massobreloslunes

miércoles, 1 de abril de 2009

Me voy a meditar hasta después de Semana Santa. Aunque últimamente estoy actualizando poco o nada, al menos esta vez tengo explicación para el parón.

Un besito.

(Más información sobre la meditación Vipassana en la barra lateral, que no tengo ganas de linkar ahora)

sábado, 21 de marzo de 2009

La suerte de N.

Esta semana me he leído un libro cuyo nombre no os voy a desvelar por motivos que entenderéis a continuación. Es un libro de los que enganchan. No una obra maestra literaria, pero lo suficientemente bien escrito como para convertirse en libro ventana, de ésos que te teletransportan al lugar que están narrando. Uno de los protagonistas, al que llamaremos N., me caía especialmente bien; de hecho, creo que me estaba enamorando un poco de él. A mitad del libro, más o menos, tuve un presentimiento: N. iba a morir. Como dice mi padre cuando ve a algunos personajes al principio de las películas americanas "ése huele a muerto". Estaba preocupadísima. No quería que N. muriera.

Ayer leí todo el día, riéndome con las ocurrencias de N. y viajando con los protagonistas a través del frío invierno de (tampoco digo el país, por si acaso). No podía parar de leer, y el presentimiento seguía rondándome la cabeza, y amenazaba silenciosamente al autor: "Si matas a N., te odiaré. Si lo matas, iré a perseguirte a tu estúpida casa de los estúpidos Estados Unidos y te mataré yo a ti". Por la tarde me fui a la biblioteca a estudiar. Me senté, coloqué los apuntes sobre la mesa, saqué el libro y me puse a leer. Me quedaban treinta o cuarenta páginas y sabía que no iba a estudiar hasta que me lo terminara. Lo bueno de crecer es que uno aprende a convivir con sus limitaciones.

Entonces a N. le hirieron, de una manera estúpida y casi accidental, y a mí se me empezaron a saltar las lágrimas. Pasé rápidamente las páginas: al principio parecía que no pasaba nada, pero después la cosa se empezaba a poner preocupante. Párrafo a párrafo, N. agonizaba lentamente, quedándose cada vez más frío en los brazos de su amigo. N. murió y yo tenía ganas de llorar. Levanté la cabeza, aturdida; a mi alrededor, universitarios y opositores subrayaban sus apuntes con rotuladores fluorescentes y a nadie parecía importarle nada que el personaje de un libro acabara de morir.

Por la noche, antes de dormir, repasé la historia en mi cabeza e intenté buscar una salida para el personaje. Traté de apartarle de la emboscada, de desviar la bala que le había herido, de acelerar el coche de camino al hospital. De repente pensé que si yo no hubiera seguido leyendo, N. aún estaría vivo. Mi codicia de lectora le había matado. Este pensamiento duró sólo unos segundos, pero durante esos segundos me sentí triste y culpable por haber pasado las páginas hasta el desenlace fatal de la historia.

Son pensamientos estúpidos, y es estúpido que todavía ahora se me encoja el corazón por la suerte de N. Me pregunto dónde está la verdadera entidad de las cosas, su importancia para nuestro corazón, y si debería importarme más una persona real a la que tampoco conozco de nada. Vagabundeo entre los delgados mundos paralelos de la realidad y la ficción y pienso que la realidad es sutil y está llena de capas superpuestas. Que es raro, pero bonito, encariñarse tanto de alguien que no existe.

En cualquier caso, quién sabe quién nos está leyendo a nosotros o, peor aún, quién nos está escribiendo.

jueves, 19 de marzo de 2009

La primavera trompetera ya llegó...

La primavera trompetera viene
reptando por las rejas de las ventanas,
como un caracol sonriente
que asoma por las macetas de geranios.

La primavera hace llorar a los alérgicos,
a los que mueren de amor no correspondido,
sacude la nieve de las cumbres,
nos da collejas de aire templado.

Primavera trompetera,
escupe flores sobre el invierno distraído,
haz sonar las guitarras y los violines.

Primavera bonita, que revuelves la sangre
polinízame un poco
caliéntame con tu suave sol de mediodía.

domingo, 8 de marzo de 2009

Lex y yo, de noche, sobre el tejado

Estamos sentados al borde del tejado, sobre el canalón. Lex y yo. Miramos la calle a nuestros pies. Está tan sucia, y el cielo sobre nuestras cabezas no es gris, pero sólo porque es de noche. Últimamente, todos los días son grises en la ciudad, y a mí me da la impresión de que para cuando el cielo se vuelva azul, nosotros ya nos habremos ido.

Lex está cansado, como si el día hubiera sido demasiado largo para él. No quiere explicarme lo que hace cuando nos separamos cada mañana, pero sé que sólo vaga, igual que lo hago yo. Caminamos por las calles hasta que nos duelen los pies buscando en los ojos de la gente alguna señal de reconocimiento. Pateamos con cuidado todos los barrios de la ciudad, por si es una cuestión geográfica, por si nos estamos equivocando de calle y resulta que nuestro lugar está sólo un par de manzanas más allá.

Yo creo que es un problema de densidad. Diferentes densidades en distintos planos de existencia que se superponen en esto que llamamos mundo real. Para la gente normal, somos invisibles. Deambulé durante mucho tiempo antes de encontrar a Lex; hasta que él apareció, ni siquiera se me había pasado por la cabeza la idea de que alguien pudiera verme. La expresión en sus ojos al cruzarse con los míos, sus pupilas mirándome a mí y no a través de mí, me sobresaltaron. Intentó hacerse el indiferente, seguir andando como si no hubiera pasado nada. Yo le seguía a un par de metros y él caminaba cada vez más rápido, deslizándose silencioso entre la gente que abarrotaba las calles. Le seguí todo el día hasta quedar exhausta. Le seguí todos los días hasta que no le quedó más remedio que aceptarme. Ahora le dejo estar durante el día, hacer su vida (por decir algo), y por las noches nos reunimos al borde del canalón.

Lex cree que todo esto no es más que un fallo del sistema. Que nos hemos deslizado por un hueco entre esta vida y la siguiente y nos hemos quedado colgados en un limbo sin nombre. “Es cuestión de probabilidad, Lina”, me dice. “Todo proceso, por muy bien diseñado que esté, tiene algún fallo. Aunque sólo sean dos entre siete mil millones, entre un trillón. Sólo somos tú y yo. Los demás están donde deben estar”.

¿Te imaginas algo peor que saber que vas a morir? Yo te lo diré: morirte y que después no pase nada.

Yo le explico mi teoría de la densidad; le cuento que, según yo, las variaciones entre unos y otros cuerpos son tan diminutas que puede haber miles de planos de existencia, y la coincidencia de varias personas en el mismo es una casualidad tan enorme que él y yo tenemos que estar agradecidos de habernos encontrado. Seguro que hay muchos otros que pueden vernos y a los que nosotros no podemos ver.

Le explico que los vivos son sólo aquéllos con densidad suficiente para mover los objetos del mundo.

Hoy Lex no tiene ganas de hablar. Le pasa a veces. Balancea las largas piernas sobre el vacío y mira al frente. Entonces yo le lanzo preguntas, preguntas inteligentes o estúpidas, según el día, y él me responde con monosílabos, y así vamos estirando algo parecido a una conversación mientras la ciudad se acuesta despacio a nuestros pies.

“¿Qué es lo más importante que has aprendido?”, le pregunto, porque tengo la esperanza de que estemos aquí para algo. De haya alguna lección que aprender y, una vez asimilada, algo o alguien nos deje marchar hacia el paso siguiente en el camino de la existencia. O de la no existencia.

“Que estamos solos”, me dice, después de un breve silencio. “Que todos estamos solos. Sólo que tú y yo lo sabemos”.

“Yo he aprendido que el silencio es tan grande, y la duración de la vida tan corta, Lex”. Los dos miramos al frente, y pienso que me gustaría que lloviera y las gotas de agua resbalaran por el rostro de Lex, y le mojaran ese cabello liso y oscuro que tiene. El flequillo le cae sobre los ojos, y yo creo que estoy llorando, aunque realmente no sabría decirlo.

“¿Sabes? - le digo -, me paso el día intentando que alguien me vea”.

“Yo te veo”, dice él. Y me mira con los ojos grandes y negros, dos huecos de oscuridad debajo de su gorro.

martes, 3 de marzo de 2009

Hoy he leído esta frase al comienzo de un libro de Kurt Vonnegut:

"Estamos aquí para ayudarnos unos a otros a cruzar esta cosa, sea lo que sea".

Se la dijo su hijo Mark cuando él le preguntó de qué iba la vida. Me ha inspirado, así que os la dejo ahí, por si os gusta.

jueves, 26 de febrero de 2009

Insomnio

El poeta siempre había querido ser insomne. Quedaba tan bien... Qué glamour. "Yo es que soy insomne", diría. Se quedaría delgado, por supuesto, demacrado como un romántico enfermo de tuberculosis. La gente le preguntaría: "¿Y esas ojeras?". "Es que tengo insomnio", respondería él, curvando los labios hacia abajo. Sonaba tan interesante. "Escribo de noche - continuaría la explicación -, y el proceso creativo me excita tanto que luego no puedo dormir. Cuento ovejitas, me pongo un vaso de leche, pero nada". "¿Has probado a escribir a otra hora?", le preguntaría su bienintencionado interlocutor". Entonces él sacudiría la cabeza con determinación: "No, no puedo, no hay manera, las musas no me visitan de noche". Y se encogería de hombros, resignado a su triste destino, y seguiría caminando tambaleándose de sueño.

Pero la pura verdad es que el poeta no era insomne. Dormía como un bendito. A eso de las once le empezaba a entrar sueño, y para las doce ya estaba que se caía. Intentaba aguantar, que conste. Su mujer se metía en la cama y él, con su batín y su paquete de tabaco, se iba a su estudio y cerraba la puerta. Sacaba su cuaderno y revisaba lo último que había escrito, o trabajaba alguna idea surgida a lo largo del día. A los dos minutos, empezaban a cerrársele los ojos. Medio dormido, apoyaba la cabeza en una mano y empezaban a cruzar por su cabeza imágenes extrañas y frases inconexas. Entonces refunfuñaba y se metía en la cama, y nada más apoyar la cabeza en la almohada dormía toda la noche el sueño de los justos.

El poeta escribía más bien poco, entonces. Ocho horas de sueño, ocho de trabajo, su mujer, sus hijas, ayudar en casa, jugar al tenis con su cuñado, y al poeta apenas le quedaba tiempo para garabatear un par de frases en el autobús. Miraba su vida y le parecía muy poco poética. A veces se sorprendía imaginando que su mujer y sus hijos morían en un trágico accidente de tráfico. Adiós obligaciones, adiós sueño tranquilo, sólo él en su casa con largas horas de desesperación que llenar escribiendo. Después publicaría el libro de poemas que le haría famoso (aunque el poeta no se engañaba, sabía que es muy difícil que un libro de poemas te haga famoso... pero acababa de imaginar la muerte de su mujer y su hija, ¿qué importancia tenía llevar la fantasía un poco más lejos?). En una entrevista para algún suplemento cultural, el periodista le preguntaría de dónde había sacado esa colección de poemas tristes pero hermosísimos. "De mi dolor - contestaría él, apesadumbrado -. Después del accidente (y todo el mundo sabría a qué accidente se refería), sentí que tenía dos opciones: escribir o suicidarme". Y el entrevistado asentiría, comprensivo.

Normalmente, el poeta no podía avanzar más en esa fantasía, poorque su mujer o sus hijas le interrumpían, irritantemente vivas, y le pedían ayuda con los deberes, o que sacara la basura, o "a ver cuándo hacemos algo especial, que desde que nacieron las niñas no nos dedicamos a nosotros ni un segundo". El poeta resoplaba, fastidiado. "Insomnio - se repetía -. Si al menos tuviera insomnio...".

domingo, 22 de febrero de 2009

Nietzsche in the night

Salgo a tomar algo con César y Dunya. Después de las dos primeras, César se va a casa a terminar nosequé solicitud para una subvención de la junta, y Dunya y yo nos quedamos en el Bellakurva a tomar la penúltima. Bendito, hermoso Bellakurva, con su decoración roja y negra y sus ramas de árbol colgadas del techo y llenas de pequeñas bombillas. Es tarde y se les ha acabado el sushi, pero pedimos fideos de soja y también están buenos :se escurren tenedor abajo y gotean salsa de soja por mi barbilla mientras escucho hablar a Dunya. Apunto mentalmente no pedir fideos de soja si un día quiero impresionar a alguien.

"Dice Nietzsche que hay que saber lo que uno quiere y saber que lo quiere", dice Dunya al cabo de un rato. "¿Entiendes la diferencia?". Asiento, pero ahora que estoy en mi casa y vuelvo a reflexionar sobre la frase, pienso que no, que no entiendo la diferencia. Si uno sabe lo que quiere, por definición, ya sabe que lo quiere. Cualquiera de mis amigos filósofos podría confirmarme esto: es pura lógica. Así que pienso que tal vez lo que Nietzsche quería decir es que hay que saber lo que uno quiere y reconocer que lo quiere. La diferencia está ahí, en ese ser capaz de admitir lo que queremos y lo que no.

Hay tanto que escribir a estas horas de la noche, y tan pocas ganas de hacerlo...