massobreloslunes

martes, 13 de diciembre de 2022

Retomar


Cada vez que dejo algo más de tiempo (ejem, algo) entre entrada y entrada, me enfrento al típico problema de retomar.

Como mi vida es un frenesí, en estas últimas dos semanas he estado en cuatro países y he cambiado de casa/hotel cinco veces, así que ahora no sé si dar ese contexto o lanzarme directamente a hablar de lo que tengo enfrente: por ejemplo, que mi hija Alana se ha despertado a las seis los tres últimos días de finde largo, pero hoy que tiene colegio sigue durmiendo como un ceporro.

El problema de dar contexto y resumir lo que ha pasado es que el blog se convierte en un aburrido diario pra-adolescente que no es lo que estábamos buscando, pero al final la única culpable de eso soy yo, así que  resumamos:

  • Nos fuimos de Kalymnos, nuestra isla griega, en una borrachera de nostalgia y de «oh-Dios-esta-gente-es-la-más-amable-de-la-faz-de-la-Tierra». De verdad que no he conocido nunca a un pueblo más simpático que el kalymniano (gentilicio inventado).
  • Pasamos diez días en España que fueron un poco horribles porque...
  • ... a Pablo le han sacado dos muelas, le han hecho un destrozo tremendo y lleva desde entonces con un dolor súper intenso.
  • Por suerte, ya está un poco mejor, entre otras cosas porque se ha dado a la marihuana terapéutica...
  • ... que aquí en Tailandia es legal. Vaya, y la recreativa también; el cannabis, en general. Lo pides en la calle como el que pide un café. Y yo que todavía tengo estrés postraumático de la típica película en que un occidental se queda atrapado en una cárcel tailandesa porque lo pillan con droja en la maleta.
  • Tailandia: más cara y con más lluvia de lo que pensábamos, pero de momento estamos a gusto y los paisajes son brutales.
  • La escalada aquí es un timo, eso sí. No merece la pena venir a escalar.
  • Pero los masajes valen siete dólares la hora.
  • ¡SIETE DÓLARES!
  • ¿He dicho ya que los masajes valen siete dólares la hora?
  • Me doy literalmente un masaje cada dos días.
  • Me van a tener que arrancar de aquí con agua caliente.
  • Fin.
Al final, la dificultad de retomar no es más que la enésima lección en constancia. No hay nada como ser constante, chicos; ninguna otra cualidad que merezca realmente la pena cultivar.

Sigo pronto, lo prometo. 

jueves, 17 de noviembre de 2022

La tarta, la tarta, la p*ta de la tarta



Bueno, pues resulta que hace unos días me dio antojo de tarta de queso.

La VISUALIZABA en mi boca: una tarta con mucho sabor a queso, no demasiado dulce, bien consistente y perfecta.

Ahora que soy desperate housewife, puedo marcarme objetivos en la vida como aprender a hacer una tarta de queso perfecta y quedarme tan pancha, así que tecleé en Google: best recipe cheesecake y encontré esta.

Me dio confianza. Parecía (relativamente) simple y tenía vídeos.

Problema 1: hacían falta unas galletas llamadas Graham Crackers que, obviamente, no se consiguen en Grecia (ni sé a qué saben, con lo que tampoco podía buscarles sucedáneos).

Fear not! Decidí hacer mis propias Graham Crackers.

Enrolé a mi hija Alana, que es fan de la repostería porque es una buena ocasión para comer azúcar directamente del bote, y allá que nos pusimos a hacer galletas.

A excepción del momento en que Alana consumió un 10% de su peso corporal en mantequilla con azúcar, y del otro momento en que volcó la harina en la encimera y le echó media botella de agua mientras yo no miraba, «porque yo también quiero hacer una masa, mamá», todo iba bien.

Habían salido un montón de Graham Crackers que, para quien tenga curiosidad, son parecidas a las galletas Digestive (que en Grecia tampoco existen, así que no me habría resuelto el problema saberlo de antemano). Las metí en un tupper y me congratulé porque ya estaba un paso más cerca de la tarta.

Segundo problema: no tenía sour cream o crema agria para los amantes de la lengua patria.

(Aquí es donde hago una nota mental de no mirar más las recetas en páginas de EEUU. Pero qué queréis que os diga: mi yanquifilia me puede).

Fear not, de nuevo! Se puede hacer en casa. Encontré una receta también para eso y puse a fermentar una mezcla de limón, leche y nata en la encimera.

Después de dos días, la mezcla seguía igual, intuyo que porque ya hace fresco y aquí en Grecia sufren del Síndrome de la Negación Térmica y creen que no hace frío, así que no hay calefacción en ninguna parte. En Málaga también se sufre del SNT muy gravemente y por eso la gente se sienta en la terraza aunque sea diciembre porque «al sol se está estupendamente», y luego cae el sol y se te duermen los dedos de los pies.

Pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

Desesperada, metí la mezcolanza en el horno a baja temperatura y ahí sí: cuajó estupendamente.

Ayer me disponía a hacer la tarta con mi hija y una amiga pero, ¡oh, no! Para que saliera perfecta, los ingredientes debían estar a temperatura ambiente y no daba tiempo, así que les dije que la hacíamos hoy.

Con lo que no contaba era con que para entonces, nos habíamos comido casi todas las Graham Crackers.

Y, para colmo, anoche no se me ocurre otra cosa que servir la mitad de la crema agria con la cena, con lo cual tampoco tenemos suficiente.

He tratado de hacer más mezcolanza: la he metido en el horno junto con la mantequilla, para que estuviera a temperatura ambiente porque también tengo que hacer más Graham Crackers, pero se me ha ido la pinza con la temperatura del horno y toda la mantequilla se ha derretido.

(La crema agria parece haber salido bien, no obstante)

Así que para hoy tengo que: 

- Comprar más mantequilla.

- Hacer más Graham Crackers.

- Acordarme de sacarlo todo para que esté a temperatura ambiente.

- Calentar el ambiente, porque con el STN la temperatura ambiente es exactamente igual que la de la nevera.

- Hacer la p*ta tarta.

- Encontrar a gente a quienes encasquetarles pedazos de tarta porque es jueves y el domingo nos vamos.

Pero que yo esa tarta la hago como que me llamo Marina Díaz Carmona, ya te lo digo yo.

viernes, 28 de octubre de 2022

El Punto Pijama


En algún momento de la edad adulta, empecé a ponerme el pijama solo para dormir. Algún oculto rincón de mi cerebro empezó a identificarlo como una muestra de vagancia y pereza, y lo cambié por ropa de estar por casa. Ya sabes a lo que me refiero: leggins, sudaderas y bragas de regla. 

De un tiempo a esta parte, sin embargo, he recuperado el placer del Punto Pijama. El Punto Pijama es ese momento de tu día en que sabes que no vas a salir más a la calle, así que te pones el pijama entero. Esto es importante, porque si cedes a las presiones sociales y solo te pones la parte de abajo, pero conservas un jersey decente o una sudadera de persona, ya no es Punto Pijama. Una parte de ti todavía quiere estar presentable y preparada para el mundo exterior.

Mi amiga María la de Gijón es experta en Punto Pijama. Le da igual que estés con ella en su casa y que tú no tengas pijama: ella se pone el suyo, se desmaquilla, se quita las lentillas y que salga el sol por Antequera. Me pregunto si será porque es asturiana y allí los inviernos son oscuros y lluviosos y apetece meterse en casa con el brasero. A los mediterráneos nos gusta más mantener en la retaguardia la posibilidad de que alguien te llame después de cenar para comer pipas en algún banco.

En cualquier caso, el Punto Pijama es Bien. Se me había olvidado que los pijamas están hechos para ser suavitos y cómodos, a diferencia de los leggins, que son una prenda mentirosa que promete comodidad pero casi nunca la da. Esa es otra historia que da para otro post, pero si en el Universo conocido hay leggins que no aprietan pero que tampoco se caen, yo no los he encontrado.

El pijama es otra cosa. No le importa ti se hace buen o mal culo. Es gustoso y un poco ridículo. Una vez te has puesto el pijama, nadie te convencerá para salir o se te acoplará en casa sin tu consentimiento. El pijama te protege de decir que sí por compromiso: es la armadura del introvertido.

Así que ya sabes: la próxima vez que la vida te supere, ponte el pijama y deja que sus amables contornos le manden a tu cuerpo el mensaje de que todo está bien. A veces, lo único que tienes que hacer en esta vida es dormir.

domingo, 23 de octubre de 2022

Many


Kalymnos en temporada de escalada es un sitio curioso porque toda la gente que te rodea se te parece un poco. Todos vamos con ropa deportiva, estamos quemados por el sol y tenemos el tren superior más desarrollado que la media. Todos podríamos encontrar temas de conversación si nos sentaran al azar en una cena.

Cuando estoy en el sector, observo a los demás escaladores. Se juntan en parejas o en grupos y puedes intuir los vínculos que los unen: esos son colegas, esos están casados, aquellos se conocieron anoche en una fiesta y hoy han quedado para trepar. 

Te das cuenta, más que en otras situaciones, de cómo esos vínculos, incluso los más fuertes, están mediados por el azar y la geografía. ¿Con cuántos de esos escaladores te llevarías bien? ¿Cuántas de las mujeres podrían ser tus confidentes? ¿De cuántos hombres podrías enamorarte?

En esos momentos miro a Pablo y recuerdo que no soy más que una de sus posibles personas compatibles en el mundo y que seguramente hay miles como yo. Miles de mujeres que encontrarían adorable que jamás lleve pantalones largos, haga el tiempo que haga, o que siempre le eche demasiado picante a la comida. 

Nos gusta alimentar la ilusión de que es un milagro que nos hayamos encontrado, de que solo él me comprende a mí y solo yo lo comprendo a él en este mundo loco, pero es mentira.

Pienso en esa serie de Netflix que empecé a ver pero que no me gustó mucho; The One, me parece que se llamaba. En ella, unos científicos descubren un algoritmo que encuentra a tu pareja perfecta entre todas las personas del mundo. Me pregunto si no sería más interesante una serie llamada Many donde lo que te dan es la larguísima lista de posibles parejas que podrían hacerte feliz y, abrumada por el FOMO, la gente es incapaz de decidirse.

Cuando era mas joven me angustiaba esta idea. Tantas personas me fascinaban, tantas conquistaban mi corazón, y yo solo tenía tiempo y espacio para unos pocos. 

Ahora me consuela: como si el amor, o la amistad, fueran una corriente subterránea y abundante bajo la superficie de la tierra, y solo tuvieras que cavar un poco, estés donde estés, para conseguir tu dosis.

sábado, 22 de octubre de 2022

Cambiar pañales



Cuando la gente habla de tener dos hijos, un tema que sale mucho es el de los pañales.

«Espera a que el primero ya no lleve pañales; así no tienes que cambiárselos a los dos a la vez». 

«Si tardas mucho tiempo en ir a por el segundo, te dará pereza volver a cambiar pañales». 

La pañalfobia parece universal y es también por lo que la gente se empeña en enseñar al niño a usar el váter lo antes posible, lo que puede estar bien o ser una pésima idea si no está preparado.

Yo no lo entiendo. A mí cambiar pañales me parece, con muchísima diferencia, lo menos molesto de la maternidad.

[Aclaro que estoy hablando de cambiar pañales normales de plástico de toda la vida. No hay un solo universo en el que uso los de tela, y me da igual que por culpa de gente como yo las generaciones posteriores vayan a vivir en un vertedero y tengan que mudarse a Marte.]

Cambiar pañales es simple. Cualquiera puede hacerlo. Tiene un número de variables limitadas que puedes perfeccionar: con un presupuesto razonable, consigues buenos pañales, una crema efectiva y toallitas sin perfume que te hacen sentir buena madre que respeta el ph de su progenie.

Compara esto con, por ejemplo, la nutrición, y saber qué es bueno o malo para tu hijo, o con la educación y los millones de respuestas posibles que hay para cada pequeño conflicto. 

Cuando cambiar un pañal, además, está clarísimo que lo has hecho bien. No dudas de si el bebé ha comido suficiente o necesita echar más gas. El culo estaba sucio y ahora está limpio y huele bien. Puedes tener tu conciencia tranquila.

Los pañales se cambian rápido y ni siquiera en situaciones precarias, como un baño público sin cambiador y un bebé con diarrea, sobrepasan tu capacidad de respuesta. Hasta el episodio más grotesco se queda en una anécdota de la que después te ríes. No te produce instintos homicidas como cuando el bebé no te deja dormir o el niño de dos años se niega a ponerse el pijama. 

Y sí, es más cómodo que tu hijo haga pis y caca en el váter, pero la época de transición es muy molesta. Vives con miedo a te la líe, así que vas registrando en tu cerebro dónde está el váter más próximo y preguntándole cada treinta segundos si necesita hacer pis. Te vas a dormir preguntándote si esta será la noche donde tendrás que ponerte a cambiar sábanas con los ojos pegados. 

Mi hija ya hace tiempo que no lleva pañales y está muy bien. Hay algo adorable, además, en un niño diciendo «voy a hacer pis» y sentándose en el váter con los piececitos colgando; no me digáis que solo me pasa a mí, porque por algo los anuncios de papel higiénico usan niños desde tiempos inmemoriales.

Aun así, cuando tenga que volver a cambiar pañales, estaré bien. Como decimos en Andalucía, que tó fuera eso

viernes, 21 de octubre de 2022

Retomando

Estaba súper mega convencida de que iba a escribir todos los días sin falta porque venía muy motivada, pero no contaba con...

...

... que ahora tengo una hija.

Y que con los hijos no puedes hacer planes porque cuando te quieres dar cuenta, hacen como la mía y te pillan una gastroenteritis durante días, y de repente el tiempo del que dispones para ti se ve reducido a la mínima expresión.

Que haber, podría haber escrito si de verdad, DE VERDAD hubiera querido. Siempre se puede dormir menos. Pero yo ya estoy mayor para sufrimientos y en realidad, sabía que solo me había ido unos días. 

A lo mejor estoy tan convencida de que esta vez sí he vuelto de verdad que ni siquiera necesito escribir todos los días para demostrármelo.

O igual lo de arriba es una excusa como un piano. El tiempo lo dirá. 

sábado, 15 de octubre de 2022

Mi nuevo mantra favorito


Hace un par de días «vi» una peli absurda de Netflix llamada Look Both Ways. Digo que la «vi» porque, en realidad, lo que hice fue lo siguiente:

1. Ver los cinco primeros minutos.

2. Seleccionar un par de escenas aleatorias de la mitad.

3. Ver el final.

Es mi método estándar de visualización de películas demasiado estúpidas para dedicarles tiempo pero que me generan la suficiente curiosidad como para caer en la tentación de verlas.  Si ya me sé el final, ya no hay curiosidad y paso a otra cosa.

La premisa es que Nat, una estudiante universitaria, se hace un test de embarazo y, a partir de ahí su vida se divide en dos universos paralelos: en uno el test es positivo y en otro negativo.

Hagamos aquí un inciso para mesarnos colectivamente los cabellos por el absurdo de cómo las películas presentan el tema del embarazo:

  • El primer síntoma siempre el el vómito, pese a que en la vida real pueden pasar semanas hasta que empiezas a vomitar.
  • Cuando el test sale negativo, se quedan tranquilísimos a pesar de que un test negativo puede ser positivo más adelante.
  • El positivo siempre se ve claro y brillante con una línea súper fuerte.
  • Todos los embarazos son inesperados. ¿Esta gente faltó el día que explicaban la reproducción en el cole? ¿O tienen los peores condones de la historia?
Fin del inciso.

La cuestión es que la última escena de la peli es (tranqui, que no es spoiler, en caso de que quieras disfrutar de esta maravilla del Séptimo Arte): pasados cinco años, las dos Nats visitan el baño de la frat house donde se hicieron el test de embarazo. Se detienen en la puerta, observan a su yo del pasado sentada en el váter, sosteniendo el test y, a la vez, le dicen:

—Tranquila. Todo ha salido bien.

Y esa escena estúpida de esa peli absurda que ni siquiera vi entera se ha convertido en mi nueva filosofía de vida. 

Porque, con la distancia suficiente, todo sale bien.

Haz la prueba: piensa en cualquier momento de tu vida en los últimos años en el que estuvieras preocupado, agobiado o confuso, y ahora imagina a tu yo de cinco años después. Que no es que no tenga otros problemas, pero lo más probable es que ese, el que te angustiaba entonces, ya no esté.

Marina del futuro a Marina con acné: tranquila. Todo ha salido bien.

Marina del futuro a Marina sola y desesperada porque no encuentra pareja: tranquila. Todo ha salido bien.

Marina del futuro Marina que no sabe si alguna vez tendrá hijos: tranquila. Todo ha salido bien.

Tengo la intuición de que esto sirve incluso cuando las cosas no salen bien. Si nos dan el tiempo suficiente, los humanos somos resilientes y tenemos la prodigiosa habilidad de aprender, buscar el lado positivo, crecer.

Imagino que el truco deja de funcionar justo cinco años antes de morirte aunque, ¿quién sabe? Igual es verdad lo de la otra vida y resulta que se está estupendamente.

Hasta entonces, lo estoy usando como mantra tranquilizador en estos tiempos locos. Me agobio y me imagino a la Marina del futuro, más cansada, con más arrugas, con problemas distintos, pero mirándome con amabilidad y sabiduría desde su presente.

Tranquila. Todo ha salido bien.