massobreloslunes: Marruecos (I)

lunes, 9 de abril de 2012

Marruecos (I)

Yo frente a la pared del Caiat, en pleno momento de desesperación escaladora después de tres días de lluvia


Mi padre se montó en una montaña rusa por primera vez cuando yo tenía diez u once años y él unos cuarenta. Hasta entonces, todo lo que le habían dicho en su vida era que el mundo es peligroso. Que las cosas dan miedo. La montaña rusa era el Space Mountain, en Eurodisney. Desde entonces le cogió el gusto al asunto y nos montamos juntos en el Dragón Khan de Port Aventura, en el Superman y Batman de la Warner y en el Jaguar de Isla Mágica. Ya hemos dejado de visitar parques temáticos juntos y a lo mejor su hipertensión le impediría subirse otra vez, pero creo que disfrutó mucho en el periodo en que pudo ejercitar su valentía bajo las firmes abrazaderas de la montaña rusa.

De pequeña las historias de miedo me daban mucho miedo. Mi imaginación siempre ha sido peor que la realidad, y veía con tanta claridad las imágenes que me contaban que me pasaba las noches de campamento sin poder dormir. Imaginaba a la Dama Blanca saliendo de las aguas del Sella cuando acampamos en Asturias, y a la Monja Petra arrastrando su cojera por un antiguo convento de la sierra de Málaga. Con diez años decidí que se me iba a quitar el miedo y me dedicaba a leer libros de terror y a pensar en las escenas por la noche hasta que perdían su poder.

Lo que quiero decir con todo esto es que yo no soy valiente. Soy cabezona. Y últimamente se me ha metido en el coco la idea de intentar vivir sin miedo. De pensar que todo va a ir más o menos bien y confiar en el proceso. En ese sentido, los viajes son una prueba, porque me aterra la falta de control que supone. Tú en un país extraño, en una cultura que puedes o no puedes entender, y el mundo entero esperando para lanzarte sus garras.

Supongo que uno va haciendo cosas en su vida a medida que se le van planteando. Por eso yo a los veintiuno me sentaba diez días en silencio a meditar e intentar mirarme la mente por dentro y ahora, con veintiséis, tengo ganas de salir a mirar el mundo. Este viaje he tenido la sensación de entender por fin el tema. Lo que significa estar en otro lugar y dejarse empapar por él. Miraba por la ventana de la furgo las calles de Tánger, las chicas saliendo del instituto con el pelo escondido bajo el hiyab, los niños jugando al fútbol en las plazas. Las mujeres de Chaouen caminando por la carretera, dobladas bajo los fardos de hierba; las furgonetas llenas de chicos que asomaban por las ventabas, se colgaban del techo y te gritaban cuando te veían escalar. La sensación tan extraña de pensar: aquí está esta gente, con su vida, sus sueños, sus problemas, existiendo lo mejor que pueden, y aquí estoy yo, tan pequeña y tan poco importante.

Escalar allí también ha sido una experiencia. Hemos trepado poco por la maldita-maldita lluvia, pero los dos días que nos ha prestado Alá han sido impresionantes. No sólo por las preciosas paredes, el paisaje, la calma, la experiencia de estar un día haciendo turismo en la ciudad y al siguiente escuchando el silencio desde la terraza del refugio. También por lo que supone ponerse el arnés, colgarse las cintas, agarrar tu cuerda y decir: "píllame ahí que voy a montar esa vía". Lo que quiere decir que te vas a enfrentar a una vía extraña en un país extraño en un continente extraño. Una vía que no has probado nunca ni tus amigos tampoco. Le vas a poner tus seguros, te vas a caer si es necesario y vas a apañártelas para terminarla, porque luego tienes que descolgarte, recoger tu material e irte a casa.


Montando "Rastafari", 6a+


La escalada como camino para sobreponerte al miedo. El primer día estaba trepando de primera en un 6a, que es más o menos el grado que puedo hacer con comodidad. El último seguro estaba justo después de un desplome con una repisa debajo que daba bastante miedo. El agarre era muy bueno, pero si se te iba había que considerar las posibilidades de darte un carajazo contra la repisa. En esos momentos... bueno, en esos momentos tienes que saber gestionar el riesgo. Ahí el miedo es un aviso. Oye, que esto no es cualquier cosa. Que te puedes hacer daño. Entonces tú evalúas tus fuerzas y las posibilidades que tienes de salir victorioso, tomas una decisión y tiras adelante.

Hice el paso, apreté, se me fue un pie. Me quedé colgando de un brazo; el izquierdo, concretamente. Aguanté, junté manos, apoyé el pie, chapé la reunión, terminé la vía. No tiene más importancia. Es un paso, y tampoco era tan difícil. Pero soy yo: veintiséis años de niña dando vueltas por la tierra, descendiendo de generaciones y generaciones de gente con miedo. Soy yo tapándome los oídos con nueve años para no escuchar las historias de miedo, soy yo imaginándome cómo se sentiría uno al estar boca abajo antes de subirme al Dragón Khan. Soy yo intentando desesperadamente confiar en que la vida va a ir como tiene que ir y en que mis brazos, concretamente el izquierdo, van a ser capaces de sostenerme. Que para eso entreno en el roco como una chalada. Sólo es un paso, pero es muy importante.


El paso en sí


Colocada para chapar con los ovarios de corbata


Así que me vengo contenta, contenta, contenta de Marruecos. Creo que he crecido. He podido ver un pedazo de planeta que desconocía. He podido confiar, conocer, atreverme, ensayar vías y ensayar vida. Pensaba en lo inusitadamente guay que es viajar para escalar y escalar en general. Ayer me desperté a las siete de la mañana en una tienda, justo delante de la pared del Caiat. El sol se asomaba por uno de los extremos del valle y había un silencio brutal. Miraba la furgo, la tienda, las figuras dormidas de mis amigos, mis manos arañadas y pensaba la de roca que hay en el mundo y bueno, la de mundo que hay en el mundo. Y me sentía, de verdad, me sentía como si me hubiera tocado la puta lotería. Así.

En fin. Lo voy a dejar aquí, porque vaya espesor para escribir el post, que llevo dos horas, la madre que me parió. Quizá mañana escriba más sobre el viaje; quizá no. Esto era lo que me pedía hoy el cuerpo.

6 comentarios:

  1. Me gusta el giro que ha dado tu vida estos últimos meses, escribes mejor cada día, tu prosa es más serena, tu espíritu parece más fuerte.

    Me gusta lo que dices del miedo, me gusta saber que a los miedos los vence ver mundo (creo que ver demasiado mundo genera lo contrario) y, sobre todo, me gusta que, en cierta forma, imagino que a través de las fotografías, he sentido como mías tus sensaciones frente a todo.

    Supongo que acabarás escribiendo de verdad, porque ya tienes muchas cartas de la baraja.

    Te sigo leyendo.

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  2. Serías una extraña para esos marroquíes que no saben gestionar el miedo y lo ponen en manos de Alá y de sus costumbres, que jamás subirían una roca por el simple reto de superar su miedo y disfrutar su fuerza o/y su pequeñez.
    Me ha gustado mucho lo que dices sobre que estabas más feliz que si te hubiera tocado la lotería. Es que...eso es el verdadero gozo, todo lo que explicas en este post, la superación...

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  3. Qué pasada de fotos! Especialmente la primera (el contraste entre el tamaño de las rocas queda genial) y la última (por la fuerza)! :)

    :*

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  4. Toni: muchísimas gracias por tu comentario. Eres muy amable. Yo también espero escribir "de verdad" algún día, signifique eso lo que signifique.

    Francesca: en realidad no hace falta ser marroquí para que a la gente le resulte raro eso de subirse a una roca porque sí...

    Marta: ¡¡gracias!! Son bonitas, ¿verdad? Aunque la realidad es todavía más impresionante! (No por mí, sno por el paisaje, las sensaciones...).

    Besotes.

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  5. Menudo miedo me dan esas fotos, buf: una cosa es verte en el roco que parece hasta sencillo con sus agarres evidentes y otra enganchada a saber cómo en una roca agreste y arisca.

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  6. Me gusta mucho la fuerza que hay en tus palabras, en la forma como describes lo que haces y sobretodo como te sientes cuando lo haces. Para quienes hacemos algun tipo de deporte "no habitual" es senzillo empatizar con tus palabras/vivencias. Un beso!

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