Ella llamó a la puerta de su cuarto y no recibió respuesta. Enseguida escuchó un martilleo sordo de ritmo irregular, y supuso que él estaba tocando el teclado con los auriculares puestos. Le gustaba mucho oírle tocar, porque era como oír su inteligencia, pero él casi nunca se dejaba.
Sonrió y, casi de forma automática, volvió a llamar más fuerte, pero cuando se dio cuenta de que no le habría importado quedarse un rato detrás de la puerta, escuchándole tocar en silencio, su voz ya estaba invitándole a entrar.
martes, 15 de enero de 2008
jueves, 10 de enero de 2008
Fusi
Atención: contiene spoiler.
(Qué ilusión. Siempre había querido poner eso en un post).
Lo que te pasa cuando te haces adulto es que entiendes "Momo". Yo la leí por primera vez con diez u once años y me pareció siniestra. Más tarde, la releí para ver el típico segundo-mensaje-profundo que los adultos ven en algunos libros para niños (como en El Principito, por ejemplo) y pensé que no es muy buena idea releer libros de tu infancia, porque pierden la mitad de la gracia. Ahora he vuelto a pensar en "Momo" y lo entiendo todo, y es terrible.
No sé si habéis leído el libro. En cuanto a Ende, yo personalmente soy más de "Jim Botón y Lucas el Maquinista" (más incluso que de "La Historia Interminable", que me deprime bastante). "Momo" habla de unos Hombres Grises que les roban el tiempo a los humanos, haciéndoles creer que ahorrarán para el futuro si lo hacen todo lo más rápido posible. El mejor capítulo del libro es, sin duda, en el que un Hombre Gris convence al alegre barbero Fusi de que deje de charlar con los clientes, de visitar a su anciana madre y de rondar a una guapa viuda para acumular horas libres que podrá disfrutar cuando se jubile. Al final resulta que los Hombres Grises se quedan con las bonitas flores horarias que resultan del tiempo ahorrado para secar sus pétalos, fumárselas y mantenerse con vida. Y ahora que ya No Soy Una Niña, me da la sensación de que, igual que el pobre barbero y todos los demás adultos de la historia, intento hacerlo todo rápido y, aún así, se me escurren los días por algún sumidero invisible.
Va a ser verdad que el libro tiene un significado profundo. Mi pregunta, ahora, es la siguiente: ¿Quién narices se está fumando mi tiempo?
Si alguien lo sabe, por favor, que avise a Momo.
(Qué ilusión. Siempre había querido poner eso en un post).
Lo que te pasa cuando te haces adulto es que entiendes "Momo". Yo la leí por primera vez con diez u once años y me pareció siniestra. Más tarde, la releí para ver el típico segundo-mensaje-profundo que los adultos ven en algunos libros para niños (como en El Principito, por ejemplo) y pensé que no es muy buena idea releer libros de tu infancia, porque pierden la mitad de la gracia. Ahora he vuelto a pensar en "Momo" y lo entiendo todo, y es terrible.
No sé si habéis leído el libro. En cuanto a Ende, yo personalmente soy más de "Jim Botón y Lucas el Maquinista" (más incluso que de "La Historia Interminable", que me deprime bastante). "Momo" habla de unos Hombres Grises que les roban el tiempo a los humanos, haciéndoles creer que ahorrarán para el futuro si lo hacen todo lo más rápido posible. El mejor capítulo del libro es, sin duda, en el que un Hombre Gris convence al alegre barbero Fusi de que deje de charlar con los clientes, de visitar a su anciana madre y de rondar a una guapa viuda para acumular horas libres que podrá disfrutar cuando se jubile. Al final resulta que los Hombres Grises se quedan con las bonitas flores horarias que resultan del tiempo ahorrado para secar sus pétalos, fumárselas y mantenerse con vida. Y ahora que ya No Soy Una Niña, me da la sensación de que, igual que el pobre barbero y todos los demás adultos de la historia, intento hacerlo todo rápido y, aún así, se me escurren los días por algún sumidero invisible.
Va a ser verdad que el libro tiene un significado profundo. Mi pregunta, ahora, es la siguiente: ¿Quién narices se está fumando mi tiempo?
Si alguien lo sabe, por favor, que avise a Momo.
viernes, 4 de enero de 2008
Supongo que todo el mundo que tiene un blog se pregunta de vez en cuando por qué escribe un blog. Aracne dijo en su post de despedida del antiguo egoísmo.com que mucha gente tiene un blog como quien tiene una maceta. No entiendo lo peyorativo de la comparación: una maceta es algo que se mima, se cuida y se enseña, y como persona a la que se le ha secado un cactus, le veo bastante mérito a tener una.
Yo creo que tengo un blog porque así escribo con cierta asiduidad, y que escribo para no perder la vida interior. Cuando paso mucho tiempo sin escribir, me da la sensación de que he empezado a vivir hacia fuera, distraída, descentrada. Mi blog, aunque parezca un chorrada, me centra. Muchas veces, como hoy, escribo sin tener ni idea de qué es lo que voy a decir. A medida que avanzo un poco, lo que me importa va saliendo y entrando de mi mente, cediéndose poco a poco el turno, fluyendo despacio.
Este año he pasado unas vacaciones bastante estupendas. Un año más, he seguido la política de “si no vas a estudiar, no digas que vas a estudiar y no estudies”. No sabéis las ganas que tengo de terminar la facultad y pasar las navidades sin cargo de conciencia. Aun así, he conseguido desconectar más o menos de la carrera, la beca, el crédito europeo y la colada, y dedicarme a cocinar salvajemente, a tragarme entera la primera temporada de “Mujeres Desesperadas” y a satisfacer, en la medida de lo posible, a mis amigos, mi familia y mi chico.
La verdad es que cada vez entiendo menos cómo está planteado el mundo. Creo que en mi vida pasada era Amish, y que el mundo moderno me sobrepasa. Me sobrepasa la inundación informativa, cultural y sensorial; me sobrepasa el choque de todos los tópicos sobre lo que uno se supone que debe hacer con su vida; me sobrepasa el ruido.Desde que era pequeña y veía a algunos de mis tíos una vez al año, siempre he querido ser de las personas que están, no de las que vienen. No sé si me explico. Quiero tener una puerta a la que la gente pueda llamar y encontrarme siempre.
Últimamente pienso mucho en el tipo de vida que quiero llevar. En qué quiero de mi trabajo, de mis amigos, de mi pareja. Es complicado, porque cambio a menudo de idea, y porque luego, por mucho que intentes planear las cosas, al final el mundo siempre acaba por sorprenderte. Pero lo pienso, y me doy cuenta de que en mis deseos de cómo quiero vivir están todos mis miedos, y de que esto de que la vida sea, como dice Kundera, un borrador sin cuadro, a veces es un poco una putada. A mí me gustaría poder ensayar, como se ensayan las recetas de cocina, y repetir lo que ha salido mal, y volver a intentarlo.
Llevo unas navidades la mar de metafísicas, y no sé muy bien cómo acabar este post. A lo mejor debería simplemente dejarlo así.
Yo creo que tengo un blog porque así escribo con cierta asiduidad, y que escribo para no perder la vida interior. Cuando paso mucho tiempo sin escribir, me da la sensación de que he empezado a vivir hacia fuera, distraída, descentrada. Mi blog, aunque parezca un chorrada, me centra. Muchas veces, como hoy, escribo sin tener ni idea de qué es lo que voy a decir. A medida que avanzo un poco, lo que me importa va saliendo y entrando de mi mente, cediéndose poco a poco el turno, fluyendo despacio.
Este año he pasado unas vacaciones bastante estupendas. Un año más, he seguido la política de “si no vas a estudiar, no digas que vas a estudiar y no estudies”. No sabéis las ganas que tengo de terminar la facultad y pasar las navidades sin cargo de conciencia. Aun así, he conseguido desconectar más o menos de la carrera, la beca, el crédito europeo y la colada, y dedicarme a cocinar salvajemente, a tragarme entera la primera temporada de “Mujeres Desesperadas” y a satisfacer, en la medida de lo posible, a mis amigos, mi familia y mi chico.
La verdad es que cada vez entiendo menos cómo está planteado el mundo. Creo que en mi vida pasada era Amish, y que el mundo moderno me sobrepasa. Me sobrepasa la inundación informativa, cultural y sensorial; me sobrepasa el choque de todos los tópicos sobre lo que uno se supone que debe hacer con su vida; me sobrepasa el ruido.Desde que era pequeña y veía a algunos de mis tíos una vez al año, siempre he querido ser de las personas que están, no de las que vienen. No sé si me explico. Quiero tener una puerta a la que la gente pueda llamar y encontrarme siempre.
Últimamente pienso mucho en el tipo de vida que quiero llevar. En qué quiero de mi trabajo, de mis amigos, de mi pareja. Es complicado, porque cambio a menudo de idea, y porque luego, por mucho que intentes planear las cosas, al final el mundo siempre acaba por sorprenderte. Pero lo pienso, y me doy cuenta de que en mis deseos de cómo quiero vivir están todos mis miedos, y de que esto de que la vida sea, como dice Kundera, un borrador sin cuadro, a veces es un poco una putada. A mí me gustaría poder ensayar, como se ensayan las recetas de cocina, y repetir lo que ha salido mal, y volver a intentarlo.
Llevo unas navidades la mar de metafísicas, y no sé muy bien cómo acabar este post. A lo mejor debería simplemente dejarlo así.
martes, 18 de diciembre de 2007
Implacable amor materno
Ayer me llamó mi madre unas cuantas veces para ver cómo estaba.
- Pitu, ¿quieres que vaya a cuidarte?
- (sonido ininteligible).
- Bueno, si mañana sigues malita voy para allá.
Obviamente, esta mañana me encontraba mucho mejor.
- Pitu, ¿voy para allá?
- No, mami, de verdad, estoy mejor. No merece la pena que vengas ahora.
Dos horas después.
- Pitu, estoy en Granada.
- ¡Pero si ya no tengo fiebre!¡Si me encuentro bien!
- Voy para tu casa. Y te he traído sopa.
Si una madre se propone cuidarte, no intentes oponerte. Tendré que ponerme otra vez el pijama y concentrarme en subir la fiebre para que no piense que ha hecho el viaje en balde.
(Adorable mamá...)
- Pitu, ¿quieres que vaya a cuidarte?
- (sonido ininteligible).
- Bueno, si mañana sigues malita voy para allá.
Obviamente, esta mañana me encontraba mucho mejor.
- Pitu, ¿voy para allá?
- No, mami, de verdad, estoy mejor. No merece la pena que vengas ahora.
Dos horas después.
- Pitu, estoy en Granada.
- ¡Pero si ya no tengo fiebre!¡Si me encuentro bien!
- Voy para tu casa. Y te he traído sopa.
Si una madre se propone cuidarte, no intentes oponerte. Tendré que ponerme otra vez el pijama y concentrarme en subir la fiebre para que no piense que ha hecho el viaje en balde.
(Adorable mamá...)
lunes, 17 de diciembre de 2007
Dalsy
Cuando decidí irme a estudiar a Barcelona hace ya casi cinco años, la única persona que me dijo algo sensato fue mi tía MªJose.
- Tú estás chalada, a Barcelona, qué lejos... ¿y quién te va a dar a ti ahora el Dalsy?
Cuánta razón.
No importa lo mucho que te guste ser pseudoindependiente y vivir tu vida; cuando tienes 38'5 y la pavorosa e hipocondríaca sospecha de que la hija de tu amiga A. podría haberte contagiado una neumonía, lo único que piensas es:
Quiero estar en casa con mi mamá.
Perdonad que no escriba algo más sesudo. Gasto todas mis energías en dormir y autocompadecerme.
Mandadme energía positiva.
- Tú estás chalada, a Barcelona, qué lejos... ¿y quién te va a dar a ti ahora el Dalsy?
Cuánta razón.
No importa lo mucho que te guste ser pseudoindependiente y vivir tu vida; cuando tienes 38'5 y la pavorosa e hipocondríaca sospecha de que la hija de tu amiga A. podría haberte contagiado una neumonía, lo único que piensas es:
Quiero estar en casa con mi mamá.
Perdonad que no escriba algo más sesudo. Gasto todas mis energías en dormir y autocompadecerme.
Mandadme energía positiva.
miércoles, 12 de diciembre de 2007
Atracción fatal
Yo este año me había propuesto hacer amistad con los comerciantes de mi barrio. Quería vivir en una especie de versión del pueblo de la Bella y la Bestia: yo cantando por las mañanas y todo el mundo respondiéndome ¡bonyú! ¡bonyú! entusiasmados. Así que he empezado por el argelino de la copistería, un chico joven muy simpático que parecía una presa mejor que mi inexpresiva frutera. Llevo desde que empezó el curso siendo majísima cada vez que voy allí, sonriendo pen drive en mano y preguntándole cosas de su país (y liándola un montón hablando del idioma argelino o de por qué no pone adornos de navidad).
En mi subconsciente una vocecilla me decía, de vez en cuando: “cualquier día te tira los tejos el copistero”. Pero me negaba a hacerle caso: el copistero era como un presentador de la tele, sin piernas más allá del mostrador, y todo quedaría en una relación cordial en plan “¿cómo te trata la vida, Ahmed?" (o Manolo, o lo que sea, que en verdad todavía no sé cómo se llama). Y él “pues bien, Marina, aquí andamos”, siendo campechano y rebajándome las impresiones a color.
Así que cuando hoy me ha soltado así, a bocajarro: “A ver si quedamos un día para tomarnos algo, cuando tengas tiempo”, en mi cabeza ha resonado un tenue “te lo dije” mientras sonreía y decía “claro, claro”, y pensaba que vaya mierda tener que buscar ahora otra copistería donde no les importen los poderosos virus de mi pen.
Entre la cordialidad y el guarreo hay algún sensato término medio que yo, estoy segura, descubriré tarde o temprano.
En mi subconsciente una vocecilla me decía, de vez en cuando: “cualquier día te tira los tejos el copistero”. Pero me negaba a hacerle caso: el copistero era como un presentador de la tele, sin piernas más allá del mostrador, y todo quedaría en una relación cordial en plan “¿cómo te trata la vida, Ahmed?" (o Manolo, o lo que sea, que en verdad todavía no sé cómo se llama). Y él “pues bien, Marina, aquí andamos”, siendo campechano y rebajándome las impresiones a color.
Así que cuando hoy me ha soltado así, a bocajarro: “A ver si quedamos un día para tomarnos algo, cuando tengas tiempo”, en mi cabeza ha resonado un tenue “te lo dije” mientras sonreía y decía “claro, claro”, y pensaba que vaya mierda tener que buscar ahora otra copistería donde no les importen los poderosos virus de mi pen.
Entre la cordialidad y el guarreo hay algún sensato término medio que yo, estoy segura, descubriré tarde o temprano.
lunes, 10 de diciembre de 2007
Otro lunes
Ayer J. y yo hicimos un trato y acordamos que íbamos a tener un lunes estupendo. No sé cómo le habrá ido a él, pero a las siete y media de la mañana, caminando por las calles heladas casi en plena noche, mi lunes se parecía bastante a esto:

Tenía dos horas seguidas de psicología de la educación con el HDP (Hombrecito de la Posguerra)(malpensados), un señor mayor subalimentado y presumiblemente homosexual que tiene el pelo de una sola pieza, como Ken pero en canoso, y que viste como si acabaran de sacarlo de una escuela rural de los años cuarenta. Después, poco a poco, a base de desayunar un par de veces y pegarme al radiador en los cambios de clase, mi día ha empezado a mejorar.
En casa, he comido velozmente y me he echado una SG (Siesta Gustosa). Mis siestas se dividen normalmente en SGs y SIs (Siestas Infernales), en las que o no puedo dormirme (me pasa poco) o no puedo despertarme. A las cuatro he subido a la facultad a hacer mi útil trabajo de útil becaria, que os explicaré otro día que no me haya propuesto que sea particularmente estupendo.
En el autobús, escuchandoShakira música en mi MP3, me sentía bastante reconciliada con el mundo, incluso a pesar de tener la cara incrustada en un sobaco (que no era mío) y detrás a la típica señora que se apretaba contra mí y mascullaba "a ver si pasamos un poquito para atrás". Yo observaba mis manos agarradas a la barra vertical y las manos de los demás, que también se aferraban a los distintos salientes del enorme autobús de dos piezas. Pensé en todo el cuidado que tenían con sus cuerpos aquellas personas: desde la más hermosa y joven hasta la más vieja y arrugada. Nadie quería caerse.
Normalmente, los autobuses de la universidad renquean un poco Cartuja arriba. El nuestro ha superado las cuestas con dignidad, pero justo al llegar a la parte llana, la que une la facultad de Letras y la mía, ha dicho "aquí me quedo" y se ha quedado parado, mientras el conductor daba acelerones como un cani en un semáforo e intentaba ponerlo en marcha de nuevo. Al principio todos nos hemos quedado quietos, como si nada, dando golpecitos con los pies al ritmo de la radio, mirando por las ventanas. Pasaban los minutos y a la gente se le empezaban a escapar las sonrisas, las miradas de incredulidad. Era curioso aquello: el enorme autobús parado en llano, abarrotado de estudiantes inmóviles, resoplando como un anciano cansado. Enfrente de mí, una chica sorprendentemente guapa se reía y enseñaba unos dientes blancos y fuertes. Al final, alguien ha pedido que se abran las puertas y hemos salido apresuradamente. Me ha dado un poco la sensación de que estábamos abandonando el barco y al pobre conductor, que me recordaba a un hindú cabreado dándole con una vara a un elefante sentado testarudamente en el barro (sé que es una comparación extraña).
Así que he subido a mi despacho, dejando al autobús varado en la carretera, y me he puesto amirar blogs y hablar por el messenger trabajar eficazmente. Y he encontrado esta viñeta, que me ha hecho mucha gracia:

Feliz loqueosquededelunes.

Tenía dos horas seguidas de psicología de la educación con el HDP (Hombrecito de la Posguerra)(malpensados), un señor mayor subalimentado y presumiblemente homosexual que tiene el pelo de una sola pieza, como Ken pero en canoso, y que viste como si acabaran de sacarlo de una escuela rural de los años cuarenta. Después, poco a poco, a base de desayunar un par de veces y pegarme al radiador en los cambios de clase, mi día ha empezado a mejorar.
En casa, he comido velozmente y me he echado una SG (Siesta Gustosa). Mis siestas se dividen normalmente en SGs y SIs (Siestas Infernales), en las que o no puedo dormirme (me pasa poco) o no puedo despertarme. A las cuatro he subido a la facultad a hacer mi útil trabajo de útil becaria, que os explicaré otro día que no me haya propuesto que sea particularmente estupendo.
En el autobús, escuchando
Normalmente, los autobuses de la universidad renquean un poco Cartuja arriba. El nuestro ha superado las cuestas con dignidad, pero justo al llegar a la parte llana, la que une la facultad de Letras y la mía, ha dicho "aquí me quedo" y se ha quedado parado, mientras el conductor daba acelerones como un cani en un semáforo e intentaba ponerlo en marcha de nuevo. Al principio todos nos hemos quedado quietos, como si nada, dando golpecitos con los pies al ritmo de la radio, mirando por las ventanas. Pasaban los minutos y a la gente se le empezaban a escapar las sonrisas, las miradas de incredulidad. Era curioso aquello: el enorme autobús parado en llano, abarrotado de estudiantes inmóviles, resoplando como un anciano cansado. Enfrente de mí, una chica sorprendentemente guapa se reía y enseñaba unos dientes blancos y fuertes. Al final, alguien ha pedido que se abran las puertas y hemos salido apresuradamente. Me ha dado un poco la sensación de que estábamos abandonando el barco y al pobre conductor, que me recordaba a un hindú cabreado dándole con una vara a un elefante sentado testarudamente en el barro (sé que es una comparación extraña).
Así que he subido a mi despacho, dejando al autobús varado en la carretera, y me he puesto a

Feliz loqueosquededelunes.
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