massobreloslunes: Intervención en crisis

domingo, 20 de noviembre de 2011

Intervención en crisis

El martes pasado vi a un paciente que no era mío porque su referente estaba ocupada y él había venido sin cita. "Conténlo hasta que le puedan ajustar la medicación", me dijo su psicóloga, lo que no deja de tener telita como instrucción profesional, pero para qué vamos a ahondar en ese tipo de heridas. La cuestión es que me metí en una consulta con un chaval al que no conocía en absoluto y que moqueaba y lloraba diciendo que no podía con su vida y que quería morirse.

Lo primero que te entra es un pánico mortal. Tu cerebro quiere buscar soluciones a los problemas que te trae el paciente. Quieres decirle que se anime y que la cosa no está tan mal. Si la cosa está verdaderamente mal, y a veces lo está, sientes cómo crece en tu interior el miedo a no servir de nada. Mi paciente, al que vamos a llamar David, estaba sentado enfrente de mí contándome que habían abusado de él cuando era pequeño. Y yo, que tenía el ordenador con el Facebook abierto y que no había podido tomarme mi meriendita de media mañana, me preguntaba hipoglucémica y desconcertada qué coño podía decirle a este chaval que le hiciera sentir mejor.

El primer paso, por absurdo que parezca, es traer clínex. Y agua. Aunque no les haga falta. Punto uno, porque llorar sin clínex es muy molesto; la vida ya es perra como para sobrellevarla moqueando. Punto dos, porque aunque no tengan sed es bonito sentir que te cuidan. Después te tienes que recomponer tú, como profesional: percibe tu miedo, identifícalo y átalo corto. Que no te pueda. Deja a un lado tu ego, remángate la camisa metafórica y húndete hasta los codos en la miseria ajena para ver si puedes ayudar en algo.

Después de eso puedes intentar entender. Olvidarte de que tú eres la profesional y se supone que debes ofrecer respuestas, despojarte de tus expectativas y escuchar de verdad al que tienes delante. David me suelta un montón de datos en muy poco tiempo. Me habla de lo mucho que piensa en el hombre que abusó de él, de que está agobiado por coger la baja y que le echen del trabajo, de sus problemas con la novia.

Intentas entender y después pones palabras. Es increíble y precioso cómo nombrar las cosas las hace reales y dignas de respeto. ¿Sabéis lo que vuelve loca a la gente? Que no se les vea, que se niegue la realidad de su sufrimiento. He visto a mujeres abusadas por sus padres que lo que realmente no pueden asimilar es que sus madres les dijeran que eso no tenía importancia. A David le digo algo como "veo que estás muy agobiado", y me asiente con los ojos empañados como si le estuviera revelando la realidad de su existencia.

Buscas los pequeños atisbos de luz, porque la hay. La parte que no está rota. David me habla de su hija y le pregunto cómo se llama. Le pido que me enseñe fotos, y saca de su cartera un par de ellas donde se ve a una niña de mofletes redondos, no especialmente guapa, pero sí muy tierna. Es preciosa, le digo, y le pido que me hable de ella; no por nada, sino porque recordar estas cosas bonitas está activando las conexiones positivas de su cerebro y actuando de calmante natural. Como yo cuando escribo sobre la PK para escapar de la penita.

Estableces pequeños compromisos. Algo que el paciente pueda hacer en los próximos días o las próximas horas, hasta la siguiente vez que vaya a venir o hasta que se le pueda dar otra ayuda. Las crisis te sumen en un tunel de presente intenso y desesperado. Muchas veces sólo hace falta dar al dolor una dimensión temporal, de cosa que acaba y da paso a otros momentos. Cambiar el encuadre, introducir la palabra mañana, o el lunes, o la proxima semana.

Y ofreces esperanza. Hablas de la gente que está dispuesta a ayudarle, empezando por ti, porque parte de tu trabajo es simplemente convertirte en ese pretexto para salir adelante, demostrar que tu paciente te interesa. De nuevo miras, y ese acto de mirar y ver con compasión al otro se vuelve curativo.

Todo esto que acabo de explicar en realidad no es más que un parchecito. Es como dar un ibuprofeno cuando detrás hay una enfermedad enorme que lleva gestándose años. Te queda mucho por trabajar con ese paciente, e incluso después de muchas sesiones no esperes que vas a dejarle en estado de revista, porque las personas no son coches. Pero a pesar de esto, del realismo pragmático que no puedes perder si trabajas en esto, te sientes contenta. Por ti, por haber sabido mantener la calma y cruzar a través de la oscuridad y de tu propio miedo. Y porque armada simplemente con palabras, has conseguido que una persona deje de llorar. Que sonría un poco. Que no se pula los clínex de propaganda farmacéutica que tienes en el escritorio. Y eso, a pesar de ser bastante de andar por casa, no deja de parecerme un pequeño milagro.

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