
Cuando era pequeña, mi padre me llevaba a comprar libros y a tomar algo, a pasear y a cenar. Decía que lo pasaba muy bien conmigo, que se sentía muy afortunado de tener una hija como yo. De un tiempo a esta parte, sin embargo, siento que estamos muy lejos el uno del otro. Me da la sensación de que, aunque él ha avanzado mucho en el camino de la vida, no puede ayudarme, porque yo camino justo en la dirección opuesta (o, por lo menos, en una carretera diferente, al otro lado de la bifurcación). Así que últimamente no me gusta mucho quedar con mi padre a solas. Habla en un tono monocorde, gris, con un rictus permanente de pesadumbre y miedo en la cara. Hace tres años le quitaron un melanoma, y creo que esa sacudida de la mortalidad, ese recordar que lleva una fecha de caducidad grabada en el dorso, le ha dejado hundido en una especie de existencialismo mediocre que subsana como puede, entre gintonics, bizcochos de chocolate y colaboraciones con alguna ONG.
Así que apenas tenemos ningún tema de conversación, porque es como hablar con alguien que está mirando continuamente la tele interior de sus negros pensamientos. Los únicos temas de conversación que compartimos son la cocina y la literatura. Cuando no sé qué contarle, le pregunto cómo hace él la paella o qué puedo preparar con salsa de almendras, y entonces se le iluminan un poco los ojos siniestramente parecidos a los míos y puede tirarse siglos explicando cómo descubrió la manera de que el arroz quedara perfecto y a la bechamel no le salieran grumos.
Lo de los libros lo descubrí hace poco. Mi madre decía que mi padre siempre compraba libros muy raros; que leía un trozo de la contraportada y, si le llamaba la atención, se lo llevaba. Yo creía, como siempre, que mi madre tenía razón, así que empecé a leer literatura de adultos por Isabel Allende y Rosamunde Pilcher. Luego me entró el cansancio de lo cursi y el gustillo del realismo sucio, de Carver, de Capote. Leí a John Irving, me enganché a Auster y empecé a querer visitar Estados Unidos para ver de dónde salía esa extrañamente lúcida percepción de las cosas. Y de repente un día mi padre me dijo que le comprara el nuevo de Auster para su cumpleaños, y he ahí que aquellos libros tan raros que compraba mi padre se parecían bastante a lo que yo quería leer. Mi padre, como yo, quiere básicamente entretenerse, engancharse, no ser capaz de dejar el libro ni mientras esperas en la cola de la pescadería. Como yo, él abomina de lo cursi y de los escritores españoles empalagosos (permítaseme generalizar, que éste blog es muy minoritario como para ser políticamente correcta). Desde entonces, intercambiamos libros y le tengo a él como suministro de las novedades que yo no me puedo permitir.
Hace unas semanas le pedí que me comprara un libro: “Este libro te salvará la vida”, de A.M. Homes. Había leído una colección de cuentos de la autora y me había encantado. Mi padre me llamó: “te he comprado el libro, ¿te importa que me lo lea antes y te lo doy cuando vengas a Málaga?”. Casi me había olvidado cuando ayer me entregó la novela antes de que me marchara de su casa tras el almuerzo. “¿Te ha gustado?”, pregunté, y en las décimas de segundo que transcurrieron entre mi pregunta y su respuesta sentí que un montón de cosas que no era capaz de precisar dependían de aquel juicio: no es si a mi padre le gusta o no la novela; es si a Mi padre le gusta la novela que Yo le he recomendado.
“Uf, me ha encantado”, dice él, “la he leído volando”.
Me paso todo el día contentísima. La ha encantado el libro, le ha encantado el libro, tarareo mentalmente, y me muero de ganas de leerlo para confirmar que a mí también, y que es mi padre, que no soy un error genético, que pueden conmovernos las mismas cosas. Así que mientras vuelvo a Granada en el autobús de las nueve leo, primero a la luz mortecina del atardecer en la carretera, luego bajo el frágil foco que hay encima de la cabeza de mi compañero de asiento (el mío no funciona). Hoy estudio y leo, viajo en autobús urbano y leo, tomo un té con hielo a media tarde y leo. Cuando termino de estudiar, me siento en los escalones de la biblioteca y me acabo las últimas cincuenta páginas del libro, engullendo rápido las líneas para que no se me haga de noche.
Me parece que es lo más cerca que he estado de mi padre en mucho tiempo. Y no es un libro intrascendente. Habla de la bondad, de la gente que intenta hacer el bien, de meditación, incluso. Habla de un padre y de su hijo, que hace mucho que no se ven y que a vece no se gustan pero, aun así, se adoran. Es conmovedoramente humana y contenidamente (o a lo mejor no; a lo mejor brutalmente) optimista. Y tiene la ambigüedad extrañamente pura de la literatura norteamericana, que a mí me encanta y a mi padre también.
Ahora, que estoy a punto de irme a dormir con la sensación de plenitud melancólica de haber terminado un buen libro, no sé si alegrarme porque lo mío con mi padre puede tener futuro o entristecerme por conformarme con tan poco.
No me haré la interesante: creo que, en general, estoy contenta.
