massobreloslunes: CT

lunes, 25 de junio de 2012

CT

Estoy sentada junto a la orientadora laboral que viene una vez al mes a la Comunidad Terapéutica. Le he dicho que quiero verla trabajar, así que observo cómo aconseja a los pacientes para insertarse en el mundo laboral.

La Comunidad Terapéutica es un poco como el sótano de unos grandes almacenes, en el sentido de que por mucho que bajes, ya no hay nada más. Te has quedado sin recursos, y todo lo que le queda al paciente después de los intentos por tratarle ambulatoriamente, después de las crisis espectaculares y los ingresos en Agudos, es esto. Vivir allí o acudir a media pensión, pasar la mañana en talleres variados, pasear por los pinares y aprender a gestionar su propia medicación. Si pueden, insertarse en la vida con el porcentaje de minusvalía que les corresponda.

Si os digo la verdad, ahora pienso que antes de empezar el PIR no tenía ni puta idea de en qué consistía. Al menos desde el punto de vista existencial. No sabía que el sufrimiento mental podía ser tan intenso y tener tantas caras. Ahora creo que uno va por los distintos dispositivos y que a cada uno debe encontrarle un sentido. Los objetivos de cada rotación, los que te enumeran en el BOE para aprobarte después el curso de residencia, son secundarios; lo importante es hallar tu tarea principal en cada lugar.

En Agudos, por ejemplo, yo trataba de entender. No desde un punto de vista biológico, en plan que si el eje dopaminérgico se hiperactiva y tú te pones a delirar como un chalao, sino desde un punto de vista más intuitivo, más visceral. Qué ha llevado a esta persona a acabar amarrada en una cama llamándole George Clooney al psicólogo de la planta. Suele haber mucho más detrás; el delirio es falso, las alucinaciones son malas pasadas de tu cerebro, pero el sufrimiento es real y ésta es la única forma que estás encontrando para expresarlo. Así que aunque a veces sintiera que no podía hacer mucho más que esperar a que esponjara el Risperdal, al menos intentaba entender, abría mucho los oídos y los ojos, y de esa forma por lo menos no me sentía inútil. Si me apuráis, creo que sencillamente comprender a alguien, comprenderle de verdad y desde tus huesos, le da una entidad a su sufrimiento y le ayuda de una forma silenciosa.

Ahora, en la Comunidad Terapéutica, busco mi misión. Las dos primeras semanas casi me deprimo en serio. Aquello es menos estrambótico que la planta, pero mucho más duro. Los pacientes van de un taller a otro mirando el reloj para ver cuándo llega la hora de marcharse a fumar un cigarro. Y si te fijas en sus caras abotargadas por la medicación, te das cuenta de que la mayoría no es que esté aburrido, ni enfadado. La mayoría tiene la cara triste: están muy, muy tristes.

Hace algún tiempo una chica me dijo que, según los budistas, estar loco era una forma inferior de reencarnación, como una penitencia kármica. Me pareció cruel, pero es verdad que cuando uno mira a los pacientes no se puede librar del pensamiento de que sus vidas están recortadas para siempre. Y no me estoy refiriendo al estigma social, al síndrome metabólico de los antipsicóticos ni a los dramas que vive la mayoría en su casa y en su barrio. Me refiero a su sensibilidad, a la capacidad para percibir el mundo y relacionarse con los otros. Parece que les hayan recubierto el alma de corcho, y que los restos de angustia psicótica que les ha dejado la medicación sean lo poco real que les queda.

Entra al despacho uno de los pacientes: un chico jovencito que debutó con un episodio delirante hace un par de años. Es un chico aplicado, que va a todas las actividades aunque le cueste seguirlas, y ahora se nota que está poniendo todo su esfuerzo en enterarse de los talleres que la orientadora le va enumerando. Entonces ella menciona el de vidrieras y le explica que puede aprender a trabajar con cristales de colores como los de las iglesias. A él se le ilumina la cara, y a partir de ahí no quiere saber nada más de los otros talleres, "a mí me ha gustado el de los vidrios", repite. Yo miro sus ojos iluminados y pienso que me gustaría sacarle una foto; la chica no ha encendido la luz del despacho, así que el resplandor grisáceo del nublado se cuela por la ventana y se refleja en su piel. Parece tan sinceramente entusiasmado con los vidrios de colores. A mí se me está partiendo el corazón y no sé por qué.

Lo intuí al principio y lo confirmo ahora. Mi labor en la Comunidad Terapéutica es devolverles la dignidad a mis pacientes. Intentar aceptar en algún lugar de mi corazón que la vida que les ha tocado vivir es ésta, y que yo soy la primera que tiene que darle un valor si quiero que ellos también se lo den. Es complicado, porque la compasión y la condescendencia están demasiado cerca, y una siente en los huesos que la vida es injusta de verdad. Pero intento mentalizarme de esto todos los días, y creo que es lo más importante que puedo aprender aquí. Que todo está iluminado, como la cara de mi paciente pensando en vidrios de colores frente a la ventana del despacho. Que todos importamos. Que todo importa.

3 comentarios:

  1. Desde luego hay gente con unas vidas muy pero que muy puñeteras, buf. Con esto que comentas de los talleres se les puede sacar adelante en cierta forma pero ¿qué será de estas personas cuando a algún político desalmado se le ocurra que no es eficiente y que anulan el programa?

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  2. Si los recortes amenazan con dejarlos desamparados...¡¡¡Cuanto caos!!!!!

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  3. Si quieres ver que hay otra forma de hacer las cosas, te recomiendo el rincondejano.blogspot.com
    Aquí o te radicalizas o mueres

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