jueves, 22 de febrero de 2007
Paciente
- Que sí, ¿no me ves?
- No sé… dos semanas en un hospital son mucho tiempo.
- Fue la lista de espera, la operación apenas duró unas horas. Además, me han dejado como nuevo. Anda, no pongas esa cara tan compungida.
- Oye…
- Qué.
- Lo siento.
- ¿Qué sientes?
- Lo del gato, supongo. Y lo del secador. Y lo del agua, aunque no fui yo, fue J., que es un torpe.
- No te preocupes. Esas cosas pasan. Admito que el burro de tu gato me hizo un poco de daño, pero bueno. Se me pasó enseguida. Y perder la sensibilidad en la p fue lo mejor que me pudo ocurrir… Aunque lo siento por ti, que tuviste que estar cortando y pegando cada vez que querías escribirla.
- No pasa nada. Me acostumbré. Al final le daba al controluve en todos los ordenadores, y si no era el mío se me pegaban cosas que no tenían el más mínimo sentido. Pero nunca pensé que fueras a perder el teclado entero.
- Ya, ni yo… pero éste que me han implantado está estupendamente, ¿no te parece? El tacto es igual que el del original. Sólo tú sabrás que me han operado.
- Sí, estás muy bien, muy guapo.
- Gracias.
- ¿Sabes qué?
- Dime.
- Me da un poco de pena el otro teclado. No me despedí de él, ni nada. No le dije que fue un buen compañero, que escribí cosas muy bonitas en él y se lo agradezco. Fíjate, las primeras palabras que le dirigí a J. las escribí en ese teclado. Y mis primeros posts. Es una pena que vaya a ir a la basura sólo por un par de teclas.
- Eres una sentimental. Si te sirve de consuelo, él sabía todo eso. Me lo dijo antes de… bueno, antes de que se lo llevaran.
- Ya…
- Anda, tonta, no te pongas así. Hay que desapegarse de las cosas materiales. Además, este teclado es muy agradable, reconócelo. Muy suave. Escribirás cosas estupendas en él. Posts conmovedores, cuentos grandiosos, preciosas cartas de amor para J.
- Eso espero...
- Así que venga, deja de tratarme como a un enfermo y ponte a trabajar.
- A la orden.
martes, 20 de febrero de 2007
Peripatética
Escojo mi recorrido, visualizando las diferentes posibilidades como si se encendieran en un mapa en mi cabeza. Cada paseo no es sólo un conjunto de calles: tiene que ver con el mapa sentimental que dibuja, con el significado que esas calles han ido adquiriendo para mí en el tiempo que llevo aquí. Es asombroso lo poco que tardan las ciudades en llenarse de recuerdos. De repente me doy cuenta de que casi cualquier calle que sale de mi casa tiene ya aparejada su propia carga más o menos melancólica. Está bien: iré por Gran Vía. Gran Vía es bastante inocua. Es amplia, y a esta hora ya han cerrado las tiendas y no estará muy llena de gente.
Mientras camino, pienso. Yo soy de la escuela peripatética: cuando quiero pensar, ando. Recuerdo el primer día que viajé a Granada a reflexionar sobre mi futuro. Me daba miedo coger un autobús y perderme, así que caminé desde la estación de autobuses hasta Plaza Nueva. Entretanto decidía mi futuro. Supongo que si no hubiera hecho un uso tan abusivo de la autoayuda mientras estaba en crisis existencial, no me habría decidido por la psicología. Ésa, como otras tantas decisiones en mi vida (estudiar periodismo, dejar el periodismo, irme a Barcelona, venirme a Granada) ha resultado ser, al final, bastante aleatoria. Creo que soy muy mala tomando decisiones. No quiero decir que me arrepienta, pero cuando uno quiere decidir algo piensa que, una vez que se haya inclinado por una de las dos opciones, la vida parecerá un sendero mucho más claro, y todo se cohesionará y cobrará sentido, como en una buena trama de serie de televisión.
Nada más lejos de la realidad (me encanta esa expresión). He tomado decisión tras decisión durante años y mi vida parece aún una especie de collage mal pegado como los que hacía de pequeña (me estoy acordando de uno en particular: me estaba quedando tan mal que no hacía más que pegar unos trozos de papel sobre los anteriores hasta que la hoja tuvo medio centímetro de grosor). Sí que he aprendido cosas: a montar en bici por la ciudad (más o menos), a viajar con una mochila relativamente ligera y a llevar un ritmo aceptablemente bueno en mis coladas (omitiendo el hecho de que soy capaz de convocar a mi antojo la lluvia cuando tiendo la ropa. Regiones secas de España: la solución a vuestros problemas de agua la tengo yo en mis cuerdas de tender).
Camino y camino por Gran Vía, pensando que no sé qué les hubiera costado hacer un carril-bici aprovechando la reforma, y sin conseguir llegar a ninguna conclusión acertada sobre mi futuro más próximo. Gran Vía no es lo suficientemente larga para mis dudas existenciales. Mis pensamientos, como este texto, están demasiado llenos de paréntesis. Al final subo a casa de Adri, porque le echo de menos ahora que no pasamos las mañanas haciendo como que estudiamos (él) o estudiando (moi) y porque me estoy haciendo pis.
Bajo apenas un cuarto de hora más tarde, porque he quedado con mi compañera de piso para ir al Anaïs a escuchar una lectura de cuentos. Por el camino, pienso en qué puedo comer antes de llegar; no he cenado y me muero de hambre. Paso por la Plaza de Derecho y veo la Creperie abierta. Vacía. Entro y pido un crepe de queso y huevo, y observo al guiri-crepero freírlo con habilidad mientras suena un jazz ligerito y agradable que se escapa por la puerta hacia la plaza vacía.
Mientras me como el crepe, que es lo más delicioso que había probado en mucho tiempo, pienso que soy una desagradecida. Que eso de decir que mi vida es un collage no lo puedo decir más que siendo muy desagradecida con los amigos que te abren a tiempo las puertas de sus cuartos de baño y con las creperías que permanecen abiertas un lunes por la noche. Con las compañeras de piso extranjeras que van a oír cuentos aunque no entiendan ni papa y con los escritores que se ponen a leer y a cantar delante de un montón de desconocidos sólo por el placer de que les oigan.
E intento fijar bien el momento en mi cabeza: el momento de mí misma caminando con el crepe calentito en la mano, por las calles silenciosas, junto al jardín botánico, con el cielo encapotado de lluvia. Lo guardo para poder recordarlo cuando haga un pase mental de lo que ha sido este año y quiera verme a mí misma como la feliz protagonista de un videoclip.
Recuérdalo bien. Ése. Justo ése.
viernes, 16 de febrero de 2007
Recta final
Ahora mismo estoy completamente en contra del sistema educativo, de la universidad, de la psicología y hasta de la palabra escrita. Creo que cuando acabe el examen, en lugar de quedarme en la escalera bebiendo cervezas y tomando el sol, huiré a mi casa y dormiré durante varias horas seguidas, para que al despertar me parezca que es un día completamente distinto.
Lo he llevado bastante bien este febrero; he estado contenta, tranquila, con un montón de proyectos y de alegría bulléndome en la cabeza. Pero hoy no. Hoy ya estoy al límite, lo juro. Me he levantado de noche, llevo dos horas intentando incrustarme en la cabeza la historia de la evaluación psicológica y ni el suizo con café que me he zampado nada más llegar a la facultad consigue quitarme la sensación irreal de la falta de sueño.
En fin. En cuanto haya descansado, prometo retomar este blog con nuevo ánimo, y hasta contar la historia de la pérdida de las teclas del ordenador.
martes, 6 de febrero de 2007
Las típicas disculpas por actualizar poco
Factor 1: mi ingenua pretensión de licenciarme en una carrera de aquí a un par de años, que conlleva largas jornadas de estudio sin tiempo ni para ducharme (es coña, que me ducho, ¿eh? Que luego huelen las bibliotecas a humanidad y que por mí no se diga).
Factor 2: mi ordenador está en el hospital de ordenadores, sometiéndose a cirugía estética para reparar el destrozo que hizo el gato en el teclado. Lo bueno es que por fin podré escribir sin tener que estar copiando y pegando las ps con control+v (aunque le había cogido bastante vicio).
En fin, sin ordenador y sin móvil (que el otro día se me cayó al váter), Matilda pierde la cabeza, pero me viene bien estar sin distracciones, al menos hasta el día 16 (día maravilloso en el que acabo exámenes y, simultáneamente, dejo de ser "persona non grata" en la biblioteca de andalucía, que me tiene restringido sacar libros por retrasarme al devolver uno después de navidad). Vaya frase larga y mal escrita. En fin, os dejo, que estoy viendo que esta va a ser una de mis mañanas de bajo rendimiento y aún estoy a tiempo de arreglarlo. Besines.
domingo, 28 de enero de 2007
El que no se consuela es porque no quiere
Qué tienen de bueno los exámenes, by Matilda.
- No hay clase. Esto quiere decir que a) no pueden mandar más trabajos y b)tenemos todo el día para organizárnoslo a nuestra bola. Yo no estudio por las noches ni nada raro, pero al menos sé que si quisiera, podría.
- Normalmente ya no quedan trabajos por entregar, y a mí un examen me supone considerablemente menos estrés que un trabajo. Eso no me vale esta vez porque algunos profesores, creyendo hacernos un favor, han puesto de fecha de entrega el día del examen, con lo cual sólo han conseguido que lo deje todo para última hora.
- Si tengo unos días entre examen y examen, puedo venir a Málaga y disfrutar de no tener que lavar platos, preparar comida o poner lavadoras.
- Las bibliotecas están calentitas en invierno y fresquitas en verano.
- Los momentos de ocio son mucho más de ocio que el resto del año. Las películas se ven con más ganas, los libros se leen con más fruición, los polvos se echan con más entusiasmo...
- Ampliación del punto anterior: si catalizas toda tu ansiedad en el sexo, puedes conseguir que sea reaaalmente bueno.
- No hay tiempo para crisis existenciales, con lo cual, no hay crisis existenciales.
- No hay que preocuparse de "qué voy a hacer hoy", porque lo único que puedes hacer es estudiar. Aunque os parezca raro, para mí esto es bastante bueno en muchas ocasiones.
- Si estudias con gente, el nivel de histerismo puede hacer que te rías más que en muchos otros momentos de tu vida.
- La anticipación del momento en que entregues el último examen proporciona instantes de éxtasis cuasi-orgásmico.
- Te puedes cebar a guarrerías aduciendo que "necesitas energía".
- Son una excelente forma de madurar y desarrollar tus estrategias de defensa frente a los ataques de la vida cruel.
- A veces aprendes.
De momento, eso es todo lo que se me ocurre. Como decía, acepto contribuciones desinteresadas.
Os dejo, que tengo que estudiar.
miércoles, 24 de enero de 2007
A. y la felicidad
A. tiene una hija de dos años y medio, L. A. tiene veintidos años, es decir, que tuvo a la nena con diecinueve. Está casada con el que fue su profesor de español en Eslovaquia, que ahora tiene treinta y cinco años.
A partir de esta breve descripción, la mayoría de la gente suele hacerse una composición de lugar un tanto típica. Pobrecita A., se está perdiendo lo mejor de su vida, mira que tener una niña ahora, vive como si tuviera diez años más. Pobrecita, pobrecita.
Sí que es cierto que A. está siempre bastante agobiada. En el tiempo que yo ocupo en dormir la siesta, ella estudia y hace trabajos para estar libre a las cuatro y media y recoger a L. a su guardería bilingüe. A veces falta a clase porque su niña está mala, o no se puede venir de fiesta porque no tiene con quién dejarla. No sé de dónde saca ella el tiempo que yo digo que me falta, pero siempre está ahí, siempre hace las cosas a tiempo. Es fuerte y tenaz, es muy valiente y, más que responsable o que empollona, sabe lo que tiene que hacer, y lo hace.
Pero es que, además, A. es feliz. Tendríais que verla cuando habla de su niña. Se le ilumina la cara. Con veintidos años, le sobran energías para jugar con ella; las energías que a muchas de las madres de treinta y muchos que hay hoy les faltan, después de haber aprovechado su juventud, o llamadlo como quieras. Tuvo un parto fácil y una recuperación rápida. La cuestión es que, más allá de consideraciones fisiológicas (porque es cierto que su edad es la óptima para ser madre, hablando solamente desde el punto de vista biológico), creo que ella es un ejemplo de sabiduría vital. No buscaban a la niña, no le haría mucha gracia cuando se enteró, pero no la cambiaría por nada. Reivindica su derecho a no ser compadecida, porque tiene una hija preciosa y listísima, un marido que la adora y al que adora, una carrera que le gusta, buenas amigas.
La vida no tiene por qué seguir los patrones que nadie fije, ni aunque esos patrones estén pensados, en teoría, para nuestro bien. Me alegro por A. y por su felicidad arduamente conquistada. La envidio, a veces; no por la vida que tiene, sino por la forma en que la vive.
Más allá de todo eso, escribo este post para prohibiros, total y absolutamente, que sintáis pena por ella. Ni un poquito. Si acaso, como yo, algo de envidia y toneladas de admiración.
domingo, 21 de enero de 2007
Sunday bloody sunday
Una de las cosas que me encanta de primaveritis es que actualiza muy a menudo. Yo también quiero ser así. La verdad es que da gusto ir a un blog y encontrarse siempre material fresco. Además, no puedo poner como excusa que mis post estén más elaborados, porque lo cierto es que yo corrijo muy poco y casi no reescribo. En cualquier caso, voy a intentar postear más a menudo, para que no os aburráis.
Hoy ha sido un día de domingo que ha amanecido estupendo pero, como diría Mafalda, “desmejorando hacia el mediodía con probabilidades de sopa”. En mi caso, la sopa es la angustia existencial y el síndrome premenstrual, dos males de los que soy presa fácil. Qué queréis que os diga: no me gusta viajar, no me gusta estar lejos de los que quiero, no me gusta no pertenecer a un sitio y ser “la que se va”. De pequeña odiaba que mis tías vivieran en otras ciudades, que sus visitas estuvieran siempre teñidas de transitoriedad y despedidas. Y ahora me encuentro con que soy una de ellas, con que mi presencia en mi propia casa es la excepción, no la norma.
Luego están los viajes. Vale que estoy estudiando en Granada, no en Zimbawe, pero las tardes de domingo que paso metida en el autobús, leyendo bajo la luz macilenta de las lamparitas del techo, me ponen enferma. Y llegar a casa, a tu cuarto vacío y en el mismo estado de desorden en que lo dejaste cuando te largaste el viernes. Comer un poco de pan con queso, un actimel, una sopa de sobre, meterte en la cama a leer y desear que sea mañana, porque los lunes no son días especialmente estupendos, pero ganan a los domingos sin ningún género de duda.
Yo quiero pertenecer a algo, pero al final supongo que tendré que aceptar que no me pertenzco más que a mí misma. Lo que tampoco está mal, en el fondo.