Esta mañana, en los diez minutos que han transcurrido entre el sonido del despertador y el momento de levantarme, he soñado con
Mariana. Como resultado, he pasado el camino entre mi casa y la biblioteca recordándola y reflexionando sobre la nostalgia. Es curioso, porque a lo largo de mi vida he extrañado a mucha gente, pero a nadie de una forma tan intensa y desproporcionada como a ella, que sólo estuvo seis meses en mi vida y dejó el hueco de alguien a quien has conocido desde siempre.
Creo que echar de menos es uno de los sentimientos más desagradables que existen. Yo empecé con siete años, cuando me mudé de Córdoba a Granada. Me recuerdo a mí misma, toda repelente, mirando la lluvia desde la ventana del autobús escolar y pensando en lo deprimida que estaba (y sí, utilizaba la palabra deprimida) y escribiendo cartas a mis mejores amigas de Córdoba y soñando con extrañas configuraciones de circunstancias que me permitieran volver allí. Luego me adapté a Málaga y pasé la infancia y la adolescencia rodeada básicamente por la misma gente y residiento fundamentalmente en el mismo sitio, hasta que me planté en Barcelona con dieciocho tiernos años; desde entonces, la gente no ha parado de entrar y salir de mi vida a ritmos más o menos dispares.
A echar de menos uno se habitúa, como al clima. La primera vez que me despedí de mi dulce ex novio en la estación de autobuses de Pamplona creí sinceramente que iba a morirme de pena, y me asfixiaba entre lágrimas mirando por la ventana del autobús; la última, creo que simplemente vi desaparecer su perfil larguirucho y lánguido por detrás del tabique del metro y pasé a otra cosa. Ahora creedme que extraño a J. durante la semana, pero como nos pasamos los fines de semana pegados como un chicle a la suela de un zapato, lo llevo relativamente bien. Una de las características de hacerse mayor es ser cada vez más consciente de lo alucinantemente rápido que pasa el tiempo.
Sin embargo, no es lo mismo echar de menos a alguien que sabes que siempre volverá, como J. (con siempre me refiero a un plazo más o menos indefinido que a saber cuánto tiempo nos aguantaremos la Langosta y yo), que extrañar a alguien que ya no va estar más en tu vida, a no ser en forma de email esporádico o de brevísima visita de vacaciones. Como Mariana, por ejemplo: lo que me duele de añorarla es que pasé de compartir habitación con ella a no volver a verla en dos años (y lo que me queda para repetir). Lleida y Granada están muy lejos. O Laura, mi compañera de piso de primero aquí en Granada, que también voló lejísimos en cuanto acabó el curso (a Madrid, a Italia y luego otra vez a Madrid), llevándose sus dibujos animados, sus legañas y sus pepinillos. Creo que no es justo que algunas personas pasen por nuestras vidas como una ráfaga luminosa y cegadora y luego desaparezcan. Algunos dirán que alguien no desaparece si uno no quiere, pero no estoy del todo de acuerdo; la memoria es sabia, el olvido es adaptativo y los huecos que se quedan vacíos los llena otra gente.
Afortunadamente, hay personas que sí parecen quedarse siempre. Yo aún salgo con las mismas amigas que cuando tenía ocho años, y que sigamos siendo una piña compacta y bien avenida me parece un auténtico milagro. Y a lo mejor los que se van lo hacen para preservar en nuestra memoria un recuerdo intacto e intachable. Imaginad si yo hubiera acabado peleándome con Mariana por los platos sucios o el dinero del aceite. Mejor conservarla así, en el formol eficaz de la idealización, y alegrarme cada vez que tenga oportunidad de pasar con ella un día, como hice
este septiembre.
Echar de menos en catalán se dice "trobar a faltar": te busco y encuentro que faltas. En castellano, echar en falta es más bien cuando pierdes algo o cuando te lo roban. A veces sí que parece que la vida te roba a personas que tú quieres mantener cerca. Como decía Mafalda, ¿quién se cree que es la vida para hacerle eso a uno? Pero bueno, para qué vamos a lamentarnos. Es lo que hay.