Uno de los peores recuerdos de mi primer parto no es que Pablo se desmayara, o el dolor infernal, o que la niña naciera con dos vueltas de cordón y se la tuvieran que llevar a reanimación.
sábado, 9 de septiembre de 2023
La maleta de mi parto
Uno de los peores recuerdos de mi primer parto no es que Pablo se desmayara, o el dolor infernal, o que la niña naciera con dos vueltas de cordón y se la tuvieran que llevar a reanimación.
viernes, 25 de agosto de 2023
La Siesta Unicornio
Pero la Madre Naturaleza es sabia y no quiere que los padres se suiciden en masa, así que nos ha regalado las Siestas Unicornio.
Una Siesta Unicornio es aquella que, por su duración, se distingue de las demás que suele echarse tu hijo.
Es decir, que si tienes una pequeña marmota que duerme por sistema más de hora y media, tu Siesta Unicornio será la que pase de las dos horas y media o tres.
Si, como a mí, te ha tocado un bebé que a los cuarenta y cinco minutos abre el ojo, todo lo que se pase de dos horas es Siesta Unicornio.
(Entre los cuarenta y cinco minutos y las dos horas es Siesta Especial, que se agradece pero no es tan rara como para recibir la Denominación de Origen Unicorneal.
La SU es como ver un partido de fútbol en el que tu equipo va ganando: te gustaría disfrutarlo, pero te puede la tensión.
Esta tensión va cambiando de forma y motivo y se desarrolla de la siguiente manera:
- Fase 1: dura lo que duran una siesta media de tu hijo. Aquí te pones a hacer las cosas que habías planeado de forma eficiente porque sabes que en breve se te acaba el rollo. Tu nivel de bienestar es el esperable: tienes un respiro, puedes mover los brazos sin que se te caiga nadie y te oyes pensar.
- Fase 2: es la primera extensión de la siesta hasta, digamos, una hora extra. Hasta aquí entra en la categoría de Siesta Especial.
Tú te sientes un poco desorientada porque no habías querido planear por encima de tus posibilidades, pero encuentras algo que hacer y te pones a ello ultra tensa porque no quieres disfrutar demasiado, no vaya a ser que se despierte el bebé y te lo fastidie.
Aclaración: aunque sea una tarea de la casa, tú la disfrutas, porque casi cualquier cosa (lavar platos con un podcast, cocinar, tender tranquilamente mientras te da el aire) es mejor que cuidar de un niño pequeño.
Por eso no cuela cuando, por ejemplo, estoy con nuestros dos hijos y Pablo se va a fregar platos con los auriculares en los oídos. Eso es básicamente un spa. Que se lo agradezco y alguien tiene que hacerlo, pero sé perfectamente que la que se está comiendo el marrón soy yo.
- Fase 3: aquí la siesta llega ya a límites apenas explorados en la capacidad de dormir de tu bebé. Cuando se cruza la barrera de las dos horas y media, ya te das cuenta de que estás frente a una Siesta Unicornio y aquí ya sí que no sabes qué hacer.
¿Es el momento de tomarte un momento para ti? Pero ¿y si cuando te hayas servido tu té y abierto tu libro se despierta el niño? Es cruel para la parte de ti que lleva anulada desde que el bebé nació. Le has mostrado un fragmento de libertad, un bocado del delicioso pastel del placer, y ahora te lo llevas.
Y además, si eres como yo y vives en el drama, empezarás a considerar la posibilidad de que le haya pasado algo al niño.
Y ahí, ¿qué haces?
¿Entras a ver si respira, sabiendo que hay un 99% de posibilidades de que se despierte?
¿Te pones a ver Netflix y a relajarte sabiendo que es posible que TU HIJO HAYA MUERTO?
Al final, te convences a ti misma de que el niño está bien y tratas de hacer algo interesante/divertido.
Por fin, tu bebé se despierta y tú suspiras, aliviada. Pues sí que era una Siesta Unicornio y no la muerte. Pero claro, ahora ya ha terminado. Esas tres gloriosas horas de tiempo libre se han marchado para siempre. Si hubieras sabido que las tenías, te habrías organizado. Lo que pasa es que entonces la maternidad no sería el proceso desquiciante que es.
Y sí: estoy escribiendo este post en una Siesta Unicornio, rezando para que el niño aguante hasta que lo publique y con los dedos agarrotados de tensión.
Mejor lo termino aquí, por lo que pueda pasar.
sábado, 19 de agosto de 2023
Atlas
Vale, que sí. Que ahora lo veo. Que si escribo una entrada con todas mis paranoias respecto a estar embarazada y luego desaparezco, lo lógico es pensar: «Marina tenía razón y el bebé murió».
Bueno, pues tranquilidad, que no. El bebé está bien. Nació el 22 de junio, justo en su fecha prevista, en un parto más corto que muchas visitas al baño para hacer un number two. Tiene casi dos meses, está gordito y precioso y es, como un gran porcentaje de bebés de esta edad, molesto pero adorable.
Se llama Atlas, que soy consciente de que es un nombre raro y quizá un poco pretencioso, pero que era el único que nos cuadraba a los tres. Tiene los ojos azules y un antojo en la frente con la forma de Tailandia, que me tuvo preocupadísima las primeras horas tras el parto hasta que múltiples fuentes me aseguraron que se le quitaría.
Es raro tener un segundo hijo, porque con el primero no tienes con qué compararlo y piensas que eso que sientes esas primeras semanas, el proto-apego inexplicable y las ganas de olerle todo el rato, es amor. Pero luego el bebé crece y poco a poco se va convirtiendo en una personita exquisitamente compleja y luminosa, y te das cuenta de que al bebé no es que no lo quieras ahora, pero esa un amor tan minúsculo en comparación con el tamaño que alcanzará en un tiempo que no sabes muy bien qué hacer con él.
Así que a ratos miro a Atlas desorientada y me pregunto: ¿quién eres tú, bebé? ¿De dónde vienes? Alana ahora me parece inevitable; soy incapaz de imaginar, no ya mi vida sin ella, sino un planeta donde no ha nacido. Atlas, por el contrario, todavía es optativo. Todavía tengo fresco el recuerdo de la vida sin él. Aún es demasiado fino el velo que separa su presencia de la posibilidad de que no hubiera ocurrido nunca.
Lo quiero, claro, y mira que es difícil querer en el posparto. Estoy en esa fase en que desapareces. No eres una persona, no tienes gustos ni aficiones, y tu futuro se difumina porque eres incapaz de imaginarlo. Te conviertes en una incubadora humana y te preguntas por qué nadie te avisó de que los primeros meses de la maternidad se reducen a mantener vivo a tu bebé, un empeño que es una mezcla extraña entre agotador y aburrido.
Ayer miraba por la ventada y vi un barco cruzando el mar delante de Telendos, la isla que hay frente a la nuestra. «Mira —pensé—, la gente va en barco. La gente entra y sale, y va a restaurantes, y hace planes, y se ducha sin tener que pedir disculpas a su pareja por dejarle cinco minutos con el marrón de la descendencia al completo». Sentí la inmensidad de la pérdida de mí misma, que en realidad no es más que la pérdida del tiempo para hacer las cosas que creo que son yo.
Lo bueno es que la segunda vez ya sabes que todo pasa. Sabes que poco a poco el niño irá durmiendo, y llegará un punto en que podrás acostarlo temprano y recuperar un poco de espacio. Que dejará el pecho. Que podrá quedarse con otros. Que, poco a poco (y esto es lo más mágico) podrás hacer esas cosas que deseas con ese niño. Y muchas más. Y te abrirá el mundo. Y se convertirá en un chorro de luz cegadora en mitad de tu vida, un cajero automático de ternura del que puedes sacar (casi) siempre que quieras.
Así que me resigno a esta temporal ausencia de Marina y, al mismo tiempo, cuando hoy he podido poner a dormir al enano después de una sesión maratoniana de teta, me he preguntado: «¿qué puedo hacer que sea mío? ¿Qué es solo para mí?».
Y aquí estoy.
domingo, 18 de diciembre de 2022
Locura Perinatal
Pasé en el limbo preconcepcional exactamente un mes. Al mes siguiente, cuando los primeros tests de embarazo dieron negativo, empecé a lamentarme y literalmente a llorar pensando que por mi edad, iba a tener que enfrentarme a la infertilidad como siempre había sospechado.
Porque no sé si eso lo he contado aquí, pero yo he sufrido durante años de infertilidad imaginaria.
Tendría unos veinte (¡veinte!) cuando empecé a seguir blogs de mujeres que no podían tener hijos. Más adelante, leí libros sobre el tema y todo el rato, os lo juro, me imaginaba en sus zapatos y creía que yo iba a ser una de ellas. A veces todavía me pregunto si no lo habré soñado, porque en mi mente yo he sido infértil y he vivido el miedo a no poder tener hijos nunca.
La realidad, sin embargo, es que las dos veces que he intentado quedarme embarazada ha sucedido muy, muy rápido; el segundo mes de limbo, cuando ya había dado la oportunidad por perdida, apareció una sombra en uno de mis tests de embarazo baratos de Amazon.
Mi paranoia era tal que, a pesar de tener positivos cada vez más fuertes los siguientes días y un análisis de sangre con buenos niveles de hormona del embarazo, pasé las primeras cuatro semanas (las semanas 4-8, de hecho, si una sigue el calendario tradicional) considerándome «pre-embarazada».
El pre-embarazo era mi estrategia emocional para no desilusionarme cuando la ecografía confirmara lo que ya sabía: que nunca había estado embarazada o que, si lo había estado, el embrión había muerto a los pocos días. Según yo, si la ecografía salía bien, ahí ya podría empezar a considerarme embarazada «de verdad».
La eco salió bien, pero por supuesto yo no me quedé tranquila porque el embrión medía un poquito menos de lo esperado y eso CLARAMENTE quería decir que dos semanas después me haría otra eco y esta vez sí: no habría bebé.
Salvo que la siguiente eco también salió perfecta, así que esa era la oportunidad perfecta para obsesionarme con... ¡las malformaciones genéticas! Literalmente entraba en el foro de la Asociación Española de Síndrome de Down para leer los testimonios de las madres y preguntarme qué haría yo si me tocaba.
A todo esto, estábamos en Tailandia esperando los resultados del Test Prenatal No Invasivo, y yo ya me había montado mi película, que iba más o menos así:
- Algo iba a salir mal en el test genético.
- Pero como solo era un cribado, tendría que hacerme una amniocentesis.
- Que confirmaría que algo estaba fatal con mi bebé, así que tendría que interrumpir mi embarazo...
- ... pero seguro que en Tailandia la ley no me lo permitía (esta era mi movida mental sin haber consultado siguiera la ley) y tendría que ir a España.
- Y para entonces ya estaría de un montón y sería algo mega-traumático que me dejaría destrozada.
miércoles, 14 de diciembre de 2022
Mi relación complicada con los hoteles
Creo que fue a Rosa Montero a la que le leí que hay dos tipos de personas: a las que les encantan los hoteles y las que los odian.
Yo soy del tipo A. Me encantan, me encantan, ME ENCANTAN los hoteles. Me gusta su impersonalidad, lo vacío de sus habitaciones y la sensación de estar aislada. En una habitación de hotel llegas, cierras la puerta, pones el cartel de no molestar y se acabó: te dejan tranquila hasta que llegue el momento del check-out.
No hay ningún sitio donde me sienta más segura que en un hotel. Imagino que si fuera una fugitiva de la mafia, un sicario podría entrar y encontrarme como en cualquier otro lugar, pero así a priori me siento como dentro de un capullo protegido por recepcionistas, limpiadoras y esas puertas de tarjeta que no se abren bien ni con la tuya.
Curiosamente, no duermo especialmente bien en los hoteles, pero porque yo no duermo especialmente bien en ningún lado. El problema suelen ser las millones de lucecitas que hay en sus habitaciones: que si la salida de emergencia, que si el teléfono junto a la cama, que si la televisión. Desenchufo todo lo desenchufable, pero siempre suele quedar algo que inunda la habitación de una luminescencia fantasmal. Aun así, no me importa: mi amor permanece inalterable.
Me gustan las duchas, que suelen ser fabulosas. El punto débil de los AirBnBs suelen ser las duchas; imagino que porque todo lo demás lo puedes ir cambiando/limpiando sin mucho esfuerzo, pero si el edificio tiene problemas de fontanería, poco puedes hacer. Me gusta la posibilidad casi nunca utilizada de pedir al servicio de habitaciones. Me encanta cuando hay cafeteras, aunque nunca tengan descafeinado y la leche evaporada que ofrecen sea repugnante.
Con los hoteles soy como la amante de un truhán: hago la vista gorda a todos sus defectos y me concentro solo en cómo me hacen sentir cuando estoy dentro.
No soy fan de los especiales o modernitos como el de la foto de arriba. El hotel no tiene que distraerte de la experiencia de estar en el hotel. Me gustan elegantes, pero sobrios, como una página en blanco o una cocina minimalista de encimeras impolutas.
Por desgracia, Pablo no comparte mi fascinación. Dice que los AirBnBs son más grandes, más cómodos, que tienen cocina, que normalmente hasta salen más baratos. Lo peor es que tiene toda la razón del mundo y por eso casi siempre acabamos en un AirBnB, aunque solo sea porque yo ya #soyunaseñora y comer en restaurantes más de dos días seguidos me pone el estómago del revés.
Aun así, a veces me salgo con la mía. Últimamente, solo me quedan como excusa los días que tenemos que dormir junto a un aeropuerto, por la comodidad del shuttle y porque los AirBnBs cercanos al aeropuerto suelen ser antros en barrios discutibles. Encima, esos son los peores hoteles y Pablo se reafirma en su creencia de que los odia.
Algún día, cuando mi hija crezca y yo sea una elegante señora de mediana edad, me iré por ahí un par de días al mes a probar distintos hoteles, bañarme en la enérgica presión de sus duchas, ponerme como una moto con su café cafeinado y saltar en la cama mientras espero al servicio de habitaciones.
PD: En otro momento hablaré de AirBnB y la extrema ambivalencia y amordio que siento hacia sus apartamentos.
martes, 13 de diciembre de 2022
Retomar
Cada vez que dejo algo más de tiempo (ejem, algo) entre entrada y entrada, me enfrento al típico problema de retomar.
Como mi vida es un frenesí, en estas últimas dos semanas he estado en cuatro países y he cambiado de casa/hotel cinco veces, así que ahora no sé si dar ese contexto o lanzarme directamente a hablar de lo que tengo enfrente: por ejemplo, que mi hija Alana se ha despertado a las seis los tres últimos días de finde largo, pero hoy que tiene colegio sigue durmiendo como un ceporro.
El problema de dar contexto y resumir lo que ha pasado es que el blog se convierte en un aburrido diario pra-adolescente que no es lo que estábamos buscando, pero al final la única culpable de eso soy yo, así que resumamos:
- Nos fuimos de Kalymnos, nuestra isla griega, en una borrachera de nostalgia y de «oh-Dios-esta-gente-es-la-más-amable-de-la-faz-de-la-Tierra». De verdad que no he conocido nunca a un pueblo más simpático que el kalymniano (gentilicio inventado).
- Pasamos diez días en España que fueron un poco horribles porque...
- ... a Pablo le han sacado dos muelas, le han hecho un destrozo tremendo y lleva desde entonces con un dolor súper intenso.
- Por suerte, ya está un poco mejor, entre otras cosas porque se ha dado a la marihuana terapéutica...
- ... que aquí en Tailandia es legal. Vaya, y la recreativa también; el cannabis, en general. Lo pides en la calle como el que pide un café. Y yo que todavía tengo estrés postraumático de la típica película en que un occidental se queda atrapado en una cárcel tailandesa porque lo pillan con droja en la maleta.
- Tailandia: más cara y con más lluvia de lo que pensábamos, pero de momento estamos a gusto y los paisajes son brutales.
- La escalada aquí es un timo, eso sí. No merece la pena venir a escalar.
- Pero los masajes valen siete dólares la hora.
- ¡SIETE DÓLARES!
- ¿He dicho ya que los masajes valen siete dólares la hora?
- Me doy literalmente un masaje cada dos días.
- Me van a tener que arrancar de aquí con agua caliente.
- Fin.
jueves, 17 de noviembre de 2022
La tarta, la tarta, la p*ta de la tarta
Bueno, pues resulta que hace unos días me dio antojo de tarta de queso.
La VISUALIZABA en mi boca: una tarta con mucho sabor a queso, no demasiado dulce, bien consistente y perfecta.
Ahora que soy desperate housewife, puedo marcarme objetivos en la vida como aprender a hacer una tarta de queso perfecta y quedarme tan pancha, así que tecleé en Google: best recipe cheesecake y encontré esta.
Me dio confianza. Parecía (relativamente) simple y tenía vídeos.
Problema 1: hacían falta unas galletas llamadas Graham Crackers que, obviamente, no se consiguen en Grecia (ni sé a qué saben, con lo que tampoco podía buscarles sucedáneos).
Fear not! Decidí hacer mis propias Graham Crackers.
Enrolé a mi hija Alana, que es fan de la repostería porque es una buena ocasión para comer azúcar directamente del bote, y allá que nos pusimos a hacer galletas.
A excepción del momento en que Alana consumió un 10% de su peso corporal en mantequilla con azúcar, y del otro momento en que volcó la harina en la encimera y le echó media botella de agua mientras yo no miraba, «porque yo también quiero hacer una masa, mamá», todo iba bien.
Habían salido un montón de Graham Crackers que, para quien tenga curiosidad, son parecidas a las galletas Digestive (que en Grecia tampoco existen, así que no me habría resuelto el problema saberlo de antemano). Las metí en un tupper y me congratulé porque ya estaba un paso más cerca de la tarta.
Segundo problema: no tenía sour cream o crema agria para los amantes de la lengua patria.
(Aquí es donde hago una nota mental de no mirar más las recetas en páginas de EEUU. Pero qué queréis que os diga: mi yanquifilia me puede).
Fear not, de nuevo! Se puede hacer en casa. Encontré una receta también para eso y puse a fermentar una mezcla de limón, leche y nata en la encimera.
Después de dos días, la mezcla seguía igual, intuyo que porque ya hace fresco y aquí en Grecia sufren del Síndrome de la Negación Térmica y creen que no hace frío, así que no hay calefacción en ninguna parte. En Málaga también se sufre del SNT muy gravemente y por eso la gente se sienta en la terraza aunque sea diciembre porque «al sol se está estupendamente», y luego cae el sol y se te duermen los dedos de los pies.
Pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.
Desesperada, metí la mezcolanza en el horno a baja temperatura y ahí sí: cuajó estupendamente.
Ayer me disponía a hacer la tarta con mi hija y una amiga pero, ¡oh, no! Para que saliera perfecta, los ingredientes debían estar a temperatura ambiente y no daba tiempo, así que les dije que la hacíamos hoy.
Con lo que no contaba era con que para entonces, nos habíamos comido casi todas las Graham Crackers.
Y, para colmo, anoche no se me ocurre otra cosa que servir la mitad de la crema agria con la cena, con lo cual tampoco tenemos suficiente.
He tratado de hacer más mezcolanza: la he metido en el horno junto con la mantequilla, para que estuviera a temperatura ambiente porque también tengo que hacer más Graham Crackers, pero se me ha ido la pinza con la temperatura del horno y toda la mantequilla se ha derretido.
(La crema agria parece haber salido bien, no obstante)
Así que para hoy tengo que:
- Comprar más mantequilla.
- Hacer más Graham Crackers.
- Acordarme de sacarlo todo para que esté a temperatura ambiente.
- Calentar el ambiente, porque con el STN la temperatura ambiente es exactamente igual que la de la nevera.
- Hacer la p*ta tarta.
- Encontrar a gente a quienes encasquetarles pedazos de tarta porque es jueves y el domingo nos vamos.
Pero que yo esa tarta la hago como que me llamo Marina Díaz Carmona, ya te lo digo yo.






