Cuando ella le conoció, él, no le hacía ni caso. Ella le observaba en silencio, le hablaba con timidez, imaginaba cómo era su vida cuando no podía verle. “Sería tan maravilloso si él me amara”, pensaba. “Todo iría bien si él se enamorara de mí”.
Entonces, nadie sabe muy bien por qué, él se enamoró de ella. Vivieron algunos meses de inefable éxtasis más propio de ángeles que de humanos. Caminaban de la mano e irradiaban luz. En la cama, se convertían en un solo ser. Sin embargo, él vivía en otra ciudad, y ella le echaba de menos durante todas sus horas de vigilia. “Sería tan maravilloso si se viniera a vivir a mi ciudad”, se decía. “Le amo tanto que no puedo vivir sin él. Si estuviera aquí, todo estaría bien”.
Así que él se mudó, y llegaron tiempos de profunda armonía. Podían verse siempre que quisieran, salir al cine, hacer el amor a diario. Sin embargo, él no quería que vivieran juntos, porque afirmaba que la magia se esfumaría. “¿Qué magia, mi amor?”, decía ella. “La magia es estar contigo”. Durante las horas que él pasaba lejos de ella y las noches que no quería quedarse a dormir, le extrañaba tantísimo. Sufría tan hondamente “Si se viniera a vivir conmigo”, pensaba, “sería tan maravilloso”.
Al cabo de un tiempo, él accedió y se mudó a vivir con ella. Nadie podría explicar la dicha que les embargó al colocar juntos sus cepillos de dientes y distribuir las tareas de la casa. Ella sintió que la felicidad era reposar su cabeza sobre el regazo de él mientras veían juntos las noticias de la noche. Después de los primeros tiempos de dulce convivencia, sin embargo, sintió que él empezaba a alejarse. Quería tener su propio espacio, salir con sus amigos, pasar algún tiempo a solas en su estudio. “Yo te doy, te doy y te doy”, decía ella, “y no recibo nada a cambio. ¿Es que ya no me amas?”. Se sentía sola, perdida como un pequeño barquito de cáscara de nuez en la inmensidad de un lago artificial. “Si tan sólo me prestara más atención”, suspiraba, “sería tan maravilloso”.
Y él la dejó.
Durante los largos y arduos meses que siguieron a la ruptura, ella lloraba durante casi todo su tiempo libre. El sufrimiento la atravesaba como un largo y afilado sable. No podía hacer más que recordar sus besos, sus miradas, los momentos que habían compartido. Le llamaba cada día por teléfono como quien lanza desesperadas señales de humo. Y cada noche, ahogándose casi entre mocos y lágrimas, con la cabeza enterrada en la almohada, se decía, una y otra vez: “Si él quisiera volver a estar conmigo… sería tan maravilloso…”.