massobreloslunes

miércoles, 4 de junio de 2008

Un encuentro

Voy caminando por la calle en dirección a la parada del autobús. El invierno se está alargando hasta límites maleducados, y todavía hay diez o doce grados aunque sea casi junio. El cielo está cubierto de nubes blancas y húmedas y todo el mundo se ha levantado antes de lo que le gustaría. En mi dirección caminan dos monjas con esos hábitos antiguos tan fantásticos: túnica marrón, caperuza (¿caperuza?) negra y una especie de delantalito blanco sujeto con un cinturón de cuero. Admito que no estoy muy puesto en vestimenta clerical. Llevan unas sandalias de tiras por donde asoman ateridos los deditos de los pies. Son gorditas, redondas y sudamericanas; hay muchísimas monjas gorditas, redondas y sudamericanas, o a lo mejor son siempre las mismas paseándose por diferentes lugares de la ciudad.
Cuando nos cruzamos y estoy a punto de dejarlas atrás, me vuelvo y digo:
- Perdonen, hermanas - no sé si se les llama así.
Tardan unos segundos en contestar.
- ¿Sí, m'hijito? - dice la mayor.
- ¿Podrían bendecirme?
Ahora sí tardan en hablar. Me miran de arriba abajo. Probablemente piensan que hay una cámara oculta en algún lugar.
- ¿Bendecirte?
- Sí... verán, ustedes... ustedes saben de qué va el rollo, ¿no?
- ¿Qué rollo, hijo?
El rollo de todo esto, pienso, de para qué sirve tomarse una taza de café cada mañana y encarar la vida, y caminar por la calle hacia ella aunque los árboles estén llenos de pájaros. El rollo de si es verdad que hay un cielo o si nos disolvemos en átomos y pasamos a formar parte de la hierba, de una vaca, de la loncha de queso de un sandwich. El rollo de no suicidarse, a diario, todos los días de la vida.
Sin embargo, sólo digo:
- No sé, el rollo de lo divino, de Dios, del sentido de la existencia.
- Pero, ¿tú crees en Dios? - pregunta la más joven.
¿Cómo voy a creer en Dios? ¿Cómo podría alguien hacerlo, si hay chicles pegados a la acera y tenemos que madrugar todos los días, y en algún lugar del mundo con un nombre complicado pasan cosas que no serían peores si las imagináramos, y hay padres que tienen que cuidar de sus hijos con Síndrome de Down y, aunque hay momentos de una luz increíble y gigante, la mayoría del tiempo sientes que te falta algo importante que los demás sí tienen?
- Bueno, creo en la trascendencia. En que hay algo más grande que nosotros.
Sonrío, pero creo que he calculado mal la sonrisa, porque menean la cabeza, disgustadas, y siguen andando. Yo reprimo las ganas de salir detrás y suplicar de rodillas una bendición, pero sólo sigo caminando, camino esta mañana entre las paredes sucias, la gente distraída y los siempre sorprendentes tallos de las flores.

domingo, 1 de junio de 2008

Mente de mono

El presente no es más que dar tumbos por los escenarios del mundo mientras nuestra cabeza hila una sucesión de pensamientos, a veces con sentido, a veces inconexos. Nuestro cuerpo experimenta sensaciones que juzgamos como agradables y desagradables y, rápidamente, pedimos más de las primeras y menos de las segundas. Agrupamos esos sentimientos y pensamientos en emociones. Las asociamos a personas y a cosas. Entre emoción y emoción, hay tiempos muertos, aburrimientos, platos que lavar, autobuses que coger. En general, y salvo excepciones, eso es la vida.

Una vez pasa, miramos atrás, recolectamos esos pensamientos y esos sentimientos y los pegamos en nuestra memoria como en un álbum de recortes. Entonces parecen relatos. Tienen un comienzo, un principio y un final. Y nos gustan. Parece que tienen un sentido; si se los presentáramos a un grupo de lectura, sabrían sacar una enseñanza y escribir varias páginas de reflexión sesuda. Podrían haberle pasado a cualquiera. A lo mejor ésa es la clave: que podrían haberle pasado a cualquiera. Entonces nos encariñamos de nuestras historias, como si de verdad cualquier tiempo pasado hubiera sido mejor, y creemos que en el futuro es eso lo que vamos a vivir: historias con sentido. Y no nos damos cuenta de que el presente sigue siendo pegajoso e inconexo como un sueño.

Y así vivimos la vida. Así, hasta que nos morimos.

Mi querido HDP

El HDP u Hombrecito de la Posguerra es el señor que me enseña Psicología de la Educación. Lo llamo así yo íntimamente porque podrían recortarlo de mi clase y colocarlo en una escuela rural de 1950, con su chaleco y su bufandilla. Es flaco y tiene el pelo de una sola pieza, como Ken el de Barbie: ni le crece, ni se lo corta, ni se despeina.

Este señor y su asignatura son la versión moderna de los esclavos egipcios que construían pirámides arrastrando piedras. Podría licenciarme sólo con las horas de trabajo que le he echado a P de la E.

Es difícil explicar la personajez del HDP (curiosa coincidencia de siglas)en palabras de nuestro idioma. Es un señor realmente entusiasmado por su asignatura, convencido de que mandarnos setecientas prácticas, doscientas actividades de clase y quinientos trabajos complementarios de crédito europeo es lo mejor que puede hacer por nosotros y nuestra formación. Comienza todas las clases diciendo “esto es muy interesante, ¡interesantísimo! Esto lo pueden aplicar ustedes en su futuro profesional”, y saca un taco de transparencias pintadas de rotulador que nos explica con genuina pasión.

Lo peor del HDP es que se lee los trabajos. Cuando nos manda una actividad, llega al cabo de unas semanas con unas ojeras hasta los pies, porque se ha pasado la noche corrigiéndolas y haciendo transparencias con los mejores y peores ejercicios para que aprendamos de nuestros aciertos y errores. Si descubre que alguien se ha copiado, hace transparencias del plagio y pone con su rotulador rojo al lado: ¡¡¡COMPORTAMIENTO ACADÉMICO INACEPTABLE!!!, y lo proyecta en clase para aleccionarnos.

Mientras exponemos en clase, asiente con una sonrisa beatífica e interrumpe para poner sus transparencias sobre el tema y leernos cuentos de Jorge Bucay. El último día, nos despidió con un power point directamente sacado de los forwards de su bandeja de entrada, con fotitos de flores y velas y más cuentos sobre la educación, la paciencia y el luminoso poder de la esperanza. Y con transparencias.

Todo esto estaría bien si el examen fuera relativamente fácil. Pero encima su examen consta de preguntas del tipo de ésta:

Recuerda cuando trabajamos en clase el artículo de García (1998). ¿En cuál de sus enfoques sobre el aprendizaje podría enmarcarse la teoría de Ausubel?
a) Primero.
b) Segundo.
c) Tercero.
d) Cuarto.

(No es una exageración. Había una pregunta así en el examen de febrero).
(Obviamente, el artículo de García estaba impreso en una transparencia).

Es un profesor que cree fervientemente que aprender no es empollar el último día. Que tenemos que retenerlo, asimilarlo, relacionarlo e integrarlo TODO. Que al final de curso seremos mejores psicólogos y seres humanos. Como ya os he dicho, es un personaje.

Y lo más gracioso de todo esto es que hoy, domingo, mientras termino las prácticas del HDP (cada una de ellas un taco de folios con lecturas, artículos en inglés y análisis estadísticos), y me acuerdo de toda su familia, no puedo evitar pensar que es un señor bastante adorable. Qué poco hace falta para tenerme contenta.

sábado, 31 de mayo de 2008

El calentamiento global parece ser de verdad una sucia mentira. El mundo no se está calentando. Está directamente volviéndose loco. A lo largo del mes de mayo, la primavera ha ido mutando en un otoño intempestivo y siniestro que nos tiene todavía con las chaquetas y los paraguas colgados del perchero. En general, el frío no me gusta. Entre frío y calor, prefiero el calor. Me parece más parecido a la vida, más fértil; al fin y al cabo, va de quitarse ropa. Pero hay algo peor en este séptimo invierno del que me hablaba mi compañero de curro que el mero frío. El cambio de estación marca de alguna manera otros cambios. Ciclos que se terminan y que comienzan. La posibilidad de que cambiar la bufanda por los tirantes vaya a suponer cambiar la melancolía por la extroversión. Así que este invierno prolongado, estos ocho o nueve meses de frío, me tienen atrapada en el tiempo, en un día de la Marmota donde mi chaqueta roja me mira desde el borde de la silla y se ríe. Como si todas las turbulencias del otoño y del invierno se resistieran a marcharse. Como si ni siquiera el clima diera segundas oportunidades.

En fin. Lo bueno y lo malo que tiene el tiempo es que, por mucho que te esfuerces, no puedes hacer nada por controlaro.

Tengo que reconocerlo

Me das los mejores disgustos del mundo.

jueves, 29 de mayo de 2008

Una historia de amor

Cuando ella le conoció, él, no le hacía ni caso. Ella le observaba en silencio, le hablaba con timidez, imaginaba cómo era su vida cuando no podía verle. “Sería tan maravilloso si él me amara”, pensaba. “Todo iría bien si él se enamorara de mí”.

Entonces, nadie sabe muy bien por qué, él se enamoró de ella. Vivieron algunos meses de inefable éxtasis más propio de ángeles que de humanos. Caminaban de la mano e irradiaban luz. En la cama, se convertían en un solo ser. Sin embargo, él vivía en otra ciudad, y ella le echaba de menos durante todas sus horas de vigilia. “Sería tan maravilloso si se viniera a vivir a mi ciudad”, se decía. “Le amo tanto que no puedo vivir sin él. Si estuviera aquí, todo estaría bien”.

Así que él se mudó, y llegaron tiempos de profunda armonía. Podían verse siempre que quisieran, salir al cine, hacer el amor a diario. Sin embargo, él no quería que vivieran juntos, porque afirmaba que la magia se esfumaría. “¿Qué magia, mi amor?”, decía ella. “La magia es estar contigo”. Durante las horas que él pasaba lejos de ella y las noches que no quería quedarse a dormir, le extrañaba tantísimo. Sufría tan hondamente “Si se viniera a vivir conmigo”, pensaba, “sería tan maravilloso”.

Al cabo de un tiempo, él accedió y se mudó a vivir con ella. Nadie podría explicar la dicha que les embargó al colocar juntos sus cepillos de dientes y distribuir las tareas de la casa. Ella sintió que la felicidad era reposar su cabeza sobre el regazo de él mientras veían juntos las noticias de la noche. Después de los primeros tiempos de dulce convivencia, sin embargo, sintió que él empezaba a alejarse. Quería tener su propio espacio, salir con sus amigos, pasar algún tiempo a solas en su estudio. “Yo te doy, te doy y te doy”, decía ella, “y no recibo nada a cambio. ¿Es que ya no me amas?”. Se sentía sola, perdida como un pequeño barquito de cáscara de nuez en la inmensidad de un lago artificial. “Si tan sólo me prestara más atención”, suspiraba, “sería tan maravilloso”.

Y él la dejó.

Durante los largos y arduos meses que siguieron a la ruptura, ella lloraba durante casi todo su tiempo libre. El sufrimiento la atravesaba como un largo y afilado sable. No podía hacer más que recordar sus besos, sus miradas, los momentos que habían compartido. Le llamaba cada día por teléfono como quien lanza desesperadas señales de humo. Y cada noche, ahogándose casi entre mocos y lágrimas, con la cabeza enterrada en la almohada, se decía, una y otra vez: “Si él quisiera volver a estar conmigo… sería tan maravilloso…”.

martes, 27 de mayo de 2008