares más para nuestra colección. Por San Fernando, el Atlántico libre a un lado y la bahía al otro; por el puente de Carranza, otros dos trozos de bahía partidos por la mitad y las gaviotas volando contigo al ras del techo de tu coche. Alucinarás todo el rato, no sabrás hacia dónde mirar, conducirás girando la cabeza como en un partido de tenis entre dos aguas. Quizá pienses, como pienso yo a veces, que te vas a volver loco de puro bonito que es todo, pero ya sabes que yo soy un poco demasiado intensa.

Ahora tú eliges. Vamos a la sierra, si quieres, a ver pueblecitos blancos que parecen sacados de un belén, a pasear por los pinsapares y a probar alguna vía en las enormes paredes de caliza. O conduzcamos hacia la playa, en medio del paisaje insólito y terrible que dibujan los pinares y los molinos de viento. Espero que seas capaz de sentir la magia de esta tierra, aunque sople el viento de levante, que no es más que el guardián feroz de lo salvaje. Podemos mirar la duna de Bolonia desde las zona de boulder del Helechal, y después despellejarnos las yemas en bloques de arenisca y caernos riendo entre los crash pads. Y luego caminaremos hacia la playa ancha y solitaria de otoño, meteremos los pies en el agua y tomaremos cervezas en los chiringuitos vacíos. El atardecer en los campos, a la vuelta, es casi tan bonito como el amanecer en la playa, y nos espera una cena de pescado fresco, un balcón abierto y una cama deshecha que da a un patio tranquilo.

Compartiste conmigo parte de tu paraíso. Aquí tienes el mío.

8 comentarios:

  1. Hermosa carta para quien la reciba. Y la carta es casi como tú: un poco demasiado intensa.

    Anónimo76

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  2. Pero entonces no me aclaro... ¿es hermosa o es demasiado intensa? ¿O ambas cosas son compatibles?

    Besitos.

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  3. Conditio sine qua non.

    Anónimo76

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  4. Transportas, y eso es bueno cuando al lugar al que envías es tan agradable. Y hay que ser un poco intenso, voto por ello. No sé si ese exceso es condición necesaria para la hermosura pero sí lo es desde luego para aprovechar esta vida que es muy cortita como para diluirla en medias tintas...

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  5. Ay, que me da un síncope de nostalgia. Fíjate que volvía a Granada esta tarde en el coche, y en la radio han puesto unos tangos de Cádiz que cantaband lo de siempre, el vaporcito, la Viña, la Caleta,pues qué iban a cantar si no, y yo he sentido que si no voy pronto me da algo. Y ahora... Puede ir una contigo con los ojos cerrados.

    Muchas gracias, otra vez

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  6. Increible, me pierdo en cada frase. Muchas Gracias!

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  7. Anónimo76: ¿Pero es condición suficiente o sólo necesaria? Si es suficiente, me lo tomaré como un piropo y te lo agradeceré.

    Pab: Qué honor verte por aquí. Me encanta cómo escribes y me honra que me leas :D Yo también creo que la vida es demasiado corta como para vivirla con tibieza.

    Silvia: Me alegro de haberte hecho viajar. Y sí, hay que venir a Cádiz, que está precioso en esta época del año... aunque me temo que el vaporcito ha pasado a mejor vida :(

    Dolores: ¡De nada! Me alegra un montón que te guste el resultado.

    Gracias a todos por comentar. Shmuak, shmuak.

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  8. Una amiga, fan de tu otro blog, me recomendó este (parece que la Marina psicóloga para ella, y la Marina intensa para mí)...

    Ayer se me cayeron dos lagrimones con tu post sobre tus momentos de estudiante en Granada y mi amiga me dijo que buscase los de Cádiz...

    Creo que me voy a hacer adicto, jaja

    Y, creeme, enamorar a un mariquita tiene mucho mérito ;-)

    Un beso desde Cádiz. Vuelve cuando quieras, que te llevo a mi rincón favorito (¿has paseado alguna vez hasta "la punta" y te has quedado luego allí, cuando hace viento?Y los "dobladillos de caballa"...mmmm

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