massobreloslunes

jueves, 29 de mayo de 2008

Una historia de amor

Cuando ella le conoció, él, no le hacía ni caso. Ella le observaba en silencio, le hablaba con timidez, imaginaba cómo era su vida cuando no podía verle. “Sería tan maravilloso si él me amara”, pensaba. “Todo iría bien si él se enamorara de mí”.

Entonces, nadie sabe muy bien por qué, él se enamoró de ella. Vivieron algunos meses de inefable éxtasis más propio de ángeles que de humanos. Caminaban de la mano e irradiaban luz. En la cama, se convertían en un solo ser. Sin embargo, él vivía en otra ciudad, y ella le echaba de menos durante todas sus horas de vigilia. “Sería tan maravilloso si se viniera a vivir a mi ciudad”, se decía. “Le amo tanto que no puedo vivir sin él. Si estuviera aquí, todo estaría bien”.

Así que él se mudó, y llegaron tiempos de profunda armonía. Podían verse siempre que quisieran, salir al cine, hacer el amor a diario. Sin embargo, él no quería que vivieran juntos, porque afirmaba que la magia se esfumaría. “¿Qué magia, mi amor?”, decía ella. “La magia es estar contigo”. Durante las horas que él pasaba lejos de ella y las noches que no quería quedarse a dormir, le extrañaba tantísimo. Sufría tan hondamente “Si se viniera a vivir conmigo”, pensaba, “sería tan maravilloso”.

Al cabo de un tiempo, él accedió y se mudó a vivir con ella. Nadie podría explicar la dicha que les embargó al colocar juntos sus cepillos de dientes y distribuir las tareas de la casa. Ella sintió que la felicidad era reposar su cabeza sobre el regazo de él mientras veían juntos las noticias de la noche. Después de los primeros tiempos de dulce convivencia, sin embargo, sintió que él empezaba a alejarse. Quería tener su propio espacio, salir con sus amigos, pasar algún tiempo a solas en su estudio. “Yo te doy, te doy y te doy”, decía ella, “y no recibo nada a cambio. ¿Es que ya no me amas?”. Se sentía sola, perdida como un pequeño barquito de cáscara de nuez en la inmensidad de un lago artificial. “Si tan sólo me prestara más atención”, suspiraba, “sería tan maravilloso”.

Y él la dejó.

Durante los largos y arduos meses que siguieron a la ruptura, ella lloraba durante casi todo su tiempo libre. El sufrimiento la atravesaba como un largo y afilado sable. No podía hacer más que recordar sus besos, sus miradas, los momentos que habían compartido. Le llamaba cada día por teléfono como quien lanza desesperadas señales de humo. Y cada noche, ahogándose casi entre mocos y lágrimas, con la cabeza enterrada en la almohada, se decía, una y otra vez: “Si él quisiera volver a estar conmigo… sería tan maravilloso…”.

martes, 27 de mayo de 2008

lunes, 26 de mayo de 2008

De cómo Roald Dahl escribió su primer cuento

Vengo de leer el primer capítulo de la nueva novela de Fuckowski, un paisano malagueño que hace un par de años se convirtió en un fenómeno de la ciberliteratura con su primera obra "Fuckowski, Memorias de un Ingeniero". Empezó a publicar por diversión, inició un tremendo fenómeno fan y ganó el concurso de novela de Yoescribo.com. Vendió la primera edición de 500 ejemplares por correo y sacó la segunda, que también parece ser que se está vendiendo como rosquillas (lo que tiene bastante mérito para una obra que está íntegra en la red).

Me gusta mucho cómo escribe este chico. Tiene fuerza, honestidad y un sentido del humor diabólico y tremendo que me hace revolcarme de risa con capítulos que ya he leído varias veces. El otro día le pregunté si hacía mucho que escribía. "Fuckowski es lo primero que he escrito", me dijo. Hay que joderse. Tanta gente quemándose (quemándonos) las pestañas durante años, y ahí está el tío, con su montón de fans internautas y sus dos ediciones vendidas artesanalmente por correo. Como un campeón.

Esto me recordó a una historia que me gusta mucho y que va de Roald Dahl (aunque reconozco que casi todo lo que va de Roald Dahl me gusta). Cuando era joven, Dahl fue piloto de la RAF en la Segunda Guerra Mundial, y a su regreso un periodista quiso entrevistarle para escribir un relato sobre sus aventuras. Quedaron para tomar algo, pero por alguna razón el periodista no pudo completar sus notas y le pidió a Dahl que escribiera los sucesos que recordaba y se los enviara para que él pudiera construir el relato a partir de ahí.

Pues bien: Roald Dahl, que había sacado siempre notas mediocres en redacción y nunca se había planteado escribir nada, agarró una pluma, se sirvió una copa de coñac y empezó a escribir. Después de un par de horas, cuando consideró que había contado todo lo que tenía que contar, puso punto y final y se lo envió al periodista. Unos días después, éste le dijo que no había nada que cambiar en aquellas notas. Que ya era un relato. A partir de entonces, Dahl se puso a escribir y a vender sus relatos a revistas importantes. Fue escritor toda su vida y, en mi opinión, el mejor autor para niños (¿Mejor que Ende? Sí, mejor que Ende. ¿Mejor que J.K.Rowling? Por favor, vete de mi blog) y uno muy respetable para adultos.

Vale que esta historia se carga un poco todo el rollo de la disciplina del escritor, y eso tampoco es del todo justo. Truman Capote, otro grande,cuenta que de niño y adolescente pasaba horas ejercitándose con la pluma (creo que las palabras textuales eran ésas). Cuando publicó Otras voces, otros ámbitos siendo jovencísimo, se extrañó de que todo el mundo se asombrara de su calidad. "Llevo años trabajando", dijo. "Es normal que sea buena". Así que trabajar y ser disciplinado está bien. Lo que me gusta de verdad de la historia de Roald Dahl es que todo eso de sentirse escritor y tener grandes dudas existenciales sobre la literatura y la vida no es exactamente malo, pero no hace falta. Ser o no ser escritor, llevar o no gafas de pasta, decidir si es más importante la literatura o la vida. Qué cojones importa.

Basta con escribir (bien). Lo demás viene solo.

(Escribir mal tampoco es malo, lo que pasa es que puede que no te publiquen ni te conviertas en un autor famosísimo y respetado. Pero eso también da igual).
(Por otra parte, y quizá me estoy pasando de paréntesis a pie de página, escribir bien tampoco te asegura convertirte en un autor famoso y respetado).

sábado, 24 de mayo de 2008

La situación es más o menos así

Te dejo con tu espacio
con esa soledad que tanto añoras
con tus horas
tu porno
tus amigos.
Te dejo con tu vida
con todas las demás mujeres
tus dibujos
tus libros.

A cambio
me llevo
mi cuerpo al otro lado de la cama
mi bote de champú de la bañera
mis besos
mis palabras.

Mis cenas con velitas y ensalada
mis ganas de bailar sobre la alfombra
mi sushi
a Frank Sinatra.

Me llevo mi cintura
los libros que pensaba dedicarte
mi habilidad para leer los mapas.

Mis chistes
mi hambre
mi mechero
mi perfume
mi pelo.

Me llevo todo eso porque es mío.
No sé si sabes quién sale perdiendo.

Admitámoslo

Salir de fiesta me deprime.

jueves, 22 de mayo de 2008

Missing

Esta vez parece que es definitivo. Te he perdido y, por lo que parece, no vas a volver. Ya había pasado antes, pero siempre volvías. Te resistías a separarte de mí. Ahora, sin embargo, creo que no hay duda de que se ha acabado.

Hoy me he despertado recordando la calidez de tu cuerpo. Nuestras siestas, nuestros sueños, cuando te colocabas sobre mí y respirábamos a la vez. La manera en que conseguías alegrarme el día en cuanto veía aparecer tu figura tras la puerta.

No sólo te agradezco todo el amor que me has dado, sino también lo mucho que te has dejado amar, aunque a veces hicieras como que no te dabas cuenta. A veces pienso que ésa ha sido tu misión en mi vida: dejarte querer, dejarme ser mejor persona dándote mi cariño.

Volviendo la vista atrás, me pregunto si hay algo que hubiera podido hacer para evitar perderte. Supongo que sí; siempre puede hacerse algo. Me digo que a lo mejor no estuve lo suficientemente cerca, que no lo hice todo lo bien que podría haberlo hecho. Al final no me queda más remedio que aceptar que las cosas son como son, que el tiempo no va a volver atrás, que tú nunca me has pertenecido. Que perteneces a la vida.

Déjame que haga un último intento: vuelve. Por favor, vuelve conmigo. Te necesito a mi lado. Nos quedan muchas cosas por hacer, muchos lugares donde vivir, muchos sofás por compartir. No te haces a la idea de lo mucho que me duele perderte.

Si no funciona y no regresas conmigo, espero de corazón que encuentres a alguien que te quiera al menos tanto como yo. Que te cuide como te mereces. Que sepa lo que te gusta, que se quede a tu lado, que te bese y abrace a menudo, que sepa disfrutar de tu olor limpio y cálido. Espero que estés bien, que seas feliz. Que la negrura del mundo no te coma.

Sin embargo, Clementina, gatita... te echo tanto de menos...

Pies

El podólogo no tenía éxito con las mujeres. Era inteligente, agradable y casi guapo, pero se daba cuenta de que, en cuanto decía a qué se dedicaba, las mujeres huían de él como si hubieran pisado algo viscoso. Todo el mundo sabe lo que hay bajo los zapatos, y más aún bajo los de las personas que necesitan ir al podólogo: uñeros, callos ásperos, olores recocidos. Al podólogo, en el fondo, no le extrañaba que las mujeres no quisieran ser tocadas por esas manos.

Hasta que un día, en un congreso sobre Patologías Contagiosas del Pie Humano, un colega le dio la solución.
- Es muy fácil – le dijo -. Sólo tienes que decirle a la chica la siguiente frase “Tus pies son increíblemente pequeños en relación con tu estatura”. A las mujeres les encanta saber que tienen los pies pequeños. Les hace sentirse deseadas. Tiene que ver con alguna forma perversa de feminidad: el rollo japonés de vendar los pies, o algo así.

A partir de entonces, justo después de confesar cómo se ganaba la vida, el podólogo decía su frase. El cambio operado en las mujeres era perceptible. Sus ojos brillaban, su postura se relajaba, la leve mueca de repugnancia que había contraído su boca al saber a qué se dedicaba se deshacía. El podólogo remataba con otras dos frases, esta vez de su cosecha: “En serio”, decía, “y yo entiendo de esto”. Luego dirigía una mirada preocupada a los pies en cuestión “¿seguro que no te aprietan los zapatos?”. Su interlocutora sonreía, levemente avergonzada: “Qué va, son de mi talla”. Después de eso, todo iba sobre ruedas.

Cuando ella llegó a su consulta, sin embargo, no pudo decirle nada. Sus dos esbeltas piernas estaban terminadas por unos pies largos y anchos, con el dedo pulgar ligeramente separado de los demás. El podólogo echó una vista a los juanetes, raspó callos, revisó un papiloma en curación. Miró a la mujer a los ojos, grandes y tristes. Era muy guapa.
- Tus pies – dijo, y no sabía cómo continuar -… Tus pies tienen mucho carácter.

Ella sonrió con dulzura.
- Son zarpas – dijo -, pero gracias.
- No son tan grandes. He visto a muchas mujeres de tu estatura, y te aseguro que entra en la media.

Como reprochándole su mentira, los dos grandes pies le miraban, flotando sobre el suelo al final de la camilla. Los dedos parecían alargarse buscando la luz. Ella volvió a sonreír y se incorporó, calzándose unos zapatos de tacón que tenían aspecto de ser caros.
- Bueno, pues nos vemos de aquí a un mes para echarle un vistazo a ese papiloma, ¿te parece?

La mujer asintió.
- Oye, eres mi última paciente. ¿Te apetece tomar una cerveza? – sugirió él. Ser podólogo no le había hecho fetichista. El resto del cuerpo de la paciente aún le interesaba.

Ella le miró mientras cogía su bolso. La luz de la tarde de verano había empezado a volverse mortecina, y después de apagar la lámpara halógena que utilizaba para trabajar, el podólogo apenas podía distinguir sus rasgos. Se quedó unos segundos en silencio y, finalmente, negó con la cabeza.
- No sabe lo importantes que pueden llegar a ser los pies – dijo.

Y sin darle tiempo a contestar, se marchó despacio, caminando hacia la puerta con sorprendente gracia.