massobreloslunes: Preocupante optimismo de jueves

jueves, 17 de noviembre de 2011

Preocupante optimismo de jueves


Antes de empezar este post quiero que sepáis todos que he encontrado la solución a cuándo pintarme las uñitas para que el rato que tardan en secarse no se me haga eterno y no termine destrozándomelas por impaciente, a saber: antes de escribir. En efecto: escribiendo a ordenador las uñas no rozan con nada, y se secan la mar de bien mientras yo atrueno con mis chorradas vuestros oídos mentales. Así que aquí estoy, con mi rojo favorito (el rouge fashionista de Bourjois) contrastando contra las teclas blancas del Mac.

Hecho este inciso, quiero decir que esta semana me siento ridículamente optimista. En realidad yo qué sé, últimamente mi vida no es más que una sucesión de momentos bastante agradables, así que tengo motivos para el optimismo. Por otra parte, claro, está mi conciencia perenne de que la vida es frágil y la línea que nos separa del lado oscuro es fina. Cada vez creo más en lo del karma, porque si no la aleatoriedad de todo esto me volvería loca. Voy yo con mis medias violetas y mis guantes de polar rosa, conduciendo mi moto y apoyando los tacones en el suelo, y alcanzo a ver mientras conduzco cómo una chica joven y morena rebusca en el cubo de basura que hay al lado del Supersol. Y luego hacer cola en la caja registradora del Hipercor, y mirar fascinada a una señora mayor con mechas rosas y rojizas en el pelo cano que está comprando dos botellas de champán supercaro, sólo eso, dos botellas de champán, y que me hace desear envejecer sólo para poder teñirme así y comprar champán yo sola en el Hipercor. Contrastes.

Esta noche me he despertado rascándome la cara hasta hacerme sangre. Me pregunto si en algún momento me tendré que poner manoplas, y espero sinceramente que no, porque me parecería muy triste. Y fluctúo entre desesperarme por mis pequeñas miserias y alegrarme todo el día por esta vida de una luz terrible. Hoy íbamos en coche a Jerez, a un curso que ha sido aburrido como el Averno, dos compañeras y yo. Una de ellas es amiga, quedamos a veces y me cae muy bien. La otra también me cae muy bien, es muy maja, muy mona, muy alta, con su Ford Focus y su iPhone, un bolso marrón precioso de Bimba y Lola y un novio que vive en Sevilla y que también tiene un iPhone por el que hablan por videoconferencia. Y es super maja, de verdad, muy muy simpática, pero es una de estas personas que no tiene imaginación, y lo ves tan claro como si le faltara un brazo.

Cuando estaba con J. y él vivía en Pedregalejo, que es un barrio bueno de Málaga, íbamos a desayunar las mañanas de domingo a la Galerna, un bar modernito frente a la playa. Pedíamos unas tostadas riquísimas de pan de cereales cubierto de tomate batido, con un chorrito de aceite rollo elegante que salpicaba los platos cuadrados. Yo tomaba té verde en las tazas de loza blanca, J. pedía un café y nos dábamos besitos por encima de la mesa, porque si algo éramos nosotros es empalagosos.

Y esto viene, que me disperso, a que en el paseo marítimo de Pedregalejo hay un montón de familias recién constituidas de padres jóvenes con hijos pequeños. Algunos eran amigos de J., que es del barrio de toda la vida, y le saludaban mientras yo hacía carantoñas a sus bebés. Ellas siempre llevaban mechas y ellos siempre se estaban quedando calvos, y en cuanto les veías podías intuir que se conocieron en el instituto, salieron durante la facultad, se casaron y ahora tienen una hipoteca y 1'5 hijos rubios, que nunca entiendo por qué salen rubios si se ve claramente que lo de la madre son mechas.

Y a mí allí sentada, cogida con una manita de J. mientras comía pan con tomate con la otra, me daba por pensar que yo quería ser así: madre joven y mona con mechas y niños rubios, con un pisito en la Cala porque son más baratos, con mi hijo y medio paseando contento en su carrito. Por otra parte, sin embargo, me daba una angustia terrible pensar que mi vida ya estaba hecha y que me la iba a pasar siendo la mitad de una pareja, saludando a amigos con bebés y paseando por la playa las mañanas de domingo.

Todo esto me recuerda, y permitidme otra disgresión, que ya sabéis que al final siempre vuelvo al comienzo y todo cobra más o menos sentido, a que hace poco mi padre me contó que cuando nos compramos nuestra primera casa en Málaga pensó que él de allí ya saldría, y cito textualmente, con los pies por delante. "Y qué va, Marina, fíjate: me he comprado dos casas más, me he divorciado, me he vuelto a casar y quién sabe lo que me queda por pasar en la vida". Solo que mi padre en general es pesimista y no cree que le vayan a pasar muchas cosas buenas.

Lo que quiero decir es que claro que echo de menos a J. y las tostadas matutinas, y claro que a veces querría ser como las rubias con mechas o como la chica alta y mona de los iPhones gemelos. Pero fijaos en las cosas bonitas que me han pasado desde entonces, que quién me iba a decir a mí que viviría sola y a la vez podría ir por ahí en mi moto de los dieciséis, con mis tacones preciosos y mis medias violetas, y también pasar los fines de semana arañándome la piel en la roca, y colgar una barra en mi pasillo para hacer dominadas, y quitar verrugas con bisturís eléctricos, y ver a muchos muchos pacientes reales y fascinantes, e irme por ahí a conocer lectores adorables, y darme besos breves con rubios divertidos que luego resulta que tienen a griegas ocultas, y comprar cuerdas de ochenta metros por Internet, y decidir que en vez de un coche quiero una furgo, y sentir una alegría tonta cada vez que cruzo el puente de Carranza en dirección a Cádiz, y mirar las marismas con arrobo, y saludar a la gente diciendo "illoooo", y aprender POR FIN cómo se maneja una réflex, y limarme los callos de las manos, y escribir todos los días durante meses, y bailar en el salón al mediodía mientras entra el sol por la ventana, y descubrir Vetusta Morla, y ser capaz de pintarme las uñas de la mano derecha sin salirme.

Así que terminando con el post, y descubriendo nuevos límites para mi capacidad de dispersarme escribiendo, resumo: son muchas, muchas cosas, muchas cosas bonitas y nuevas. Y me tienen en un estado tan triposo de agradecimiento que me pregunto si realmente estoy capacitada para dar consejos sobre cómo vivir o simplemente he tenido suerte.

3 comentarios:

  1. Me siento muy identificada con tu sensibilidad a flor de piel. Con esa forma tuya de mirarlo todo como si fuera extraordinario. Un saludo
    Eva

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  2. Podrías crear una categoría que se llamase "ese post ideal para leer a las ocho de la mañana en el trabajo"

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  3. Suscribo lo de Silvia :) Me ha hecho esbozar una sonrisa. Aunque lo mío es viernes y no tan optimista, lo cual ya es el más difícil todavía.

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