massobreloslunes

martes, 6 de febrero de 2007

Las típicas disculpas por actualizar poco

Siento la escasez de actualización. Se debe a varios factores:
Factor 1: mi ingenua pretensión de licenciarme en una carrera de aquí a un par de años, que conlleva largas jornadas de estudio sin tiempo ni para ducharme (es coña, que me ducho, ¿eh? Que luego huelen las bibliotecas a humanidad y que por mí no se diga).
Factor 2: mi ordenador está en el hospital de ordenadores, sometiéndose a cirugía estética para reparar el destrozo que hizo el gato en el teclado. Lo bueno es que por fin podré escribir sin tener que estar copiando y pegando las ps con control+v (aunque le había cogido bastante vicio).
En fin, sin ordenador y sin móvil (que el otro día se me cayó al váter), Matilda pierde la cabeza, pero me viene bien estar sin distracciones, al menos hasta el día 16 (día maravilloso en el que acabo exámenes y, simultáneamente, dejo de ser "persona non grata" en la biblioteca de andalucía, que me tiene restringido sacar libros por retrasarme al devolver uno después de navidad). Vaya frase larga y mal escrita. En fin, os dejo, que estoy viendo que esta va a ser una de mis mañanas de bajo rendimiento y aún estoy a tiempo de arreglarlo. Besines.

domingo, 28 de enero de 2007

El que no se consuela es porque no quiere

Una de mis estrategias (palabra 100% psicológica) para no deprimirme en época de exámenes es hacer listas agradables. Listas de cosas bonitas de la vida, de personas admirables, de recuerdos felices... Hoy he hecho una que, curiosamente, no se me había ocurrido antes: cosas buenas de tener exámenes. Aquí la dejo para compartirla con vosotros y, de paso, para que me digáis si se os ocurre alguna más (lo necesito).

Qué tienen de bueno los exámenes, by Matilda.

- No hay clase. Esto quiere decir que a) no pueden mandar más trabajos y b)tenemos todo el día para organizárnoslo a nuestra bola. Yo no estudio por las noches ni nada raro, pero al menos sé que si quisiera, podría.
- Normalmente ya no quedan trabajos por entregar, y a mí un examen me supone considerablemente menos estrés que un trabajo. Eso no me vale esta vez porque algunos profesores, creyendo hacernos un favor, han puesto de fecha de entrega el día del examen, con lo cual sólo han conseguido que lo deje todo para última hora.
- Si tengo unos días entre examen y examen, puedo venir a Málaga y disfrutar de no tener que lavar platos, preparar comida o poner lavadoras.
- Las bibliotecas están calentitas en invierno y fresquitas en verano.
- Los momentos de ocio son mucho más de ocio que el resto del año. Las películas se ven con más ganas, los libros se leen con más fruición, los polvos se echan con más entusiasmo...
- Ampliación del punto anterior: si catalizas toda tu ansiedad en el sexo, puedes conseguir que sea reaaalmente bueno.
- No hay tiempo para crisis existenciales, con lo cual, no hay crisis existenciales.
- No hay que preocuparse de "qué voy a hacer hoy", porque lo único que puedes hacer es estudiar. Aunque os parezca raro, para mí esto es bastante bueno en muchas ocasiones.
- Si estudias con gente, el nivel de histerismo puede hacer que te rías más que en muchos otros momentos de tu vida.
- La anticipación del momento en que entregues el último examen proporciona instantes de éxtasis cuasi-orgásmico.
- Te puedes cebar a guarrerías aduciendo que "necesitas energía".
- Son una excelente forma de madurar y desarrollar tus estrategias de defensa frente a los ataques de la vida cruel.
- A veces aprendes.

De momento, eso es todo lo que se me ocurre. Como decía, acepto contribuciones desinteresadas.
Os dejo, que tengo que estudiar.

miércoles, 24 de enero de 2007

A. y la felicidad

Hoy quería hablaros de mi amiga A. A. es eslovaca y va a mi clase, y nos conocemos desde hace apenas un año. Al principio pensaba que era una empollona; después, que era una histérica. Finalmente, me he enterado de lo que realmente es: una personita estupenda, admirable, con un corazón enorme y tierno.
A. tiene una hija de dos años y medio, L. A. tiene veintidos años, es decir, que tuvo a la nena con diecinueve. Está casada con el que fue su profesor de español en Eslovaquia, que ahora tiene treinta y cinco años.
A partir de esta breve descripción, la mayoría de la gente suele hacerse una composición de lugar un tanto típica. Pobrecita A., se está perdiendo lo mejor de su vida, mira que tener una niña ahora, vive como si tuviera diez años más. Pobrecita, pobrecita.
Sí que es cierto que A. está siempre bastante agobiada. En el tiempo que yo ocupo en dormir la siesta, ella estudia y hace trabajos para estar libre a las cuatro y media y recoger a L. a su guardería bilingüe. A veces falta a clase porque su niña está mala, o no se puede venir de fiesta porque no tiene con quién dejarla. No sé de dónde saca ella el tiempo que yo digo que me falta, pero siempre está ahí, siempre hace las cosas a tiempo. Es fuerte y tenaz, es muy valiente y, más que responsable o que empollona, sabe lo que tiene que hacer, y lo hace.
Pero es que, además, A. es feliz. Tendríais que verla cuando habla de su niña. Se le ilumina la cara. Con veintidos años, le sobran energías para jugar con ella; las energías que a muchas de las madres de treinta y muchos que hay hoy les faltan, después de haber aprovechado su juventud, o llamadlo como quieras. Tuvo un parto fácil y una recuperación rápida. La cuestión es que, más allá de consideraciones fisiológicas (porque es cierto que su edad es la óptima para ser madre, hablando solamente desde el punto de vista biológico), creo que ella es un ejemplo de sabiduría vital. No buscaban a la niña, no le haría mucha gracia cuando se enteró, pero no la cambiaría por nada. Reivindica su derecho a no ser compadecida, porque tiene una hija preciosa y listísima, un marido que la adora y al que adora, una carrera que le gusta, buenas amigas.
La vida no tiene por qué seguir los patrones que nadie fije, ni aunque esos patrones estén pensados, en teoría, para nuestro bien. Me alegro por A. y por su felicidad arduamente conquistada. La envidio, a veces; no por la vida que tiene, sino por la forma en que la vive.
Más allá de todo eso, escribo este post para prohibiros, total y absolutamente, que sintáis pena por ella. Ni un poquito. Si acaso, como yo, algo de envidia y toneladas de admiración.

domingo, 21 de enero de 2007

Sunday bloody sunday

Una de las cosas que me encanta de primaveritis es que actualiza muy a menudo. Yo también quiero ser así. La verdad es que da gusto ir a un blog y encontrarse siempre material fresco. Además, no puedo poner como excusa que mis post estén más elaborados, porque lo cierto es que yo corrijo muy poco y casi no reescribo. En cualquier caso, voy a intentar postear más a menudo, para que no os aburráis.
Hoy ha sido un día de domingo que ha amanecido estupendo pero, como diría Mafalda, “desmejorando hacia el mediodía con probabilidades de sopa”. En mi caso, la sopa es la angustia existencial y el síndrome premenstrual, dos males de los que soy presa fácil. Qué queréis que os diga: no me gusta viajar, no me gusta estar lejos de los que quiero, no me gusta no pertenecer a un sitio y ser “la que se va”. De pequeña odiaba que mis tías vivieran en otras ciudades, que sus visitas estuvieran siempre teñidas de transitoriedad y despedidas. Y ahora me encuentro con que soy una de ellas, con que mi presencia en mi propia casa es la excepción, no la norma.

Luego están los viajes. Vale que estoy estudiando en Granada, no en Zimbawe, pero las tardes de domingo que paso metida en el autobús, leyendo bajo la luz macilenta de las lamparitas del techo, me ponen enferma. Y llegar a casa, a tu cuarto vacío y en el mismo estado de desorden en que lo dejaste cuando te largaste el viernes. Comer un poco de pan con queso, un actimel, una sopa de sobre, meterte en la cama a leer y desear que sea mañana, porque los lunes no son días especialmente estupendos, pero ganan a los domingos sin ningún género de duda.
Yo quiero pertenecer a algo, pero al final supongo que tendré que aceptar que no me pertenzco más que a mí misma. Lo que tampoco está mal, en el fondo.

lunes, 15 de enero de 2007

Optimismo

Tenemos una media de vida de ochenta y siete años (las mujeres españolas), de los cuales vamos a estar estudiando o trabajando unos sesenta y cinco. Cada año tiene 52 semanas con cinco días laborales cada uno.
65x52=3380
3380x5=16900
Le quitamos tres meses de vacaciones durante los primeros 23 años:
23x90=2070; 16900-2070=14830.
Y un mes, con suerte, durante el resto.
42x30=1260; 14830-1260=13570.

Esto quiere decir que tenemos que madrugar 13570 veces en nuestras vidas. 13570 horribles momentos en los que tienes que hacer acopio de toda la fuerza de voluntad que te queda en el cuerpo y levantarte. 13570 cafés engullidos a toda prisa mientras nos preguntamos cuándo demonios va a salir el sol.
Anima, ¿eh?
Otro dato interesante que se desprende de estos cálculos es que, si tienes más de 23 años o te has puesto a trabajar, has tenido más vacaciones hasta ahora que las que te quedan durante el resto de tu vida.
En fin. Que tengáis una buena semana ;)

viernes, 12 de enero de 2007

Los amores inútiles

Hace algunos años se me declaró un heavy. Un heavy de verdad, de cejas enormes, mirada hosca y pañuelo en la cabeza. Estábamos en unos campos de voluntariado en Almería. Imaginadnos: cincuenta o sesenta chavales de dieciséis años, con las hormonas en pleno revolcón y viviendo en esa atmósfera triposa de amistad eterna que se forma en los campamentos.
El heavy en cuestión, al que llamaremos por ejemplo C., estaba de voluntario en un albergue para transeuntes. Ayudaba en las duchas, repartía comidas y se sentaba a charlar con los sin techo que pasaban por allí. Yo trabajaba con niños inmigrantes y de bajo nivel socioeconómico en general, que no por ello dejaban de ser auténticos cabroncetes bastante minadores de moral. Recuerdo la desesperación con la que me encaminaba por las mañanas a mi centro social, pensando en cómo me las iba a apañar para controlar a Isaías o para que Kimberly dejase de pintarse los labios e hiciese las cuentas que le había mandado.
Por las tardes, cuando acabábamos nuestros trabajos, C. y yo charlábamos mucho. Él me contaba las historias de sus transeúntes y yo le hablaba de mis pequeños y, en ocasiones, adorables demonios. Nos sentábamos en las gradas del colegio donde nos alojábamos y hablábamos hasta que nos mandaban a todos a la cama. Yo iba a fregar mis platos a la fuente y me encontraba a C. esperándome allí, sentado en la penúltima fila, con la brasa del cigarro alumbrándole los ojos hundidos. “Qué pasa, chula”, me decía. Y yo subía y me sentaba a su lado a mirar las estrellas y a pensar en lo mucho que iba a llorar cuando nos fuéramos.
Se me declaró (qué feo suena) con honestidad, con una sencillez abrumadora. “Tú eres una de las personas más especiales que hay aquí”, me dijo “y creo que estoy empezando a sentir algo por ti”. En ese momento no estábamos en las gradas, sino en los bancos del porche, en el breve lapsus de tiempo libre que nos dejaban después de la velada nocturna para lavarnos los dientes. Yo le miré, le abracé y recuerdo su calor, y cómo algo en mí se iba dejando llevar hacia ese territorio dulce de los besos y el contacto humano. Estoy segura, segurísima, de que si esa pausa para el aseo hubiera durando diez minutos más, le habría besado. Lo sé porque yo me pongo blandita con mucha facilidad, y en aquel momento C. estaba muy guapo, con los ojos cálidos y enormes que tiene debajo del pelo crespo que se había pintado de azul. Pero nos mandaron a la cama, y allá que me fui yo, a ser cotilleada por veintitantas adolescentes curiosas y a darle vueltas en la cabeza a la propuesta de mi hombre (“tú piénsalo con calma y ya me cuentas, ¿vale?”).
El problema fue que durante la noche me enfrié y pensé que aquel heavy era demasiado heavy para mí: muy grande, muy peludo, muy oscuro. No es que fuera feo, pero no me imaginaba yo, toda rubia y chiquitilla, con aquel tipo tan amenazante. Le dije que no y ya no hablamos más (mierda de amor), y acabé liándome con un tipo bajito que se daba un aire a Alejandro Sanz y que el primer día me había caído fatal.
Me he acordado hoy porque, repasando mi lista de amores pasados y presentes, me hubiera gustado que la yo quinceañera se hubiera decidido por el heavy. Ahora sí querría haber probado el sabor de aquel tipo tan áspero, tan contundentemente tío bajo sus camisetas de ACDC y sus enormes patillas. Hay algo definitivamente romático y trágico en los heavys, en su oscuridad y su apasionamiento. Y hablando de hacer sentir cosas, creo que C. me habría hecho sentir como a una reina, aunque sólo fuera durante los quince días que duraron los campos de trabajo.
Con tal de no estudiar, hay que ver las cosas que escribo…

martes, 9 de enero de 2007

Confusión

He cambiado la plantilla porque creía que en la otra no se podía comentar; cuál no habrá sido mi sorpresa cuando he visto que sí que se puede y que, de hecho, tenía un par de comentarios. ¿Se puede saber cómo lo habéis hecho????
En fin, es que la otra plantilla la saqué de un sitio de estos donde la gente diseña plantillas para blogger, y la verdad es que corté y pegué sin mucho conocimiento... Creo que voy a volver a esta porque es más sencillita, aunque la otra tuviera más glamour.
Si alguien que sepa de informática se ofrece a desentrañar para mí los misterios del diseño web, le estaré muy agradecido