Algunos hombres saben encontrar algo hermoso en todas las mujeres. A mí me gustan esos hombres, aunque no me casaría con ellos. Ésos que pueden aislar en un cuerpo inseguro unos hombros bonitos, o la boca generosa de una cara asimétrica. Ésos que siempre tienen los ojos idos detrás de las chicas que caminan por la calle, y le sueltan un piropo a la cajera sólo por ver cómo cambia cuando sonríe, atravesada por un breve relámpago de luz.
Se fijan en partes del cuerpo que ningún otro ve.
... tu nuca, te dicen.
... tu cuello.
... tus dedos.
... tus hermosos tobillos de princesa.
Una vez tuve un lío con un chico así. Él era guapo (estos hombres casi siempre lo son), y después de picotear un poco aquí y allá eligió por novia formal a una chica preciosa, de enormes ojos rasgados, labios oscuros y nariz respingona. La adoró durante meses, con palabras y besos y fotos. Luego la engañó tanto, y con tantas mujeres, y también tan hermosas.
A mí me gustan esos hombres, aunque les llamen golfos, o salidos, o donjuanes. No son malos; sólo tienen demasiado presente la polimórfica y perversa belleza femenina. Y les gusta tanto, la aman tanto, que les pasa que no saben qué hacer con tanto amor.
jueves, 12 de junio de 2008
Omisión
Nadie tuvo corazón para decirle al ciego feo que la novedosa técnica para recuperar la vista por fin había sido probada, era un éxito y estaba lista para ser aplicada en cualquier hospital.
martes, 10 de junio de 2008
You made my day
Esta mañana se han dado cita en las coordenadas espacio-temporales a las que llamo mi vida una serie de hechos perturbadores. Ha empezado la única compañera de piso que me queda (algún día os contaré el misterioso efecto Agatha Christie que parece tener mi piso de este año) haciendo limpieza en su cuarto a las siete de la mañana, con gran profusión de cierre de puertas, arrastre de muebles y subida y bajada de persianas. A esto se han unido el nublado, un tenue pero potente síndrome premenstrual y una cucaracha agonizante a la puerta de mi habitación. Yo a las cucarachas no las mato, porque me da asco: espero a que mueran, luego les deseo una mejor reencarnación y las tiro al váter, acompañadas de toneladas de papel higiénico para que no se queden flotando. Así que esta mañana he pasado varias veces junto a la cucaracha poniéndome la mano junto al ojo en plan anteojera para no verla mover sus asquerosas patitas luchando por su vida.
La mente humana es curiosa. O a lo mejor sólo me pasa a mí. El caso es que en mañanas como la de hoy, de verdad que pienso que todo esto no es más que un arrastrarse sin sentido, y me siento como esa pobre cucaracha, esperando a morir para que alguien me tire al váter. Lo que es absurdo, porque en pocas horas me vuelvo a poner contenta como unas castañuelas. Pero en esos momentos pienso que es terrible y que va a durar para siempre. ¿Qué me salva entonces la vida? ¿Pensar en lo afortunada que soy de tener comida, amigos y el número adecuado de cromosomas? Eso ya lo tengo asumido. Es un reforzador que ha perdido su efecto, como dirían en Psicología del Aprendizaje.
Al final hoy me salva Cortázar. Leo "Historias de Cronopios y Famas" sentada al sol, en este junio que se resiste a ser caluroso. Mientras me dejo mecer por la dulzura absurda de los famas, los cronopios (esos seres verdes, húmedos) y las esperanzas, me pregunto qué es lo que diferencia a Cortázar de todos sus imitadores. Igual que se hacen concursos de Elvis falsos, deberían hacerse concursos de falsos Cortázares o de falsas Magas, todos escribiendo estúpidamente sobre casas que se inclinan y encuentros casuales en puentes de hierro.
Al final pienso que J. tenía razón y que Cortázar es como Walt Disney: sabe algo que los demás no saben. O no sabemos. Los cronopios y los famas no se parecen a nada que yo haya leído antes. Es como si realmente él se lo creyera. Quiero decir, que no hay nada de "mira qué original soy" en él, nada de "fíjate en el mundo imaginario que he creado". Parece que lo haya escrito borracho, suavemente embriagado de vino dulce, viendo a los cronopios a su alrededor susurrando "cronopio cronopio cronopio".
Me he sentido como si en algún lugar del mundo hubiera un inmenso manantial de ingenio y belleza y yo hubiera podido tocarlo unos segundos. Ni siquiera el amor le puede con tanta fuerza al tedio.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca...
La mente humana es curiosa. O a lo mejor sólo me pasa a mí. El caso es que en mañanas como la de hoy, de verdad que pienso que todo esto no es más que un arrastrarse sin sentido, y me siento como esa pobre cucaracha, esperando a morir para que alguien me tire al váter. Lo que es absurdo, porque en pocas horas me vuelvo a poner contenta como unas castañuelas. Pero en esos momentos pienso que es terrible y que va a durar para siempre. ¿Qué me salva entonces la vida? ¿Pensar en lo afortunada que soy de tener comida, amigos y el número adecuado de cromosomas? Eso ya lo tengo asumido. Es un reforzador que ha perdido su efecto, como dirían en Psicología del Aprendizaje.
Al final hoy me salva Cortázar. Leo "Historias de Cronopios y Famas" sentada al sol, en este junio que se resiste a ser caluroso. Mientras me dejo mecer por la dulzura absurda de los famas, los cronopios (esos seres verdes, húmedos) y las esperanzas, me pregunto qué es lo que diferencia a Cortázar de todos sus imitadores. Igual que se hacen concursos de Elvis falsos, deberían hacerse concursos de falsos Cortázares o de falsas Magas, todos escribiendo estúpidamente sobre casas que se inclinan y encuentros casuales en puentes de hierro.
Al final pienso que J. tenía razón y que Cortázar es como Walt Disney: sabe algo que los demás no saben. O no sabemos. Los cronopios y los famas no se parecen a nada que yo haya leído antes. Es como si realmente él se lo creyera. Quiero decir, que no hay nada de "mira qué original soy" en él, nada de "fíjate en el mundo imaginario que he creado". Parece que lo haya escrito borracho, suavemente embriagado de vino dulce, viendo a los cronopios a su alrededor susurrando "cronopio cronopio cronopio".
Me he sentido como si en algún lugar del mundo hubiera un inmenso manantial de ingenio y belleza y yo hubiera podido tocarlo unos segundos. Ni siquiera el amor le puede con tanta fuerza al tedio.
lunes, 9 de junio de 2008
Malentendido
Cuando le dije que con ella nunca me aburría, creo que no comprendió que eso no tenía por qué ser necesariamente bueno.
miércoles, 4 de junio de 2008
Un encuentro
Voy caminando por la calle en dirección a la parada del autobús. El invierno se está alargando hasta límites maleducados, y todavía hay diez o doce grados aunque sea casi junio. El cielo está cubierto de nubes blancas y húmedas y todo el mundo se ha levantado antes de lo que le gustaría. En mi dirección caminan dos monjas con esos hábitos antiguos tan fantásticos: túnica marrón, caperuza (¿caperuza?) negra y una especie de delantalito blanco sujeto con un cinturón de cuero. Admito que no estoy muy puesto en vestimenta clerical. Llevan unas sandalias de tiras por donde asoman ateridos los deditos de los pies. Son gorditas, redondas y sudamericanas; hay muchísimas monjas gorditas, redondas y sudamericanas, o a lo mejor son siempre las mismas paseándose por diferentes lugares de la ciudad.
Cuando nos cruzamos y estoy a punto de dejarlas atrás, me vuelvo y digo:
- Perdonen, hermanas - no sé si se les llama así.
Tardan unos segundos en contestar.
- ¿Sí, m'hijito? - dice la mayor.
- ¿Podrían bendecirme?
Ahora sí tardan en hablar. Me miran de arriba abajo. Probablemente piensan que hay una cámara oculta en algún lugar.
- ¿Bendecirte?
- Sí... verán, ustedes... ustedes saben de qué va el rollo, ¿no?
- ¿Qué rollo, hijo?
El rollo de todo esto, pienso, de para qué sirve tomarse una taza de café cada mañana y encarar la vida, y caminar por la calle hacia ella aunque los árboles estén llenos de pájaros. El rollo de si es verdad que hay un cielo o si nos disolvemos en átomos y pasamos a formar parte de la hierba, de una vaca, de la loncha de queso de un sandwich. El rollo de no suicidarse, a diario, todos los días de la vida.
Sin embargo, sólo digo:
- No sé, el rollo de lo divino, de Dios, del sentido de la existencia.
- Pero, ¿tú crees en Dios? - pregunta la más joven.
¿Cómo voy a creer en Dios? ¿Cómo podría alguien hacerlo, si hay chicles pegados a la acera y tenemos que madrugar todos los días, y en algún lugar del mundo con un nombre complicado pasan cosas que no serían peores si las imagináramos, y hay padres que tienen que cuidar de sus hijos con Síndrome de Down y, aunque hay momentos de una luz increíble y gigante, la mayoría del tiempo sientes que te falta algo importante que los demás sí tienen?
- Bueno, creo en la trascendencia. En que hay algo más grande que nosotros.
Sonrío, pero creo que he calculado mal la sonrisa, porque menean la cabeza, disgustadas, y siguen andando. Yo reprimo las ganas de salir detrás y suplicar de rodillas una bendición, pero sólo sigo caminando, camino esta mañana entre las paredes sucias, la gente distraída y los siempre sorprendentes tallos de las flores.
Cuando nos cruzamos y estoy a punto de dejarlas atrás, me vuelvo y digo:
- Perdonen, hermanas - no sé si se les llama así.
Tardan unos segundos en contestar.
- ¿Sí, m'hijito? - dice la mayor.
- ¿Podrían bendecirme?
Ahora sí tardan en hablar. Me miran de arriba abajo. Probablemente piensan que hay una cámara oculta en algún lugar.
- ¿Bendecirte?
- Sí... verán, ustedes... ustedes saben de qué va el rollo, ¿no?
- ¿Qué rollo, hijo?
El rollo de todo esto, pienso, de para qué sirve tomarse una taza de café cada mañana y encarar la vida, y caminar por la calle hacia ella aunque los árboles estén llenos de pájaros. El rollo de si es verdad que hay un cielo o si nos disolvemos en átomos y pasamos a formar parte de la hierba, de una vaca, de la loncha de queso de un sandwich. El rollo de no suicidarse, a diario, todos los días de la vida.
Sin embargo, sólo digo:
- No sé, el rollo de lo divino, de Dios, del sentido de la existencia.
- Pero, ¿tú crees en Dios? - pregunta la más joven.
¿Cómo voy a creer en Dios? ¿Cómo podría alguien hacerlo, si hay chicles pegados a la acera y tenemos que madrugar todos los días, y en algún lugar del mundo con un nombre complicado pasan cosas que no serían peores si las imagináramos, y hay padres que tienen que cuidar de sus hijos con Síndrome de Down y, aunque hay momentos de una luz increíble y gigante, la mayoría del tiempo sientes que te falta algo importante que los demás sí tienen?
- Bueno, creo en la trascendencia. En que hay algo más grande que nosotros.
Sonrío, pero creo que he calculado mal la sonrisa, porque menean la cabeza, disgustadas, y siguen andando. Yo reprimo las ganas de salir detrás y suplicar de rodillas una bendición, pero sólo sigo caminando, camino esta mañana entre las paredes sucias, la gente distraída y los siempre sorprendentes tallos de las flores.
domingo, 1 de junio de 2008
Mente de mono
El presente no es más que dar tumbos por los escenarios del mundo mientras nuestra cabeza hila una sucesión de pensamientos, a veces con sentido, a veces inconexos. Nuestro cuerpo experimenta sensaciones que juzgamos como agradables y desagradables y, rápidamente, pedimos más de las primeras y menos de las segundas. Agrupamos esos sentimientos y pensamientos en emociones. Las asociamos a personas y a cosas. Entre emoción y emoción, hay tiempos muertos, aburrimientos, platos que lavar, autobuses que coger. En general, y salvo excepciones, eso es la vida.
Una vez pasa, miramos atrás, recolectamos esos pensamientos y esos sentimientos y los pegamos en nuestra memoria como en un álbum de recortes. Entonces parecen relatos. Tienen un comienzo, un principio y un final. Y nos gustan. Parece que tienen un sentido; si se los presentáramos a un grupo de lectura, sabrían sacar una enseñanza y escribir varias páginas de reflexión sesuda. Podrían haberle pasado a cualquiera. A lo mejor ésa es la clave: que podrían haberle pasado a cualquiera. Entonces nos encariñamos de nuestras historias, como si de verdad cualquier tiempo pasado hubiera sido mejor, y creemos que en el futuro es eso lo que vamos a vivir: historias con sentido. Y no nos damos cuenta de que el presente sigue siendo pegajoso e inconexo como un sueño.
Y así vivimos la vida. Así, hasta que nos morimos.
Una vez pasa, miramos atrás, recolectamos esos pensamientos y esos sentimientos y los pegamos en nuestra memoria como en un álbum de recortes. Entonces parecen relatos. Tienen un comienzo, un principio y un final. Y nos gustan. Parece que tienen un sentido; si se los presentáramos a un grupo de lectura, sabrían sacar una enseñanza y escribir varias páginas de reflexión sesuda. Podrían haberle pasado a cualquiera. A lo mejor ésa es la clave: que podrían haberle pasado a cualquiera. Entonces nos encariñamos de nuestras historias, como si de verdad cualquier tiempo pasado hubiera sido mejor, y creemos que en el futuro es eso lo que vamos a vivir: historias con sentido. Y no nos damos cuenta de que el presente sigue siendo pegajoso e inconexo como un sueño.
Y así vivimos la vida. Así, hasta que nos morimos.
Mi querido HDP
El HDP u Hombrecito de la Posguerra es el señor que me enseña Psicología de la Educación. Lo llamo así yo íntimamente porque podrían recortarlo de mi clase y colocarlo en una escuela rural de 1950, con su chaleco y su bufandilla. Es flaco y tiene el pelo de una sola pieza, como Ken el de Barbie: ni le crece, ni se lo corta, ni se despeina.
Este señor y su asignatura son la versión moderna de los esclavos egipcios que construían pirámides arrastrando piedras. Podría licenciarme sólo con las horas de trabajo que le he echado a P de la E.
Es difícil explicar la personajez del HDP (curiosa coincidencia de siglas)en palabras de nuestro idioma. Es un señor realmente entusiasmado por su asignatura, convencido de que mandarnos setecientas prácticas, doscientas actividades de clase y quinientos trabajos complementarios de crédito europeo es lo mejor que puede hacer por nosotros y nuestra formación. Comienza todas las clases diciendo “esto es muy interesante, ¡interesantísimo! Esto lo pueden aplicar ustedes en su futuro profesional”, y saca un taco de transparencias pintadas de rotulador que nos explica con genuina pasión.
Lo peor del HDP es que se lee los trabajos. Cuando nos manda una actividad, llega al cabo de unas semanas con unas ojeras hasta los pies, porque se ha pasado la noche corrigiéndolas y haciendo transparencias con los mejores y peores ejercicios para que aprendamos de nuestros aciertos y errores. Si descubre que alguien se ha copiado, hace transparencias del plagio y pone con su rotulador rojo al lado: ¡¡¡COMPORTAMIENTO ACADÉMICO INACEPTABLE!!!, y lo proyecta en clase para aleccionarnos.
Mientras exponemos en clase, asiente con una sonrisa beatífica e interrumpe para poner sus transparencias sobre el tema y leernos cuentos de Jorge Bucay. El último día, nos despidió con un power point directamente sacado de los forwards de su bandeja de entrada, con fotitos de flores y velas y más cuentos sobre la educación, la paciencia y el luminoso poder de la esperanza. Y con transparencias.
Todo esto estaría bien si el examen fuera relativamente fácil. Pero encima su examen consta de preguntas del tipo de ésta:
Recuerda cuando trabajamos en clase el artículo de García (1998). ¿En cuál de sus enfoques sobre el aprendizaje podría enmarcarse la teoría de Ausubel?
a) Primero.
b) Segundo.
c) Tercero.
d) Cuarto.
(No es una exageración. Había una pregunta así en el examen de febrero).
(Obviamente, el artículo de García estaba impreso en una transparencia).
Es un profesor que cree fervientemente que aprender no es empollar el último día. Que tenemos que retenerlo, asimilarlo, relacionarlo e integrarlo TODO. Que al final de curso seremos mejores psicólogos y seres humanos. Como ya os he dicho, es un personaje.
Y lo más gracioso de todo esto es que hoy, domingo, mientras termino las prácticas del HDP (cada una de ellas un taco de folios con lecturas, artículos en inglés y análisis estadísticos), y me acuerdo de toda su familia, no puedo evitar pensar que es un señor bastante adorable. Qué poco hace falta para tenerme contenta.
Este señor y su asignatura son la versión moderna de los esclavos egipcios que construían pirámides arrastrando piedras. Podría licenciarme sólo con las horas de trabajo que le he echado a P de la E.
Es difícil explicar la personajez del HDP (curiosa coincidencia de siglas)en palabras de nuestro idioma. Es un señor realmente entusiasmado por su asignatura, convencido de que mandarnos setecientas prácticas, doscientas actividades de clase y quinientos trabajos complementarios de crédito europeo es lo mejor que puede hacer por nosotros y nuestra formación. Comienza todas las clases diciendo “esto es muy interesante, ¡interesantísimo! Esto lo pueden aplicar ustedes en su futuro profesional”, y saca un taco de transparencias pintadas de rotulador que nos explica con genuina pasión.
Lo peor del HDP es que se lee los trabajos. Cuando nos manda una actividad, llega al cabo de unas semanas con unas ojeras hasta los pies, porque se ha pasado la noche corrigiéndolas y haciendo transparencias con los mejores y peores ejercicios para que aprendamos de nuestros aciertos y errores. Si descubre que alguien se ha copiado, hace transparencias del plagio y pone con su rotulador rojo al lado: ¡¡¡COMPORTAMIENTO ACADÉMICO INACEPTABLE!!!, y lo proyecta en clase para aleccionarnos.
Mientras exponemos en clase, asiente con una sonrisa beatífica e interrumpe para poner sus transparencias sobre el tema y leernos cuentos de Jorge Bucay. El último día, nos despidió con un power point directamente sacado de los forwards de su bandeja de entrada, con fotitos de flores y velas y más cuentos sobre la educación, la paciencia y el luminoso poder de la esperanza. Y con transparencias.
Todo esto estaría bien si el examen fuera relativamente fácil. Pero encima su examen consta de preguntas del tipo de ésta:
Recuerda cuando trabajamos en clase el artículo de García (1998). ¿En cuál de sus enfoques sobre el aprendizaje podría enmarcarse la teoría de Ausubel?
a) Primero.
b) Segundo.
c) Tercero.
d) Cuarto.
(No es una exageración. Había una pregunta así en el examen de febrero).
(Obviamente, el artículo de García estaba impreso en una transparencia).
Es un profesor que cree fervientemente que aprender no es empollar el último día. Que tenemos que retenerlo, asimilarlo, relacionarlo e integrarlo TODO. Que al final de curso seremos mejores psicólogos y seres humanos. Como ya os he dicho, es un personaje.
Y lo más gracioso de todo esto es que hoy, domingo, mientras termino las prácticas del HDP (cada una de ellas un taco de folios con lecturas, artículos en inglés y análisis estadísticos), y me acuerdo de toda su familia, no puedo evitar pensar que es un señor bastante adorable. Qué poco hace falta para tenerme contenta.
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