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jueves, 20 de octubre de 2011

UCIP

Hay pocas cosas que odie más en la vida que sentarme aquí, escribir durante una hora, releer el post y concluir que es una puta mierda y que no voy a publicar eso, y después ser una samurai de la blogosfera, borrarlo todo y recomenzar. Hoy estoy en ese punto, así que al loro que venimos calentitos.

Quería hablar de mi trabajo en la UCI pediátrica, pero es que me resulta muy difícil escribir sobre las cosas realmente chungas de mi trabajo sin sentir que estoy digamos alardeando de ello, buscándole la estética al sufrimiento ajeno y fardando en plan: mirad qué huevos tengo mirando al dolor a la cara.

[Inciso: Voy a comerme un yogur de limón y a reflexionar sobre el siguiente párrafo. Me caigo de sueño y no me puedo creer que esté haciendo este ejercicio de autoexamen extremo en lugar de publicar cualquier chorrada e irme a sobar. Fin del inciso.]

Vale, bueno, pues vamos a poner una frase verdadera detrás de la otra. Hemingway style.

Mi trabajo en la UCI pediátrica consiste en dar apoyo psicológico a los padres de los niños que están ingresados. Voy allí una vez en semana, pero no todos los días tenemos trabajo; hay épocas afortunadamente tranquilas en las que las camas de la UCI están vacías. Cuando tenemos trabajo es a la vez horrible y precioso. Horrible porque vives putos dramas. Uno de los últimos casos que hemos tenido era un bebé de seis meses con una enfermedad neurodegenerativa mortal. Llevaba un mes agonizando en el hospital. Los padres le alimentaban y le daban de beber pensando en que lo único que conseguían era fortalecer su cuerpo y hacer que tardara más en morirse. Dime tú, como profesional, qué intervención haces en eso.

Pero la haces. Te pones el pijama, te amarras la coleta y te sientas en la silla a aguantar el tirón. No haces más que recibir un dolor que esos padres no saben bien dónde poner. Yo al principio pensaba que el trabajo de la UCI no era muy útil. ¿Qué les dices tú que pueda aliviar su dolor? ¿Realmente hay maneras mejores de afrontar una situación que es objetivamente una putada? Muchas veces los propios padres te lo dicen: "no sé muy bien qué podéis hacer por mí, porque esto es una mierda y nadie va a cambiar eso". Y entonces tú, tócate los pies, no sólo tienes que estar ahí tragando miseria humana, sino que encima sientes que te están haciendo un favor.

Sin embargo, ya os digo: te sientas y aguantas. Y si sabes lo que haces, o incluso aunque no lo sepas: si tienes buena voluntad y te consideras capacitado para llevar en tu espalda parte del dolor de esa gente, se va obrando la magia. Al principio sólo necesitan que les escuches. Necesitan que les oiga alguien que no sea su pareja, que está igual o peor, ni su familia, que vaa medias entre la preocupación, el hastío y los consejos bienintencionados, ni los médicos, que parece que con salvarles la vida a su hijo ya lo han hecho todo. Tu figura como persona ajena a la familia, como persona que no quiere a su bebé más de lo que querría a otro bebé cualquiera, se vuelve valiosa.

La experiencia es preciosa. Yo ya os he contado que entro en momentos de intensidad y presencia verdadera delante de los pacientes, aunque también entro en momentos de "Dios, qué coñazo, sal de mi consulta que me meo", que conste. En la UCI es todavía más fuerte. Miras las caras de los padres, que están pálidos y ojerosos, que no se peinan y se visten de cualquier manera. La realidad adquiere los contornos definidos y brillantes de una película. Escuchas, escuchas, escuchas. Si las pocas frases que dices están bien elegidas, notas el cambio. La magia imperceptible de sentirse comprendidos y compartidos. Se van más ligeros y entonces tú piensas: sí señor, joder, esto sirve, poco pero sirve, funciona, reduce en algo el nivel del putadómetro planetario. Y te levantas orgulloso, sintiendo que esta tarde te has ganado el pan.

Ver a padres hechos polvo y a niños agonizando es muy desagradable y, aun así, yo hoy me siento agradecida. Porque soy capaz de salir del hospital, que es el más feo de Andalucía, by the way, acercarme a la playa, mirar al mar y sentirme contenta. Por debajo de la tristeza gris que me han colgado mis pacientes sobre los hombros, yo todavía puedo ver la alegría. Soy consciente de que mi misión es quitarme ese manto y seguir viviendo, honrar mis circunstancias y la feliz casualidad de que en este momento la desgracia no me haya tocado a mí. Escalar con mis preciosos brazos y piernas.

El otro día pensaba en qué es vivir como si no hubiera un mañana. Como si cada día fuera el último. No se puede vivir así, porque si cada día fuera el último yo me lo pasaría comiendo chocolate y teniendo sexo con algún maromo guapo que se prestara. Hay que vivir consciente de la fragilidad, consciente del abismo y, aun así, alegre y fuerte. Hay que vivir persiguiendo un sentido, y de esa forma, aunque tus días sean monótonos y DDM pase de tu culo y tengas Acné del Averno y te acuestes sola en la cama más cómoda del mundo, te daría igual morirte al día siguiente, porque tienes un propósito.

Hoy he apretado muchísimo en el roco. Apretar es jerga de escalada, y significa ir a muerte, darlo todo. Bromeo con mis rocoamigos con que apretar se está convirtiendo en mi forma de vida y ya aprieto nadando, aprieto escribiendo y aprieto queriendo.Lo he escrito en la pizarra de mi cocina: aprieta, bicho. Ahí está el tema. Vives apretando, vives a muerte, vives dándolo todo aunque darlo todo no signifique más que percibir esta hermosa experiencia humana con todos tus sentidos e intentar aprender de ella.

Y aunque sólo sea por agotamiento, esta entrada se termina aquí. Apretad, bichos, que esto son cuatro días, dos de ellos llueve y los otros dos hay que aprovecharlos para escalar. Real y metafóricamente.

4 comentarios:

  1. 007: Marina con todo.

    Gran post, me quedo con el yogurt.

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  2. El último parrafo me hizo saltar las lagrimas. Gracias por el consejo y por recordarnoslo.
    Un beso.

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  3. Muchas gracias por este post! Te ha salido redondo! Sigue asi guapa!

    Lectora.

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