massobreloslunes

viernes, 28 de octubre de 2022

El Punto Pijama


En algún momento de la edad adulta, empecé a ponerme el pijama solo para dormir. Algún oculto rincón de mi cerebro empezó a identificarlo como una muestra de vagancia y pereza, y lo cambié por ropa de estar por casa. Ya sabes a lo que me refiero: leggins, sudaderas y bragas de regla. 

De un tiempo a esta parte, sin embargo, he recuperado el placer del Punto Pijama. El Punto Pijama es ese momento de tu día en que sabes que no vas a salir más a la calle, así que te pones el pijama entero. Esto es importante, porque si cedes a las presiones sociales y solo te pones la parte de abajo, pero conservas un jersey decente o una sudadera de persona, ya no es Punto Pijama. Una parte de ti todavía quiere estar presentable y preparada para el mundo exterior.

Mi amiga María la de Gijón es experta en Punto Pijama. Le da igual que estés con ella en su casa y que tú no tengas pijama: ella se pone el suyo, se desmaquilla, se quita las lentillas y que salga el sol por Antequera. Me pregunto si será porque es asturiana y allí los inviernos son oscuros y lluviosos y apetece meterse en casa con el brasero. A los mediterráneos nos gusta más mantener en la retaguardia la posibilidad de que alguien te llame después de cenar para comer pipas en algún banco.

En cualquier caso, el Punto Pijama es Bien. Se me había olvidado que los pijamas están hechos para ser suavitos y cómodos, a diferencia de los leggins, que son una prenda mentirosa que promete comodidad pero casi nunca la da. Esa es otra historia que da para otro post, pero si en el Universo conocido hay leggins que no aprietan pero que tampoco se caen, yo no los he encontrado.

El pijama es otra cosa. No le importa ti se hace buen o mal culo. Es gustoso y un poco ridículo. Una vez te has puesto el pijama, nadie te convencerá para salir o se te acoplará en casa sin tu consentimiento. El pijama te protege de decir que sí por compromiso: es la armadura del introvertido.

Así que ya sabes: la próxima vez que la vida te supere, ponte el pijama y deja que sus amables contornos le manden a tu cuerpo el mensaje de que todo está bien. A veces, lo único que tienes que hacer en esta vida es dormir.

domingo, 23 de octubre de 2022

Many


Kalymnos en temporada de escalada es un sitio curioso porque toda la gente que te rodea se te parece un poco. Todos vamos con ropa deportiva, estamos quemados por el sol y tenemos el tren superior más desarrollado que la media. Todos podríamos encontrar temas de conversación si nos sentaran al azar en una cena.

Cuando estoy en el sector, observo a los demás escaladores. Se juntan en parejas o en grupos y puedes intuir los vínculos que los unen: esos son colegas, esos están casados, aquellos se conocieron anoche en una fiesta y hoy han quedado para trepar. 

Te das cuenta, más que en otras situaciones, de cómo esos vínculos, incluso los más fuertes, están mediados por el azar y la geografía. ¿Con cuántos de esos escaladores te llevarías bien? ¿Cuántas de las mujeres podrían ser tus confidentes? ¿De cuántos hombres podrías enamorarte?

En esos momentos miro a Pablo y recuerdo que no soy más que una de sus posibles personas compatibles en el mundo y que seguramente hay miles como yo. Miles de mujeres que encontrarían adorable que jamás lleve pantalones largos, haga el tiempo que haga, o que siempre le eche demasiado picante a la comida. 

Nos gusta alimentar la ilusión de que es un milagro que nos hayamos encontrado, de que solo él me comprende a mí y solo yo lo comprendo a él en este mundo loco, pero es mentira.

Pienso en esa serie de Netflix que empecé a ver pero que no me gustó mucho; The One, me parece que se llamaba. En ella, unos científicos descubren un algoritmo que encuentra a tu pareja perfecta entre todas las personas del mundo. Me pregunto si no sería más interesante una serie llamada Many donde lo que te dan es la larguísima lista de posibles parejas que podrían hacerte feliz y, abrumada por el FOMO, la gente es incapaz de decidirse.

Cuando era mas joven me angustiaba esta idea. Tantas personas me fascinaban, tantas conquistaban mi corazón, y yo solo tenía tiempo y espacio para unos pocos. 

Ahora me consuela: como si el amor, o la amistad, fueran una corriente subterránea y abundante bajo la superficie de la tierra, y solo tuvieras que cavar un poco, estés donde estés, para conseguir tu dosis.

sábado, 22 de octubre de 2022

Cambiar pañales



Cuando la gente habla de tener dos hijos, un tema que sale mucho es el de los pañales.

«Espera a que el primero ya no lleve pañales; así no tienes que cambiárselos a los dos a la vez». 

«Si tardas mucho tiempo en ir a por el segundo, te dará pereza volver a cambiar pañales». 

La pañalfobia parece universal y es también por lo que la gente se empeña en enseñar al niño a usar el váter lo antes posible, lo que puede estar bien o ser una pésima idea si no está preparado.

Yo no lo entiendo. A mí cambiar pañales me parece, con muchísima diferencia, lo menos molesto de la maternidad.

[Aclaro que estoy hablando de cambiar pañales normales de plástico de toda la vida. No hay un solo universo en el que uso los de tela, y me da igual que por culpa de gente como yo las generaciones posteriores vayan a vivir en un vertedero y tengan que mudarse a Marte.]

Cambiar pañales es simple. Cualquiera puede hacerlo. Tiene un número de variables limitadas que puedes perfeccionar: con un presupuesto razonable, consigues buenos pañales, una crema efectiva y toallitas sin perfume que te hacen sentir buena madre que respeta el ph de su progenie.

Compara esto con, por ejemplo, la nutrición, y saber qué es bueno o malo para tu hijo, o con la educación y los millones de respuestas posibles que hay para cada pequeño conflicto. 

Cuando cambiar un pañal, además, está clarísimo que lo has hecho bien. No dudas de si el bebé ha comido suficiente o necesita echar más gas. El culo estaba sucio y ahora está limpio y huele bien. Puedes tener tu conciencia tranquila.

Los pañales se cambian rápido y ni siquiera en situaciones precarias, como un baño público sin cambiador y un bebé con diarrea, sobrepasan tu capacidad de respuesta. Hasta el episodio más grotesco se queda en una anécdota de la que después te ríes. No te produce instintos homicidas como cuando el bebé no te deja dormir o el niño de dos años se niega a ponerse el pijama. 

Y sí, es más cómodo que tu hijo haga pis y caca en el váter, pero la época de transición es muy molesta. Vives con miedo a te la líe, así que vas registrando en tu cerebro dónde está el váter más próximo y preguntándole cada treinta segundos si necesita hacer pis. Te vas a dormir preguntándote si esta será la noche donde tendrás que ponerte a cambiar sábanas con los ojos pegados. 

Mi hija ya hace tiempo que no lleva pañales y está muy bien. Hay algo adorable, además, en un niño diciendo «voy a hacer pis» y sentándose en el váter con los piececitos colgando; no me digáis que solo me pasa a mí, porque por algo los anuncios de papel higiénico usan niños desde tiempos inmemoriales.

Aun así, cuando tenga que volver a cambiar pañales, estaré bien. Como decimos en Andalucía, que tó fuera eso

viernes, 21 de octubre de 2022

Retomando

Estaba súper mega convencida de que iba a escribir todos los días sin falta porque venía muy motivada, pero no contaba con...

...

... que ahora tengo una hija.

Y que con los hijos no puedes hacer planes porque cuando te quieres dar cuenta, hacen como la mía y te pillan una gastroenteritis durante días, y de repente el tiempo del que dispones para ti se ve reducido a la mínima expresión.

Que haber, podría haber escrito si de verdad, DE VERDAD hubiera querido. Siempre se puede dormir menos. Pero yo ya estoy mayor para sufrimientos y en realidad, sabía que solo me había ido unos días. 

A lo mejor estoy tan convencida de que esta vez sí he vuelto de verdad que ni siquiera necesito escribir todos los días para demostrármelo.

O igual lo de arriba es una excusa como un piano. El tiempo lo dirá. 

sábado, 15 de octubre de 2022

Mi nuevo mantra favorito


Hace un par de días «vi» una peli absurda de Netflix llamada Look Both Ways. Digo que la «vi» porque, en realidad, lo que hice fue lo siguiente:

1. Ver los cinco primeros minutos.

2. Seleccionar un par de escenas aleatorias de la mitad.

3. Ver el final.

Es mi método estándar de visualización de películas demasiado estúpidas para dedicarles tiempo pero que me generan la suficiente curiosidad como para caer en la tentación de verlas.  Si ya me sé el final, ya no hay curiosidad y paso a otra cosa.

La premisa es que Nat, una estudiante universitaria, se hace un test de embarazo y, a partir de ahí su vida se divide en dos universos paralelos: en uno el test es positivo y en otro negativo.

Hagamos aquí un inciso para mesarnos colectivamente los cabellos por el absurdo de cómo las películas presentan el tema del embarazo:

  • El primer síntoma siempre el el vómito, pese a que en la vida real pueden pasar semanas hasta que empiezas a vomitar.
  • Cuando el test sale negativo, se quedan tranquilísimos a pesar de que un test negativo puede ser positivo más adelante.
  • El positivo siempre se ve claro y brillante con una línea súper fuerte.
  • Todos los embarazos son inesperados. ¿Esta gente faltó el día que explicaban la reproducción en el cole? ¿O tienen los peores condones de la historia?
Fin del inciso.

La cuestión es que la última escena de la peli es (tranqui, que no es spoiler, en caso de que quieras disfrutar de esta maravilla del Séptimo Arte): pasados cinco años, las dos Nats visitan el baño de la frat house donde se hicieron el test de embarazo. Se detienen en la puerta, observan a su yo del pasado sentada en el váter, sosteniendo el test y, a la vez, le dicen:

—Tranquila. Todo ha salido bien.

Y esa escena estúpida de esa peli absurda que ni siquiera vi entera se ha convertido en mi nueva filosofía de vida. 

Porque, con la distancia suficiente, todo sale bien.

Haz la prueba: piensa en cualquier momento de tu vida en los últimos años en el que estuvieras preocupado, agobiado o confuso, y ahora imagina a tu yo de cinco años después. Que no es que no tenga otros problemas, pero lo más probable es que ese, el que te angustiaba entonces, ya no esté.

Marina del futuro a Marina con acné: tranquila. Todo ha salido bien.

Marina del futuro a Marina sola y desesperada porque no encuentra pareja: tranquila. Todo ha salido bien.

Marina del futuro Marina que no sabe si alguna vez tendrá hijos: tranquila. Todo ha salido bien.

Tengo la intuición de que esto sirve incluso cuando las cosas no salen bien. Si nos dan el tiempo suficiente, los humanos somos resilientes y tenemos la prodigiosa habilidad de aprender, buscar el lado positivo, crecer.

Imagino que el truco deja de funcionar justo cinco años antes de morirte aunque, ¿quién sabe? Igual es verdad lo de la otra vida y resulta que se está estupendamente.

Hasta entonces, lo estoy usando como mantra tranquilizador en estos tiempos locos. Me agobio y me imagino a la Marina del futuro, más cansada, con más arrugas, con problemas distintos, pero mirándome con amabilidad y sabiduría desde su presente.

Tranquila. Todo ha salido bien.

viernes, 14 de octubre de 2022

Detox digital, IV: la pijada


ANTES DE NADA: Por alguna misteriosa razón, no estoy pudiendo dejar comentarios en mi propio blog. Es un escándalo esto. Así que no penséis que soy una borde desagradable; espero poder solucionarlo en breve.

Hoy termino la serie final sobre mi detox digital con la última idea pija que voy a poner en marcha.

A saber:

Me voy a comprar un ordenador nuevo...

... y le voy a pedir a Pablo que me deshabilite la conexión a Internet.

Solo lo usaré para escribir y para trabajar offline.

Esto ya lo he probado antes y no me ha funcionado. ¿Por qué? Pues porque me compré un ordenador del año de la pera por 200 euros que pesaba una barbaridad y que en cualquier momento temía que muriera.

Ahora voy a cambiar de estrategia: me voy a ir a por uno tope de gama, probablemente un MacBook Air como el que tengo ahora, pero en otro color. La idea es que la usabilidad no sea un problema y me genere tanto placer y confianza como mi ordenador de ahora para que no surjan resistencias al utilizarlo. 

«Pero, MARINA. Madre de Dios, qué es esto. Eres una pija privilegiada absurda que se va a gastar mil y pico euros porque no es capaz de no abrir WhatsApp mientras escribe y/o acarrear un ordenador pesado por el mundo». 

Sí, lector, SÍ: admito de corazón mi derrota digital. Soy un fracaso humano-tecnológico, PERO tengo algunas cosas que decir a mi favor.

La primera es que ya comenté que estoy en fase a grandes males, grandes remedios, y que para mí no ser capaz de concentrarme en la escritura es un GRAN MAL. Muy malo, nivel traicionar a mi yo creativo y no cumplir los sueños de mi vida.

La segunda es que mucha gente no duda en gastarse miles de euros en, por ejemplo, una academia para estudiar oposiciones, solamente para «obligarse a seguir un ritmo» o razones parecidas. Otros pagan a coaches de productividad o psicólogos.

Yo creo (creo) que un ordenador sin Internet va a aumentar mi productividad literaria MUCHÍSIMO MÁS que un coach, y me va a salir por lo mismo o más barato.

Y la tercera es que el peor de los casos es que no lo use, pero si es así, en lugar de un ordenador chungo para tirar a la basura tendré uno que podré utilizar cuando se estropee el que tengo ahora o vender a un precio razonable. 

Ergo: lo veo claro. Quería hacerme un regalo a mí misma para celebrar el cierre de Psicosupervivencia y va a ser este.

Y ahora sí que sí dejo de desbarrar sobre mi detox digital, que soy más pesada que una vaca en brazos. 

PD: Lo he comentado medio de pasada, pero lo repito: seguiré escribiendo aquí. Será una de mis excepciones, aiunque tengo que ver cómo me lo organizo para que no me atrape un vórtice de distracción.

jueves, 13 de octubre de 2022

Detox digital, III: apps de mensajería, Kindle y podcasts

Previously, en Massobreloslunes...

Quiero iluminarme (introducción al detox digital)

Explicación larga y aburrida de mi relación con la tecnología

Continúo con las apps que me faltaban.

WhatsApp y Telegram

Aunque es verdad que los chequeo con cierta frecuencia, no tengo la sensación de que sean mi mayor problema, sobre todo porque a diferencia de las redes sociales, no son infinitos. Sí que ocupan tiempo en mis paseos que podría dedicar a reflexionar o a escuchar podcasts, pero no sé hasta qué punto es grave.

Dicho esto, acabo de mirar las analíticas del teléfono y WhatsApp es el responsable número 1 de mis pickups (las veces que miro el móvil, que están en un aterrador 43 de media al día). El problema con WhatsApp es que no lo puedes tener solo en el ordenador. Necesitas la aplicación de móvil. Y no quiero dejar WhatsApp del todo; es demasiado cómodo y me mantiene localizable para cierta gente.

Quitar las notificaciones de WhatsApp podría parecer una buena idea, pero no tengo claro si será peor y hará que vaya a la aplicación una y otra vez para ver si alguien me ha hablado. 

Creo que voy a probar a quitar las notificaciones, a ver qué pasa. Mi intuición me dice que sin todas las demás fuentes de distracción en el teléfono, WhatsApp será el menos de mis problemas.

Por Telegram me habla poca gente y pocas veces, así que de momento voy a dejarlo tal cual.

Kindle

Amo mi Kindle y, al mismo tiempo, estoy convencida de que influye negativamente en mi paz mental y mis hábitos de lectura. Es demasiado tentador empezar un libro y, cuando no llevo ni la cuarta parte, dejarme tentar por otro. Echo de menos el silencio de lo analógico. Con el Kindle, aunque esté leyendo un libro, noto por detrás el zumbido de las millones de posibilidades del dispositivo.

¿El problema? La vida nómada y lo mucho que pesan los libros. Aun así, teniendo en cuenta que yo leo inglés con fluidez, veo factible ir consiguiendo libros de papel en los distintos lugares por los que vayamos pasando. Mi hipótesis es que leer libros buenos en papel es más beneficioso que leer los mejores libros en Kindle.

Durante el detox, no leeré en Kindle. Vamos a viajar a España la semana que viene y aprovecharé para traerme libros, y todavía tengo un montón aquí que no he leído. 

Después del detox, pretendo seguir minimizando la lectura en Kindle a no ser que no me quede otro remedio (que no haya NINGUNA forma de conseguir el libro en papel).

Podcasts

Con los podcasts tengo dudas. Por una parte, me parecen mucho menos «dañinos» que las redes sociales o navegar por Internet: no permiten saltar de una cosa a otra ni destruyen tu atención. Sin embargo, creo que ocupan el espacio de otras actividades (como pasear a solas con mis pensamientos) y que hay formas mejores de recibir la misma información.

Tampoco me gusta NADA estar en casa con los auriculares puestos si hay alguien más, incluso aunque Pablo o Alana estén haciendo otra cosa. Me desconecta de ellos y bloquea las posibilidades de conexión. 

En realidad, para mí los podcasts no son una fuente de información, sino de compañía. Cuando algo me interesa, el podcast es una forma de «rodearme» de gente afín y de estar expuesta constantemente a esas ideas y no olvidarme de ellas.

Durante el detox, voy a eliminarlos del todo. Es posible que pruebe con audiolibros aunque, por alguna razón, nunca terminan de convencerme, pero en su mayoría procuraré estar simplemente sin escuchar nada.

Después del detox, si vuelvo a escuchar podcasts lo haré solo en momentos en que no haya nadie en casa, y valoraré si realmente me aportan o si es mejor centrarme en lo que tengo delante.


¡Eso es todo! Tengo un plan.


Ahora solo queda decidir cuando empiezo mi detox. Al final no voy a ir al curso de Vipassana porque viene mi suegra y está como feo pirarme cuando hace ocho años que no la veo, así que es posible que comience el lunes que viene, por aquello de que empezar las cosas en lunes siempre da más vidilla.

La inspiración del detox, por cierto, es de Digital Minimalism, el libro de Cal Newport.


¡Oh! Me acabo de dar cuenta de que no es todo. Tengo algo más que contar sobre esto, pero lo explicaré mañana, que este post está quedando muy largo ya.