Así que se acaba esta aventura desquiciada de escalada y pereza. El miércoles hice bloque en otro gigantesco rocódromo de aquí, el jueves algo de clásica en Eldorado Canyon y ayer todo un día de apretar en vías de deportiva a diez minutos de Boulder. Hoy me duele todo el cuerpo, así que sentada en "The Cup", una cafetería intelectual y carísima en Pearl Street, pienso en todas estas cosas que seguirán sin mí cuando yo me vaya. ¿Qué hago, entonces, con todo lo que he aprendido estos días?
Que cuando llegas a cualquier sitio hay que preguntar cómo estás ("How are you doing?") y responder que estás bien, genial, de puta madre. Y que sólo cuando se ha completado esa transacción de interés verdadero o fingido empieza la transacción económica, o de información, o de servicios.
Que existen muchas formas de escalar. Que si aprietas demasiado un cam te será imposible sacarlo de la fisura, y que un stopper, o como quiera que se diga en castellano, tiene que tocar la mayor parte posible de la pared para aguantar tu peso si te caes. Que rapelar es mejor para el material del descuelgue, que los gemelos duelen cuando estás parado probando cacharros, que a las paredes de granito las carga el diablo.
Que los coches automáticos tienen una posición de parking y otra de neutro. Que salvo prohibición expresa, se puede girar en U en las carreteras y que, a ser posible, ese giro se realizará con un entusiasmado grito de "yay, u-turn!". Que una milla son uno con seis kilómetros, que dos personas son alta ocupación para un vehículo y tienen derecho a un carril especial, y que sin duda tú y yo y el material de escalada somos alta ocupación para un diminuto Cinquecento.
Que se puede comprar un plátano en cualquier gasolinera, que lo orgánico es tendencia en el Salvaje Oeste, que el relleno gratuito de la taza de café es amor. Que en Idaho los restaurantes cierran a las nueve, así que más nos vale elegir entre escalar hasta que oscurezca o cenar en un sitio bonito por mi cumpleaños. Que andar en Denver a diez metros del downtown te convierte en un alien. Que la propina no es un derecho, sino un deber.
Que sigo siendo más pequeña y más grande de lo que había pensado. Que es altamente recomendable entrar en Utah con el depósito lleno de gasolina. Que en los campings puedes hacer fuego, siempre y cuando sea dentro del anillo de metal de la parcela, y que el secreto para asar bien una nube de azúcar es la paciencia. Que si resisto el miedo y me quedo a tu lado, en mi estómago empiezan a pasar cosas extrañas. Que hay formas valientes y decididas de vivir la vida, y que el éxito se mide inventando constelaciones bajo el cielo nublado del desierto.
Estoy aquí sentada, como os decía, y me pregunto qué se hace con todo eso. Me pregunto qué voy a hacer dentro de dos días, cuando esté sentada en mi piso de Madrid y observe mi mochila a mis pies sin ganas de hacer la colada. Supongo que trataré de atajar el jetlag alternando somníferos y cafeína, y que me obligaré a hacer una compra decente y a renovar el abono transporte. Colgaré algunas fotos, miraré algunos vídeos, añadiré canciones a mis listas del Spotify y escribiré la enésima lista de propósitos. Y supongo que después, con los ojos como platos en mi cama de matrimonio, pensaré en este país que sigue sin mí, y que tiene tantas luces y sombras como intuía desde la distancia, e intentaré distinguir las semillas que pueden arraigar y las que es mejor dejar que se lleve el viento.
domingo, 19 de mayo de 2013
jueves, 16 de mayo de 2013
CACP, IX: El elefante en la habitación.
Estoy sentada en un Starbucks en Boulder, cerca del centro comercial de la 28. Mucho ha ocurrido desde la última vez que vine aquí. Cuando esta mañana Alannah, la empleada de la agencia de coches, ha dicho en voz alta la cifra del cuenta millas del Fiat que había alquilado, me he quedado asombrada. Casi dos mil desde que salí de Boulder, lo que equivale a tres mil doscientos de los antiguos kilómetros. Habría podido cruzar España tres veces.
Ahora estoy aquí sentada y no sé qué escribir. Verídico. Tiene cierta gracia que lo de abrazar el celibato en EEUU haya salido fatal, y quizá no sé cómo escribir porque estoy temiéndome hordas de "te lo dije". Te dije que tenías que relajarte, te dije que aparecería cuando menos te lo esperaras, etc., etc. Personalmente, creo que eso no es más que una sarta de chorradas. No creo que un extremadamente sensible sistema de detección de justicia universal se haya dado cuenta de que yo estaba lista para el amor desapegado y me haya mandado a alguien. Creo que decidir aterrizar en Moab a la vez que P., quedar con él para escalar y pasar los últimos siete días sonriendo como una idiota es una cuestión de pura casualidad.
Una casualidad estupenda, por otra parte.
Ahora me pregunto cómo escribir sobre esto. Es más: me pregunto si escribir sobre esto, porque es tan sano que no sé si tiene gracia desde el punto de vista literario. P. es la persona más normal y más extraordinaria que he conocido en mucho tiempo, así que estos días juntos han sido al mismo tiempo extraordinarios y normales. Millas y millas juntos a lomos de un Cinquecento que, francamente, si pudiera hablar tendría mucho que contarle a un psicólogo para coches. Decenas de cafés aguados con crema de vainilla. El suelo de una tienda, la cama de un hotel, una ducha, una piscina, un jaccuzzi al aire libre. Bolsas de frutos secos, bagels con mantequilla de cacahuete, un italiano, un mexicano, un chino. Escalar, hablar, caminar, hablar, comprar recuerdos, mirar libros, hablar.
En todo ese proceso, nos hemos comportado como auténticos idiotas. Lo que nosotros creíamos que era un fluir de romanticismo y momentos especiales, el resto del mundo debía de verlo como dos seres con el coeficiente intelectual por los suelos y las manos demasiado largas.
Por otra parte, y pese a lo que pueda parecer leyendo este blog, yo nunca he creído que hubiera mayor secreto. En serio. Conoces a alguien que te gusta y a quien le gustas tú, lo demostráis lo antes posible y después pasáis mucho tiempo juntos porque es divertido y porque, a estas alturas, ¿quién quiere atrasar las cosas? ¿Qué necesidad hay de hacerse el difícil cuando sospechas, como yo sospecho ahora, que tu vida junto a esa persona puede ser bastante mejor que tu vida sola?
¿Es esto el principio de algo? Sinceramente, creo que sí. Lo creo con una confianza preocupante. Porque se puede y, al parecer, se quiere (yo quiero, él quiere, nadie tiene miedo de que el otro le arranque la cabeza como a una mantis, etc. etc.). Lo que pasa es que esto es como contar el argumento de una historia. Así en frío suena estúpido. Lo iré desvelando con el tiempo.
De momento, os lo puedo ir presentando.
Es argentino, así que quizá, pero sólo quizá, la expresión "pelotudo/a" comience a aparecer en este blog con frecuencia. Por ejemplo: "cuando hablo con él, sonrío como una pelotuda".
Tiene los ojos azules, con motitas marrones sólo en el derecho. ¿Es un alien? Quizá.
Trata muy bien a todo el mundo, incluyendo a camareros, dependientes, etc. Es lo que se conoce como ridículamente amable.
Corre, escala, sube montes y se ríe como un niño.
Está MUY seguro de sí mismo y camina por la vida con paso confiado. Es admirable y humilde. Es fuerte por dentro y por fuera.
Le gustan los animales, le gusta la gente, le gusto yo. Cuando hablo, escucha.
Y cre que hasta aquí puedo leer sin sentir que traiciono su privacidad y esas cosas que en general me importan un carajo. ¡Qué fuerte! Me gusta nivel respetar su (nuestra) intimidad xD
Seguiré en breve contando cosas de Moab, de Idaho y de mi vuelta a Boulder. Pero de momento, era necesario hablar del elefante en la habitación.
Es un elefante lindísimo.
Seguiremos informando.
Ahora estoy aquí sentada y no sé qué escribir. Verídico. Tiene cierta gracia que lo de abrazar el celibato en EEUU haya salido fatal, y quizá no sé cómo escribir porque estoy temiéndome hordas de "te lo dije". Te dije que tenías que relajarte, te dije que aparecería cuando menos te lo esperaras, etc., etc. Personalmente, creo que eso no es más que una sarta de chorradas. No creo que un extremadamente sensible sistema de detección de justicia universal se haya dado cuenta de que yo estaba lista para el amor desapegado y me haya mandado a alguien. Creo que decidir aterrizar en Moab a la vez que P., quedar con él para escalar y pasar los últimos siete días sonriendo como una idiota es una cuestión de pura casualidad.
Una casualidad estupenda, por otra parte.
Ahora me pregunto cómo escribir sobre esto. Es más: me pregunto si escribir sobre esto, porque es tan sano que no sé si tiene gracia desde el punto de vista literario. P. es la persona más normal y más extraordinaria que he conocido en mucho tiempo, así que estos días juntos han sido al mismo tiempo extraordinarios y normales. Millas y millas juntos a lomos de un Cinquecento que, francamente, si pudiera hablar tendría mucho que contarle a un psicólogo para coches. Decenas de cafés aguados con crema de vainilla. El suelo de una tienda, la cama de un hotel, una ducha, una piscina, un jaccuzzi al aire libre. Bolsas de frutos secos, bagels con mantequilla de cacahuete, un italiano, un mexicano, un chino. Escalar, hablar, caminar, hablar, comprar recuerdos, mirar libros, hablar.
En todo ese proceso, nos hemos comportado como auténticos idiotas. Lo que nosotros creíamos que era un fluir de romanticismo y momentos especiales, el resto del mundo debía de verlo como dos seres con el coeficiente intelectual por los suelos y las manos demasiado largas.
Por otra parte, y pese a lo que pueda parecer leyendo este blog, yo nunca he creído que hubiera mayor secreto. En serio. Conoces a alguien que te gusta y a quien le gustas tú, lo demostráis lo antes posible y después pasáis mucho tiempo juntos porque es divertido y porque, a estas alturas, ¿quién quiere atrasar las cosas? ¿Qué necesidad hay de hacerse el difícil cuando sospechas, como yo sospecho ahora, que tu vida junto a esa persona puede ser bastante mejor que tu vida sola?
¿Es esto el principio de algo? Sinceramente, creo que sí. Lo creo con una confianza preocupante. Porque se puede y, al parecer, se quiere (yo quiero, él quiere, nadie tiene miedo de que el otro le arranque la cabeza como a una mantis, etc. etc.). Lo que pasa es que esto es como contar el argumento de una historia. Así en frío suena estúpido. Lo iré desvelando con el tiempo.
De momento, os lo puedo ir presentando.
Es argentino, así que quizá, pero sólo quizá, la expresión "pelotudo/a" comience a aparecer en este blog con frecuencia. Por ejemplo: "cuando hablo con él, sonrío como una pelotuda".
Tiene los ojos azules, con motitas marrones sólo en el derecho. ¿Es un alien? Quizá.
Trata muy bien a todo el mundo, incluyendo a camareros, dependientes, etc. Es lo que se conoce como ridículamente amable.
Corre, escala, sube montes y se ríe como un niño.
Está MUY seguro de sí mismo y camina por la vida con paso confiado. Es admirable y humilde. Es fuerte por dentro y por fuera.
Le gustan los animales, le gusta la gente, le gusto yo. Cuando hablo, escucha.
Y cre que hasta aquí puedo leer sin sentir que traiciono su privacidad y esas cosas que en general me importan un carajo. ¡Qué fuerte! Me gusta nivel respetar su (nuestra) intimidad xD
Seguiré en breve contando cosas de Moab, de Idaho y de mi vuelta a Boulder. Pero de momento, era necesario hablar del elefante en la habitación.
Es un elefante lindísimo.
Seguiremos informando.
sábado, 11 de mayo de 2013
28
Un día estás pasando frío en Colorado, durmiendo sola en una tienda enorme y antigua.
Una semana después estás en Idaho, en una tienda ultraligera North Face y la mar de calentita.
La vida es curiosa.
Feliz cumple, yo.
Una semana después estás en Idaho, en una tienda ultraligera North Face y la mar de calentita.
La vida es curiosa.
Feliz cumple, yo.
jueves, 9 de mayo de 2013
martes, 7 de mayo de 2013
CACP, VIII: Frío
Deben de ser alrededor de las doce de la noche en Shelf Road, una escuela de escalada cerca de Canyon City, Colorado. Yo estoy en una tienda de campaña bajo varias capas de ropa y un saco de dormir y, por primera vez en mi vida, lloro de frío. No mucho; apenas unas lágrimas que me apresuro a contener, porque están heladas. Tampoco hace tanto frío. Imagino que andaremos por los dos o tres grados bajo cero en el exterior. El problema es que estoy sola aquí dentro, que quedan muchas horas para que amanezca y que yo (y esto es lo más importante) no sé que más puedo hacer para librarme de este frío. Me he frotado los dedos de los pies y de las manos, me he quitado ropa, me he puesto ropa y me he agitado vigorosamente bajo el saco. Y ahora, en esta oscuridad, no se me ocurren más opciones, y supongo que es por eso por lo que lloro.
"That's traveling", me dijo Peggy el miércoles, cuando le expliqué que había pasado media hora bajo la nieve de Denver. Supongo que este frío también es viajar. Y escalar, que en teoría es lo que haremos mañana, en cuanto asome el bendito sol y hayamos consumido nuestras raciones de café y copos de avena. Pero hay algo diferente en este momento concreto. Cierta desesperación, cierta parálisis. No puedo evitar recordar a Quevedo en "El caballero de las espuelas de oro": no me dejes para siempre con esta soledad y con este frío.
Pienso en ti, entonces. Pienso en el qué habría sido si y me traslado a este mismo momento en una realidad paralela en la que sigo contigo. Llevo mechas, seguro, y un corte de pelo decente, en lugar de estas greñas que crecen a infravelocidad sobre mis hombros. Tú te cortas a menudo el pelo canoso y te repasas la barba con las tijeras de las uñas para estar decente en el curro. Vivimos en Málaga, digo yo, y nuestros padres están muy felices por la forma extremadamente justa en que dividimos nuestros domingos para comer con ellos. Nos casamos hace ya un año, o quizá dos, y nuestras fotos de boda (eres demasiado joven, dijo mi padre, aunque se le ve orgulloso acompañándome hasta la mesa del juez) reposan contentas sobre el mueble del recibidor.
Nuestro piso es pequeño, pero bonito. Algo de IKEA, me temo, y algo de los trastos que tu síndrome de Diógenes y tú vais rescatando de mercadillos de ocasión y casas abandonadas. Hemos cubierto las paredes con poemas y la nevera con los imanes de los viajes que hacemos cada año. Primavera en París. Puente largo en Amsterdam. Quincena de verano en San Francisco.
Nos despertamos juntos, nos duchamos por turnos, preparamos cereales para dos y café cargado. Yo como sola a las tres y me acerco al gimnasio a hacer zumba. Tú apareces por la noche, cansado pero animoso, y hablamos de trabajo y de posibilidades mientras cenamos. De montar un negocio loco o dedicarnos a escribir. De irnos del país. Pero no nos vamos.
Cenamos fuera una vez por semana, vamos al cine una vez por semana, invitamos a amigos una vez por semana. Cocinamos algo con reducción de vinagre balsámico y hablamos de libros, de discos y de actualidad política. De vez en cuando cogemos el coche y las botas Quechua y hacemos alguna ruta por los alrededores. La Sierra de las Nieves, la Axarquía, la Alpujarra incluso. Me gusta ponerte la mano en el muslo mientras conduces, y me gusta cuando paramos a comer, y vas al baño, y vuelves del baño y te diriges a mi mesa. Después de cada excursión, descargo las fotos al ordenador y abro un nuevo álbum en Facebook.
Estoy preocupada por mi futuro laboral, y tú estás preocupado por el tuyo. Empecé mi tesis hace unos meses para ganar puntos en la bolsa, y por las noches, mientras yo trabajo en el ordenador, tú sacas adelante proyectos freelance y piensas en nombres para un estudio. Hacemos cuentas cada cierto tiempo a ver si me puedo quedar ya embarazada, y nos preguntamos si es mejor antes de que acabe la residencia, para aprovechar la baja. Seguimos usando condones y dormimos abrazados la mayoría de las noches.
Y mientas intento calcular a cuántos grados más estaría el aire de esta tienda si tú estuvieras a mi lado, no puedo evitar reírme en silencio de mí misma. Porque anhelo la seguridad de tu nombre junto al mío como si en realidad la deseara. Y porque pienso en estas cosas como si fueran posibles. Como si tú, o yo, o los dos, hubiéramos tenido alguna vez una oportunidad.
Cuando la realidad es que nunca la tuvimos.
"That's traveling", me dijo Peggy el miércoles, cuando le expliqué que había pasado media hora bajo la nieve de Denver. Supongo que este frío también es viajar. Y escalar, que en teoría es lo que haremos mañana, en cuanto asome el bendito sol y hayamos consumido nuestras raciones de café y copos de avena. Pero hay algo diferente en este momento concreto. Cierta desesperación, cierta parálisis. No puedo evitar recordar a Quevedo en "El caballero de las espuelas de oro": no me dejes para siempre con esta soledad y con este frío.
Pienso en ti, entonces. Pienso en el qué habría sido si y me traslado a este mismo momento en una realidad paralela en la que sigo contigo. Llevo mechas, seguro, y un corte de pelo decente, en lugar de estas greñas que crecen a infravelocidad sobre mis hombros. Tú te cortas a menudo el pelo canoso y te repasas la barba con las tijeras de las uñas para estar decente en el curro. Vivimos en Málaga, digo yo, y nuestros padres están muy felices por la forma extremadamente justa en que dividimos nuestros domingos para comer con ellos. Nos casamos hace ya un año, o quizá dos, y nuestras fotos de boda (eres demasiado joven, dijo mi padre, aunque se le ve orgulloso acompañándome hasta la mesa del juez) reposan contentas sobre el mueble del recibidor.
Nuestro piso es pequeño, pero bonito. Algo de IKEA, me temo, y algo de los trastos que tu síndrome de Diógenes y tú vais rescatando de mercadillos de ocasión y casas abandonadas. Hemos cubierto las paredes con poemas y la nevera con los imanes de los viajes que hacemos cada año. Primavera en París. Puente largo en Amsterdam. Quincena de verano en San Francisco.
Nos despertamos juntos, nos duchamos por turnos, preparamos cereales para dos y café cargado. Yo como sola a las tres y me acerco al gimnasio a hacer zumba. Tú apareces por la noche, cansado pero animoso, y hablamos de trabajo y de posibilidades mientras cenamos. De montar un negocio loco o dedicarnos a escribir. De irnos del país. Pero no nos vamos.
Cenamos fuera una vez por semana, vamos al cine una vez por semana, invitamos a amigos una vez por semana. Cocinamos algo con reducción de vinagre balsámico y hablamos de libros, de discos y de actualidad política. De vez en cuando cogemos el coche y las botas Quechua y hacemos alguna ruta por los alrededores. La Sierra de las Nieves, la Axarquía, la Alpujarra incluso. Me gusta ponerte la mano en el muslo mientras conduces, y me gusta cuando paramos a comer, y vas al baño, y vuelves del baño y te diriges a mi mesa. Después de cada excursión, descargo las fotos al ordenador y abro un nuevo álbum en Facebook.
Estoy preocupada por mi futuro laboral, y tú estás preocupado por el tuyo. Empecé mi tesis hace unos meses para ganar puntos en la bolsa, y por las noches, mientras yo trabajo en el ordenador, tú sacas adelante proyectos freelance y piensas en nombres para un estudio. Hacemos cuentas cada cierto tiempo a ver si me puedo quedar ya embarazada, y nos preguntamos si es mejor antes de que acabe la residencia, para aprovechar la baja. Seguimos usando condones y dormimos abrazados la mayoría de las noches.
Y mientas intento calcular a cuántos grados más estaría el aire de esta tienda si tú estuvieras a mi lado, no puedo evitar reírme en silencio de mí misma. Porque anhelo la seguridad de tu nombre junto al mío como si en realidad la deseara. Y porque pienso en estas cosas como si fueran posibles. Como si tú, o yo, o los dos, hubiéramos tenido alguna vez una oportunidad.
Cuando la realidad es que nunca la tuvimos.
viernes, 3 de mayo de 2013
CACP VII: Vidalandia
Decía John en Denver que, después de vivir muchos años en Boulder, había decidido marcharse porque le parecía que los boulderitas vivían apartados de la realidad. "Es como una burbuja", explicaba. Le llamó la atención que yo hubiera llegado a la misma conclusión en menos de veinticuatro horas.
Aun así, el miércoles admito que me alegro de estar otra vez aquí mientras camino bajo la nieve en dirección al meeting couchsurfero. Caminar me convierte en un bicho igual de raro que en Denver, pero las monísimas casitas bajas con las Rocosas al fondo parecen menos hostiles.
El meeting couchsurfero es básicamente una excusa para que la gente que vive aquí y está en Couchsurfing se junte una vez por semana a tomar margaritas. Yo soy la única que está viajando y que no es americana. Aun así, me siento bastante orgullosa porque lo entiendo casi todo, e incluso hago un par de chistes. Me preguntan sesenta veces que de dónde soy, qué hago aquí y qué grado escalo. Incluso se organiza de repente un pequeño foro sobre la siesta: cinco yanquis que me miran con suma atención intentando enterarse de qué va eso de dormir en mitad del día.
Cuando termina el meeting, me han ofrecido pases gratis para el roco, planes de escalada variados e incluso un road trip hacia Seattle. Aquí escalar es como jugar al fútbol en España; aunque nadie sea un crack, todos pueden quedar para echar una pachanga. Enseguida me encuentro hablando de los mismos temas que en España: que si el miedo, que si las caídas, que si los tipos de roca.
Al día siguiente, de hecho, mientras camino feliz bajo el sol de Boulder observando cómo se derrite la nieve, pienso que no creo que vuelva a hacer turismo "normal" nunca más. Esto es como la furgo: no creo que haya vuelta atrás, al menos mientras el cuerpo aguante. Nunca me ha gustado demasiado el consumismo viajero de metabolizar museos, edificios y ciudades, de comprar y comer y comer y comprar y sacarse muchas fotos delante de todo. Esto es distinto: viajas para hacer cosas, y tienes acceso a una parte distinta de la vida.
Estoy motivada a morir, lo confieso, y es un rollo, porque aún hay nieve y no podremos salir a la roca en unos días. Después de hacer compras en la zona comercial de la calle 29 y de tomarme mi par de cafés de rigor, camino hasta Movement para entrenar un rato con Pablo y Jenna. Decidimos que mañana iremos de acampada a Shelf Road, una zona de escalada a unas tres horas de Boulder. Hacemos cincuenta millones de vías y terminamos con los antebrazos para partir nueces, y luego nos vamos a tomar hamburguesas al centro. Pero no estamos hablando de hamburguesitas a un euro de McDonalds, nonono, sino de enormes trozos de vaca sangrante (perdona, Marina vegetariana del pasado) que hay que hacer un considerable esfuerzo para levantar del plato.
De vuelta a casa, mientras me quedo grogui en el jacuzzi junto a la nieve, Pablo me pregunta si me alegro de haber venido. "Uy, qué va - digo yo, con los ojos cerrados -. Esto es horrible. Ojalá me hubiera quedado en Madrid, haciendo dos horas de metro al día y sentada frente al hospital, mirándolo fijamente."
Después, tumbada en mi colchón hinchable, se me ocurre que no deja de ser apropiado haber ido a parar a Boulder, esta burbuja de gente guapa en mitad del lejano Oeste. Es verdad que está algo desconectado de la realidad, y también que la vida no consta sólo de escalada, sol sobre la nieve y alegres "how’s your day going?", pero también es verdad que después de estos meses en Muertelandia, pensando que el mundo era un erial de enfermedad y dolor, está bien compensar con esta alegría increíble.
Ya os contaré el domingo cómo va el finde, que intuyo que va a ser un no parar de sufrir: que si escalar, que si hacer fuego, que si escalar más, que si mirar las estrellas... Mi vida es, como diría mi colega Juanjo, ultradura.
Por cierto, que gracias a la infinita amabilidad couchsurfera se van perfilando los planes de mi road trip. No obstante, al más puro estilo del SSHP, lo iré contando a medida que vaya sucediendo, que así tiene más emoción y no dejáis de leerme para iros con otros/as.
Cuidaos infinitamente. Se os aprecia.
Aun así, el miércoles admito que me alegro de estar otra vez aquí mientras camino bajo la nieve en dirección al meeting couchsurfero. Caminar me convierte en un bicho igual de raro que en Denver, pero las monísimas casitas bajas con las Rocosas al fondo parecen menos hostiles.
El meeting couchsurfero es básicamente una excusa para que la gente que vive aquí y está en Couchsurfing se junte una vez por semana a tomar margaritas. Yo soy la única que está viajando y que no es americana. Aun así, me siento bastante orgullosa porque lo entiendo casi todo, e incluso hago un par de chistes. Me preguntan sesenta veces que de dónde soy, qué hago aquí y qué grado escalo. Incluso se organiza de repente un pequeño foro sobre la siesta: cinco yanquis que me miran con suma atención intentando enterarse de qué va eso de dormir en mitad del día.
Cuando termina el meeting, me han ofrecido pases gratis para el roco, planes de escalada variados e incluso un road trip hacia Seattle. Aquí escalar es como jugar al fútbol en España; aunque nadie sea un crack, todos pueden quedar para echar una pachanga. Enseguida me encuentro hablando de los mismos temas que en España: que si el miedo, que si las caídas, que si los tipos de roca.
Al día siguiente, de hecho, mientras camino feliz bajo el sol de Boulder observando cómo se derrite la nieve, pienso que no creo que vuelva a hacer turismo "normal" nunca más. Esto es como la furgo: no creo que haya vuelta atrás, al menos mientras el cuerpo aguante. Nunca me ha gustado demasiado el consumismo viajero de metabolizar museos, edificios y ciudades, de comprar y comer y comer y comprar y sacarse muchas fotos delante de todo. Esto es distinto: viajas para hacer cosas, y tienes acceso a una parte distinta de la vida.
Estoy motivada a morir, lo confieso, y es un rollo, porque aún hay nieve y no podremos salir a la roca en unos días. Después de hacer compras en la zona comercial de la calle 29 y de tomarme mi par de cafés de rigor, camino hasta Movement para entrenar un rato con Pablo y Jenna. Decidimos que mañana iremos de acampada a Shelf Road, una zona de escalada a unas tres horas de Boulder. Hacemos cincuenta millones de vías y terminamos con los antebrazos para partir nueces, y luego nos vamos a tomar hamburguesas al centro. Pero no estamos hablando de hamburguesitas a un euro de McDonalds, nonono, sino de enormes trozos de vaca sangrante (perdona, Marina vegetariana del pasado) que hay que hacer un considerable esfuerzo para levantar del plato.
De vuelta a casa, mientras me quedo grogui en el jacuzzi junto a la nieve, Pablo me pregunta si me alegro de haber venido. "Uy, qué va - digo yo, con los ojos cerrados -. Esto es horrible. Ojalá me hubiera quedado en Madrid, haciendo dos horas de metro al día y sentada frente al hospital, mirándolo fijamente."
Después, tumbada en mi colchón hinchable, se me ocurre que no deja de ser apropiado haber ido a parar a Boulder, esta burbuja de gente guapa en mitad del lejano Oeste. Es verdad que está algo desconectado de la realidad, y también que la vida no consta sólo de escalada, sol sobre la nieve y alegres "how’s your day going?", pero también es verdad que después de estos meses en Muertelandia, pensando que el mundo era un erial de enfermedad y dolor, está bien compensar con esta alegría increíble.
Ya os contaré el domingo cómo va el finde, que intuyo que va a ser un no parar de sufrir: que si escalar, que si hacer fuego, que si escalar más, que si mirar las estrellas... Mi vida es, como diría mi colega Juanjo, ultradura.
Por cierto, que gracias a la infinita amabilidad couchsurfera se van perfilando los planes de mi road trip. No obstante, al más puro estilo del SSHP, lo iré contando a medida que vaya sucediendo, que así tiene más emoción y no dejáis de leerme para iros con otros/as.
Cuidaos infinitamente. Se os aprecia.
Etiquetas:
Crazy American Climbing Project
Ubicación:
East Boulder Boulder
jueves, 2 de mayo de 2013
CACP VI: gatos, nieve y adorables paleogurús
Me levanto con la sensación de haber dormido muy profundamente en el sótano de John. Es el típico sótano de descuartizar, con escaleras empinadas y luz temblorosa, pero John, que tiene la cocina llena de tomate biológico y un gato persa de cinco kilos llamado Momo, no tiene pinta de descuartizar a nadie. A través de la ventana de la cocina se ve el patio cubierto por una gruesa capa de nieve; las previsiones no mentían, y aunque antes de ayer casi me quemo paseando por Boulder, hoy esto parece una escena navideña.
Ayer protagonicé un momento absurdo empeñándome en pasear hasta casa de John. Preguntadme por qué. Pues, porque como muy bien apuntó Neikos en su comentario, este no es país para paseos. Caminé bajo la llovizna durante una hora y me crucé literalmente con dos personas. Al principio me daba un poco de miedo que me atracaran. Después concluí que un atracador en esta zona no haría ningún negocio, así que dejé de preocuparme.
Después de Jeremy, con sus bolitas de patata y su whiskey de canela, John me parece una monje zen. Vive en un barrio con carteles que anuncian patrullas vecinales de vigilancia. Me prepara un vaso de leche de almendra calentita y nos sentamos a hablar de meditación y del Buda. Cuando hablo de estos temas, es extraño: aunque es un alivio encontrar a alguien que comprende tus rarezas, las opiniones respecto a la espiritualidad o a la meditación están tan unidas al ego como todo lo demás. Es tan difícil arañar tus trocitos de verdad o, por lo menos, de la verdad que a ti te funciona, que te encuentras defendiéndola a capa y espada delante del otro. Le cuento a John el asunto de las celivibraciones y me temo que suena mejor en español, porque se ríe con amabilidad y me dice que quizá esté siendo un poco dramática.
La noche me recibe con una sorpresa agradable: alguien ha aceptado mi petición de alojamiento en Moab, Utah. Se trata de Mark: un rubio tan rubio que parece que le hayan sumergido la cabeza en agua oxigenada. Según su perfil, ha pasado varios años viajando por zonas de escalada y ahora se ha instalado junto al desierto. Sus brutales fotos escalando fisuras me sugieren que aquello está bastante por encima de mis posibilidades, pero me da igual: seré feliz yendo allí y mirando el paisaje. Por la mañana me escribe otro chico: un argentino que también pasará allí la semana escalando. Me dice que trae material y que si me apetece probar las fisuras. Antes de ayer, Pablo y yo tuvimos una conversación sobre escalar fisuras y sobre gente que dice que ha vomitado del esfuerzo. Quizá haya fisuras para principiantes. Ya me enteraré.
Después de desayunar orgánico en casa de John, salgo al nevado exterior con toda mi ropa de abrigo encima. Mientras camino por las aceras observando el manto blanco sobre las casas y los árboles, me entra una curiosa empatía alpinista. Debe de ser el silencio lo que engancha, me digo; este olor (porque la nieve huele) y, sobre todo, la espesa capa de silencio blanco. Me acuerdo de IA la última vez que le vi, inclinado sobre un plato de canelones, tratando de explicarme por qué le gustaba escalar en hielo. En sus ojos verdes brillaba el entusiasmo, y yo casi podía escuchar los golpes del piolet contra las cascadas. Pero hoy, caminando sobre las calles nevadas de Denver, me obligo a prometerme que no me va a dar por el alpinismo, ni el hielo, ni nada parecido. Mi combinación de despiste y taras físicas me llevaría a enmarronarme y morir en unas cinco horas.
De hecho, cuando pierdo el autobús al Downtown por esperarlo en la parada equivocada y tengo que pasar media hora bajo la nieve, temo morir de hipotermia. Trato de mantener la dignidad leyendo en el Kindle bajo mi paraguas de lunares, pero intuyo que los denverinos me miran raro desde detrás de sus ventanas.
Cuando consigo por fin llegar al Downtown sin perderme y sin que la máquina maligna de los billetes se trague mi dinero, entro a The Market: un gigantesco café donde he quedado con Peggy Emch. Me encanta mortalmente desde el primer momento en que la veo. El día que empecé a leer su blog y vi sus fotos tuve exactamente la impresión que tengo ahora: que es una mujer satisfecha de estar en su piel. Se cortó el pelo hace dos días y lo donó a una asociación que fabrica pelucas para niños con cáncer, y ahora está guapísima con unos pendientes naranjas y las uñas pintadas de color plata.
Hablamos un buen rato de nutrición, acné, dieta paleo y disciplina alimentaria. "La comida ya no es un tema para mí", me explica, con una serenidad apabullante. Estamos hablando de alguien que, en su búsqueda por la solución a sus problemas de salud, se pasó dos años alimentándose de pescado crudo, arroz cocido y zumos de fruta. Peggy es la persona que más y de forma más sistemática ha experimentado con su dieta que conozco, y su perseverancia me admira, sobre todo porque a mí el tema dieta y acné casi me vuelve loca.
De todas formas, ver a Peggy me afirma de nuevo en algo que intuyo desde hace tiempo: que llevar la dieta que quieres tiene que ver con llevar la vida que quieres y con sentirte satisfecho con todo lo demás. Es tan encantadora que dan ganas de abrazarla todo el rato, pero al final es ella quien me abraza, diciéndome que ha pasado un rato muy agradable y que siente no poder acercarme a Boulder, pero que tiene que recoger a su hija.
Después paseo exactamente cinco minutos bajo la nieve; lo bastante como para encontrar algún sitio donde comer algo antes de volver a Boulder. Dudo entre "Hospitalidad sureña" y "El huevo delicioso"; al final me decido por el huevo y engullo una tortilla de vegetales, una pechuga de pollo y un par de tostadas integrales. Después del micropaseo por la nieve, me sabe a gloria. Peregrinaje a la nave nodriza Starbuckera para comunicarme con Pablo y leer un ratito, y después de vuelta a Boulder. Ahora estoy tomando (otro) café y escribiendo esto. He de reconocer que estoy abusando un poco de tomar cafés hoy, pero si encontráis algo mejor que hacer bajo una tormenta ininterrumpida de nieve junto a las Rocosas, acepto sugerencias.
En un rato, meeting couchusurfero y jacuzzi en la nieve en casa de Pablo y Jenna. He de decir, por cierto, que el sentimiento viajero se está apoderando de mi mente. Después de estos días extraños, empiezo a relajarme. Creo que ya voy computando el exterior como lo normal y puedo mecerme en este vaivén extraño de alegres expresiones de cortesía, omnipresentes coches gigantes y café aguado.
See you soon, guys ;)
Ayer protagonicé un momento absurdo empeñándome en pasear hasta casa de John. Preguntadme por qué. Pues, porque como muy bien apuntó Neikos en su comentario, este no es país para paseos. Caminé bajo la llovizna durante una hora y me crucé literalmente con dos personas. Al principio me daba un poco de miedo que me atracaran. Después concluí que un atracador en esta zona no haría ningún negocio, así que dejé de preocuparme.
Después de Jeremy, con sus bolitas de patata y su whiskey de canela, John me parece una monje zen. Vive en un barrio con carteles que anuncian patrullas vecinales de vigilancia. Me prepara un vaso de leche de almendra calentita y nos sentamos a hablar de meditación y del Buda. Cuando hablo de estos temas, es extraño: aunque es un alivio encontrar a alguien que comprende tus rarezas, las opiniones respecto a la espiritualidad o a la meditación están tan unidas al ego como todo lo demás. Es tan difícil arañar tus trocitos de verdad o, por lo menos, de la verdad que a ti te funciona, que te encuentras defendiéndola a capa y espada delante del otro. Le cuento a John el asunto de las celivibraciones y me temo que suena mejor en español, porque se ríe con amabilidad y me dice que quizá esté siendo un poco dramática.
La noche me recibe con una sorpresa agradable: alguien ha aceptado mi petición de alojamiento en Moab, Utah. Se trata de Mark: un rubio tan rubio que parece que le hayan sumergido la cabeza en agua oxigenada. Según su perfil, ha pasado varios años viajando por zonas de escalada y ahora se ha instalado junto al desierto. Sus brutales fotos escalando fisuras me sugieren que aquello está bastante por encima de mis posibilidades, pero me da igual: seré feliz yendo allí y mirando el paisaje. Por la mañana me escribe otro chico: un argentino que también pasará allí la semana escalando. Me dice que trae material y que si me apetece probar las fisuras. Antes de ayer, Pablo y yo tuvimos una conversación sobre escalar fisuras y sobre gente que dice que ha vomitado del esfuerzo. Quizá haya fisuras para principiantes. Ya me enteraré.
Después de desayunar orgánico en casa de John, salgo al nevado exterior con toda mi ropa de abrigo encima. Mientras camino por las aceras observando el manto blanco sobre las casas y los árboles, me entra una curiosa empatía alpinista. Debe de ser el silencio lo que engancha, me digo; este olor (porque la nieve huele) y, sobre todo, la espesa capa de silencio blanco. Me acuerdo de IA la última vez que le vi, inclinado sobre un plato de canelones, tratando de explicarme por qué le gustaba escalar en hielo. En sus ojos verdes brillaba el entusiasmo, y yo casi podía escuchar los golpes del piolet contra las cascadas. Pero hoy, caminando sobre las calles nevadas de Denver, me obligo a prometerme que no me va a dar por el alpinismo, ni el hielo, ni nada parecido. Mi combinación de despiste y taras físicas me llevaría a enmarronarme y morir en unas cinco horas.
De hecho, cuando pierdo el autobús al Downtown por esperarlo en la parada equivocada y tengo que pasar media hora bajo la nieve, temo morir de hipotermia. Trato de mantener la dignidad leyendo en el Kindle bajo mi paraguas de lunares, pero intuyo que los denverinos me miran raro desde detrás de sus ventanas.
Cuando consigo por fin llegar al Downtown sin perderme y sin que la máquina maligna de los billetes se trague mi dinero, entro a The Market: un gigantesco café donde he quedado con Peggy Emch. Me encanta mortalmente desde el primer momento en que la veo. El día que empecé a leer su blog y vi sus fotos tuve exactamente la impresión que tengo ahora: que es una mujer satisfecha de estar en su piel. Se cortó el pelo hace dos días y lo donó a una asociación que fabrica pelucas para niños con cáncer, y ahora está guapísima con unos pendientes naranjas y las uñas pintadas de color plata.
Hablamos un buen rato de nutrición, acné, dieta paleo y disciplina alimentaria. "La comida ya no es un tema para mí", me explica, con una serenidad apabullante. Estamos hablando de alguien que, en su búsqueda por la solución a sus problemas de salud, se pasó dos años alimentándose de pescado crudo, arroz cocido y zumos de fruta. Peggy es la persona que más y de forma más sistemática ha experimentado con su dieta que conozco, y su perseverancia me admira, sobre todo porque a mí el tema dieta y acné casi me vuelve loca.
De todas formas, ver a Peggy me afirma de nuevo en algo que intuyo desde hace tiempo: que llevar la dieta que quieres tiene que ver con llevar la vida que quieres y con sentirte satisfecho con todo lo demás. Es tan encantadora que dan ganas de abrazarla todo el rato, pero al final es ella quien me abraza, diciéndome que ha pasado un rato muy agradable y que siente no poder acercarme a Boulder, pero que tiene que recoger a su hija.
Después paseo exactamente cinco minutos bajo la nieve; lo bastante como para encontrar algún sitio donde comer algo antes de volver a Boulder. Dudo entre "Hospitalidad sureña" y "El huevo delicioso"; al final me decido por el huevo y engullo una tortilla de vegetales, una pechuga de pollo y un par de tostadas integrales. Después del micropaseo por la nieve, me sabe a gloria. Peregrinaje a la nave nodriza Starbuckera para comunicarme con Pablo y leer un ratito, y después de vuelta a Boulder. Ahora estoy tomando (otro) café y escribiendo esto. He de reconocer que estoy abusando un poco de tomar cafés hoy, pero si encontráis algo mejor que hacer bajo una tormenta ininterrumpida de nieve junto a las Rocosas, acepto sugerencias.
En un rato, meeting couchusurfero y jacuzzi en la nieve en casa de Pablo y Jenna. He de decir, por cierto, que el sentimiento viajero se está apoderando de mi mente. Después de estos días extraños, empiezo a relajarme. Creo que ya voy computando el exterior como lo normal y puedo mecerme en este vaivén extraño de alegres expresiones de cortesía, omnipresentes coches gigantes y café aguado.
See you soon, guys ;)
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